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domingo, 6 de octubre de 2024

‘Megalópolis’, tan delirante como pretenciosa




‘Megalópolis’, tan delirante como pretenciosa

La última película de Francis Ford Coppola es un delirio sin un mínimo de gracia, con un argumento imposible seguir, mezclando géneros de forma confusa y sin el menor interés


Carlos Botero

30 de septiembre de 2024

‘Megalópolis’ / La caída del imperio Coppola


FESTIVAL DE CANNES

‘Megalópolis’: la caída del imperio Coppola

El proyecto que ha obsesionado al cineasta en los últimos 40 años se queda en un colosal disparate


Elsa Fernández-Santos

Cannes, 10 de mayo de 2024

Cuando Francis Ford Coppola aterrizó en 1979 en el festival de Cannes, los presagios sobre su desquiciada aventura alrededor de la guerra de Vietnam apuntaban al desastre. Su mujer, Eleanor Coppola, imprimió la leyenda en su diario de rodaje, publicado ese mismo año, y en el posterior documental Corazones en tinieblas (Heart of Darkness, a Filmmaker’s Apocalypse, 1991). Durante aquel doloroso proceso, el cineasta mostró abiertamente su pánico ante lo que había filmado; no sabía si Apocalypse Now acabaría siendo un incomprensible delirio pomposo o una obra definitiva sobre la ruina moral de su país ante aquel terrible episodio bélico. Los malos augurios se disiparon en aquella edición del festival, donde, además, el cineasta logró la segunda Palma de Oro de su carrera tras La conversación (1974). ¿Pasaría este jueves lo mismo con el estreno en ese mismo certamen de su última gran locura, Megalópolis? ¿Callaría Coppola de nuevo a los agoreros que presagiaban un batacazo? La respuesta: no. El proyecto, su gran obsesión de los últimos 40 años, se queda solo en eso, en un colosal disparate.

domingo, 25 de agosto de 2024

Del ‘Napoleón’ de Gance a la ‘Megalópolis’ de Coppola: 10 claves para un festival de Cannes inabarcable

 


Louis Garrel, Lea Seydoux y Vincent Lindon durante la ceremonia de apertura de la edición 77 del Festival de Cannes, este martes.GUILLAUME HORCAJUELO (EFE)


Del ‘Napoleón’ de Gance a la ‘Megalópolis’ de Coppola: 10 claves para un festival de Cannes inabarcable

Dentro de la programación del certamen más importante del mundo del cine y de sus secciones paralelas elegimos diez paradas, con algún hito incontestable



ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS
Enviada especial a Cannes - 14 MAY 2024 - 22:31 

Le Deuxième Acte (El segundo acto), la nueva película del último gran renovador de la comedia francesa, el prolífico Quentin Dupieux, inauguró este martes la 77ª edición del festival Cannes con su habitual humor, tan divertido como desconcertante. En clave metacinematográfica, Dupieux presenta a cinco personajes (cuatro actores y un extra) enfrentados a un juego de realidad y ficción bajo la batuta de un despótico algoritmo. Léa Seydoux, Vincent Lindon, Louis Garrel y uno de sus actores fetiche, Raphaël Quenard, se burlan de sí mismos y de su oficio en una comedia que prepara el terreno para los próximos 12 días, con frases como esta: “Nunca ha servido de nada hacer cine. Por eso el cine mola, porque no tiene sentido”. Dentro de la inabarcable programación del festival y de sus secciones paralelas elegimos diez paradas, con algún hito incontestable.

domingo, 14 de abril de 2024

Medio siglo de ‘El padrino’/ Diccionario para recorrer la obra maestra de Coppola sobre la mafia

 


Al Pacino y Vito Corleone, en la secuencia de instrucciones para el futuro de 'El padrino'.

Al Pacino y Vito Corleone, en la secuencia de instrucciones para el futuro de 'El padrino'.

FRANCIS FORD COPPOLA

Medio siglo de ‘El padrino’: diccionario para recorrer la obra maestra de Coppola sobre la mafia

Una versión remasterizada en 4K celebra el estreno del filme protagonizado por Marlon Brando y Al Pacino que arranca la saga de los Corleone


Gregorio Belinchón25 de febrero de 2022
Han pasado 50 años del estreno de El padrino, de Francis Ford Coppola, obra maestra del cine, un drama tan shakespeariano y familiar como mafioso y criminal. En EE UU se lanzó a mediados de marzo de 1972 y a España no llegaría hasta meses después, en octubre. El reestreno mundial en salas de una versión remasterizada en 4K, a la que los especialistas en restauración fílmica han dedicado 4.000 horas de trabajo, vuelve a apasionar a los cinéfilos amantes de una película inconmensurable, en la que resucitan las sombras, los contrastes y la oscuridad creados por el director de fotografía Gordon Willis. En The New York Times, Coppola confiesa por el aniversario: “Como cineasta, yo no sabía cómo hacer El padrino. Aprendí sobre la marcha... haciéndola”. Para recordar aquel viaje, qué mejor que un diccionario de El padrino.

