Brigitte Bardot encarnó el mito del cine en la Casa Malaparte, una de las obras más icónicas de la arquitectura moderna de Italia
'El Desprecio' ('Le Mépris'), una de las mejores películas de Jean-Luc Godard, es también el escaparate para una joya de la arquitectura, Casa Malaparte. Este es nuestro pequeño homenaje al padre de la Nouvelle Vague.
La increíble historia de Casa Malaparte, la mansión aislada con la que soñó un fascista desencantado
La villa no se abre al público general, pero se alquila para eventos y rodajes. El pasado 10 de junio se convirtió en el escenario del desfile con el que Jacquemus ha celebrado su 15 aniversario
Ianko López
12 de junio de 2024
Sostiene el anecdotario del cine que el productor norteamericano Joseph E. Levine montó en cólera cuando le presentaron un primer montaje de la película El desprecio (1963), que él había financiado. “La mitad del presupuesto se lo ha llevado Brigitte Bardot, ¡y casi no sale desnuda!”, o algo así, parece que le objetó al director, Jean-Luc Godard, que le llamaba King Kong Levine. Como consecuencia, hubo que rodar más escenas con la estrella, incluida una famosa en la que, tumbada boca abajo junto al coprotagonista Michel Piccoli, Bardot mostraba su anatomía (“¿Ves mi trasero en el espejo? ¿Te gustan mis nalgas? Y mis pechos, ¿te gustan?”) mientras la imagen viraba al rojo y al azul. En su estreno comercial, El desprecio quedó bastante lejos de convertirse en el bombazo de taquilla que productores y director esperaban. Así que poco hizo por la película el cuerpo de la actriz. A cambio, la película hizo mucho por uno de sus escenarios, la Casa Malaparte, que se adueñaba de todo el tramo final hasta casi eclipsar una hermosa historia de desamor, cine y mitología. Lo que hasta entonces había sido una exquisitez arquitectónica conocida solo por algunos iniciados se convirtió en un icono apto para su digestión por la cultura de masas. Es decir, en lo que conocemos como una estrella.
Vista aérea de Casa Malaparte.
“Te amo totalmente, tiernamente, trágicamente”. Las palabras que le dirigía Piccoli a Bardot en el filme podría habérselas dedicado a sí mismo Curzio Malaparte (1898-1957), periodista, escritor, militar y diplomático italiano, además de autor oficial y primer propietario de la casa de Capri que lleva su nombre. O, para ser más exactos, su seudónimo: hijo de italiana y alemán, en realidad se llamaba Curt Erich Suckert, pero se rebautizó como guiño a Napoleón Bonaparte, lo que ya ofrece indicios de un espíritu tan socarrón como megalómano. Malaparte tuvo un fuerte temperamento tendente al narcisismo y una vida pintoresca que incluyó un romance con Virginia Bourbon del Monte, la viuda del hijo del fundador de la FIAT, Giovanni Agnelli. El patriarca impidió su matrimonio y procedió a despedirlo de la dirección del diario La Stampa.
En general, Malaparte nunca encontró acomodo allá donde estuvo, como si antes que nada hubiera aspirado a hacer valer su personalidad más grande que la vida. Adherido al fascismo desde muy joven, sin embargo mantuvo una relación algo tensa con las jerarquías del régimen de su país. Uno de sus escritos, Técnica del golpe de Estado, que publicó en París en 1931 (a Italia no llegaría hasta después de la Segunda Guerra Mundial), se interpretó como un ataque a Mussolini y a Hitler, y desencadenó una serie de desencuentros que terminaron con una condena a permanecer recluido en la isla eolia de Lípari, al norte de Sicilia, durante cinco años. De los que solo cumplió de manera estricta unos meses, gracias a sus excelentes relaciones: uno de sus poderosos amigos era el conde Galeazzo Ciano, yerno y ministro de Benito Mussolini (mucho después, Malaparte aseguraría que había cumplido su larga pena, víctima del fascismo). Ciano y su esposa, Edda Mussolini, poseían una casa en otra isla, Capri. Frente a la península de Sorrento, que cierra al sur el idílico golfo de Nápoles, Capri atesoraba una tradición como paraíso terrenal que se remontaba a los tiempos del emperador romano Tiberio, y acogía en sus extensos veraneos una nutrida comunidad de estetas y bon vivants.
