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sábado, 4 de noviembre de 2023

Jorge Volpi / El virus planetario


Vargas Llosa, Donoso y Garcíoa Márquez
con Patricia, Mercedes y Pilar


Un virus planetario

El autor del artículo subraya la indiscutible influencia literaria de los grandes autores latinoamericanos de la generación del ‘boom’.

También su capacidad para despertar con igual eficacia las más feroces críticas y las loas más rendidas


JORGE VOLPI 
Nueva York,14 NOV 2012 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Yoga / Emmanuel Carrère o la verdad sospechosa

 


Emmanuel Carrère o la verdad sospechosa


En 1999, tras la publicación de ‘El adversario’, el francés decidió convertirse, si no en otra persona, al menos en otro escritor. Su esfuerzo ha terminado en un irremediable —y fecundo— fracaso con ‘Yoga’: miente más que documenta


Jorge Volpi
9 de junio de 2021



En 1999, tras la publicación de El adversario, Emmanuel Carrère decidió convertirse, si no en otra persona, al menos en otro escritor. Hasta entonces había publicado un puñado de buenas novelas —Bravura, Hors d’atteinte, El bigote y Una semana en la nieve— y fascinantes ensayos —El estrecho de Behring y su biografía de Philip K. Dick—, pero entonces anunció, a diestra y siniestra, que no volvería a escribir ficciones y se consagraría a ese género inasible y un tanto monstruoso, que tan bien concentra las tensiones de nuestro tiempo, al cual se suele llamar novela sin ficción y que él bautizó con el nombre, acaso más apropiado, de novela documental.

miércoles, 30 de junio de 2021

Los crímenes que la literatura narra ahora son verdaderos

De izquierda a derecha Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie van Houten

Los crímenes que la literatura narra ahora son verdaderos

Renovado por autores como Carrère y de plena actualidad gracias a premios y éxitos de ventas, el género desembarca en Europa desde EE UU


JUAN CARLOS GALINDO
Madrid 17 ABR 2018 - 04:51 COT

En un mundo de crímenes horribles, identidades artísticas superlativas y gusto por las historias basadas en hechos reales hay un género que condensa estos factores, los manipula y ofrece al lector un relato, a veces inquietante a veces reparador, en el que ni realidad ni ficción son lo que eran. Con el antecedente en español de Operación masacre de Rodolfo Walsh (1957) pero fundado unos años más tarde por Truman Capote y Norman Mailer con A sangre fría y La canción del verdugo, el true crime ha recogido el fruto plantado por el nuevo periodismo para transformarse en un género híbrido, en el que el yo del autor gana protagonismo y en el que se hace uso de la crónica mezclada con la ficción. Emmanuel Carrère abrió la veda del éxito a principios de siglo con El adversario (Anagrama) y le dio la vuelta al género. Ahora, llibros como Laetïtia y el fin de los hombres de Ivan Jablonka –premio Medicis, premio Le Monde– o el reciente Premio Alfaguara conseguido por Jorge Volpi con Una novela criminal trasladan a Europa una efervescencia que ya lleva años en el mundo anglosajón.

domingo, 27 de junio de 2021

Jorge Volpi / Viaje literario por el México de Juan García Ponce


Viaje literario por el México de Juan García Ponce

Jorge Volpi continúa esta serie para conocer mejor México a través de la obra de un autor casi olvidado


La Feria virtual de EL PAÍS en la Feria de Guadalajara sigue hoy con la segunda entrega de la serie Viaje literario por México (cada día un escritor mexicano recomendará un libro de un compatriota suyo que nos permita conocer mejor su país) Participarán Juan Villoro, Cristina Rivera Garza, Jorge Volpi, Guadalupe Nettel, Xavier Velasco...
Hoy el turno es para Jorge Volpi:
Juan García Ponce, Crónica de la intervención (1982) Esta novela descomunal (publicada recientemente como el tomo VI de la Obra reunida de su autor) es quizás una de las novelas más injustamente olvidadas de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX, tanto por los críticos como por los lectores. En ella, García Ponce se propuso no sólo escribir la Gran Novela del 68 —en mi opinión, sólo Palinuro de Méxicode Fernando del Paso se le compara—, en un fresco que abarca un sinfín de personajes que se mueven entre las tensiones políticas y la intimidad más azarosa, sino insistir en los juegos de identidades y en los intercambios eróticos que le apasionaron hasta el final de su vida. Nadie que esté dispuesto a sortear su casi millar de páginas saldrá indemne de su lectura.