Michael Ondaatje / La mafia, Marlon Brando y la guerra de Vietnam


Marlon Brando



La mafia, Marlon Brando y la guerra de Vietnam

Conversaciones sobre los entresijos del cine entre el escritor Michael Ondaatje y el montador Walter Murch


LUIS SANCHEZ-HARGUINDEY
24 MAR 2007 - 18:00 COT

El escritor Michael Ondaatje conoció al montador de imagen y sonido Walter Murch en el rodaje de El paciente inglés, la adaptación al cine que realizó Anthony Minghella de su novela. "Después del estreno de El paciente inglés", explica Ondaatje en la introducción del libro El arte del montaje, "Walter y yo seguimos viéndonos de vez en cuando, y fuimos a comer juntos cuando estuve en San Francisco para la gira promocional de mi novela El fantasma de Anil. Tras el almuerzo me propuso que le acompañara a la sala de montaje para que viese lo que estaba haciendo. Resultó que estaba empezando un nuevo montaje de Apocalypse Now. Escribir mi novela me había llevado siete años, y en ese momento me di cuenta de que lo que realmente quería hacer a continuación era sentarme con Walter a hablar detalladamente de su trabajo y de sus ideas sobre el arte del cine y la realización material de películas, y específicamente, sobre el oficio de montar. Aquella noche me puse en contacto con él, le propuse la idea, él aceptó y empezamos a trabajar un par de meses después".

lunes, 25 de marzo de 2019

‘El Padrino’ y la construcción del mito del mafioso

‘El Padrino’ y la construcción del mito del mafioso

Se cumple medio siglo de la aparición de la novela que consagró la figura del capo por excelencia


IÑIGO DOMÍNGUEZ
25 MAR 2019 - 18:16 COT


Este mes se han cumplido 50 años de la publicación de El Padrino, la novela de Mario Puzo, aunque el verdadero impacto de esta obra es la película de Francis Ford Coppola, realizada tres años más tarde. Normal, la novela no es muy allá. Ya se difumina cuál era la idea de la Mafia y el estereotipo mafioso antes de esta película: de los 1.700 títulos sobre mafia en la principal base de datos cinematográfica de Internet, solo un centenar son anteriores a 1972, el año de su estreno. Pero es más, me pregunto cuál era el modelo de tipo duro antes de esa fecha. Creo que los personajes de Humphrey Bogart: Rick en Casablanca (1942) o Philip Marlowe en El sueño eterno (1946). Tanto Rick como los detectives de Hammett o Chandler eran duros, sí, no se hacían ilusiones sobre el mundo, no; sin embargo, les movía un pequeño motor íntimo, patente en los momentos necesarios, una ética muy personal. Una ética de entreguerras, guerra y posguerra donde, sin creerse nada del todo, por algo se debe luchar.

Marlon Brando como El Padrino


 Ningún modelo masculino de poder y tipo duro ha llegado a la altura de El Padrino en medio siglo, es el príncipe de Maquiavelo de nuestra época

Los sesenta cambiaron esa referencia. Del héroe se pasó definitivamente al antihéroe, no eran tipos duros, sino rebeldes y sensibles, escépticos pero soñadores. ¿Quién era el tipo duro de los sesenta? No sé, Steve McQueen, James Dean, gente en el fondo vulnerable, perdedores con gracia. Estaba James Bond, pero es un personaje de la Guerra Fría. Para el mundo conservador, John Wayne, el porte del wéstern, aguantó durante décadas. Pero en todo este desfile la Mafia, la italoamericana, permanecía desaparecida. En la vida real y en el cine.

lunes, 3 de marzo de 2014

El Padrino gana el Oscar de los Oscar


‘El padrino’ gana el Oscar de los Oscar


El filme es votado por los lectores como el mejor de los que han obtenido el Oscar a mejor película en las 86 ediciones del premio



    Fotograma de 'El padrino' (1972), de Francis Ford Coppola.
    Ni el genio de Billy Wilder en El apartamento ni la pionera Alas, que inauguró la locura de los Oscar. El Padrino, de Francis Ford Coppola, ha sido votado por los lectores de EL PAÍS como el Oscar de los Oscar, el mejor filme entre los premiados a mejor película en los 85 años de vida del galardón hollywoodiense. Con el 52,98% de los votos, El padrino (1972) se ha impuesto a El apartamento (1960) apoyada por el 24,93% de los votantes, y a Alas (1927) con el 22,09% de los votos.
    El padrino ganó el premio a mejor película en 1972, en la 45ª gala de los Oscar. Además, se llevó la palma en las categorías de mejor actor (Marlon Brando) y guion adaptado (Mario Puzo, autor de la novela que dio origen al filme, y Francis Ford Coppola). Nada comparable, en realidad, con el éxito de la segunda parte de la saga, El padrino II, que en 1974 se llevó seis estatuillas de las 11 a las que optaba: película, dirección, guion (Puzo y Coppola), actor de reparto (Robert de Niro), banda sonora (Nino Rota y Carmine Coppola) y dirección artística. El cierre de la historia de la familia Corleone, sin embargo, no fue premiado con los favores de la Academia, y se fue de vacío en 1990, pese a que optaba a siete Oscar.
    A la película, apertura de la saga de Coppola, no le han faltado distinciones por parte del público. En 2008, por ejemplo, fue votada la mejor película de la historia por la revista Empire, tomando en consideración la opinión de 10.000 lectores, 150 profesionales de Hollywood y 50 críticos. En 2012, los lectores de este periódico la eligieron como mejor pelicula de la historia del cine. 
    Este es el artículo que escribió sobre ella el crítico de cine Jordi Costa, hace dos días. 

