| Almudena Grandes Madrid, 2018 Foto de Andrea Comas |
| Almudena Grandes |
| Almudena Grandes |
Decía Almudena Grandes que el centro de Madrid para ella era la Glorieta de Bilbao. Sus cuatro abuelos eran del barrio de Chamberí. Madrileña orgullosa, taurina, futbolera, excelente cocinera, matriarca de los suyos y de todos los amigos que caían en su órbita, generosa y optimista incorregible. Fue rebelde y posmoderna antes de aplicarse con rigor, y con la fuerza de su fe en las buenas historias de amor y de lucha, a escribir novelas río que han arrastrado a millones de lectores. En Brooklyn, en Francia, en Italia, en Buenos Aires quien disfrutaba de un libro de Almudena ya no podía renunciar nunca más a su serie de novelas sobre la Guerra Civil, rigurosamente investigadas y fabulosamente inventadas. Persiguió esas historias contadas a veces a media voz y otras narradas en bares entre amigos, historias de guerra y de posguerra que, en los años de la Movida y de furor nocturno, a nadie interesaban, tampoco a ella.
La moda no sólo es una tirana implacable, sino a menudo incomprensible. Este año la moda kinki será uno de los regalos estrella de la Navidad.
| Luis García Montero y Almudena Grandes retratados en la fiesta del 40 Aniversario de Tusquets en Barcelona, 2009.DANIEL MORDZINSKI |
A primera vista y para un marciano que aterrizara ante una biblioteca cualquiera, son dos autores en la misma estantería, letra G, apenas separados por unos cuantos González o Gil: Luis García Montero y Almudena Grandes. Poca cosa entre un poeta y una novelista de un mismo tiempo, misma inicial y una literatura tan unida en sensibilidades como dispar en géneros. El extraterrestre en cuestión podría dejarlo ahí, pasar a la H, a la I, o pararse a leer. Encontraría entonces rastros luminosos, guiños cruzados de una relación entre dos autores que no solo se amaron, sino que se enriquecieron mutuamente en el plano creativo y que dejaron señales vibrantes para la historia de la literatura, tanto la que se escribe con mayúsculas como la que se forja en minúsculas. Si el aterrizaje del marciano se produjera en estos días, además, se encontraría con que ya no solo les separan esos cuantos intrusos en la estantería Billy, sino la dolorosa línea entre la vida y la muerte porque ella, la novelista, falleció el pasado 27 de noviembre de un cáncer a los 61 años.
| Almudena Grandes |
Por estos días de fin de año no hay sino un problema poético realmente serio, y es la muerte de Almudena Grandes. ¿Cómo puede entenderse que una escritora tan talentosa, torrencial, y una persona tan esencialmente buena, pueda desaparecer? Es una pregunta literaria, lo sé. Una pregunta triste y a la vez sencilla, porque el destino de todo lo que está vivo es morir. “Mi muerte no es un acontecimiento de mi vida”, escribió Wittgenstein, “no puedo vivir mi propia muerte”. No podemos, claro. Sólo anticipar y tratar de alejarla, como en ese verso de Isabel Escudero que dice: “Muerte, ven a llevarte el pensamiento de la muerte”.
A Juan Vida y a Felipe Benítez Reyes,
por ser como los hombres de la vida misma.
Cuando descolgué el teléfono para inaugurar una desconcertante mañana de plomo, pintada con esa luz húmeda y gris que tendría que estar prohibida siempre, y más cuando la primavera se prepara ya para desembocar en el verano, se me había olvidado que la declaración sobre la renta me había salido positiva, veinticuatro mil pesetas del primer plazo —jamás pago todos los impuestos de golpe, no vaya a ser que me muera en verano y Hacienda cobre de más— que habían abierto una herida nada sutil en mi modesto corazón de trabajadora tenaz y precarísima. Sin embargo, las condiciones de aquella asombrosa oferta me despejaron del sopor previo al desayuno con tanta eficacia como si el auricular transmitiera puñetazos en lugar de palabras, y cuando acepté, sin tomarme el trabajo de fingir que tenía que pensármelo, levanté una montera imaginaria al cielo para brindar a la memoria de esas veinticuatro mil pesetas de mi alma, que habían volado de una cuenta corriente tan congénitamente escuálida que el saldo parecía ya una broma de mal gusto.
