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jueves, 14 de diciembre de 2023

Juan Tallón / Huyamos de aquí

thelma y Louise


Huyamos de aquí

Todos huimos. Hasta las ratas huyen. La vida va de eso. Incluso la muerte. Hay infinitas formas de hacerlo. Ni siquiera tiene que existir una razón. La huida posee una cara absurda que la libera de ese requisito. A la mierda. Cualquier momento es bueno para largarse. Ni siquiera hay que ir lejos. Eso te exime de hacer una maleta y meter una muda. Huir, a veces, solo es dar media vuelta en mitad de la calle, con el mismo calzoncillo. O abandonar un libro en la página 17. O entrar en Zara con 20 euros. John Fante contaba que su primera huida seria fue, en realidad, una carrera desesperada de 200 metros, cuando solo tenía diez años. Ese día caminaba por las calles de su Denver natal y decrépito, de regreso del colegio, cuando vio salir a una mujer de la parte de atrás de la casa del Padre Stevens. Ella parecía feliz, y el pequeño John se quedó estudiando fijamente su gesto. Tal vez le extrañó, aunque sin tener claro por qué le extrañaba, aquella presencia femenina en la casa del pastor. En verdad, no tenía aún edad para distinguir a una prostituta a lo lejos, mirando de reojo. El descaro de su mirada fija incomodó a la mujer, que cuando estuvo a su altura emborronó la sonrisa y le espetó: «Qué coño miras, mocoso. ¿Quieres que te la chupe?» El muchacho salió corriendo, aterrorizado por la presencia del verbo chupar. Normal. Solo con el tiempo aprendes que no se huye de la mamada, sino que se va hacia ella.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Irlanda / La tierra con mejores escritores por metro cuadrado

James Joyce

Irlanda 

La tierra con mejores escritores 

por metro cuadrado

Con la edición, por primera vez, de 'Deseo', de O'Flaherty, repasamos las grandes obras de Irlanda

¿Qué misterio hace que una isla medio despoblada en el confín de Europa posea la más alta concentración de escritores de talento del mundo?



¿Qué misterio hace que una isla medio despoblada en el confín de Europa posea la más alta concentración de escritores de talento del mundo? Quizás parte de la respuesta resida en su carácter insular: esto sería comprobable también en Islandia (en la que, por cierto, se asentaron monjes irlandeses antes de la llegada de los escandinavos) o en Cuba. Pero hay otros ingredientes que intervienen en la fórmula magistral de su literatura única.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Javier Marías / Artistas perfectos

 


Javier Marías
ARTISTAS PERFECTOS


    Nadie sabe la cara que tuvo Cervantes, y tampoco hay certeza sobre la que tuvo Shakespeare, por lo que el Quijote y Macbeth son textos a los que no acompaña ninguna expresión personal, ningún rostro definitivo, ninguna mirada que los ojos de los demás hombres hayan podido congelar y hacer propia a través del tiempo. Si acaso sólo los que la posteridad ha tenido necesidad de otorgarles, con vacilaciones y mala conciencia y mucho desasosiego, expresión y mirada y rostro que seguramente no fueron de Shakespeare ni de Cervantes.

martes, 29 de marzo de 2022

De copas con James Joyce, Samuel Beckett y John Ford

James Joyce


De copas con James Joyce, Samuel Beckett y John Ford


Rafael Narbona
23 de abril de 2019

Las últimas palabras de Dylan Thomas fueron: “He bebido dieciocho vasos de whisky. Creo que es todo un récord”. Los primeros rumores sobre su prematura muerte –sólo tenía treinta y nueve años- afirmaron que una severa intoxicación etílica había provocado una hemorragia cerebral. El examen del patólogo desmintió esa versión, aclarando que la letal inflamación del cerebro se debía a una neumonía. ¿Debemos quedarnos con la realidad o el mito? Una neumonía sólo produce desolación y tristeza. Por el contrario, el mito del poeta ebrio ejerce una poderosa fascinación, pues vincula la creatividad con una espontaneidad irracional e ilimitadamente libre. El artista sólo logra convertirse en un genio, aboliendo la represión ejercida por la razón y la moral. La poesía es una pirueta del inconsciente, no un frío ejercicio de una mente serena y despejada. No creo que ese razonamiento sea completamente falso, pero tampoco afirmaría que expresa una verdad absoluta. Un buen poema no irrumpe en medio de una borrachera monumental, pero sí puede surgir de una moderada embriaguez. Creo que el vino y la cerveza son estimulantes más eficaces que bebidas como el vodka o el ron, que sumen al cerebro en un estupor improductivo. El oído del poeta ebrio se afina hasta escuchar “el despertar amarillo y azul de los fósforos cantores” (Rimbaud), pero cuando su cerebro zozobra en el coma etílico estalla como una quilla que choca contra los arrecifes, extraviándose en “la noche del alma” (Georg Trakl).