viernes, 2 de febrero de 2018

Jorge Volpi gana el Premio Alfaguara con ‘Una novela criminal’


Jorge Volpi


Jorge Volpi gana el Premio Alfaguara con ‘Una novela criminal’

El escritor mexicano sigue la estela de 'A sangre fría' para narrar "sin ficción" un caso que enfrentó a México y Francia



FERRAN BONO
DAVID MARCIAL PÉREZ
JESÚS RUIZ MANTILLA
Madrid / México 1 FEB 2018 - 00:05 COT

La novela sirve para muchas cosas. Una de ellas, para evadirse de la realidad. Pero también, cuando esta se muestra esquiva, caótica o llena de fugas, para ordenarla. Al buscar ese camino, cuando los hechos se encuentran envueltos en un laberinto, no necesita si quiera de la ficción. Por eso, Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) ha escogido un caso plagado de sombras: el que afectó en 2005 a Israel Vallarte y Florence Cassez, entonces pareja sentimental, acusados de secuestro en México, para contarlo en Una novela criminal, que se ha alzado con el XXI Premio Alfaguara.
Volpi trata de ordenar los hechos que sacudieron México y provocaron un incidente diplomático entre los gobiernos de Felipe Calderón y el de Nicolas Sarkozy con una “novela sin ficción”. Las presiones de Sarkozy condujeron a la liberación de Florence Cassez [tras ocho años de prisión] pero eso no impidió que Israel Vallarta lleve 11 años en la cárcel sin sentencia de primera en instancia”, explicó desde México a este periódico el reputado escritor, autor de novelas como En busca de Klingsor (Seix Barral).
El escritor mexicano sigue en su novela premiada por el grupo editorial Penguin Random House con 175.000 dólares (140.400 euros) y una escultura de Martín Chirino, la arriesgada vía que hoy exploran autores como Javier Cercas (Anatomía de un instante) o Emmanuel Carrère (El adversario), a quienes reivindicó nada más darse a conocer el fallo en Madrid, y con anterioridad Truman Capote (A sangre fría) o Norman Mailer (La canción del verdugo). “Utilizan los recursos y los medios de narrar propios de la novela tradicional para contar hechos ciertos, y el margen de la imaginación consiste a veces en llenar esos intersticios que no quedan claros”, señaló. Pero a diferencia de Capote o Mailer, quienes “confiaban en sus sistemas judiciales", el mexicano ha afirmado que su "gran desafío" ha sido, justamente, que no se podía creer nada del suyo.

Mentiras

Y en esa técnica entra un intento de aclarar mediante interrogantes. “Las conclusiones, en esta novela sin ficción, las debe sacar el lector”, apuntó Volpi, colaborador de EL PAÍS. O la conciencia de lo que no funciona, caso de la justicia en México, según el también autor de Las elegidas (Alfaguara). “En este caso, no del todo aclarado, la función de las instituciones fue dar una apariencia de que se estaban resolviendo los hechos, pero con mentiras. La autoridad trató de ocultar lo que debía haber esclarecido. Sobre este caso se reveló que la policía había organizado un montaje televisivo para capturarlos”.




UNA DETENCIÓN TELEVISADA


Israel Vallarta y Florence Cassez fueron detenidos en un rancho a las afueras de Ciudad de México. El operativo policial fue retransmitido en directo por Televisa y TV Azteca, las primeras cadenas mexicana, incluyendo el rescate de tres personas secuestradas. Días después se demostró que fue un montaje urdido por la policía y reporteros de las cadenas. La pareja fue en realidad detenidos un día antes. La farsa mediático-policial no impidió que fueran acusados y condenados. Además, la investigación estuvo plagada de irregularidades: testigos que nunca estuvieron allí; testimonios falsos logrados con amenazas y torturas; víctimas sin constancia de que haber sido secuestradas; y un jefe de policía, Genaro García Luna, que se convertiría en poderoso ministro de Seguridad Pública.

