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sábado, 9 de mayo de 2026

Georges Bernanos / Un escritor en guerra contra las guerrillas de hoy

 

Georges Bernanos, durante una conferencia en La Sorbona en 1948.
Georges Bernanos, durante una conferencia en La Sorbona en 1948.

Georges Bernanos: un escritor en guerra contra las guerrillas de hoy

‘Los grandes cementerios bajo la luna’ es un ejemplo extremo de coraje y humanismo que demuestra que la decencia moral no es patrimonio de ninguna ideología


Sergio del Molino
13 de febrero de 2024

Vivimos tan sobreactuados por la tragedia de la actualidad que hemos devaluado el concepto de acontecimiento. Cuando cada noticia es decisiva, cada declaración política, atronadora y cada Madrid-Barcelona, el partido del siglo, el grano no asoma entre la paja. Cuesta reconocer los acontecimientos cuando se presentan. Esta semana, por ejemplo, ha sucedido algo importante de lo que casi nadie va a enterarse: la editorial riojana Pepitas de Calabaza publica Los grandes cementerios bajo la luna, de Georges Bernanos.

viernes, 25 de abril de 2025

Roth, Austen, Kafka: pequeños libritos para comenzar con los grandes autores


Franz Kafka, Joseph Roth y Jane Austen.


Roth, Austen, Kafka: pequeños libritos para comenzar con los grandes autores

La editorial Alianza lanza una colección de ensayos muy personales en los que escritores del presente exponen su relación con los clásicos. En la primera tanda, Sergio del Molino (que dirige el proyecto), Espido Freire y Manuel Vilas

miércoles, 15 de enero de 2025

Una guerra civil con otra guerra se quita






Una guerra civil con otra guerra se quita

La ficción de la tele fantasea hace años con que las costuras de Estados Unidos saltan. En ella, la guerra civil del siglo XIX está oculta. Pueden verse sus efectos, pero no la guerra, como si el viento se la hubiese llevado. Hasta ahora



Sergio del Molino
SERGIO DEL MOLINO
30 MAR 2024 - 22:15 COT


Sostienen algunos que Estados Unidos aún no ha superado su guerra civil, aunque hay quienes presienten una pronta superación del trauma por la vía de la mancha de mora, que con otra se quita: un coro de augures ve cierta la posibilidad de una nueva guerra, y la veía antes de que Trump hablase de baños de sangre.

martes, 29 de octubre de 2024

De Einstein, Freud o Kafka a Spielberg o Phillip Roth: el influjo de la cultura judía en el mundo

 



Portada del libro 'Genio y ansiedad. Cómo los judíos cambiaron el mundo, (1847-1947), de Norman Lebrecht.
Portada del libro 'Genio y ansiedad. Cómo los judíos cambiaron el mundo, (1847-1947), de Norman Lebrecht.ALIANZA EDITORI

De Einstein, Freud o Kafka a Spielberg o Phillip Roth: el influjo de la cultura judía en el mundo

El ensayo ‘Genio y ansiedad: cómo los judíos cambiaron el mundo (1847-1947)’ plantea la preeminencia de esta comunidad en Occidente

jueves, 27 de junio de 2024

Una oración por Larry David

 

Larry David
Larry David, en 'Curb Your Enthusiasm'.HBO

Una oración por Larry David

Con la jubilación de David no perdemos solo un puñado de risotadas, sino un estilo, una actitud, una manera de ser


Sergio del Molino
4 de mayo de 2024

Cuenta una leyenda tal vez cierta que Sinatra tuvo un infarto la noche en que se emitía el final de Seinfeld. La ambulancia llegó presta, en muy pocos minutos, y le trasladó al hospital en un santiamén: no había tráfico porque todo el mundo estaba en casa viendo Seinfeld. La audiencia de aquel episodio fue de 76 millones de espectadores. No hay una serie actual que llegue ni de lejos a esas cifras. Sinatra murió, como murió Seinfeld, el 14 de mayo de 1998. Al siglo XX le quedaban unos redobles, pero esa noche podían darlo ya por amortizado. Al menos, para la cultura popular norteamericana.

