Guerra y Paz es la novela de Tolstói que abarca todo el mundo. Durante las semanas que pasé leyéndola, viví una doble vida. Mi primera vida estuvo marcada por las tareas cotidianas, animada por la compañía de familiares y amigos, y entremezclada con momentos de dificultad y disfrute. Entonces abrí el libro y comenzó mi segunda vida: gracias a la mirada indiscreta de Tolstói, fui catapultado a principios del siglo XIX, para ser seducido por el encanto de Natalia, quien superaba cualquier situación con espontaneidad y gracia; seguí con cierta aprensión las aventuras del príncipe Andréi, quien compensó sus decepciones matrimoniales con la emoción de la guerra; finalmente, me pregunté qué posibilidades tenía el joven Serge de superar sus dudas y hacer realidad sus planes.
El nuevo libro de Ludmila Ulitskaya,El cuerpo del alma , lleva el subtítulo Nuevos relatos . La primera parte se titula «Amigos» y la segunda da título a la colección. En ella se aprecia la singular perspectiva de la escritora rusa sobre la realidad, una característica que impregna toda su obra. Ludmila Ulitskaya accedió a responder a las preguntas de En attendant Nadeau , a través de su traductora, Sophie Benech, a quien también entrevistamos sobre su trabajo.
La gran escritora rusa Ludmila Ulítskaya visitó Granada y Úbeda la última semana de septiembre. Dialogó con los lectores españoles sobre su novela Una carpa bajo el cielo, publicada por Automática y traducida al español por José María Muñoz Rovira y por Yulia Dobrovólskaya, quien la ha acompañado por su viaje por España. Una carpa bajo el cielo sigue la estela de la tradición de la literatura rusa clásica. Ulítskaya continúa ese legado narrando la vida rudimentaria de las personas en la Unión Soviética, sus relaciones personales, conflictos y miedos. Durante cuarenta largos años que recorren la novela, Ulítskaya nos abre las puertas a la vida de tres amigos, Iliá, Misha y Sania, que crecen en el Moscú posterior a la muerte de Stalin. El lector se embarca de lleno en sus vidas desde la época escolar hasta la madurez, explorando las lealtades de la amistad y el arte como escapatoria al poder soviético y a la censura de entonces.
El maestro y Margarita, la gran obra del escritor soviético Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891 – Moscú, 1940), publicada originalmente en 1966, veintiséis años después de la muerte de su autor, y recuperada ahora para su catálogo, con una nueva traducción al español a cargo de Raquel Marqués García, por la editorial DeBolsillo. En parte relectura del Fausto de Goethe, en parte una aproximación fabulosa y fiera a la realidad política de la primera década del estalinismo, El maestro y Margarita se sostiene como una de las grandes obras de la imaginación del siglo XX, tan militante como llena de desvíos, hechizos y misterios.
Tropas soviéticas en la última fase de la batalla de Stalingrado, en enero de 1943.
Dos escritorios y una estantería para libros
Los complejos mecanismos que mueven a las personas no siempre casan con un programa ideológico
José Andrés Rojo 15 de abril de 2021
Las novelas dan noticia de muchas expectativas y ademanes de la gente corriente que pasan con frecuencia desapercibidas. En Stalingrado, por ejemplo, Vasili Grossman se refiere a algunas de las minucias que pasaban por la cabeza de un joven estudiante comunista de la Unión Soviética, allá por los años treinta. Estaba profundamente convencido de que el proyecto que se había puesto en marcha en su país iba a cambiar la sociedad profundamente, sacando de la miseria a la gran mayoría, así que se aplicó a fondo a colaborar en la transformación del mundo anterior: injusto, egoísta, trasnochado. Trabajaba como una fiera, no dormía más allá de cuatro o cinco horas al día, dedicándose a sus estudios y a favorecer los vínculos entre las universidades y las escuelas obreras. Era bueno y generoso.