Es ella, ¿no se acuerdan?, mi hija Marianne, la jovencita que está a mi lado en esta diapositiva, la misma… A ver, voy a quitarme de delante para que la vean mejor… Claro, si ya sabía yo que la recordarían, con la de disgustos que me ha dado durante tantos años, un quebradero de cabeza perpetuo, no se lo pueden ustedes ni figurar, o bueno, a lo mejor sí que se lo figuran, porque si no me hubiera tocado en suerte una hija así, no seguiría viniendo yo a estas reuniones, todos los lunes y todos los jueves, sin faltar uno, en fin… Y no saben lo mona que era de pequeña, pero monísima, de verdad, una ricura de cría, alegre, dócil, ordenada, obediente. Cuando era bebé y la sacaba en su cochecito a dar un paseo por la avenida, tardaba más de media hora en recorrer cien metros, en serio, porque al verla tan gordita, tan rubia, tan sonrosada…, en resumen, tan guapa, todas las señoras se paraban a admirarla, y le acariciaban las manitas, y le hacían cucamonas, y le mandaban besitos en la punta de los dedos, bueno, esa clase de cosas que se le hacen a los niños que se crían tan hermosos como ésta, que parecía un anuncio de Nestlé, eso mismo parecía. De más mayorcita, en el colegio, hacía todos los años de Virgen María en la función de Navidad —pero todos los años, ¿eh?, no uno, ni dos, no se vayan a creer, sino todos, ¡yo me sentía tan orgullosa!—, y por las noches, cuando se quitaba la blusa del uniforme, me encontraba el cuello y los puños igual de limpios que cuando se la había puesto por la mañana, pero lo mismo lo mismo, blanquísimos. Mi Marianne no practicaba deportes violentos, no se revolcaba por el suelo, no se pegaba con sus compañeras, qué va, nada de eso. Era una alumna ejemplar, todas las maestras lo decían, tan simpática, tan abierta, tan sociable que, como suele decirse, se iba con cualquiera. ¡Quién nos iba a decir, a sus maestras y a mí, que con el tiempo, el principal problema de mi hija acabaría siendo precisamente ése, que se larga con cualquiera!
El tarro tenía cuerpo de vidrio esmerilado, y una tapa hermética de metal pintada de blanco. Más allá de sus paredes, marcadas por la aspereza de una pelusa grisácea —herencia de sucesivos fracasos, los lavados que no habían conseguido desprender del todo las huellas de la etiqueta adhesiva que identificó una vez su contenido—, se distinguían aún algunos restos de mermelada de moras, pequeñas gotas brillantes de color púrpura, como dicen que es la sangre de los negros, hacia las que trepaban los diminutos gusanos de cuerpo translúcido que saben caminar sobre muros de cristal.
9 de octubre de 2021
He tenido que escribir algunos artículos muy complicados a lo largo de mi vida. Ninguno como este.
Todo empezó hace poco más de un año. Revisión rutinaria, tumor maligno, buen pronóstico y a pelear. En aquel momento no quise dar la noticia porque necesitaba estar tranquila, confabularme con mi cuerpo y conmigo misma, pero en un año pasan muchas cosas. Tendría que habérseme ocurrido, pero no reaccioné a tiempo.
El cáncer, que es una enfermedad como otra cualquiera, desde luego un aprendizaje, pero nunca una maldición, ni una vergüenza, ni un castigo, me ha acompañado desde entonces. Y me encuentro muy bien en general. Estoy en las mejores manos, segura, confiada, fuerte, y sin embargo, hace unas semanas tuve un tropiezo, tiré una valla, como les ocurre hasta a los atletas keniatas en las carreras de obstáculos de larga duración. Mientras los altavoces de la Feria del Libro de Madrid lanzaban a los cuatro vientos los nombres de los autores que estaban firmando en las casetas, entre ellos el mío, yo estaba en el hospital con una complicación intestinal, que no era grave pero sí pesada de resolver. Así comprendí que mi silencio había tenido un precio.
Yo ya sabía que soy una mujer afortunada porque hay mucha gente que me quiere. Ahora lamento que algunas de esas personas hayan estado tan preocupadas por mí, por una ausencia que debería haber explicado antes para ahorrarles el mal rato. He llegado a percibir su inquietud desde mi cama del hospital, y quiero pedirles perdón, contarles cómo me siento. Y disculparme de paso, de antemano, por mi silencio y mis ausencias futuras. Porque no me gustaría que alguien pudiera volver a preocuparse por no encontrarme en un lugar donde hayamos coincidido otras veces.
Mis lectores y lectoras, que me conocen bien, saben que son muy importantes para mí. Siempre que me preguntan por ellos respondo lo mismo, que son mi libertad, porque gracias a su apoyo puedo escribir los libros que quiero escribir yo, y no los que los demás esperan que escriba. También saben que la escritura es mi vida, y nunca lo ha sido tanto, ni tan intensamente como ahora. Durante todo este proceso he estado escribiendo una novela que me ha mantenido entera, y ha trazado un propósito para el futuro que me ha ayudado tanto como mi tratamiento. Ahora necesito devolverle todo lo que me ha dado, encerrarme con ella, mimarla, terminarla, corregirla. Por eso voy a seguir desaparecida una buena temporada, y no devolveré mensajes, no contestaré llamadas, no daré noticias. Imagino que muchas personas lo comprenderán. Supongo que otras quizás no lo hagan, pero confío en que respeten mi decisión. Hasta que vuelva, aunque sólo sea para mirar frente a frente el cielo de Madrid una vez más, antes de volver a esconderme.
