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martes, 8 de enero de 2019

Premio Nadal / Espejo de las letras españolas

Ana María Matute, durante la gala de entrega del Premio Nadal, el 8 de enero de 1960.
 EFE


El Nadal, espejo de las letras españolas

El galardón, que se concede mañana, cumple 75 años. De Laforet a Matute, Ferlosio o Mañas, la nómina de premiados sirve para contar una historia de la literatura de ese tiempo


Carlos Geli
Barcelona, 4 de enero de 2019

Como estaba esa noche de guardia en el diario, no paraba de ir, hecho un flan, a la sala de teletipos. A la 1.45 de la madrugada, el último escupió que era finalista. Lo gritó a pleno pulmón en la redacción, donde nadie sabía nada. El director inició gestiones telefónicas, averiguó y sí, aquel subordinado había hecho algo más que quedar finalista: había ganado. “Cogí corriendo la bicicleta y me fui a casa, donde me esperaba mi mujer y mi hijo de once meses. Nos abrazamos locos de alegría”, evocaría tiempo después Miguel Delibes a ese joven de 26 años, él mismo, entonces redactor de El Norte de Castilla, que aquella noche del 6 de enero de 1948 ganaría, con La sombra del ciprés es alargada --su primera novela recién acabada el verano anterior--, la cuarta convocatoria del premio Nadal. Efectivamente, hubo un tiempo en el que los escritores conocían y celebraban así los galardones literarios, en especial el Nadal, el decano, que domingo celebra en Barcelona sus 75 años de vida; de algún modo, un espejo de las letras españolas contemporáneas.

jueves, 10 de febrero de 2011

Carmen Laforet / Una mujer en fuga





Carmen Laforet
UNA MUJER EN FUGA

JLM
10 de febrero de 2011

Entre los muchos y desmesurados elogios que Carmen Laforet recibió tras la publicación de Nada, el de Azorín resultó involuntariamente profético. “Réspice a Carmen” se titula el curioso artículo, aparecido en Destino el 21 de julio de 1945. Adopta la forma de una irónica reprimenda (o “réspice” en el rebuscamiento léxico del autor): “Tiene usted veinticuatro años. ¿Y usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos”.

Poco más de una década después, cuando lo reproduce en 1956 el volumen Escritores, las palabras finales estaban a punto de ser una definitiva verdad: “¡Ah, Carmen, Carmen Laforet! ¡Qué cosas hacen los jóvenes que no saben lo que hacen! Por lo menos, júrenos usted que no lo hará más; necesitamos esa declaración para nuestra tranquilidad. Y si acaso toma usted la pluma, lo que Dios no quiera, para escribir otra novela, que no sea como Nada, es decir, una novela nueva, sino una novela vulgar, pesada, prolija, sin observación minuciosa y fiel, sin entresijos psicológicos que nos hagan pensar y sentir. Solo de este modo atenuará usted su primera funesta falta”.

Haciendo caso a la reprimenda de Azorín, siete años tardó Carmen Laforet en publicar otra novela, y esa novela, La isla y los demonios, estaba muy cerca de ser “una novela vulgar”. En el mismo año de 1952 reunió, con el título de La muerta, los cuentos que había ido escribiendo hasta entonces. “No es novelista de un solo libro, como algunos temieron a raíz del silencio que siguió a Nada”, se nos dice en la solapa. Y unas líneas más arriba se elogia el “vigor y el interés novelesco” de esa novela con una curiosa y descalificatoria manera: “no se localizan en el estilo, desmañado y fácil; ni en el argumento, que parece confesión; ni en la técnica, inadvertida por poco pretenciosa”.

La única novela de Carmen Laforet que puede suscitar hoy un interés semejante al de Nada en el famélico blanco y negro de los años cuarenta es una novela en la que ella es también protagonista, pero no autora. Se titula Carmen Laforet. Una mujer en fuga y la han escrito Anna Caballé, la máxima especialista en los estudios biográficos, e Israel Rolón, que hace algunos años editó la correspondencia entre la escritora y Ramón J. Sender, quien se enamoró de ella con un amor nunca correspondido (los grandes afectos de Carmen Laforet fueron siempre mujeres). Es un libro minuciosamente desolado, que nos lleva, sin un respiro, de la cima que le cayó encima como una inesperada lotería a la sima por la que fue deslizándose durante toda su vida sin parecer que llegaba nunca al fondo.

