Mostrando entradas con la etiqueta Mary Beard. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mary Beard. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de diciembre de 2021

El final de la escapada del último asesino de Julio César



El final de la escapada del último asesino de Julio César

El periodista británico Peter Stothard relata la fuga de Casio de Parma tras el magnicidio de los Idus de marzo, así como la violenta destrucción de la República romana


Guillermo Altares
Madrid, 25 de diciembre de 2021
 

El apuñalamiento de Julio César, en los Idus de marzo del año 44 antes de nuestra era, es tal vez el magnicidio más famoso de la historia, con permiso del asesinato de John F. Kennedy en Dallas en 1963. Sobre pocos crímenes se ha escrito tanto y especulado de una manera tan intensa. Y pocos acarrean un valor simbólico tan poderoso y, a la vez, contradictorio. Puede leerse como la historia de una traición o como un intento de acabar con la tiranía. Y seguramente las dos versiones sean correctas. Ronald Syme, uno de los grandes historiadores de la Roma antigua, escribió en su libro de referencia La revolución romana (Crítica): “Las tragedias de la historia no surgen del conflicto entre el bien y el mal convencionales. Son más complejas. César y Bruto, los dos, tenían la razón de su parte”.

Ni Bruto, ni Casio / Décimo es el nombre clave en la muerte de Julio César


 

Ni Bruto, ni Casio: Décimo es el nombre clave en la muerte de César

Una investigación sobre el asesinato de Julio César revela un nuevo personaje clave en el magnicidio de los idus de marzo


Guillermo Altares
Madrid, 9 de marzo de 2015

"El asesinato de Julio César es un carajal". Así resumió, con su habitual estilo directo, la gran latinista Mary Beard todos los hechos que rodearon el apuñalamiento del político romano en el pórtico de la Curia de Pompeyo, el 15 de marzo del 44 antes de nuestra era. En cualquier acontecimiento de esta magnitud, resulta casi imposible separar la leyenda de la historia, pero este caso es especialmente complejo por su enorme valor simbólico y porque se cruzó Shakespeare de por medio. La fuerza de su obra es tan grande y la influencia de sus personajes tan profunda que se han apoderado de la realidad. Sin embargo, los historiadores siguen peleándose con los hechos, luchando contra las leyendas. El profesor de clásicas de la Universidad estadounidense de Cornell, Barry Strauss, acaba de publicar The Death of Caesar, un libro en el que lanza una novedosa teoría sobre lo que ocurrió en aquellos idus de marzo. "Hubo un tercer hombre en el complot para matar a César", explica Strauss, un experto en historia militar, autor de libros como La guerra de Espartaco o La batalla de Salamina. "Bruto y Casio no estaban solos. Décimo fue un personaje clave. Los conspiradores no eran aficionados, políticos civiles, sino generales que organizaron el magnicidio con una precisión militar. Los gladiadores también tuvieron un papel importante, al igual que varias mujeres de la élite romana", prosigue Strauss (Nueva York, 1953) en una conversación por correo electrónico.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Mary Beard / Pompeyo Magno, el primer emperador

Pompeyo Magno




Mary Beard
POMPEYO MAGNO


    Solo cuatro años después de su proceso contra Verres, en 66 a. C. Cicerón arengó al pueblo romano sobre la seguridad del imperio en una reunión pública. Ahora, siendo pretor y con los ojos puestos en el Consulado, hablaba en favor de una propuesta presentada por un tribuno para poner a Pompeyo al mando de la eterna e intermitente guerra contra el mismo rey Mitrídates, contra el que los romanos habían estado luchando, con relativo éxito, durante más de veinte años. Los poderes otorgados a Pompeyo incluían el control casi total de una extensa franja del Mediterráneo oriental durante un período ilimitado, con más de 40 000 tropas a su disposición, y el derecho de firmar la paz o declarar la guerra y de establecer tratados de forma más o menos independiente.

Mary Beard / Expansión, soldados y ciudadanos



Mary Beard
Expansión, soldados y ciudadanos


    De manera indirecta y con rodeos, Livio, que a veces parece lento y pesado en su análisis, ofrece una respuesta perspicaz a las preguntas de qué era lo que hacía tan buenos a los ejércitos romanos de este período obteniendo victorias y de cómo pudo Roma extender su control tan rápidamente sobre gran parte de Italia. Esta es una de las pocas ocasiones en que mira por debajo de la superficie de la narración y menciona los factores estructurales y sociales subyacentes, desde la organización del mando romano hasta los recursos de Roma en cuanto a efectivos. Vale la pena insistir un poco más en el argumento de Livio, reflexionar sobre lo que fue, retrospectivamente, el inicio del Imperio Romano.

Mary Beard / Arqueología, tiranía y violación

 


Mary Beard
Arqueología, tiranía y violación


    En el siglo VI a. C., Roma era sin duda una pequeña comunidad urbana. A menudo resulta complicado decidir cuándo se convierte una simple aglomeración de cabañas y casas en una ciudad consciente de ser una comunidad, con una identidad y aspiraciones compartidas. Sin embargo, la idea de un calendario romano estructurado, y con él una cultura religiosa y un ritmo de vida compartidos, muy probablemente se remonte al período monárquico. Los restos arqueológicos dejan pocas dudas de que en el siglo  VI a. C. Roma tenía edificios públicos, templos y un «centro de la ciudad», claros indicios de una vida urbana, aunque a pequeña escala, según nuestros parámetros. La cronología de estos restos es objeto de polémica: no hay una sola evidencia sobre cuya datación estén de acuerdo todos los arqueólogos; y los nuevos descubrimientos alteran constantemente el panorama (¡aunque a menudo no tan significativamente como querrían los descubridores!). No obstante, haría falta un escéptico muy tenaz y estrecho de miras para negar el carácter urbano de Roma en este período.