Tres años estuvo el escritor documentándose, leyendo las 10.000 páginas del expediente para elaborar su novela, cuya narración arranca en 2005. Desde entonces, “México, lamentablemente, ha cambiado mucho. En aquellos momentos, la mayor preocupación de seguridad eran los secuestros, pero, un año después, Calderón lanzó la guerra contra el narco. Esto ha llevado a lo largo de estos 12 años a una situación en la que tenemos cientos de miles de muertos, de desaparecidos, en unas cifras propias de una guerra civil. Ha sido un cambio terrible”.
Y a pesar “de este escenario político y social tan desasosegante”, continuó su reflexión en conversación telefónica con este diario, “es sorprendente que haya tantas generaciones en activo, en las artes visuales, en la literatura y ahora principalmente en el cine, conviviendo con proyectos distintos en un ambiente cultural enormemente rico, frente a un ambiente social y político tan terrible”.
Fernando Savater, presidente del mismo, leyó el acta: “Rompiendo con todas las convenciones del género, el autor coloca al lector y a la realidad frente a frente, sin intermediarios. En esta historia, el narrador es tan solo el ojo que se pasea sobre los hechos y los ordena. Su mirada es la pregunta, aquí no hay respuestas, sólo la perplejidad de lo real".
Le acompañaron en el escenario para la lectura del fallo los demás miembros del jurado: los escritores Mathias Enard y Sergio del Molino, la cineasta peruana Claudia Llosa, el librero mexicano Emilio Achar y la editora del sello, Pilar Reyes.
Fue una entrega adelantada con respecto a años anteriores. Pero quedará fijada así. Será a partir de esta edición el último miércoles de enero. Con tiempo suficiente, según Núria Cabutí, directora general de Penguin Random House, “el autor llegue con la novela a las ferias del libro latinoamericanas y españolas”.
En esta convocatoria al Alfaguara se recibieron 580 manuscritos, de los que 261 fueron remitidos desde España, 88 desde Argentina, 62 desde México, 69 desde Colombia, 45 desde Estados Unidos, 21 desde Chile, 22 desde Perú y 12 desde Uruguay.

El Crack

Diplomático, escritor, mitómano, gestor cultural, Jorge Volpi es uno de los máximos exponentes de la renovación del panorama literario mexicano de las últimas dos décadas. Forma parte junto a Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou o Eloy Urroz de la llamada generación del Crack. Nacidos entre 1961 y 1968, los años de la gran onomatopeya literaria, el Boom, su obra ha ampliado y enriquecido la tradición latinoamericana con vectores más cosmopolitas y contemporáneos.




Invitados al anuncio del Premio Alfaguara, este miércoles en el Casino de Madrid.
Invitados al anuncio del Premio Alfaguara, este miércoles en el Casino de Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ


“Se enfrentaron a la grisura del postboom –precisa Mario Bellatin, escritor mexicano y coetáneo de Volpi– que seguía intentando emular aquella formula exitosa. Fueron los primeros que como grupo clamaron por una libertad, por el factor sorpresa. Más que marcar un camino determinado, tiraron una bomba para que todos los caminos fueran válidos”
El dialogo en sus tramas narrativas con otras disciplinas como la historia, la economía, la psicología, o la introducción de personajes históricos en sus novelas –como en El fin de la locura (2003) o la celebrada En busca de Klingsor (1999)–­ son algunas de las constantes del universo del escritor mexicano, autor de mas de una veintena de títulos entre novelas, cuentos y ensayos.
Licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica, Volpi ha compaginado su labor literaria con una carrera como funcionario. Agregado cultural en Paris, fue durante cuatro años director del Festival Internacional Cervantino. Desde el año pasado, está al frente del área de difusión cultural de la UNAM, la mayor universidad de América Latina.