A Carmen Laforet –una joven inquieta, sensible, sin demasiadas preocupaciones intelectuales— el azar le jugó una mala pasada, pareciendo todo lo contrario. Conoció en Madrid, a donde se había trasladado para estudiar Derecho, a un joven editor, Manuel Cerezales, y decidió llevarle el manuscrito de una novela en la que relataba, de manera muy transparente, su reciente experiencia barcelonesa como estudiante de Filosofía y Letras. El editor, que pronto se convertiría en su novio y luego en su marido, se dio en seguida cuenta de la espontaneidad y la fuerza de aquellas páginas, que disonaban de la retórica del momento, y sugirió retoques, quizá reescribió algunos pasajes, eliminó capítulos, mecanografió luego el texto y aconsejó a la autora que lo enviara a un premio recién creado, el Nadal. Lo ganó, derrotando a un autor famoso, César González Ruano (que se llevó muy mal el fracaso: “Pero ¿cuándo se ha visto en un premio literario que se prefiera un desconocido a un escritor amigo de renombre?”) y el resto de la historia es desde hace tiempo historia de la literatura.

Carmen Laforet no tardó en odiar aquella novela que le había dado la fama, y que siendo la más suya, no era enteramente suya. También pronto se distanciaría de Manuel Cerezales, del que acabó separándose en 1970, que intelectualmente valía más que ella y que nunca se había fiado enteramente de ella. Quería seguir siendo su mentor, controlar sus escritos y sus apariciones públicas, evitar que las experiencias matrimoniales se convirtieran en materia literaria. Cuando Carmen Laforet consiguió librarse de su marido ya era tarde: lo llevaba dentro. Ella misma fue su más riguroso crítico: acabó rompiendo todo lo que escribía, y finalmente siendo incapaz de escribir una línea.

Seiscientas páginas dedican Anna Caballé e Israel Rolón a resolver el enigma de Carmen Laforet, esa mujer siempre en fuga de sí misma. Desdeñaba todo lo que tenía que ver con la literatura, no quería ser escritora y sin embargo vivió siempre de lo derechos de autor –era una exigente negociadora al respecto— y de los anticipos sobre libros que no escribiría nunca.

Proponen los biógrafos varias hipótesis para solucionar ese enigma. Ninguna acaba de convencernos del todo, salvo la más sencilla: que el inesperado éxito de una novela juvenil —que apareció en el momento justo y expresó, sin pretenderlo, el desánimo de toda una generación de españoles— colocó en la primera línea literaria a una escritora menor, de escaso aliento. Al principio, su marido la ayudó a no hacer demasiado el ridículo en entrevistas y artículos. Cuando quiso volar sola, no fue capaz. Se esforzaba por no ser autobiográfica, por no exhibir demasiado su intimidad, en la que no faltaron las pasiones inconfesables, y eso era lo único que sabía hacer. Sus artículos valían poco, sus conferencias defraudaban siempre. Y sin embargo, convertida en mito, recibía continúas invitaciones, mientras que de su marido –y de tantos otros que valían más que ella— nadie se acordaba. Fue muy sensible al desprecio que hacia ella sintieron Cela (que al principio temió que su éxito le hiciera sombra), Barral y tantos otros escritores. Y había algo más: una enfermedad mental que se fue acentuando con los años.

Quizá el misterio de Carmen Laforet –como el misterio de la realidad, según Alberto Caeiro— sea “no tener misterio ninguno”.

Anna Caballé, Israel Rolón
Carmen Laforet. Una mujer en fuga
RBA / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010




domingo, 16 de mayo de 2010

Carmen Laforet / Todo sobre la chica de "Nada"



Todo sobre la chica de 'Nada'

Una biografía desvela los trágicos fantasmas de Carmen Laforet


CARLES GELI
Barcelona 15 MAY 2010

Nada: inopinado oasis en pleno erial literario de 1945. Un relámpago, primera novela de una chica de 24 años que estrenó el premio Nadal de la editorial Destino. Éxito total. Inmediatamente, sonrisa de ella que será una máscara. Y también, un "querer ser invisible", un horror en caída libre hacia la página en blanco y una huida sinfín que acabará, reforzada por una enfermedad neurovegetativa, con la imposibilidad de levantar un bolígrafo.