viernes, 24 de abril de 2015

Beckett / De una obra abandonada

Samuel Beckett
Poster de T.A.
Samuel Beckett
DE UNA OBRA ABANDONADA

Me levanté tempranito ese día, era joven entonces, sintiéndome pésimo y salí, mamá estaba asomada a la ventana en camisón llorando y despidiéndose de mí. Qué mañana tan bonita y fresca, todo brillaba como suele suceder a esas horas. Me sentí pésimo de veras, muy violento. El cielo se oscurecería muy pronto y llovería y seguiría lloviendo todo el día hasta la tarde. Luego, en un segundo, todo azul y el sol, luego la noche. Sintiendo todo esto, qué violento y qué día, me detuve y volteé. Así, con la cabeza agachada, porque estaba buscando un caracol, un baboso o un gusano. Cuánto amor había en mí por todas las cosas estáticas y enraizadas, los arbustos, las piedras y cosas así, demasiado numerosas para mencionarlas, hasta las flores del campo; no sentía lo mismo por el mundo cuando en mis cinco sentidos llegaba a tocar algo así, o a cogerlo. Pero ahora un pájaro o una mariposa que flotaba por ahí metiéndose en mi camino, un gusano que se me metía debajo del pie, no, ahora ni siquiera sentía piedad por ellos. No que cambiara de camino para dirigirme hacia ellos, no, a cierta distancia de hecho parecían estáticos, luego, un rato después, estaban encima de mí. Una vez vi, con estos mis penetrantes ojos, unos pájaros que volaban tan alto, tan lejos, que parecían estar en reposo, y luego un minuto más tarde estaban todos a mi alrededor; esto me ha sucedido con los cuervos, por ejemplo. Los patos tal vez son los peores, cómo patalean y pierden el equilibrio entre los otros patos, o las gallinas, cualquier tipo de ave de corral, casi no hay nada peor. Y no me voy a salir de mi camino para esquivarlos, ¿verdad?, cuando son esquivables, no, simplemente no me da la gana de salirme de mi camino, aunque nunca en la vida he seguido un camino hacia algún lado, sólo he estado en mi camino. Y de esta manera he cruzado grandes matorrales, con los pies sangrando y me he metido en los pantanos también, en el agua, hasta en el mar cuando he estado de humor y me he salido de mi camino o he regresado, para no ahogarme. Y muy posiblemente moriré así si no me descubren, digo, ahogado, o en llamas, sí, quizá eso me ocurrirá al final, furioso, me echaré un clavado al fuego y moriré quemado cachito por cachito. Después alcé la vista y miré a mi madre que seguía despidiéndose de mí desde la ventana, agitaba la mano para que me fuera o para que volviera, no lo sé, o sólo estaba agitando la mano así nada más, llena de amor triste o desolado, y escuché sus gemidos leves. El marco de la ventana era verde pálido, los muros de la casa grises y mi madre blanca y tan delgada que se transparentaba ante mis ojos (muy penetrantes por entonces) que la atravesaban rumbo a la oscuridad de la habitación, y en toda aquella integridad, el sol casi recién salido, todo se empequeñecía por la distancia, todo era realmente bonito, me acuerdo bien, el viejo gris y luego el delgado verde rodeándolo todo y el delgado blanco contra lo oscuro, si sólo se hubiera quedado quieta y me hubiera dejado mirar. No, por única vez en la vida quería pararme y ver algo que no podía porque ella agitaba la mano y se movía y salía y entraba de la ventana como si estuviera haciendo ejercicio, capaz que lo estaba haciendo y yo era lo que menos le importaba. La falta de tenacidad frente al objetivo, ésa era otra cosa que no me gustaba de ella. Una semana hacía ejercicio por ejemplo, y la siguiente rezaba y leía la Biblia, y la siguiente arreglaba el jardín, y la siguiente tocaba el piano y cantaba, era espantoso, y luego sólo andaba por ahí o descansaba, siempre algo distinto. No me importaba gran cosa, yo siempre estaba fuera. Pero bueno, voy a seguir con lo del día que escogí para empezar, podría tratarse de cualquier otro, sí, para allá y para acá, en fin, basta de mi madre por ahora. Bueno, luego todo andaba sobre ruedas, sin problemas, sin pájaros encima de mí, nada estorbaba en mi camino salvo, a una distancia considerable, un caballo blanco y un niño que lo seguía, o tal vez era un enano o una mujer. Este es el único caballo completamente blanco que recuerdo, al que los alemanes llaman Schimmel creo, ah, era yo muy rápido de niño y absorbía un montón de conocimientos difíciles, Schimmel, bonita palabra para alguien que habla inglés. El sol lo cubría completamente, como antes cubría a mi madre, y parecía tener una banda roja o un lazo a un lado, a lo mejor era un cincho, tal vez el caballo iba a algún lado para que le pusieran el freno, a una trampa o algo así. Cruzó por mi camino allá a lo lejos, luego se esfumó, detrás de la hierba me imagino, lo único que noté fue la repentina aparición del caballo, luego su desaparición. Era de un color blanco muy brillante, el sol lo envolvía, nunca antes había visto un caballo así, aunque me habían platicado, y nunca volví a ver uno como aquél. He de admitir que el blanco siempre me ha afectado profundamente, todas las cosas blancas, las sábanas, las paredes y demás, hasta las flores, y el blanco así nada más, el pensamiento de lo blanco, sin más. Pero voy a terminar el relato de ese día de una vez por todas. Todo iba perfectamente, sólo la violencia y luego este caballo blanco, cuando de pronto me puse furioso, furia enceguecedora. En realidad no sé ni por qué me entró tal rabia, estas furias repentinas hacían de mi vida algo miserable. Muchas otras cosas me enfurecían también, el dolor de garganta por ejemplo, nunca he sabido lo que se siente no tener ese dolor, pero lo peor era la rabia, como un viento inesperado que soplaba a mi alrededor, no, no puedo siquiera describirlo. No era la violencia en sí lo que empeoraba, eso no tiene nada que ver, a veces me sentía violento todo el día y no me daba rabia, a veces estaba tranquilo y me entraba la rabia cuatro o cinco veces. No, no hay modo de decirlo, no hay modo de decir nada con una mente como la que tengo, siempre alerta para ir en contra de sí misma, creo que retomaré el tema cuando me sienta menos débil. Hubo una época en que trataba de calmarme dándome golpes en la cabeza contra alguna cosa, pero al poco tiempo renuncié a ello. Lo mejor que podía hacer era correr. Por cierto, dicho sea de paso, era muy lento para caminar. No me iba quedando ni andaba de flojo, sólo caminaba muy lentamente, daba pasos cortitos y mis pies cruzaban el aire lentamente, En cambio, debo haber sido uno de los corredores más rápidos del mundo, siempre y cuando las distancias fueran cortas, cinco o seis yardas, en un segundo las recorría. Pero no podía continuar a la misma velocidad y no por problemas respiratorios, era algo mental, todo es mental, fragmentario. Y en cuanto al trote, por otro lado, me resultaba igual que volar. No, conmigo todo era lento y de pronto estos relámpagos o géiseres, hecho la raya, esta era una de mis expresiones favoritas, una y otra vez, cuando andaba por ahí decía hecho la raya. Afortunadamente, mi padre murió cuando yo era niño, porque de otro modo yo podría haberme convertido en todo un profesor, a mi padre le iba el corazón en ello. Además yo era un buen estudiante, no pensaba pero eso sí, qué memoria tenía. Un día le conté lo de la cosmología de Milton, estábamos allá arriba en la montaña descansando en una roca enorme que daba al mar, se quedó muy impresionado. El amor también, frecuentemente aparecía en mis pensamientos cuando era niño, pero no tanto como en otros niños, esto me mantenía despierto según pude observar después. Nunca amé a nadie creo, porque me acordaría. Sólo en sueños, allí había animales, animales de sueño, no como los que se ven sueltos por ahí en el campo, no podía describirlos, eran adorables criaturas, la mayoría blancos. De alguna manera esto del amor es una pena, una buena mujer podría haber estado conmigo y ahora yo podría estar echado al sol fumando mi pipa y dándole nalgadas a la tercera generación que me miraría con respeto y admiración, preguntándome qué habría de cenar, esto en vez de vagar por los mismos caminos en todos los climas, nunca fui bueno para la tierra nueva. No, no me arrepiento de nada, sólo lamento haber nacido, siempre he pensado que morir es un asunto demasiado largo y cansado. Pero ahora voy a retomar el asunto que me ocupaba en un principio, el caballo blanco y luego la furia, no hay entre ellos ninguna relación, supongo. Pero por qué continuar con todo esto, no lo sé, algún día terminaré, por qué no ahora. Estos son pensamientos ajenos, qué cosa, vergüenza me debería de dar. Ahora estoy viejo y débil y en medio de mi dolor y debilidad murmuro por qué y medetengo, y aquellos pensamientos vienen a mí y se me meten en la voz, los viejos pensamientos que nacieron conmigo y crecieron conmigo y se mantuvieron ocultos, debe haber otros. No, de vuelta a aquel día lejano, a cualquier día lejano, y desde el tenue suelo regalado hasta sus cosas y su cielo, los ojos subían y volvían después y volvían una y otra vez, y los pies no iban a ninguna parte, sólo, de alguna manera, a casa, en la mañana salían de casa y en la tarde regresaban a casa, y el sonido de mivoz todo el día murmurando las mismas cosas viejas que no oigo, ni siquiera las que me conciernen, mi voz, como un changuito sentado en mi hombro con la cola haciéndome compañía. Bla, bla, bla, en voz alta y rasposa, con razón tenía dolor de garganta. Tal vez debería mencionar aquí que nunca hablaba con nadie, creo que la última persona con quien hablé fue mi padre. Mi madre era igual, no volvió a hablar ni a contestar desde que mi padre murió. Yo le pregunté por el dinero, no puedo mencionar aquello ahora, tal vez esas fueron las últimas palabras que le dirigí. A veces me gritaba o me rogaba algo pero sólo un momentito, sólo unos cuantos gritos; luego, si yo volteaba los pobres labios delgados se le tensaban y su cuerpo se daba la media vuelta y sólo me miraba por el rabillo del ojo, pero era raro. De vez en cuando por la noche la escuchaba, estaba hablando sola me imagino, o rezando en voz alta, o leyendo en voz alta, o canturreando sus himnos, pobre mujer. Bueno, después del caballo y la furia, yo qué sé, seguí y seguí y luego supongo que di la vuelta lentamente dejando caer la mano izquierda o la derecha hasta vislumbrar la casa e ir rumbo a ella. Ay, mi padre y mi madre, y pensar que a lo mejor están en el paraíso, eran tan buenos. Yo debería irme al infierno, es todo lo que pido, para poder continuar maldiciéndolos ahí y que ellos bajen la vista desde arriba y me escuchen, eso sí que le quitaría