Maj Sjöwall y su marido Per Wahlöö, fallecido en 1975, escribieron diez novelas policíacas, el ciclo de Martin Beck, en el que se han basado todos los escritores de novela negra escandinava actuales, Henning Mankell y Stieg Larsson como exponentes más famosos.
Una adaptación al comic, fiel y apasionante, de una de las mejores novelas de los padres de la serie negra escandinava.
Tristan Cardona 7 de mayo de 2017
Acostumbrados como estamos a los artilugios tecnológicos de la franquicia televisiva C.S.I., puede sorprender lo rudimentario de los métodos que los policías suecos de los sesenta utilizaban para resolver un crimen. Sin embargo, a menudo lo conseguían.
BCNegra 2016 está llena de grandes autores a lo largo de un programa variado y espectacular. Hay, sin embargo, dos ausencias que duelen. La primera, la de William McIlvanney, empeño personal del comisario Camarasa y quenos dejó a finales de 2015. La segunda, la de Maj Sjowall, que no se encuentra bien de salud.
Cuando la justicia no funciona y la policía no da abasto, solo cabe esperar un milagro. Esto fue lo que debió de pensar el comisario Martin Beck cuando le encomendaron la misión más compleja de su carrera policial: coordinar las tareas de protección de un senador estadounidense durante una visita oficial a Estocolmo. Tanto los atentados ocurridos recientemente en el país como la personalidad del político hacen que las autoridades teman que se vaya a producir una acción terrorista. El comisario Beck, por lo tanto, se enfrenta a este difícil caso entre presiones políticas, el acoso de los medios y la constante amenaza de un atentado terrorista, consciente de que un fracaso haría temblar los cimientos de toda Suecia. Los terroristas (Serie Martin Beck, 10) es la última novela escrita por Sjöwall y Wahlöö, pioneros de la literatura negra escandinava. Publicada en 1975, la corrosiva crítica social que rebosan sus páginas convierte esta magnífica obra en algo más que una mera historia policíaca. Esta novela es, sin duda, el mejor desenlace para una de las series más leídas de la historia de la literatura criminal. PRÓLOGO DE DENNIS LEHANE
Rosamund Pike en una imagen de la película 'Perdida'.
La muerte del cliché femenino en la novela negra
Las mujeres revolucionan el género y salen de los roles que las recluían en los papeles de víctima, psicópata, esposa o mujer fatal
Juan Carlos Galindo
Madrid, 25 de septiembre de 2019
Zoe Bennett, restauradora de arte, se ve envuelta en un robo de joyas en el museo en el que trabaja. Ha sido engañada pero reacciona y va a por quienes le han arruinado la vida. No es una mujer fatal, ni una psicópata, no está deprimida y se encuentra lejos de ser una víctima, como demuestra todo lo que sigue después en Una bala con mi nombre (Susana Rodríguez, Harper Collins), uno de los múltiples ejemplos que hay ahora en las librerías de que algo está cambiando en la novela negra. Siempre ha habido grandes escritoras en el género. Además, las mujeres leen mucho más y son la mayor parte del público de los festivales. Pero en la ficción han tardado en estar representadas más allá de ciertos clichés. Un grupo de escritoras han dado un giro a todo esto. Hablamos con algunas de ellas para explicar qué ha evolucionado y cuánto camino queda por recorrer.
Si bien esta novela fue publicada originalmente en 1966, ahora apareció una nueva edición con una excelente traducción del sueco a cargo de Enrique de Obregón.
Este es el segundo título de una serie de diez que protagonizó el inspector Martin Beck, de la Brigada Nacional de Homicidios de Estocolmo. Escritos por la pareja Sjöwal y Wahlöö, llevan vendidos en el mundo –según el folleto que acompaña al libro– cincuenta millones de ejemplares. La primera novela, Roseanna, se publicó en 1965 y RBA Libros quiso celebrar los cincuenta años del nacimiento de la colección editándola completa en castellano. O sea que estos dos escritores nórdicos –aunque varios de sus libros ya circularon en la Argentina hace muchos años – en la actualidad podrán llegar a ser tan conocidos como otros talentos del género policial de ese origen: Henning Mankel, Stieg Larsson, Jo Nesbø, Arnaldur Indridason, Ǻsa Larsson y Camilla Lackberg, entre otros.