Para acceder a la azotea de la casa es necesario ascender por los 32 peldaños que forman la escalera exterior trapezoidal de ladrillo, el elemento más representativo del edificio. En la imagen, una escena de ‘El desprecio’ de Jean-Luc Godard.
Malaparte adquirió un terreno en un lugar apartado de ese cogollo, al este de la isla, en lo alto del acantilado de la Punta Massullo. Y decidió construirse allí una casa que lo representase (“Una casa como yo: estricta, dura, severa”, escribió) y que fuera al mismo tiempo un manifiesto de la arquitectura italiana moderna. Algo que para el resto de los mortales no era viable, ya que muchas modernidades no autorizaba la normativa urbanística capriota. Ningún obstáculo mayor para Malaparte, que, una vez más, recurrió a sus influencias para hacer lo que le vino en gana.
El arquitecto elegido para aquella empresa fue Adalberto Libera, quizá el más canónicamente racionalista del Grupo 7, colectivo milanés que difundió en Italia las premisas del Movimiento moderno de arquitectura. Su diseño proponía líneas depuradas, integración en la naturaleza y uso de piedra local como material constructivo predominante, cosas que a Malaparte en principio le sonaban bien. Pero pronto se manifestaron los choques de egos, y el comitente terminó encargándose él solo del proyecto, que firmó junto a su maestro de obras, Adolfo Amitrano. La construcción se prolongó de 1938 a 1943, bajo la atenta supervisión de Malaparte, que tomaba decisiones sobre cada detalle, mobiliario incluido. El propio diseño fue cambiando a lo largo de ese proceso, en gran parte debido a las dificultades impuestas por el terreno, ya que había que excavar la durísima roca o adaptar el edificio a sus irregularidades. Hasta allí solo se podía llegar desde el mar, o bien caminando un buen trecho, y en ambos casos a través de rampas y escaleras. En un breve artículo de 1940 titulado Ritratto in pietra, Malaparte definió el entorno como “un lugar ciertamente solo apto para los espíritus libres”.
En 'El desprecio', película basada en una novela de Alberto Moravia y rodada en Casa Malaparte, Godard reflejaba la desintegración de una pareja. En una escena, Michel Piccoli llama a Brigitte Bardot y, al no obtener respuesta, sube los escalones, y allí la encuentra, tomando el sol desnuda salvo por un libro abierto sobre su trasero.
Malaparte aborrecía las villas clásicas que abundaban en Capri, con sus pretenciosas columnatas y demás fanfarria historicista. Las referencias que él parecía manejar partían de Villa Jovis, en la misma Capri, donde Tiberio celebraba sus célebres orgías a principios del siglo I, para derivar hacia la obra de Le Corbusier (Villa Savoye) y Frank Lloyd Wright (la Casa en la Cascada). El resultado de todo esto es una mansión geométrica de tres pisos con la fachada pintada de rojo pompeyano que destaca sobre la punta Massullo como un rubí en bruto en su yacimiento –en pocos casos la expresión “joya arquitectónica” puede utilizarse con tanto valor literal–, aunque fue diseñada para que remitiera más bien a un gran barco varado. Por eso el paralelepípedo de piedra y cemento de 54 metros de largo por 10 de ancho desarrolla una planta en forma de embarcación. Las estancias interiores se disponen como modestos camarotes, a excepción del enorme salón del piso superior, dotado de enormes ventanales con listones de madera que parecen marcos de cuadros paisajísticos. El panorama puede contemplarse incluso a través del fuego del hogar, ya que la chimenea tiene su propia abertura acristalada (en su libro La piel, Malaparte afirmaba que la casa en sí no era creación suya, pero añadía una boutade: “Yo he diseñado el paisaje”).