un poco de resplandor a su beatitud. Sí, creo que todo el ruido que hacían acerca de la vida futura me sube los ánimos nada más pues no hay nada que aniquile una infelicidad como la mía. Estaba furioso desde luego y todavía lo estoy, pero era dócil, pasaba por dócil, qué buen chiste. No es que realmente estuviera furioso, sólo era raro, algo raro, y cada año que pasaba me hacía más raro, pocas criaturas hay tan raras como yo en la actualidad. Mi padre, ¿lo habré matado tal como lo hice con mí madre?; tal vez de alguna manera lo hice, pero no puedo hablar de ello ahora, estoy demasiado débil y viejo. Las preguntas se ponen a flotar mientras me desplazo y me dejan muy confundido, estoy a punto de decir basta. De repente están ahí, no, flotan, emergen de una profundidad muy vieja y se mecen y se quedan un rato antes de desvanecerse, preguntas que cuando yo estaba en mis cinco no habría sobrevi-vido ni un segundo, no, habrían sido aniquiladas antes de haber tenido cuerpo siquiera, aniquiladas. Venían de dos en dos a veces, una dominaba a la otra, así, ¿cómo podré continuar un día más?, es más, ¿cómo pude continuar un solo día? O, ¿habré matado a alguien? En ese tono, de lo particular a lo general digamos, estas preguntas y respuestas son bastante vacías. Las llevo a cuestas lo mejor que puedo, acelero el paso cuando vienen, muevo la cabeza de un lado al otro para arriba y para abajo, me quedo con la mirada fija y agonizante en eso y aquello haciendo de mi murmurar un grito, así me voy ayudando. Pero esto no tendría por qué ocurrir, algo anda mal, si fuera el final no me importaría gran cosa, pero cuántas veces en la vida he dicho antes de que algo grave sucediera Es el final y no era, y aun así, el final no puede estar lejos, seguro me voy a caer y me voy a quedar tirado o enroscado esperando a la noche como de costumbre entre las rocas y antes del amanecer estaré en otro lado. Sé que yo también dejaré de ser y seré como cuando aún no era, sólo que todo entero, eso me hace feliz, frecuentemente ahora mi murmurar se quiebra y se esfuma y lloro de felicidad cuando sigo mi camino y de amor por este mundo que me ha llevado sobre sus espaldas tanto tiempo y cuya falta de quejas pronto será mía. Estaré justo bajo la superficie, todo entero al principio, luego desmembrado y a la deriva, circulando a todo lo largo de la tierra y tal vez al final una parte de mí caerá por un acantilado hacia el mar. Una tonelada de gusanos en un metro cuadrado, esto sí que es un pensamiento maravilloso, una tonelada de gusanos, ya lo creo. De dónde lo saqué, de un sueño o de un libro que leí en mi escondite cuando era niño, o de una palabra oída tras la puerta por ahí o que había estado dentro de mí todo el tiempo y se había mantenido oculta hasta el momento de brindarme alegría, estos son los horribles pensamientos con los que tengo que luchar del modo que vengo mencionando. Ahora bien, ¿qué se puede agregar respecto de este día después del caballo blanco y de la madre blanca en la ventana? Por favor lean de nuevo las descripciones que de ellos he dado antes de que yo pase a otro día, tiempo después; no hay nada que agregar antes de que me desplace en el tiempo brincándome cientos o tal vez miles de días de un modo que no podría haber utilizado en el momento en cuestión porque tenía que seguir y seguir rumbo al momento en que me encuentro ahora, no, nada, todo se ha ido menos la madre en la ventana, la violencia, la furia y la lluvia. Así que pasemos al segundo día y terminemos con él, quitémoslo del camino y pasemos al siguiente. Y he aquí que de pronto me hallé entre, y perseguido por, una familia o una manada, no lo sé, de armiños, algo verdaderamente extraordinario, creo que eran armiños. Ciertamente, si se me permite decirlo, creo que tuve la suerte de salir vivo, qué extraño decirlo, no suena bien, en fin. Cualquier otra persona habría salido mordisqueada y se habría desangrado y tal vez habría quedado blanca como un conejo, y dale con el blanco de nuevo. Sé que no se me habría ocurrido, pero de haber podido y haberlo hecho, simplemente me habría recostado y me habría dejado despedazar como lo hacen los conejos. Bien, pero voy a comenzar como siempre con la mañana y luego la salida. Cuando un día regresa, por cualquier motivo, entonces su mañana y su tarde también están ahí, aunque en sí mismas bastante comunes y corrientes, la salida y el regreso a casa, hay algo digno de mencionarse en ello. Y de nuevo hacia la gris madrugada, muy débil y tembloroso después de una noche atroz y con pocos sueños almacenados dentro y fuera. En qué época del año, realmente no lo sé, qué importancia tiene. No estaba mojado en realidad sino chorreando, todo chorreaba, el día podía comenzar, ¿sí?, no, chorreando y chorreando todo el tiempo, sin sol, sin cambios de luz, nublado todo el día, y aun así, ni una brisita hasta la noche, luego oscuro y un poco de viento, vi unas estrellas al acercarme a casa. Mi bastón desde luego, por una misericordia de la providencia, ahí, no lo vuelvo a mencionar porque cuando no me refiero a él es porque está en mi mano, y sigo mi camino. Sin mi abrigo, sólo con la chamarra, nunca pude soportar el abrigo revoloteando entre mis piernas, o más bien un día me disgustó de pronto, me brotó un repentino disgusto. Con frecuencia cuando me arreglaba para salir lo sacaba y me lo ponía, luego me paraba al centro de la habitación sin poder moverme hasta que al fin me lo quitaba y lo colgaba de nuevo en el armario. Y acababa de bajar las escaleras y de tomar una bocanada de aire fresco, cuando el bastón se me cayó y caí de rodillas y luego de cara al suelo; algo realmente fuera de lo común y después de un ratito me puse boca arriba, nunca logré permanecer acostado boca abajo durante mucho tiempo, aunque me fascinaba; me sentía tan mal y me quedé ahí, media hora tal vez, con los brazos sobre los costados y las manos encima de las piedritas y los ojos bien abiertos vagando por el cielo. Ahora bien, ¿se trataba de mi primera experiencia de este tipo?, esa es la pregunta que le viene a uno a la cabeza de inmediato. Caídas había tenido bastantes, del tipo después del cual, a menos de haberse roto la pierna, uno se levanta y sigue su camino, maldiciendo a Dios y al hombre, muy otra cosa que en esta ocasión. Con tanta vida desperdiciada en el conocimiento, cómo saber cuándo comenzó todo, cuáles son las variantes que lanzan su veneno toda la vida hasta que uno sucumbe. Así pues de alguna manera las cosasviejas son las primeras, no hay dos bocanadas de aire iguales, todo es un repetir y repetir y todo es sólo una vez y nunca másPero voy a levantarme y a continuar y terminar con este día de una buena vez. Pero qué sentido tiene seguir contodo esto, no hay nada. Día olvidado tras día olvidado hasta la muerte de mi madre, luego en un sitio distintoque pronto envejecerá hasta la hora de la hora. Y cuando llegue a esta noche, aquí, entre las rocas con mis doslibros y la intensa luz de las estrellas, esta noche se me habrá escapado de las manos y también el día antes, mis doslibros, el chico y el grande, o tal vez sólo quedarán momentos aquí y allá muy quietos, este pequeño sonidoque no entiendo, así que mejor voy a juntar mis cosas y a regresar a mi agujero, todo es ya tan pasado que hasta se puede contarYa pasó, ya pasó, hay un lugar en mi corazón para todo lo que ya pasó. No, porque pasan, me encanta estapalabra, unas palabras han sido mis únicas amantes, y no son muchas. Frecuentemente lo he dicho todo un día, al irpor ahí, y a veces he dichovero, sí, vero. Ay, pero por esas terribles inquietudes que siempre he tenidodebería haber vivido en una gran habitación con eco y con un reloj de péndulo grandísimo, sólo escuchandoy cabeceando, con la ventanilla abierta para poder observar el balanceo, moviendo los ojos para allá y para acá, y lospesos deplomo colgando más y más abajo hasta tenerme que levantar de la silla para izarlos de nuevo, esto una veza la semana. El tercer día fue la mirada que me echó el caminante aquél, de pronto me doy cuenta ahora, el harapiento viejo brutose inclinó en la zanja donde se encontraba, recargándose con la espalda o lo que fuera la cosa ésa, y mirándome de reojo desde el borde de su postura floja descuidada, con la boca colorada, cómo es posible, me pregunto, que me hubiera percatado de su presencia; lo que sí, es el día que vi la mirada de Balfe, entonces sí que me aterroricé como un niño. Ahora que está muerto comienzo a parecerme a él. Pero continuemos, dejemos esas viejas escenas y quedémonos en éstas, y en mi recompensa. Ya no será como ahora, día tras día, afuera, a los lados, por arriba, por atrás, adentro, como hojas que se voltean, o que cayeron por ahí arrugadas, sino un tiempo largo y de una pieza, sin antes ni después, iluminado u oscuro, desde o hacia o en el viejo conocimiento a medias delcuándo y el dónde se ha ido, y del qué, y aún así algunas cosas quietas, todas a la vez, todas en movimiento, hasta que ya no haya nada, nunca hubo nada, sólo una voz soñando y zumbando por todas partes, eso es algo, la voz que alguna vez estuvo en tu boca. Bueno, y una vez afuera en la calle y libre de toda posesión, entonces qué, realmente nolo sé, de repente ya estaba dando golpes por ahí con mi bastón, haciendo volar a las gotitas y maldiciendo, puras malas palabras, las mismas palabras una y otra vez, ojalá y nadie me haya escuchado. Me dolía la garganta, era un tormento tragar, y sentía algo en el oído, me la pasaba apachurrándome la oreja y no sentía alivio alguno, tal vez erapura cerilla lo que me presionaba el tímpano. Extraordinariamente quieto sobre el suelo y dentro de mí todo bastante quieto, qué coincidencia, por qué me salían esas palabrotas de la boca, no lo sé, no, qué tontería, y dando golpes al aire con el bastón, qué cosa tan suave y débil me estaba poseyendo mientras luchaba por seguir adelante. Serían los armiños, no, primero voy a hundirme otra vez y a desaparecer entre los helechos, me llegaban a la cintura cuando andaba por ahí. Qué cosas tan duras son estos helechos gigantes, como almidonados, como de madera, con unos tallos terribles, le arrancan a uno el pellejo de las piernas a través de los pantalones y luego esos hoyos que esconden, rómpete la pierna si no tienes cuidado, qué espantoso lenguaje es éste, cáete y desaparece del mapa, podrías quedarte tirado ahí semanas enteras sin que nadie te escuchara, pensaba en esto muy a menudo allá arriba en la montaña, no, qué tontería, sólo seguí mi camino, el cuerpo hacía todo de su parte sin mí.