Mary Beard / En busca de la Roma arcaica

 


Mary Beard
En busca de la Roma arcaica

    Las numerosas historias de Rómulo y de los otros fundadores nos dicen mucho sobre cómo veían los romanos su ciudad, sus valores y sus defectos. Muestran también cómo debatían el pasado los eruditos romanos y cómo estudiaban su historia. Pero no nos dicen nada, o a lo sumo muy poco, acerca de lo que ellos afirman: es decir, de cómo era la Roma arcaica, de los procesos mediante los cuales se convirtió en una comunidad urbana y cuándo. Un hecho es obvio. Roma ya era una ciudad muy vieja cuando Cicerón era cónsul en el año 63 a. C. Pero si no se ha conservado literatura del período fundacional y no podemos fiarnos de las leyendas, ¿cómo podemos acceder a algún tipo de información sobre los orígenes de Roma? ¿Hay alguna manera de arrojar luz sobre los primeros años de la pequeña aldea junto al Tíber que creció hasta convertirse en un imperio mundial?

Mary Beard / Una antigua historia de Roma / Prólogo



Mary Beard
SPQR
UNA ANTIGUA HISTORIA DE ROMA

Prólogo
La historia de Roma

    La antigua Roma es sumamente importante, por lo que ignorar a los romanos no es solo dar la espalda al pasado remoto, ya que Roma todavía contribuye a definir la forma en que entendemos nuestro mundo y pensamos en nosotros, desde la teoría más elevada hasta la comedia más vulgar. Después de 2000 años, sigue siendo la base de la cultura y la política occidental, de lo que escribimos y de cómo vemos el mundo y nuestro lugar en él.
  

Mary Beard / “En el corazón de la monarquía hay un vacío enorme”

 

Mary Beard, retratada el jueves en el barrio londinense de London Bridge.CARMEN VALIÑO


Mary Beard: “En el corazón de la monarquía hay un vacío enorme”

La célebre historiadora publica ‘Doce césares’, un ensayo sobre la influencia de los emperadores romanos en la forma de representar el poder, que ha perdurado hasta la actualidad


Alex Vicente
Cambrigde, 23 de octubre de 2021

Mary Beard (Much Wenlock, Reino Unido, 66 años), la profesora de Clásicas que terminó convertida en estrella del rock —los griegos lo llamaron oxímoron, “ingeniosa alianza de términos contradictorios”—, se hizo conocida por prestar atención, en insospechados superventas como SPQRPompeya o Mujeres y poder, a sujetos ignorados por la mayoría de los especialistas, como las mujeres, los esclavos y otros ciudadanos de tercera. En su nuevo ensayo histórico, Doce césares (Crítica), Beard se centra en el lado opuesto de ese espectro: en la imagen absoluta del poder que reflejaron los emperadores romanos, perpetuada durante siglos por la pintura, la escultura, la fotografía y el cine, y todavía vigente en la actualidad.

Mary Beard / Tómense en serio a las mujeres




Tómense en serio a las mujeres

El poder tiene una visión muy limitada: una estructura elitista, muy masculina y vinculada a la popularidad. Hay que cambiarla para tener en cuenta a todos

Margaret Thatcher, con su característico bolso.
Margaret Thatcher, con su característico bolso.  PETER REIMANN (MIRRORPRIX / GETTY)

¿Qué haría falta para situar a la mujer dentro de la esfera del poder? En mi opinión, hemos de distinguir aquí entre una perspectiva individual y una perspectiva más general. Si observamos a algunas de las mujeres que lo han conseguido, veremos que las tácticas y estrategias que hay detrás de su éxito no se limitan a copiar expresiones masculinas. Un elemento que comparten muchas de estas mujeres es la capacidad de transformar los símbolos que normalmente despojan de poder a las mujeres en una ventaja a su favor. La primera ministra británica Margaret Thatcher lo logró con sus bolsos, convirtiendo al final el accesorio más estereotípicamente femenino en un verbo relacionado, en sentido figurado, con el poder político: “correr a bolsazos” en inglés es to handbag.

Mary Beard / Emperatriz de Roma



Mary Beard
ANDREW TESTA / PANOS


Emperatriz de Roma

Mary Beard, experta en clásicos de la antigüedad, domina el género con sus estudios y críticas La británica sostiene que nuestros dilemas son los mismos que los de los tiempos de Cicerón


Jacinto Antón
28 de marzo de 2014

Mary Beard (Much Wenlock, Reino Unido, 1955) está considerada hoy en día la más relevante e influyente especialista en los clásicos de la antigüedad, pero también una mujer de armas tomar. Autora de obras de referencia como El triunfo romano o Pompeya, espléndidas monografías sobre el Partenón o el Coliseo, o una apasionante pesquisa sobre la pionera de los estudios clásicos Jane Harrison, es asimismo una persona con un impacto directo sobre la opinión pública a través de su columna en The Times y su seguidísimo (y a menudo tan divertido) blog en Internet, que ha dado origen ya a dos libros muy populares. Catedrática de Clásicas en Cambridge, Beard, editora de temas clásicos del Times Literary Supplement, es a la vez una crítica temible, que te zarandea una traducción de Tucídides como un terrier a un conejo, despedaza (con extrema propiedad todo hay que decirlo) una biografía de Adriano o descalifica a un prestigioso —y algo pomposo— estudioso del mundo aqueménida sin que le tiemble el pulso. Tras observar cómo trata a gente tan docta en su último libro La herencia viva de los clásicos (Crítica), me dirijo a la entrevista con Mary Beard comprensiblemente acongojado, con la negra ansiedad en la grupa, que diría Horacio (“post equitem sedet atra cura”).

