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domingo, 1 de septiembre de 2019

Los libros que querrás leer este otoño





el cuento de la criadaAmpliar foto
FERNANDO VICENTE

Los libros que querrás leer este otoño

De la esperada secuela de ‘El cuento de la criada’ a lo nuevo de Vargas Llosa. Un cargamento de lecturas para la nueva temporada


Javier Rodríguez Marcos
31 de agosto de 2019

La literatura busca lectores. La industria literaria, fans; es decir, masas de fieles que esperan cada año el libro de su autor favorito y que aseguran que las cuentas cuadran. Y lo que vale para el autor favorito, vale también para el género favorito: las distopías, el feminismo, el mundo rural, la adolescencia, los libros de duelo, la inagotable novela negra… Para tranquilidad de los industriales, este otoño viene cargado de grandes nombres. Para suerte de los lectores, algunos han escrito obras que se recordarán la temporada próxima.

jueves, 4 de abril de 2019

Rafael Sánchez Ferlosio / Un hombre entero hablando

Rafael Sánchez Ferlosio
Foto de Claudio Álvarez
Poster de T.A.

Rafael Sánchez Ferlosio

Un hombre entero hablando

La noche de Coria parecía la habitación de su espíritu, salvaje, radical, poético, rabiosamente Rafael Sánchez Ferlosio

Juan Cruz
2 de abril de 2019

Un hombre hosco, la ternura de los hoscos. Un hombre entero en silencio. Hablando con sus ojos desorbitados. Y ahora otra vez en paz, el bastón es el epicentro de su energía, y de su mirada. Fijo en un punto, taladra el hielo y los ladrillos, la piedra visible de la casa caliente. El pelo revuelto, los pijamas. El paso veloz, desordenado, para un hombre de aquella edad, ferragosto, 1990 en Coria. Está a punto de estallar la guerra de Irak del padre de Bush.

Rafael Sánchez Ferlosio / El anti-Ortega


Rafael Sánchez Ferlosio
Foto de Claudio Álvarez

El anti-Ortega

Ferlosio detestaba a Ortega y Gasset, y sobre ese desagrado profundo escribió páginas descacharrantes

Javier Cercas
2 de abril de 2019

En alguna parte se definió a sí mismo como “un tertuliano enloquecido”; se trata de una forma humilde —Ferlosio fue un hombre humilde, pero un escritor soberbio, en los dos sentidos de la palabra— de llamarse ensayista, que es lo que ante todo fue. De hecho, si tuviera que definirlo de una sola vez, yo diría que, en el contexto de la cultura española, fue el anti-Ortega. Como se sabe, Ferlosio detestaba a Ortega y Gasset, y sobre ese desagrado profundo escribió páginas descacharrantes; pero, igual que otros escritores de su generación, algunos muy próximos a él (como Juan Benet o Luis Martín-Santos), lo detestaba tanto porque lo había leído a fondo, y quizá porque le debía más de lo que le hubiera gustado admitir.

Rafael Sánchez Ferlosio / Elogio del carácter


Rafael Sánchez Ferlosio
Foto de Claudio Álvarez
Poster de T.A.

Rafael Sánchez Ferlosio

Elogio del carácter

Tenía fama de ser un escritor raro porque sus frases subordinadas, como las arias de Mozart, amenazaban con no terminar nunca


José Luis Pardo
2 de abril de 2019


Rafael Sánchez Ferlosio tenía fama de ser un escritor raro. Porque sus frases subordinadas, como las arias de Mozart, amenazaban con no terminar nunca. Pero, como las arias de Mozart, jamás se hacían pesadas: cuando parecían acercarse a la conclusión, asomaba en ellas una inocencia —la huella del poeta secreto que siempre fue— que las hacía resurgir y tomar evoluciones inesperadas. Y, como las arias de Mozart, lo más prodigioso de ellas era que, aunque se alargaban mucho más allá de la medida respiratoria de un ser finito, conseguían terminar y sostener en su arquitectura aparentemente barroca la sencillez de un sentido completo, matizado pero nunca exhaustivo, siempre abierto a nuevas preguntas. Concentraba en su prosa un conocimiento envidiable de los clásicos, una familiaridad casi natural con las lenguas y un dominio del castellano con el que ningún plumífero vivo puede competir. Si alguna vez hizo algún guiño a la literatura, desde que se sumergió en sus estudios de gramática ya no se pudo detectar en sus páginas ni una sola concesión.