Lea, además

Coetzee / Sobre Beckett

Samuel Becktte
Ilustración de Triunfo Arciniegas
 J.M. Coetzee
SOBRE BECKETT



“…es justo decir que Beckett no se sintió cómodo como escritor hasta que se pasó al francés.”



“(Se hacen visibles)…las líneas mayores del mundo beckettiano (…) así como los procedimientos mediante los cuales se generan sus ficciones. Es un mundo de espacios confinados o, en caso contrario, de terrenos yermos e inhóspitos, habitados por monologuistas antisociales y, desde luego, misántropos, incapaces de terminar sus monólogos, vagabundos de cuerpos enfermos y mentes que no los dejan dormir jamás, condenados a una rutina de purgatorio en la que repasan una y otra vez los grandes temas de la filosofía occidental…”

Enrique Vila-Matas / Beckett emocionante

Samuel Beckett
Poster de T.A.
Enrique Vila-Matas

BECKETT EMOCIONANTE



Como a Molloy, a Beckett siempre le vemos alejarse, dominado “por una inquietud que no es necesariamente suya, pero de la cual participa en cierto modo”. Quién sabe, quizás es su propia inquietud la que le invade. Pero, ¿cuál es su verdadera identidad? ¿Y desde dónde escribe? Le gustaban las investigaciones de este tipo; Beckett es esencialmente detectivesco. “Y, en todo caso, ¿qué hacía yo allí? Bueno, precisamente es esto lo que trataremos de averiguar” (Molloy). Le gustaban las palabras. Es más, le producían alegría, lo que está dicho bien pronto. ¡Al sombrío Beckett le alegraban las palabras! Cuenta Cioran que un día se lo encontró por la calle y en vista de su mutismo se lanzó a contarle cosas personales y le dijo que había perdido el gusto del trabajo y que escribir se había convertido en un suplicio. Beckett le miró muy alarmado. Y le dijo -musitó más bien- algo sobre las palabras y la alegría. Años después, Cioran lo seguía recordando muy bien: le había hablado de alegría. 