jueves, 14 de mayo de 2020

Escritores ‘influencers’ / Los veteranos conquistan las redes sociales

Una imagen de la cuenta de Instagram de Chimamanda Ngozi.Chimamanda Ngozi

Escritores ‘influencers’: los veteranos conquistan las redes sociales

Mary Beard, Margo Glantz, Héctor Abad Faciolince o Chimamanda Ngozi Adichie usan las redes para promocionar su trabajo, pero también cuentan su vida como cualquier usuario


Ana Marcos
Madrid, 13 febrero de 2020

Margo Glantz es una gran bailarina de rock. La prueba está en su cuenta de Twitter, en concreto en un vídeo con casi 100.000 reproducciones en el que la escritora mexicana celebra hace pocos días su 90 cumpleaños con un grupo de amigos. “A veces Twitter puede ser excesivamente visible y sorprendente, el impudor para exhibir la intimidad me sorprende. Impudor en el que quizá caigo”, reconoce la autora que suma más de 47.000 seguidores y 54.000 tuits desde que en marzo de 2011 inauguró esta cuenta. “Lo entendí como un medio creativo y como la posibilidad de expresar en breve frases, ideas que se me ocurren y no tienen cabida en otro sitio”.

sábado, 22 de octubre de 2016

Premios Princesa de Asturias / De la literatura al teatro, pasando por la historia y el mundo sostenible

El escritor Richard Ford, premio de las Letras, y la historiadora Mary Beard, premio de Ciencias Sociales.


PREMIOS PRINCESA DE ASTURIAS

De la literatura al teatro, pasando por la historia y el mundo sostenible

Richard Ford, Núria Espert, Mary Beard y Patricia Espinosa hablan en sus discursos de la necesidad de un mundo con más solidaridad, imaginación y compromiso



El novelista estadounidense Richard Ford, la actriz española Núria Espert, la historiadora británica Mary Beard y la secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Acuerdo de París, la mexicana Patricia Espinosa Caballero, han sido las personalidades encargadas de tomar la palabra esta tarde durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias en el teatro Campoamor de Oviedo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Los nuevos ‘inquisidores’ acechan en la red

 

Max


Los nuevos ‘inquisidores’ acechan en la red

La humillación pública se ha convertido en un deporte de masas gracias a las redes sociales. Un salvaje ciclo de linchamiento y lucro desliza hasta el infierno a víctimas anónimas en cuestión de minutos, pero las consecuencias dejarán marcas para siempre en internet



Javier Salas
27 de abril de 2015


El 19 de agosto de 2014, una joven periodista y escritora se decidió a publicar en Twitter sus impresiones sobre el machismo vigente en la sociedad española y empezó a enumerar situaciones de su "día a día" que le parecían sexistas. Arrancó: "He ido a la biblioteca a estudiar como todas las mañanas y el chico de enfrente me ha dicho que si quería tomar un café".


La shitstorm ("tormenta de mierda", como la denominan los expertos) que provocó es de las más agobiantes que se recuerdan. "Eres demasiado fea para invitarte a café", "Menos biblioteca y más médicos para tratar tu retraso", "Tranquila, a ti nadie te va a violar", "Invitarte a un café no lo sé, pero tirarte cacahuetes seguro", "¿Cómo se conocieron tus padres? La única hipótesis que barajo es que sean hermanos"... Son solo algunos de los ejemplos menos ofensivos de entre las barbaridades que le dijeron durante los siguientes días: millares de tuits, algunos con imágenes desagradables y de sexo explícito. Ella borró su publicación pasados unos días, pero en su lugar seguiría circulando el pantallazo de sus palabras, para poder mantener la orgía de chascarrillos aunque ella no quisiera permanecer en el ojo de ese huracán.

Cuando la jauría digital se desata, es imposible frenarla y la sentencia te acompaña para siempre

Al margen de si su percepción era exagerada o no, se desató una violencia verbal contra esta joven que todavía no se ha diluido. Ella ya no quiere ni hablar del tema. Aquel tuit significó convertirse en el pimpampum de los más cutres y pertinaces machistas de la Red; días, semanas y meses de chistes sexistas. No es casual que estos linchamientos tengan un sesgo claramente machista: aunque las mujeres representaban el 53% de los usuarios de Twitter a comienzos de 2013, estudios posteriores muestran un declive de esa proporción en favor de los hombres, quizá porque el ecosistema de internet sigue rezumando demasiada testosterona. El 72,5% de los casos de ciberacoso los sufren mujeres, según la organización Trabajando para Detener el Abuso Online (WHOA, por sus siglas en inglés). Las periodistas reciben el triple de mensajes abusivos que sus colegas hombres, según Demos, y hasta la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) se mostró "alarmada" en febrero por el creciente número de amenazas hacia mujeres periodistas en entornos digitales. Como explicaba recientemente un artículo en el Washington Post, son muchas las voces feministas que están dando un paso atrás en internet para huir del clima irrespirable. La mayor shitstorm de la historia probablemente sea el Gamergate, que estalló también en agosto pasado, en el que los hombres de la comunidad de videojuegos cargaron salvajemente contra las mujeres que criticaban el sexismo del sector.