martes, 4 de mayo de 2021

Fran Lebowitz / De lo peor a lo mejor de Estados Unidos

 

Fran Lebowitz


De lo peor a lo mejor de Estados Unidos

Oír hablar a Fran Lebowitz es un bálsamo contra las turbas, un chorreo de inteligencia y humor que condensa lo más refinado y maravilloso de la cultura norteamericana


SERGIO DEL MOLINO
11 de enero de 2021

Cuando Joe Biden salió a hacer historia, mientras el de los cuernos aún mugía por los salones del Capitolio, articuló su discurso sobre la idea de la “real America”. Esa turba no representaba al país, dijo, muy digno y presidencial. Las caras de los reporteros y analistas de la CNN, incluso tapadas por las mascarillas, eran menos dignas y no disimulaban la rabia y cierta vergüenza. “El mundo entero lo está viendo”, repetían, horrorizados.

domingo, 7 de julio de 2019

Chernóbyl / Cómo narrar lo que no se puede narrar

Chernóbyl: cómo narrar lo que no se puede narrar

¿Cómo interpretan las víctimas de Chernóbil su experiencia si no hay mito, episodio histórico o novela que se le parezca?

Sergio del Molino
6 de junio de 2019

Estoy tan obsesionado con Chernobyl que acabo de ver una foto de una ciudad en tono sepia con una niebla marronácea cubriendo los edificios y he pensado que era un fotograma de la serie. Qué va: era una perspectiva de Madrid y su boina un día de mucha contaminación. Por lo que percibo, esto le pasa a más gente, y las razones de esa fascinación no están tanto en la calidad (soberbia e inapelable) de la serie, sino en la propia catástrofe.


Lo explica Svetlana Alexiévich en su Voces de Chernóbil (una de las obras en las que Craig Mazin se ha basado para escribir la ficción de HBO): la explosión nuclear desafía nuestra capacidad de narrar. Alexiévich tardó una década en decidirse a escribir la primera versión de su obra porque no quería regurgitar otro libro sobre Chernóbil. De esos había muchos y era relativamente fácil hacerlos: recopilar información, construir una cronología y ordenar lo que se sabe en un relato. Nada que cualquier periodista con oficio no supiera hacer.

miércoles, 12 de junio de 2019

Chernóbil / Una película de terror


Fotograma de 'Chernóbil'


‘Chernóbil’: una película de terror

HBO ha vendido como documental esta ficción basada en hechos reales porque si dijeran que es lo segundo sentirían que banalizan el sufrimiento y la dimensión de la catástrofe narrada


SERGIO DEL MOLINO
19 de mayo de 2019

Hasta hace pocos años, el documental era un género ínfimo que se usaba como narcótico a la hora de la siesta o para rellenar las franjas más ingratas de la programación. El prestigio y el público que ha ganado en los últimos tiempos no solo ha cambiado esa percepción bostezante, sino que ha llevado a clasificar como documentales cosas que, a todas luces, no lo son. Es el castigo del prestigio: cuando una etiqueta mola, colgársela a cualquier producto lo sube de caché, como bien saben los productores de embutidos que imprimen el adjetivo ibérico en sus chorizos y jamones.

domingo, 13 de enero de 2019

Sergio del Molino / La columna que Claudio López Lamadrid rechazaría


Claudio López Lamadrid

La columna que Claudio López Lamadrid rechazaría

Para el mundo era una fiera, pero yo le recuerdo tímido y frágil. Un niño que jamás perdió la mirada franca y apasionada por la literatura


Sergio del Molino
12 de enero de 2019

Sé que Claudio López Lamadrid rechazaría este texto. Por sentimental, por idiota y porque no habla de televisión por ningún lado. Me lo devolvería tachado en rojo y me diría: haz lo que quieras, pero esto no funciona. Solo me quedaría el recurso de halagar su vanidad, como hacía António Lobo Antunes cuando le mencionaba en sus libros de crónicas. Lo siento, pero Claudio ha muerto, y no sé ni quiero escribir de nada que no sea Claudio.