Es la triste vida de Carmen Laforet, estrella rutilante de las letras españolas de posguerra y ahora motivo de una primera biografía con la que Anna Caballé e Israel Rolón, han obtenido el premio Gaziel 2009. Carmen Laforet. Una mujer en fuga (RBA) son 515 páginas rebosantes de material inédito, de las que puede extraerse una gran conclusión, según Caballé: "Uno se ha de enfrentar a sus fantasmas; huir de ellos acaba teniendo un coste brutal". El libro rebosa de dramáticos espectros.






La figura de una odiosa madrastra es omnipresente en tres de sus novelas
'Nada' le sentó fatal a la familia al verse retratada por los cuatro costados

- Cenicienta en Canarias. ¿Fue feliz alguna vez Laforet? A ratos. Sin duda, los dos años que pasó de pequeña en el piso de sus abuelos, donde nació el 6 de septiembre de 1921, y hasta noviembre de 1923, cuando la familia marchó a Las Palmas. La felicidad total se alargó sólo hasta 1934, cuando su madre muere. El marido se casó con la peluquera de su mujer, que se esmeró en borrar a la madre de unos niños a los que mortificaría. Y el padre lo consintió. "Carmen le adoraba y su actitud la destrozó". Lo disimuló con su pose fantasiosamente despreocupada, una máscara. Al final, una obsesión: la figura de una odiosa madrastra es omnipresente en tres de sus novelas, con protagonistas huérfanos: Nada (1945), La isla y sus demonios (1952) y La insolación (1963).
- A la literatura, por un abrigo. Un chantaje moral al padre y el pretexto de los estudios de Filosofía y Letras la llevan a su primera huida: Barcelona. Pero el piso de los abuelos ya no es el paraíso: es fiel reflejo de la gris ciudad española de posguerra, miseria que aguantó nueve meses y que, unida a un amor frustrado, serán el germen de Nada. No tiene dinero para comprar un abrigo, así que instigada por su tía Carmen se presenta en diciembre de 1942 a un premio literario del Frente de Juventudes. Lo gana. Y gracias a una de las 600 cartas que escribirá, dará pistas de que prepara una novela.
- El doble filo de 'Nada'. Como un relámpago: el último día de convocatoria del primer premio Nadal aterriza un paquete con Nada. Deslumbrante: la frustración que destila la sociedad de la inmediata posguerra y la perspectiva femenina le dan la victoria contra pronóstico. El amigo intelectual de su mejor amiga, Manuel Cerezales, la ha inscrito tras leerla y sugerirle cambios. ¿Y de que la retocara? "Vi el manuscrito original y no hay nada de nadie más", testimonia Caballé. Del éxito al enigma pasan apenas semanas: 5.000 pesetas de premio (vivía con 200 al mes de su padre), libro más vendido de 1945, pero también cosas extrañas: "La escribí en ocho meses", declara, cuando la rehacía y rompía desde dos años atrás. ¿Por qué mentir?
- Patito feo entre intelectuales. Sorprende la falta de calado intelectual y hermetismo del personaje, que contrasta con las virtudes de la obra. "Ella no quería ser escritora profesional, quería vivir y de golpe se vio fiscalizada y eso la rompió emocionalmente". A la familia Nada le ha sentado fatal, al verse retratada por los cuatro costados. Cerezales, con quien se casa embarazada de dos meses en otra muestra de su espíritu libre, le dice que la literatura no es autobiografía... Empiezan las inhibiciones y presiones: tendrá cinco hijos entre 1946 y 1957 y las necesidades económicas la fuerzan a un articulismo olvidable y a unos cuentos algo mejores (La llamada, 1954). Nueva huida: así retrasa afrontarse a otra novela. Lo detecta y se lo dice Ramón J. Sender desde su exilio en EE UU. Será el único intelectual que la respetará. "Nada está escrita con toda libertad y fuerte componente autobiográfico; forzada por las inhibiciones, se volvió muy costumbrista: quería que su obra no transparentara". La tumba la sellaría Cerezales, de quien se separará en 1970 con la condición de que firmara ante notario que no podría escribir nada sobre sus 24 años de vida conyugal. "Mi pulverización como ser humano".
- Mujeres, anfetaminas, tarot. La vocación se le fue esfumando poco a poco. En 1964, confiesa: "soy una mala escritora". Desesperada, vive ya desde 1952 una etapa de misticismo religioso. Queda para rezar por las mañanas con una nueva amiga, Lili Álvarez, famosísima tenista finalista en Wimbledon. Pero esa conversión religiosa parece ser fruto del amor: se dibuja una pulsión homosexual."Siempre buscó mujeres fuertes, bíblicas, pero no creo que consumara su homosexualidad: se reprimió".
Ni viajando de verdad (París, EE UU, Roma...) se aleja de sus dificultades. Al contrario, recrudecen: desde los 60 avanza una enfermedad neurovegetativa y vive en un constante tiovivo emocional, quizá debido al Minilip, medicación a base de anfetaminas para adelgazar. "Digamos que le acabó gustando la química", suaviza la biógrafa. "Escribir me da una pereza casi invencible (...). Me horroriza, pero así, patológicamente, cualquier forma de aparición en público". Escribe, cuando puede, y rompe. Nada le gusta. Tanto, que ni devolverá nunca corregidas las galeradas que en 1973 le hacen llegar de Al volver la esquina. "Sabía que ese libro no estaba ya nada bien", cree Caballé. La desesperación la llevó a aficionarse al tarot, al que acabaría consultando su vida. Pero llegó a un bloqueo físico y mental que no podía ni levantarse de la cama, ni firmar un cheque. "Tengo que realizar algo bueno, malo o regular, pero realizarlo", se grita. El 28 de febrero de 2004 falleció, quizá con la sensación de que los fantasmas habían ganado.