Cuando Twitter empezó a tener éxito en España, comenzaron a darse razias en las que el traspiés de un famoso congregaba a una multitud que se abalanzaba sobre él y, tras disfrutar de un rato de vapuleo entre chanzas, insultos y hashtags, la manada se disolvía tan fugazmente como había caído sobre la presa. Un caso de libro fue cuando David Bisbal escribió durante la Primavera Árabe: "Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas, ojalá que pronto se acabe la revuelta". El cachondeo que desató todavía resuena en los confines de la galaxia internetera. Esos mismos días, unos tuits parodiando el antisemitismo dejarían al director de cine Nacho Vigalondo sin su blog en este periódico. Los medios empezaron a colocar entre las noticias más vistas estos tropezones que incendiaban las redes sociales, generando un ciclo de retroalimentación con los usuarios. Pero de un tiempo a esta parte el fenómeno se está haciendo cada vez más indiscriminado: no importa que seas un político, un personaje popular o un don nadie. No estamos dispuestos a tolerar un desliz; ni siquiera se tolera el arrepentimiento. Hacemos un pantallazo de todo para que no puedas esconder tu error borrándolo, aunque este gesto equivalga a reconocer de forma bastante explícita la equivocación.

¿Cómo se hace dinero? Clics. Estamos en un ciclo alarmante y alguien gana dinero con el sufrimiento de otras personas”, dice Monica Lewinsky

Es algo que está pasando en todo el mundo y quizá el ejemplo más paradigmático sea el que sufrió Justine Sacco. Su vida descarriló para siempre por culpa de un tuit estúpido, un mal chiste fuera de lugar que provocó una de las mayores escenas de linchamiento digital que se recuerdan. En apenas unas horas, esta joven relaciones públicas con una exitosa carrera en Nueva York pasó del más apacible de los anonimatos al estrés postraumático, a noches de pesadillas y porqués. Solo fueron 65 caracteres, no hizo falta usar los 140 que permite Twitter. Sacco publicó estas palabras justo antes de embarcar hacia Sudáfrica para pasar la Navidad junto a su familia: "De camino a África. Espero no coger el sida. Es broma. ¡Si soy blanca!". Era el último tuit de una ristra de chascarrillos malos y poco correctos. Durante media hora, hasta que apagó su móvil dentro del avión, estuvo refrescando su pantalla pero nadie hizo ni caso. Tampoco le extrañó que su tuit pasara tan desapercibido como los anteriores; solo tenía 170 seguidores, garantía de escaso impacto. Por lo general, un tuit que no ha recibido ninguna interacción en ese tiempo, caerá en el pozo del olvido para siempre.


No fue así. Nada más aterrizar, al encender el móvil, tenía un mensaje de alguien a quien no veía desde el colegio: "Siento muchísimo ver lo que está pasando". El tuit no sólo no había pasado desapercibido sino que se convirtió en la diana de cientos de miles de mensajes indignados por el racismo que destilaba. El asunto fue el más comentado en esta red social durante horas y su autora fue de inmediato juzgada, condenada y sentenciada mientras dormía una siesta a 10.000 metros de altura: Sacco era una "pija blanca racista que se burlaba del sufrimiento en África". Numerosos tuits pedían su muerte, le deseaban violaciones que le contagiaran el sida y exigían que su empresa la despidiera. Este último objetivo se cumplió de inmediato, después de que todas las cabeceras informativas contaran cómo las redes sociales habían descubierto el racismo de la relaciones públicas de una importante compañía editorial. Todo esto pasó durante las 11 horas del vuelo de Sacco, sin que la joven pudiera explicarse o disculparse, borrar su tuit o eliminar sus perfiles de otras redes sociales que fueron convenientemente destripados por la jauría. Nadie se puso de su parte, nadie publicó que quizá se estaba exagerando. El fenómeno fue tal que incluso hubo quien se acercó al aeropuerto de Ciudad del Cabo para fotografiar el momento en que Sacco llegaba, para informar al mundo.

Max

"Y entonces mi teléfono empezó a explotar", recuerda la propia Sacco en el libro que el periodista Jon Ronson acaba de publicar (So you've been publicly shamed, Pilcador) y que es el resultado de tres años dedicados a descubrir lo que queda de las personas que, como Sacco, han pasado por este terrible proceso de deshonra y vejación, una especie de lapidación en la plaza pública global que deja cicatrices en forma de resultados en Google. Sacco le explica a Ronson que su tuit solo pretendía parodiar esa mentalidad tan de estadounidense blanco que cree vivir en una burbuja que le protege. Pero ya da igual. Una vez la jauría digital se desata es imposible frenarla y la sentencia te acompaña para siempre: cada vez que alguien te busque en internet, tu imagen devolverá ese retrato deforme y monstruoso creado con retales de titulares sensacionalistas, frases sacadas de contexto y fotos de tu pasado rescatadas para humillarte.


"Justine Sacco es la primera persona que entrevistaba que había sido destruida por nosotros", escribe Ronson. También se puso en contacto con Lindsey Stone, una joven que compartía con una compañera una afición bobalicona: fotografiarse desafiando carteles. Fumando delante de carteles de "Prohibido fumar", por ejemplo. Hasta que en un viaje de trabajo fueron a visitar al célebre cementerio de Arlington, en Washington DC, en el que descansan los caídos por EE UU. Allí, junto a un cartel que pedía "Silencio y Respeto", Stone se fotografió haciendo una peineta con el dedo y fingiendo gritar. Y su amiga la subió a su muro de Facebook. Un amigo veterano de guerra les dijo que la foto era desagradable, pero Lindsey le explicó que se trataba de un chiste habitual y que no pretendía ser ofensiva. La foto cayó en el olvido hasta que, cuatro semanas después, comenzó a recorrer foros y redes a lomos de la indignación de los más patriotas. De nuevo, amenazas de muerte y de violación, a las que se sumaron los insultos vejatorios por su sobrepeso. Y de nuevo, un deseo cumplido de inmediato: que la joven perdiera su trabajo. El buzón de Life, la ONG para cuidar adultos con discapacidad intelectual en la que trabajaba Lindsey Stone, se inundó de rabia contra su empleada. "Literalmente, de la noche a la mañana perdí todo lo que conocía y amaba", explicaba tiempo después la joven, que pasó un año sin salir de casa, sumida en una depresión, con noches truncadas por pesadillas.

