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martes, 17 de abril de 2018

Joy Laville / Una maravillosa mujer inglesa

Joy Laville y Jorge F. Hernández
Foto de BRENDA RAZO
Joy Laville
BIOGRAFÍA

UNA MARAVILLOSA MUJER INGLESA

Helene Joy Laville nació en Inglaterra y se volvió mexicana en el instante en que decidió que su vida sería proyectada en pinturas de acrílico o acuarelas de ensueño


Jorge F. Hernández
13 de abril de 2018

Durante muchos martes que se fueron haciendo años se me concedió enamorarme de una maravillosa mujer inglesa. Ella pintaba y evocaba conciertos de Haydn donde se atrevió a tocar el chelo y me contaba historias de Jorge, el escritor al que debe aspirar todo aquel que escriba como quien narra y narra como quien cuenta y cuenta como pinta la vida misma, sin más chiste que el humor inteligente y la chispa del sarcasmo y la ironía que embonaban perfectamente con esa mujer inglesa que se llamaba Helene Joy Laville y que hoy me deja bañado en lágrimas bajo un cielo azul pastel donde todos los colores parecen tenues y tiernos. H. Joy Laville nació en Inglaterra en 1923 y se volvió mexicana en el instante en que decidió que su vida sería proyectada en pinturas de acrílico o acuarelas de ensueño como retratos de una mujer al filo de una ventana siempre abierta, sentada en silencio o recostada sobre los instantes entrañables de la más íntima y callada serenidad.
Joy Laville
Girl Standing Wearing a Green Dress
2008

En algún martes que se alargaba sin tiempo por la confianza y porque nos dio por la tristeza— Joy se puso a hablar de cuando se fue Jorge, del avión que tomó en París y que no llegó a Madrid, ni a Bogotá donde lo esperaban otros muchos escritores. Hablamos del vacío y del dolor sordo; hablamos del silencio y en realidad, de la Nada, pero hablamos también de los libros de Jorge que nos habían reunido como por agua de azar y de las portadas de sus libros ya totalmente identificables por las pinturas de ella misma y entonces, se nos ocurrió imaginar a dos voces que la muerte es en realidad un viaje. Un viaje misterioso que lamentable y dolorosamente no se puede compartir con nadie vivo, donde quien se va decide rondar libremente por el mundo, por los paisajes que decida o las calles por donde siempre anduvo, en diferentes épocas que se eligen por placer y para cada día de la eternidad que queda por delante.

Hablamos mucho durante años que lograron convertir domingos en martes y jueves en martes y martes todas las llamadas telefónicas que se alargaban con referencias compartidas. Siempre de Jorge y de la rara sincronía con nuestras familias: la madre que vive con su hermana, mi padre y mis tíos que iban a la escuela con él hasta que se cambió al colegio donde se cruzó con Manuel Felgueres; las tías homónimas, los tíos afeminados, las comidas de domingo, el callejón del Salto del Mono allá por el Pípila, la casa de la Presa y una calle estrecha en París, los cuadros de El Prado y las novelas de detectives, una escuela de niñas en la Rue Saint Didier y la siesta que Jorge anunciaba diciéndose a sí mismo: “Soy un chingón” y la roja máquina de escribir y los soldaditos de plomo y las pinturas de Joy.


La mujer recostada sobre un diván en medio de un mar de sueño, las tres divas que están por entrar a una selva de verdes insinuados, el hombre que se para junto a un perro para mirar el atardecer en una duna, los muchos floreros que se abren lentamente en pétalos como lágrimas…. Y un avión en silueta que cruza el lienzo sin tiempo y sin escalas.
Joy Laville, la viuda de Ibargüengoitia y la máquina de éste.
Foto de Jorge f. Hernández.