    El padrino: Nunca te pongas en contra de la familia

    por Jordi Costa
    La cabeza de caballo ensangrentada que descubre el productor cinematográfico Jack Woltz (John Marley) en su lecho, al despertar, se erigió en una de las imágenes icónicas de la película que hizo de Francis Ford Coppola el cineasta más rico de su generación. Depositada por orden del consejero Tom Hagen (Robert Duvall) para conseguirle un papel en Hollywood a Johnny Fontane (Al Martino), la cabeza cortada era una alusión directa a las injerencias de la mafia en una industria del espectáculo que, entre otras cosas, utilizó al crimen organizado como uno de sus grandes temas desde que Josef von Sternberg rodase su fundacional La ley del hampa (1927). Durante la producción y el rodaje de la película de Coppola, la Asociación de Amistad Italoamericana, a cuyo mando estaba el capo mafioso Joe Colombo, intentó impedir el acceso a algunas localizaciones y amenazó de manera directa tanto al director como al productor Robert Evans. Un foco de tensión más en un proceso creativo que fue largo y tenso y durante el cual nadie parecía apostar por lo que aguardaba al final del camino: una obra maestra que marcaría un radical punto y aparte en el tratamiento de la Mafia en el cine.
    Tras años de tradición en los que la figura del gángster cinematográfico permanecía encerrado en las dinámicas narrativas de la ascensión y caída –la saga mafiosa como versión perversa del sueño americano, El Padrino, a partir del best-seller de Mario Puzo, se adentraba en un territorio inédito: la intimidad del clan de poder, con su crepuscular figura patriarcal gestionando sus favores como un Papa criminal, bajo la luz tenebrista de un Gordon Willis que se ganó el apodo de Príncipe de la Oscuridad por su arriesgada dirección de fotografía. Aquí ya no había caída y castigo, sino una mirada obsesiva a los códigos internos de un universo claustrofóbico, puente entre el Viejo y el Nuevo Mundo, con la lealtad como concepto rector y la traición como pecado capital. Coppola dibujó la Mafia como una realeza en la sombra, con sus protocolos internos; articulando, a partir de los conceptos de herencia y línea sucesoria, una narrativa de la corrupción y la degradación del ideal como destino trágico inevitable.
    El contraste entre la celebración de la boda y las reuniones de Don Vito Corleone (Marlon Brando) en el interior de su despacho y el montaje paralelo entre el bautizo y la masacre ordenada por el heredero al trono Michael Corleone (Al Pacino) fueron dos de las colosales pruebas de fuerza que orquestó un Francis Ford Coppola que llegó al proyecto sin confianza en el mismo: su supuesta vocación comercial suponía para él una traición a sus principios como cineasta que se contemplaba a sí mismo como autor capaz de formular la respuesta americana a la Nouvelle Vague. Sus credenciales como director hasta el momento tampoco suponían una total garantía para su valedor Rober Evans, que más tarde se atribuiría los méritos de El Padrino por sus sugerencias en la fase de montaje. Tampoco confiaban los productores ni en un Marlon Brando que arrastraba fama de huracán incontrolable, ni en un Al Pacino que no parecía tener carne de estrella. Todos se equivocaron. El Padrino permanece.



    Francis Ford Coppola / La sombra de El Padrino

    Francis Ford Coppola

    La sombra de 'El Padrino'