La turba nace en las redes pero puede convertirse en algo muy real. En mayo del año pasado, una tragedia sacudió Colombia cuando 33 niños murieron abrasados en un accidente de autobús. Antes de entrar en clase en su facultad, Jorge Alejandro Pérez Monroy comenzó a tuitear chistes muy desagradables sobre la desgracia. Cuando salió de clase, una multitud pedía su cabeza frente a su aulario, dispuesta a lincharle. Sólo pudo salir de allí después de que los antidisturbios cargaran contra la muchedumbre y vistiendo como uno de ellos. Tuvo que cambiar de móvil, de facultad, de carrera y hasta de nombre.


"En estos casos se activa un componente de supuesta justicia, en el que los linchadores se agarran con rabia a algún elemento moral que lo justifique", explica el sociólogo Javier de Rivera, especialista en redes sociales, coincidiendo con las conclusiones que el propio Ronson alcanza en su relato. Los justicieros de la Red creen estar haciendo el bien, poniendo las cosas en su sitio, y la única forma de hacerlo es mediante esa humillación pública. Ronson recuerda que en 1787 se inició un movimiento cívico en EE UU para acabar con el castigo de la deshonra pública, considerado más cruel que los castigos físicos, más ajustados y que debían infligirse en privado. De Rivera considera que se reproducen las normas de agresión básicas de la antropología: deshumanizar y justificar. En Twitter, con sus 140 caracteres y sus pequeñas fotos de perfil, es fácil ignorar la empatía si no queremos estropear el espectáculo. Porque en todos estos casos, fueron pocos los aguafiestas que se atrevieron a decir: "Nos estamos pasando".

Los justicieros de la Red creen estar haciendo el bien y la única forma de hacerlo es mediante la humillación pública

Funciona el linchamiento como espectáculo, como lo fue siempre. Pero además, se suman otras dinámicas digitales: "Quizás lo diferente sea que en redes sociales debemos de ser conscientes de que lo que hagamos puede acabar siendo criticado en cualquier parte del mundo y por mucha gente. Mucha más de la que nos esperamos. Por eso el linchamiento digital tiene una dimensión, alcance y velocidad que no esperamos", explica Esteban Moro, experto en redes sociales de la Universidad Carlos III. En cualquier caso, el ecosistema digital español parece menos propicio para una terrible tormenta perfecta contra un usuario porque está tan polarizado que cualquier tuit ofensivo para muchos es rápidamente defendible por otros tantos. Para los que se enzarzan más habitualmente en estas riñas las reglas de la turba y sus peligros son bien conocidos, al contrario de lo que ocurrió con las incautas de los casos anteriores. Todos los tuiteros peleones son bastante conscientes de lo que hacen cuando retuitean barbaridades de otros y cuando desean que quede constancia en Google de su error, para perjudicar tanto ahora como en el futuro.


Quizá todo este clima de acecho haya provocado la aparición de una espiral de silencio en las redes sociales, como mostraba un reciente estudio de Pew Research: los internautas temen abordar determinados temas o posturas porque saben que pueden generar una respuesta negativa en su contra. Y ya no es solo una mala contestación de un amigo o conocido, pueden ser miles de personas desde cualquier punto del globo quienes te afeen una opinión. El problema es tan grave que incluso el propio jefe de Twitter, Dick Costolo, reconoció abiertamente en un informe interno filtrado a la prensa: "No es ningún secreto y todo el mundo habla de ello, perdemos usuario tras usuario por no afrontar el tema de los acosadores. Apestamos en nuestra forma de afrontar los abusos y hemos apestado durante años". En marzo, la plataforma incluyó nuevas opciones para que los usuarios puedan denunciar con más facilidad los abusos. Sin embargo, como señala una de las víctimas del Gamergate: "Tal y como está actualmente diseñado, Twitter gana durante las campañas de acoso y nosotras perdemos".

Max



¿Y después? Los buscadores se convierten en una cicatriz monstruosa en el currículum de las víctimas de los linchamientos digitales. Sacco y Stone generan cientos de miles de resultados en Google (la primera fue objeto de 1,2 millones de googleos en aquellos días). Personas corrientes se ven obligadas a hacer un máster apresurado de gestión de crisis y de defensa de su imagen pública. "En el momento, lo mejor es no hacer nada. Cualquier intento va a ser visto con malos ojos, como un acto de censura, y va a generar más problemas", explica el abogado Samuel Parra, de ePrivacidad.es, un despacho especializado en solucionar estos problemas. Estas personas anónimas deben asistir silentes a su descuartizamiento público y, después de semanas o meses, tratar de recomponer discretamente los pedazos. Aquí, como en el caso de los políticos corruptos, no aplica el tan de moda "derecho al olvido", torpedeado por Google y que en realidad solo se concede en contadísimos hechos, poco noticiosos y que ocurrieron hace décadas.

La única forma de rescatar tu imagen de las arenas movedizas de Google es tratar de cambiar personalmente los resultados, un "derecho al olvido" de pago para los que se lo puedan permitir. Recurrir a especialistas que eviten que lo más horrible aparezca entre las primeras respuestas del buscador. Parra, por ejemplo, consiguió años después que todas las webs que publicaron un topless de Interviú lo borraran de sus servidores, logrando que desapareciera del buscador. "Somos dueños de nuestra imagen, nadie puede hacer circular una foto nuestra sin nuestro consentimiento", explica. A veces, la mejor estrategia es crear contenido para empujar hacia abajo los malos resultados -el 90% no mira más que los primeros enlaces que devuelve Google-, como hacen en Eliminalia: "La gente puede llegar a traumatizarse por el miedo a que su imagen online les impida encontrar trabajo", explica su presidente, Didac Sánchez. Esta empresa, según Sánchez, ha ayudado a un hombre que fue acosado tras declararse antiaborto en redes sociales y a un joven perseguido después de subir a YouTube un vídeo de denuncia de brutalidad policial en Cataluña.