martes, 16 de mayo de 2017

La mirada de Rulfo al México actual

La mirada de Rulfo al México actual

Varios escritores e intelectuales reflexionan sobre la vigencia de la obra de Rulfo y el mensaje que aún tiene que trasladar a los mexicanos


JAVIER LAFUENTE
México, 16 de mayo de 2017

Hay algo que trasciende cualquier efeméride sobre Juan Rulfo, de cuyo nacimiento se cumplen este martes 100 años: el poso de su obra en el México actual, que avanza por un 2017 marcado por el repunte de la violencia, la consolidación del mal endémico de la corrupción y una sensación de búsqueda a sí mismo en el que surgen dos cuestiones: ¿Qué queda del México de Rulfo hoy? ¿Qué tiene aún que decir Rulfo a los mexicanos hoy?

Del México rural de Rulfo, queda Rulfo, como del mundo griego antiguo queda Homero. Una desgracia de no saber griego antiguo es no saber a qué suena Homero. Una desgracia de no saber español mexicano es no saber cómo resuena Rulfo”, responde a la primera de las cuestiones Héctor Aguilar Camín, periodista y escritor. “Su obra no tiene edad. El México de ayer, de hoy y de mañana es el México de Rulfo. Rulfo lo recreó y en algún sentido lo creó”, ahonda el historiador Enrique Krauze.
Pocos, más bien nadie, en México se ha atrevido hasta ahora a alzar la voz para cuestionar la obra de Rulfo, como ha podido ocurrir con otros autores. “Es incuestionable y una prueba de ellos es la cantidad de lecturas y reacciones que provoca aún”, opina el escritor Antonio Ortuño, reciente ganador del Premio Ribera de Duero. Ortuño ve en algunos de los narradores contemporáneos –Yuri Herrera, Emiliano Monge o Fernanda Melchor- “resonancias rulfianas”. En este sentido, Monge es contundente sobre qué queda del México de Rulfo hoy: “Todo. La desigualdad, la hidra del desprecio, el tiempo detenido, la pobreza como sello de clausura. Somos ese país donde el progreso ha sido tan sólo una forma más del despojo. El abandono del México rural y el deterioro imparable del México gobernado como tierra de caciques siguen siendo los mismos que Rulfo fotografió, escribió y entendió mejor que cualquiera”. El autor de Las tierras arrasadas cree que “en pleno siglo XXI, México permanece extraviado entre un pasado que no ha sabido digerir y una modernidad que no calza con su horma”.
Para Jorge Volpi, el México que refleja Pedro Páramo aún pervive. “Quizás los pueblos de Jalisco y Colima ya no se hallen en ese estado de abandono, pero basta redirigir la mirada hacia Guerrero o Chiapas para observar lo mismo que él atestiguó en su tierra. Y, por supuesto, el autoritarismo de entonces se mantiene, en muchas medidas, en nuestro presente”.
La vigencia de la obra de Rulfo es indudable para Krauze. “En cada página hay un toque de piedad, de misericordia, de compasión. También de crueldad ciega, de aridez, de silencio. Su novela se iba a llamar Los murmullos. México (el subsuelo de México) murmura en sus cuentos. Muertos y vivos susurran sus murmullos en sus páginas”, profundiza el historiador cuando se le pregunta por qué tiene que decir Rulfo a los mexicanos hoy en día. Aguilar Camín recurre de nuevo a los clásicos para realzar el mensaje del autor: “Le dice a los mexicanos de hoy lo que dicen los mitos: la verdad de un mundo ido que no se ha ido. Lo que el Edipo de Sófocles le dice al Edipo de Freud, y lo que ambos nos dicen a nosotros”. “Como todo clásico, porque Rulfo ya lo es, nos habla tanto de su tiempo como del nuestro”, profundiza Volpi. “Hoy, vivimos otro momento marcado por la ira y la rabia por los agravios de los años que corren justo entre la publicación de Pedro Páramo y nuestros días. A caballo entre dos tiempos, agotados y desesperanzados, nosotros también podríamos ser retratados como esos muertos vivos o vivos muertos de Rulfo. Pero, desde luego, hay mil cosas más que Rulfo nos sigue diciendo a los mexicanos, y a todos los lectores que se atreven a entrar en sus páginas y a sorprenderse con su lenguaje y su forma y sus silencios”, añade.
Antonio Ortuño, que admite haber transitado del rechazo adolescente –“en Guadalajara es una suerte de culto laico”- al respeto enorme, cree que, como ocurre con Gardel y los aficionados del tango: “Rulfo cada vez escribe mejor”, aunque advierte: “En México tendemos a endiosar a las personas acríticamente. Parte de la desgracia de autores como Carlos Fuentes fue esa: la muralla de caravanas que iba rodeando su paso, en vida, pasó a una suerte de hartazgo. De momento, se habla poco de él. No pasó eso con Rulfo, porque tenía otro talante. Pero puede pasarle a su figura y su obra. Corremos el riesgo de repetir tanto que Rulfo es un símbolo de la mexicanidad que quizá acabemos convirtiéndolo en el nuevo Frida Kahlo. La obra de Rulfo va más allá. Es un autor fundamental del idioma”.
Emiliano Monge cree que la vigencia del mensaje de Rulfo se encuentra en aquello que dijo desde el principio y que los mexicanos no han “querido o sabido asimilar: que la violencia es un escenario, el gran escenario donde se ha dirimido y se dirime, todavía hoy, la mexicanidad”.
Aún así, para Monge lo importante no es lo que Rulfo aún tenga que decir, sino lo que ya dijo a los mexicanos, pero no supieron, o no quisieron, escuchar. "¿Cómo explicar, si no, que la mayor ficción de nuestra lengua, en la que nos hablan los muertos desde sus tumbas, preconfigurara con tal exactitud la realidad que hoy determina y explica a este país, es decir, la de un territorio retacado de fosas comunes? Más de medio siglo antes de que México empezara a enterrar a sus habitantes en las arenas del olvido y la impunidad, Rulfo enterró allí a sus personajes. ¡Y no supimos leer todo lo que con esto nos estaba advirtiendo!”.