Con estas líneas intento abrazar a Trevor su hijo que ya es para mí, hermano; a Chabelita y Gloria, Juan Pablo y todos quienes cuidaron de Joy en su rinconcito alineado de cuadros y recuadros y recuerdos; a Enrique y Lupita que la procuraron tantos años y no caben todos los nombres que quisiera abrazar en tinta para que conste que me quedo profundamente enamorado de una mujer que me llenó de vida con su memoria en flor, sus recuerdos en ramo, sus cuadros en movimiento y su sonrisa imborrable.
Jorge Ibargüengoitia se fue de viaje en noviembre de 1983 y vive desde entonces en todos sus libros que nos son indispensables y entrañables. Ha recorrido cada callejón de Guanajuato y largas avenidas de París sin que lo reconozcan sus lectores o confundido con otros arcángeles de Cuévano y alrededores que de pronto se detienen en una esquina para comprar unas flores pintadas con pinceles viejos, en colores que le dan varios tonos al azul sobre un leve fondo verde. Por la calle como una playa ocre viene caminando descalza la mujer que se llamó Joy por júbilo y por esa sonrisa.
De lejos, veo que Joy y Jorge se vuelven a abrazar y se dan el mismo primer beso que se dieron en San Miguel de Allende hace medio siglo y es la misma niña que se vistió de uniforme durante la Segunda Guerra Mundial y la valiente mujer que viajó con su hijo Trevor desde Canadá para empezar una nueva vida en México en la década psicodélica y volverse con el tiempo en la pintora de sueños, la pareja de Jorge, la musa de los martes, la maravilla de un milagro que se me concedió abrazar incluso desde lejos, por teléfono trasatlántico, con tantas palabras que nos unen, tanto libro y tantas imágenes que parecen diluirse por una ligera llovizna de agua salada en los ojos. Veo que se van caminando, que se aman como ejemplo y se me pierden ya en la memoria en un andén de neblinas donde una niña inglesa se esconde entre baúles y maletas, carretillas con cajas para el vagón-comedor y exclama al aire su nombre como si fuera un verbo de bienvenida y a mí se me atraganta tanta tristeza por agradecerle cada trazo de su feliz y maravillosa vida.


Muere la pintora Joy Laville a los 94 años


Joy Laville pinta un cuadro en Cuernavaca

Muere la pintora Joy Laville a los 94 años

La pintora y exesposa del escritor Jorge Ibargüengoitia falleció en el Estado de Morelos por un derrame cerebral

L. P. B.
México 13 ABR 2018 - 20:59 COT

Joy Laville falleció en Jiutepec, Morelos, a los 94 años. La pintora con una extensa obra y pareja del escritor Jorge Ibargüengoitia murió en su casa a consecuencia de un derrame cerebral. La artista es conocida por sus coloridas obras de tonalidades pastel con figuras estilizadas y celebró diversas exposiciones en México, además de Nueva York, París, Londres y Barcelona. El fallecimiento fue confirmado por Graco Ramírez, el gobernador del Estado.
Laville nació en 1923 en la isla de Wright, en Gran Bretaña. En 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, cruzó el Atlántico para radicar por varios años en Canadá. En el norte del continente conoció la obra de Diego Rivera y el muralismo mexicano. Esto despertó su curiosidad y viajó a México cuando tenía 33 años. Se asentó en San Miguel de Allende, en el Estado de Guanajuato. Allí comenzó a hacer obra en el reputado Instituto Allende, una escuela de estudios superiores de arte. Allí coincidió con Roger von Guten, un suizo que se naturalizó mexicano en 1980. Algunos críticos consideran a Van Guten uno de los maestros de Laville, aunque la opinión no es indiscutible porque él llegó al instituto un año después que ella. No obstante, la pintura de los dos quedó hermanada desde aquellos días en San Miguel. 
Laville conoció a Jorge Ibargüengotia en 1965. Iniciaron una relación de amistad hasta que en 1973 ambos se casaron en segundas nupcias. En 1967, con motivo de una exposición en la Ciudad de México, el escritor describió el trabajo de su futura esposa en un catálogo para la muestra. “Joy Laville sabe ver, sabe recordar, sabe poner colores sobre una superficie plana y tiene la rara virtud de poder participar en el pequeño mundo que la rodea”, escribió el autor de Dos crímenes. Ambos se mudaron a París en 1979.