No obstante, Parra no ve que seamos más conscientes de este peligro: "La gente se preocupa únicamente cuando llega la catástrofe, no hay prevención". Los internautas deberían aprender a manejarse con cuidado, a conocer las opciones de privacidad de cada plataforma pero ¿es una responsabilidad exclusiva de los usuarios? Twitter reconoce que "apesta" a la hora de hacer frente a los acosos. En el caso de Lindsey Stone, la joven admite que no sabía cómo estaban configuradas sus opciones de Facebook: la foto era pública, porque así lo había dispuesto por defecto la plataforma, pero ni ella ni su amiga eran conscientes. "He pensado mucho en eso estos meses. Facebook funciona mejor y gana más dinero cuando todo el mundo comparte", dice en el libro de Ronson, que calculó que las búsquedas relacionadas con Justine Sacco proporcionaron a Google cientos de miles de dólares de beneficio. Todos sumamos nuestro granito de arena en cada humillación pública, pero sin duda hay una responsabilidad compartida por estas empresas que son el ruedo en el que se suceden estos linchamientos. Cada vez que se enciende la pira de los inquisidores 2.0, hay una cuenta de beneficios creciendo al calor de las llamas en Silicon Valley.

Monica Lewinsky lo resume perfectamente, ahora que acaba de romper un largo silencio que ha durado 17 años, en los que estuvo luchando por recuperar las riendas de su vida, tras cometer un error de juventud: enamorarse de la persona equivocada, tener una aventura con el presidente Bill Clinton mientras era becaria en la Casa Blanca. El 19 de marzo realizó una charla conmovedora y combativa en la que relató el infierno que casi la empujó a quitarse la vida mientras los demás bromeábamos con vestidos manchados. Para ella, el horror se desató antes de la era de las redes sociales, pero gracias a foros y emails fue víctima del ciberbulllying antes incluso de que el concepto se hubiera inventado. Lewinsky habla porque quiere luchar contra esta "cultura de la humillación" que se ha instalado en la sociedad. "La humillación pública es una mercancía y el oprobio una actividad económica. ¿Cómo se hace el dinero? Clics. A mayor humillación, más clics. Cuantos más clics, más ingresos por publicidad. Estamos en un ciclo alarmante (...) y alguien está ganando dinero con el sufrimiento de otras personas". Para que la "humillación como deporte" desaparezca, Lewinsky -licenciada en psicología social por la London School of Economics- propone compasión y empatía, ponerse en el lugar de la persona que recibe tuits y titulares.


"Hay que fomentar el aprendizaje digital, integrar su manejo en nuestros valores, para generar otras dinámicas menos destructivas", sugiere el sociólogo De Rivera. Los usuarios de las redes sociales deben ser conscientes de que detrás de cada perfil hay una persona que, por muy grave que sea su error, puede sufrir las consecuencias mucho más allá del entorno digital y mucho más allá del aquí y ahora. Una demostración ejemplar de empatía la realizó la historiadora británica Mary Beard, acosada online por sus charlas feministas. Al principio, sometía a sus acosadores a la ignominia para darles una lección, aprovechando sus muchos seguidores en las redes. Pero más tarde comprendió que esto les podría perjudicar personalmente y comenzó a entablar conversaciones privadas con ellos e incluso a escribirles cartas de recomendación. "Aunque era muy tonto, imprudente y en ese momento no muy agradable, no creo que un tuit deba arruinar sus perspectivas de empleo", explicaba Beard sobre su acosador. Una verdadera lección vital.

Después de hablar con una docena de personas que pasaron por este tormento, el periodista Jon Ronson compara su impresiones, después de haber mirado a los ojos de los linchados, con las que le llevaron a hacerse vegetariano: "Echaba de menos los filetes, pero no podía olvidar el matadero".



Javier Salas

Periodista con quince años de experiencia. Especializado en información científica, tecnológica y medioambiental, desde 2014 forma parte del equipo de MATERIA, la sección de ciencia de EL PAÍS. En 2021 recibió el Premio Ortega y Gasset por uno de sus trabajos sobre la pandemia de covid. Antes, trabajó en Informativos Telecinco y el diario Público.


EL PAÍS





domingo, 22 de mayo de 2011

Están locos los romanos

 



Están locos los romanos

Les debemos mucho, pero nos separan cosas fundamentales



Jacinto Antón
22 de mayo de 2011


Les debemos mucho, casi todo, a los romanos, vale. Recuerden las palabras de Reg, el líder del Frente Popular de Judea, sector oficial, en La vida de Brian -el discurso más celebrado del cine de sandalias después de la arenga del general Maximus (Gladiator) a los frates jinetes de sus turmae y el "¡arre!" de Ben Hur-: "Aparte del acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino (eso sí lo vamos a echar de menos), la ley y el orden, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?". Roma caput mundi, aeterna urbis, aurea Roma, civis Romanum sum, Romanus sedendo vincit... De acuerdo, de acuerdo. Pero tras la nueva invasión romana que vivimos, la enésima, manifestada en libros de toda clase, películas y series de televisión -hasta La Fura dels Baus se pone romana-, una sospecha empieza a aflorar en nuestros latinos corazones: ¿de verdad nos parecemos tanto?, ¿somos tan romanos realmente?, ¿ese mundo que aparece ante nuestros ojos en páginas, pantallas y escenarios es el nuestro?