En realidad algo no tan extraño, porque las palabras fueron siempre su única compañía y soporte. Quienes le conocieron aseguran que se sentía sólido en medio de ellas. Precisamente sus pasajeros accesos de desaliento debían coincidir con los momentos en que dejaba de creer en las palabras, con los momentos en que se imaginaba que le traicionaban, que huían de él. Quienes llegaron a conocerle bien, cuentan que, si en algún momento sentía que se ausentaban las palabras, Beckett quedaba literalmente despojado, y desaparecía. Hay una multitud de momentos en su obra en que habla de las palabras y las examina. En El innombrable, por ejemplo, las llama “gotas de silencio a través del silencio”, y es una manera de decir que para él lo son todo. 

“Lo tenue y el vacío. ¿También se van?”, leemos en Rumbo a peor. El temor a que las palabras se fueran de verdad me dominaba cuando en 1971 compré por primera vez libros suyos: El innombrable, Textos para nada, Residua. Libros conservados hoy todavía, con orgullo, en mi biblioteca. Volví ayer sobre Textos para nada y, releyendo con capacidad distinta a la de entonces aquellos fragmentos que fueron para mí completamente iniciáticos, recordé el deslumbramiento de antaño, cuando las palabras beckettianas me comunicaron con el aire innombrable de una tristeza feliz: “Suerte que ha fracasado, que nada ha empezado, nunca hubo nada más que nunca y nada, es una verdadera suerte, nada nunca, más que palabras muertas”. He reencontrado en aquellas palabras finales de Textos para nada la certeza de que, por paradójico que parezca, de la experiencia de lo no nombrable salimos siempre reforzados y habiendo convertido las palabras, símbolos de nuestra propia fragilidad, en raíces indestructibles. Estamos en pleno centro de uno de los motivos recurrentes de toda la obra: el fracaso que trae consigo el lenguaje mismo y la necesidad, sin embargo, de seguir diciendo, de decir, pese a todo. Cuestión abordada, con decisiva profundidad de última hora, en el ya muy famoso párrafo de la escuálida y tardía Rumbo a peor, la obra maestra de su última etapa: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. 

¿De dónde procede esa tenaz lucha por continuar? “No puedo seguir, seguiré” (El innombrable). Como escribiera Marcelo Cohen, los personajes de las obras de Beckett quieren actuar mientras exaltan el estancamiento, y uno, viéndoles sufrir pérdidas, no puede evitar reírse con las palabras cuando éstas chocan entre sí, se demuelen, se anulan y pugnan en vano por menoscabar su música fabulosa, y en las contradicciones que prolongan se trasluce la verdad del tiempo. Es el mismo movimiento humorístico y paradójico que explica su biografía: el huraño Beckett tuvo docenas de amigos que lo adoraban. En nota humorística, Martin Amis dijo que si alguien quisiera escribir una página al estilo beckettiano le bastaría con decir únicamente: “Nada más jamás. No, jamás, nunca”. 

Hablaba Beckett de negarse a continuar y sin embargo continuaba, hablaba de dejar de escribir y seguía escribiendo, atrapado por la fascinación inútil de las palabras básicas. Se ha dicho, aunque me parece demasiado simple, que todo procede de las últimas palabras que Beckett oyó de su padre: “¡Lucha, lucha, lucha!”. Pero algo hay sin duda de esa herencia de lucha en Molloy, que para mí es su mejor libro. Fue una revelación cuando lo leí y ahora que he procedido a su relectura, me he quedado impresionado y emocionado ante la lucidez de su arte y he vuelto a pensar en la esclavitud de la ficción y en esa tediosa necesidad que tienen las novelas de tener que hablar siempre de “un asunto” cuando en realidad el arte auténtico no es algo que trate acerca de algo que esté por ahí, de una experiencia propia, por ejemplo, o de la vida de nuestros vecinos y todo eso.

Más bien el arte de verdad es precisamente ese algo, y no un algo sobre ese algo. Es lo que vino a decir el propio Beckett cuando habló de Finnegans Wake: “Este libro no es arte sobre algo, es el arte en sí”. Releyendo Molloy, he comprendido mejor a qué se dedicaba Beckett en su mundo del No y del Nunca Nada Más Jamás. Y he detectado al investigador privado que hay en él, un detective de raza. Hay que dejar ya a un lado las interpretaciones vanguardistas de su obra y comprender que, como dice Banville, sus libros son libros muy conmovedores, todos tienen una suerte de vuelta de tuerca detectivesca en el clímax, y no es descabellado pensar que tienen mucho del género detectivesco. Después de todo, Beckett se relajaba leyendo novelas de serie negra, policíacas francesas muy especialmente. Si lo leemos así, eliminamos la parte más incómoda suya: eso de que todo va mal, rumbo a peor. Porque no siempre es así, a veces el entusiasmo se cruza en nuestras vidas. Oigamos al viejo investigador Beckett. “De modo que Gaber se había ido sin beberse la cerveza. Y con las ganas que tenía. Me quedé al acecho de la llegada de Jacques. Vendría por la derecha si volvía de la iglesia y por la izquierda si volvía del matadero” (Molloy). ¿Y cómo no acordarse ahora del final de esa misma novela? “Entonces entré en casa y escribí: Es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía”. Es maravilloso. En su final el libro se colapsa y cae toda su construcción como un castillo de naipes y de pronto las palabras parecen bailar de alegría bajo una triste luz de plomo. Hemos entrado en el campo del misterio y el detective Beckett avanza. Pero no hemos entrado. No hemos salido. Desde donde nunca una vez dentro. Y no es verdad que no llueva. 