En la misma línea, el solárium de la terraza recuerda a la cubierta de una nave de recreo, impresión que confirma un muro curvo blanco concebido como protección frente al viento, que hace las veces de una vela. Desde allí arriba, las soberbias vistas al mar Tirreno, a los farallones y las costas se presentan de forma continua y en toda su fuerza bruta, en lugar de confinadas en sus marcos como desde el salón. La entrada de la casa es una pequeña puerta lateral, pero para llegar hasta la azotea es necesario ascender por los 32 peldaños que forman la escalera exterior trapezoidal de ladrillo, el elemento más representativo del edificio, para la que al parecer Malaparte se inspiró en la pequeña iglesia de L’Annunziata que veía a diario durante su destierro en Lípari.
Michel Piccoli y Brigitte Bardot en Casa Malaparte en una escena de 'El desprecio' (1963).
Se ha descrito ese recorrido ascensional como el de un sumo sacerdote que caminara hacia el altar donde va a ejecutar un sacrificio. En El desprecio, basada en una novela de Alberto Moravia, Godard reflejaba la desintegración de una pareja y, en una de las mejores escenas rodadas en la casa, era precisamente ese amor el que parecía inmolarse como ofrenda a un dios despiadado. Paul (Michel Piccoli) llama a Camille (Brigitte Bardot) y, al no obtener respuesta, sube los escalones, y allí la encuentra, tomando el sol desnuda salvo por un libro abierto sobre su trasero (la imagen grita “mirada masculina” con un descaro nada inusual en la época), e indiferente a sus súplicas: “¿Por qué ya no me quieres?”, pregunta él, que está dispuesto a renunciar a todo para seguir a su lado. “Así es la vida”, responde ella con tono desabrido. A Godard la novela le parecía un librito sentimental de kiosco de estación, pero conservó muchas de sus situaciones, sus referencias a la historia mitológica de Ulises y Penélope, su tono afligido y su final trágico. Y le añadió la Casa Malaparte como escenario ideal para una hecatombe amorosa.
Dieciocho años más tarde, en 1981, la directora italiana Liliana Cavani adaptó al cine La piel, el libro de Malaparte sobre sus experiencias en Nápoles al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad estaba ocupada por los Aliados y él era oficial del Cuerpo Italiano de Liberación. El papel de Malaparte lo representaba Marcello Mastroianni con su habitual solvencia y carisma. Las escenas escabrosas de la película reproducían con bastante fidelidad las de la novela, que hicieron que fuera incluida en el Índice de libros prohibidos del Vaticano. Pero también había espacio para el solaz visual, gracias a las secuencias ambientadas en la Casa Malaparte, donde se divisaban esos paisajes costeros que aportaban un contraste sublime a las miserias morales de la posguerra italiana.
Tras un último giro de credo político que lo condujo al maoísmo, Curzio Malaparte decidió legar la casa a la República Popular China para convertirla en una residencia de artistas, pero sus herederos consiguieron que esta disposición no llegara a aplicarse. Un sobrino nieto del escritor, Niccolò Rositani, dirigió a finales de los ochenta la costosa restauración de la casa, que sigue en manos privadas y no se abre al público general, aunque sí se alquila para eventos y rodajes. Entre ellos, hace una década, el de un anuncio publicitario del perfume Uomo, de Ermenegildo Zegna, donde la escalinata y el paisaje circundante volvían a acaparar todo el protagonismo. El pasado 10 de junio, el diseñador Jacquemus ha utilizado ese mismo escenario para acoger el desfile con el que ha celebrado el 15 aniversario de su marca, un evento hipermediático al que han asistido celebridades internacionales como Dua Lipa, Gwynteh Paltrow, Laetitia Casta o Manu Ríos.
