Cees Nooteboom
VERANO Es verano. Me despido del calor voluptuoso de Berlín, lo abandonaré por el otro verano, el mediterráneo. Y regresaré luego, en otoño. La ciudad parece haberse abandonado al placer, en los exuberantes prados tras el palacio de Charlottenburg o en el parque de Kreuzberg yacen mujeres semidesnudas como si estuviesen a la espera de una orgía. En dos ocasiones veo cómo una de esas teutonas monta sobre un pobre intelectual sumiso tendido en la hierba, le quita los anteojos y regala una profusión de caricias a su escuálida persona, un poco como lo haría un San Bernardo con la víctima de un alud. Los grandes senos blancos relucen al sol, el hombre patalea un poco pero sucumbe a esa desbordante muestra de afecto. La era del matriarcado ha dado comienzo, los que están a su alrededor ni se inmutan, fuman sus porros, empollan voluminosos libros, dejan que la cerveza les corra por la barba o hablan a su perro. La hierba reverdea, la ciudad dibuja un círculo de ruido en torno a estos enclaves, es verano y el smog fustiga los sentidos.