Revolviendo entre el bolsillo de las librerías y después de abierto el apetito por el negro nórdico gracias al melancólico Wallander, descubro, como si de un galeón perdido en las profundidades se tratara, un pequeño tesoro del género; Un par de volúmenes que han viajado en el tiempo y conservan un interés que difícilmente despiertan hoy en día muchas novelas fabricadas con formularia artificiosidad. A no ser, claro está, los deudores de aquellos primeros exploradores, quienes no tenían miedo a romper ciertas reglas, las impuestas por el roman policier, y su mundo dividido en blanco y negro. Dentro de este círculo de valientes estaba una pareja sueca, tanto en la vida real como en las letras, formada por Per Wahlöö y Maj Sjöwall.
Todo artista está en deuda con aquellos que lo han precedido. Así es, lo quiera o no y tenga o no conciencia de ello. Ya sea que baile, juegue al fútbol o escriba libros, crea una prolongación del trabajo de los demás. Sin embargo, unas deudas son más significativas que otras pero hay quienes, por haberlas contraído, tampoco consiguen destacar.
Desde la tácita serenidad emanada por la península escandinava, nos es confiada la tercera entrega de las vicisitudes del detective Martin Beck. Los hechos tienen lugar en los silentes parques de Estocolmo donde la atmosfera tensa no es producto ni de ogros ni de lobos feroces. Un pedófilo anda suelto llevándose las bragas de las niñas como trofeo de sus crímenes. Las escasas piezas por juntar involucran los testimonios de dos peculiares personajes: un brutal atracador de poca monta y un niño de kínder que a duras penas ha aprendido a articular palabra. El detective y sus compañeros se ven de pronto envueltos en una peligrosa carrera contra la muerte donde las corazonadas y los instintos juegan un papel crucial en miras a triangular el rostro del asesino. Publicada originalmente en 1967, este relato es una breve exposición de las proezas de la fuerza policial que logró sobresalir, a la par, con suerte y trabajo arduo para proteger a un colectivo conmovido por los inesperados siniestros.
Cuando se cuenta la historia de la literatura policial, se suele decir que Poe inventó el género a mediados del siglo XIX, con tres cuentos protagonizados por Auguste Dupin -"La carta robada", "Los crímenes de la calle Morgue", "El asesinato de Marie Roget"-; su detective, paradigma de la razón en Occidente, era capaz de resolver casos sin necesidad de visitar la escena del crimen: le era suficiente el procedimiento deductivo. Los ingleses radicalizaron el modelo: desde Conan Doyle hasta Agatha Christie, triunfaron los hombres que confiaban en las "células grises" (Holmes, Poirot). En el siglo veinte, llegaron los norteamericanos con la novela negra: Chandler, Hammett y Cain trasladaron al detective de las grandes mansiones en la campiña inglesa a las calles de la ciudad corrupta. La razón ya no era suficiente, ahora valían los puños y cualquier otro artilugio violento para atrapar al criminal.
“El verdadero crimen es el de la socialdemocracia sueca con la clase trabajadora”
La escritora sueca Maj Sjöwall recibe el octavo Premio Pepe Carvalho, acto cumbre del festival de literatura de género BCNegra
ROSA MORA
7 de febrero de 2013
La escritora sueca Maj Sjöwall, autora, junto a su marido, el desaparecido Per Wahlöö de la serie de novela negra del detective Martin Beck, posa en Barcelona.JOAN SÁNCHEZ
Maj Sjöwall y Per Wahlöö escribieron sus 10 novelas del inspector Martin Beck a mano y sentados uno frente a otro. “Trabajamos muchísimo antes de escribir Roseanna, la primera, porque no es fácil hacerlo a cuatro manos ni tener la misma inspiración. Queríamos que la mezcla de nuestros dos estilos fuera perfecta y queríamos un lenguaje fácil y periodístico”, explicó ayer la escritora sueca Maj Sjöwall , horas antes de recibir el octavo Premio Pepe Carvalho, el acto cumbre de BCNegra.