domingo, 28 de noviembre de 2004

Vargas Llosa / Dos muchachas

Mario Vargas Llosa

BIOGRAFÍA

Dos muchachas

El País, 28 de noviembre de 2004

Dos jovencitas, la una barcelonesa, la otra madrileña, dan cuenta a través de sus aventuras, inventadas y escritas por dos novelistas casi tan jóvenes como ellas, de la prodigiosa transformación de la sociedad española a lo largo de medio siglo, mejor de como lo harían muchos volúmenes de sociólogos e historiadores. Para medir el abismo que separa a esos dos mundos y, al mismo tiempo, disfrutar de unas horas de excelente lectura recomiendo leer, o releer, una tras otra, Nada, de Carmen Laforet (1944), y Las edades de Lulú, de Almudena Grandes (1989).
Hasta que yo vine a España, en 1958, no creo haber leído a escritores españoles contemporáneos residentes en la Península, por un prejuicio tan extendido por la América Latina de aquellos años como injusto: que todo lo que se publicaba allá rezumaba ñoñez, sacristía y franquismo. Por eso, sólo ahora he conocido la delicada y sofocante historia de Andrea, la adolescente pueblerina que llega a la Barcelona grisácea de principios de los cuarenta, llena de ilusiones, a estudiar Letras, que Carmen Laforet relata con una prosa entre exaltada y glacial, donde lo que se calla es más importante que lo que se dice, y que mantiene al lector sumido en una angustia indescriptible, de principio a fin de la novela. No hay en esta minuciosa autopsia del ánimo de una muchacha encarcelada en una familia hambrienta y medio enloquecida de la calle Aribau la menor alusión política, salvo quizás, muy de paso, una referencia a las iglesias quemadas de la Guerra Civil. Pero, sin embargo, la política gravita sobre toda la historia como un ominoso silencio, como un cáncer proliferante que lo carcome y devasta todo, esa universidad purgada de vida y aire fresco, esas familias burguesas calcificadas de buenas maneras y putrefacción visceral, esos jovencitos confusos que no saben qué hacer, dónde volver la vista, para escapar a la enrarecida atmósfera en que languidecen de aburrimiento, privaciones, prejuicios, miedos, provincianismo y una ilimitada confusión.