miércoles, 21 de enero de 2015

Michel Houellebecq / La sumisión y la sangre


Michel Houellebecq

La sumisión y la sangre

Más que una fantasía política sobre un posible Gobierno islámico, la novela de Michel Houellebecq se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa




EULOGIA MERLE
La mañana del 7 de enero me encontraba en el aeropuerto de Newark, a punto de embarcar de vuelta a México, cuando comencé a leer Sumisión, la nueva novela de Michel Houellebecq que acababa de descargar en mi Kindle horas después de haber sido publicada. Justo cuando leía la cita inicial de Joris-Karl Huysmans, el decadentista francés que la inspira, presté atención al sonido de una de las pantallas en la sala de abordaje. La reportera de CNN anunciaba que un grupo de encapuchados había irrumpido en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y había asesinado a la mayor parte de sus redactores. Sólo después de aterrizar en México conocería los detalles del acto terrorista, entre ellos que la portada de Charlie Hebdo de esa semana se burlaba precisamente de Michel Houellebecq quien, como de costumbre desde la publicación de Las partículas elementalesen 1998, era motivo de un nuevo escándalo en el medio intelectual francés, en esta ocasión por su declarada “islamofobia”.
La conexión entre el tema central del número y el atentado queda aún por esclarecerse —la revista había sido amenazada desde que en 2004 reprodujese las célebres caricaturas danesas sobre Mahoma, un personaje que se volvería habitual en sus páginas—, pero no parece del todo casual. Ambientada en 2022, Sumisión también es una suerte de caricatura en la que un político musulmán, Mohamed ben Abbes, dirigente de una ficticia Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia, imponiendo una serie de medidas —en particular, la poligamia— que al cabo son aceptadas por el conjunto de sociedad francesa con indiferencia, cuando no con discreto entusiasmo.

domingo, 13 de abril de 2014

James Salter / Todo lo que hay

James Salter

TODO LO QUE HAY

Los restos del tiempo

James Salter vuelve a la novela con un compendio de su experiencia militar y sentimental