Para la mayoría, la Casa Malaparte solo puede contemplarse desde el exterior y en la distancia. Los turistas que cada verano llegan a Capri y que contratan la preceptiva excursión que los lleva en barco hasta los Faraglioni y la Grotta Azzurra la señalan admirados. Solitaria en su acantilado, integrada en el entorno natural pero al mismo tiempo distinguible de él por su individualidad obstinada, se ha convertido en lo que su artífice seguramente soñó para sí mismo: una estrella en su género.
Benito Mussolini fue para Malaparte un padre político, un gobernante incómodo y un antagonista despreciado, más o menos en ese orden; el padre padrone al que el hijo adoptivo trata de matar a golpe de pluma para compensar de algún modo las ofensas que de él cree recibir. Así describe la relación entre ambos, y la describe bien, Maurizio Serra en su reciente biografía del de Prato (de la que ya hemos hablado aquí y aquí). Para 1931, año en que Malaparte empieza a escribir las prosas más o menos dispersas que hoy conocemos como Muss, las relaciones entre ambos se precipitaban al abismo: en 1928 se ha confiscado la publicación de Don Camaleón, otra sátira sobre Mussolini que no verá definitivamente la luz hasta 1946; en 1931, se ha publicado el incómodo Técnica del golpe de estado; Curzio está enemistado con el ministro Balbo y desprecia a la cúpula del régimen; en 1933, escribe resentido: «Si tuviera algo sobre mi conciencia, si hubiera robado como todos esos canallas que Mussolini lleva en los escudos, también habría un lugar para mí en Italia»; el 7 de octubre de ese mismo año, Malaparte es arrestado, y el 13 de noviembre, condenado a cinco años de confinamiento.
Leo la última página de La piel de Curzio Malaparte y un agrio caos comienza a descomponer la más o menos tranquila estructura que cada día edifico del mundo que me rodea. A través de un hermoso estilo de herencia proustiana con capitosas adherencias meridionales, casi d’annunzianas, Malaparte revive con una fidelidad de examen clínico, el manso desleimiento de los valores que por treinta siglos han sostenido la vida del hombre occidental sobre la Tierra. Manso pero seguro y precipitado desleimiento.
Una putrefacción de res que muere en el trópico, sorprende la débil materia que envolvía la vieja y robusta carne de Europa.
La vida de Curzio Suckert, conocido por el seudónimo Malaparte con el que firmó sus libros, atraviesa las dos guerras mundiales en las que participó como combatiente, periodista y escritor maldito, siempre "dispuesto a servir a todos los poderes y a servirse a su vez de ellos". Lo afirma el embajador italiano ante la Unesco, Maurizio Serra, que le dedicó a Malaparte una voluminosa biografía con la que obtuvo en 2011 el Premio Goncourt. Para León Trotski, Malaparte fue "un pseudoteórico del fascismo", pero cuando Mussolini aún no era el Duce, dijo: "Será el director ideal de Pravda". Más valorado en Francia que en Italia, combatió en la Primera Guerra contra Alemania, fue fascista en la primera hora y escaló con suerte irregular los peldaños de los favores y castigos de Benito Mussolini; en la Segunda Guerra acompañó como corresponsal de prensa a las tropas nazis que invadieron la Unión Soviética, tras el desembarco de los Aliados declaró su admiración por los norteamericanos y acabó sus días escribiendo loas a la China de Mao Zedong.
Publica El País (Uruguay)
Los enigmas de un maldito
Por Carlos Ma. Domínguez
Las ideologías no pueden explicar a Malaparte ni Malaparte pudo justificarse sin mentir. Cultivó la intriga y el cinismo, la acción directa y la literatura, con un raro talento que le permitió sobrevivir a muchas situaciones peligrosas y escribir uno de los retratos más tremendos de la degradación y la guerra. Su biografía es un poliedro de muchas caras ominosas, pero sus libros despertaron la admiración de grandes públicos y la de escritores como Blas Cendrars, Jean Cocteau, Louis Ferdinand Céline, Henry Miller y Milan Kundera.