    Dice que se siente como un niño y que hace ahora lo que dejó aparcado tras el éxito de 'El Padrino'. Francis Ford Coppola rueda 'Tetro' entre España y Argentina. El vino que fabrica le sirve para producir. Apasionado por el cine igual que cuando era un adolescente, este artista genial cuenta aquí cómo disfruta de una ilusionada segunda juventud.
    En el vocabulario de Francis Ford Coppola hay una palabra borrada: "Ojalá". Tampoco utiliza los tiempos verbales que impliquen lamentos. En su familia no recuerdan haberle escuchado decir aquello tan recurrente de "tenía que..." o "podría...". Sabe perfectamente que un hombre debe perseguir sus sueños, como Tucker hizo con sus coches. Le hubiese partido el corazón haber escuchado a su padre, el gran músico Carmine Coppola, emular a Don Vito Corleone quejándose ante su hijo: "Nos faltó tiempo, Michael, nos faltó tiempo".
    Cuando la vida te aparta de tus quimeras, llega un momento en que es preciso retomarlas. En el caso de Coppola, el gran Coppola, nada más y nada menos que el inventor del cine moderno, ese momento ha llegado, entre otros proyectos, con Tetro, una película que acaba de rodar entre Argentina y España.
    Casi con setenta años -nació el 7 de abril de 1939 en Detroit (Michigan, EE UU)-, conserva energías e ilusión para afrontar ahora lo que quiso rodar hace más de tres décadas. Era la época en que un trabajo de encargo se cruzó en su camino y le desbarató los planes. También le colocó en la historia del arte para el resto de los tiempos. Le proporcionó gloria y dinero. Pero le rompió en alguna medida sus sueños.
    Aquel trabajo se titula El Padrino. Fue una historia que se convirtió en trilogía y que hoy puede considerarse una obra redonda de más de nueve horas de metraje. Entonces había nacido como algo más sencillo. "La adaptación de un best seller de la época, igual que ahora han hecho con El código Da Vinci", dice el director, como si se pudiera comparar aquella maravillosa novela de Mario Puzo, con quien Coppola escribió todos los guiones, con lo otro.
    Aquella propuesta le obsesionó hasta encontrar en ella una manera de dar su visión sobre algo mucho más ambicioso que los conflictos de una familia mafiosa. Resultó un encargo que él esculpiría obsesivamente hasta transformar en una genialidad comparable a cualquier maravilla parida por el empuje creativo. Una obra de arte total. Como El anillo del nibelungo, de Wagner, o las nueve sinfonías de Beethoven; igual que El Guernica, de Picasso, o el Taj Mahal. Con el mismo rango que podemos otorgar hoy a una gran tragedia shakespeariana, la trilogía de El Padrino tiene ya su pedestal de oro en la historia de la cultura universal.
    Y sin embargo, la relación de Coppola con su criatura -recogida documentalmente en The Godfather family album, un libro con fotografías inéditas que publicará Taschen en España en el que se muestran imágenes de Steve Schapiro- es extraña.
    NAVEGA A PARTES IGUALES entre el amor y el odio. Necesita de ella tanto como reniega. Incluso, si tuviera que elegir alguna de las suyas, puede que no la colocara entre las favoritas, al menos entre las que considera más personales. Insiste en que fue un encargo, quiere dejarlo claro, algo que le llegó de fuera. Un trabajo de supervivencia que le cambió la vida y le costó tantos disgustos como lecciones. "Me gusta El Padrino, pero no es lo que quería hacer en esos momentos", dice.
    Entre los disgustos queda la lucha casi diaria de tener que negociar los pequeños y grandes detalles con aquellos que no quieren crear arte, sino simplemente dinero, como era el caso de los ejecutivos de la Paramount. Entre las lecciones, aferrarse desde entonces radicalmente a su propia libertad. A una insobornable independencia que le dura hasta hoy, gracias, sobre todo, al vino que produce en Napa Valley (California). "Sobrevivo gracias a eso, lo que me resulta bastante irónico", afirma el director.
    Cuando uno le pregunta qué le debe a El Padrino, Coppola sonríe y entona una especie de excusa: "Positivamente y negativamente, muchísimas cosas. Había hecho antes Llueve sobre mi corazón, y quería rodar La conversación[un filme que queda dentro de su carrera entre las dos primeras partes de la trilogía]. Fue un trabajo que conseguí para sobrevivir. Tenía dos hijos y uno más que estaba por venir...".
    Aunque reconoce que aquello transformó su carrera. No sólo le dio alas económicas. A él y a todos los que se llevaban su porcentaje. En poco tiempo transformaron el presupuesto inicial, 5,5 millones de dólares, en una fortuna de 150. Hasta el punto de que el presidente de la Paramount, Frank Yablans, anunció en 1972: "Quien tenga una parte de la película, ya es millonario", como cuenta Peter Cowie en su biografía sobre el cineasta. Y el director poseía un 6% de los beneficios, que han seguido creciendo hasta hoy: "Cambió mi vida, se convirtió en un fenómeno cultural, consiguió muchas cosas buenas. Si me entrevistan hoy es por ello, en gran parte". Aunque rápidamente recupera cierto rencor: "Pero me apartó de lo que en realidad quería hacer. Por eso lo hago ahora".
    ¿Y qué se trae entre manos en estos tiempos el viejo Coppola? Vivir, disfrutar, dedicarse al cine, la primera de sus pasiones, si exceptuamos a su mujer, Eleanor, con la que vive desde que se casaron, el 2 de febrero de 1963 en Las Vegas, y que le acompaña a todas partes. Por supuesto, a España. Fue poco después de conocerse en el rodaje de Dementia 13, la primera película de Francis, producto de la factoría de su gran maestro Roger Corman, cuando celebraron su boda. Ella ha sido desde entonces el pedestal de todos sus sueños, la tabla de salvación de todas sus locuras. Literalmente, como prueba lo que esta mujer contó en el libro y el documentalHearts of Darkness, sobre el rodaje de Apocalypse Now: una experiencia que llevó al director hacia el límite de su resistencia física y mental, que es mucha.
    Los dos son las piedras angulares de un clan que tiene mucho que ver con los Corleone, como ha contado a veces su hermana Talia Shire, intérprete de Connie en la saga. Con tres hijos, Roman, Sofía y Gio -fallecido en un accidente náutico en 1986-, unido a sus padres, a sus hermanos, a sus nietos y sus sobrinos, Coppola es, ante todo, un hombre de familia. "Disfruto con todos. Mi mujer dice que he sido un buen padre por haber criado niños que son capaces de valerse por sí mismos. Uno malo hace que les tengas siempre bajo tu manto. He tratado, sobre todo, de que sean libres y creativos".
    PARA ELLO, HACER QUE DISFRUTEN de su vida en familia es crucial. "Es nuestro primer experimento social, nuestra primera prueba de amor y odio", comenta Coppola en un descanso de su nuevo rodaje en la Ciudad de la Luz de Alicante, mientras Eleanor espera en la otra habitación comprobando correos en su ordenador portátil.
    Su carrera ha sido tan ejemplar como dada al exceso. Sonados éxitos, expectación continua, espectaculares trastazos en taquilla, como el deCorazonada, que le sumió en una ruina de la que le costó reponerse. Nos sobrecogió con rodajes de leyenda, como el año y medio que le costó acercarse al horror de la guerra de Vietnam en Apocalypse Now. Viajaba de la mega-lomanía de esta soberbia adaptación de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, o de otras superproducciones como El Padrino y Cotton Club, al intimismo de Rumble Fish (La ley de la calle) y Rebeldes. Como quien se cobija del acecho de un monstruo en un refugio seguro. Pero en cada apuesta buscaba siempre lo mismo: mirar de frente a la cara escurridiza del arte.
    Hoy, a costa de necesidad, ha conseguido otro de sus recurrentes sueños: ser un director medio europeo. "Y suramericano, o, mejor, mediterráneo", dice desde el despacho en el que se ve el mar levantino. Tetro cuenta con capital español y argentino de las productoras Tornasol y Castafiore.
    Pero Coppola no quiere hablar mucho de la película que rueda; sólo da pistas generales: que si es más emocional que intelectual -comparándola con su anterior Juventud sin juventud, rodada en Rumania y sin estrenar en España-, que si es su obra más personal... Eso suena bien. Justo para inquietar a sus seguidores y agitar la ansiedad por verla. "Aunque no estará lista hasta dentro de seis u ocho meses", aclara.