No sé cuándo será. Tal vez reaparezca con pelo, quizás sin pelo, con una melena rizada o con el peinado de mi querida Josefina Báquer, como la llamaba mi abuela, aquella que la vio bailar con una falda de plátanos cuando las dos eran jóvenes. Pero prometo solemnemente que volveré a sentarme en una caseta para firmar ejemplares y mirar a los ojos de mis lectores, de mis lectoras. Entre todos los personajes que existen, mis favoritos son los supervivientes, y no voy a defraudarme a mí misma, mucho menos a mis propios protagonistas.
Y seguiré estando aquí, escribiendo un artículo en esta misma página cada dos semanas, y en la contraportada del diario todos los lunes. Ese espacio, sagrado para mí, porque me permite mantener el contacto con mis lectores en cualquier circunstancia, nos permitirá encontrarnos, saber de nosotros, permanecer juntos.
En este artículo tan raro, tan difícil de escribir, tal vez no haya cabido todo lo que me hubiera gustado decir, pero al menos me ha permitido contar algunas cosas que necesitaba explicar.
A partir de ahora, seguiré escribiendo sobre los pájaros de Finlandia y otros libros memorables, sobre lo que pasa en el mundo, sobre la ficción y la realidad, lo justo, lo injusto, la vida de tantas personas que tienen mucha menos suerte que nosotros, o más, vete a saber. Pero no quiero despedirme sin agradecerles que hayan leído este artículo que es tan importante para mí.
Dentro de dos semanas, nos vemos por aquí.
Madrid 1960-2021. Escritora y columnista, publicó su primera novela en 1989. Desde entonces, mantuvo el contacto con los lectores a través de los libros y sus columnas de opinión. En 2018 recibió el Premio Nacional de Narrativa.
| Almudena Grandes, en entrevista en una librería de Madrid, en octubre de 2018.ANDREA COMAS |
La escritora Almudena Grandes, fallecida el pasado 27 de noviembre a los 61 años, tendrá una calle y un homenaje público en Madrid. Todos los partidos políticos, salvo Vox que ha votado en contra, se han mostrado a favor de este reconocimiento público en el pleno ordinario que se ha celebrado este martes en el palacio de Cibeles. Sin embargo, PP, Ciudadanos y la extrema derecha han votado en contra de que la escritora madrileña sea nombrada Hija Predilecta de la ciudad y de que la próxima biblioteca que se inaugure en la capital lleve su nombre. En otro orden del día, todos los grupos sí han votado en bloque a favor de la iniciativa de Ciudadanos para que el filósofo Antonio Escohotado, fallecido el pasado 20 de noviembre a los 80 años, tenga una escultura en la capital, sin precisar todavía dónde.
| Jimena Coronado y Joaquín Sabina llegan al tanatorio madrileño de La Paz.JON-ARRILLAGA |
Era una mañana clara y ventosa, como sacada de Los aires difíciles, aunque en los alrededores de Madrid y no en Cádiz. Entre esas dos áreas de geografías sólidas y difusas construyó gran parte de su obra Almudena Grandes, que murió ayer sábado a los 61 años por un cáncer. Y entre esas dos tierras exprimía la vida junto a su familia y amigos. Pero este domingo, esa claridad se tornó negrura de luto para despedirla. El velatorio se prolongó todo el día y mañana lunes será enterrada en el cementerio civil de la capital, donde ya había reservado un nicho hacía años.
| Almudena Grandes, en Madrid en 1998.GORKA LEJARCEGI ZUBIZARRETA |
Si Almudena te quería tenías la impresión de estar a salvo. Su afecto era algo casi material que se levantaba ante ti como un muro que te protegía de las inclemencias de la vida. Trato de imaginar, todavía con el impacto y la pena inmensa por su muerte, cuántas personas estarán sintiendo ahora lo mismo, y mucho mayor desamparo que yo, porque nuestra amistad tenía solo una década y no fuimos íntimas, pero sí constantes por esa manera suya de querer a los que quería. Esa manera de estar siempre pendiente, de multiplicarse y propiciar los encuentros, de no verte nunca defectos y de compartir la alegría o la indignación con la pasión de la vida que merece ser vivida.
| Almudena Grandes |
Al margen de su relación con la literatura, la figura de Almudena Grandes, fallecida este sábado en Madrid a los 61 años, ha destacado siempre por su posición ideológica claramente de izquierdas. Y aún más. Siempre reivindicó a todos los que pusieron en pie la Segunda República española y vieron cómo esta desaparecía tras un cruento golpe de Estado seguido de una guerra, para ella interminable y a la que dedicó muchos años de su vida a investigar.
