lunes, 30 de marzo de 2026
Juan Benet / Satura
viernes, 13 de diciembre de 2024
Vida y hechos de Juan Benet
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| Juan Benet |
Vida y hechos de Juan Benet
Ignacio Echavarria
11 de diciembre de 2024
Transcurridos más de treinta años desde su muerte, y cuando sólo faltan tres para el centenario de su nacimiento, Juan Benet sigue siendo –al menos en España– un detector infalible de lectores acomplejados y resentidos. Tengo amigos cultos y exigentes a los que no interesa la narrativa de Benet, ya sea porque les aburre o los fatiga. Benet sería el primero en darles la razón, pues nadie ha hablado de sus libros de modo más disuasorio que él.
Juan Benet y el 'Ulises'
Juan Benet y el 'Ulises'
Ignacio Echevarría
16 de febrero de 2022
Hace ahora medio siglo, en 1971, Juan Benet, sorprendido por el imparable proceso de glorificación de James Joyce, en particular de su Ulises, pronosticó que, transcurridos unos años, la estrella de este autor se eclipsaría. Escribía Benet: “Mucho me malicio que algún día –probablemente no será de este siglo– empezará a ser arrinconado, porque la gente se cansa de todo. Tal día los Ulises y los Finnegan serán devueltos a los nichos de las estanterías, para gozar del sueño de los clásicos, como –digamos– las novelas de Victor Hugo o las semblanzas históricas de Quintana”.
Juan Benet / Kafkiana
Kafkiana
30 de agosto de 1988
Nada menos que en los dos huecos de la derecha de la planta baja del palacio Kinski, en el centro de la Staroméstské námésti (plaza de la Ciudad Vieja), tuvo a partir de 1912 y hasta finales de los veinte su almacén de telas y chucherías femeninas Herman Kafka, el padre de Franz. Existe una foto de la plaza, recogida en la exhaustiva antología publicada por Klaus Wagenbach, con el prominente nombre del negocio do minando tan privilegiado inmueble donde, por si fuera poco, estuvo instalado el liceo imperial que frecuentó K. entre 1893 y 1901. Pero de todo eso nada se dice en la guía Olympia, editada por Rudé právo, que en cambio informa que desde uno de sus balcones se dirigió Klement al pueblo de Praga en febrero de 1948. Un busto en la casa donde nació, en la calle Uradnice, muy cerca de aquella plaza, una lápida en la costanilla de los Alquimistas donde su hermana Ottla alquiló un estudio en el que Kafka escribió Un médico de aldea -hoy convertido en tienda de postales y souvenirs entre los que no hay un sólo libro suyo- y una insípida calle Kafkova (supongo que dedicada a él) en Stresovice, son los únicos testimonios de su paso, verdaderamente breve, por su ciudad natal. El número 7 de la calle Porc, donde se hallaba la sede de la compañía de seguros obreros, la Urazová Pojistovna DéInická, donde Kafka trabajó desde 1908 hasta su retiro en 1922, está en la actualidad ocupado por una entidad oficial; un portero poco versado en idiomas extranjeros me impidió el paso a la primera planta, donde estoy convencido -a juzgar por lo entrevisto desde el portal- de que se conserva el despacho y la mesa donde trabajó, hoy seguramente utilizado por un funcionario que tal vez ejecuta un cometido parecido sin sentirse abrumado por el pasado del lo cal. (Un primo de Kafka, descendiente de el tío de Madrid, que trabajaba en el MOP, ignoró la existencia de su pariente hasta que Juan García Hortelano se impuso el deber de informarle de ella.)La plaza Staroméstské no conserva el aspecto que presentaba en vida de Kafka aunque se mantienen todos sus edificios, con excepción de cinco módulos del gótico Ayuntamiento viejo volados por los alemanes en 1945. Pero toda ella ha sido tan remozada y pintada que, como la ciudadela de Buda, "es más hermosa y hasta más antigua que antes de la guerra". Ha desaparecido la columna de la Inmaculada, donde a menudo se citaban Kafka y Brod, ya no se celebra el mercadillo de tenderetes que aparece en tantas postales rancias y en el centro de su espacio se alza el enfático y obstrusivo monumento a Jan Hus, que forzosamente recuerda a los burgueses de Calais, en cuyas gradas se sientan los turistas de mochila y camiseta y apenas se oyen otras lenguas que las españolas. Pues por no se sabe qué razón media España se ha volcado a visitar Praga este verano. Siendo nuestros compatriotas los más numerosos y habladores este año han conferido a Praga un cierto aire a Santiago de Compostela, bien apoyados por la magnificencia barroca de la ciudad y la altemancia de cielos plomizos y despejados; afinidad que se rompe en todo lo que se refiere a los materiales de construcción y a la gastronomía.
