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jueves, 1 de mayo de 2025

Antonio Caballero / Petro: Teoría y práctica

 

PETRO: TEORÍA Y PRÁCTICA.

Por Antonio Caballero.

19 de mayo de 2018

Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo –o el que a mí más me atrae– aunque no el más serio: es un programa para cuarenta años de gobierno, y lo único que han tenido de bueno los gobiernos en Colombia es que por lo general han durado poco tiempo. Los más largos –el de Santos, el de Uribe, o el de Núñez por interpuestas personas en el siglo XIX– han sido más dañinos. Lo que no me gusta de Petro es su manera de ser. Petro es Petro. Y eso es lo malo que tiene Petro, un político megalómano que de sí mismo habla en una admirativa y mayestática tercera persona.

martes, 27 de abril de 2021

Antonio Caballero / La sirena cantora

 



Antonio Caballero

LA SIRENA CANTORA


No importa mucho lo que recite Margarita Rosa, para eso es una actriz, sobre el ‘Pacto Histórico’, así denominado por Gustavo Petro, excandidato y precandidato a la presidencia de Colombia, y, en tanto que tal, politiquero profesional. Margarita es muy bella y tiene muy buena voz, y además es famosa, con lo cual es un gran gancho, un buen anzuelo para futuros votantes -pues de eso se trata- de la "Colombia Humana" de Petro. Y se ha dejado captar por lo que yo hace un par de meses llamaba las engañosas "voces de sirena" de Gustavo Petro y de su colega senador, y guionista de televisión, Gustavo Bolívar. Pero está vendiendo a un farsante y a una farsa.

El "Pacto Histórico" de Petro, que suena estruendosamente revolucionario, es simplemente un revoltijo politiquero y electorero: una mezcolanza de lo que queda del Polo Democrático, el Mais indígena, los restos de la Unión Patriótica, y la Colombia Humana de Petro. Más un par de saltimbanquis oportunistas, Roy Barrera y Armando Benedetti, tránsfugas de cuatro o cinco partidos distintos, tanto de derecha como de izquierda.

Sí, por supuesto: Bolívar es un gran guionista de ficción -recuerden su famosa telenovela Sin tetas no hay paraíso-; y así es de suponer que meterá la mano en la redacción del programa de la ficción petrista. Y Petro es un gran demagogo -acuérdense de sus arengas encendidas desde el balcón de la alcaldía sobre la plaza de Bolívar, incitando a la gente (¿al pueblo?, ¿al populacho?, ¿a la ciudadanía consciente y consecuente?) a protestar contra la censura de la Procuraduría de Alejandro Ordónez al alcalde Petro por sus abusos. Un abuso, a su vez, de Ordóñez para mostrar que el Polo no era de izquierda. No es que por eso Petro sea de derecha. Ni tampoco que sea de izquierda. Es petrista.

Y qué hábil titulador, eso sí. "Colombia Humana" es el nombre de su grupo, o de su coalición del impresionantemente llamado "Pacto Histórico", con mayúsculas. ¿Y quién se va a atrever a estar públicamente en desacuerdo con la Humanidad? ¿O con la Historia? Y la suya no es política de izquierda ni de derecha, que según él ya no existen, sino "de la vida contra la muerte". ¿Y quién va a estar en favor de la muerte? Ni siquiera lo han estado abiertamente, públicamente, los dos más hábiles utilizadores de la muerte para la política del siglo veinte, Adolfo Hitler desde la derecha y José Stalin desde la izquierda.

Yo mismo estoy de acuerdo con los abrumadores y solemnes títulos que les pone Gustavo Petro a sus propuestas políticas: Humanidad, Historia, Vida contra la Muerte. Pero no se los creo. Creo que son solamente el disfraz de sus ambiciones personales. Ya lo he escrito varias veces: Petro es un mentiroso.