| Almudena Grandes |
Ya formaba parte del mundo de la literatura, no era un satélite, era la pura tierra, había tocado la fama que rodea a los libros, formaba parte de los que más firmaban en las ferias, y aquel día de Sant Jordi Almudena Grandes viajaba melancólica en la parte de atrás del coche que la llevaba al aeropuerto, rumbo al avión que la devolvería a la ciudad que era su pueblo, Madrid. En un momento en que su tristeza parecía iluminar su rostro con otra luz, seguramente la luz del amor, echó atrás su cabeza morena, su pelo negro, sus ojos brillantes y en ese momento rodeados de agua como si le lloviera por dentro, pareció reposar de un susto o de una alegría. Fue entonces cuando dijo, para que lo oyera su compañero de viaje, los dos callados, ella buscando cómo decir esas dos palabras y él sintiendo que algo tenía que decir, era tan raro verla en silencio tanto rato, ella que había hecho del habla del barrio y de la casa el eco de las historias de sus abuelos, de su padre, de la casa y del barrio y del Atlético de Madrid. Entonces dijo: “Estoy enamorada”.
La escritora española Almudena Grandes falleció el pasado sábado en Madrid a los 61 años, a consecuencia de un cáncer que le detectaron en septiembre del año pasado, confirmaron fuentes de la editorial Tusquets.
| El director editorial de Tusquets, Juan Cerezo, habla con la escritora Almudena Grandes durante la celebración del 50º aniversario de la Editorial Tusquets, en 2019.EFE QUIQUE GARCIA (EFE) |
Se nos ha ido una escritora extraordinaria, se me ha ido una amiga del alma. Nos ha dejado una narradora europea de primer nivel, he perdido a una de las mujeres más importantes de mi vida. La novelista que ha dominado como pocos el poder de la ficción para conmover, y para abordar los asuntos capitales de la historia de España y de nuestra memoria civil, era también, perdonadme, la camarada que nos ha regalado a mí y a todos los que trabajamos con ella, tanta generosidad y tanto cariño, que era imposible no sentirse traspasado por un amor rendido. Debo decirlo, y sé que me comprenderán todos los que la conocieron en mayor o menor medida, incluso los que hablaron unos minutos con ella esperando una dedicatoria: era imposible no quererla.
| Luis García Montero y Almudena Grandes, en la FIL de Guadalajara en 2017 |
A Almudena Grandes le gustaban las ferias del libro. La de Madrid porque era su pueblo y la FIL porque le gustaba México, el país que dio cobijo a los republicanos españoles cuando solo eran los parias de la tierra, esa especie desprotegida a los que dedicó sus mejores páginas. Este año la FIL de Guadalajara ha vuelto a abrir las puertas que cerró el 8 de diciembre de 2019 y el primer acto oficial tras dos años de vacío pandémico consistió en guardar un minuto de silencio en recuerdo de la autora de El corazón helado. Los presentes en el gigantesco Auditorio Juan Rulfo, que no daban crédito, sabían que el frío les iba a durar más de 60 segundos. Años de relación con una escritora no se zanjan con cuatro palabras: “Ha muerto Almudena Grandes”. La exclamación de horror fue unánime cuando el presidente de la feria anunció que eso acababa de pasar a 9.000 kilómetros.
| ALMUDENA GRANDES Cartagena de Indias, 2014 Foto de Daniel Mordzinski |
OBITUARIOS
Nadie como Almudena Grandes, la escritora madrileña fallecida este sábado a los 61 años debido a un cáncer, ha tenido la fuerza y la constancia para darles a los derrotados del siglo XX español la épica literaria que les faltaba. A partir de 2007, cuando publicó El corazón helado, la carrera de Grandes encontró un sentido que trascendía lo literario. Ella ya era una autora de éxito y de prosa sólida (algunas de sus novelas anteriores como Los aires difíciles o Atlas de geografía humana fueron especialmente celebradas por la crítica), pero cuando concluyó El corazón helado, donde por primera vez se detenía en las vidas de aquellos exiliados republicanos y sus posteriores generaciones de inadaptados, vio el agujero negro por el que se perdían una buena parte de los españoles del siglo XX.
| Almudena Grandes |
Conoció el éxito con menos de 30 años, pero no la cegó. Novelista, cuentista y escritora de periódicos, miles de lectores le han demostrado en su muerte, la lealtad y el fervor que le profesaron en vida. Una respuesta ciudadana digna de Galdós para una de las autoras más galdosianas de la literatura española reciente. Estos son algunos de los libros que marcaron su trayectoria. Todo están publicados en Tusquets, el sello al que fue siempre fiel. Muchos de esos libros se han visto en el cementerio a la hora de su entierro.