sábado, 22 de abril de 2017

Antonio Muñoz Molina / En la España sin nadie


En la España sin nadie

'La España vacía' es un ensayo histórico y un relato de viajes en el que Sergio del Molino declara su amor a lo real de su vida


ANTONIO MUÑOZ MOLINA
22 de abril de 2016

Hay comarcas en España que tienen una densidad de población inferior a las más deshabitadas de Laponia o del norte de Finlandia, ya en las soledades del Círculo Polar Ártico. Más de un siglo ya de divagadores palabreros especulando sobre el ser de España, sobre su existencia primigenia o su inexistencia absoluta, aunque también opresora, o sobre la distancia secular que nos separa de Europa, y nadie ha parecido fijarse en su hecho diferencial más cierto, en su definitiva seña de identidad —por seguir usando el dialecto de la época—: lo que distingue a España, ahora igual que en el siglo XVI, la diferencia con respecto a Europa que atormentaba a los fantasmones del 98, es una cosa muy simple, que se explica con cifras y no con palabras: España es un país en gran parte deshabitado. Lo observaron los viajeros románticos del XIX, pero ya lo habían advertido mucho antes los emisarios extranjeros del XVI. En Europa, ya entonces, el campo estaba punteado de pueblos y campos fértiles, de caminos transitados, de bulla comercial. España, salvo unos cuantos núcleos situados sobre todo en la periferia, sorprendía a quien la visitaba por sus espacios enormes, sus serranías en las que abundaban los animales salvajes y los bandidos. España parece menos inmensa y vacía por un malentendido cartográfico: cuanto más al norte están los países, más los agranda la proyección de Mercator, al proyectar en un plano bidimensional la esfera terrestre. España es el país menos poblado de toda Europa, incluyendo la Europa del norte glacial. También es el país en el que más bruscamente se pasa de la superpoblación a la nada, de las periferias comerciales y residenciales de las metrópolis al puro desierto.





'La España vacía' es un ensayo histórico y un relato de viajes en el que Sergio del Molino declara su amor a lo real de su vida

Yo casi no había pensado en nada de esto, y menos aún en las irregularidades de la cartografía, antes de leer un libro extraordinario de Sergio del Molino, La España vacía, uno de esos libros que llegan a ser algo muy original por el camino de ser varias cosas muy distintas al mismo tiempo. Es un ensayo histórico, pero también es un relato de viajes, unos cuantos de ellos en el espacio y otros en el tiempo, viajes reales en coche por las carreteras del país y viajes por los libros y por las películas, y a la vez es una confesión personal, el testimonio de alguien que mira su país desde la perspectiva exacta de su generación y de su tiempo. Del Molino escribe novelas y ha escrito mucho en los periódicos, sobre todo crónicas sobre el interior del país, y en La España vacía se nota mucho su doble entrenamiento, la afición por inventar relatos y hacer examen de conciencia mediante la escritura —el ensimismamiento inevitable de la literatura—, y también la de ir por ahí con los ojos y los oídos muy atentos para observar la pura variedad objetiva del mundo. Del Molino usa la primera persona del singular de una manera que no es muy habitual en español, y menos todavía en España: no para hacer un personaje de sí mismo, ni para dar doctrina, ni para ejercer una halagadora impostura, sino para contar lo que es, lo que hace, lo que le gusta, lo que se le pasa por la cabeza, lo que le provoca sarcasmo o ternura, el tono de su vida, su amor por su familia y por su oficio.
Hace unos años, buscando el tono para un ensayo extenso que quería escribir, volví a leer con cuidado Una habitación propia, de Virginia Woolf. Los libros mejores siempre sorprenden. Lo que me atrajo más de ese ensayo, y lo que yo no recordaba de anteriores lecturas, era su condición de escritura en movimiento. El hilo del libro no es una argumentación, sino una caminata que desemboca en otras y se enreda con ellas. Como Mrs. Dalloway en Londres, Virginia Woolf está siempre yendo de un lado a otro, paseando por la orilla de un río o pisando un césped universitario al que no tiene derecho en razón de su sexo. El ritmo de las frases es el de los pasos. Las divagaciones del pensamiento y de la escritura son tan inesperadas como las de la caminata.





