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martes, 19 de enero de 2021

Patricia Highsmith / La ropa vieja




Joan Schenkar

Patricia Highsmith
LA ROPA VIEJA


"No fue hasta 1983 al hacer una lista de veinte cosas que me gustan, para su editorial suiza, cuando revéló su gusto por la ropa vieja, la ropa vieja ocupaba el noveno puesto en su lista de cosas preferidas, seguida de las zapatillas de deporte, y las novelas de kafka, que estaban el puesto veinte..."


Joan Schenkar

Patricia Highsmith

Traducción de Clara Ministral 

Circe, Barcelona, 2010. 766 páginas, 29 euros






lunes, 24 de enero de 2011

Joan Schenkar / Patricia Highsmith / Un día cualquiera

Patricia Highsmith


Joan Schenkar
PATRICIA HIGHSMITH

1

POR DÓNDE EMPEZAR
Parte 1

Ningún escritor revelaría jamás su vida
secreta, sería como desnudarse en público.
Patricia Highsmith, 1940

El problema era que nunca la veías sola, en
su rutina normal; en cuanto estabas delante,
se volvía una persona diferente.

Barbara Roett, 
conversación con la autora


Un día cualquiera

El 16 de noviembre de 1973, un día que despuntaba fresco y húmedo en el diminuto pueblo de Moncourt (Francia), Patricia Highsmith, una escritora estadounidense de cincuenta y dos años que llevaba una vida aparentemente tranquila junto a un brazo del canal del Loing, encendió otro Gauloise jaune, apretó los dedos con los que sujetaba su estilográfica Parker favorita, se encorvó sobre su buró -con sus brazos de articulaciones peculiares y sus enormes manos llegaba al fondo del escritorio sin levantarse- y anotó en su cuaderno una breve lista de actividades útiles que podían hacer «los niños pequeños por la casa».

Es una pequeña lista hecha de pasada, la clase de lista que le gustaba elaborar cuando vaciaba los bolsillos traseros de su mente, y está garabateada con la forma que se emplearía para escribir una idea de última hora. Sin embargo, como cualquier lector atento de Highsmith sabe, es en los momentos en los que parece estar ociosa, despreocupada o (Dios no lo quiera) ligeramente relajada cuando hay que prestarle especial atención. En cada rincón «relajado» de su mente creadora hay una bestia agazapada y, efectivamente, se abalanza sobre nosotros con el desconcertante título de su lista. La llamó «Pequeños crímenes para los más pequeños». A continuación, por si acaso, añadió un subtítulo: «Cosas que pueden hacer los niños pequeños por la casa [...]»

Poco antes, Pat había confeccionado otra pequeña lista -para enviársela al historiador del cómic Jerry Bails a Estados Unidos- con información poco clara sobre su trabajo en los cómics del Terror Negro y el Sargento Bill King, que combatían el crimen en sus aventuras, así que es posible que aún estuviera contando de cuántas maneras se podía vincular astutamente a los niños con el crimen.1 En su último cuaderno de apuntes, escrito en ese mismo lugar privilegiado de la Francia semisuburbana, también había dedicado unos cuantos pensamientos a los niños. Uno de ellos era un simple cálculo. Calculó que «un golpe propinado en un momento de furia seguramente [podría] matar a un niño de entre dos y ocho años» y que «Para matar a los mayores de ocho años serían necesarios dos golpes». La persona a la que se imaginaba perpetrando este asesinato no era otra que ella misma; la circunstancia que la llevaría a hacerlo era muy sencilla: «Hay una situación (quizá la única) que podría llevarme a cometer un asesinato: la vida familiar, la cercanía.» 

De modo que, por difícil que resulte imaginarse a Pat Highsmith mojando su pluma en los juegos infantiles, sus escritos privados nos revelan que a veces le gustaba analizar los problemas más extravagantes del trato con los más pequeños. Y no sólo porque sus sentimientos hacia ellos oscilaran entre un interés clínico en su educación (preguntaba constantemente por los hijos de sus amigos) y un violento rechazo de su presencia real (no soportaba los ruidos que hacían los niños cuando se estaban divirtiendo).

Como su batalladora abuela materna, Willie Mae Stewart Coates, que enviaba sugerencias al presidente Franklin Delano Roosevelt para mejorar Estados Unidos (y que recibió respuestas manuscritas de la Casa Blanca), Pat tenía un cajón lleno de originales ideas para cambiar la sociedad que deseaba fueran llevadas a la práctica. Sus cuadernos están amenizados con grandes planes para los más pequeños, la mayoría esculpidos con la piedra de algún duro afloramiento de su propio escabroso pasado. Cada uno añade una nueva atrocidad al estudio del desarrollo infantil. 

