Ilustración de SakoAsko
Ha-ha-he, Hebe Uhart
O de cómo burlarte de tus colegas
BIOGRAFÍA
Quienes nos dedicamos al arte y a las humanidades alguna vez hemos poetizado hasta la manera en que una mosca cae sobre un vaso de leche, sin importar que después vertamos el contenido en el lavaplatos. Acostumbrados a buscar belleza en la inmundicia, pecamos de exceso poético: hay quienes creen que la Luna sale solo para que le reciten un verso mientras se agita una copa de vino o quienes consideran que al confeccionar un poema con versos de arte mayor salvan de catástrofes al mundo. Entre los que piensan que tienen un código secreto para comunicarse con la Luna y los que piensan que sus endecasílabos salvan vidas, los segundos ameritan una mayor atención: hablar con los astros es inofensivo; creerse un artista redentor no (suelen iniciar su propias inquisiciones). Lamentablemente, abundan más los de esta última especie, cuyas características sociales y fenotípicas se podrían resumir de la siguiente manera: bípedo citadino de alta alcurnia que cubre sus huesos con ruana, mochila y alpargatas, tiene tatuado un símbolo de la cosmogonía [inserte aquí el grupo aborigen de su preferencia], su dieta consiste en comer cualquier producto cuyo empaque diga “orgánico” o tenga una etiqueta que anuncie “durante 45 días un campesino vio crecer de la tierra lo que hoy tiene en sus manos”; ocasionalmente aspira rapé, colecciona artesanías indígenas, tiene una fundación sin ánimo de lucro y dice con orgullo que vivió una temporada de inmersión con la Madre Tierra cuando en realidad cumplía su semestre de práctica social. También es fácil de identificar por las expresiones que usa para sustentar la importancia de su proyecto cultural: “autóctono”, “identidad nacional”, “búsqueda de raíces”, “tradicional”, “hecho a mano”, “somos Abya Yala”.