
Thomas Bernhard
Relatos autobiográficos
Un viaje sin regreso
EVA LOSADA CASANOVA
3 de septiembre de 2019
«Si sintiera vergüenza, por pequeña que fuera, no podría escribir en absoluto, solo el desvergonzado escribe, solo el desvergonzado es capaz de hacer y deshacer frases y soltarlas, sólo el más desvergonzado es auténtico, pero también eso, naturalmente, es como todo, un sofisma.»
Los juegos de la literatura son infinitos. Aquel lector que no esté dispuesto a dejarse embaucar por los recovecos hechos de palabras que encierra un buen libro se perderá lo mejor del guiso.
Hasta los años ochenta, en España, no se abren las puertas a la obra bernhardiana, llegamos tarde a muchos lugares, perdemos el tiempo en otros. El lector tiene que detenerse, mirar atrás, hemos perdido la costumbre de hacerlo y nos arrolla lo efímero. Mi viaje como escritora y lectora por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, debe ser algo parecido a viajar en trineo por el ártico. Un viaje extraño, poco habitual, apasionante y, una revelación que debo a uno de mis alumnos. Lo bueno que tiene enseñar y compartir el arte de escribir es que recibes tanto o más de lo que das. Leer a Thomas Bernhard es un acto de reconciliación con el pasado, con el oficio de escritor, con la soledad y, sobre todo, con la vida misma. Es el vuelo circular de la muerte, el apoderamiento de las conciencias ajenas. Leer a Thomas Bernhard es exprimir la vida hasta caer rendido.