Todo lector de Ibargüengoitia es también conocedor de la obra de Laville. En el comedor de la casa de la pareja colgaba un cuadro con una mujer desnuda con los brazos abiertos. La imagen pintada por Laville estaba inspirada en las fotografías de Diane Arbus sobre la gente del circo. A Ibargüengoitia le gustó tanto la pintura que llamó a Joaquín Mortiz para que esa fuera la portada de Las muertas, su novela basada en Las Poquianchis, un caso de nota roja que escandalizó a la sociedad mexicana. Desde entonces, alrededor de 1977, todos los escritos de Jorge quedaron ilustrados por Joy.
Ibargüengoitia falleció en un accidente aéreo en noviembre de 1983. Laville vivía en París y después de un año decidió volver a México. Se instaló en Jiutepec, un apacible municipio colindante a Cuernavaca, la capital de un estado conocido por su buen clima y su vida pausada. En 2012 recibió la medalla de Bellas Artes por su trayectoria. Entonces le preguntaron qué influyó de México en su obra. “El paisaje, los colores, y muchas cosas, pero especialmente el paisaje”, dijo al diario La Jornada.
“Las pinturas de Joy Laville son espacios de tranquilidad, de solaz, también de soledad. Son en extremo atractivos, cualquiera desearía poseer esa Reina de la noche flanqueada por un gato enorme y por un ramillete de flores; sus formas estilizadas, sino decantadas están entregadas en su expresión mínima, sin balbuceo alguno. Es una maestra intimista de los espacios abiertos, que puede también cerrarse sobre sí mismos”, escribió la crítica Teresa del Conde en 2006.
La muerte de Laville sacude por segundo día consecutivo la comunidad cultural mexicana. Este jueves murió en Veracruz el escritor Sergio Pitol a los 85 años. María Cristina García Cepeda, la secretaria de Cultura mexicana, lamentó la muerte de la artista y dijo que lega toda una “obra llena de color sutil y sugestiva que tuvo su origen en los mares ingleses y su destino en la cultura mexicana”.

Jorge Ibargüengoitia / Cuento de los hermanos Pinzones


Jorge Ibargüengoitia
CUENTO DE LOS HERMANOS PINZONES

Pinturas de Joy Lavalle
BIOGRAFÍA

Cuando nació el mayor de los hermanos Pinzones se agrió la leche en la olla y se cayó el primer chayote de la enredadera. La tía Socorrito, a quien le gustaba hacer profecías, aprovechó el momento para decir:
–La leche agria y el chayote indican que este niño que acaba de nacer va a tener un carácter agrio y espinoso. Es decir, va a ser insoportable.
Se equivocaba. El niño nunca dio guerra y no lloró ni cuando le echaron el agua del bautismo. Le pusieron Manuel y en adelante todos los que lo conocieron le dijeron Meme Pinzón.
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Cuando nació el menor de los hermanos Pinzones cantaron los pajaritos y el campo se llenó de flores. La tía Socorrito profetizó:
–Este niño va a ser precioso y tan simpático que la gente se va a pelear por estar con él.
Los que la oyeron decir esto voltearon a donde estaba la cuna y en ella vieron al niño amoratado, abriendo la bocota y berreando.
Le pusieron Guillermo y le dijeron Memo.
Memo Pinzón lloraba de hambre y le daban de comer, lloraba de miedo y venían a consolarlo y lloraba de envidia cada vez que le tocaba a su hermano la naranja más grande o el bizcocho más bueno. Lloró y lloró, pero creció grande y fuerte, aunque sintiéndose desdichado.
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Mientras Memo lloraba y crecía, Meme aprendió a leer sin que nadie le enseñara. Esto se descubrió el día en que la tía Socorrito entró en el cuarto y encontró al niño en la bacinica, leyendo el periódico.
–Este niño –profetizó la tía Socorrito al ver este espectáculo– va ser licenciado.
Se equivocaba otra vez. Meme era tan bueno, tan dócil y todos lo querían tanto en su casa, que no se quisieron separar de él y nunca lo mandaron a la escuela. En vez de estudiar, entró de aprendiz en la zapatería de su padre y allí se quedó. Fue zapatero toda su vida. Memo, en cambio, daba tanta lata, que apenas estuvo en edad de ser admitido, fue a la escuela.
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Desde el primer día de clases se hizo famoso. La maestra le ordenó a un niño que pasara al pizarrón. Memo empezó a llorar.
– ¿Por qué lloras, niño Pinzón?
–Porque usted pasó a ese niño al pizarrón y a mí no.
La maestra hizo que el otro niño regresara a su lugar y le dijo a Memo que pasara al pizarrón.
Cuando Memo llegó junto al pizarrón, volvió a llorar.
– ¿Por qué lloras ahora, niño Pinzón? –preguntó la maestra.
–Porque me pasa a mí al pizarrón y a los demás niños no.
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Sus compañeros le pusieron “Guillermina Lagrimotas”, y así le dijeron hasta que Memo creció y fue el alumno más alto y más fuerte de la clase y empezó a golpearlos a ellos y a hacerlos llorar. Dejaron de decirle Guillermina Lagrimotas y empezaron a decirle el Feroz.
Los alumnos le temían y los profesores lo detestaban y unos y otros esperaban con ansia el momento de no tener que volver a ver al Feroz Memo Pinzón.
En esos días hubo un concurso de composiciones sobre los Niños Héroes en el que podían participar todos los alumnos de primaria de cualquier escuela de la República.
El primer premio se llamaba “La Vuelta al Mundo de un Estudiante”, y consistía en estudiar durante tres años en las mejores escuelas de Japón, de Francia y de la India.
–Si este premio lo ganara el Feroz Memo Pinzón, no volveríamos a verlo en tres años –dijo el mejor alumno de la clase y el más chiquito, que era una de las principales víctimas de Memo.
Propuso que entre toda la clase se hiciera una composición y la mandaran al concurso a nombre de Memo Pinzón, con la esperanza de librarse así de él. Sus compañeros aprobaron la idea y todos, niños y niñas, se reunieron varias tardes para trabajar en la composición sobre los Niños Héroes.
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Ninguno escatimó esfuerzos y la composición salió tan bien, que fue premiada.
Toda la escuela, maestros y alumnos, fueron al aeropuerto a despedir a Memo Pinzón, y nunca se ha oído cantar Las Golondrinas con tanta alegría. Memo le dio la vuelta al mundo y regresó a México igual de feroz, igual de abusivo y sintiéndose desgraciado, pero famoso por haber sido el niño ganador del premio “La Vuelta al Mundo de un Estudiante”.
Gracias a esta fama hizo una gran carrera y llegó a ser millonario y director de varias empresas. El día que juntó 100 millones, salió en la televisión y el entrevistante le preguntó si estaba satisfecho con ésos o si todavía quería más. Memo Pinzón contestó:
–Ni me basta con lo que tengo, ni quiero más. Yo lo que hubiera querido ser toda mi vida es zapatero, como mi hermano.
Jorge Ibargüengoitia (Guanajato, 1928 – Madrid, 1983) Escritor mexicano. Empezó la carrera de Ingeniería, pero la abandonó para dedicarse a la escritura, donde destacó tanto como dramaturgo (El atentado, Clotilde en su casa), novelista (Esas ruinas que vesLos relámpagos de agostoDos crímenes) o cronista periodístico en sus columnas en el diario Excelsior. Este cuento está extraido de Piezas y cuentos para niños, que además recoge tres breves obras teatrales y otros seis cuentos. Murió en un accidente aéreo.
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Joy Laville (Isla de Wright, Inglaterra, 1923) Pintora y escultora inglesa nacionalizada mexicana. Incluida dentro de la “Generación de la ruptura”, junto a Vicente Rojo o Rufino Tamayo, realizó exposiciones individuales en Nueva York, Toronto o París. Museos de Washington, Dallas o México DF albergan obras suyas. Se casó con Jorge Ibargüengoitia. Todas las portadas de sus libros en la Editorial Joaquín Mortiz están ilustradas con sus pinturas.