Creo que con sus sonoras palabras no solo engaña a personas inteligentes pero ingenuas y novatas en política como Margarita Rosa de Francisco, sino también a otras más veteranas, como Gustavo Bolívar, su compañero de pesca. Creo, en suma, que Petro no sólo tiene la voz, sino que también tiene el mitológico cuerpo de las sirenas: mitad mujer cantora, mitad huidizo pez resbaloso. Por eso lo llamé "sirena" en el artículo en que, hace un par de meses, critiqué sus obscenos, en mi opinión, cantos electorales hacia la bella Margarita Rosa de Francisco.

Aunque, claro: si me atreviera a decir que la verdadera sirena de este cuento es Margarita Rosa me saltarían a la yugular. Como ya lo hicieron el otro día los defensores del más torpe de los feminismos: ese que predica que a una mujer no se le puede tocar ni con el pétalo de una rosa. (¿O de una margarita?) Por eso no me atrevo.

LOS DANIELES


Antonio Caballero / La sirena cantora y Margarita Rosa

 

https://www.youtube.com/watch?v=ugg-HxBDyag


Antonio Caballero

LA SIRENA CANTORA

Y MARGARITA ROSA


“Margarita Rosa es muy bella, y además es famosa, con lo cual es un gancho para votantes”: Caballero

Una fuerte polémica y críticas ha desatado el periodista Antonio Caballero, en su más reciente columna publicada en el portal ‘Los Danieles’, denominada ‘La Sirena Cantora’, en la que arremete fuertemente contra Margarita Rosa, Gustavo Petro y el Pacto Histórico.

En el texto, Caballero aseguró que el líder de la Colombia Humana encontró en la actriz el “gancho” prefecto para atraer varios votantes de cara a las elecciones presidenciales del 2022.

Antonio Caballero / Políticos no políticos


 Antonio Caballero

Políticos no políticos


No conozco del joven Tomás Uribe más que su fama de empresario con suerte: uno a quien, bajo el gobierno de su padre Álvaro, le regalaron una zona franca en Funza para que montara los negocios que lo han convertido en multimillonario. Y lo de ahora, claro: lo de los lameculos del expresidente, o “presidente eterno”, como lo llaman ellos, que proponen al hijo para que sea presidente de la República, sin otro mérito que – el de sus éxitos empresariales aparte – ser el hijo de su padre. No recuerdo si hace unos años, cuando era estudiante universitario, fue de sus guardaespaldas o de los de su hermano Jerónimo de quienes se dijo que le habían dado una tunda a otro muchacho que se atrevió a tratar de quitarles una novia. La revista “Semana”, que es casi la única que queda en Colombia, le dio hace unos días al joven una entrevista de cinco páginas enteras, cosa sin precedentes. Sus razones tendrían.

martes, 18 de febrero de 2020

Antonio Caballero / A sangre fría

Popeye


A sangre fría

Popeye, el peor de los sicarios de Pablo Escobar, murió de un cáncer sin haber manifestado el menor arrepentimiento por sus crímenes. Semblanza de un asesino que marcó a Colombia. 