Rafael Sánchez Ferlosio / La ingenuidad de Rafael

Rafael Sánchez Ferlosio, 2008
Foto de Bernardo Pérez

La ingenuidad de Rafael

Sánchez Ferlosio era una deidad familiar, el protector de nuestros lares literarios, a la vez sumamente próximo y admirado sin cesar


Fernando Savater
2 de abril de 2019



Para la gente de mi círculo, más o menos de mi edad, decir “Rafael” casi nunca era referirnos al de Urbino, sino invocar Ferlosio. Una deidad familiar, el protector de nuestros lares literarios, a la vez sumamente próximo y admirado sin cesar, carente de cualquier prosopopeya (yo creo que ni sabía lo que significaba la palabra, él que las conocía todas), pero muy consciente de sí mismo, de los riesgos morales que implica escribir... En la vida cotidiana, Rafael resultaba siempre anecdótico porque improvisaba sus gestos y sus rutinas según le apetecía o se le ocurría, pero sin imitar nunca a nadie. Para bien o para mal todo en su conducta era de fabricación propia, caso único: nadie menos proclive a la producción en serie que él. Por eso podía trabajar o estudiar con el mayor empeño en asuntos que a los demás se nos antojaban peregrinos, pero en cambio le costaba plegarse a la disciplina de lo convencional. Cuando su cuñado Javier Pradera le convencía para que escribiera un artículo en EL PAÍS, lo hacía de 40 páginas. Y si Javier le decía que esa extensión era imposible, Rafael protestaba dolorido: “¡Yo sé hacer punto, pero no jerséis!”. Lo instrumental era para él un reino tan desconocido, tan inimaginable y un poco abominable, como para mí la Santa Sede.


De entrada, instintivamente, detestaba lo útil como empeño activo (en votos y en lo que fuese que tuviera que hacer). Por eso yo siempre me pasmaba ante su ingenuidad genuina. Entiendo la palabra no como simple candidez o falta de malicia, sino en su sentido etimológico: ingenuo es quien ha nacido libre y nunca ha padecido ni tolera atisbo de esclavitud. Todos perdemos con los años la ingenuidad aceptando esclavitudes supuestamente necesarias y más o menos benignas, laborales, políticas, de relaciones públicas. Rafael se mantuvo tozudamente ingenuo, yo diría que hasta peligrosamente ingenuo. La sociedad puede que resultara imposible si todo el mundo fuese como él, pero ya he dicho que no le interesaba la producción en serie. Y además, hace falta que de vez en cuando haya alguien fuera para darnos ejemplo de que la razón instrumental, como decían los frankfurtianos, no es la única posible, ni mucho menos la única deseable. Y si ese alguien es además un escritor enorme, a la altura de nuestros clásicos, mejor que mejor.

EL PAÍS




miércoles, 3 de abril de 2019

Muere Rafael Sánchez Ferlosio, maestro singular de las letras españolas, a los 91 años


Rafael Sánchez Ferlosio

Muere Rafael Sánchez Ferlosio, maestro singular de las letras españolas, a los 91 años

El autor de 'El Jarama' y 'Alfanhuí' y de una amplia y original obra ensayística ganó el Premio Cervantes en 2004


José Andrés Rojo
1 de abril de 2019

Cuando en las contadas páginas autobiográficas que escribió tuvo que referirse a sí mismo, dijo que era un plumífero. Es decir, una persona que tiene por oficio escribir. Y de eso trató la vida completa de Rafael Sánchez Ferlosio, que murió este lunes en Madrid a los 91 años. Cultivó todos los géneros y, en cada uno de ellos, trabajó con la misma meticulosidad, finura y honradez. Tímido, iconoclasta, no le gustaba darse importancia, tenía un magnífico sentido del humor.

