La imparable decadencia de Wim Wenders
'Inmersión' pretende ser una historia romántica sobre un amor condenado por el destino a la caducidad
Carlos Boyero
22 de septiembre de 2017
La primera vez que oí hablar de Wenders, la admiración provenía de un director tan inteligente y sensible como necesario. El suizo Alain Tanner, al que un amigo y yo habíamos entrevistado en su hospitalaria casa de Ginebra, depositaba sus esperanzas y certidumbres en un joven director alemán cuyas películas le habían conmovido. Esto ocurría en 1977. Al regresar a París buscamos en un minicine aquella presunta excelencia. Vimos en programa doble Alicia en las ciudades y En el curso del tiempo. Y nos parecieron fascinantes. Cine en blanco y negro centrado en viajes sin rumbo de personajes íntimamente desolados, muy perdidos, muy solos, desarraigados, a la intemperie. La cámara de Wenders y su forma de abordar los paisajes y los sentimientos poseía algo hermoso, se hablaba poco pero se sugerían muchas cosas, era una forma de narrar original y poderosa. Mi idilio con el cine de este hombre se prolongó con El amigo americano y Paris-Texas. No he vuelto a revisar esas películas, cuando paso mis días y mis noches retornando incansablemente y como medida de supervivencia a tantos clásicos que jamás te cansan ni te decepcionan. Pero con Wenders me da miedo que su obra haya envejecido mal o que me haya ocurrido a mí; es una forma de proteger los recuerdos.