Una biografía del autor de ‘Vida y destino’ muy atenta al contexto sociopolítico de la URSS coincide con la versión sin censurar de su libro sobre Stalingrado
Hace cuatro décadas, cuando se publicó en Lausana el manuscrito microfilmado inédito de Vida y destino después de haber burlado las fronteras, Vasili Grossman ganó póstumamente la partida del tiempo, revalidando así el mensaje contenido en su novela: la vida siempre acaba por abrirse paso, el deseo humano de libertad es inquebrantable. En un breve ensayo aparecido el año de la disolución de la Unión Soviética, Louise Glück afirmó que la creación artística es una venganza contra las circunstancias. Y ante los críticos, añadía la reciente Nobel, el autor cuenta con la mejor baza: sabe que el futuro acabará por borrar las pequeñeces de su presente. Hoy, las obras de los colegas que maquinaron contra el autor de Todo fluye, así como de otros que miraron para otro lado a cambio de prebendas, no se leen. El tiempo, ese “protector sosegado y leal de los tesoros literarios”, según Grossman, es el único juez legítimo. Una sociedad se define por qué y cómo lee, por lo que prohíbe o silencia. De ahí que nos interesen las biografías de escritores.
Vasili Grossman, en primer plano leyendo el periódico Estrella Roja, en el frente soviético durante la Segunda Guerra Mundial.
La única de Grossman disponible hasta la fecha en español era la firmada por los eslavistas Carol y John Garrard. Aparecida en 1996, se centraba sobre todo en el silencio en torno al exterminio judío en Europa Oriental, tal como indica su título original: Los huesos de Berdíchev. El asesinato de la madre de Grossman, junto con otras 30.000 víctimas, a manos de los Einsatzgruppen en la ciudad ucraniana de Berdíchev —donde nació el autor—, fue para él un punto de inflexión tanto en lo personal como en lo literario, subrayaron los Garrard, así como lo que vio y oyó en el frente.
Esa biografía, en que se privilegiaba el acercamiento íntimo (“el impacto de la herencia de la guerra en la vida y obra de un hombre”), se tradujo a nuestro idioma en 2010, cuando aún no se habían vertido al español obras de Grossman comoEl libro negro, Stalingrado—la versión sin censurar de 1.100 páginas (recién publicada por Galaxia Gutenberg) que, tras tres años de sufrida edición, se convirtió en 1952 enPor la causa justa—o la crónica de su viaje a Armenia como traductor al final de su vida. TampocoLa Madonna Sixtina o El camino. Que estos títulos estén ahora accesibles permitirá a los lectores seguir mejor esta nueva aproximación a la figura de Grossman a cargo de Alexandra Popoff, periodista e historiadora cultural moscovita afincada en Canadá a la que conocíamos por sus ensayos sobre Sofia Tolstaia (Circe, 2011) o sobre las compañeras de varios titanes de las letras rusas (The Wives, 2013).
El título de su biografía, Vasili Grossman y el siglo soviético, revela cuál ha sido su intención al colocar a Grossman junto a su época, “el siglo soviético”, pues Popoff ha otorgado más peso al contexto que sus antecesores. Su vida estuvo estrechamente ligada a los acontecimientos históricos, que contó en sus reportajes bien como testigo directo, bien mediante declaraciones de otros, como cuando entrevistó a supervivientes del Holocausto o a expresos del Gulag, gracias a lo cual careó un totalitarismo con otro. Y antes presenció la guerra civil rusa, también los planes quinquenales, las purgas, las hambrunas genocidas o el antisemitismo soviético estructural.
Un planteamiento ambicioso, el de Popoff, encajado en 440 páginas de texto, que satisfará a un público amplio que busque guiarse por el laberinto de la burocracia y los códigos de la era soviética. Cierra el volumen un epílogo centrado en el actual clima de revisionismo. Según Popoff, la fría recepción dispensada hoy en Rusia a Grossman demuestra que su cosmovisión —humanista— está en las antípodas de la del Kremlin y que, en tiempos de Putin, su lectura es perentoria. Con todo, la hondura con la que Grossman analizó las raíces de la tiranía trasciende Rusia.