El País, Babelia, 3 de enero de 2009


De cómo Peggy Guggenheim violó a Samuel Beckett

Samuel Beckett

De cómo Peggy Guggenheim 

violó a Samuel Beckett


Su coleccionismo sexual era parejo a su pasión por el arte que la hizo famosa


Peggy Guggenheim, coleccionista de arte, junto a una escultura de Alexander Calder, en 1961 / ULLSTEIN BILD (GETTY IMAGES)
Cuando a Peggy Guggenheim le preguntaban cuántos maridos había tenido, contestaba: “¿Míos o de las otras?”. Ni ella misma lo sabía. Laurence Vail, John Holms, Garman, Max Ernst, Pollock, todos ricos, locos o suicidas. Su coleccionismo sexual era parejo a su pasión por el arte, que le vino de su familia de magnates judío —alemanes. Su tío-abuelo Solomon había fundado el MoMA de Nueva York; su padre Benjamin murió en el Titanic, llevando en su equipaje un boceto de Las Señoritas de Avignonen cuya compañía se fue al fondo del mar. Prefirió morir de esmoquin a ponerse una de aquellas horribles chaquetas salvavidas. Naufragar de esmoquin, con un puro Davidoff en la boca, es un lujo al alcance de muy pocos, sobre todo si te hundes en el abismo con un Picasso bajo el brazo. Su hija Peggy comenzó a coleccionar maridos y amantes antes que obras de arte. Uno de los ejemplares que pasó por su cama fue el escritor Samuel Beckett, a quien había conocido en 1937 en París, la noche después del día de Navidad durante una cena en Fouquet, invitados por James Joyce.
Era un joven de 30 años, alto y desgarbado, de ojos verdes que nunca te miraban directamente. Su aspecto exterior no le importaba nada porque vestía muy mal con ropa francesa que le venía estrecha; hablaba poco, pero nunca decía estupideces; parecía estar siempre pensando en algo muy importante. Así recordaba Peggy Guggenheim a Samuel Beckett, calmada con el tiempo su tormentosa relación. Hasta entonces, ella devoraba a los hombres según el método de usar y tirar, sobre todo a los pintores que pasaban por su galería, la Guggenheim Jeune, que había montado en Londres, asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read, quienes la animaron a invertir su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia, que ni entendía ni le gustaba. Peggy vivía entre Londres y París flotando en una riqueza al servicio de sus caprichos amorosos. En París, se encontró con este joven irlandés silencioso, un tipo duro de verdad, con cara de cuchillo, cortés y al mismo tiempo muy antipático.

Dama y tigresa

Peggy Guggenheim (Nueva York, 1898 - Padua, 1979, coleccionista y mecenas de arte, tuvo tantos amantes que ni ella recordaba el número. Uno de ellos fue el Nobel Samuel Beckett al que no logró retener en su cama.
Asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read invirtió su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia.
Con los primeros vientos de la II Guerra Mundial se propuso comprar un cuadro cada día y adquirió piezas de Picasso, Braque, Matisse o Miró a precios irrisorios.
Después de aquella cena de Navidad en Fouquet, que Joyce había ofrecido a su familia y amigos, Beckett pidió a Peggy que le permitiera acompañarla a casa. Durante el camino la cogió del brazo sin hablar, dio por hecho que podía subir a su apartamento y allí sin expresar directamente sus intenciones le dijo que se echara a su lado en el sofá. “A los pocos minutos estábamos en la cama de la que ya no nos levantamos hasta la noche del día siguiente” —confiesa ella en sus memorias. A la hora de despedirse, Beckett fue parco en palabras. Le dijo simplemente gracias. “¿Te gusto? ¿Me quieres?”— le preguntó Peggy de forma ritual desde la cama. Beckett se limitó a negar con la cabeza y desapareció dejando a la tigresa a la vez humillada, sorprendida y excitada. Tiempo después, una noche, se encontraron por azar en un paso de peatones del boulevard de Montparnasse. Se fueron directamente a un apartamento que les prestó una amiga y pasaron doce días encerrados. Beckett solo bajaba a la calle a comprar comida y champán. “De los trece meses que estuve enamorada de él recuerdo aquellos días con gran emoción. Ambos estábamos excitados intelectualmente. Volví a sentirme libre para decir o pensar lo que sentía”.
Era realmente una aventura porque Beckett desaparecía y su regreso solía ser imprevisible. Lo único seguro era que siempre regresaba borracho y como moviéndose en un sueño. Peggy por primera vez se sentía insegura, dominada, lo que no dejaba de ser una experiencia nueva muy excitante. En cierta ocasión, después de diez días de encierro, Beckett aprovechó una salida de su amante para meter en la cama a una amiga suya de Dublín. Para detener la furia de Peggy se limitó a decir que no había sido capaz de echarla cuando se metió en su cama y que hacer el amor sin estar enamorado era como tomar café sin coñac. —“¿Soy yo tu coñac?”— le preguntó Peggy antes de echarlo de casa. Fue al salir a la calle cuando un loco le dio una puñalada entre las costillas que le tuvo al borde de la muerte.
Enloquecida de pasión, Peggy anduvo buscándole por todos los hospitales hasta que Nora, la mujer de Joyce, le dijo dónde estaba. Le llevó unas flores con una nota en que le juraba su amor y que se lo perdonaba todo. Helen Joyce, la mujer de Giorgio, el hijo del escritor, le sugirió que la única forma de romper esa neurosis era que lo violara. Una noche lo acompañó a casa y la tigresa se abatió sobre él. Beckett, preso del pánico, logró zafarse de sus brazos y huyó dejándola sola en su propio apartamento. Ya no volvieron a verse.
Cuando se agitaron los primeros vientos de guerra, lejos de ponerse a salvo como otros judíos ricos, Peggy que había cerrado su galería de Londres, comenzó a acaparar pintura de vanguardia en París. Se había propuesto comprar un cuadro al día, puesto que todos los artistas estaban a su alcance, Picasso, Matisse, Braque, Miró, Dalí, a precios irrisorios debido a la inseguridad del momento. Finalizada la guerra, Peggy Guggenheim abrió en Manhattan la galería Art of this Century, germen del expresionismo abstracto con De Kooning, Pollock, Rotko, Motherwell, que ella impulsó. De hecho, ese trasvase de la vanguardia histórica desde París a Manhattan fue el botín de guerra que se llevaron los norteamericanos. Peggy Guggenheim fue una pieza clave en ese botín, que después se conocería como la Escuela de Nueva York. Pero la única pieza que no pudo comprar fue aquel tipo desgarbado, con cara de cuchillo, un tal Samuel Beckett, un artista que no tenía precio.


domingo, 28 de diciembre de 2014

García Márquez en el panteón tejano de los escritores

Gabriel García Márquez
Poster de T.A.
Gabriel García Márquez

El panteón tejano de los escritores

El Harry Ransom Center, que albergará toda la colección privada de García Márquez, se ha convertido en un santuario de la literatura único en el mundo



El Nobel colombiano Gabriel García Márquez y su esposa, Mercdes Barcha. / IMAGEN CEDIDA POR HARRY RANSOM 
Todos los recuerdos de Gabriel García Márquez ocupan 2,6 metros cúbicos. Son unas 40 cajas de cartón, atadas con plástico sobre dos palés de madera. Era su colección personal, las cosas que guardaba en su casa de México DF. Una vida. Así llegó el 16 de diciembre al Harry Ransom Center, en el campus de Austin de la Universidad de Texas (Estados Unidos). Dieciocho personas ayudaron a abrir las cajas. Tardarán un año en catalogarlo y dos en poder enseñarlo.
García Márquez murió el 17 de abril en su casa de México a los 87 años. Tuvo la entrada prohibida en Estados Unidos durante décadas por su actividad procomunista, aunque luego se reunió, por ejemplo, con el presidente Bill Clinton en 1994. El 24 de noviembre el Harry Ransom Center anunció la compra del archivo personal del Nobel colombiano. Una pregunta recorrió Latinoamérica: ¿Texas? ¿En serio? El objetivo es situarse en el mapa académico de América Latina.