Es admirable la maestría con que, a base de leves apuntes anecdóticos y brevísimas pinceladas descriptivas, va surgiendo ese paisaje abrumadoramente deprimente que parece una conspiración del universo entero para frustrar a Andrea e impedirle ser feliz, igual que a casi todos quienes la rodean. Y, pese a ello, hay en esta adolescente desvalida un espíritu tenaz, indoblegable, que le impide entregarse a la desesperación y vengarse de la mala vida, como hace la bestia de su tío Juan, moliendo a golpes a su mujer, o el tío Román, el artista fracasado, degollándose con una navaja de afeitar, o la abuela, refugiándose en la demencia senil donde se sufre menos que encarando la sórdida realidad. Fuera de Andrea y el perro Trueno, en esa espantosa familia sólo es simpática Gloria, la maltratada esposa de Juan, la tahúr que recorre los garitos del bajo mundo barcelonés timbeando para dar de comer a los inútiles que la rodean.
En el mundo de Nada -el inmejorable título lo dice todo sobre la novela y el lugar en que transcurre- sólo hay ricos y pobres, y como en cualquier país tercermundista, la clase media es una delgada membrana que se encoge y, como la familia de Andrea, tiene ya medio ser hundido en esa mezcolanza popular donde se confunden trabajadores, pordioseros, vagos, parados, marginados, mundo que la espanta y al que trata de mantener a raya a base de feroces prejuicios y delirantes fantasías. Nada existe más allá de ese mundillo larval que rodea a los personajes; incluso el pequeño enclave bohemio que han construido en el barrio antiguo los jóvenes pintores que a veces frecuenta Andrea y que quisieran ser rebeldes, insolentes y modernos, pero no saben cómo, tiene algo de caricatura y campanario.
Pero es sobre todo en el dominio del amor y del sexo donde los personajes de Nada parecen vivir fuera de la realidad, en una misteriosa galaxia en la que los deseos no existen o han sido reprimidos y canalizados hacia actividades compensatorias. Por ejemplo, la violencia. Es imposible no advertir -aunque él ni siquiera lo sospeche- que la manera como la moral reinante ha ido empujando al tío Juan a satisfacer sus pulsiones sexuales es a través de las golpizas sangrientas que inflige a su mujer de pronto y sin razón, como para descargar unas energías sobrantes que lo ahogan. Si en casi todos los aspectos de la vida, el mundo de la novela delata una moral pacata hasta lo inhumano que enajena a hombres y mujeres y los empobrece, en éste, el del sexo, aquella distorsión alcanza proporciones inverosímiles y es, seguramente, en muchos casos, la secreta explicación de las neurosis, la amargura, el desasosiego, el desconcierto vital de que son víctimas casi todos los personajes, incluso Ena, la amiga vivaz y emancipada a quien Andrea admira y envidia.
¿Sospechaba esa muchacha de veintitantos años que era Carmen Laforet cuando escribió su primera novela que en ella retrataba de manera tan implacable como lúcida una sociedad brutalizada por la falta de libertad, la censura, los prejuicios, la gazmoñería y el aislamiento, y que en la historia de su conmovedora criatura, Andrea, esa niña ingenua a la que en la historia "le roban un beso" y la escandalizan, ejemplificaba un caso de desperada y heroica resistencia contra la opresión? Acaso no, acaso todo ello resultó, como ocurre a menudo en las buenas novelas, por obra de la intuición, la adivinanza y la autenticidad con que buscaba, al escribir, atrapar una elusiva y peligrosa verdad que sólo a través de los laberintos y símbolos de la ficción era expresable. Lo consiguió y, medio siglo después de publicada, su hermosa y terrible novela sigue viva.