Antonio Caballero
2 de febrero de 2020

Muere en su cama Popeye, el sanguinario jefe de sicarios del sanguinario narcotraficante Pablo Escobar, y entre los primeros que envían públicamente su sentido pésame a la familia del difunto está el comandante del Ejército Nacional, el general Eduardo Zapateiro. Lo explica con solemnidad, en un escenario imponente de banderas de Colombia y del Ejército, diciendo: “Hoy ha muerto un colombiano. Como comandante del Ejército, presento a la familia de Popeye nuestras sentidas condolencias. Lamentamos mucho la partida de Popeye. Somos seres humanos, somos colombianos”.
Se queda uno estupefacto. “El Ejército Nacional en cabeza de su comandante del Ejército…” lamenta oficialmente la defunción de un convicto y confeso asesino al servicio de la criminalidad organizada, llamándolo familiarmente por su apodo, Popeye, como a un viejo compinche, y despidiéndolo como a una figura de Estado. ¿Un “gran colombiano”?
Sí. Pero también eran seres humanos colombianos los 300 asesinados con su propia mano por Jhon Jairo Velásquez,alias Popeye, y los 540 policías, de los cuales “unos 25” matados por él en persona, y los 107 pasajeros del avión de Avianca que explotó en vuelo por una bomba puesta por sus hombres, y los otros 63 muertos y 600 heridos del camión bomba contra el edificio del DAS, y los centenares de víctimas de los demás 200 carros bomba ordenados por su jefe, el narcotraficante Pablo Escobar, y los 3.000 en total cuyo asesinato “coordinó”, según confesión propia, para él, el Patrón, a quien describía (en una entrevista dada para esta revista hace cuatro años, cuando después de pagar 23 de cárcel salió en libertad por pena cumplida) como “un genio, un líder, un organizador de bandidos y un gran secuestrador”. Aunque no como un asesino. Porque, reveló Popeye, Escobar personalmente “no mató a más de 20 personas en toda su vida”.
Poca cosa, es verdad, frente a los centenares de asesinatos de Popeye, que incluyeron –aunque no por propia iniciativa, sino por orden del Patrón– el de la mujer a quien amaba y los de varios de sus íntimos amigos.
Y los secuestros. Popeye fue, siguiendo las órdenes del “gran secuestrador” Pablo Escobar, el primer ejecutor de secuestros políticos que hubo en Colombia, con los de Pacho Santos, hijo del entonces dueño y director de El Tiempo Hernando Santos, y Andrés Pastrana, hijo del expresidente Misael Pastrana y futuro presidente él mismo (en buena parte gracias a la Alcaldía de Bogotá que en ese momento le dio la popularidad de su secuestro).
Las condolencias del general Zapateiro pueden haberles parecido a muchos una confesión vergonzosa de la muy sospechada y varias veces comprobada complicidad entre ciertos sectores militares y los carteles criminales del narcotráfico, y a muchos más simplemente una imprudente metida de pata; y es posible que el general al que se le fue la lengua las matice con alguna excusa patriótica en estos días que vienen, pasado el primer impacto de la luctuosa noticia. Pero no cabe duda de que son sinceras. Ni tampoco de que el general no es el único que lamenta la defunción del tenebroso hampón. Porque Colombia –y, como el general Zapateiro dice, “somos colombianos”– está llena de colombianos que sí, que también admiran a los organizadores de bandidos y a los asesinos moderados –de los que solo matan gente de 20 en 20-; y no digamos ya a los narcotraficantes poderosos que siguen siendo hoy las personas más ricas de Colombia, cuyo negocio puede representar, según dicen los cálculos de los economistas, entre un 2 y un 5 por ciento del producto interno bruto del país: el doble que el de los cafeteros. Un negocio que les permite comprar, por simple admiración espontánea o por dinero contante, las conciencias de jueces, de periodistas, de militares, de políticos, tal como llevamos 40 años viéndolo. Y, por supuesto, de pilotos de avión, de policías, de aduaneros, de campesinos cocaleros y de raspachines de la mata de coca. Por eso la tumba de Pablo Escobar en Itagüí está siempre rebosante de flores y de cartas de amor y es visitada por más peregrinos que la de la santa madre Laura en Jericó o la del millonario Leo S. Kopp en Bogotá, que según es fama reparte plata. Al propio Popeye, convertido en youtuber desde su liberación, lo seguían en internet un millón de personas. Lo del general Zapateiro no es una metida de pata: es un síntoma.
Popeye fue un horror. La enciclopedia electrónica Wikipedia lo describe escuetamente como “sicario, asesino, narcotraficante y violador”, bajo el acápite de la que era su “ocupación”. Pero también narra las etapas de su educación juvenil, que no parecían llevarlo a ser todo eso: En la Academia Toscana cursó estudios de manicurista y pedicuro, oficio que al parecer no le gustó y dejó por el de barbero en peluquerías de Medellín, donde que se sepa no llegó a degollar a ningún cliente. Luego pasó a la Escuela de Cadetes de la Policía Nacional, y finalmente terminó en el Sena (Servicio Nacional de Aprendizaje), ya desde la cárcel, donde obtuvo el diploma de “recuperador ambiental”. Pero antes había desarrollado su exitosa carrera delincuencial acumulando los cadáveres, como se enumeró más arriba. Entre sus víctimas personales se contaron, según su confesión –o más bien, su jactancia– 25 policías de un total de 540 pagados por Escobar, su novia preferida (aunque compartida con el Patrón) y su mejor amigo, el narcotraficante Quico Moncada. Secuestros, carros-bomba. Y su colombianísima inclinación a admirar a los ricos y poderosos. No solo a su jefe, el Patrón, sino incluso a los secuestrados famosos que estuvieron en su poder. A Pastrana, a quien en la mencionada entrevista con SEMANA definió diciendo, asombrosamente, “yo soy muy bruto y él es muy inteligente”.
Su retorno al crimen tras su liberación: solo por el placer, sin que le faltara el dinero. Porque, como sabemos, el aparato de la justicia colombiana es incapaz de recuperar las fortunas mal habidas de los delincuentes, sean asesinos profesionales o simples politiqueros peculadores. Y su final conversión a la política respetable a través del respetable y respetado Centro Democrático uribista, con su publicitada y aplaudida participación en las marchas convocadas por este por el NO al plebiscito por la paz y su militancia activa en la campaña electoral de Iván Duque, el elegido destinado a “hacer trizas” los pactos que dieron término al conflicto armado que devastó al país durante el último medio siglo.
Después, ya salido de la cárcel, volvió a caer preso por los delitos de extorsión, concierto para delinquir, amenazas e incitación al odio.
Incitación al odio: al leer esas imputaciones se queda uno pensando que con la muerte de Popeye la política colombiana acaba de perder a una gran figura.
O si no, que se lo pregunten al acongojado comandante del Ejército.