Popoff no destaca por ser una gran estilista. Hay pasajes en que la narración se difumina. La cantidad de nombres que asoman la obligan a detenerse para presentarlos, cuando un anexo con notas biográficas habría evitado tener que dar esa información en el cuerpo de texto. Otras veces, se echan de menos más datos específicos e ilustrativos, en lugar de citas de otros escritores, como cuando aborda la atmósfera efervescente de los años veinte moscovitas.
La ambición de totalidad prima sobre la mirada lenta hacia los detalles, una de las máximas de Grossman. Aun así, Popoff logra ofrecer una idea de conjunto que permite detectar los elementos de continuidad en su obra, en la línea de otros investigadores que no ven en él tanto una “conversión” a partir de la guerra como una confirmación de los principios que regían su mirada, ya perceptibles en su primera novela ambientada en las minas del Donbás. Si bien la extensión no alcanza para profundos análisis literarios, sí acierta Popoff en subrayar las ideas relevantes de sus principales obras, ricas en implicaciones literarias y filosóficas. Debido a su imperativo de contar la verdad —su crónica sobre Treblinka se adjuntó como prueba en los juicios de Núremberg—, Popoff a veces incurre en usar aspectos de su narrativa de ficción con valor factual.
Esta biografía se ha beneficiado de la apertura de archivos oficiales rusos y de los de familiares y amigos del escritor, que sirven para corroborar o desmentir aspectos del “mito Grossman”, construido a partir de finales los setenta, cuando se quiso atraer la atención sobre su obra para facilitar la publicación en el extranjero. Presentarlo como un disidente indoblegable resultaba más eficaz.
Grossman ascendió en las filas de la literatura oficial, a la sombra del realismo socialista, y trabajó para medios estatales. De no ser así, no habría podido publicar, y si se salvó en las arremetidas de Stalin contra el Comité Judío Antifascista, se debió a que el georgiano murió súbitamente en 1953. La ambición de Grossman fue no tanto renovar la literatura como reflexionar sobre cuestiones atemporales —”lloro cuando leo o miro obras de otras personas que han unido con amor la verdad del mundo eterno y la verdad de su yo mortal”— o defender que no hay novela sin subjetividad. En una sociedad atrofiada inyectó el lenguaje de la libertad adoptando puntos de vista marginales: un asno, un anciano, un exconvicto, un judío, un operario, un perro, un niño, un soldado raso. Popoff muestra que Grossman escribió en las condiciones más adversas, ya fuera en las minas, el frente o el ostracismo de sus últimos años. Aunque el secuestro de Vida y destino fue una estocada dolorosa, no dejó de escribir ni hacer valer eso que proclamó Zamiatin en 1921: la literatura avanza gracias a los ermitaños, los herejes, los soñadores, los rebeldes, los escépticos.
Vasili Grossman y el siglo soviético
Autor: Alexandra Popoff. Traducción de Gonzalo García.
Editorial: Crítica, 2020.
Formato: 512 páginas. 24,90 euros.
Stalingrado
Autor: Vasili Grossman. Traducción de Andrei Kozinets.
La novela de Vasili Grossman describe, en el marco de un hecho histórico excepcional, la lucha de los soldados rusos contra el Ejército nazi a la vez que ellos y la población civil sufren bajo el estalinismo
Mario Vargas Llosa
21 de enero de 2023
He leído la novela de Vasili Grossman, Vida y destino, que tiene 1.100 páginas y cuyos personajes son varios cientos. Es una novela de la que se ha hablado mucho porque Vasili Grossman, que estuvo en Stalingrado, fue severamente reprimido por el Gobierno ruso, pues además de presentar un conjunto animado y aparentemente fidedigno de la guerra entre Rusia y las huestes de Hitler, presenta muchas escenas que dan cuenta de la ferocidad del Gobierno de Stalin y las angustias que debían vivir sus víctimas, que eran atormentadas en las oficinas de la Lubianka, y muchas de las cuales se pasaban diez o más años en Siberia, sin que sus familiares recibieran una carta o supieran incluso de su paradero.