"De Roma nos impresionaría la suciedad y el olor", afirma Mary Beard
"Le estaban vedadas a la mujer muchas ocupaciones", dice Lindsey Davis
Heliogábalo asfixió a sus comensales con una lluvia de pétalos de rosa
"Somos más mojigatos en el placer", según Isabel Rodà
Debajo de la ropa llevaban la prenda denominada 'subligaculum'
La conquista de la Galia por César costó un millón de vidas

Es difícil identificarse, aceptémoslo, con la hosca facilidad de Quintus Dias, el protagonista de la sangrienta película Centurión, para matar a punta de gladio pictos y brigantes; con el sexo morboso y cruel de las matronas de Spartacus -quien haya visto con su hija adolescente la escena de la serie en que las damas obligan a copular ante ellas a un gladiador y a una esclava tardará en olvidarlo ("pues vaya con la antigüedad, papi"), por no hablar de conseguir que la niña lea luego a Ovidio-. Cuesta, decía, sentir afinidad con la despiadada astucia del resucitado pretor Galba en la segunda temporada de Hispania o con platos como las vulvas de cerdo à la Lucio Vero (envenenadas). ¿Un espejo, Roma? Vae!, ¡ay!.


¿Qué es lo que más nos impactaría de la Roma clásica si pidieramos viajar hasta ella?, le pregunto a la gran y amena historiadora Mary Beard, autora de Pompeya o El triunfo romano (ambas en Crítica). "Oh, la suciedad y el olor pestilente, y la pobreza... detrás de la rutilante fachada de mármol".


Lindsey Davis es otra de las personas que más nos han acercado al mundo romano, ella desde las novelas del detective Falco, la XX de las cuales, Némesis, es novedad, como lo es la indispensable Marco Didio Falco, la guía oficial, una delicia enciclopédica para sus muchos seguidores (ambas en Edhasa). Al interrogar a la autora sobre esa extrañeza que nos provocan los romanos, contesta: "Yo he basado mis libros precisamente en la creencia de que los romanos eran como nosotros. Pero siempre digo que hay dos áreas en que su mundo difiere radicalmente del nuestro: la arena (los combates de gladiadores y con animales) y la esclavitud. Desde luego, hay también otra: la posición legal de la mujer, que tenía que ser representada en muchas ocasiones por el cabeza de familia. Muchas ocupaciones le estaban vetadas: ¡de haber vivido entonces yo no me podría ganar la vida como lo hago!",

Davis, noblesse oblige, aprovecha para criticar que en el filme La legión del águila -basada en la conmovedora novela de Rosemary Sutcliff-, el protagonista porta la espada en el lado izquierdo cuando lo preceptivo en el ejército romano era llevarla siempre en el derecho. Ahí queda el dato.


Aparte de que no existían en el mundo romano el café, el té, el chocolate, las patatas o los tomates, (¡un mundo sin todo eso no puede ser el nuestro!), nos choca mucho lo poco que valía la vida, sobre todo si eras un esclavo, "un animal con habla", como dice que los consideraban la arqueóloga Isabel Rodà, directora del Insituto catalán de Arqueología Clásica (ICAC): cuando uno de los suyos rompió sin querer una copa de cristal, Vedio Polión ordenó que lo echaran al estanque de las morenas, a las que había acostumbrado a comer carne humana (ya ven que la historia no se la inventó Robert Harris en Pompeya).


El gran historiador Paul Veyne dice en Sexe et pouvoir a Rome (Tallandier, 2005) que lo que más nos sorprendería de vernos súbitamente trasladados a la antigüedad romana es la violencia, "una brutalidad que corta el aliento". Violencia no solo en el anfiteatro sino en todas las facetas de la vida. No en balde, señala, en las fasces el símbolo de Roma era un hacha de decapitar rodeada de varas para azotar. La mayoría de los grandes líderes políticos romanos tenían experiencia militar de combate cuerpo a cuerpo y habían matado con su propia mano.


No había nada en aquel mundo similar a nuestro humanitarismo. El infanticidio era habitual. Y el abandono de los niños tan corriente que suponía el principal suministro de los mercaderes de esclavos, por encima de los prisioneros de guerra.


No entenderían los romanos que nos parecieran mal los combates de gladiadores, la atroz hemorragia de la arena (Beard calcula que el número habitual de gladiadores en el imperio ascendía a 16.000, ¡el equivalente a tres legiones!). Así que de prohibir los toros, ya ni hablemos. No exisitía algo que nos parece tan esencial como los derechos humanos, una conquista muy reciente, conque los derechos de los animales... Augusto envió al circo para su escabechina a 420 leopardos y 36 cocodrilos, según Plinio. César 20 elefantes y 600 leones. Cómodo mató él mismo en un espectáculo cinco hipopótamos, dos elefantes, un rinoceronte y una jirafa. "Nos sorprende de los romanos su prepotente sentido de dominio de la naturaleza", apunta Rodà.

El espectáculo de la violencia y la crueldad resultaba casi anodino en Roma, trivial. Cuando de niño Caracalla prorrumpió en sollozos en el Coliseo asustado por los alaridos de un condenado a las fieras -damnatio ad bestias- que estaba siendo despedazado por un tigre, la muchedumbre se conmovió... del llanto del futuro emperador, no del pobre tipo supliciado. Nunca hubo cosa tal como una campaña para la abolición de los shows de la arena. Ni siquiera protestas. A Marco Aurelio no le gustaban las luchas de gladiadores, pero porque las encontraba aburridas. "Las fronteras éticas de los romanos estaban situadas en lugares diferentes de las nuestras", recalca Beard.