sábado, 19 de mayo de 2018

Antonio Caballero / Petro: teoría y práctica


Antonio Caballero

PETRO: TEORÍA Y PRÁCTICA 


Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo –o el que a mí más me atrae– aunque no el más serio: es un programa para cuarenta años de gobierno, y lo único que han tenido de bueno los gobiernos en Colombia es que por lo general han durado poco tiempo. Los más largos –el de Santos, el de Uribe, o el de Núñez por interpuestas personas en el siglo XIX– han sido más dañinos. Lo que no me gusta de Petro es su manera de ser. Petro es Petro. Y eso es lo malo que tiene Petro, un político megalómano que de sí mismo habla en una admirativa y mayestática tercera persona.

Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra de su destrucción y a la especie humana de su extinción. Sus iniciativas de gobierno, que no eran populistas, como dicen, sino simplemente demagógicas: el arbitrario cierre de la plaza de toros bajo pretextos caricaturescos de “lucha de estratos” entre ricos y pobres; la compra de los inservibles camiones de basuras de segunda mano sin licitación ni consulta. Casi no lo conozco personalmente, pese a haber tenido durante tres años bajo su alcaldía un programa de televisión en Canal Capital; pero sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista. Reclamándose del pueblo, por supuesto, como es lo propio de los demagogos.

Fue, eso sí, un gran parlamentario, que hizo en el Senado magníficos debates de denuncia y de control político. Sabe hablar. Por eso es también el más hábil y el mejor de los candidatos en los debates televisados, tanto en las respuestas como en las propuestas. Pero es que encarnadas en su persona no creo en esas propuestas: no me parece que Gustavo Petro sea una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona, aunque se haya engalanado –de raponazo– con el indecente autoelogio de proclamar que sus candidatos al Congreso representan “la decencia”. No le creo ni “el amor” de que tanto habla. Ni “el saber” que pretende transmitir. Ni “la humanidad” que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado. Petro no inspira confianza.