Uno de sus planes para los jóvenes -sólo es una muestra- parece reproducir casi al pie de la letra la dolorosa separación que vivió ella en su propia infancia, cuando en 1927 se la llevaron de Fort Worth (Texas), donde vivía al cuidado de su abuela en la casa de huéspedes de la familia, a la otra punta de Estados Unidos, a vivir con su madre y el nuevo marido de ésta en la estrechez de un pequeño piso en la zona norte del West Side de Manhattan. La idea de Pat para contribuir al desarrollo de los pequeños -idea que se trasladaría de una entrada escrita en serio en su cuaderno de 1966 a la mente de la desequilibrada protagonista de su novela de 1977, Edith's Diary [El diario de Edith]- era mandar a los niños de corta edad a vivir a lugares al otro lado del mundo («¡Se podrían pedir voluntarios a los orfanatos!», escribió con entusiasmo, animada con su particular sentido práctico) para que sirvieran a su país como «jóvenes miembros del Cuerpo de Paz». Como una muestra de tejido extraída de la piel de sus pensamientos, su peculiar y espontánea lista del 16 de noviembre de 1973 (escrita en su casa de un pueblo tan pequeño que una visita a la oficina de correos significaba tener que soportar una atención que no deseaba) resulta ser una útil vía de acceso a la mente, la materia y la puesta en escena de la talentosa miss Highsmith. Entre otras revelaciones, la lista contiene consejos para personas (de corta edad) cuyas vidas son análogas a la de ella: personas lo suficientemente débiles para estar recluidas en casa, lo suficientemente libres para no necesitar vigilancia paterna aparente y lo suficientemente furiosas para dedicar sus pensamientos al asesinato.

La lista es la siguiente:

16/11/1973 Pequeños crímenes para los más pequeños
Cosas que pueden hacer los niños pequeños por la casa, por ejemplo:

1. Atar un cordón en lo alto de las escaleras para que los adultos se tropiecen.
2. Volver a poner el patín en las escaleras, después de que la madre lo haya apartado.
3. Provocar incendios bien planeados, para que, a ser posible, otro se lleve la culpa.
4. Cambiar de sitio las pastillas en los armarios de las medicinas: las pastillas para dormir en el frasco de las aspirinas, los laxantes rosas en la botella de antibióticos que se guarda en la nevera.
5. Matarratas o polvos antipulgas en el bote de la harina de la cocina.
6. Serrar los soportos de la trampilla del desván, para que todo el que ponga el pie sobre la trmapilla cerrada se caiga por las escaleras.
7. En verano: colocar la lupa apuntando a las hojas secas o, preferiblemente, a unos trapos grasientos. El incendio podrá atribuirse a la combustión espontánea.
8. Investigar los productos contra el mildiu que se guardan en el cobertizo del jardín. Añadir veneno incoloro a la botella de ginebra.


Joan Schenkar
Patricia Highsmith
Barceloan, Circe, 2010, pp. 17 - 20.

domingo, 16 de enero de 2011

Paul Chul / Patricia Highsmith era una nube negra


Pablo Chul

PATRICIA HIGHSMITH 

ERA UNA NUBE NEGRA


1)