En el corazón del libro, entre tantos viajes, hay una confesión: el escritor elige quedarse, y agradece el azar que facilitó ese destino sedentario

Sergio del Molino ha escrito también un ensayo en movimiento, un no parar de conductor vocacional que empieza recorriendo los paisajes verdes de Gales y continúa por las carreteras de los secanos de la España vacía, que no dejan nada que envidiar por su amplitud y su desolación a las de esas autopistas del interior de Estados Unidos. Del Molino ha estado en las Hurdes, en los Monegros, en las soledades del Moncayo, en los pueblos terribles de los crímenes españoles, en Puerto Hurraco y en Fago. En sus viajes ha seguido los pasos de otros viajeros a lo largo de siglos, y ha conversado y discutido con ellos mientras los leía, pero nunca pierde de vista la realidad cercana, ni su propia reacción a los lugares y a las personas que encuentra. Es tan irreverente con las vacas sagradas del esencialismo hispano como respetuoso con las personas comunes a las que se encuentra, y con los escritores y los activistas que pusieron la atención y las ganas de mejorar las cosas por encima de los prejuicios y los apostolados. Está mucho más cerca de Antonio Machado que de Azorín o Unamuno. El eje de su libro es lo que él llama el Gran Trauma, la migración tremenda que en muy pocos años dejó vacíos pueblos y campos para multiplicar la población de las grandes ciudades. Hijos de campesinos nacidos en barriadas de aluvión afirmaban una identidad desafiadora dejándose el pelo muy largo y abandonándose al éxtasis de los guitarreos del heavy metal. En la conciencia de los españoles que en los años ochenta abrazaban a toda prisa la modernidad había una sombra casi siempre inconfesada que era la de un origen en la España vacía, un pasado escindido entre la abjuración y la nostalgia, entre la arrogancia de una mundanidad demasiado reciente para ser sólida y la perduración de lealtades íntimas alimentadas por un sentimiento de culpa. Del Molino, que nació en 1979, no conoció la ansiedad de muchos hijos y nietos del campo que nos hacíamos adultos por aquellas fechas, sobre todo si albergábamos aspiraciones literarias. Nos asustaba que algún desdeñoso mandarín de lo que abundaban tanto entonces —y ahora— pudiera acusarnos de costumbristas y rurales. En los ochenta nos esforzábamos en escribir novelas ambientadas en capitales extranjeras que habíamos visitado durante unos días en algún viaje colectivo organizado por el Ministerio de Cultura.
En el corazón del libro, entre tantos viajes, hay una confesión: el escritor elige quedarse, y agradece el azar que facilitó ese destino sedentario. No todo van a ser desarraigos literarios y huidas de road movie. Con toda naturalidad, con una libertad de espíritu que es el privilegio de su generación, Sergio del Molino hace una pudorosa declaración de amor a lo real de su vida —su casa, su mujer, sus hijos— que se parece mucho al amor sereno y crítico de su mirada sobre el país. Cuando yo era joven, mostrar sentimientos en lo que uno escribía era tan imperdonable como retratar campesinos, a no ser que fueran campesinos faulknerizados por Juan Benet.
Todavía tengo mucho que aprender de este libro.

viernes, 10 de marzo de 2017

La literatura de la España vacía

SERGIO DEL MOLINO



La literatura de la España vacía

Una generación de escritores jóvenes da visibilidad a la hemorragia demográfica del interior peninsular. El autor de 'La lluvia amarilla' reflexiona sobre un fenómeno silenciado