Lo hizo mártir el procurador Ordóñez al destituirlo arbitrariamente de la alcaldía: un fanático a cuya elección por el Congreso él mismo había contribuido persuadiendo a sus colegas del Polo de que votar por tan conspicuo representante de la extrema derecha demostraba que el Polo no era de izquierda. Y en su caso personal es cierto que no lo era: aunque se pretenda de izquierda, Petro tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el “cesarismo democrático” que inventó un intelectual lagarto en Venezuela para justificar la larga tiranía de Juan Vicente Gómez, y que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en nombre, por supuesto, del pueblo. Y así lo confirma su anunciada convocatoria de una Asamblea Constituyente si gana las elecciones. Como las que han convocado todos los aspirantes a dictadores que ha tenido Colombia: Bolívar, Mosquera, Núñez, Reyes, Gómez, Rojas. Porque Petro gusta de equipararse con los mártires: en sus discursos del balcón de la alcaldía se comparaba con Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán; y ahora clama en las plazas: “Todo candidato que no es de la clase política tradicional ha sido asesinado. No hay excepciones”. Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica “dialéctica de la yuca” copia su propia “dialéctica del aguacate”.

Me sucede a mí con Petro lo mismo que le pasaba hace un siglo largo a don Miguel Antonio Caro, que lo resumía así: “De los liberales me apartan las ideas. Y de los conservadores las personas”.

Revista Semana
19 de mayo de 2018


jueves, 14 de septiembre de 2017

Antonio Caballero / El papa Francisco en Colombia

Papa Francisco

Lo del papa

Los cabecillas de la rebatiña actual, Santos y Uribe, al ver tantos papistas quieren parecer ellos más papistas que el papa.
Antonio Caballero
9 de septiembre de 2017
La religión ha servido siempre como disfraz virtuoso de la política. Todas las religiones. Las guerras políticas inspiradas por la religión han sido las más mortíferas y crueles de la historia humana –y es tal vez por no tener ninguna que los animales no se organizan en ejércitos, sino que luchan y se comen los unos a los otros de modo individual, uno por uno. Opio del pueblo, llamó Karl Marx a la religión, metafóricamente.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Antonio Caballero / Por los derechos de las minorías






Antonio Caballero
Por los derechos de las minorías
Semana, 6 de septiembre de 2014


El matador César Rincón ha terciado en la polémica.
En su carrera tuvo grandes tardes en Bogotá

La controversia por la plaza de toros de Santamaría parece zanjada tras la sentencia de la Corte Constitucional, pero nada garantiza que el alcalde la cumpla.


Este torero, para citar una frase de Hemingway,
tiene la fiereza de un perro sobre un león muerto.