A veces nos ponemos mesiánicos, hablamos en primera persona del plural e increpamos a los autores de los libros que leemos. Tú corta este final, tú mata a la chica y tú no subrayes los indicios.
Eso hacemos. Ahora, por ejemplo, estamos hablando con Joan Schenkar, que ha pasado ocho años leyendo todo lo que Patricia Highsmith escribió y no publicó: ocho mil folios de diarios y cuadernos, y unas doscientas cincuenta obras rechazadas o dejadas a medias.
Joan, le decimos, ¿qué tal lo has pasado?
Pues mal.
Y se nota. La biografía que ha escrito Schenkar (Saint Martin’s Press y Picador la publican en inglés, Circe en castellano) tiene algo de tesis doctoral atragantada, de obra escrita como venganza contra uno mismo y contra el tema, de trabajo hecho de un tirón y en caliente. Casi se oye a Schenkar pensar: no puedo más, o me mata ella o la mato yo.
Highsmith era, si creemos a Schenkar, bruja por los cuatro puntos cardinales. Los camareros la evitaban y los vecinos no querían encender la luz por si se les plantaba en casa a beber sin límite y despotricar contra los judíos o el fisco. Sus amigos recuerdan que la hospitalidad “a la Highsmith” consistía en pasar hambre, frío y visitar un sótano, y sus agentes cuentan sin sonrisas que les escamoteaba comisiones. Si alguien se acercó a Schenkar con una historia amable, ésta la sepultó en una línea entre cientos de miles de líneas: que nadie diga que no está, pero que nadie la recuerde.
Joan, le decimos, tu trabajo es titánico. Se parece a la montaña que había delante de la casa de Highsmith en Tegna, Suiza, una mole magnética que tapa el sol y da miedo. Pero tenemos una sugerencia, sólo una pequeña sugerencia: cuando tengas un rato, toma las cien páginas del quinto capítulo de tu libro y conviértelas en un ensayo acerca de los escritores que, como putas y en silencio, trabajaban para la industria del cómic. Ahí está la joya, acepta nuestro consejo.
Y es que Highsmith escribió cientos de guiones para cómics entre 1942 y 1949, y después, ya en Europa, destruyó las pruebas una a una, papel a papel, tal vez en la hoguera, tal vez bajo la mirada de su gato Spider. De vieja, si se daba la ocasión, dejaba caer que durante unos meses –cositas de juventud- había escrito algo para comics como Superman o Batman.
Mentira. Black Terror, Fighting Yank, Jap Buster Johnson o The Destroyer, todos ellos de la peor calaña, hablaban con la voz de Highsmith.
Once again, the intrepid destroyer is called upon to find and destroy a new and terrible weapon hurled against the great allied supply base when…THE JAP SERPENT STRIKES!
Imaginémosla joven, sentada en una mesa en una oficina entre hombres, escribiendo al peso, y después avancemos cuarenta años. Highsmith está sola en una casa helada y teme que en cualquier momento suene el timbre y vuelva, cual Némesis, el pasado. Ding, dong, Patricia, ding, dong, ¿lo has destruido todo? ¿Todo?
Sí, o casi.
…Pero la valerosa Schenkar lucha contra la fatiga y rebusca entre pilas de papeles que llegan hasta el techo…¡No hay tiempo, Schenkar!…¡Corre, Schenkar!…Y entonces abre un libro que la maléfica Highsmith prestó a un amigo y encuentra…¡LA PRUEBA DEFINITIVA!
Un papelito. El esquema de una historieta para el superhéroe Golden Arrow y un fragmento de Ghost, un filler con el que se llenaban las páginas sueltas de lo comics. Schenkar siguió investigando y descubrió que el destino había trabajado mano a mano con Highsmith en la destrucción de la huella infame del colaboracionismo con el cómic y que, efectivamente, casi no quedaba nada. Toda la documentación de Richard E. Hughes, editor de la casa de comics que contrató a Highsmith, se había perdido, y el único ejemplar en el que tal vez aparezca una historia firmada por Highsmith está en un almacén en Carolina del Norte, en algún lugar entre otros veinte mil comics abandonados.
Patricia pudo respirar más o menos tranquila hasta su muerte.

2)

Y es que escribir guiones para comics era el insulto, el oprobio, la ignominia para una autora que pensaba en sí misma de la mano de los más grandes. Hasta su muerte citó a Proust y a Dostoievski como si fueran talismanes, pero, según parece, ni los leyó a fondo ni con frecuencia: la biblioteca de su última casa contenía los clásicos que compró en los años cuarenta, cuando estudiaba en Barnard College… y poco más.
“No parece que se añadieran muchos libros tras sus días de estudiante, y casi todos los volúmenes posteriores son obras de amigos y colegas (enviadas por las editoriales), ejemplares de libros que le pidieron que reseñara (también enviados por las editoriales) u obras de la propia Pat en distintas lenguas y ediciones”.
Pero Highsmith, que lo anotaba todo, borró las huellas de su trabajo de escritora de comic como quien se frota las manos en el escenario (Outdamned spot!Out, I say!), y se entregó durante varias décadas a explorar la culpa o su ausencia como motor del comportamiento criminal. Y podemos imaginarla con su Biblia debajo de la almohada, pensando que los pecados de la humanidad eran pequeños en comparación con haber escrito las aventuras del Jap Buster Johnson, el matajaponeses más terrible que quepa imaginar. Hagámoslo: tal vez sucediera.