Curzio Malaparte
EL FASCIO
Nacido en la ciudad de Prato, Toscana, en 1898, hijo de una lombarda y de un alemán dedicado al comercio de telas, Curzio tuvo cuatro hermanos y una educación pequeño burguesa que rechazó apenas pudo valerse por sí mismo. Declarada la Primera Guerra, a los 16 años se alistó en la Legión Garibaldina para combatir en el frente francés y tres años después obtuvo el grado de subteniente en la frontera de los Alpes, donde los italianos conocieron la demoledora derrota de Caporetto. Luego de la conferencia de paz Malaparte se licenció en el ejército y trabajó en la delegación italiana de Varsovia, donde vislumbró una carrera diplomática que nunca llegó a concretar. Regresó a Roma con la idea de abrirse camino en el periodismo, la literatura y la política, estaba afiliado al partido Republicano, tanteó a las izquierdas y en 1921 publicó su primer libro, ¡Viva Caporetto!, luego editado bajo el título La rebelión de los santos malditos y secuestrado por el gobierno. Curzio amaba la acción, el coraje, todos los desafíos de la destreza física, pero también devoraba la obra de D`Annunzio, los románticos franceses, la literatura decimonónica, y lo que entonces se le reveló con claridad fue que en la masacre de las trincheras había nacido un nuevo odio contra los pacifistas y, sobre todo, contra los generales y responsables de un horror en el que no se habían jugado la vida, vórtice de un conflicto entre los dirigentes y las masas que potenció a los extremos los movimientos de la derecha y la izquierda europeas. Sobre el común desprecio a la burguesía, adelantó en su libro que "será la lucha de dos revoluciones: la italiana, dominada por el sentido del individuo, y la rusa, dominada por el sentido de la colectividad. Fascismo contra bolchevismo. Yo tengo fe en nuestro Cristo italiano, católico, armado de la cruz y la espada. Nuestro Cristo sabe resistir al mal. ¡Vencerá!". No sólo no profesaba el culto católico, su anticlericalismo lo había llevado a negarse a pisar la catedral de Prato, pero era un buen argumento político para alentar el coraje de los fascios. Después de la marcha sobre Roma, en octubre del 22, que llevó a Benito Mussolini a la jefatura de Gobierno, se inscribió en el Fascio de Florencia y desde entonces ganó y perdió posiciones dentro del partido, llevado por una cuota de astucia y otra de impericia en los laberintos del poder. Declaró que por consejo del Duce adoptó el nombre de Malaparte, estimulado por la veneración que le despertaba la figura de Napoleón Bonaparte. "Un escritor fascista debe llevar un nombre italiano, búsquese un seudónimo", le habría dicho Mussolini, cuando nuevas leyes obligaban a italianizarse a los alemanes del Tirol (fue entonces que Italo Svevo abandonó su nombre original, Ettore Schmitz).
En sus diarios de París, escritos en plena posguerra, Curzio Malaparte dejó un testimonio que marcaba el vaivén entre las dos guerras, su pertenencia al militarismo más beligerante de los viejos tiempos y también una alta conciencia de la prudencia del extranjero cuando ya poco y nada le queda por rescatar del presente.
Fernando Bogado RADAR LIBROS
Se suele pensar que el diario de un escritor es el espacio del ensayo de las formas, de la práctica, del material de desecho. El complejo cruce entre escritura y biografía siempre tiene en el diario su expresión más radical y problemática: ¿hasta qué punto debemos entender esto como parte de la obra de un autor? ¿Es realmente este diario, este pedazo de anécdotas y observaciones, digno de colocarse junto a alguna novela o poema que ha transformado al mero escritor en un autor, en un nombre de referencia para el mundo del arte y la cultura? El Diario de un extranjero en París, de Curzio Malaparte (1898-1957), subvierte el lugar común de pensar al diario como territorio de pruebas (un término ameno para este confeso amante de la guerra) para pasar a considerarlo como el más claro ejercicio de despliegue de una forma narrativa que, ya en sus novelas, se revelaba como fuertemente sujeta a la experiencia, al dato, a la anécdota, a lo real que brilla en su (difícil) desnudez.