Lo del humor, presente en cada una de las novelas, les fue fácil. “Los dos teníamos un gran sentido del humor”. Hicieron el esquema de las 10 novelas y la biografía del inspector Martin Beck y de otros personajes habituales. Cada novela tendría 30 capítulos y aparecería una al año. Titularon la serie Novela de un crimen. “Muchos piensan que nos referimos a los crímenes que aparecen, pero no. El verdadero crimen es el de la socialdemocracia sueca que traicionó a la clase trabajadora”.
Traducción de Martín Lexell, Manuel Abella Martínez
Juan Jiménez García
21 de agosto de 2015
Martin Beck es un personaje curioso. No despierta especial empatía con el lector, no tiene una vida muy atractiva, su vida afectiva es un desastre, su estómago no invita a elevados gustos gastronómicos, no le va el humor y sus relaciones con superiores e inferiores son igual de frías que el tiempo en aquella región del mundo, Suecia. Beck es un policía desapacible, de vida gris y monótona, que solo despierta (a su manera) cuando está con alguna investigación. Y tal vez ni entonces, porque los crímenes en aquel país del mundo, los crímenes que el investiga, suelen ser igual de desapacibles. No es un antihéroe, porque las novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö carecen de ellos como carecen de héroes. Es un hombre.
En Suecia, ese paraíso soñado, las cosas no son ninguna maravilla. Estamos a finales de los años sesenta y ellos son una pareja de escritores de ideas izquierdistas. Esas ideas atraviesan todos sus libros, de una manera u otra (aunque Jonathan Franzen exagera, y de qué modo, en el prólogo… tal vez sea una cuestión geográfica). Llueve. Nieva. Una noche aparecen nueve personas muertas en un autobús. La matanza es histórica y entre los muertos se encuentra un policía. Pero ¿qué hacía ahí ese policía? Es navidad. Una bonita época para ir de aquí para allá, para que los días pasen sin ningún resultado. Sjöwall y Wahlöö son los grandes creadores de “tiempos muertos” de la novela negra. Sí, todo avanza inexorablemente, aunque se les antoje inmóvil incluso a sus propios protagonistas. Siempre compartimos esa desazón de estar llegando a punto muerto, hasta que algo ocurre, algo mínimo, fruto más del trabajo que de la inspiración.
A las once de la noche del 13 de noviembre de 1967 se produce la mayor matanza de la historia de Suecia; un hombre armado con una metralleta asesina a todos los pasajeros de un autobús. Estamos ante el cuarto caso del comisario Martin Beck; El policía que ríe (1968). Entre los pasajeros asesinados se encuentra Strenströn, uno de los subordinados de Beck, que, armado y fuera de servicio, viajaba en el autobús sin que nadie sepa por qué. Apenas dos meses antes, los autobuses han sustituido a los tranvías en Estocolmo y se ha adaptado la circulación por la derecha.
Un sueco de verdad, Ekström, que compartía habitación conmigo en la residencia universitaria, fue quien me dio a conocer este libro. Me regaló una edición barata, de bolsillo, en cuya portada aparecía la foto cutre de un individuo enfundado en una gabardina, que lucía gafas de sol de estilo mod y apuntaba a la cara del lector con una ametralladora. Esto sucedió en 1979. Por entonces, yo sólo leía gran literatura (Shakespeare, Kafka, Goethe) y aunque podía perdonar a Ekström por no advertir que me había convertido en una persona seria, lo cierto es que no sentí ni el más mínimo interés por leer un libro con una portada tan escabrosa. Sólo al cabo de muchos años, una mañana que estaba en cama, enfermo y demasiado débil para enfrentarme a Faulkner, Henry James y gente por el estilo, volví por azar a echar mano al libro. En esa época, y o estaba casado con una mujer que también se dedicaba a escribir, e invertía buena parte de mis energías en la obsesiva tarea de evitar resfriados, hasta tal punto que me lavaba las manos de forma compulsiva y llegué a inventar un pequeño gesto privado, para recordar a mi mujer que antes de llevarse las manos a los ojos debía limpiarlas de gérmenes. La razón de todo esto era que cada vez que cogía un catarro era incapaz de escribir y de fumar, y cuando era incapaz de escribir y de fumar no lograba sentirme inteligente, puesto que sentirme inteligente constituía mi única defensa frente al mundo. Pues bien, ¡qué consuelo más perfecto resultó ser El policía que ríe! Después de conocer al comisario Beck perdí para siempre el miedo a los catarros (y mi mujer, a su vez, dejó de sentir miedo ante mi malhumor, cada vez que cogía uno). Y es que, desde ese momento, los catarros quedaron asociados al lúgubre y divertido mundo de la policía criminal sueca. Diez eran, en total, las novelas negras de Martin Beck, todas ellas dignas de ser leídas de cabo a rabo durante el peor día de dolor de garganta. Mi entrega favorita, la que leía más a menudo, era El policía que ríe. Sus autores, el feliz matrimonio de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, conseguían casar en ellas la satisfactoria sencillez de la novela de género y el aliento tragicómico de la gran literatura. En sus libros el bello y hábil trabajo de la investigación detectivesca se combina con poderosas y puras evocaciones del tipo de sufrimiento que tanto ansia la gente con dolor de garganta.