JORGE VOLPI / ROCÍO MARTÍNEZ 12 ABR 2014 - 00:00 CET


La obra de Salter se ha convertido en un fenómeno de masas. / GILLES SAUSSIER (GAMMA)
Cuando se presenta en el patio recoleto de la vieja casona en San Miguel de Allende donde nos citó, parecería no diferenciarse de los miles de jubilados estadounidenses que han encontrado refugio en esta pequeña ciudad del Bajío, cuna de la independencia de México y patrimonio de la humanidad desde 2008. Pero en cuanto se sienta a la mesa, los ojillos incandescentes de James Salter no dejan lugar a dudas: “Es una lástima que tantos gringos hayan descubierto este lugar maravilloso”, afirma con una dulzura que no pareciera dar paso a un reproche hacia sus compatriotas, esos gringos evasivos y atormentados a los que lleva medio siglo examinando con un escalpelo capaz de realizar incisiones tan nítidas como profundas.
Alto y bien plantado, vestido con jeans y una camisa a rayas, con el cabello blanquísimo que queda al descubierto una vez que se ha quitado su gorra de béisbol, no encarna los 88 años que sus biografías le adjudican; elige huevos rancheros para desayunar, mientras nos cuenta que lleva unas semanas en el pueblo, y que se quedará otras tantas antes de volver a los helados parajes en las vecindades de Nueva York donde vive con su esposa, con quien lleva cuatro décadas de matrimonio: una prueba de que el amor sí puede llegar a consolidarse pese a que en su autobiografía, Burning the days (1997) (Quemar los días, reeditada en español por Salamandra, como casi todos sus libros), parezca presentarse como un womenizer sentimental, un inquieto adorador de las mujeres, o que la mayor parte de sus novelas y cuentos relaten la sutil degradación de las relaciones amorosas.
Si bien durante años la veneración por Salter se mantuvo como una especie de culto secreto reservado a unos cuantos fieles, poco a poco su obra se ha convertido en un insólito fenómeno de masas, tanto en inglés como en español, auspiciado por la reedición de Light years(1975) (Años luz). Pero la publicación de All that is (Todo lo que hay), su novela más reciente, escrita después de 35 años, ha sido unánimemente elogiada por la crítica y por el público como una de las grandes novelas de la época contemporánea, una pieza que, en poco más de doscientas páginas, se muestra capaz de condensar no solo la vida entera de Bowman, su protagonista, sino de las tres últimas décadas, con un estilo de una claridad y transparencia que no dejan de ocultar una drástica melancolía por todo aquello que se lleva el paso del tiempo: otra de las obsesiones de Salter, junto con las mujeres.

Yo no invento mucho. Normalmente tomo personajes de gente que conozco e introduzco rasgos de ficción en ellos
“Yo no estuve esperando todos estos años para publicar un libro maravilloso”, nos aclara. “Escribí otras cosas entretanto [se refiere a algunos relatos, a un libro de viajes y a un libro de cocina escrito con su esposa], realicé algunos esbozos que no me convencieron, también tuve algunos lapsos de descanso, y finalmente llegué al punto, hace unos seis años, en que me di cuenta de que ciertas cosas se estaban acabando, ciertas personas estaban muriendo, y comencé este libro”.
Salter agradece gentilmente, en español, al camarero que nos atiende y que le sirve su té y sus huevos rancheros, y nos revela cómo encontró a su protagonista, un joven que, tras volver de la guerra de Corea, inicia una ascendente carrera como editor: “Philip Bowman está mayoritariamente basado en alguien que conocí, aunque no tanto como para avergonzarlo: no en su vida, sino en algunos hechos de su vida”. Más adelante nos dirá, con una humildad que no esconde cierto orgullo, que nunca tuvo demasiada imaginación y que sus personajes y sus historias derivan, en su mayor parte, de su propia vida y de quienes en un momento u otro lo rodearon.