Rafael Sánchez Ferlosio / Más años malos y todos ciegos


Rafael Sánchez Ferlosio
Foto de Carlos Rosillo

Más años malos y todos ciegos

Recuerdo de un encuentro con Rafael Sánchez Ferlosio, un escritor que no se parecía a ninguno


Carlos Boyero
1 de abril de 2019

No recuerdo exactamente la fecha, pero sí la estupefacción, el rubor y el estremecimiento que me asaltaron cuando me reveló su identidad la persona con la que estaba hablando por teléfono. Tal vez fuera el año 93 o el 94. Me encontraba en la redacción de El Mundoreponiéndome de la intensidad y el tono incendiario de un debate sobre la televisión en un programa en Telemadridque presentaba y dirigía Victoria Prego. Creo que salieron de mi indignada y sarcástica boca opiniones tan convencidas como destroyers sobre el estado y los contenidos de las televisiones y las respuestas de productores y ejecutivos de esos medios mostraban lógicamente su escándalo ante lo que yo expresaba. El único que parecía divertirse con esa batalla dialéctica era el irónico y muy sabio Chicho Ibáñez Serrador. Atendí con desgana inicial la llamada de ese desconocido. La voz era la de un señor mayor. Me comentó que estaba de acuerdo con lo que había contado en ese programa y que leía con notable interés los artículos sobre la televisión (en realidad nunca han sido, ni son, ni serán sobre lo que emite ese aparato) que escribía en el periódico.

Rafael Sánchez Ferlosio / La embestida del jabalí



Rafael Sánchez Ferlosio: la embestida del jabalí

El que sienta la intriga de ver funcionar a toda máquina la inteligencia de larga zancada e implacable del autor tiene sus 'Ensayos reunidos'


Jordi Gracia
1 de abril de 2019

La obstinación monomaníaca y la ira diferida y a la vez explosiva anduvieron de la mano desde el primer atisbo de una voz literaria tan insólita como única. Nadie lo encontraba en enero de 1956 para decirle que El Jarama había ganado el premio más importante de novela en España, el Nadal, y lo había hecho por unanimidad por primera vez en su historia. Probablemente andaba perdido con su novia Carmen Martín Gaite por tierras de Andalucía, cuando ya había dejado a todos, empezando por su padre Rafael Sánchez Mazas, boquiabiertos con las cabriolas subversivas de su delicada imaginación en Las industrias y andanzas de Alfanhuí... Hasta que se cansó, de sí mismo y de los demás, de la pantomima de la vida literaria y la celebración efusiva de todos, de las entrevistas y los camelos de la fama. Rafael Sánchez Ferlosio —fallecido hoy a los 91 años— se abroncaba a sí mismo para evitar incurrir en la especie aborrecida del literato y se autoprogramó contra la enfermedad de la petulancia intelectual y las pretensiones extraviadas de ser algo o alguien: vino a ser la contrafigura óptima del literato profesional, Camilo José Cela.