Un hombre dedica los mejores años de su vida a escribir una novela inmensa en la que sabe que ha abarcado el mundo; y cuando por fin la termina y la revisa agotadoramente y perfila más aún a cada uno de sus innumerables personajes, cuando ya la ve existir en una montaña de páginas mecanografiadas, ordenada en varias carpetas, dispuesta para ir a la imprenta y cobrar así un grado todavía mayor de realidad, una presencia irreversible, en este momento, como en una pesadilla, la novela le es arrebatada, y desaparece sin rastro, sin que él sepa si está sepultada en el cajón fúnebre de un archivo o si la han quemado, o la han hecho pulpa en una de esas máquinas que sirven para picar los documentos peligrosos.
En junio de 1934, Joseph Stalin llamó al escritor Borís Pasternak a propósito de la detención del poeta Osip Mandelstam. La conversación no duró más de tres minutos, pero luego adquirió proporciones míticas. En ‘Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak’, el escritor albanés Ismaíl Kadaré convierte en una novela fascinante las diferentes versiones de esta legendaria llamada entre el dictador y el futuro autor de ‘Doctor Zhivago’ y Premio Nobel
Javier García Recio 19 de noviembre de 2023
Es preciso una referencia al contexto.Los rusos siempre han sido grandes admiradores de la poesía y de sus poetas. Aman la poesía. En 1934, Borís Pasternak, Osip Mandelstam y Anna Ajmatova, especialmente, son los poetas aclamados y admirados en Moscú, San Petesburgo y otras grandes ciudades. Los moscovitas conocen y recitan sus poemas, llenan los teatros para oírlos recitar, los aclaman por las calles. Son personajes populares y queridos.Al otro lado, Josep Stalin llevaba ya diez años ejerciendo su poder tiránico y había puesto ya en marcha sus famosas purgas.
Osip Mandelstam, poeta genial condenado por Stalin
El centenario de la revolución rusa de 1917 es una buena ocasión para leer a quienes como Osip Mandelstam lucharon contra el imperio del terror con todos los medios a su alcance: en su caso, la poesía.
La primera vez que oí hablar de Osip Mandelstam fue a un conocido político español que lo había leído en sus años en la cárcel. Son muchas las obras literarias que han nacido en cautiverio: basta pensar en Cervantes en Argel, Solzhenitsyn en el Gulag siberiano o en tantos otros como san Juan de la Cruz o Nelson Mandela.
Liudmila Ulítskayaenciende el primero de los cuatro o cinco cigarrillos que consumirá a lo largo de la conversación. El entrevistador no alcanza a leer la marca grabada en la cajetilla, pero el olor del humo, que pronto se expande por la habitación, es grato. Una intérprete lleva sus palabras del ruso al inglés. Afuera, un tranquilo patio de vecinos ajardinado en pleno centro de Berlín, su ciudad de acogida tras decidir exiliarse a raíz de la invasión de Ucrania por parte de su país.
Ismaíl Kadaré recrea y elucubra en “Tres minutos” (Alianza Editorial) el breve encuentro que duró la conversación entre Stalin y Pasternak que marcó la detención e internamiento del poeta ruso Ósip Mandelstam, que murió preso en Siberia, para denunciar el sinsentido totalitario.
Tres minutos vendría a ser la duración ideal de una canción pop y, en las antípodas de las emociones amables y emotivas que suelen provocar estas, tres minutos parece que duró la conversación telefónica que mantuvieron Iósif Stalin y Borís Pasternak el sábado 23 de junio de 1934 a vueltas con la detención e internamiento del poeta Ósip Mandelstam. A él estuvo dedicada la letra, pero la melodía, el tono de la breve charla, ha sido objeto de especulaciones en la Unión Soviética, primero, y Rusia, después, a lo largo de ya casi nueve décadas. Esas especulaciones se han alimentado de las declaraciones y libros de memorias de quienes supieron del episodio de primera o segunda o tercera mano; también, de la desclasificación de los archivos de la KGB. Pero, sobre todo, de la fascinación y curiosidad que genera el (des)encuentro entre el dictador sanguinario (cuya figura, recordemos, ha sido blanqueada y reivindicada por el actual gobierno de la Federación Rusa) y uno de los literatos más populares del siglo XX en la lengua de Dostoievski, cuyo momento álgido, la concesión del Nobel de literatura del año 1958, lo llevó a caer en desgracia en su propia tierra durante un período en que el éxito occidental se concebía como una traición al sistema comunista.