martes, 17 de noviembre de 2015

El friso interminable de Joy Laville

'Desnudo reclinado con vista de montaña' (1970), óleo de Joy Laville.
'Desnudo reclinado con vista de montaña' (1970), óleo de Joy Laville.

El friso interminable de Joy Laville

Una exposición en Cuernavaca recorre la obra de la artista inglesa, afincada en México desde mediados de los cincuenta.


MARÍA MINERA
17 NOV 2015 - 18:08 COT

La exquisitez de los libros de Jorge Ibargüengoitia empieza por las portadas mismas, siempre acompañadas por escenas donde mujeres lilas o azules aparecen tendidas en divanes o sentadas a la orilla del mar, tal vez solas o charlando una o dos, con alguna planta exuberante dejada por ahí y las montañas o el mar de fondo.
Esos paisajes apacibles, que no son, diría el propio Ibargüengoitia, "ni simbólicos ni alegóricos ni realistas", pero sí "misteriosamente familiares", pertenecen al mundo interior de Joy Laville, una pintora que, no cabe la menor duda, "está en buenas relaciones con la naturaleza".





Campos de color que remiten vagamente a una geografía cálida, solo interrumpida por figuras humanas que merodean o reposan

Nacida en el sur de Inglaterra en 1923, Joy Laville pasó sus primeros treinta y tres años alejada por completo de la pintura, a pesar de que la idea se paseó siempre por su cabeza. Se casó joven con un canadiense al que siguió fuera de Europa durante la guerra ("la segunda, por supuesto"), pero del cual se separó al poco tiempo. Sin dinero y con un hijo pequeño decidió viajar a México en 1956. Y fue entonces que comenzó a pintar y que, muy pronto, llegó al tipo de figuración diluida que caracteriza su trabajo. También fue entonces que conoció a Ibargüengoitia, su segundo marido, con quien se mudó a vivir a París.










'Al faro' (2013), obra de Joy Laville.
'Al faro' (2013), obra de Joy Laville.