Quince frases de Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio


“¡Qué autónomo ni autónomo! ¡La libertad no existe!” 15 frases de Sánchez Ferlosio

Un repaso por el pensamiento del autor y por algunos de sus aforismos más ingeniosos


Madrid, 2 de abril de 2019

De los toros. "Eso sería cuando no odiaba los toros. Ahora es que nos los puedo ni ver". ENTREVISTA con EL PAÍS (23/01/2016)
Sobre las soluciones. “Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere". LIBRO Campo de retamas. Pecios reunidos(2015)
Sobre las explicaciones. “El que quiere mandar guarde al menos el último respeto hacia el que ha de obedecerle: absténgase de darle explicaciones”. LIBRO Campo de retamas. Pecios reunidos (2015)

Diez libros de Ferlosio vistos por Ferlosio




Diez libros de Ferlosio vistos por Ferlosio

El escritor fue igual de implacable al valorar su obra que al enjuiciar el mundo que le rodeaba

T.C.
Madrid, 1 de abril de 2019


Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951). Su obra predilecta, según confesó en una entrevista. “Yo vivía entonces en casa y se lo iba leyendo a mi padre y a mi madre conforme lo escribía. No me acuerdo qué edad tenía. Eran incondicionales de lo que escribía. Mi madre pagó la edición. Costó 13.000 pesetas, 1.500 ejemplares. Fue un negocio”.

martes, 8 de enero de 2019

Premio Nadal / Espejo de las letras españolas

Ana María Matute, durante la gala de entrega del Premio Nadal, el 8 de enero de 1960.
 EFE


El Nadal, espejo de las letras españolas

El galardón, que se concede mañana, cumple 75 años. De Laforet a Matute, Ferlosio o Mañas, la nómina de premiados sirve para contar una historia de la literatura de ese tiempo


Carlos Geli
Barcelona, 4 de enero de 2019

Como estaba esa noche de guardia en el diario, no paraba de ir, hecho un flan, a la sala de teletipos. A la 1.45 de la madrugada, el último escupió que era finalista. Lo gritó a pleno pulmón en la redacción, donde nadie sabía nada. El director inició gestiones telefónicas, averiguó y sí, aquel subordinado había hecho algo más que quedar finalista: había ganado. “Cogí corriendo la bicicleta y me fui a casa, donde me esperaba mi mujer y mi hijo de once meses. Nos abrazamos locos de alegría”, evocaría tiempo después Miguel Delibes a ese joven de 26 años, él mismo, entonces redactor de El Norte de Castilla, que aquella noche del 6 de enero de 1948 ganaría, con La sombra del ciprés es alargada --su primera novela recién acabada el verano anterior--, la cuarta convocatoria del premio Nadal. Efectivamente, hubo un tiempo en el que los escritores conocían y celebraban así los galardones literarios, en especial el Nadal, el decano, que domingo celebra en Barcelona sus 75 años de vida; de algún modo, un espejo de las letras españolas contemporáneas.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Rafael Sánchez Ferlosio / “No estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida”



Rafael Sánchez Ferlosio

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

“No estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida”

El gran escritor cumple este 4 de diciembre 90 años. Premio Cervantes en 2004, es uno de los mejores prosistas del castellano del último siglo. Su vasta cultura, su carácter iconoclasta y la brillantez de su prosa lo han convertido en referente indiscutible


José Andrés Rojo
Madrid, 4 de diciembre de 2017

Rafael Sánchez Ferlosio cumple hoy 90 años. Premio Cervantes en 2004 y Nacional de Literatura en 2009, forma parte de la generación de los cincuenta y una de sus novelas, El Jarama, ha sido mucho tiempo lectura obligada en Bachillerato. Renegó de ella cuando se volcó durante años a estudiar gramática, esos “altos estudios eclesiásticos”, como él mismo ha dicho, de los que emergió como uno de los más lúcidos comentaristas de cuanto ocurre en la sociedad actual. Nadie como él, uno de los mejores prosistas en castellano del último siglo, ha destruido los tópicos de todo tipo para proponer un acercamiento a los hechos al margen de prejuicios. Su vasta cultura, sus variadísimos intereses, su carácter iconoclasta y provocador y la brillantez de su prosa lo han convertido en referente indiscutible para acercarse a la complejidad de las cosas. El viernes, en su casa en Madrid, comentó algunos aspectos de su obra, se refirió a la crisis catalana con resignado cansancio y, como quien no quiere, permitió que distintos aspectos personales tomasen la conversación.