3)

Y pensemos en un mundo que ya ha muerto, en el que la “alta cultura” estadounidense –universitaria, elitista, sesuda, experimental y jerárquica- se blindaba contra el gusto popular. En lo alto de la montaña estaban, por ejemplo, William Carlos Williams o Marianne Moore; en el centro el cine, que a todos gustaba; y en la base, el entertainment vergonzoso con el que mataban el tiempo las masas brutas: comics, novelas pulp y, under the counter, un poco de porno. Si los de la cima miraban hacia abajo, era con cierto paternalismo, como a un sujeto exótico. Marianne Moore fue a ver una obra de teatro de Lillian Hellman y volvió fascinada por el habla popular, como si hubiera visitado un planeta nuevo:
“The accuracy of the vernacular! That’s the kind of thing I am interested in, am always taking down little local expressions and accents”.
Si bien los escritores que trabajaban para el cine podían salvar el pellejo hasta cierto punto, el comic, el pulp y el porno dejaban cicatriz en el currículum. Highsmith, como todos, firmó sus comics con pseudónimo y siguió escribiendo borradores que, según parece, eran malos, muy malos o peores, hasta que publicó su primer relato en 1943, en la revista “Home and Food” (repetimos: “Home and Food”). Y es que al libro de Schenkar le falta el anexo que cualquier escritor en ciernes querría leer cuando el ánimo le falle: el de la historia del rechazo editorial de la obra de Highsmith.

4)

Schenkar, has conseguido algo con tu libro: ahora vemos el mapamundi lleno de flechas. Una se llama “miedo” y lleva a Highsmith de Fort Worth, Texas, a Nueva York, y de allí a Europa. Otra va de Inglaterra a Francia, y de allí a Alemania y Suiza, gira sobre sí misma y termina convirtiéndose en una espiral que no puede salir de Europa; también se llama “miedo”. Y además hay decenas de flechas más pequeñas que van de Francia a Estados Unidos: son los “intercambios culturales” de los años sesenta.

5)

Y otra cosa, Schenkar: de pronto vemos a Highsmith como una autora indigna de su fama, y a ti como la cronista vencida por el cansancio. ¿Te gusta leer? ¿De verdad?

6)

A veces miramos las fotos de Highsmith vieja y detectamos sorna y duda. ¿Es posible –parece preguntarse- que yo haya sido capaz de subir la montaña desde el cómic hasta la escritura de suspense y de allí, de un salto, hasta la alta cultura? ¿Cómo se explica que la editorial Diogenes Verlag (suiza, no less), esté vendiendo mi obra a las editoriales más pijas de Europa? ¿Terminaré recibiendo la Orden de las Artes y las Letras de Francia? ¿Es esto el mundo al revés?
Lo era. En los años sesenta la crítica francesa miró el panorama desde muy arriba y eligió como objeto de sus escritos las manifestaciones culturales más populares. De pronto resultó fresco y transgresor (o esnob y paternalista, según se mire) perorar sobre el cine de suspense o el mal gusto, y la tendencia se hizo tan mainstream que se enteró hasta la divulgadora Susan Sontag: “Contra la interpretación”, de 1964, se lee como el resumen para dummies de los que hacía la revista Cahiers du Cinéma.
Escuchemos a Truffaut:
En 1962, presentando “Jules et Jim” en Nueva York, todos los periodistas me preguntaban lo mismo: ¿Por qué los críticos de “Cahiers du Cinéma” toman en serio a Hitchcock? Es rico, tiene éxito, pero sus películas carecen de sustancia.
Pensemos en André Bazin y sus secuaces como unos críticos que elaboraron una plantilla teórica antes de encontrar el objeto en el que superponerla, y pensemos en su fascinación por los subgéneros narrativos populares como el resultado de esa búsqueda.
Y pensemos también en Highsmith, que en 1966 publica su manual para escribir novelas de crimen y misterio: se llama “Plotting and Writing Suspense Fiction” y resulta al mismo tiempo una afirmación (“la narración de suspense proporciona una distracción llena de vitalidad y normalmente superficial”) y una refutación (“la etiqueta de suspense que tanto gusta a los libreros y críticos norteamericanos no es más que un obstáculo para la imaginación de los escritores jóvenes…Todos mis libros han sido reeditados en la distinguida colección “Livres de Poche” de la editorial Hachette, colección en la que se incluyen clásicos de la literatura mundial).
Y en este equilibrio dudoso entre la autoafirmación y la incredulidad pasa Highsmith sus últimos treinta años. Estira la serie de Ripley hasta la asfixia y vuelve a los dos o tres temas en los que sustenta su gloria como si de verdad los hubiera inventado. Para ella, como para cualquier escritor de suspense, la literatura es trama, y el lenguaje, casi un mal necesario.