James Salter

James Salter nació el 10 de junio de 1925 en Nueva York, y muy joven, a los 17, entró en la Academia de West Point, donde se graduó en 1945. A partir de allí inició una larga carrera como piloto en la Fuerza Aérea y, como Bowman, participó en la guerra de Corea, solo que a su vuelta a Estados Unidos, en vez de convertirse en editor, publicó su primera novela, The hunters (1956) (Los cazadores), por la cual no siente ahora ningún orgullo pese a que muy pronto fuese adaptada al cine por Hollywood en una superproducción protagonizada por Robert Mitchum y un joven Robert Wagner. La guerra también será el centro de su segunda novela, The arm of flesh (1961), reescrita y publicada años más tarde como Cassada (2000).
“Más allá de que fuese el tema de mis primeras dos novelas”, insiste con esa levedad de tono que se mantendrá a lo largo de toda la charla, “no sé si se encontraría la guerra directamente en otra parte de mi obra. Pero la guerra reaparece como obsesión de Bowman, el personaje central de Todo lo que hay, y si usted lo encuentra allí, de seguro estará presente en mi escritura, aunque no me corresponde a mí analizarme para saberlo”.
—Y, como a su personaje, ¿la guerra lo sigue obsesionando?
—No diría que la recuerdo con frecuencia, pero, por supuesto, pienso en ella. Recordarla sería como aceptar una especie de estrés postraumático, y eso no lo tengo. Fue un periodo crucial de mi vida, y uno romántico. Volar es maravilloso, algo natural, pero de pronto la gente con la que volabas también empieza a desaparecer.
Cuando le preguntamos si existe alguna relación entre pilotar un avión y escribir una novela, Salter sonríe con malicia y lo niega. “Tendría que explayarme demasiado para verla”, afirma, si bien parece claro que esa engañosa facilidad para volar es la misma que uno encuentra en su escritura: siempre límpida, serena, casi traslúcida, como los cielos que navegó. Otra vez: más que la guerra, quizá sea el paso del tiempodespués de la guerra lo que en verdad le fascina a Salter. Ese desolador paso del tiempo que, en Años luz, provoca la inevitable desunión de un matrimonio; ese paso del tiempo imposible de detener y que, paradójicamente, fluye en la novela como un río tranquilo.

La vida sería muy pobre si uno solo conociera a una mujer. Luego dirá tendrá que decir que solo conoce a una, pero ha de haber más
Además de The hunters, Salter pasó varios años trabajando para el cine, como guionista y director. No obstante, dice, “en algún momento perdí el entusiasmo y gradualmente me di cuenta de que era una tarea que devoraba el tiempo y no merecía tanto esfuerzo. Uno escribe un guion, espera a que lo lea mucha gente y luego la producción y el casting son interminables”. Pese a ello, no cesa de sentir un ápice de nostalgia por ese mundo. “Philip Seymour Hoffman, que murió hace poco”, recuerda de pronto, “era fantástico. Aunque la película no tuvo mucho éxito, en The master era sorprendente, sobrecogedor. Ves algo así, cuando eres joven, y por supuesto quieres hacer películas”.
—En las primeras páginas de sus memorias hay una suerte de poética sobre la forma de convertir la vida en literatura. Usted dice que es algo así como mirar una casa a través de sus ventanas.
—Yo no invento demasiado. Normalmente tomo personajes de gente que conozco e introduzco rasgos de ficción en ellos. ¿Cuánto es autobiográfico? En cierto sentido, todo lo es.
—¿Y cómo logra apresar vidas completas en una novela?
—La historia está basada en una familia que yo conocí bien. No los hechos, sino los personajes. Son muy reales en el libro. El libro es sobre la vida, el curso de la vida, el paso del tiempo. Las cosas desaparecen, pensaba en esa familia particular, a la que yo quería mucho, y me percaté de cómo era extraño pensar en ella, y en mi propia vida, y darme cuenta de que solo recuerdo ciertas cosas; el resto existió, pero no lo recuerdo. Quería escribir un libro no sobre las partes más relevantes de la vida, sino de aquellas que uno recuerda mejor.