Entre la gran cosecha reciente de libros de romanos -que incluye títulos como La prisionera de Roma (Planeta), en la que José Luis Corral novela la vida de Zenobia, la reina de Palmira; el imprescindible Manual del soldado romano (por fin en castellano, en Akal), de Matyszak o La cosecha por la libertad (Edhasa), con la que Simon Scarrow, el autor de la feroz saga sobre las legiones centrada en los centuriones Macro y Cato, abre una nueva serie ¡juvenil! protagonizada por un gladiador adolescente-, destaca Gabinete de curiosidades romanas (Crítica, 2011). Su autor, J. C. McKeown, profesor universitario de Clásicas en EE UU, ha recogido en un volumen fascinante "relatos extraños y hechos sorprendentes" del mundo romano. Su lectura resulta muy ilustrativa para ver hasta qué punto los romanos eran diferentes de nosotros.


¡Qué cosas creían! Que a las serpientes les gusta el vino, que las cabras respiran por las orejas... El propio Plinio, que se vanagloriaba de su espíritu científico, daba crédito a los prodigios más disparatados, como que cuando fue derrocado Nerón, un olivar del emperador cruzó la vía pública -también refiere la creencia de que si uno se pone una lengua de hiena entre la planta del pie y la suela del zapato no le ladran los perros-.


Hacían mucho caso los romanos, pueblo supersticioso donde los haya, a los presagios y sueños. "Era por falta de una religión intimista", señala Rodà, "la religión oficial era ceremonial y no podía satisfacer las necesidades más profundas, así que estaban pendientes de presagios y se cargaban de amuletos". Artemidoro de Daldis, autor de una Intepretación de los sueños, apunta que soñar que uno es crucificado anuncia al soltero que va a casarse (!). Dión Casio da cuenta del infausto augurio que pareció a César el que cuando perseguía al ejército de Pompeyo sus estandartes aparecieran infestados de arañas. Marco Aurelio, un tipo que parece tan cabal hizo arrojar al Danubio dos leones vivos para propiciar su guerra contra los marcomanos. Para Mary Beard la historia más estrafalaria del mundo romano es la del banquete ofrecido por Heliogábalo en el que la lluvia de pétalos de rosa lanzada sobre los comensales fue tan copiosa que los asfixió. "Es una historia fuerte, pero ofrece una gran advertencia acerca del emperador: ¡su generosidad puede matarte!".


Los romanos a los que tenemos por tan limpios, no usaban jabón para lavarse sino aceite de oliva. Los retretes domésticos eran una excentricidad (y estaban junto a las cocinas, y no tenían puertas). Lo habitual era usar las letrinas públicas, sin ninguna privacidad. Curioso. Incluso los insultos romanos nos suenan extraños: Domicio Corbulón llamó a Cornelio Fido en el Senado "struthocamelus depilatus", "avestruz pelado", vamos, ni el capitán Haddock. ¿El sexo? "Somos más mojigatos que ellos en relación con el placer y el cuerpo", opina Rodà. "Había menos tabúes. No tenían el concepto de pecado y culpa que es nuestra herencia judeocristiana". A ver quién colgaría hoy en su casa un tintinnabulum, una campanita, con forma de pene...


Hay muchas cosas que damos por sentado de los romanos, pero que no son ciertas. Por ejemplo, apunta Mary Beard, que usaran habitualmente togas. "La toga era una vestimenta formal, no algo para cada día". La historiadora detesta que le pregunten (como le ocurre siempre) qué llevaban debajo de la ropa los romanos. Ahí va la respuesta: subligaculum. Con lo fácil que es decir calzoncillos y bragas...


Eran, parece, los romanos, poco dados a la introspección o al análisis psicológico. La corrupción y la prevaricación reinaban a gran escala, eso nos sorprende menos, pero había un fenómeno que nos resulta estrambótico, el evergetismo: el mecenazgo sobre el dominio público. Los ricos ofrecían servicios a la comunidad -a cambio de clientelismo político-. Los anfiteatros, las termas, la mayoría de los monumentos públicos eran pagados y donados a la ciudad por los poderosos. Como si el metro o la red eléctrica los regalara un particular. No existía una verdadera policía (aunque siempre podías llamar a Falco) y la única manera de conseguir justicia era a menudo tener un buen patrón o una banda de amigos que te echaran una mano: sí, mafiosillo. La serie Roma, que ahora se repone, da una imagen ajustada de eso.


¿Qué decir de la forma en que hacían la guerra los romanos? Salvaje. La guerra total. Las legiones eran una verdadera picadora de carne. Se calcula que la conquista de la Galia por César costó un millón de vidas. El propio Julio anota que en una batalla "casi la totalidad de la tribu de los nervios fue exterminada y con ella su nombre". Como dice Tácito que dijo el cabecilla britano Calgatus, "crean un desierto y lo llaman paz".


"Odio et amo: nuestra visión de Roma puede ser muy ambivalente", resume Isabel Rodà. "Los romanos llevaron al mundo una modernidad y un confort, una calidad de vida, que no hemos recuperado luego hasta el siglo XX, por no hablar del derecho, pero no podemos idealizarlos. Estamos separados: nosotros somos producto de muchas fases intermedias, y del cristianismo". Acabamos con un testimonio de excepción: ¡el del mismísimo Galba! "Me siento bien con la coraza, da empaque", dice Lluís Homar que se ha metido con ganas una segunda temporada en la piel del pretor. Aunque eso no le hace perder la perspectiva: "Los romanos eran diferentes, no te quepa la menor duda; mientras nosotros debatimos sobre el boxeo o los toros, ellos no tenían ningún reparo en emplear la fuerza bruta, ni en convertir la violencia en espectáculo. Los devolvemos a la vida en la ficción, pero su tiempo ha pasado".


Jacinto Antón

Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.


EL PAÍS