sábado, 23 de noviembre de 2024
Manuel Vicent / Una merienda con Benet, Jesús Aguirre y García Hortelano
Una merienda con Benet, Jesús Aguirre y García Hortelano
Me pregunto si la dorada pandilla de la ‘gauche divine’ de Barcelona, corría el áspid de la envidia y del resentimiento y no eran tan felices como trataban de demostrar
Manuel Vicent
22 de noviembre de 2024
Ignoro si entre escritores, poetas y artistas puede darse una verdadera amistad. Unos y otros dicen admirarse en las dedicatorias, se funden con abrazos en los encuentros literarios, pero el ego del artista tiene un caparazón muy compacto que apenas deja un resquicio por el que pueda colarse alguien capaz de disputar, ignorar o no compartir por entero su trabajo. Aquella dorada pandilla de la gauche divine, amamantada en los peluches de Boccaccio de Barcelona, años cincuenta, formada por escritores, poetas, intelectuales y artistas se divertían juntos, bebían juntos, compartían éxitos, se entrecruzaban amores, pero siempre me he preguntado si bajo las risas, juergas, viajes y mutuos elogios con un gin-tonic en la mano correría el áspid de la envidia y del resentimiento y no eran tan felices como trataban de demostrar. Tuve la ocasión de tratar de cerca a tres personajes, a la vez amigos con un ego muy desarrollado, que me descubrieron algunas capas secretas de la cebolla del alma, Jesús Aguirre, que atendía como duque de Alba, Juan García Hortelano, cuya lengua era tan peligrosa como su bondad y Juan Benet, que trataba por todos los medios parecer malvado sin conseguirlo.
martes, 26 de noviembre de 2019
Dostoievski / Un estilo exento de toda finura
Un estilo exento de toda finura
lunes, 9 de abril de 2018
Juan Benet / El estilo hasta el fin
7 de enero de 1993
Aquel gesto con el que entraba en la vida, adusto, sonriente y generoso, lo tuvo hasta el fin. Era su estilo. Con un lápiz negro y rotundo fue tachando palabras, adverbios, frases enteras, de Saúl ante Samuel, y fue venciendo los terribles insomnios de una enfermedad despiadada. Cuando horas antes de la última Navidad triste de su vida don Juan dio por concluida su labor, se puso sus lentes partidas, miró cansado al aire quieto y penumbroso de su casa de siempre, entregó el manuscrito sin fuerzas y se recluyó en su ironía implacable y lúcida: "Total, para qué".