    También la compara con El Padrino I. "En tamaño", dice. Ya es algo. "El rodaje ha durado lo mismo, 64 días; hay una gran secuencia, como la de la boda. El otro día, lo hablé con mi montador, Barry Malkin. Le dije: 'Llevamos 30 años haciendo películas y ésta es como El Padrino: el mismo tiempo para rodar, escenas parecidas...'. Y él me contestó: 'Igual, pero con alguna diferencia: los 24 asesinatos, 13 accidentes, 5 explo-siones, apuñalamientos, estrangulamientos y esas cosas...".
    El caso es que, haga lo que haga, vaya donde vaya, aquella trilogía de la que huía y a la que regresó durante 20 años va a ser siempre un asunto recurrente en su vida. Una marca. Un icono. Una hazaña... "Hoy, un director joven no podría haber hecho una película como El Padrino", cree Coppola. "Tendría que soportar muchas presiones", añade. Demasiadas. Por no hablar del riesgo. De la infinidad de discusiones. Las primeras, a causa del reparto. La sola idea de contratar a Marlon Brando aterrorizaba a los magnates. Lo hicieron negociando que su salario saliera sólo de un porcentaje de los beneficios, siempre que no superaran el millón y medio de dólares. Lo de Al Pacino, también. ¿Quién era Al Pacino frente a Robert Redford, Ryan O'Neill o Warren Beatty, las opciones de Paramount?
    No eran las únicas ideas marcianas de la productora; también querían ambientarla en el tiempo en que se rodó -principios de los setenta- y en Kansas City. Otro absurdo. Más energía gastada para convencerles de por qué la primera parte debía centrarse entre los años cuarenta y los cincuenta. Lo argumentó, lo luchó, lo consiguió. Además, quiso rodar lo máximo posible en escenarios naturales, ambientar las calles de Nueva York, viajar a Sicilia para enmarcar la huida de Michael.
    Después de toda aquella lucha para sacar adelante la primera parte, que fue un éxito absoluto que se calcula que vieron 132 millones de espectadores en dos años, la obra se convirtió en mucho más. Tiempo y espacio se expandieron hasta lograr un gigantesco fresco que abarcaba todo un siglo entrelazando las vicisitudes de tres gene-raciones, desde que Vito Andolini llega a Nueva York hasta que Vincent Mancini hereda el imperio.
    Y EN EL CENTRO, EN ESE NÚCLEO, un personaje inspirado al amparo de las grandes creaciones shakespearianas: Michael Corleone. "Sobre él gira verdaderamente toda la película", ha admitido Coppola.
    Sobre Michael Corleone, ese joven idealista preso en su brusca madurez de un destino trágico y no elegido voluntariamente, un destino que le cae encima como una losa de la que jamás consigue escapar. A través de ese personaje, Coppola cuenta lo que en el fondo quiere. "La tragedia de América", confiesa el propio director en uno de los documentales que existen sobre la película.
    "Creo en América".
    Es la frase que abre toda esta obra de arte mayor. "Creo en América", le dice el viejo Bonasera a Don Vito mientras éste acaricia un gato sobre sus piernas. "América me ha hecho afortunado", prosigue el viejo funerario antes de pedir al Padrino que haga caer ante unos malnacidos la justicia que no encuentra por medio de las autoridades para salvar el honor de una hija humillada.
    Y Coppola, ¿cree en América? "Es un lugar único y extraordinario", afirma el artista. "Somos sin duda el único país hecho de emigrantes de todas partes que ha sido capaz de crear con éxito una nación rica durante mucho tiempo". Pero él sabe que sin ese cruce cultural, el mismo que retrata de maravilla, sobre todo en la segunda parte de su película, hubiese sido muy difícil. "Se ha hecho con gente de todas partes, que sigue llegando, a buscar oportunidades que no pueden hallar en sus propios países".
    Coppola huye de la tentación de poner a caldo su tierra. Incluso después del cata-clismo de la era Bush. "Aunque esté de moda decir que América está hecha un desastre, debo decir que ha pasado un periodo difícil, pero tengo grandes esperanzas. En cada lugar al que vayamos se han podido vivir periodos cuestionables. Una de las difi-cultades de la democracia es que permite elegir a la mayoría y, a veces, ésta se equivoca", asegura.
    Es así de patriota, aunque tampoco le sea difícil reconocer que el cine, su cine, su forma de acercarse al arte, ha perdido la batalla en su propio país. No es casual que directores como él o Woody Allen tengan que salir a rodar fuera para asegurar una radical independencia. Han sido los marginados de una generación que en los años setenta cambió Hollywood y consiguió resucitar la industria, como cuenta Peter Biskind en ese libro fundamental que es Moteros tranquilos, toros salvajes (Anagrama).
    De aquellas concepciones entre las que predominó la corriente de Coppola, y las más volcadas en la espectacularidad, lideradas por George Lucas -a quien el autor de Apocalypse Now protegió en sus primeros proyectos, comoTHX 1138, precursora de La guerra de las galaxias- o Steven Spielberg, vencieron estas últimas. Pero él no parece guardar rencor. Menos ante alguien con talento como el gran Spielberg o un personaje como Lucas, que es amigo suyo desde décadas y le produjo a su vez proyectos grandes: la misma Tucker, sin ir más lejos.
    Pero asume una cierta sensación de derrota encogiendo los hombros: "No es muy prometedor el futuro del cine independiente en Estados Unidos. Nadie te da dinero para hacer cosas que no sean previsibles, con suspense, tiros, o como thriller. No corren buenos tiempos para hacer películas muy personales".
    ADMITE QUE PUEDE haber existido una inflación de la etiqueta independiente. "A lo mejor ha habido muchas y no van tan bien; puede que ahora estemos en una transición de la que sólo quedarán los realmente buenos", asegura. Aunque, confiesa, "la verdad es que no pienso mucho en la industria, ni en la distribución, ni en cosas de ésas; no sé".
    Después de sus luchas titánicas, de sus fracasos -económicos, pocas veces artísticos-, parece haber llegado a una edad en la que no le pierde el exceso y le saca partido al posibilismo aun a riesgo de sentirse incomprendido. "He tenido suerte; dispongo de mi propia manera de hacer películas. Puede que en 20 años le interesen a la gente", asegura este poeta de la luz.
    Ante todo, el cine es su verdadera pasión. El cine es lo que le inspira y le mueve. El cine es, además, la herencia que va transmitiendo a su hija Sofía, uno de los nuevos talentos más deslumbrantes entre las nuevas generaciones norteamericanas, autora de la fascinante Lost in Translation; tanto, que está preparado para cambiar las tornas y le empiecen a conocer como el padre de Sofía. "Me encantará, como me encanta también ser el abuelo de Gia", asegura el cineasta.
    Pese a tener ya nietos, Coppola no deja de sentirse como un niño. La sensación de infancia constantemente recuperada se la da el cine. "Es lo más extraordinario. Cualquier adolescente se enamora del cine. Para ellos es algo bello, maravilloso para trabajar, con imagen, música, con esa forma especial que consigue capturar la emoción. No hay nada como el cine; cuando piensas en el cine, te sientes como si tuvieras 14 años", comenta.
    Su empeño por seguir aprendiendo, probando, experimentando, no cesa. Igual que cuando hizo uno de sus descubrimientos cruciales. Se lo proporcionó nada más y nada menos que el gran Arturo Toscanini, legendario y tiránico director de orquesta que trabajó con su padre, Carmine, quien después compuso bandas sonoras.
    "Me llevó a verle una vez. Recuerdo que era como Einstein, con esos pelos revueltos. Me dejaron en una habitación desde la que veía a la orquesta. Yo tenía cinco o seis años. Me acuerdo de que a través de una rendija se podía escuchar la orquesta, y si se cerraba, no. Fue cuando me di cuenta de que la imagen y el sonido iban cada uno por su lado", comenta. Desde aquel día, no ha dejado de descubrir por sí mismo todos esos trucos que después le han ayudado a contar sus grandes historias.
    Ésas que tanto nos han ayudado a vivir. Ésas en las que se ha dejado el pellejo para no verse obligado a pronunciar nunca las palabras que desprecia. Ojalá. Jamás saldrá de su boca un triste "ojalá". Por eso, también hoy recupera el tiempo perdido. Lo invierte a fondo en pequeñas e íntimas historias como Tetro, inquietudes que aquella genialidad de El Padrino aparcó. "Hago lo que quise hacer entonces; así podré morir sin quejarme", nos dijo.