La Corte Constitucional puso punto final al abuso del alcalde Gustavo Petro contra los aficionados a los toros, ordenándole reabrir la plaza de Santamaría de Bogotá para dar corridas en un plazo máximo de seis meses. ¿Punto final? Eso no es tan fácil tratándose de Petro, que ya apeló, y no tardará en encadenarse al balcón del Palacio Liévano para echar peroratas demagógicas sobre su amor a la vida, mientras pasa el tiempo, mientras gana tiempo. El fallo de la Corte, favorable a la tutela presentada hace dos años por Felipe Negret y la Corporación Taurina, arrendatarios de la plaza, entra en el largo vía crucis de apelaciones y dilaciones que suelen tener en Colombia todas las decisiones jurídicas. Petro es un virtuoso consumado en argucias procedimentales. 
Ahora se aferra, para empezar, a dos recursos. Uno es la necesidad de que la plaza sea reforzada estructuralmente para darle la sismorresistencia que no tiene, como no la tiene ningún monumento histórico de Bogotá, empezando por el mismo Palacio Liévano desde cuyo balcón el alcalde corre el riesgo de desnucarse si en medio de una perorata demagógica lo sorprende un terremoto. Según un estudio del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural que costó 900 millones de pesos, “el alto nivel de vulnerabilidad sísmica” que presenta la plaza hace que los permisos para hacer obras se le hayan pedido al Ministerio de Cultura, cuya Dirección de Patrimonio deberá dar un concepto en diez días. Las obras mismas, calcula el IDPC, tomarán dos años. Pero la Corte, que ya conoce las mañas del señor alcalde, dio un plazo de seis meses para que se reanuden las corridas, y explicitó en su fallo que el Distrito “debe abstenerse de adelantar cualquier tipo de actuación administrativa que obstruya, impida o dilate su restablecimiento como recinto del espectáculo taurino en Bogotá”. El otro recurso está en un proyecto de acuerdo presentado al Concejo de la ciudad, por el cual se busca –como en el caso del famoso ‘articulito’ de la reelección presidencial de Álvaro Uribe –cambiar “una palabrita” en el numeral 7 del artículo 2 del Acuerdo 4 de 1978, que le ordena al Instituto Distrital para la Recreación  y el Deporte (IDRD) administrar la plaza “fomentando la presentación de espectáculos taurinos y culturales”. Se propone omitir del texto la palabra ‘taurinos’, y asunto arreglado. La plaza podrá volver a su efímera vocación petrista de patinaje en hielo y recitales de poesía, a los cuales no iba nadie. 
Hay un tercer recurso: los derechos de los animales. El fallo sobre la preservación de la cultura taurina contradice, según sus críticos, otras dos sentencias de la misma Corte Constitucional: la c-666 (y no puedo menos que señalar que el 666 es el número de la bestia apocalíptica del evangelio de San Juan), y la c-889 de 2012 (nada ominoso ahí), que establecen la “protección animal” y eliminan la exhibición de animales en espectáculos circenses. 
El de los derechos de los animales es un concepto relativamente nuevo, sentimentalmente atractivo pero jurídicamente bastante absurdo. Se puede hablar de los deberes que hacia los animales tenemos los seres humanos, pero no de los derechos que puedan tener ellos: la idea misma de derecho implica conciencia, de la cual carecen. “La culpa es de Walt Disney– refunfuñaba la otra tarde un viejo aficionado después de visitar a los novilleros en huelga de hambre frente a la Santamaría–, que puso a los animales a hablar como si fueran personas”. Y los niños, hoy jóvenes adultos, educados en la televisión con Walt Disney y Plaza Sésamo, se han convertido en animalistas, y por consiguiente en antitaurinos. Pues no parecen darse cuenta de que el único animal tratado con respeto por el hombre, casi como un igual, es el toro de lidia. No el ganado de carne que comemos, ni las pulgas que nos comen. ¿Hermana pulga? No se le ha oído decir eso ni a San Francisco de Asís. 
Pero la ternura disneyana trasladada al ámbito del despotismo burocrático, como lo hace el alcalde Gustavo Petro, se lleva por delante otros derechos: los de las minorías (en este caso las minorías aficionadas a la fiesta brava),  arrasados por el sentimentalismo de las mayorías. Señalaba un jurista que las Cortes Constitucionales se inventaron para defender a las minorías de la tiranía de las mayorías.
Pues es exactamente eso lo que está en juego en esto de la prohibición de las corridas de toros. O de su no propiciación, en la retorcida retórica de Gustavo Petro, que en su opinión lo autoriza, en tanto que “dueño” de la plaza, a no alquilárselo a quien no le dé la gana.  En este caso, a quienes pretenden usarla para dar toros, pese a que la misma Corte ha especificado varias veces que el objeto de la plaza de toros, como su nombre lo indica, es dar toros; y que la misma Corte “ha avalado la regulación legal de estas actividades (los espectáculos taurinos), contenida en la Ley 916 de 2004, en cuanto tradición cultural de la Nación, susceptible de ser reconocida por el Estado”.
Los aficionados a los toros en Bogotá no pasamos de unos cuantos millares de personas: somos los que llamamos las 15.000 localidades de la Santamaría (las caras y las baratas, las de sombra y las de sol), más las dos o tres mil más que se quedan por fuera en las grandes tardes de “no hay billetes”. Somos, pues, una pequeña minoría. Pero la democracia, en la que se supone que vivimos aquí y gracias a la cual Gustavo Petro ha podido conservar en contra de la arbitrariedad del procurador su cargo de alcalde de Bogotá, consiste en el respeto a los derechos de las minorías, y no únicamente en el gobierno de las mayorías.
A las cuales lo que les gusta es prohibir. No solo en el mundo islámico, como lo caricaturizan los medios: sino aquí. Acabamos de ver la clausura de una exposición en un museo porque unos católicos la consideraron impía y pidieron su prohibición. Hemos visto la furia desatada del procurador Alejandro Ordóñez contra la sentencia de la Corte que permitió la adopción de un bebé por una pareja homosexual. La prohibición de las corridas de toros forma parte del fenómeno prohibicionista de todo lo que no sea mayoritario, como ha sido el caso del consumo de drogas, y forma parte también del ánimo general de incitación a la violencia. En estos días hemos visto a los antitaurinos militantes fanáticos, frenéticos –y por añadidura desocupados– agresivos y soeces, desencadenados en las redes sociales contra los magistrados de la Corte y, por supuesto, contra los aficionados a los toros: asesinos, los llaman, sádicos, enfermos mentales.
Son ellos quienes, como el propio alcalde Petro que los encabeza, acusan a los pacíficos aficionados a los toros de incitación a la violencia.  El propio alcalde, por su origen rojaspinillista (M-19: “Con el pueblo, con las armas, con María Eugenia al poder”), debería saber que a diferencia de lo que ocurre a menudo en los estadios de fútbol, la única vez que ha habido aquí violencia en una plaza de toros fue aquella en la que el dictador mandó a sus detectives del SIC a que apalearan en las graderías de la plaza a los aficionados que en la corrida del domingo anterior habían abucheado a su hija María Eugenia, la futura “capitana del pueblo”. Tal vez de aquel abucheo le viene a Petro, de manera inconsciente, su animadversión por la afición a los toros.
Porque se opone a ese prohibicionismo demagógico, a esa generación de un “estado de opinión” que se considera forma superior del Estado de derecho, a ese arrasamiento de las minorías por las mayorías exacerbadas de odio y de ignorancia, la defensa de las corridas de toros se condensa en el grito que la otra tarde, ante la plaza, en torno a los novilleros en huelga de hambre para reclamar su derecho al trabajo, lanzaban los aficionados: ¡Libertad!
Nota: Aseguró Gustavo Petro hace 15 días cuando recibió en su despacho de la Alcaldía a esos mismos novilleros en huelga que él prefería retirarse de su cargo antes que permitir que en Bogotá volvieran a celebrarse corridas de toros. Creo que la ciudad entera agradecería que cumpliera su palabra. 