Juan Benet / Un precio demasiado alto
Según explicó Juan Benet en su libro La moviola de Eurípides (1981), Volverás a Región no le pertenece ni pertenecerá nunca a sus herederos, a menos que Ediciones Destino resuelva un día el leonino contrato que suscribió con el autor en febrero de 1967, según el cual Benet "cedía todos los derechos patrimoniales de carácter transmisible de mi obra" al editor. Pese a lo abusivo de esta cláusula, un juez hizo valer dicho contrato en una sentencia de noviembre de 1978, y Benet sigue siendo un mero usufructuario de su primera novela. El porqué de la aceptación de semejante renuncia en su día lo hallamos en las palabras del propio Benet: "De un lado, un editor poderoso, y de otro, un autor novel ansioso de ver publicada su obra al precio que fuera". El precio, sin duda, fue demasiado alto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de diciembre de 1992
jueves, 3 de agosto de 2017
La rebeldía y el enorme legado de Juan Benet
Los discípulos de Juan Benet celebran la rebeldía y el enorme legado literario del escritor
500 personas se reúnen en Madrid para rendir homenaje al autor de 'Volverás a Región'
ROSA MORA
Madrid
"Estamos viviendo un mal sueño" dijo ayer Javier Marías. El pasado 23 de noviembre, escritores, editores y políticos se reunían en el Círculo de Bellas Artes de Madrid para rendir homenaje a Juan Garcia Hortelano, fallecido el 3 de abril de 1992. Justo tres meses después, ayer, escritores, editores y políticos volvieron a reunirse para homenajear a Juan Benet, fallecido el 5 de enero de 1993. Nadie pudo ocultar la emoción, pero la tristeza dio paso a la celebración. Los discipulos de Benet tomaron la palabra para recrear su controvertida personalidad: rebelde, inconformista, generoso, buraño, comediante. Destacaron, sobre todo, su enorme legado literario. "Juan Benet renovó el lenguaje literario español" dijo Eduardo Mendoza.
Alberto Oliart / Insoportable Juan Benet
Sí, es posible que Juan Benet como escritor sea insoportable. El mismo lo decía: "Soy el escritor más pesado que conozco", y conocía muchos. 0, brillándole los ojos de risa y malicia si se le preguntaba qué estaba escribiendo, decía: "Estoy acabando un ladrillazo". Y es insoportable para quien quiera leerlo como quien lee un relato de Stevenson o una novela de Simenón, para el que quiere leer sin otro esfuerzo que ir captando los símbolos escritos que son las palabras y entendiendo a la velocidad posible de la lectura lo que está leyendo y la trama de lo que se cuenta. Porque al Juan Benet que va desde Nunca llegarás a Nada y Volverás a Región hasta Herrumbrosas lanzas no se le puede leer así, hay que leerlo despacio; en más de una ocasión hay que releer una y dos veces alguno de sus párrafos complejamente construidos, a veces sintácticamente fracturados, para captar o recrear su significado. Hay que perderse a menudo en una larga cadena de reflexiones que se enlazan una con otra cortando la ligazón con una trama siempre presente, pero siempre perdida o aludida de forma evanescente y con la que los largos párrafos tienen o no relación. Sí, comprendo que haya lectores que encuentren insoportable a Juan Benet, como en su día Quevedo encontró insoportable a Góngora; como para muchos de sus contemporáneos debieron resultar insoportables Cátulo y Propercio; como fue insoportable para muchos el Ulises de James Joyce (que no su Relato de un artistas adolescente o su Dublineses), o como debió de serlo Kafka (y aún es posible que siga siéndolo), o como lo fueron Cézanne o Van Gogh para la mayoría de sus contemporáneos (sobre todo para los que definían lo bueno y lo malo, lo soportable e insoportable académica y oficialmente); como lo fueron Braque y Picasso cuando iniciaron la aventura del cubismo; o Malevich para el gusto oficial estalinista; o El Greco para Felipe II; o Mayakowski, o el primer Brahms o -Stravinski o Calderón de la Barca para los neoclásicos del siglo XVIII, como pareció insoportable el Faulkner de The soldiers o el de Santuario; o los primeros pintores abstractos, o los surrealistas, o Juan Larrea. Y así la lista de los genios de las artes insoportables para la mayoría de sus contemporáneos podía seguir alargándose páginas y páginas.Hay expresiones artísticas en pintura, música, escultura o literatura que son amables, que envuelven nuestra sensibilidad y provocan la comunicación obra-espectador-lector sin esfuerzo, con facilidad. Hay otras que se enfrentan con nosotros, que se escarpan y erizan cuando queremos comprenderlas, que hay que luchar con ellas, como Jacob con el ángel, para llegar, no a dominarlas, pero sí a entenderlas y disfrutarlas.