    El Padrino II / La obra cumbre de un genio


    El Padrino II

    La obra cumbre de un genio



    Fotograma de 'El padrino II'.





    Después del apabullante éxito de El Padrino era obvio que Coppola iba a tener luz verde para firmar la secuela que se había anunciado ya en el momento de estrenar el original. Como es obvio también Coppola pidió más dinero (un millón de dólares más porcentaje de taquilla) y Al Pacino hizo lo propio (600.000 dólares). Lo que quizá pocos se esperaban era que en lugar de entregar algo similar al clásico instantáneo que le precedía decidió enredarse en un enfoque más autoral, más complejo, más delicado.
    Así, donde El Padrino servía sangre y épica, la secuela, llamada simplemente El Padrino II, indagaba en los orígenes de la familia Corleone, con un Robert de Niro acabado de salir de Malas Calles (la película de Martin Scorsese) al que Coppola ya había echado el ojo y al que fichó tan pronto se supo que Brando no iba a estar disponible. La maravillosa dualidad del filme, inmortalizada por esa —imaginaria— carretera donde transcurren en paralelo las vidas del patriarca y de Michael, el despiadado heredero, es la auténtica esencia de este bellísimo filme. Como contaba Miguel López en su espléndido volumen dedicado a Coppola (Los Coppola, Una familia de cine): “La violencia se expresa en la película desde una dimensión psicológica que orilla la brutalidad primaria de El Padrino I y escarba hacía otros subsuelos de la crueldad humana”.
    Efectivamente, no hay en El Padrino II tiempo para cabezas de caballo en la cama ni lindezas de ese estilo, el auténtico sello de la película es ese terrible retrato de la decadencia, un proceso irreversible en el que, poco a poco, se desnudan todas las flaquezas de ese padrino desconfiado, implacable, que extiende sus tentáculos al mundo de la política.
    La decrepitud del personaje de Al Pacino, un tipo roto por el poder, alcanza toda su extensión con la ejecución de uno de sus más íntimos familiares (no avancemos más por si queda alguien que no haya visto la película). Obvia decir que el reparto es —de nuevo— espectacular: a los mencionados Pacino y De Niro se le suman (y repiten) Robert Duvall y Diane Keaton y completan la corona el maravilloso Lee Strasberg y Talia Shire.
    El primer montaje de cinco horas, fue rechazado por los estudios al igual que lo fue el siguiente, de tres horas y veinte. Finalmente, el consenso llegó con una versión de tres horas que dejó a todos satisfechos. La película, una auténtica obra maestra, se llevó seis Oscar, incluyendo el mejor guion, mejor actor (para Robert De Niro), mejor director y mejor película. Fue la primera vez en la historia de la Academia en la que una secuela se llevaba la estatuilla dorada. Francis Ford Coppola tardaría 16 años más en armar la película que cerraría la trilogía pero para muchos en esta entrega se concentra toda la sabiduría de ese artesano del cine que un día estuvo a punto de volverse loco en la jungla. Cosas de genios.