JULIO LLAMAZARES
10 MAR 2017 - 17:52 COT

Durante muchos años, la despoblación de la España interior a nadie le importó, como tampoco a nadie le importó durante décadas el paradero de los desaparecidos de la Guerra Civil, salvedad hecha de sus familiares y algunos, pocos, historiadores. La concentración del poder y de la información en las grandes ciudades, Barcelona y Madrid fundamentalmente, junto con el deseo de una sociedad de olvidar un pasado duro hicieron en ambos casos que tanto el desmoronamiento de la España rural como las cicatrices de la guerra y la posguerra desaparecieran de la actualidad y del interés general de los españoles solapadas por la sagrada Transición y por la posmodernidad cultural y social en sus múltiples versiones, de la movida a la subcultura de la corrupción de hoy, pasando por la del pelotazo económico y por el pensamiento débil que propició la burbuja de los noventa y de los primeros años del nuevo milenio.

Como siempre, tuvieron que ser las nuevas generaciones las que se interesaran por unos fenómenos que mientras se producían pasaron inadvertidos, olvidados por unos y voluntariamente ocultos por otros, acostumbrados a avergonzarse de su naturaleza en un país que todavía considera paletos a los de pueblo y a cualquier manifestación provincial o rural de segunda categoría. Que en la crítica literaria y cinematográfica se descalifique aún por rural una obra (como si las novelas o las películas fueran peores por suceder en un pueblo en vez de en una ciudad) o que nuestros políticos hayan impuesto el uso de una palabra (algunos incluso hasta en el nombre de su partido): ciudadanos, para referirse a todos los españoles, olvidando que, pese al doble significado del término —habitante de la ciudad y súbdito con derechos— deja fuera a un tercio al menos de aquellos, los que continúan viviendo en el campo, que no se sienten aludidos, indica hasta qué punto España sigue arrastrando grandes complejos históricos no sólo respecto de otros países sino de cara a sí misma. Así, no es de extrañar que tuvieran que venir los medios de comunicación extranjeros a interesarse por las excavaciones de las fosas comunes de la Guerra Civil para que los de aquí comenzaran a prestarles atención, o que de un tiempo para acá agencias inmobiliarias de Francia o Rusia ofrezcan pueblos enteros abandonados de nuestra geografía para que los españoles, los habitantes de las ciudades especialmente, se hayan enterado de un problema que desde hace ya mucho tiempo está royendo el tuétano del país y condenando gran parte de éste a la desaparición. Como escribió Manuel Vicent ya hace años en su columna en este periódico para manifestar la impresión que le producía viajar de Denia a Madrid cruzando parte de la meseta, después de décadas de emigración del campo hacia la ciudad y de las regiones del interior hacia el litoral, la península Ibérica se ha convertido en una campana con un gran vacío en su interior y un badajo (Madrid) en el centro que marca las horas.





La explicación todos la sabemos ya. A partir de los años sesenta del pasado siglo, cuando en España empezó el éxodo masivo del campo hacia las ciudades, las regiones del interior han sufrido una hemorragia demográfica de tal calibre y profundidad que no sólo ha diezmado provincias enteras, sino que ha condenado a la desaparición a miles de pueblos, convertidos en ruinas fantasmales al modo de la Comala de Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo, o de la Celama de Luis Mateo Díez. Se calcula que en nuestro país son ya más de 3.000 los pueblos abandonados del todo y que en los próximos años otros tantos lo estarán también. Nuestro particular modelo de desarrollo —­el famoso desarrollismo franquista—, que primó la industrialización de tres o cuatro regiones (Madrid, Cataluña y el País Vasco principalmente) en perjuicio de las demás, unido al boom del turismo, sobre todo en el arco mediterráneo y en las islas, ha llevado a que millones de personas abandonaran las zonas rurales del interior del país (Aragón, las dos Castillas, el antiguo reino de León, las sierras de La Rioja y de Extremadura, las comarcas interiores de Galicia y de Andalucía) para trasladarse a aquéllas, dejando detrás de sí comarcas y hasta provincias enteras abandonadas a su suerte. Los datos hablan por sí solos: en el último medio siglo, más de un tercio de los españoles se ha desplazado del campo a la ciudad y, a la vez, la mitad de ellos lo han hecho hacia la periferia.
Curiosamente, no obstante, el fenómeno de la despoblación —y del envejecimiento de la España rural como consecuencia de ésta, pues la emigración la han protagonizado sobre todo los más jóvenes— sólo les interesó hasta hace poco a los afectados directamente por él, tanto los que se fueron como los que se quedaron en sus lugares de origen, y a cuatro o cinco románticos para los que el espectáculo de las aldeas abandonadas constituía toda una metáfora de la vida y, a la vez, de la deriva de un país, el nuestro, que se avergonzaba de su pasado y su historia a medida que se modernizaba, como sucede con los nuevos ricos.