jueves, 20 de junio de 2013

Samuel Beckett recuerda a James Joyce

James Joyce

Samuel Beckett recuerda a James Joyce

Tom McGurk, 4 JUL 1982

"La infuencia de Joyce sobre mí no fue mortal; me hizo darme cuenta de lo que es la integridad artística". Así describe Samuel Beckett su relación con James Joyce. Desde 1928 hasta la muerte de Joyce, en 1941, Beckett y Joyce mantuvieron una íntima y en ocasiones difícil amistad. La naturaleza de esta relación entre dos de las principales figuras literarias de este siglo ha intrigado a muchos: dos irlandeses exiliados en París en los últimos años, antes del estallido de la segunda guerra mundial, producen una obra que ha revolucionado el concepto actual de la literatura. En estas declaraciones, una de las pocas que concede desde que recibió en 1969 el premio Nobel de Literatura, el autor de Esperando a Godot evoca sus recuerdos de Joyce y los acontecimientos de hace más de cuarenta años. La conversación con Beckett coincide, además, con la celebración, el pasado 16 de junio (véase EL PAÍS de ese día), del centenario del día en que Leopold Bloom, protagonista del Ulises de Joyce, iniciaba su peregrinaje por Dublín. La citada fecha ha sido recordada por joyceanos procedentes de todo el mundo, que hicieron el trayecto seguido entonces por Bloom, y sirvió para que el doctor Patrick Hillary, presidente de la República, desvelase en el Stephen's Green el busto con que la capital irlandesa recordaba a su más fiel y cruel reportero.
"Soy sabemillas mejor yo como hacer el milagro. Y veo en su diarreo que está dejando de tartamudear en su silenciada vejiga, ya que le desvinculé más como amigo y hermano para que se dejara un manguito y canonizara sus pies muertos en el aire del río metiéndose con el pensamiento en la cuarta dimensión e interponiendo el océano entre la suya y la nuestra..." "Manguito pronto te encarrilará con su mano tus orejas de Erin...". (Joyce en Finnegans wake)."Su distanciamiento era absoluto. Era asombroso. Daba igual que fuera la caída de una hoja, o la caída de la noche, o incluso la caída de un imperio, el distanciamiento de Joyce era absoluto".
Tras todos esos años, el recuerdo más indeleble y más inmediato que Beckett conserva de Joyce es lo que llama su "distanciamiento: daba igual que fuera la caída de Humpty Dumpty o la caída del imperio romano, Joyce se mantenía totalmente distanciado". Extiende las manos para dar énfasis a las últimas palabras y la conversación entra de nuevo en un silencio de recuerdos.