Maj Sjöwall: «Me aburre la literatura policíaca actual»
Vis Molina
8 de febrero de 2013
Maj Sjöwall
Desde que perdió a su compañero vital y literario, el sueco Per Wahlöö (1926-1975), esta septuagenaria con look de hippy nostálgica cuyo apellido imposible se pronuncia como caballo en francés, «cheval», no pudo volver a escribir novela negra. «Entre los dos todo era muy fácil (confiesa sonriente). Nos sentábamos frente a frente y pasábamos horas inventando la trama, dibujando los personajes, imaginando como serían los crímenes que íbamos a narrar y dónde aparecerían los cadáveres. Luego, en tres meses escribíamos la novela». El caso es que el afamado periodista Wahlöö y Maj Sjöwall (Estocolmo, 1935), traductora de profesión, ambos militantes del Partido Comunista sueco, decidieron un buen día de 1964 que había llegado el momento de denunciar la corruptela política (tan de actualidad en estos momentos) y la violencia de un sistema democrático que recurría sistemáticamente a la guerra y escogieron el vehículo de la literatura para poner por escrito sus quejas en forma de novela negra. La primera de ellas, Roseanna, publicada en su país en 1965 con gran éxito de crítica y una magnífica acogida entre el público, los convirtió en los grandes renovadores de ese género en los países escandinavos y marcó las directrices de la nueva narrativa policíaca que se escribiría a partir de entonces.
Miguel Roig y Maj Sjöwall durante la entrevista. FOTOS: Carmen Secanella.
Maj Sjöwall
"La izquierda ha claudicado"
La escritora sueca cuenta cómo escribió junto a Per Wahlöö las diez novelas que revolucionaron el género negro en Europa.
14 de febrero de 2013
Maj Sjöwall (Estocolmo, 1935) junto a su compañero Per Wahöö (Gotemburgo, 1926 – Estocolmo, 1975) ha escrito una obra única que revolucionó el género negro europeo. Diez novelas en las que a través de un personaje, el inspector de policía Martin Beck, se puede asistir al derrumbe del sueño socialdemócrata, a la claudicación de una izquierda posible que aún despierta en muchos la sensación de paraíso perdido. Sjöwall ha estado en Barcelona para recibir el Premio Pepe Carvalho que otorga BCNegra y presentar la traducción al español de Los Terroristas, la novela que cierra el ciclo de Martin Beck.
Diario Kafka: El inspector Martin Beck es un hombre solitario al que no le gustan las armas, está en una actitud reflexiva permanente, le interesan más las calles que los despachos. Se parece más a un periodista que a un policía, ¿usted está de acuerdo con esto?
Maj Sjöwall: No. Él es un funcionario, no es un policía en realidad, no es un policía de vocación, pero de joven empezó a trabajar para la Policía porque todos los jóvenes tenían que hacer el servicio militar, y él no quería usar armas ni ir a la guerra, porque era joven durante la Segunda Guerra Mundial. Si trabajabas como policía evitabas ir al Ejército. Pero hay tres comisarías de policía de Estocolmo que pensaban que eran el modelo en el que nos inspiramos para Martin Beck. Así que desde mi punto de vista, era muy realista como modelo.