Después de la trágica muerte del escritor en 1983, Laville volvió a México y se instaló definitivamente en Cuernavaca, la llamada "ciudad de la eterna primavera". Y ahí, en el cuarto de su casa que funciona como estudio, pinta todas las mañanas, incluso en domingo, durante por lo menos tres horas. Lo hace en parte por disciplina, dada su idea de que se trata de una labor como cualquier otra, pero también por no renunciar a su mayor fuente de dicha. Y es claro que su pintura es producto de ese deleite, pues el mundo que representan no es, como decía Ibargüengoitia, "ni angustiado, ni angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico" y hasta "un poco cómico".
Si la pintura de Laville guarda algún parentesco es con el trabajo del que ella considera su maestro, Roger von Gunten, un artista también centrado en el paisaje, pero desde la acumulación. Ahí donde la obra de Von Gunten aparece recargada de elementos, la de Joy Laville se aligera, es puro aire. Campos de color que remiten vagamente a una geografía cálida, solo interrumpida por figuras humanas que merodean o reposan.
La pintura de Laville no concluye en cada cuadro, continúa de uno a otro, como si se tratara de un friso interminable, donde ese mundo de cosas leves, de mañanas soleadas, puede desplegarse a sus anchas. Y por ello la exposición retrospectiva organizada por el Centro Cultural Jardín Borda de Cuernavaca se presenta como una ocasión inmejorable para acercarse a ese universo fabuloso que Laville viene construyendo desde hace casi medio siglo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Joy Laville / Una entrevista a dos voces






Una entrevista a dos voces
 JOY LAVILLE, MI MADRE: TREVOR ROWE

Pintora incansable. A sus 92 años, Joy Laville despilfarra un impulso vital inigualable, el cual le permite encontrar fascinación para no dejar los pinceles y los lienzos.

CUERNAVACA, MORELOS.- Tocamos a la puerta de su casa en Fuentes del Pedregal, Jiutpec. Nos recibe  su hijo Trevor con una amplia sonrisa. Dentro, la preciosa estancia, en la que pareciera que el tiempo se detuvo hace décadas, está enmarcada por un verdor del jardín que se asoma por doquier. Nos falta lo mejor, llegar al estudio de la pintora Joy Laville. Al fin la conozco, tanto escuchar hablar de ella, de sus pinturas, de sus esculturas, de su gran amor por el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, de quien sólo la tragedia de un accidente aéreo la pudo separar.

Todo en el hogar de esta pintora inglesa, nacionalizada mexicana, refleja lo que ha sido la pasión de una vida dedicada al arte. Cuadros, preciosas pinturas colgadas, otras colocadas sobre caballetes, algunas más lucen recargadas en pasillos como en espera de ser, y como pacientes testigos, botes y más botes de pintura de increíbles colores a la espera de ser embadurnados en algún lienzo. Joy, feliz, pasa aquí y allá, borrando, incluso con saliva. “Es lo mejor para borrar”, dice sonriendo. Mila, su hermosa perra labrador color miel que vive con ella, fue encontrada en la calle por una de sus amigas que se la obsequió y que Joy adora; “está feliz de ver gente nueva, siempre está con una mujer mayor y le encanta conocer quién llega”, expresa siempre sonriendo, sus ojos verde azules también lo hacen.
LA SANTA OBSESIÓN
POR LA PINTURA

Esta enorme pintora británica, que eligió Cuernavaca para vivir en medio de un jardín selvático y un arroyuelo que cruza muy cerca de su jardín, a sus espléndidos 92 años recién cumplidos, sigue pintando día a día como una santa obsesión, eso sí, rodeada de excelentes amigos y de su único hijo, Trevor Rowe, de 62 años, que tuvo con su primer marido, Keneth Rowe, y que ha sido su fiel compañero desde que se divorció. Y con su hijito de cinco años en ese entonces, decidió conocer México.



Unos días antes, durante la inauguración de la retrospectiva de su obra que la Secretaría de Cultura le organiza en el Jardín Borda, logro hablar con Trevor, me lo presenta la gran amiga de ambos, Sally Sloan. Con una mirada de un azul increíble, Trevor, de excelente carácter, accede a hablar de su madre, a quien, a pesar de vivir separado geográficamente, la visita frecuentemente. “Yo siempre fui periodista también. Trabajé en periódicos y en la radio de Montreal y de Nueva York”.