sábado, 29 de julio de 2017
Manuel Vicent / Juan Benet
Juan Benet
No se puede ser brillante, maravilloso, cada instante del día, con o sin una copa en la mano. A veces uno necesita descansar. Pero si te encuentras a Juan Benet en un bar o en un viaje, enseguida se establece de forma espontánea una competición: se trata de demostrar quién es más cáustico, más lúcido, y no basta para eso con saber cosas del neolítico o emitir juicios precisos acerca de Saint-Simon, de Conrado del románico; también hay que seleccionar a los enemigos, ser original en el desprecio y usar el humor adecuado a las circunstancias, irónico o brutal. Uno mira el reloj y pide tiempo, como en el baloncesto. Cualquiera en esos momentos de descanso puede bajar la guardia y permitirse el lujo de decir algo anodino e incluso de manifestar un sentimiento de ternura, si bien esto tiene que ser en mesa aparte. Ningún escritor, siendo tan afable, ha hecho nunca tantos esfuerzos para parecer malvado sin conseguirlo ni ha sacado tanto partido del cinismo habiéndose nutrido con tanto vigor de la ética. Ésa es la contradicción de Benet: por fuera, su diseño británico con un toque de señorito perdulario le obliga siempre a estar a la altura de su desdén; éste consiste en sostener con la máxima elegancia el whisky mientras la lengua se va transformando en un hacha, aunque por dentro es un moralista con un fondo muy barojiano al que sólo le falta más grasa para ser un castizo. Si escribes con claridad, corres el riesgo de tener lectores; en cambio, expresarse con hermetismo genera exégetas y discípulos. Juan Benet, que sólo en apariencia desprecia la fama, adora el éxito, que estriba en ser oscuro y por eso mismo admirado sin ser leído. Sus libros obligan a escalar arduamente una pared norte hacia una explanada donde hay una verbena popular a la que se puede subir por detrás en coche. Si Juan Benet tiene prisa y escribe sin piolet ni equipo de alpinista, entonces su literatura alcanza una fuerza y precisión extraordinaria, pero esto le parece demasiado fácil y, por consiguiente, carece de importancia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de mayo de 1992
EL PAÍS
Luis Carandell / Benetiana
Benetiana
LUIS CARANDELL
23 ENE 1993
Con el título de Barojiana escribió Juan Benet hace ya años un precioso texto en que recogía sus recuerdos de la tertulia que don Pío Baroja solía tener por las tardes en su casa de la calle de Ruiz de Alarcón de Madrid. Contaba, entre otras cosas, que un día en que él estaba presente apareció de pronto en la tertulia el arzobispo de Madrid-Alcalá don Casimiro Morcillo. Sensibilizado acaso el señor obispo por algunos excesos verbales que conspicuos miembros de la Iglesia habían dirigido al novelista -como aquel jesuita que le llamaba "don Impío Baroja"-, quiso llevar su paternal solicitud al extremo de visitarle en su propia casa, en gesto. de reconciliación.Uno de los asiduos contertulios de don Pío era un caballero ya maduro cuyo nombre Juan Benet no citaba, pero que se hizo famoso entre los que frecuentaban la tertulia porque tenía por costumbre dejar a su novia -una señora de mediana edad- en el portal de la casa de Ruiz de Alarcón mientras él subía a tertuliar con don Pío. La llegada del arzobispo Morcillo a la casa de Baroja produjo, como fácilmente puede comprenderse, una embarazosa situación. Ni el novelista, ni el prelado, ni ningún otro de los presentes, entre los cuales estaban Juan, sabían cómo romper el hielo para comenzar la conversación. Fue aquel maduro caballero que tenía la novia esperando en el portal quien salvó el difícil trance. Se puso en pie y dijo solemnemente, en frase que pasó a la historia de la España surrealista: "Con permiso del señor obispo, me voy a comer un higo".
viernes, 28 de julio de 2017
Juan Benet busca en 'Herrumbrosas lanzas' las raíces de la guerra civil española
Juan Benet busca en 'Herrumbrosas lanzas' las raíces de la guerra civil española
Madrid 23 MAR 1985
El escritor Juan Benet presentó ayer en Madrid el segundo volumen de Herrumbrosas lanzas, novela inspirada en la guerra civil española. Esta obra sobre el drama de la historia reciente de España lanza, en este nuevo volumen, una mirada hacia atrás en busca de las raíces de los conflictos íntimos de la familia Mazón, protagonista de la novela. Benet amplía e intensifica su visión de tal conflicto, a través de una indagación en las causas, de la guerra civil. "Aunque no pretendo con esto plantear la tesis de su incubación", afirma el autor.