7)

Schenkar, te has vengado. Sacas a Highsmith fea y pequeña, a la sombra de Ripley, que no es más que un personaje de cómic plano y brillante. Highsmith no sonríe. Está fuera de los ambientes y los círculos donde se cocina la cultura del siglo XX, escribiendo novelas que sólo valen lo que vale la historia que narran: mucho en ocasiones, nada en otras. Mira con pánico, como queriendo cerrar los oídos a las voces del pasado, pero escucha a su madre, a sus compañeras de colegio y a sus conocidos estadounidenses de los años cuarenta:
“Aquí jamás podría haber triunfado –dice el fotógrafo Karl Bissinger, que sabía cómo funcionaban las cosas en Nueva York-. Como en Europa era exótica, le dio buen resultado”.
Pablo Chul nació en Valladolid, España, hace treinta y cinco años. Historiador del Arte y la Cinematografía por formación, habla cinco idiomas y ha cursado estudios en Corfú, donde enseñó español y se especializó en cultura clásica y arte bizantino. Vive y escribe en Madrid, donde colabora como asesor free-lance en empresas de tendencias de ocio y turismo. Lleva el blog Como una metáfora
http://hermanocerdo.anarchyweb.org/index.php/2011/03/patricia-highsmith-era-una-nube-negra/


viernes, 7 de enero de 2011

Patricia Highsmith / Biografía definitiva



Patricia Highsmith: Biografía definitiva

Joan Schenkar

Traducción de Clara Ministral. Circe. Barcelona, 2010. 766 páginas, 29 euros
GERMÁN GULLÓN | 07/01/2011 







Este tratamiento biográfico de Patricia Highsmith (Fort Worth, Texas, 1921-Locarno, Suiza, 1995) ofrece una novedad importante: la escritora norteamericana, maestra indiscutible de la novela de crimen, aparece tal y como fue, una mente perversa que creó personajes ponzoñosos. Joan Schenkar no la aprisiona en una biografía convencional, donde la cronología y el sentido común actúan de fronteras o de cárcel, y en que las convenciones convierten al autor en un raro, si bien una persona merecedora de llevar una corona de laurel sobre las sienes. Al contrario, las circunstancias personales reveladas en estas páginas, conocidas por cuantos hayan leído sus novelas, indican que la escritora alimentaba sentimientos divergentes, que revelan un cuadro emocional de estridente visceralidad, escasamente recomendable.

La escritora tejana vivió obsesionada con su madre, Mary Coates, una artista e ilustradora de nota, poseída por el deseo de agradarla, de estar con ella, y manejaba mal su lesbianismo, marcado por las ciento y una aventuras, que casi siempre terminan en la humillación del otro. Un continuo cambio de identidad, presente también en los personajes de sus ficciones, sumado a los vaivénes emocionales, del amor que se convierte en odio, incluso llegando al deseo de estrangular a la pareja, sobrecargaban su sistema nervioso, desquiciando el equilibrio de su conducta. A la vez, una frialdad emocional congénita inspiró numerosos momentos de ficción y dieron vida a personajes que enardecieron la pasión de muchos lectores, despertando el ardor del hombre civilizado por conocer los lados ásperos de la existencia.

La escritura de la biografía supuso una travesía infernal para Joan Schenkar, quizás la mejor autora de teatro norteamericano contemporáneo y una biógrafa consumada (Dolly Wilde, 2000), pues no sólo la perversidad del carácter de Pat Highsmith rallaba sus entrañas, sino también su patente antisemitismo. Disfrutaba mandando cartas contra los judios a los periódicos, firmadas con seudónimo, que ofendían la sensibilidad de la judía Schenkar. Durante los ocho años de investigación para el libro, que contó con el privilegio de leer los archivos suizos de la escritora, realizar las entrevistas con gentes que la conocieron, y la redacción del texto, hubo momentos en que casi abandonó la tarea. El acceso a cuadernos de notas y apuntes autobiográficos que ofrecen una visión directa del espíritu atormentado, difícil, contradictorio, perverso, constituía en verdad una bendición envenenada.