Samuel Beckett



Para la mayoría de la gente, el silencio en la conversación supone un callejón sin salida del pensamiento. Para Beckett constituye un hábil arma y un retiro familiar. Parece cubrirse con él cuando lo desea, como si se tratara de su abrigo favorito.
En la actualidad, Beckett lleva una existencia tranquila y solitaria en su piso del bulevar St. Jacques, frente a la prisión Santé, con su esposa Suwanne. Tiene una pequeña casa de campo en la región del Marne (descrita por un amigo más como una fortaleza que como una casa de campo) y pasa parte del verano en Túnez. Allí, puede disfrutar de sus dos pasatiempos preferidos, la natación y caminar sin ser molestado, en anonimato.
La soledad de un genio
A sus 76 años, se mantiene todavía en una asombrosa forma física. Los años no han hecho mella en su ligero cuerpo de 1,82 metros, y conserva aún un paso rápido y erguido. Su presencia física irradia vitalidad: su perfil aguileño, y su rostro todavía atractivo, forman un medallón profundamente esculpido.
Su idea de una cita a las siete es presentarse a las siete en punto. Nos reunimos en un pequeño bar de una callejuela; ese es otro precio que tiene que pagar por la fama: ahora rehuye sus restaurantes favoritos del bulevar Montparnasse, como La Coupole, a donde ha estado acudiendo con regularidad durante muchos años; los turistas norteamericanos son su mayor azote. Su bebida, como siempre, el whisky irlandés.
Ha desarrollado el don sutil de llevar las conversaciones en exactamente la dirección que quiere que tomen. Puede que lo aprendiera del mismo Joyce, como han dicho algunos, pero si la conversación se dirige en una dirección no deseada, y especialmente cuando empieza a girar en torno a él, la mata silenciosamente refugiándose en su silencio. Y no se trata tanto del silencio como de una lenta caída de la cabeza y un estudio meditado de la superficie de la mesa.
En este año del centenario de Joyce, Beckett se ha visto asaltado con peticiones para participar en las muchas ceremonias, pero las ha rechazado. Recordó que en cierta ocasión, en los años cuarenta, un grupo de académicos norteamericanos le encargaron que investigase el costo de traslado de los restos de Joyce a Dublín. Llegó incluso a consultar una funeraria de Pearse Street, pero luego, muy acertadamente, se olvidó la idea.
Quitar interés al pasado, en esa manera, sería inaceptable. Joyce, sólidamente enterrado en su recuerdo, sigue siendo para él una tumba importante que visitar en privado cuando lo desea y en el momento adecuado.
Sin embargo, conocer actualmente a Beckett debe tener prácticamente el mismo efecto sobre la gente que tuvo su primer encuentro con Joyce en 1928. Beckett tenía veintidós años y acababa de llegar de Trinity College para pasar dos años estudiando en la Ecole Normal. París seguía siendo la última gran ciudad de brillo literario. Y en aquellos días, antes de que Joyce se retirara definitivamente tras el velo protector de su familia, mantenía allí su corte. Beckett acudió a su primera velada con el escritor irlandés Thomas McGreevy, visitante regular de la casa de Joyce.
Como Joyce en aquella época, la presencia de Beckett es enorme e intimidante. Durante la conversación, sus ojos azules te absorben intensamente; hay algo de timidez y de nerviosismo, y largos silencios. Tal como dijo a Deirdre Bair, su biógrafo oficioso, detesta el interés por su persona, "lo único que importa es lo escrito". Esta resistencia a separar la persona del arte le da un tono casi confesional a cualquier conversación. Produce una inmediata lealtad. Los escritores famosos de nuestros días no llevan vidas de monjes: son hombres públicos a quienes los medios de comunicación recompensan con la dudosa moneda de la fama. La determinación de Beckett de evitarlo le coloca, en el lenguaje de los periodistas, entre Greta Garbo y Howard Hughes. Y lo que quizá encuentran más imperdonable es su total rechazo de la noción modernista del ego. La televisión, que domina nuestra sociedad, tiene el ego como único criterio. Que este asceta aguileño prefiera mantenerse fuera de la vista del público, meditando en silencio en la soledad de su desierto personal, se considera una actitud excéntrica e incluso desagradecida.
Alegre y divertido
Sin embargo, nada menos cierto que la idea de Beckett como una personalidad solitaria y triste. Efectivamente, Beckett es un hombre muy alegre y divertido. Siempre acoge con gratitud toda noticia de Dublín, incluso aunque le produzca un suspiro de incredulidad al oír que el hotel Hibernian ha desaparecido.
Para quienes conocen su pasado deportivo, no debería sorprenderles su interés por el equipo irlandés de rugby (este año ha visto todos los encuentros del Trofeo de las Cinco Naciones en la televisión), llegando incluso a sentir admiración por Ollie Campbell.
Discutimos el tema de un equipo de rugby formado por escritores irlandeses, proponiendo yo que ya que Beckett era un medio mélée, Joyce debería jugar por fuera como medio exterior; él insistió cortésmente que "no, jamás, Joyce jugaría de ala". Para quienes conocen bien el rugby no hace falta ninguna explicación.
Los biógrafos han documentado abundantemente la relación entre los dos hombres. Comenzó a finales de los años veinte, hubo un período de separación mientras Beckett viajaba por Inglaterra y Alemania, y más tarde, en los últimos años antes del estallido de la guerra, los dos hombres se vieron con mucha frecuencia.
No podemos más que imaginarnos el efecto que debe haber tenido sobre el joven escritor recién llegado de Dublín. Exiliado de su ciudad natal, cuyas costumbres y maneras había llegado a odiar, Beckett se puso a los pies de Joyce en tremenda admiración. Al fin y al cabo, ahí estaba el hombre que había jurado atrapar en sus manos la conciencia artística de su propia raza. Ahí estaba el hombre que había dejado todo de lado para partir a un exilio medio inconsciente en respuesta a las voces artísticas que le llamaban.
Y durante todo ese tiempo en que Joyce estuvo reconstruyendo su ciudad natal y llenándola de hombres mortales en su propia imaginación, conservó los valores esenciales de la baja clase media de la católica Irlanda que había abandonado. El hogar de Joyce no era una buhardilla de bohemio: el vestirse para cenar, los elegantes manerismos, el gusto. por la buena comida y el buen vino, las veladas hasta muy tarde en torno al piano mientras las melodías de Moorese desperdigaban por la noche parisiense, todo eso estaba presente en casa de los Joyce.
Pero, sobre todo, este asombroso hombre, enfermizo pero infatigable, trabajaba en su vocación única. Cuarenta años después, Beckett está todavía asombrado del ritmo de trabajo, sin importar lo enfermo que estuviera Joyce, que estuvo prácticamente ciego durante largos períodos, y a pesar del aumento de sus problemas familiares.
Como Beckett recuerda ahora con cariño, se llamaban entre sí "Mr. Joyce y Mr. Beckett. Me estuvo llamando Mr. Beckett más de diez años y luego dio el tremendo paso de llamarme simplemente... Beckett".
Pero tras las formalidades se esconden unos indicios importantes sobre la forma de vida de Joyce. Estaba intensamente dedicado a su familia. A todos los demás, incluso a sus amigos más íntimos, les mantenía a distancia. "Amaba muy profundamente a su familia", recuerda Beckett, "y siempre les protegió. Y, por supuesto, en sus últimos años, los problemas de Lucía le hicieron mucho daño. La amaba especialmente y jamás pudo sobrellevar su enfermedad". (Lucía Joyce enfermó de esquizofrenia muy joven; actualmente vive en un hospital en Northhampton, Reino Unido).
Hace algunos años, Beckett entregó al museo Joyce de Sandycove un chaleco que Joyce le había regalado. Originalmente perteneció al padre de Joyce y supone un indicio importante del concepto que Joyce tenía de su familia. "Sintió una gran afección por su padre", recuerda Beckett, "ese chaleco en particular se lo ponía una vez al año, el día del cumpleaños de su padre; siempre daba una fiesta".
Superviviente entre cascotes
Los demás cumpleaños familiares eran también celebrados invariablemente. Joyce se mostraba obsesivo con fechas y números, llegando a insistir en que la traducción francesa del Ulises se publicara el día de su cumpleaños, el 2 de febrero.
Durante sus primeros años en París, Beckett prestó una gran ayuda a Joyce cuando se resentía de su salud. Con Joyce sin poder leer, Beckett escribía al dictado partes de la obra que se convertiría en Finnegan's wake. También le traía noticias frescas de Dublín, que tan importantes fueron siempre para Joyce. La Irlanda de los años anteriores a la independencia había cambiado poco hacia finales de la década de los veinte, cuando Beckett estaba decidiendo su futuro. La omnipotente influencia de la Iglesia católica y la política nacionalista no eran en absoluto de su agrado, y llegó finalmente a ser incluido en la santificada lista de escritores irlandeses prohibidos cuando su segundo libro, More pricks than kicks, cayó en desgracia con la junta de censores.
Respecto a Dublín y a todo lo irlandés, Beckett reconoce que Joyce podía llegar a mostrarse incluso sentimental, "pero jamás en su obra, por supuesto". Beckett relata otra anécdota que recalca su comentario. Durante una visita a Dublín en los años cincuenta, Beckett se desplazó hasta Island Bridge y cogió una piedra plana del lecho del Liffey, hizo que le grabaran una inscripción y se la llevó a Joyce como regalo. Fue siempre uno de sus recuerdos más preciados.
Con las nubes de la guerra extendiéndose sobre Europa, Joyce hizo los preparativos para marcharse a Zurich. En uno de sus últimos encuentros, Beckett recuerda que Joyce se enfadó mucho al oír que pocos dublineses, si es que había alguno, habían leído su recién publicado Finnegan's wake. En junio siguiente, cuando los alemanes se aproximaban a París, Beckett cogió uno de los últimos trenes a Vichy, donde estaban los Joyce. Fue su último encuentro, y se separaron para siempre cuando los Ejércitos del Tercer Reich se echaron sobre Francia. En enero del año siguiente, 1941, Joyce moría.
"Trabajo con la impotencia, con la ignorancia... mi pequeña exploración es esa zona del ser que los artistas han dejado siempre de lado como algo no aprovechable, como algo por definición incompatible con el arte", así describió Beckett su trabajo en cierta ocasión, comparándolo con Joyce, de quien consideraba que iba camino de la omnisciencia y la omnipotencia como artista. "Cuanto más sabía Joyce", escribió Beckett, "más podía hacer".
Sin embargo, no hay duda de que Murphy, Watt, Malone y otros son ciudadanos de honor de la "ciudad del 16 de junio", con igual derecho que Bloom y Dignam y los demás, y los dos hombres son, cada uno a su manera, maestros inigualables de la lengua inglesa.
A veces pienso que tras el terremoto que Joyce desató en el lenguaje, Beckett es como un superviviente caminando entre los cascotes. En un rincón de ese trágico paisaje que ha vuelto a levantar, entre los fecundos desperdicios, arde su pequeña hoguera. Después de los tóxicos excesos que se dieron con anterioridad, Beckett ha reducido el lenguaje al grito original.
Sobre todo, lo que Joyce hizo por Beckett fue, primeramente, ofrecerle un modelo irreprochable de integridad artística: el distanciamiento, tal como hoy lo recuerda. Los amigos parisienses, cuando hablan de Joyce, recuerdan a Beckett sentado a su derecha. No resulta extraño pues, que en Finnegan's wake Joyce comentará de él: "Muy pronto te afinará a mano tu oreja de Erin..."