Son ya más de 3.000 los pueblos abandonados y en los próximos años otros tantos lo estarán también

Que un fenómeno de la profundidad social y las consecuencias del desmoronamiento de la España rural y agraria apenas haya tenido reflejo en la literatura y en la filmografía españoles —salvo Miguel Delibes (El disputado voto del señor Cayo) y Avelino Hernández (Donde la vieja Castilla se acaba) entre los escritores en castellano y Maria Barbal (Pedra de tartera) o Jesús Moncada (Camí de sirga) entre los catalanes, y la soriana Mercedes Álvarez con su preciosa película documental El cielo gira e indirectamente Iciar Bollain con Flores de otro mundoentre los cineastas, nadie se ha ocupado de él— indica hasta qué punto el fenómeno ha sido invisible para los españoles durante décadas. Solamente algunos libros locales, muchos de ellos de carácter ensayístico, como Las otras lluvias amarillas, relación de los pueblos abandonados del Alto Aragón de José Luis Acín (hay un blog, Pueblos deshabitados, de Faustino Calderón, dedicado a los de todo el país accesible en Internet), o los relatos de viajes por la meseta del segoviano Ignacio Sanz o de los leoneses Ramón Carnicer y Jesús Torbado, suplieron durante años ese vacío sin que su repercusión traspasara apenas los círcu­los más favorables a la temática. Como tampoco la traspasaron los trabajos fotográficos de todos esos fotógrafos que, de manera exhaustiva o circunstancial (Cristóbal Hara, José Manuel Navia, César Sanz, Encarna Mozas…), la han dedicado parte de sus esfuerzos profesionales o aficionados. El empeño de unos y otros caía casi siempre en tierra infértil, endurecida por la indiferencia de una sociedad ocupada únicamente en su prosperidad económica o, más tarde, en sortear la crisis a la que el cuento de la lechera y su propia ambición la condenaron.
De repente, sin embargo, la aparición de una serie de libros de autores jóvenes, algunos todavía en la treintena, y sobre todo, y como sucediera con el fenómeno de la exhumación de las fosas comunes de la guerra, la acuñación espontánea de un nombre que se ha convertido en definición del fenómeno: el de la memoria histórica en el caso de las fosas del franquismo y el de la España vacía en el de la despoblación de la España rural, algo fundamental en estos tiempos de publicidad y marketing, han hecho que el problema adquiera no sólo visibilidad, que se dice ahora, sino que todo el mundo hable últimamente de él, desde el Gobierno hasta el último “ciudadano”. Que la despoblación de la España rural es ya un problema de Estado se ha dicho recientemente en la cumbre en Madrid de presidentes autonómicos, y hasta se ha nombrado a un comisionado del Gobierno para intentar tratar el problema.




La expresión ‘España vacía’, título del libro de Sergio del Molino, ha definido espontáneamente el fenómeno