    El Padrino / Un clásico que no deja de crecer

    El Padrino

    Un clásico que no deja de crecer


    Una imagen de la película 'El Padrino'.
    Las naranjas que señalan quien va a morir, la mejor receta de spaghettis con albóndigas, el peor sitio para ser asesinado —en el peaje de la autovía de Long Beach, cerca del mirador de la playa Jones Causeway—, las más terribles traiciones familiares (va por Fredo), las fiestas más desorbitadas y los mejores crooners, diversos consejos para tratar a la familia, a amigos y enemigos (“Nunca vuelvas a ponerte contra la familia”, “Las mujeres y los niños pueden ser imprudentes, pero los hombres no”, “Un hombre que no dedica tiempo a su familia nunca será un hombe de verdad”), habilidosos contactos internacionales —más en concreto, con Sicilia-… Ah, y algo de Mafia. Todo eso, y más, está en El Padrino(1972), el clásico de Francis Ford Coppola.
    El último día de su filmación, el director dijo: “Tengo tres reglas básicas como realizador: 1. Empezar con un guion acabado. 2. Trabajar solo con gente de total confianza. 3. Rodar de manera que la productora no pueda cambiarte nada. No he conseguido ninguna de las tres”. Y qué. Lo sentimos por los literatos estadounidenses, siempre compitiendo por escribir de una vez la Gran Novela Americana. No lo conseguirán. Pero Coppola lo ha hecho en cine: vistos del tirón los tres padrinos, que ahora pone a la venta EL PAÍS, ahí está Estados Unidos. Con sus miserias, sus grandezas, su capitalismo, su solidaridad, su alma de país joven, sus conflictos raciales, su creencia en Dios, su devenir político, su corrupción, su redención. Coppola va afilando según va rodando —la segunda parte es de 1974, la tercera, de 1990— el tema principal: la imposibilidad de luchar contra lo que eres, la negación a un hombre de su ansiada redención. Una vez que te has dejado llevar por el Mal, este jamás te dejará marchar. Y eso vale para Michael Corleone, quien si no, pero también para todos los que se cruzan en su camino, cardenales, banqueros, políticos, productores de cine, incluso el último Don, Vincent Mancini, renuncia al amor: no hay salvación. “¿Sabes?, ahora que eres tan respetable eres todavía más peligroso. Te prefería antes, cuando eras un criminal entre tantos”, le confiesa a Michael su exesposa, Kay, en El Padrino III.
    Puede que la novela de Puzo sea más exacta (la receta de spaghettis con albóndigas de la película no es tan buena como la del libro), pero no alcanza la altura artística, el vuelo de la trilogía coppoliana. Puede que porque mientras Puzo pensaba en novela negra, Coppola bebía de Shakespeare, del teatro clásico, de El rey Lear, de Romeo y Julieta oTitus Andronicus. La creación de El Padrino está llena de casualidades, de problemas de financiación, de locuras de rodajes, de actores que hacen pruebas y al final son descartados, de cabezonerías de Coppola (Pacino, Brando y De Niro eran sus elecciones, y sobre ellos descansan la trama).
    Más allá de las historias clásicas ya conocidas de las primera y segunda partes, Andy García (Vincent Mancini, el Corleone bastardo, el último Don de la serie) recuerda cómo fue su prueba para El Padrino III, un ejemplo de cómo el destino dirigió mucho de los pasos de Coppola: “Estaba muy nervioso, y cuando empecé mi lectura, se fue la luz. Francis me tranquilizó y encendieron decenas de velas. Aquella noche fue mágica, y creo que logré el papel por esa intimidad”. García y Sofía Coppola heredaron dos personajes de El Padrino III que a punto estuvieron de interpretar Robert de Niro (sí, iba a hacer de su propio nieto) y Madonna, y por los que luego pasaron Matt Dillon, Vincent Spano, Alec Baldwin, Charlie Sheen y Nicolas Cage (cuyo auténtico nombre es Nicolas Coppola, sobrino de Francis) o Laura San Giacomo, Trini Alvarado y Wynona Ryder (la elegida final, pero al llegar a filmar a Roma cayó exhausta tras haber enlazado seguidos tres rodajes y tuvo que ser hospitalizada, de ahí la aparición de Sofia Coppola). Y esta es solo una de las miles de anécdotas que se esconden dentro de una gran obra del siglo XX, de nueve oscars, de ocho horas y media de duración, de la magia, del estado de gracia de un puñado de artistas como Puzo, Coppola, Nino Rota, Dean Tavoularis, Albert S. Ruddy, Gordon Willis, Barry Malkin, Robert de Niro, Al Pacino, Marlon Brando, Diane Keaton, Talia Shire, Robert Evans… Acomódense en la butaca, y oigan a Bonasea (el actor Salvatore Corsitto) empezar su legendario discurso: “I believe in America”.

    Nace una leyenda

    Francis Ford Coppola tenía 32 años cuando empezó a rodar El Padrino y Marlon Brando, 47. La Paramount se resistía a contratar a Brando por su fama de actor problemático y caro. Coppola insistió. Le exigieron no solo que el actor cobrara al final de la película sino obligarle antes a pasar por una prueba. Extrañamente, el actor aceptó. Brando se presentó al “juicio del estudio” con unos algodones metidos en la boca y el pelo engominado con betún. Michael Corleone ya tenía voz, cara y alma. Nacía la leyenda de una película. Brando recibió un Oscar que jamás recogió. Lo hizo en su nombre la india Shasheen Littlefeather.