A diferencia de Andrea, la Lulú de Almudena Grandes -el verdadero nombre de esta encantadora señorita es María Luisa Ruiz Poveda y García de la Casa, aunque usted no se lo crea- no vive en un mundo desasexuado por una moral ignominiosamente represiva. Por el contrario, ella se mueve alegremente, como Andrea entre chopos dorados y edificios y recintos universitarios, entre falos enhiestos, vaginas engordadas por el placer y chorros de semen. Quienes piensan que Las edades de Lulú fue un mero "caso", que debió su éxito a la circunstancia excepcional de que testimoniaba con cierta insolencia sobre los excesos de la famosa "movida" madrileña, harían bien en releerla ahora, quince años después, cuando la "movida" está muerta y enterrada, como he hecho yo. Descubrirían entonces que es una espléndida novela, escrita con madura solvencia, y que, además de captar el "espíritu de una época" con la certera precisión con que lo hizo Nada para los años cuarenta, mantiene en nuestros días toda la pugnacidad crítica, el humor acerbo, la gracia verbal y las audacias imaginativas que sorprendieron tanto, al aparecer, hace tres lustros. También en este caso sorprende que, en su primera novela, una autora de apenas veintitantos años como tenía Almudena Grandes cuando la escribió, construyera su historia con semejante brío, seguridad y solidez y creara un personaje tan rico en matices, atrevimientos, un espíritu tan reacio a la domesticación y al compromiso, al lugar común y al escarmiento, como la traviesa Lulú.
¿Es éste el mismo país donde, cuarenta y cinco años atrás, la virginal Andrea trataba de descubrir la verdadera vida detrás de las máscaras y fantasmas que la encubrían? Lulú, desde que, aún colegiala quinceañera, el profesor y poeta Pablo, amigo de su hermano Marcelo, le da su primera lección coital, se empeña en descubrir todas las posibilidades de la vida del sexo, preferentemente las más barrocas y enfurruñadas, y nada la arredra en una investigación de la que no está exento el placer sino todo lo contrario, y corre incluso el riesgo de morir dilacerada con azotes de púas y vibradores dentados en esa ceremonia sadomasoquista de la que la salva Pablo, en el cinematográfico final. El Madrid donde ocurren las temeridades de esa jovencita audaz es una ciudad de inconformistas, con las puertas y ventanas abiertas de par en par, por las que circulan los vientos de los cuatro puntos cardinales, un país donde, junto con la libertad y la prosperidad y una robusta y creciente clase media que impone sus gustos y valores, sacude a los jóvenes un apetito descomedido de diversión y de ruptura -"el desarreglo de todos los sentidos", lo llamaba Rimbaud-, un frenesí, un hambre de desmesura que quiere romper todos los límites.
Si no fuera por la buena prosa, el humor, la ironía y la inteligencia que la sostienen, Las edades de Lulú sería irresistible después de las primeras veinte páginas, porque una historia centrada casi exclusivamente en orgasmos y fornicaciones naufraga muy pronto, de manera fatal, en la monotonía y la banalidad. Por eso, la mayor parte de las novelas pornográficas son una bazofia, literariamente hablando. La proeza de Almudena Grandes en esta historia consiste en que, sin dejar de ser una novela donde los verdaderos héroes son el falo y la vagina -acaso también el ano y la boca y, apenas, la mano-, Las edades de Lulú es también una penetrante indagación en los secretos de la intimidad femenina, en los fantasmas recónditos que gobiernan desde la sombra la conducta humana.
Lulú no nos seduce por el desenfado con que se entrega a ese sexo que su gurú y marido le ha enseñado a independizar del amor, sino porque lo hace tomando cierta distancia con las experiencias que vive. Esa perspectiva risueña le permite describirlas con gracia y sabiduría, al mismo tiempo que con un deleite nostálgico, lo que da una dimensión intelectual a sus placeres. Esta muchachita no es sólo una raja ávida; es, también, una mujer sensible y con ideas, que, no lo olvidemos, en su frenética peripecia entre chulos, maricas, travestidos, estupradores, etcétera, se ha dado maña para traducir y hacer una edición de los epigramas de Marcial.
Como es una chica inteligente, Lulú advierte pronto que, también en el ámbito sexual, en la frontera que separa a la libertad del libertinaje lo humano comienza a deshumanizarse, a deteriorarse y a tornarse violencia pura y autodestrucción. Por eso, a medida que va cada vez más lejos en su búsqueda del placer, lo encuentra menos y la invade un sentimiento de fracaso. Lulú descubre a los treinta años que la realidad no puede elevarse nunca a las alturas de la fantasía, que intentar vivir el deseo hasta los últimos extremos a que puede extenderlo la imaginación humana significa pura y simplemente inmolarse. Por eso el marqués de Sade, que sabía de estas cosas, escribió que el erotismo consistía en acercar el amor a la muerte.
Pese a las siderales distancias que separan a la frágil Andrea y a la impetuosa Lulú hay algo que las une: la juventud, la voluntad de ser distintas a lo que el medio y el tiempo en que nacieron quisieron hacer de ellas, la integridad con que asumen esas vidas contra la corriente que son las suyas. Las une también la fértil materia verbal que les dio vida y la maleable sociedad en que vieron la luz, la una a la sombra de una dictadura y la otra en la borrachera reciente de la libertad, y el que, ambas, inciertas sobre su futuro, estén siempre dispuestas a aprovechar la menor ocasión para vivir, vivir intensamente, hasta la saciedad.