Sirvan para algo o no, se llegue ya demasiado tarde o no a poner remedio a una enfermedad que se ha extendido más de la cuenta sin que nadie haya movido un dedo por atajarla, sean sinceras o no las manifestaciones de los distintos agentes políticos y sociales sobre la cuestión, lo cierto es que ese interés repentino de los españoles por el vaciamiento de parte de su geografía se debe no a los políticos, ni mucho menos a la prensa, ocupada casi exclusivamente en la política y, dentro de ésta, a la de las comunidades autónomas más poderosas y a la de las ciudades en las que viven los periodistas y los políticos, sino a escritores como Alejandro López Andrada (El viento derruido), Emilio Gancedo (Palabras mayores), Jesús Carrasco (Intemperie),Paco Cerdà (Los últimos. Voces de la Laponia española), Fermín Herrero (Tempero, Tierras altas) y, sobre todo, el autor que ha dado nombre al fenómeno y cuyo ensayo/viaje/narración, que va ya por una docena de ediciones (algo común a los de los otros, lo que indica el interés que hay en él), constituye posiblemente el libro más importante, siquiera sea por necesario, que se ha publicado desde hace tiempo en este país: Sergio del Molino y La España vacía.

viernes, 14 de octubre de 2016

¿Merece Bob Dylan el Nobel de Literatura?


Bob Dylan

¿Merece Bob Dylan el Nobel de Literatura?

El galardón abre un debate, muy intenso en las redes sociales, sobre la coherencia de dar el premio más importante de las letras a un cantante


SERGIO DEL MOLINO
14 OCT 2016 - 02:39 COT

Ver fotogaleríaEl cantante y poeta Bob Dylan durante una presentación en Barcelona. IGNACIO ITARTE


“A fin de cuentas, muchos escritores llevaban décadas ponderando los méritos literarios de Bob Dylan y, cuando obtuvo el premio, lo celebraron extasiados. La fenomenal polémica que se desarrolló en los medios de comunicación duró semanas y, al cabo, se dio por buena la tesis de que todo era literatura”. Esta cita se publicó en 2014, en la novela Alabanza, de Alberto Olmos, y circuló ayer entre los mentideros digitales literarios. En ese libro, Olmos narraba el supuesto fin de la literatura, un apocalipsis que empezaba con la concesión del Nobel a Dylan. Ayer hubo muchos dispuestos a proclamarle profeta. O, cuando menos, una Casandra.
“No sé qué pensarán los entendidos. Pero si hay que dar el Nobel de Literatura a un cantante, más justo hubiera sido a Leonard Cohen”. “Javier Marías mirando de reojo a Perales”. “Ya no hay motivos para que no le den el Grammy a un escritor”. “Un gesto populista”. “Dos Dylan en la historia de la literatura. Uno de ellos tiene un premio Nobel”. Y etcétera, etcétera. Todos los entrecomillados son frases leídas en Facebook ayer por la tarde, una de las más entretenidas de discusión literaria que se recuerdan en las redes sociales. También hubo celebraciones y alegrías, pero eso entraba dentro de lo esperable. Más sorprendente (o no) fue la respuesta descreída, huraña, guasona o abiertamente hostil hacia el fallo de la Academia Sueca por parte de algunos escritores, críticos y lectores en general.
Hay pocos ganadores del Nobel cuya condición de escritor esté tan abiertamente cuestionada. El caso más sonado fue el de Winston Churchill (1953), al que podría añadirse el de Bertrand Russell (1950). A Dylan se le imputaba falta de méritos literarios. Hubo quien cuestionó incluso el valor poético de sus versos, pero el reproche más reiterado fue que no es lo que se dice un escritor. A diferencia de otros años (2015, sin ir más lejos), todo el mundo conocía al premiado, y si los chistes en otras ocasiones jugaban con la irrelevancia pública del autor, aquí la burla venía de su popularidad. O se pasan o no llegan.
En el fondo asoma un temor, más o menos explícito, de que la literatura haya dejado de ser un patrimonio exclusivo de escritores, tal y como hemos conocido esa figura hasta hoy. El año pasado, una periodista. Este, un cantante. ¿Se rompe un monopolio o es que la literatura se está escapando a otros cauces donde los autores de toda la vida ya no tienen autoridad?


viernes, 26 de diciembre de 2014

Dos visiones / Se impone una literatura basada en hechos reales

Karl Ove Knausgård
DOS VISIONES

¿Se impone una literatura 

basada en hechos reales?