Luego, en medio del gentío que asistió a la muestra, se abstrae un poco y me cuenta algo de su historia familiar. “Mire, -me dice-,  mis padres se conocieron en Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, mi madre era de la isla de Wight y mi padre trabajaba para la Fuerza Aérea Canadiense, que tenía una base en Inglaterra. Después de la Guerra deciden casarse y se mudan al oeste de Canadá en medio del bosque. Él se dedicó al corte de la madera, pero vivían en condiciones muy básicas. Pasaron un año así, al cabo del cual se trasladan al norte de la provincia y ahí es dónde mi mamá comienza de nuevo a dibujar y a pintar, ella ya lo hacía en su natal Inglaterra solo que la Guerra interrumpió sus estudios de arte.

“Vivimos nueve años en Canadá y mi madre decide separarse de mi padre. Busca un lugar que no fuera demasiado caro para vivir y pintar. Entonces le platicaron de un pueblo en México llamado San Miguel de Allende, donde había un ambiente muy artístico y mi madre, que tenía 33 años de edad y yo de cinco años, nos vinimos a México. Al llegar a San Miguel vio que no le alcanzaría el dinero para sólo dedicarse a pintar y comenzó a trabajar como secretaria en el Instituto Allende, que es un Instituto Superior de Arte y Cultura muy importante, para poder pagar sus cursos, y es que mi madre era una artista, como dicen aquí ‘de a devis’”, en ese momento, Trevor suelta una carcajada por su broma. Luego retoma la plática: “En 1965, en ese instituto conoce al escritor Jorge Ibargüengoitia, que daba cursos de español a estudiantes norteamericanos y también impartía clases de cultura, mientras tanto, mi madre comienza a darse a conocer como pintora y luego de algunos años en que incursionó en la Galería de Arte Mexicano con Inés Amor, la galería cierra sus puertas, Jorge se regresa a México y mi mamá decide irse a vivir con él.




“Ya en la ciudad, su carrera pictórica comienza a crecer y a expanderse, un poco por el ambiente intelectual de Jorge, pero sobre todo por el esfuerzo y la dedicación a la pintura de mi madre. Luego de vivir muchos años en México con Jorge, nos trasladamos a París, estaban felices, aunque nunca pudieron tener otro hijo. Mi mamá le ilustraba todas las portadas de los libros que Jorge escribía. Viviendo allí, Jorge murió en un trágico accidente aéreo el 27 de noviembre de 1983, cerca del Aeropuerto de Barajas, en Madrid, y mi madre, sin Jorge ya, decide regresar a México.
“Para entonces ya se había nacionalizado como mexicana. Eligió para vivir un lugar en Jiutepec, muy cerca de Cuernavaca, y desde entonces, ya no se volvió a ir. Aquí vive feliz y tranquila, rodeada de amigos y yo la visito mucho”, así terminó la plática con Trevor en el Borda. Ayer, que el fotógrafo Lucio Lara y quien esto escribe llegamos a su casa, continuó ya con Joy Laville.
¿LA RUPTURA?
“No entiendo cómo me incluyen como parte de la Generación de la Ruptura, si yo siempre he sido muy tranquila. Vivía en San Miguel de Allende, lejos de esos grandes movimientos que surgían en la capital del país. En realidad, yo nunca he politizado mi obra, ni fui una activista de protesta. Solamente pintaba sin enterarme qué pasaba allá. Nunca fui parte de un movimiento en contra, sólo fui una espectadora de lo que pasaba. Y en realidad yo prefería quedarme en mi estudio”, dice Joy Laville.

-¿Qué significó Jorge Ibarguengoitia para usted?, pregunto.

Se queda un momento en silencio, como buscando dentro de sí las palabras que reflejaran sus sentimientos. Su rostro revela que aún siente su ausencia. Balbucea, se detiene, luego de unos segundos que parecen eternos con su acento inglés, responde: “Bueno, Jorge fue un hombre maravilloso, maravilloso. Realmente tuve el enorme privilegio de vivir con él muchos años, tiempo en el que los dos fuimos muy felices”, al decirlo, la emoción la invade. Llega el momento de despedirnos, con pesar, de esta espléndida artista. “Una pregunta más, Joy”, le pido.

-¿Cómo definiría su pintura?