A Juan Benet le aburre la lectura de sus libros
A Juan Benet le aburre
la lectura de sus libros
"Yo sólo leo mis novelas para corregirlas antes de mandarlas a la imprenta", decía ayer el ingeniero de caminos y escritor Juan Benet. "Esta primavera, sin embargo, tuve que leer mi libro Volverás a Región, publicado hace 20 años. Lo tuve que hacer, además, detalladamente, porque se trataba de comparar con una traducción al inglés que me habían dicho que era mala. Creí que acabaría en una semana, pero resulta que tardé dos meses en leerlo a causa del intenso aburrimiento que me produjo".
Juan Benet / Gente
Gente
«He escrito unas cuantas novelas, pero no sé muy bien cómo las hice. La novela es un género literario amplio que no tiene definición; por eso resulta difícil hacer lo indefinido», explicó Juan Benet en el transcurso de una conferencia en el Aula de Cultura de Alicante, en la que participó junto con Juan García Hortelano,pretendiendo explicar «Cómo se hace una novela», título de la conferencia, aunque el propio Benet dijo que se declara «incapaz de definir lo que es una novela y, desde luego, no crean que van a salir de aquí sabiendo cómo escribirlas», informa Mari Carmen Raneda.
jueves, 27 de julio de 2017
Javier Marias / El señor Benet regresa un rato
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| Juan Benet |
El señor Benet regresa un rato
Javier MaríasBIOGRAFÍA
5 de enero de 2013
Uno de los efectos de la muerte de alguien querido, con el que no se cuenta cuando muere, es que a medida que pasa el tiempo (a medida que se lo sobrevive), se comparte con él cada vez menos. Apenas tiene que ver el mundo actual con el de hace treinta y cinco años, el del 24 de diciembre de 1977, en cuya madrugada se despidió mi madre. Se han cumplido siete, el 15 del mismo mes, del adiós de mi padre, y nada es demasiado distinto de lo que él llegó a ver, pese a la rapidez y a la enfermiza impaciencia de nuestra época. Uno tiene la sensación de que, si él volviera, aún podría incorporarse sin muchos problemas. No así mi madre, a la que habría que explicar un largo periodo de cambios. Ella seguramente diría: “Este lugar no es el mío, aquí no pinto nada”, y regresaría con cierta conformidad a su hueco en el pasado.
“Si volvieran”, he dicho, como si eso fuera posible. A veces lo es, en los sueños. En ellos se ve de nuevo a las personas hace tiempo borradas de la faz de la tierra. Sus imágenes se aparecen vívidas, con una presencia tan real como la que tuvieron en vida; se habla con ellas, se las oye reír, se discute. Así que “vuelven”, en efecto, a nuestra conciencia aletargada, y en ese extraño territorio se escuchan sus voces y se ven sus rostros con tanta nitidez como cuando compartíamos el presente con ellas. Tengo amigas que perdieron a sus progenitores varones hace mucho o bastante, por los que sentían debilidad o que fueron lo único que tuvieron. Cuando sueñan con ellos no olvidan eternamente que algo malo les pasó y que murieron; porque al aparecérseles en esos sueños, con toda su corporeidad y vitalidad recuperadas, les dicen: “Ay, qué bien que no te ha ocurrido nada, que estás aquí y estás sano”. Las engaña la conciencia dormida, pero mientras ésta domina es la realidad la que se percibe como alucinación o pesadilla, como falsedad y error del entendimiento. Suelen despertarse con lágrimas en los ojos, sin duda con la misma sensación del ciego poeta Milton cuando soñó con su mujer difunta y escribió ese verso que he citado a menudo: “And day brought back my night”. “Y el día hizo regresar mi noche”.