    Carlos Boyero / El Padrino

    Clasicismo es usted, Padrino

    'El Padrino' habla con lenguaje inoxidable de cosas 

    que han alimentado a las tragedias


    Era octubre del 72 cuando vi por primera vez El Padrino. En su estreno en el cine Palacio de la Música, en aquella Gran Vía que olía a cine, que podías recorrer incansablemente observando los enormes y aromáticos cartelones que anunciaban las películas. Conocí a principios de los años setenta los rincones más exóticos de aquel Madrid inmenso y que desconocía buscando el infatigable atracón de cine a través de los programas dobles en los infinitos cines de barrio. Hice involuntario exhaustivo turismo en función del amor al cine. También hubiera intentado recorrer de punta a punta el Amazonas o la Antártida no para descubrir sus exóticos y maravillosos paisajes, sino porque allí se programara la mejor historia del cine.
    Aunque no dispusiera de dinero para frecuentar las salas de estreno, me las ingenié para disfrutar de El Padrino el día de su estreno, y el siguiente y el siguiente.... Y por supuesto, había leído la critica en la sagrada revista Triunfo que la calificaba de película fallida, convencional producto de Hollywood y otras negativas certidumbres que sonaban a manifiesto dadaísta. Cuarenta años más tarde, cuando se empiezan a difuminar en el recuerdo personas y cosas que consideraba imprescindibles, habiendo renunciado por voluntad propia o por necesidad de supervivencia a enganches que parecían eternos, sigo frecuentando con renovada fascinación e inmarchitable amor, cada seis meses más o menos, antes en el cine y progresivamente en vídeo, DVD y Blu-Ray, esta saga de casi diez horas titulada El Padrino. Ese conocimiento tan exhaustivo como obsesivo que te permite reconocer de memoria cada palabra que va a salir de la bocas de protagonistas y secundarios, el tono en el que van a pronunciarlas, sus gestos histriónicos o leves, lo que va a ocurrir en cada secuencia, los momentos que van a estar ambientados con música y las imágenes desnudas, lo que pretende ser realista y lo que se limita a sugerir, el armonioso empleo del flash-back y las elocuentes elipsis, la violencia evidente o subterránea y un intimismo que llega a ser doloroso, la mezcla de espectáculo, lírica y reflexión, la simultánea empatía, comprensión y horror que te hacen sentir esos personajes complejos y sus casi siempre siniestras circunstancias, no priva jamás de su encanto ni de su hipnosis a esta obra perfecta, no te cansa, te sigue removiendo, divirtiendo y emocionando igual que la primera vez, tienes la sensación de que es imposible contar mejor esa historia de múltiples ramificaciones aunque siempre arranque con una celebración y acabe con una tragedia.
    Coppola, que nunca ha demostrado demasiado entusiasmo por su criatura más prodigiosa (independientemente de que esta le hiciera el justo favor de convertirle en millonario a perpetuidad), que declara haberse sentido mucho más realizado con otras de sus películas, concebidas con vocación y amor y que no alcanzaron el éxito, consiguió algo que está más allá del elogio, sin la menor relación con eso tan efímero y frívolo de las modas, clásico, vivo, apasionante, intemporal.

    No te cansa, te sigue removiendo, divirtiendo y emocionando igual que la primera vez
    El Padrino habla con lenguaje inoxidable y hermoso de cosas que siempre han alimentado a las tragedias más profundas. Habla de la familia como refugio presuntamente invulnerable y de su lacerante quiebra, de las grandezas y miserias del poder, de las barbaridades que hay que cometer para no perderlo, de la fatalidad y el destino obligando a asumir responsabilidades y metas opuestas a lo que habías pretendido que fuera tu vida, de la traición y la venganza, del crimen organizado y sus múltiples tentáculos de corrupción, incluido el soborno de los pilares de la ley, la política, la justicia y el orden, de los inmigrantes forzosos y sus códigos de supervivencia en ese mundo nuevo y hostil, de rituales ancestrales y violentos, de la mentira cotidiana intentando disfrazar la hipocresía y salvar los asideros vitales, de las pérdidas y las rupturas más brutales que impone el mantenimiento de un trono permanentemente amenazado por las conjuras, de la soledad cósmica a la que está destinado el monarca de la jungla.
    Todo ello está descrito con una visión profunda que te hace comprender las razones de todos para ser como son y actuar como actúan. La primera parte de El Padrino es modélica, pero lo que narra en la segunda y la forma de hacerlo, incluida la costumbrista y maravillosa reconstrucción de la infancia y juventud de Vito Corleone, posee el aliento, la atmósfera, la intensidad y la lírica de las mejores tragedias de Shakespeare. Y hay un bajón en la tercera, la incómoda sensación en algunos momentos de que Coppola está autoplagiándose y repitiendo una una fórmula infalible, también sobra la empalagosa interpretación de su hija Sofia, pero tiene secuencias grandiosas.
    El genial Brando solo aparece durante media hora, pero su aplastante presencia flota durante toda la saga. La interpretación de un contenido y sutil Pacino es una obra de arte. Como la de Duvall y De Niro. Pero hasta el último de los secundarios construye un personaje veraz. Si juntas a diez amantes de El Padrino es probable que difieran los momentos y los personajes que más les impresionan. Pero todos te confesarán que esta saga tan larga les parece muy corta. Que si durara cien horas en vez de diez, su felicidad sería completa.