“No podría hacerlo, por lo que nunca hubiera podido ser una crítica de arte. No me gusta poner etiquetas, nombres, determinar si pertenecí o no a alguna escuela. Yo pinto y ya”, de nuevo entra el silencio, breve, luego remata: “¿De qué manera definiría mi arte?”, se pregunta y se responde. “Sólo opino que tengo que trabajar mucho más”, finaliza con una dulce sonrisa, que al igual que su jardín, se desborda por todo su rostro.
“La prontitud de reacción que tenemos frente a una obra de Joy Laville se basa en el hecho de que leemos sus imágenes directamente desde la melancolía que nos provocan sus colores apastelados y la soledad que emiten sus escenarios habitados por figuras aplanadas. Al mismo tiempo, son composiciones memorables por sencillas. Joy Laville destaca de entre los pintores actuales por lograr una obra fantástica que representa la realidad humana y la noción de anhelo con gran intensidad. Esta muestra venía gestionándose desde hace tiempo y es una fortuna que por fin podamos ver un nutrido conjunto de piezas de esta gran pintora de origen inglés, avecindada en nuestro estado.”
Helena Noval, crítica, museógrafa  y Licenciada en Historia de Arte
"A Joy la conocí cuando llegué a vivir a Cuernavaca, ella ya estaba aquí. Compartíamos muchos amigos, así que nos veíamos muy seguido. Joy –que recién cumplió 92 años de edad-, es una mujer adorable que aparentemente está llena de suaves colores pasteles, sin embargo, es muy fuerte, muy disciplinada y ama su pintura. Aunque no conocí a su marido, el escritor Jorge (Ibargüengoitia), sé que fue una persona a la vez serio, pero también muy divertido. Su muerte fue terrible para Joy, por eso en muchos de sus cuadros aparece un avioncito que lo recuerda. Joy es una persona excepcional que ha pintado incansablemente toda su vida.”
Sally Sloan, amiga de Joy y albacea de Robert Brady

domingo, 30 de junio de 2013

Joy Laville / Me gusta mirar mis cuadros

Joy Laville y Jore Ibargüengoitia

Joy Laville

“Me gusta mirar mis cuadros. 

Pero no admirarlos”


La artista británica afincada en México habla de su trabajo y evoca a su marido, el novelista Jorge Ibargüengoitia, fallecido ahora hace 30 años


Bernardo Marín, Cuernavaca 28 JUN 2013 - 23:42 CET




Laville, junto a su perra Mila en su casa de Cuernavaca. / PRADIP J. PHANSE
Aseguran los amigos de Joy Laville que a la pintora (Isla de Wight, Reino Unido, 1923) le falta solo una cosa para reunir todas las características que se atribuyen a los grandes artistas: el ego desmesurado. Y al hablar con ella da efectivamente esa impresión. Pero el salón de su casa en Cuernavaca (México) está decorado casi exclusivamente por cuadros suyos, esos paisajes de tonos apacibles habitadas por personajes lánguidos en las que su marido, el escritor Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), encontraba “una misteriosa familiaridad”. Laville resuelve esa aparente contradicción entre humildad y narcisismo de la misma forma que pinta, con un argumento sencillo: “Mis cuadros me dan tranquilidad. Me gusta mirarlos pero no admirarlos”.

Laville supo desde niña que quería pintar. Quiso ir a una escuela de arte, pero estalló la Segunda Guerra Mundial y el sueño se aplazó hasta que con 32 años se instaló junto a su hijo Trevor, fruto de su primer matrimonio, en la localidad mexicana de San Miguel de Allende sin saber apenas una palabra de español. Allí tomó sus primeras clases de pintura y allí se enamoró de su país de adopción, aunque su paleta conserva unos colores suaves que recuerdan más a la isla brumosa de su infancia. Casi seis décadas después, archipremiada en México y reconocida fuera de su país, la artista no deja de trabajar ni un día, siempre por las mañanas, desde la diez y media hasta las dos de la tarde. “No pinto todo el rato”, aclara, “de vez en cuando me siento para mirar lo que he hecho”. No es una labor solitaria. Le acompaña su perra Mila, que bebe alegremente del cubo donde su dueña limpia los pinceles. “Aunque parezca un labrador, Mila fue una perra abandonada pero ha olvidado su pasado. Le encanta mandar sobre otros animales”, cuenta Laville. Y añade en voz baja: “No le gusta que lo diga, pero se le nota en las patas que fue una perra callejera”.