El dilema: ¿buscan los escritores una sensación de verdad en sus ficciones o son ingenuos exhibicionistas?



    James Earl Ray, el protagonista de la última novela de Antonio Muñoz Molina, asesino de Martin Luther King con chaleco antibalas. / AP

    No es pura coincidencia

    Por Sergio del Molino

    Pocos se han dado cuenta de la ironía que hay en los libros de Karl Ove Knausgård, el escritor noruego que ha vuelto loco a medio mundo literario con su ciclo de novelas autobiográficas. En ellas, es detallista hasta el hartazgo. Si narra una comida con amigos, se detiene en cada bocado, en la cantidad de carne que pincha con el tenedor, en la forma en que llega a la boca y en cómo la mastica. Sin embargo, en el segundo tomo, Un hombre enamorado, asegura que es muy olvidadizo y despistado, incapaz de recordar un nombre o de retener una anécdota. ¿Cómo alguien así puede narrar su vida de una forma tan exasperadamente notarial? O miente al narrar su vida o miente al retratarse como un despistado. Es un juego literario, una advertencia para quien sabe leerla: esto, lectores, es literatura, no lo olviden. Las categorías de realidad y ficción son demasiado simples para explicar nada. Todo recuerdo es una ficción que utiliza recursos narrativos. Es imposible narrar sin fabular, exagerar, omitir o mentir, aunque sea inconscientemente. ¿Por qué algunos escritores renunciamos al aviso legal de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia? Cada cual tendrá sus respuestas. Para mí, las convenciones de la ficción funcionan a veces como la cuarta pared del teatro: alejan al lector al subrayarle que está leyendo algo fabulado, un mundo que no tiene sentido fuera del libro. Escribir al desnudo, con nombres y lugares reconocibles, implica un compromiso ineludible con lo que se escribe. Autor y lector se encuentran de frente, casi piel contra piel. Hay mentiras, omisiones e hipérboles, pero hay también una sensación de verdad muy poderosa que surge del encuentro con una voz diáfana. Quizá sea eso lo que buscamos al meter tanta realidad en nuestras ficciones. O quizá solo seamos unos ingenuos exhibicionistas.

    La invención pura

    Por Juan Jacinto Muñoz Rengel

    El ser humano es un animal ficcional, que necesita de las hipótesis, la imaginación y los mecanismos narrativos para construir su precaria representación del mundo. Desde este punto de vista es imposible separar realidad y ficción, todo es real, en algún grado, y todo es imaginario, por cuanto que forma parte de la telaraña alucinada que llevamos siglos urdiendo. Sin embargo, según las dosis y el modo de combinar los ingredientes, la literatura ha encontrado al menos dos formas de aproximación al mundo. No es lo mismo contar como Edgar Allan Poe que a la manera de Chéjov. Los cuentistas lo tuvieron claro desde el principio y, como si se tratara de dos grandes escuelas enfrentadas, las dos estelas siguieron separándose: en el lado más fabulador quedaron los Borges y los Cortázar, y en el otro, los Hemingway y los Carver. De alguna manera, los dos planteamientos cuestionan hasta dónde puede soportar el lector el sesgo de la imaginación, la irrupción de lo fantástico; lo que, probablemente, nos llevará a pensar en dos tipos de lectores. Pero siempre estará más allá de la duda que entre los escritores del primer grupo figuran nombres irrefutables, que han demostrado que se puede decir mucho de la realidad y de nosotros mismos desde la invención más pura. ¿De qué nos hablan las Crónicas marcianas de Bradbury, Solaris de Stanislaw Lem, Matadero cinco de Vonnegut o Las ciudades invisibles de Calvino, sino de la soledad, los deseos, el subconsciente y las relaciones humanas? En el fondo, todo se reduce a una cuestión de verosimilitud. La verdadera pregunta que subyace bajo este problema es: ¿cuánto necesitamos las técnicas de la verosimilitud? Si estos meros recursos fuesen ciertamente tan necesarios, la mitad de la literatura universal quedaría invalidada. Y quizá la mitad de nuestro mundo.