La originalidad con que Schenkar aborda la figura de Highsmith resulta digna de encomio. Orilla la uniformidad impuesta por el universalismo ilustrado, y devuelve al individuo el derecho a ser diferente, incluso cuando le resulta repugnante. Además, rechazó el redactar una biografía cronológica en favor de la presentación de una sucesión de los grandes momentos y temas de la vida de Highsmith, la madre, el alter ego, los estudios sociales, y demás. La principal razón fue el hecho de que la tejana siempre estaba cambiando de papel, de identidad personal, en un momento era de una manera y en el siguiente una emoción trasnochada, del pasado, del ayer lejano, de la infancia o de la juventud, irrumpía en su mente y le cambiaba el humor. Los conocimientos elementales de psicología del lector común apenas llegan a explicar tal conducta, si bien gracias a la pluma rica en matices de Schenkar podemos constatar su existencia.

La lectura permite seguir la vida de Highsmith según las grandes obsesiones que la dominaron. Comienza con su nacimiento en Texas, unos días después de que el padre se divorciará de su madre, la educación en casa de la abuela, el nuevo matrimonio de la madre, que siempre irá unido al odio hacia su padrastro, Stanley Highsmith, porque le robó el amor materno. También sus inicios profesionales contribuyen mucho a la exploración de la personalidad. Los años de estudiante en Nueva York, en la prestigiosa Barnad College, una universidad para mujeres, escenario de infinitas aventuras sexuales, con mujeres y ocasionamente con hombres. Nunca debemos olvidar que el lesbianismo era considerado en EE.UU., igual que en España, un delito e incluso una enfermedad.

Durante este período neoyorquino escribió libros de cómic y cultivó la amistad de otro escritor de conducta divergente, Truman Capote. La fama llegó conExtraños en el tren (1950) y, sobre todo, con la adaptación al cine de la novela hecha al año siguiente por Alfred Hitchcock. Constituyó un rotundo éxito, como luego lo sería La Ripliada, o las cinco novelas protagonizadas por Tom Ripley, que comenzaron la entrega mejor conocida, El talento de Mr. Ripley (1955), llevada a la pantalla por Anthony Minghella en 1999, siendo Matt Damon quien encarnó al viscoso individuo. Los viajes al extranjero, la mudanza a Europa, manifiestan que la inquietud de los personajes de sus novelas proviene de ella misma. Primero emigró a Inglaterra (1963), luego pasó a residir en Francia (1967), para posteriormente mudarse a Suiza (1981), donde murió. Fue una vida solitaria, centrada en un yo incapaz de salir y socializar con otros, donde el sexo y el alcohol protagonizaron muchas jornadas. Se cuenta que en su casa casi nunca había comida, quizás un poco de mantequilla de cacahuete y vodka, mucho vodka, mientras la alcohólica y solitaria figura de la autora volcada sobre la máquina de escribir diseñaba a sus personajes, para lo que le bastaba con espumear el acíbar de su espíritu endemoniado.

Vivió encerrada en sí misma, aprisionada por un carácter imposible, que nadie supo explicar ni menos justificar. El único hilo que se puede encontrar para hilvanar el progreso de su existencia fue el deseo de poner en papel, en sus cuadernos y diarios, en las novelas, el perenne malestar, los cambios de humor, las contradicciones, la capacidad para trasformar los momentos amenos, como el placer de la intimidad sexual, en instantes cuando surge la traición, el mal. La sorpresa es que los deseos confesados en el secreto de sus cuadernos coinciden con los representados por sus personajes en los textos de ficción. Fue una persona que vivió encerrada en su miseria, no por voluntad propia, sino por la incapacidad de actuar de manera diferente. El ayer, sus padres, los recuerdos de la infancia, los supuestos idilios de juventud en vez de aliviar su mente, la reafirman en su desgracia. Parece como si su cerebro fuera habitado por una multitud de voces, que sólo se calmaban cuando la necesidad de escribir la concentraba en una historia, al trasvasar sus frutraciones al papel.

La lectura de las novelas de Patricia Highsmith, que ha fascinado a tantos lectores de los cinco continentes, exige desde ahora ser realizada pensando que las innumerables peculiaridades anímicas deben considerarse autobiográficas. La redacción de una biografía de estas características, según ha declarado la propia Schenkar, será imposible en el futuro, pues faltarán los diarios, ya que cuanto aparece en los blogs, en Internet, se parece más, según ella, a “un baile de máscaras” que a confesiones sinceras. 

Estamos, pues, ante un libro único y una especie literaria, la biografía, a extinguir, que apenas podemos dejar de lado.


EL CULTURAL