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sábado, 25 de noviembre de 2006

Jonathan Littell da la cara por Politkóvskaya

Jonathan Littell


Jonathan Littell 

da la cara por Politkóvskaya

El autor de 'Les Bienveillantes' rompe su aislamiento en Barcelona para acudir a un acto público en homenaje a la periodista



JACINTO ANTÓN
Barcelona 25 NOV 2006

Sorpresa en Barcelona. Jonathan Littell (Nueva York, 1967), el escritor estrella de la temporada, autor del éxito Les Bienveillantes (Gallimard, 250.000 ejemplares vendidos en Francia), la tremenda novela protagonizada por un Obersturmbannführer de las SS activo participante en el Holocausto, rompió ayer su voluntario alejamiento de las miradas públicas en Barcelona, donde reside, para acudir a un homenaje a la periodista rusa Ana Poliktóvskaya, asesinada el pasado 7 de octubre en Moscú. Littell concentró miradas y fotografías en el acto y su presencia eclipsó incluso la del venerable Nobel nigeriano Wole Soyinka, que también participaba en el homenaje.
Jonathan Littell, escritor estadounidense que ha escrito su primera obra literaria en francés y ha ganado con ella el premio Goncourt, el pasado día 6, ha optado tras su éxito por rehuir cualquier acto o entrevista, actitud que sólo depone en muy contadas ocasiones en la consideración de que lo que ha de interesar a la gente es su obra no él.


"El Gobierno ruso planificó un férreo control sobre la información"

De hecho, ayer fue la primera oportunidad para conocer en persona al esquivo autor. Tuvo lugar en el marco del Salón del Libro de Barcelona, en un acto que no contó con una audiencia muy numerosa. La organización ya había avisado de que Littell se limitaría a hablar de Ana Politkóvskaya y el conflicto checheno, en su calidad de conocedor del tema por sus visitas al país como miembro de una organización humanitaria, y no contestaría preguntas. Así fue.
Con su aire de adolescente de Retorno a Brideshead y cierta pose de languidez airada, el novelista tomo asiento entre los otros protagonistas del homenaje: Soyinka, el escritor de Zimbabwe Chenjerai Hové, el periodista marroquí Ali Lamrabet -tres personajes que han sufrido persecución en sus respectivos países-, y los periodistas catalanes Carles Torner (moderador del acto) y Llibert Ferri. Littell, que sufrió varios ataques de bostezos hasta que llegó su turno de intervenir, se mostró seguro de sí mismo y habló con voz fuerte y clara. Trazó una panorámica del contexto político en que se movía Ana Politkóvskaya en Chechenia y explicó los prolegómenos de la guerra y las dos fases de esta, con prácticamente ninguna referencia personal. "La guerra se volvió muy difícil para los periodistas. El Gobierno ruso planificó un férreo control sobre la información hasta que se hizo imposible trabajar. Sólo era posible hacer visitas guiadas de la mano del ejército. Te llevaban en helicóptero a donde querían y te volvían a traer. El New York Times, por ejemplo, hizo reportajes vergonzosos, ridículos por lo limitado. Había miedo. Se empezó por atacar el eslabón más débil de la información, los corresponsales locales. A un amigo casi lo mataron, luego fueron a por su familia. De manera que cuando Politkóvskaya empezó en 2001 había un vacío.Trabajó en un entorno muy difícil. Cometió el error de nombrar a unos testigos en un juicio y las fuerzas rusas los mataron, a ellos y a sus familias, como escarmiento; eso la asustó mucho". Littell expresó su admiración por la periodista pero no mencionó si la la llegó a conocer. "Ella habló del efecto de la guerra en la sociedad civil, de cómo gangrenaba los fundamentos de la sociedad. Y de cómo luego la policía rusa, al regresar, usaba los mismos métodos en su país que en Chechenia. No luchaba por una idea abstracta, luchaba por el futuro de su país".
Littell consideró que a Politkóvskaya la mataron "no por ser quien era sino seguramente por algo muy concreto, que nunca sabremos". El novelista acabó señalando irónicamente que "lo admirable de Rusia es que es el único lugar en que se toma lo suficientemente en serio a los escritores como para matarlos". Algo que, reflexionó, tiene que ver con el peso de la tradición estalinista. Y acabó pese a todo con un toque de optimismo, citando la célebre frase de Mijail Bulgakov: "Los manuscritos no arden".