‘Tres minutos’, de Ismaíl Kadaré: el dictador que llamaba a los poetas
El eterno candidato al Nobel analiza con un tono irónico algunas de las versiones sobre la llamada telefónica que hizo Josef Stalin a Boris Pasternak en 1934
MONIKA ZGUSTOVA
“El camarada Stalin quiere hablar con usted”, oyó Boris Pasternak cuando descolgó el teléfono un día de junio de 1934, en Moscú.
Mijail Shishkin: "El régimen de Putin quiere que me calle. Pero, entonces, ¿cuál es el sentido de la vida?"
El escritor, una de las voces en el exilio más importantes de Rusia, presenta 'Mi Rusia: La guerra o la paz' en la Feria del Libro. Una llamada a luchar para la democracía.
Angelica Francesca Rimini 5 junio de 2024
Churchill decía que "Rusia es un enigma envuelto en un misterio dentro de un secreto". El escritor Mijaíl Shishkin (Moscú, 1961) responde que "todos somos enigmáticos: japoneses, alemanes, papueses y rusos. Pero los enigmas pueden ser resueltos, ya que el pasado nos proporciona las piezas necesarias para reconstruir el presente. Nuestra generación actual es el guante para una mano que es la historia". Por esto ha escrito un libro, para explicar Rusia al lector occidental e intentar cambiar el futuro.
Mijaíl Shishkin, escritor ruso, fotografiado en la Residencia de Estudiantes de Madrid. SANTI BURGOs
Mijaíl Shishkin, escritor y opositor a Putin: “El alma rusa es un invento de Occidente”
El autor repasa la historia de su país y de su familia en el ensayo ‘Mi Rusia. La guerra o la paz’ para tratar de aclarar la visión que se tiene del Kremlin fuera de su país. “Ni Biden ni Trump van a poder vencer en esta guerra para salvar la democracia”, afirma.
Andrea Aguilar Madrid, 7 de junio de 2024
Más de 35.000 ejemplares vendidos en Finlandia y nuevas traducciones a 20 idiomas —entre ellas al español por Pablo Alejandro Arias para el sello Impedimenta— han dotado de un nuevo empuje al libro Mi Rusia. La guerra o la paz, que Mijaíl Shishkin (Moscú, 63 años) publicó hace cinco años. Cansado de comprobar que los especialistas occidentales en Rusia “no se enteraban de nada o decían aquello por lo que les pagan desde Rusia”, decidió escribir por primera vez en una lengua que no es la suya materna, el alemán, para mostrar su visión de la historia de su país de origen y de su familia.
El pesimismo de las novelas y cuentos de Ivan Turgueniev, que algunos de sus colegas llegaron a reprocharle, debió de ser el tributo mínimo y menos dañino de cuantos pudo pagar a un entorno familiar ominoso, por no decir resueltamente malvado. Su acaudalada y célebre madre, Varvara Petrovna, era de una crueldad, mezquindad y barbarie sólo superadas por las de su propia madre, la abuela de Ivan, de quien éste relataba el siguiente episodio: aquejada de parálisis ya en la vejez, se pasaba la mayor parte del tiempo inmóvil en un sillón. Un día se enfadó enormemente con un muchacho, el siervo que la atendía, y en medio de su acaloramiento cogió un leño y le golpeó en la cabeza con tal fuerza que el chico quedó inconsciente en el suelo. Esta visión resultó tan desagradable a la anciana que atrajo al muchacho hasta sí, le colocó la sangrante cabeza en el sillón que ella ocupaba, le puso un almohadón encima y, sentándose sobre él, lo asfixió, es de suponer que para que dejara de perturbarla con su improcedente chorro de sangre.