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martes, 21 de enero de 2025

El devenir de Marcel Broodthaers

 


'Patatas fritas' (1966), obra de Marcel Broodthaers.
'Patatas fritas' (1966), obra de Marcel Broodthaers.PETER BUTLER


El devenir de Marcel Broodthaers

El escritor se transmutó en artista a los 40 y trabajó con una fecundidad que queda reflejada en el Reina Sofía: en 10 años hizo de todo, desde escultura a pintura, 'collages' o películas



A los 40 años parece que a cualquiera le ha llegado el momento de asentarse en algo en la vida, en un oficio, en un matrimonio, en una afición. A los 40 años, en 1963, en Bruselas, Marcel Broodthaers era un poeta que en lo único en lo que había podido asentarse era en la relativa oscuridad y en la penuria, o bien en la renuncia a su vocación, que en cualquier caso lo único que le había deparado era un cierto número de ejemplares no vendidos de un libro de poemas, que tendrían esa tristeza de lo innecesario repetido, de lo múltiple inútil. Podía haber vendido los libros al peso, o podía haberlos dejado enmohecer en un sótano. Lo que hizo fue reunir unos cuantos ejemplares y pegarlos en un bloque con yeso, al que había adherido pelotas viejas de plástico y diversos residuos. Decía William Carlos Williams que hace falta un giro mínimo para que una cosa se convierta en otra. Juntando verticalmente sus libros de poemas que nadie compraba ni leía e inmovilizándolos sobre una masa de yeso y una balda de madera, Broodthaerstransformaba de golpe la literatura en escultura, el fracaso en regocijo, la superficie plana y lisa de la escritura tipográfica en la tercera dimensión definitiva del volumen. En una autobiografía telegráfica, escribió: “Nazco en 1924. Me vuelvo artista en 1963”. “Je deviens artiste”, dice exactamente. Y aquí uno echa una vez más de menos que el verbo “devenir” no sea habitual en español, porque expresa lo que hay de tránsito y deriva en la vida.

sábado, 11 de enero de 2025

Antonio Muñoz Molina / La ética de la prosa


El escritor irlandés Colm Tóibín, en Edimburgo en 2017. SIMONE PADOVANI



Ética de la prosa

De siglos de oscurantismo nos ha quedado una propensión a la palabrería irresponsable disfrazada de brillos literarios


Antonio Muñoz Molina

En el último número de la London Review of Books viene un largo ensayo de Colm Tóibín que corta el aliento. Está escrito en una prosa tan sobria como la de un informe, como la de uno de los informes médicos que Tóibín habrá leído a lo largo de los meses de la enfermedad que cuenta el ensayo. Un día, en medio de las tareas habituales de la vida, empezó a notar un dolor, poco más de una molestia, una hinchazón en un testículo. Era una incomodidad tan trivial que Tóibín la atribuyó al principio al roce de las llaves que llevaba en el bolsillo. Al poco tiempo se encontró con un diagnóstico de cáncer, y empezó un largo calvario de esperas angustiadas de análisis, estancias en el hospital, sesiones de quimioterapia. El dolor físico, la debilidad extrema alientan una desolación abismal, agravada sin duda por la soledad, porque Tóibín está en Dublín y su compañero en Los Ángeles. Con una lucidez que en ningún momento deriva hacia la autocompasión o el sentimentalismo, el enfermo da cuenta de sus síntomas y de los efectos devastadores de la medicación. Yo leía y me acordaba de una canción tenebrosa de Lou Reed en Magic and Loss, un disco tardío dedicado a la enfermedad y la muerte de un amigo: “To cure you they must kill you”. Para curarse o al menos para no perder toda esperanza, Tóibín ha de someterse a un tormento que ya es en sí mismo una completa agonía de inhumana duración, al dolor crudo que no parece posible seguir sufriendo un solo minuto más y a las diversas humillaciones que vuelven más amarga la enfermedad aunque no la hagan más grave, la pérdida del pelo, la del sentido del gusto, que vuelve de repente desagradable y ajeno cualquier alimento.