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lunes, 12 de noviembre de 2018

No odio a James Rhodes


No odio a James Rhodes

El pianista/animador británico persevera en su campaña de victimismo, demagogia y mesianismo

Agradezco a James Rhodes haberme dedicado tantos minutos en su sección de A vivir esta mañana. Es verdad que no me ha mencionado explícitamente, pero sí ha aludido a "ese tipo"  que fichó El País de El Mundo. Y que gana una fortuna. Y que tiene una casa enorme. Sólo podía ser yo.

martes, 19 de junio de 2018

De repente... un éxito literario insospechado





De repente... un éxito literario insospechado

Promoción personalizada, azar y un poco de ayuda de críticos, redes sociales y libreros. Así logran los editores convertir obras de calidad en fenómenos de ventas




De repente... un éxito literario insospechadoAmpliar foto
 EL PAÍS

Hubo una época, dice Julián Rodríguez, editor de Periférica y de éxitos como Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff, y La librería ambulante, de Christopher Morley, en que la compra de libros era una compra por impulso. Está hablando de los años previos a la crisis, cuando la figura del prescriptor había desaparecido. Y cuando habla del prescriptor se refiere al librero, pero también al editor, el primer apasionado por el libro que acaba de llegar a librerías. Pero, partiendo del hecho de que toda editorial publica libros que considera indispensables, ¿por qué solo algunos acaban cruzando la barrera y se convierten en un éxito, en muchos casos, del todo inesperado? Inesperado porque forman parte de un barco, la editorial en cuestión, en el que viajan otros que, como él, esperan ser rescatados por el mayor número de lectores posibles, y a veces no lo hacen. ¿Qué se esconde detrás de esos libros que, inesperadamente, sí funcionan? A veces no es más que una carta, o un puñado de ellas. Cartas como las que estos días escribe Rodríguez. Para poder cruzar los dedos, primero hay que apostar.

miércoles, 1 de junio de 2016

James Rhodes / Drogas, abusos sexuales y un piano

James Rhodes

James Rhodes: drogas, abusos sexuales... y un piano

Gonzalo Suárez
Actualizado 16/11/201505:13

Tres personajes conviven en el cuerpo esquelético de James Rhodes. El primero es el pianista que describe su currículum: una estrella de la música clásica que ha tocado en los auditorios más exquisitos del Reino Unido. El segundo, el cuarentón con pinta de rockero que abre la puerta de casa y extiende su brazo cuajado de tatuajes: «Pasa, tío». Y el tercero, el tipo tímido que se apoltrona en su sofá, empieza a relatar su vida con un hilillo de voz y, de repente, convierte su apartamento en un confesionario XXL.

Sí: tú eres el sacerdote.

Diez minutos más tarde, lo sabes todo sobre cómo su profesor de gimnasia le violaba al salir de clase. Sobre su adicción a rajarse los brazos con cuchillas de afeitar. Sobre la vez que intentó ahorcarse con un cable de la tele. Sobre cómo muchas noches, cuando le asalta el insomnio, combate los ataques de ansiedad repasando mentalmente las 100.000 notas de su próximo recital. Una a una. Como quien cuenta ovejitas.

martes, 5 de enero de 2016

Rosa Montero / Aviso a navegantes



Aviso a navegantes

Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera

Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.


Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

James Rhodes / Aullar de risa, llorar de rabia



Aullar de risa, llorar de rabia

El atormentado pianista James Rhodes publica un memorial incendiario que ha tenido en vilo a la justicia





El pianista James Rhodes.
El pianista James Rhodes. AMY T. ZIELINSKI / GETTY IMAGES

Tuvo que mediar el Tribunal Supremo británico para autorizar la publicación de Instrumental, resolviendo un litigio más familiar que literario, pues sucedía que el memorial en el abismo de James Rhodes, pianista de tentaciones suicidas y figura mediática en Reino Unido, podría resultar insoportable a su propio hijo, de tanta destrucción y autodestrucción que alojaba.
No tenía dudas al respecto la Corte de Apelación cuando previamente declaró la obra “impublicable”, aunque llama la atención que el argumento de jurisprudencia aludiera a un estrafalario episodio doméstico registrado en 1897: un tipo le dijo a una buena amiga en plan de broma que su marido había muerto en un accidente, nada grave si no fuera porque la inocentada en cuestión le provocó a la susodicha una crisis psicológica brutal.
“¿Y qué tiene que ver este episodio conmigo?”, se preguntaba el excéntrico Rhodes 120 años después. Tiene que ver, le razonaron, que las brutalidades reflejadas en Instrumental podían causar a su pequeño hijo un trauma descomunal cuando estuviera en la situación para leerlo.
El debate jurídico no hizo sino proporcionar a la ópera prima del pianista una publicidad no pretendida, pero sí interesante a título mercadotécnico, con más razón cuando se adhirieron a su causa los sofisticadísimos actores Stephen Fry y Benedict Cumberbatch, cuyas reflexiones sobre Instrumental se han convertido en un señuelo inequívoco y sintético de la edición española (Blackie Books): “He aullado de risa y he llorado de rabia. Eres un genio”, escribe el alter ego de Sherlock en la sobrecubierta.
Tiene razón porque Rhodes no adopta precauciones ni en el arranque de Instrumental —“la música clásica me la pone dura”— ni en el ejercicio regresivo que implica el autorretrato de un niño al que violaron durante años y cuyo piano de madera adquirió el valor providencial de un salvavidas.