La escritora Maj Sjöwall dice que "la mayoría de las novelas negras suecas de hoy son malísimas"
Madrid.- Huye de la etiqueta de ser la gran dama de la novela negra escandinava pero sí asegura que fueron ella, Maj Sjöwall y su marido Per Wahlöö, los que "abrieron la puerta del género a los autores suecos" que hoy viven un boom "incomprensible", porque la mayoría de las novelas suecas de hoy son "malísimas".
LA INFORMACIÓN
23 de octubre de 2009
Madrid.- Huye de la etiqueta de ser la gran dama de la novela negra escandinava pero sí asegura que fueron ella, Maj Sjöwall y su marido Per Wahlöö, los que "abrieron la puerta del género a los autores suecos" que hoy viven un boom "incomprensible", porque la mayoría de las novelas suecas de hoy son "malísimas".
Antecesora de Henning Mankell y Stieg Larsson, era junto a su marido, Per Wahlöö, uno de las referentes de la novela negra. Juntos escribieron una serie de diez libros protagonizada por el detective Martin Beck. Maj Sjöwall, reina madre de la novela nórdica, ha fallecido a los 84 años tras una larga enfermedad, según informó hoy su editora.
Tiene los ojos azules. Su blanca cabellera resalta un rostro con arrugas. Viste un traje de cuadros negros y añiles. Es ágil y menuda. Acaba de cumplir 74 años y parece una venerable abuela. Estamos frente a frente en un restaurante de Getafe. Ella bebe vino blanco de Rueda. Se expresa en un perfecto inglés. Maj Sjüwall, la reina de la novela policíaca sueca y la antecesora de Henning Mankell y Stieg Larsson, publicó junto a su marido, Per Wahloo, diez novelas entre 1965 y 1975, que tuvieron un enorme éxito. Ahora, el éxito de Larsson ha resucitado el interés por obras como Roseanna o El hombre que se esfumó, reeditados en España por RBA los últimos dos años, con ventas asombrosas.
Sjüwall (1935) expresa su fascinación por el cielo de Madrid y se lamenta del tiempo de Estocolmo, su ciudad natal y el lugar donde se desarrollan todas sus novelas: “Allí siempre está lloviendo y hace un frío terrible”.
-Me parece que Roseanna, su primera novela, es la más actual porque trata el tema de la violencia de género. Una mujer es secuestrada por un psicópata y su cadáver aparece flotando en las aguas…
-Sí, creo que se puede decir que es una novela actual. La única diferencia es que el detective que investiga aguarda tres horas en conseguir una conferencia telefónica con Estocolmo. Si se despoja a la novela de estos detalles, creo que es moderna y en cierta forma recoge los temas de los que se ocupa Larsson, aunque no hay ordenadores ni internet.
-Usted escribió diez novelas en diez años. En 1974, murió su marido, Per Wahloo, y usted dejó de publicar. ¿Por qué?
-Mi marido estuvo muy enfermo durante los últimos cuatro años de su vida. Al morir me tuve que dedicar al cuidado de mis dos hijos pequeños. El fallecimiento de mi marido me afectó profundamente. Estuve muy deprimida durante esa época. No tenía tiempo ni ganas de escribir. Luego me di cuenta de que todo lo que tenía que decir ya lo había dicho en esas diez novelas. Trabajábamos en equipo, discutíamos juntos las tramas y los personajes. No tenía sentido seguir sin él. Así que deje de escribir novelas policíacas y me dedique a hacer algunas traducciones, a escribir relatos y un libro con Thomas Ross. Nunca me he arrepentido. Entre otras cosas, porque siempre he odiado la fama, esa parafernalia que rodea el éxito literario. Sencillamente, opté por la tranquilidad y el anonimato. Lo mejor era permanecer en silencio para alejarse del bullicio.
Mankell y Larsson al rescate
-Lo cierto es que durante más de 20 años sus obras permanecieron en un relativo segundo plano y ahora vuelven a leerse gracias a los éxitos de Mankell y Larsson. Siendo una escritora de gran calidad, ¿no le parece una curiosa paradoja?
-Bueno. Mankell ha reconocido siempre nuestra influencia sobre su obra. Es verdad que me ha venido bien su éxito y el de Larsson para que se volvieran a leer mis novelas. Pero mi manera de escribir es distinta.