Pregunta. ¿Por dónde empezamos?
Respuesta. Yo no sé hablar. A mí no se me ocurre nada.
P. ¿Qué le parece abordar el patriotismo, ahora que está tan presente?
R. Sobre la patria, el que mejor ha escrito es El Roto. “No soy patriota. El patriotismo me da claustrofobia”, puso en una viñeta.
P. Usted escribió algo en esa línea: “La identidad es lo último que hay que tener”.
R. Eso es poco, eso no es nada, es una tontería. Ese pecio no me gusta. El que de verdad es ingenioso es El Roto. Creo que era así, en dos frases, habría que mirarlo. Y los dibujos son muy buenos. Hay otro, un tal Ros, que a veces es ininteligible, y a veces se le entiende. Usa un bolígrafo tan fino que no se ve; yo que estoy muy mal de la vista.
P. Pero sigue leyendo los periódicos.
R. Hombre, con lupa. Tengo dos lupas. Leo la prensa, pero pocos artículos. Leo los titulares y luego escojo. El artículo entero pocas veces lo leo. Leo unas cuantas frases. Leo el titular, todos los titulares. Y solo algunos artículos enteros, cuando me interesan.
P. ¿Y qué autor le interesa?
R. A mí me interesa Vargas Llosa porque es un poco de risa. Es muy malo.
P. Vaya, tampoco ha sido muy amigo de Ortega.
R. Ortega tiene cosas buenas. Ortega lo que pasa es que tiene unos tópicos sobre los que vuelve una y otra vez. Pero tiene cosas increíbles. Carmen Martín Gaite hablaba de “ortegajos”. Y uno de los “ortegajos” que responden más a la definición es ese que dice que el que no conozca la historia de los toros no comprende la historia de España. Ortega tiene muchas tonterías, pero es un hombre con talento.
P. Compró una vez en Roma una lámina en la que aparecía santo Tomás y luego la tiró en Madrid porque le recordaba a Ortega.
R. Para mí, santo Tomás es un hombre absolutamente respetable. Es un gran talento. No lo puedes leer mucho; tiene una prosa horrible. Pero tiene sustancia.
P. ¿Qué me dice de quienes se cargan de razón? Parece ser lo que hoy se impone.
R. Cargarse de razón es una expresión muy española. Se puede cargar de razón cualquiera. La expresión es lo afortunado. ¡Cargarse de razón! Hay personas que ponen muy buena voluntad en cargarse de razón. Pero la expresión es lo genial. Es un castellano maravilloso.
P. Ha escrito en uno de sus ensayos que “nadie es tan peligroso como el justo, cargado de razón”.
R. “Como el justo cargado de razón”. No hay coma ¿Hay coma? Si hay una coma, sería mejor sin ella.
P. Se ocupó una época del terrorismo. Decía que había ahí un impulso autoafirmativo.
R. No estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida. Pero decía que lo más importante era la producción de la noticia. El acto era lo importante.
P. Le gustaba mucho alguna serie de televisión.
R. Un viejo de noventa años, que está siempre en casa, que no sale por la polución, por los fríos, por lo que sea. Y que está siempre, pues qué quiere usted que haga. Pues también ver la televisión.
P. ¿Y qué le parece?
R. No me gusta nada la televisión. Me parece horrorosa. Me parece, la española, más horrorosa que ninguna. Me parece un fracaso y un apoderamiento de la publicidad tremendo. La televisión se encontró con la publicidad e hicieron un pan como unas hostias. Porque es horrible, horrible, horrible. Horrible el ser instrumento de la publicidad y tener tanta publicidad. Tanta, tanta. Y el ser tan horrible, tan mala. Yo no sé las otras. He visto un poco la italiana. Cuando iba a casa de mis abuelos a Italia pues la cogía. Había algún programa decente. Decentito.
P. Me dicen que se dedica por completo a su nieta.
R. No quiero ver otra cosa. Es muy lista, muy estudiosa. Es china. Y es muy guapa, pero sobre todo es inteligente, estudiosa, interesante. Es encantadora.
P. ¿Y sigue con la tertulia? ¿De qué han tratado en la última cita?
R. Da un poco de vergüenza.
P. ¿Y eso?
R. Se habla mucho del tema que se ha impuesto, de Cataluña. No entiendo nada. Son unos obsesos, un día dicen una cosa y al otro día, otra. Dicen lo mismo y todo lo contrario. ¡Qué pesados! ¡Qué pesados! Nosotros hablamos porque es el tema del día, pero poco.