James Salter

En otras entrevistas ha dicho que sus temas principales son el paso del tiempo… y las mujeres. Salter asiente con moderada picardía. “La vida sería muy pobre si uno solo conociera a una mujer. Luego tendrá que decir que solo conoce a una, pero ha de haber más”.
—Todo lo que hay es, en buena medida, el tránsito de Bowman de una mujer a otra y de una casa a otra.
—En cierto sentido, Bowman pasa su vida buscando el amor. El sexo también, pero más el amor. Él no separa una cosa de la otra. ‘Primero la carne, luego el alma’, dijo alguien cuyo nombre no recuerdo. Esto ya no se dice, parecería que debe ser a la inversa, pero en mi novela es así. Bowman se casa; luego tiene una aventura con una inglesa, que sigue su curso y que no puede durar mucho porque viven en países distintos, hasta que se enamora de una mujer en Nueva York: esta relación es el centro del libro, y es solo la tercera mujer que se menciona.
En efecto, la plácida vida de Bowman como editor literario solo se ve alterada por estas relaciones sentimentales, sobre todo por la que mantendrá con esta mujer. De ella se enamorará completamente y juntos comprarán una casa —al fin un hogar—, que se revelará solo como un espejismo movido por la traición. Y es allí donde, inesperadamente, asistimos a un acto sorprendente y terrible: la venganza de Bowman. El hombre en apariencia apacible usará a la hija de su antiguo amor para tomarse la revancha.

La ficción restaura
tu confianza en la humanidad, te da la oportunidad de sentirte vivo e importante
“Más que una venganza es un insulto”, corrige Salter. “Muchos lectores se han quejado de este episodio. Su acto les parece criminal, inexcusable y bajo. Pero Bowman no piensa en eso, solo en insultar a la madre a través de la hija”.
—Y sin embargo Bowman parece no arrepentirse nunca.
—No, es solo una parte de su vida. No lo planeó, es algo que tuvo que hacer porque no podía olvidar la herida, y simplemente ocurre. No es el centro de su vida, solo es un episodio devastador.
—El paso del tiempo ha sido un motivo central de sus libros desde joven. ¿A sus 88 años lo ve de manera distinta?
—Por supuesto, ahora el tiempo ya pasó. Soy el último de mi generación. Te vuelves más distante de los hechos, el tiempo transcurre, pero tú no has cambiado tanto como eso. Antes estabas más o menos en el frente contra el tiempo, y el tiempo se extiende detrás de ti como una ola. Y ahora tú estás en la ola, la perspectiva es diferente.
—¿Para qué sirve la ficción?
—Una película no sirve para aprender a vivir, pero sí para aprender comportamientos. En una novela, en cambio, uno tiene la sensación de que ve lo que hay en el interior de las personas. Al final, creo que la ficción restaura tu confianza en la humanidad, te da la oportunidad de sentirte vivo e importante en el mundo. El placer que se extrae de la lectura puede ser extremadamente profundo.
Salter da un trago a su té y mueve la cabeza de un lado a otro, más sorprendido que resignado.
“Y, sin embargo”, continúa, “lo más asombroso es que la gente parece pasarla muy bien sin leer. Y quienes no leen parecen tan felices como yo”.
—Cuéntenos qué está leyendo ahora…
—No leo tanto como antes. Hay demasiados libros. Ahora me parece que hay más que nunca, pero quizá solo sea producto de la edad. Estoy leyendo a Pamuk, a Le Clézio; también A Visit from the Goon Squad, de Jennifer Egan, que ganó el National Book Award, y Los lanzallamas, de Rachel Kushner. Y leo muchas biografías.
—¿Cuál es su relación con la literatura hispano americana?
—Por supuesto, leí Cien años de soledad, y todo Borges. Admiro profundamente a Neruda. Y, desde luego, a García Lorca. He conocido a bastantes escritores latinoamericanos, a uno de Perú que es un tipo fantástico, aunque no he leído sus libros.
Sin mostrar ningún síntoma de fatiga, Salter termina su desayuno y se prepara para continuar con su anónima estancia en San Miguel. Se despide no sin preguntarnos qué autor latinoamericano debería leer. “Bolaño, tal vez”, le decimos. Salter asiente, se despide con extrema cortesía y se pierde, como tantos de sus personajes, en la distancia y en el tiempo.
Todo lo que hay. James Salter. Traducción de Eduardo Jordá. Salamandra. Barcelona, 2014. 384 páginas. 20 euros.