¿Ficción contra realidad? No estrictamente. En cada una de las entradas de este diario, lo que tenemos es un conjunto de estrategias narrativas propias de lo ficcional transpuestas al tratamiento de la vida. Ya en el prólogo, Malaparte considera que la “conclusión” funciona como un término útil para pensar lo narrativo pero también para pensar la vida, la cual ahora aparece como un relato organizado que sigue la misma clásica secuencia de cualquier cuento: introducción, nudo y desenlace y que sigue también otra supuesta, inconmovible, regla aristotélica: unidad de tiempo, de acción y de lugar. Así, en las páginas del diario podremos encontrarnos con un Malaparte regresando a París en el período que va del 30 de junio de 1947 al 19 de diciembre de 1948, última fecha efectivamente registrada en el montón de papeles organizados para editar un diario que ya se pensaba como una totalidad cerrada, pero que Malaparte no pudo concluir en vida. No se podría entender la inclusión sobre el final de un episodio de 1938 (la fiesta nocturna de los condes Pecci-Blunt) si no hubiese, inicialmente, un sentido de cierre, digamos, de “conclusividad”, algo que busca dar un sentido con esta escena dislocada. Junto con eso, la reconstrucción del prólogo del Diario... y la mención de los proyectos narrativos que iba disponiendo sobre estas “anécdotas” (como la redacción de un posible índice temático) arroja pistas acerca de sus intenciones para con la edición.
Curzio Malaparte
Pero, claro, más allá del proyecto, lo que realmente pesa en el libro es el estilo. Malaparte ataca con su acostumbrada ferocidad un mundo que admira pero que percibe como ajeno, al menos, en un doble sentido. Por un lado, Francia se convierte para el autor en los restos de un pasado que va quedando cada vez más atrás y en donde él siente que ya no tiene lugar. Su última visita al país se había producido en 1933, y diversas circunstancias (como sus numerosas detenciones, la prisión, el exilio interior, la guerra, etc.) lo habían alejado lo suficiente, catorce años, para ser exactos, de su querida París. Por el otro, su compleja condición de italiano en Francia también se percibe como una carta de nacionalidad mucho más exacta que cualquier tipo de visa. El hecho mismo de no pertenecer le permite mirar con una distancia analítica el mundo francés de ese tiempo y, desde su perspectiva, guardar un prudente silencio para no emitir ningún juicio en voz alta. Claro que esto es un momento más de esa frenética construcción artística del personaje “Malaparte”, una suerte de figura de salón que entretiene contando anécdotas sobre la guerra y las trincheras: todo el tiempo afirma esa supuesta prudencia del extranjero en voz alta o en diálogos con algunas personas, quedando algo más que simplemente confesada en el silencio de la escritura íntima. Lo extranjero, en él, es una pose, y al mismo tiempo es más que una pose, planteando esta paradoja en el medio de tanta honestidad, de tanta falta de reservas. Por ejemplo, el 18 de noviembre de 1947 anota: “Para un extranjero, la única condición aceptable en Francia es ser extranjero. Es un arte difícil, el único que permite a un extranjero sentirse como en casa, de algún modo”.
