Era un aliento tibio que se le quedaba adherido en la
nuca y le entraba por el cuello almidonado de la blusa, humedeciéndole
la espalda. Alrededor de ella se comprimía la gente llenando el vagón, y
sin embargo, la única proximidad real era ese aliento. Podía percibir
su ritmo con más nitidez que el ruido de los carros o que su propia
respiración: acompasado, tal vez acelerándose un poco a medida que
aumentaba el contacto con su espalda y se hacía más intensa la presión
entre sus nalgas. Pero los cambios de intensidad eran casi
imperceptibles, dentro de un margen que permitía pensar en una
casualidad, un inevitable acercamiento.