P. ¿De todas sus obras cuál es su favorita?
R. Será que solo me quedo con el Alfanhuí. Yo vivía entonces en casa y se lo iba leyendo a mi padre y a mi madre conforme lo escribía. No me acuerdo qué edad tenía. Eran incondicionales de lo que escribía. Mi madre pagó la edición. Costó 13.000 pesetas, 1.500 ejemplares. Fue un negocio particular. Alfanhuí tuvo una crítica decisiva. Estaba en el copito, en el auge, y Camilo José Cela me hizo una crítica muy buena. Le gustó. Y eso le dio un empujón imponente.
P. ¿Se ha reconciliado ya con El Jarama?
R. No, reconciliarme no. Hombre, la prosa está bien. Está bien de prosa y de figura y de metáfora. Pero no. Es un error poner un accidente, un hecho individual, que se ahoga una muchacha, eso pertenece a la crónica de sucesos. Los franceses dijeron que había alargado demasiado una anécdota para dar una visión panorámica de una situación. Y eso me parece muy mal de El Jarama.
P. Siempre se ha valorado mucho en esa novela su capacidad de recoger el habla de la gente.
R. No sé si la gente habla así o me lo inventé yo.
P. ¿Hacía listas de lo que escuchaba?
R. De una conversación cogí dos o tres cosas. Era en la calle Torrijos, ahora Conde de Peñalver. Ahí en la terraza de una cafetería, una señora explicaba la preocupación que tenía por un profesor que le iba a dar clases a su nieto. Hizo un comentario sobre los carnavales, que en la época de Franco eran para los niños, no para los adultos. Dijo: “Los carnavales, cosa más bonita para divertir a la humanidad”. También explicó, a propósito de las clases: “Yo de las matemáticas me fío, porque la matemática es una y no la pueden cambiar”.
P. ¿Y El testimonio de Yarfoz?
R. Es un coñazo, porque está lleno de nombres propios inventados, y están muy mal inventados. Y entonces te expulsa, porque uno tiene que acordarse de tantos nombres inventados que no están organizados como una lengua. Digo yo que el error ha sido usar tantos nombres propios. Todos tienen nombres propios, inventados y sin coherencia.
P. Tuvo una relación muy estrecha con su padre [Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange y después ministro con Franco]. ¿Contaba en casa lo que le ocurrió?
R. Sí, pero sin presumir de su historia. Salvo de cuando se salvó al final de la campaña de Cataluña. Iban fusilando a los prisioneros que tenían. A mi padre le tocó una vez que eligieron a 50 y a los que les dispararon con una metralleta. Mi padre terminó colocado en la última fila, justo en la esquina que daba al bosque. Los fusiladores no sabían quiénes eran. Le tocó ahí. Y se escapó por el bosque y tuvo la suerte de caer en un hoyo. Luego escapó. Lo cogieron cuatro desertores del Ejército rojo que querían pasarse a los nacionales. Mi padre les preguntó: “¿Qué vais a hacer? Por aquí están las tropas que van contra los republicanos; por allí los rojos, que os persiguen por traidores”. Así que se ofreció a colaborar con ellos. Les dijo “venid conmigo”, y les explicó quién era. “Tenemos que ir al encuentro de los nacionales”, comentó; “viene una brigada de Navarra”. A un ejército no hay que salirle en la oscuridad nunca por el lado. Hay que ponerse de frente y dejarse iluminar de lleno por los focos. Los camiones militares llevan unos faros potentes. Fueron a encontrase con el ejército y les salieron de frente, con las manos levantadas (o no). Se dejaron iluminar y luego los cogieron. “Estos chicos son desertores del Ejército rojo y me han ayudado”. Mi padre tenía autoridad para que los soltaran. Y los soltaron.
P. Ha escrito que la felicidad tiene que ver con esos patinadores que van de un lado a otro. ¿Le gustaba patinar?
R. Patinar es lo único que he hecho. Pero no he competido nunca. Había un chico muy simpático que me vio patinar y me propuso entrar en un equipo de hockey. Pero le dije que no.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Rafael Sánchez Ferlosio / No éxcentrico, sino inadaptado