-Creo que el inspector Martín Beck, el protagonista de sus novelas, se parece mucho a Kurt Wallander, el policía de Mankell…
-Así es. Son muy parecidos. Martín Beck es un hombre que ha superado los 50 años, tiene barriga, padece del estomago y se lleva fatal con su mujer. Tiene una mente muy analítica y es respetado por sus compañeros. Wallander es de la misma edad, tiene diabetes, bebe demasiado y se ha separado de su mujer. Ambos carecen de ideas políticas, pero observan con inquietud la evolución de la sociedad sueca. Son muy críticos con sus jefes y la estructura policial. Están desencantados.
-Eso nos lleva a la cuestión de su militancia en el Partido Comunista y de su rechazo hacia Olof Palme y la socialdemocracia sueca. ¿No era difícil vivir en su país en aquella época con sus ideas revolucionarias?
-No. Había muchos jóvenes que pensaban como nosotros. En los 70, había en Suecia grupos comunistas, maoístas, trostkistas, leninistas y de todo tipo de tendencias de extrema izquierda. Era una forma de rechazar una socialdemocracia que se había vuelto conservadora y que había renunciado a sus principios. No olvide que era la época de la guerra de Vietnam. La sociedad sueca era extremadamente conservadora y egoísta a pesar de su apariencia.
-Sus ideas se notan en sus novelas, en las hay una clara denuncia política de esa hipocresía de la sociedad sueca…
-Sin duda. Elegíamos los temas para analizar y criticar aquello que no nos gustaba. Nuestras novelas eran más políticas que policiales. Eso es lo que pensábamos nosotros. Nunca nos etiquetamos como escritores de novela policiaca y criminal. Le voy a contar una anécdota: me convocaron a una reunión en un hotel de Estocolmo de la asociación de escritores de novela negra sueca. Yo dije que no me consideraba una autora de este género y me dijeron que me fuera de allí. Bajé al bar del hotel y me encontré con una mujer de mediana edad que bebía whisky: era Patricia Highsmith. Nos pusimos a hablar y nos hicimos amigas.
-¿Cómo era Highsmith?
-Era encantadora y amable. La visité varias veces cuando aún vivía en París. Le gustaban mucho el whisky y los gatos. Me parece una gran escritora por la habilidad con la que creaba ambientes y describía las emociones. Era magnífica para contar las situaciones que se crean en ambientes cerrados. Me parece muy conseguido el personaje de Ripley y creo que una de las mejores novelas del género es Extraños en un tren, llevada al cine por Hitchcock.
-Se ha dicho que sus novelas son muy parecidas a las de Ed McBain. ¿Está de acuerdo?
-Bueno, yo no conocía a McBain cuando escuché estos comentarios. Leí sus novelas y ví que era cierto. Hay una similitud. Me gustaron sus novelas y las traduje al sueco. Años después, conocí a McBain en Nueva York. Me invito a comer junto a su mujer. Nada más sentarnos en la mesa, ella le cogió fuertemente del brazo y empezó a hablar. Estuvo así durante dos horas. Comprendí por qué la mujer del detective creado por McBain era sordomuda.
-¿Cuáles son sus referencias literarias? Dígame tres nombres…
-Le diré solamente uno: Fedor Dostoievsky. Era un fantástico creador de personajes y un precursos de la novela policiaca. Crimen y castigo es una obra increíble. Nadie ha superado su capacidad de penetración psicológica.
Otros maestros del género
-¿Qué opina de las novelas de misterio inglesas?
-Nunca me han interesado. Me parecen muy flojas y artificiales.
-¿Le gusta Simenon? A mí me parece un gran escritor, aunque soy consciente de que sus novelas no tienen apenas puntos en común con las suyas…
-No. No me gusta demasiado, aunque hay libros suyos que me parecen buenos. Me gustó, por ejemplo, El hombre que veía pasar los trenes. Su vida me parece terrible, Era un hombre adicto a la prostitución y que tenía unas relaciones muy complicadas con las mujeres. Un año antes de su muerte, me dieron un premio en Italia. Me lo tenía que entregar Simenon, pero al final no pudo ir porque ya estaba muy enfermo. El premio era una especie de horrible perro de Baskerville. Me imagino a Simenon con ese monstruo en las manos. Hubiera salido corriendo al verle con ese engendro. Simenon era un maniático, colocaba sus lapiceros en la mesa antes de escribir y exigía absoluto silencio. Contaba muy bien la mentalidad de la clase media francesa, escribía con economía de medios, pero no me fascina.
