La Rama Dorada
Gustavo Martín Garzo
8 de noviembre de 1994
Voy a decir algo que puede parecer discutible pero en lo que creo firmemente, que el impulso que mueve al escritor a escribir sus libros es el impulso de la felicidad. Lo es, incluso, cuando el centro de éstos pueda ser la desdicha, o llegue a escribirlos bajo el imperio de la desesperación o el dolor. Cuando su escritura sea una agonía insufrible, o su búsqueda, como quería Kafka, la de esos libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente, como si fuéramos arrojados a los bosques, lejos de los hombres. Homero era ciego, y son numerosas las culturas que han hecho del ciego la figura emblemática del narrador. No es difícil saber por qué. El ciego no ve con los ojos comunes y se le cree capaz, por tanto, de una segunda visión, entrar en contacto con esas fuerzas libres que constituyen la imaginación del mundo. El don más alto de estas fuerzas es la inspiración. Un don que recibimos, pero que en gran medida, como todos los verdaderos dones, debemos darnos a nosotros mismos. Para ello, el centro de nuestro ser debe desplazarse del mundo del día, donde todo es obra exterior, cálculo, instrumentalización, al mundo de la noche, que atiende a lo intensivo, a lo excepcional y a lo incondicionado. Este mundo es el mundo de la imaginación, y, por tanto, el (le la literatura. Para la imaginación todo es paisaje interior, fabulación, todos sus datos son incomparables y únicos. Tiene que ver con el deber ser, con el anhelo de una vida en que lo sorprendente y lo prodigioso coexistan con lo banal y lo cotidiano.