Rafael Sánchez Ferlosio

No excéntrico, sino inadaptado

Sánchez Ferlosio es alérgico a la pose, la impostura, las fórmulas gastadas de la pedagogía política


Javier Rodríguez Marcos
3 de diciembre de 2017


Uno de los mayores equívocos en torno a Rafael Sánchez Ferlosio es que la idea de su obra es la de un levantador de peso, cuando no es más que la de un patinador (ejercicio, por cierto, al que dedicó muchas horas en su adolescencia). Tanto la halterofilia como el patinaje son una lucha contra la gravedad, pero si la primera (lineal) es un alarde de fuerza con un final previsto, el segundo (zigzagueante) se basa en el equilibrio, y podría no tener fin: importa sobre todo el proceso, el acto de moverse. Una se enfrenta al peso del mundo. El otro, al peso de uno mismo.
Otro de los prejuicios que persiguen al autor de El Jarama es que se trata de un intransigente empeñado en escribir párrafos de dos páginas. Pero basta cruzar dos palabras con él o, sobre todo, leer sin anteojeras (y sin idolatría) sus escritos sobre Alfanhuí, Pinocho, los niños salvajes o su defensa del juego frente al deporte, para entender que el estilo Ferlosio nace siempre de una corrosiva mezcla de timidez y candidez. Despreocupado del futuro, superficial en el mejor sentido, un niño es para Sánchez Ferlosio el que pierde la noción del tiempo jugando, no quien vive pendiente del futuro (no el que quiere ganar, llegar o progresar, el profundo, el adulto). De ahí que ataque el programa orteguiano de "proyecto vital" y que considere "corrupción de menores" una pregunta como: "¿Tú qué quieres ser de mayor?".
Pese al cliché abonado por sus partidarios, su modo de pensar no es tanto el de un excéntrico (raro, huraño, esas cosas que suelen repetirse) como el de un inadaptado (alérgico a la pose, la convención, la impostura, las fórmulas gastadas de la pedagogía política, al grotesco papel de literato). El suyo es el pensamiento de un "niño negativo" que nos recuerda, sin descansar y sin darnos descanso, que el rey está desnudo. Y lo hace, pese al cliché, con una sonrisa soterrada porque el humor es otra constante de su obra: valga pensar en títulos como Naranjito a caballo, Borriquitos con chándal, Qwertyuiop o en la hilarante escena de Manuel Fraga en el río Alberche nadando contra la imparable corriente de la historia tal y como lo imagina en uno de sus libros fundamentales: Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado. Como dice de sí mismo en un pecio famoso, Ferlosio ladra pero no muerde. Eso sí, reniega del humor como género. Cuando se constituye en tal "es que ha resuelto apartarse respetuosamente de las cosas serias a fin de que estas puedan ejercer sin embarazo su petulante tiranía". Ningún niño se toma los juegos a broma.