Delphine de Vigan
BASADA EN HECHOS REALESI, 17
Una mañana muy temprano, cuando volvía a mi casa tras haber dormido en casa de François, me encontré con L. en la esquina de mi calle. No delante de mi puerta, sino a unos centenares de metros de mi casa. No había ninguna razón para que ella estuviera allí. Mi calle es estrecha y no alberga ningún comercio, el día apenas despuntaba y los cafés de alrededor estaban aún cerrados. Yo caminaba cabizbaja, bastante deprisa porque hacía frío. Con todo, me llamó la atención una figura larga y blanca, en la acera de enfrente, sin duda a causa de aquella inmovilidad que la hacía parecer petrificada. L. estaba embutida en un largo abrigo, con el cuello alzado. No se movía, parecía no venir de ninguna parte, ni siquiera esperar a alguien. Al cabo de unos segundos, me dio la impresión de que observaba a ratos la entrada de mi casa. Cuando me vio, se le iluminó el semblante. Su mirada no traslucía apuro ni sorpresa, como si fuera de lo más normal que estuviese allí, en pleno invierno, a las 7 de la mañana. Le había apetecido verme y encontró la puerta cerrada. Eso me dijo. No intentó inventarse nada, y aquella sencillez me conmovió, porque al confesar aquello L. adoptó una expresión infantil que no le había visto nunca.