Ha sufrido Rhodes hasta el extremo de intentar suicidarse varias veces

La música rescató a Rhodes. De otro modo no se hubiera tatuado el nombre de Rachmaninov —pocos compositores ocupan más espacio— ni hubiera comenzado su memorial con un homenaje a Glenn Gould. Y al valor terapéutico de Las variaciones Goldberg, de Bach.
Afortunadamente, el neoescritor británico —40 años ha— elude recrearse en el malditismo de Gould y en el victimismo propio. Y discrepa de Dostoievski en las Memorias del subsuelo, especialmente cuando el autor ruso relaciona la creatividad con el sufrimiento a medida de un estímulo.
Ha sufrido Rhodes hasta el extremo de intentar suicidarse varias veces y hasta el punto de permanecer recluido como un androide en un hospital psiquiátrico, pero reniega de la mortificación como camino de iluminación estética. La creatividad no llega por el dolor. Llega pese al dolor.
Es la conclusión implícita del libro, un hito superventas en Reino Unido que recala en España desprovisto de la escandalera londinense, incluso ayuno de la notoriedad mediática de su protagonista, de tal manera que se expondrá a un juicio crítico más literario que extraliterario.
Empezando por la agresividad de sus formas, por la crudeza que se concede a sí mismo, por la propensión al sarcasmo y por la estructura “tutelar” que ha conferido a su libro. Inicia cada capítulo con un retrato arbitrario de los compositores que más le permiten identificarse musical y biográficamente: los abusos que sufrió Bach, el alcoholismo en casa de los Beethoven, la misantropía disfuncional de Chopin —Rhodes utiliza un término menos elaborado…— o el complejo social de Ravel.



Es comprensible que el fenómeno Rhodes suscite precauciones. Y que la armadura comercial, aunque provenga del infierno, produzca un distanciamiento

La música está en el libro. Simbólica y materialmente hablando, pues la esmeradísima edición española deInstrumental aloja un disco pirata simulado donde Rhodes recrea los extremos de su terapia. Incluyendo los pasajes que interpretaba delante de un grupo de esquizofrénicos en grado extremo a los que Bach parecía redimirlos de su oscuridad: “La música puede llevar la luz a sitios donde nada más llega”.
Es comprensible que el fenómeno Rhodes suscite precauciones. Y que la armadura comercial, aunque provenga del infierno, produzca un distanciamiento. Pero la literatura corpulenta y descarada del autor se defiende por sí misma. ¿Y el pianista? Ha decidido uno resolver la duda lejos de cualquier espacio de sugestión, confiando el disco, sin informaciones añadidas, a un amigo que es, probablemente, el mejor pianista español de nuestro tiempo. Su veredicto se antoja inequívoco: “Este tío sabe tocar —así escribiría Rhodes— y tiene mucha personalidad. Me interesa”.
Ajeno al trajín de los tribunales londinenses, James Rhodes ha dedicado el libro a su hijo. No para obligarlo a leerlo, sino para hacerle comprender, en el momento oportuno, que este manual de supervivencia tiene sentido si el daño que le hicieron trasciende la dimensión de la vergüenza y de la autoinculpación con que pretendieron neutralizarlo.
Instrumental. James Rhodes. Traducción de Ismael Attrache. Blackie Books. Barcelona, 2015. 288 páginas. 19,90 euros.



jueves, 11 de junio de 2015

La escabrosa autobiografía del pianista James Rhodes

James Rodhes
La escabrosa autobiografía 

del pianista James Rhodes

La justicia británica autoriza el libro que la exesposa del músico había pedido prohibir



James Rhodes y su esposa actual, Hattie Chamberlin, abandonan el Tribunal Supremo con el polémico libro en la mano. / STEFAN ROUSSEAU (CORDON PRESS)
A los cinco años abusaron de él. Tres décadas después vetaron la autobiografía donde por fin lo explicaba. En todo ese tiempo, intentó suicidarse varias veces, se convirtió en un renombrado (y casi autodidacta) concertista de piano y se tatuó Sergei Rachmaninov en cirílico en su antebrazo.
Hace unos días James Rhodes recibió el fallo judicial: su libro podrá ver la luz (lo hará en el sello Canongate y Blackie Books ha anunciado que lo editará en España). “Estaba en casa con mi esposa, Hattie, bebiendo café y mirando fijamente el teléfono. Aunque en ese momento no lo llegamos a procesar, y aún no lo puedo hacer, los dos supimos que algo enorme acababa de ocurrir. Que nuestras vidas iban a cambiar. Nos quedamos en shock.También lloramos un poco...”, confiesa a este diario en un cuestionario por correo electrónico.
Rhodes (Londres, 1975) cuyo nombre coincide con el de un personaje de Iron Man, lidió desde muy pequeño con un villano. Su profesor de boxeo abusó de él, aunque en su autobiografía él sostiene que esa palabra se queda corta: “Abuso. Qué palabra. Violación es mejor. Abuso es cuando le dices a un guardia de tráfico que se vaya al infierno”. No es abuso cuando un hombre de 40 años te viola y te convierte en su juguete. Por ser demasiado vívido en sus descripciones, por emplear un léxico que podría dañar a su hijo, la exesposa de este pianista mediático intentó prohibir su libroInstrumental: A Memoir of Madness, Medication and Music. El caso llegó al Tribunal Supremo. “Allí se referían a este material como tóxico y yo me sentía culpable, como si hubiera hecho mal. No solo sufría la vergüenza por haber sido violado, sino también por ver cómo un grupo de jueces no te permitían explicarlo”. Si el veto hubiera prosperado, ni siquiera podría contestar estas preguntas, ya que se le habría prohibido hablar hasta en Twitter, donde tiene 45.000 seguidores. Rhodes explica: “No me habrían permitido hablar del tema sexual ni de lo que acarreó: mis intentos de suicidio o las enfermedades mentales. Era más que prohibir un libro. Era prohibirle a un ser humano superar su pasado. Aterrador”.