LA PROPUESTA DE SOYINKA
El Nobel nigeriano de Literatura Wole Soyinka lanzó ayer en el acto de homenaje a Anna Politkóvskaya la propuesta de que Mijail Gorbachov "lidere el proceso para revelar el misterio de su asesinato". Soyinka, que explicó cómo conoció al ex líder soviético en un encuentro de premios Nobel, consideró a Gorbachov la persona indicada para encabezar el esclarecimiento de un crimen "con métodos de Nerón" que no dudó relacionar con "los aparatos del Estado". Liddell consideró la propuesta de Soyinka muy acertada y recordó que Gorbachov fue presidente de la revista para la que trabajaba Politkóvskaya. De todas formas, recordó que el margen de movimiento de Gorbachov es hoy limitado en Rusia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de noviembre de 2006


jueves, 7 de octubre de 2004

Del Parlamento la histórica cárcel de Lefórtovo





Del Parlamento 

la histórica cárcel de Lefórtovo

La prisión del KGB siempre fue la mejor de la antigua URSS y en ella se aplicaron refinadas torturas



RODRIGO FERNÁNDEZ
Moscú 7 OCT 1993

Ruslán Jasbulátov y Alexandr Rutskói, los derrotados líderes le la Casa Blanca, han tenido suerte. Han ido a caer en la cárcel privilegiada de Lefórtovo. Allí duermen en camas y no en catres, como en las demás prisiones, además de disponer de una celda para sólo dos personas, con lavabo y retrete incluidos. También pueden usar sábanas blancas, cosa excepcional, ya que los presos se han de apañar habitualmente de sábanas de color grisáceo por la mugre. La comida es relativamente buena y tienen autorización para fumar.El que se les deje fumar es muy importante para Rustkói y Jasbulátov. Aquél consume cigarrillos casi sin parar y éste es un gran fumador de pipa, aunque cuando era jefe del Parlamento prohibía que le filmaran mientras daba bocanadas su tabaco holandés por temor a las analogías con Stalin, que a menudo aparecía con pipa.
La cárcel de Lefórtovo siempre fue una de las mejores y albergó a ciudadanos ilustres. Lo malo es que la calidad también concernía a las torturas (en época estalinista tenían fama de ser donde los mejores especialistas aplicaban los tormentos más refinados) y a otros servicios, como la ejecución sumaria, que se practicaba in situ.
En la época brezhneviana, esta cárcel fue el lugar de reclusión de numerosos disidentes. Algunos de ellos se convirtieron en 1990 en diputados de Rusia, como el padre Gleb Yakunin, líder democristiano, y Serguéi Kovaliov, conocido luchador por los derechos humanos.
Durante la perestroika de Mijaíl Gorbachov, estuvieron presos en Lefórtovo dos extranjeros: el periodista norteamericano Nicholas Daniloff (acusado por el KGB en 1986 de realizar espionaje) y el alemán Matthias Rust, que en 1987 aterrizó con su avioneta Cessna 172 en la plaza Roja de Moscú, lo que sirvió de pretexto a Gorbachov a destituir a Serguéi Sokolov, el reaccionario ministro de Defensa.
Confianza de Pedro el Grande
La cárcel debe su nombre al distrito en que se encuentra, un barrio histórico que pasó a llamarse Lefórtovo porque allí estaba emplazado el regimiento que comandaba Franz Lefort, un suizo que sirvió en el Ejército francés y holandés, y desde 1678, en el ruso. Tras once años de vida militar al servicio del zar, Franz Lefort pasó a ser hombre de confianza de Pedro el Grande.
Junto con Rutskói y Jasbulátov han sido encarcelados en Lefórtovo alrededor de un centenar de sus seguidores de la Casa Blanca, entre ellos una serie de ministros paralelos nombrados después del 21 de septiembre (día en que Borís Yeltsin disolvió el Sóviet Supremo) por Rutskói y ratificados por el Parlamento: el de Defensa, Vladislav Achálov y su viceministro Albert Makashov (el general que dirigió personalmente el ataque contra la televisión de Ostánkino, donde se produjo la batalla más sangrienta de estos días con 62 muertos y más de 400 heridos), el del Interior, Andréi Dunáyev, y el de Seguridad, Víctor Baránnikov.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de octubre de 1993