Dos mujeres, de Joy Laville.
La artista ya pintaba por las mañanas cuando convivía con Ibargüengoitia. En realidad, los dos trabajaban desde temprano, cada uno en su estudio de su casa en el barrio mexicano de Coyoacán. “Yo no podía ir a ver qué estaba escribiendo o él que estaba pintando yo salvo que uno pidiera al otro su opinión”, cuenta. Entonces ella se convertía en la primera lectora de Jorge. “Teníamos que ser sinceros el uno con el otro, aunque un comentario negativo generaba cierta hostilidad, que se dispersaba rápido”. Y se dispersaba rápido porque también eran cuidadosos. “Nunca decíamos ‘esto es horrible’, elegíamos otras fórmulas como ‘¿no crees que tal vez esto estaría mejor de otra forma…?’”. Y así hasta alrededor de las dos de la tarde, cuando el escritor inauguraba uno de los mejores momentos del día acercándose al estudio de la artista y proponiéndole tomar juntos un trago, siempre con la misma frase ritual, breve y sonora, como el sonido de una campanilla: “¿Un tequilín?”.



Laville no ha perdido esa costumbre del tequila. “Me tomo uno siempre antes de comer. Y si estoy invitada a alguna casa dos. Y a veces, hasta tres”. El tequilín le ayuda a “dormir la mona”, como decía su marido, porque otro de los grandes placeres de la jornada era y es la siesta, y en ocasiones la prolonga hasta las seis de la tarde, la hora de ver primero el informativo de la BBC, y luego algún documental de Animal Planet. “Jorge también se tumbaba después de comer, pero normalmente no dormía. Leía algún libro boca arriba en la cama, como esas figuras de piedra de las catedrales, una postura que yo bauticé como ‘Westminster Abbey’”, recuerda.


Jorge en la playa con perro, de Joy Laville.
Ibargüengoitia falleció hace ahora 30 años en un accidente aéreo cerca de Madrid pero se percibe su presencia en muchos rincones de la casa. En un cartel sobre su obra colocado ante la chimenea. En la parte izquierda de una estantería donde se conservan sus libros. Y sobre todo, en la memoria de su viuda. “Está aquí todavía. Era maravilloso vivir con él, sobre todo porque era muy feliz, lo cual es muy agradable. Y murió en su mejor momento, cuando disfrutaba de la vida y escribía como nunca”. El escritor tenía un inglés estupendo, aunque con un fuerte acento mexicano, pero cuando necesitaban emplear términos muy concretos, él hablaba en español y su esposa le contestaba en su idioma. “Su fama de sarcástico no era cierta. Podía irritarse con la gente pero incluso cuando se enfadaba usaba las palabras exactas. Una vez una vecina empezó a tocar con furia el claxon de su automóvil porque alguien había ocupado su plaza de estacionamiento. Y Jorge, que no podía más, salió a la ventana y gritó: ‘¡Cállese, pinche histérica!’. Pero es que era verdad. La señora era una pinche histérica”.
Tras la muerte de su esposo, Laville no quería regresar a México. Pero terminó por volver y acertó. “Me siento como en casa, no podría vivir en otro sitio. Este país me gusta físicamente, el campo es apasionante, me admira como crece todo: cortas una rama y brota enseguida. Y me gustan los mexicanos. Hay personas horribles, claro, pero la mayoría, la gente que trabaja es muy buena gente”. Sin embargo, no se siente mexicana. Pero tampoco inglesa. Y entonces, ¿qué se siente? La artista había avisado antes de la entrevista de que hablaba despacio porque pensaba despacio, pero en esta ocasión no tarda ni un segundo en contestar: “¡Me siento yo!”.


LA MIRADA DE JOY LAVILLE
Por Antonio G. Iturbe
Qué leer, febrero de 2009
Una de las pinturas de Joy Laville
Una de las pinturas de Joy Laville
Ibargüengoitia compartió los últimos veinte años de su vida con la pintora londinense afincada en México Joy Lavílle. En algunas de sus crónicas habla de su relación y del respeto que sentía hacia los misterios de la obra pictórica. Ya octogenaria. la pintora vive en Jiutepec (en el estado le Morelos) y, veinticinco años después de la muerte de su marido, sigue recordando con melancolía su sentido del humor. Hace unos meses, el periodista Salvador García, de La Jornada le Morelos, la visitó en su casa: “No era sarcástico, pero si algo no le gustó, lo dijo, ya que era crítico y su crítica le permitía jugar con el absurdo. Él era muy directo, por eso tenía reputación de tener mal humor, pero esto es una mentira, él era muy alegre”. La pintora explica que “cocinaba muy bien. Tenía fama por su paella. Hacía paella para mucha gente; los domingos siempre teníamos invitados, que eran siempre los mismos amigos. También era buen bebedor. Pero en los últimos años, cuando estuvimos en París bebió muy poco. Siempre tomábamos un tequila. Yo todavía lo tomo. La cosa es que el último año, a veces se me olvida tomar. Dicen que la gente bebe para olvidar, pero a mí se me olvida tomar”.