En los sueños se ve de nuevo a las personas hace tiempo borradas de la faz de la tierra"
Aunque sólo sea por eso, por esas incursiones oníricas en la esfera de los muertos –o son ellos los que se adentran brevemente en la nuestra–, es imposible no fantasear con la posibilidad de un encuentro. Ayer se cumplieron veinte años de la muerte de Juan Benet. Mucho lo admiré como escritor, pero lo echo de menos sobre todo como amigo y guía. Me llevaba veinticuatro y se detuvo a los sesenta y cinco, luego todavía sigue siendo mayor, en mi recuerdo, de lo que lo soy yo ahora, aunque ya no estoy lejos de su edad de entonces, la definitiva o congelada. El mundo al que él asistió no es tan remoto como el que abandonó mi madre, pero veinte años son ya demasiados para suponer que, si Benet volviera, sería capaz de subirse al presente sin esfuerzo ni desagrado; sin que hubiera que explicarle demasiadas cosas para ponerlo al tanto de nuestras circunstancias. El 5 de enero de 1993 no había Internet ni móviles ni DVDs ni libro electrónico. Aún gobernaba aquí Felipe González, y en los Estados Unidos acababa de ser elegido por primera vez Bill Clinton; faltaban ocho años para los atentados de las Torres Gemelas. Basten estos tres ejemplos para hacerse una idea del tiempo transcurrido. “Caramba”, diría tal vez Benet en ese hipotético encuentro, o ya soñado. “Sí que me he perdido cosas. O me las han ahorrado”. Pero lo más probable es que se interesara por lo personal, que es lo que en verdad tiene importancia: “¿Qué es de este, qué es del otro?” No siempre habría sabido responderle, a algunas de nuestras amistades comunes les he perdido la pista, me alejé o se alejaron. “¿Y tú? ¿Qué has hecho? ¿Has seguido escribiendo?” “Sí, unos cuantos libros más”. “¿Y qué tal?” “No me quejo”, le habría contestado, “pero lamento no saber qué te habrían parecido. No vive nadie cuya opinión respete tanto”. “¿Y los míos?”, acabaría por preguntarme antes o después, supongo, no hay autor al que no le intrigue algo la duración de lo que ha escrito. “Para lo rápido que olvida esta época, no puedes quejarte. No se te lee mucho, pero eso fue así siempre. Tampoco a Faulkner, tu maestro, no te creas. Pero se reeditan tus textos, y se te recuerda más que a la mayoría de tus coetáneos. En parte por lo mucho que te detestaron algunos, eso ayuda. No es la manera más grata de perdurar, pero en España ayuda. Y somos bastantes los que estamos en activo y hablamos de ti cuando hay ocasión: el Profesor Rico, que te añora lo indecible; Félix y Vicente y Eduardo y el Pere, y Daniella y Sarrión y Cruz y Manolo; y Marisol y Mercedes y Peche, que yo sepa, en privado. Te tenemos bien presente. Te admiran unos pocos novelistas jóvenes. Y hasta se han publicado inéditos que tú querías mantener a resguardo y parte de tu correspondencia”. Me imagino su desconcierto ante esta última noticia: “¿Tan antiguo me he hecho como para que eso interese a nadie? No sé si sentirme halagado o deplorado. Debo de ser pasto de estudiosos y profesores, qué lata”. Murieron el tito Jaime, Pradera, Natacha y Chamorro”, le informaría. “Lo sé, por aquí andan, en el pasado. A los que seguís ahí no os deseo mal alguno, pero tampoco os hagáis centenarios. A ver si compensáis a estos cuatro, que sólo me dan la pimporrada”. Esa palabra se la he oído sólo a él y a quienes estuvimos cerca. Es Benet, sin duda, que ha vuelto un rato tras veinte años.