¿A qué París vuelve, entonces, el “extranjero” Malaparte? A una París dominada por el existencialismo y la figura de Sartre, el cual, para él, representa la conciencia pequeñoburguesa que se ha adueñado del ámbito cultural y que quiere “proletarizarse” por simpatía. La imagen de la juventud existencialista de mediados del siglo XX le resulta repugnante y totalmente errada: como Sartre, esos jóvenes fingen ser desalineados y sucios para disfrazarse de lo que no son. Pero claro, tampoco Malaparte puede hallarse entre los proletarios, entre los jóvenes comunistas que, en su mirada, muestran la esperanza de un mundo por venir que tampoco es el suyo, que tampoco es el del que vivió la Primera Guerra Mundial y sus frentes de batalla. En cada línea se percibe que Malaparte se siente a disgusto en un lugar que sólo habita verdaderamente en el recuerdo, haciendo que cada hecho registrado en el diario sea testimonio de esa ambigüedad: es mi mundo, pero no es mi mundo; es Francia, pero no es mi Francia. Extranjero por italiano, pero también anacrónico por ser un hombre formado en la crudeza militarista de la Primera Guerra –que extiende hasta la Segunda–, Malaparte está sin estar.
Autor de obras que han retratado con crudeza la Segunda Guerra Mundial y sus horrores (contemporáneos y posteriores), como Kaputt (1944) y La piel (1949), el diario se ubica cronológicamente entre estas dos obras, permitiendo pensarlo como enlace entre un libro y otro, dueño también de la misma prosa descarnada que, en última instancia, no resuelve oposiciones, sino que se limita a describirlas y a plantear algunas elecciones personales. ¿No es Malaparte un poco eso, digamos, alguien que sigue con la retórica militarista en plena posguerra? ¿Alguien que fue fascista por nacionalista y que, rechazando el fascismo, comenzó a ver con simpatía al comunismo maoísta? ¿Alguien que aborrece Italia pero sigue defendiéndola? Lo que bien podría ser tomado como las acciones de un temperamento cambiante, en última instancia, no es otra cosa que la fuerte presencia de un escritor que encarna de manera perfecta las contradicciones de su tiempo, estrictamente el problema del crepúsculo de una era que, como el sol, ilumina todavía algunas zonas mientras lentamente se sumerge en la oscuridad.
El Diario de un extranjero en París, de Curzio Malaparte, tiene el tono de lo único que le queda a un hombre de la vieja Europa sumido en una era de cambios, víctima de un conjunto de referencias que se pierden en una molesta y ambigua penumbra, o sea, el tono de una despedida.
LA PIEL: LA GRANDEZA DE AQUELLOS QUE PIERDEN LA GUERRA
Reseña de Ángel Silvelo Gabriel
Las guerras ¿se ganan o se pierden?, casi al final del libro, Malaparte lo describe así: “en el mundo no había más que hombres vivos y hombres muertos. Todo lo demás no contaba… es una vergüenza ganar la guerra”. En La piel, la miseria compartida de vencedores y vencidos es sólo uno de los puntos de partida de este magnífico libro, que traspasa con creces las barreras del tiempo y de quién la escribió y su biografía, porque el señor Malaparte pone al servicio de la gran literatura toda la maestría y experiencia como corresponsal de guerra, y nos ofrece un relato en primera persona sobre la devastación no sólo material, sino moral, de una ciudad, de un pueblo y de una raza, la humana, cuando por fin es liberada del yugo de sus opresores. La originalidad de este relato está en el punto de mira del que parte el narrador, que no es otro que el de proporcionar heroicidad y grandeza a aquellos que han perdido la guerra, pues en nada se diferencian de aquellos otros que la han ganado. El derrumbe de la moral al que asistió el mundo con la llegada de los totalitarismos, consiguió que vencedores y vencidos, marchasen de la mano en pos de la única razón existente en el ser humano en ese momento: la salvación de su propia alma. Una huida que llevó a toda una civilización a asistir impertérrita a su debacle, propiciada por la falta de una moral y una ética que rigiese los designios comunes de toda la Humanidad, que inmiscuida en su propia salvación, renuncia a la altivez de unos principios sólidos de convivencia con tal de salvaguardar su alma. Y lo hace sin reparar para ello en la senda escogida, que no es otra que la de la miseria más abyecta del ser humano, y que Malaparte simboliza en la piel que transpira, siente y nos derrota como seres humanos hasta convertirnos en héroes de la mezquindad.