sábado, 31 de mayo de 2014

Antonio Caballero / Coloquio de perros


Coloquio de perros
Por Antonio Caballero

Semana, 31 de mayo de 2013

De modo que, no filtradas a nadie ni comunicadas a la Fiscalía las anunciadas pruebas, no se sabrá si hubo delito de Santos, o de Uribe, o delito de un tercero. Todo quedará en la intimidad privada del par de amigotes.

Antonio Caballero / Resignación y miedo



Resignación y miedo
Por Antonio Caballero



A todas esas malas mañas de su amo quiere devolvernos Zuluaga,
 como un perrito fiel, si gana las elecciones. 
A la guerra abierta, a la guerra sucia, a la corrupción,
 a la mentira. 
Por eso es el peor de los candidatos.



La mejor de los candidatos presidenciales, o, más exactamente, la única buena, es Clara López, del Polo Democrático. Por su programa, por su convicción –es la única de todos ellos que parece convencida de lo que dice-, y por su claridad. De los otros cuatro ninguno me convence.

domingo, 27 de abril de 2014

Antonio Caballero / Los funerales de la mamá grande

Gabriel García Márquez

Antonio Caballero

Los funerales de la mamá grande


Si no fuera por su fama universal, que obliga a los dueños de Colombia a fingir una admiración hipócrita, todos ellos estarían aplaudiendo a la señora uribista.


Semana, 27 de abril de 2014
Hace un par de semanas pedía yo, para entender lo que pasa en Colombia, un libro sobre el pecado capital de los colombianos, que es la lambonería. Acaba de aparecer ese libro. Basta con empastar juntos los miles de comentarios que se han escrito en la prensa, o dicho al aire en la televisión y la radio, con motivo de la muerte de Gabriel García Márquez. “Gabolatría”, titulaba un columnista su columna al respecto. Que no será la última.