-¿Cuál es su escritor de novela negra favorito?
-Hillary Waugh, un escritor americano nacido en los años 20. Escribió media docena de novelas muy buenas. No es demasiado conocido en Europa, pero es un gran escritor que refleja las miserias de Estados Unidos.
-¿Qué le parece la gran novela negra clásica americana?
-Que es extraordinaria. Me encanta Raymond Chandler, que es el maestro del género. Sus tramas son demasiado complicadas, pero su manera de escribir, su gracia, es incomparable. El largo adiós es una maravillosa novela por sus personajes. También he leído a Hammet y Ross McDonald, que son muy buenos. Me parece que son los tres grandes de la novela negra clásica.
El abrumador Bergman
-¿Conoce usted a escritores españoles del género como Vázquez Montalbán?
-No. No han sido traducidos al sueco. Mi país es muy pequeño y hay muchas cosas que no nos llegan.
-Sin embargo, Suecia ha producido grandes escritores y cineastas. Ahí esta la gran figura de Ingmar Bergman, cuyas películas nos fascinaron a una generación.
-Bergman me resulta abrumador. Tenía demasiado poder en Suecia. Cualquiera que quisiera ser actor, tenía que obtener su aprobación. Su cine no me interesa. Me parece demasiado místico. Su figura no era simpática para los jóvenes suecos en los años 70. Resultaba demasiado cargante, aunque Fanny y Alexander me parece una gran película, que refleja el espíritu en el que fueron educados los suecos de mi generación.
– Me sorprende lo que dice porque yo lo considero un gran maestro del cine…
-Sí, sé que era muy seguido en España e Italia, donde fascinaban sus obras. Pero en Suecia le veíamos de otra manera. Yo era compañera de clase y amiga de Bibi Andersson cuando teníamos trece o catorce años. Ella estaba ya enamorada de Bergman y quería trabajar con él. A mi me gustaba mucho más All Sjüberg, gran director y dramaturgo, muy apreciado en mi país, pero menos conocido fuera.
-Por cierto, al mencionar a Bergman, he recordado que El policía que ríe fue llevada al cine…
-Sí, la filmó Stuart Rosenberg a principios de los 70. Pero no funcionó. La novela se desarrolla en Estocolmo y él la trasladó a San Francisco. El criminal en la novela es un mafioso que busca borrar huellas y en la película es un psicópata que maneja una metralleta. No salió nada bien, pero me permitió conocer a Walter Matthau, que es un actor y una persona fuera de serie. La experiencia fue divertida. La verdad es que es muy difícil llevar al cine una narración literaria. Casi nunca funciona. Pienso en Kenneth Branagh haciendo de Wallander… Es raro. Me parece que fue un error elegir esa película porque la novela narra el proceso mental de investigación de un crimen. Es muy importante la relación entre Beck y sus compañeros y eso no se cuenta en el film de Rosenberg, que era un buen director, con mucho oficio.
El secreto de la eterna juventud
-Cambiando de temas y entrando en asuntos más personales, ¿cuál el secreto de su vitalidad?
-Viajo, conozco gente joven y me enriquece conversar con personas como usted. Es importante no hacer siempre lo mismo. Me da la impresión de que sigo teniendo veintisiete años y medio. Creo que todas las personas de mi edad siguen pensando que no han pasado de esa edad. Hay un desajuste entre la cabeza y el cuerpo que no se puede remediar. Pero me encuentro muy bien y con ganas de hacer muchas cosas…
-Yo leí sus novelas hace 30 años, cuando fueron editadas por Noguer. Me produce una sensación extraña hablar de ellas y estar con usted… Tengo que decirle que las he vuelto a leer y me parece que no ha pasado el tiempo por ellas.
-Le agradezco sus palabras. Creo que es cierto que la buena literatura no envejece. Cambian las circunstancias y la técnica, pero los sentimientos humanos permanecen.