Mostrando entradas con la etiqueta Laura Restrepo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Laura Restrepo. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de abril de 2016

Nueve escritores colombianos de un solo éxito que las editoriales han inflado

Héctor Abad Faciolince
"El olvido que seremos"

Escritores colombianos de un solo éxito que las editoriales han inflado

A excepción de Gabo, Mutis y Vallejo, y de los esfuerzos por publicar permanentemente, los escritores contemporáneos están amarrados a una sola obra
Por:  abril 21, 2016

El mundo del libro en Colombia es pequeño. Un novelista, si es conocido, puede aspirar a una edición entre los 3000 y 5000 ejemplares. La gran mayoría se tiene que conformar con tirajes de 1000 y someterse a la tiranía de una limitada red de librerías comerciales, con muy pocas independientes, que exhiben como novedades las recién publicadas obras literarias en tiempos cortos. Otros autores ni siquiera tienen la suerte de pasar un día por la mesa o la vitrina de las novedades.

sábado, 22 de agosto de 2015

Escritoras de América Latina, al fin visibles


Escritoras de América Latina, al fin visibles

Un gran número de narradoras gana protagonismo en la literatura en español lejos de las etiquetas y los estereotipos


Winston Manrique Sabogal
21 de agosto de 2015


Cristina Rivera-Garza, Wendy Guerra, Guadalupe Nettel, Lina Meruane, Claudia Piñeiro, Samanta Schweblin, Rosa Beltrán, Claudia Amengual…
La onda de silencio que ha cubierto a las escritoras latinoamericanas se ha roto del todo. Sus voces, diversas y de todas las generaciones avanzan por el umbral de una época dorada para la literatura al abrirse paso contra las etiquetas, el machismo, la discriminación, los tópicos, los prejuicios, la incultura o la inercia del ninguneo del mundo del libro, la sociedad y los medios de comunicación. Aunque la visibilidad y el reconocimiento de esas autoras es mayor en España que en su propio continente.
…Piedad Bonnett, Leila Guerriero, Sofía Segovia, Aurora Venturini, Yolanda Arroyo, Zoé Valdés, Laia Jufresa, Flavia Company, Marbel Sandoval Ordóñez…
Son algunos de los nombres de narradoras que ya tienen un lugar en la memoria de los lectores, unas cuantas empiezan abrirse paso y muchas más que no cesan en su empeño de publicar. Pertenecen a una estirpe de creadoras de un continente que la gente relaciona sobre todo con grandes poetisas como Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Rosario Castellanos, Blanca Varela o Ida Vitale.


“Al sabernos excluidas de la tradición nos sentimos libres del imperativo de honrar sus convenciones”, dice Carolina Sanín

“La suerte es que hablamos de mujeres de generaciones muy diversas: De Hebe Uhart (1936) o Griselda Gambaro (1928), pasando por Laura Restrepo (1950) hasta llegar a Gisela Leal (1987), por dar solo unos pocos nombres. Están ubicadas a lo largo de toda la geografía de la lengua, es decir, no es un fenómeno que se da solo en tal o cual país. Visitan todos los géneros: el teatro, la poesía y la novela por supuesto. Y sus temas son tan amplios como nombres hay. Me parece que sienten la libertad de contar cualquier cosa y de hacerlo sin responder a ningún deber ni estereotipo”. Este es el mapa descrito por Pilar Reyes, que lleva dos décadas oteando y analizando la literatura latinoamericana en su condición de lectora y editora, primero en Alfaguara Colombia y desde hace unos años en España.
…Selva Almada, Carolina Sanín, Isabel Mellado, Valeria Luiselli, Rita Indiana, Mayra Santos-Febres, Pola Oloixarac, Giovanna Rivero, Betina González…
Esa proliferación y normalización de nombres en la literatura rompe y desafía lo establecido. Varias de estas narradoras denuncian la prolongación de prácticas de otras épocas: creen que la historia literaria sigue sin hacer justicia a las mujeres, se sienten excluidas de la tradición, perciben un trato que mezcla la condescendencia y el asombro ante sus libros y notan cierta desigualdad frente a los hombres.
“Tengo la impresión de que en ocasiones el interesante, y fundamental, matiz político de la narrativa escrita por mujeres en Latinoamérica ha alejado su obra de los lectores más acomodados de nuestro país (España), que cuando se han acercado a parte de la literatura latinoamericana lo han hecho buscando aún ‘lo real maravilloso’, lo exótico’ o cierta forma de ‘empalago emocional’, es decir, las propuestas menos interesantes de una literatura rica, riquísima”, explica Julián Rodríguez, editor de Periférica, atento a la creación e innovación literaria en español.




La escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres.ver fotogalería
La escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres.


Nombres que conviven con los clásicos y con los de narradoras contemporáneas y populares que empezaron a romper hace unas décadas ese silencio sobre la literatura latinoamericana escrita por mujeres. Entre esos nombres contemporáneos figuran las chilenas Isabel Allende, Marcela Serrano y Diamela Eltit; las argentinas Clara Obligado y Ana María Shua; la colombiana Laura Restrepo; las nicaragüenses Claribel Alegría y Gioconda Belli; la cubana Reina María Rodríguez; las uruguayas Cristina Peri Rossi y Carmen Posadas y las mexicanas Ángeles Mastretta, Margó Glanz y Elena Poniatowska, segunda latinoamericana Premio Cervantes y única narradora, la otra fue la poeta cubana Dulce María Loynaz. Y, detrás de ellas, las argentinas Victoria y Silvina Ocampo, la chilena María Luisa Bombal o la mexicana Elena Garro que abrieron desde la primera mitad del siglo XX ese universo más allá de lo masculino o femenino donde lo que cuenta es la literatura.
…Sabina Berman, Karla Suárez, Consuelo Triviño, Andrea Jeftanovic, Mayra Montero, Daniela Tarazona, Gisela Leal, Reina Roffé, Bárbara Jacobs…
Cada vez que la argentina Leila Guerriero, autora de Una historia sencilla(Anagrama), escucha la palabra “mujeres” relacionada con la palabra “literatura” no puede —ni quiere— evitar erizarse un poco: “Más allá de que es verdad que antes había menos mujeres escritoras —y menos mujeres astronautas, chefs, presidentas, empresarias, conductoras de autobuses—, seguir pensando cualquier universo creativo en términos de género no hace más que reproducir un punto de vista perimido que transforma un hecho evidente (que las mujeres somos capaces de conducir un autobús, ir al espacio o escribir novelas y ensayos) en motivo de sorpresa o admiración. Algunos de mis escritores favoritos son mujeres pero jamás pensaría en ellas como ‘mujeres’ sino como ‘personas que están entre mis escritores favoritos’. Prefiero pensar que si hoy la presencia de mujeres en la literatura de nuestros países es mayor a la de hace algunos años, no se debe a una moda, ni a que las editoriales tienen que cumplir con determinado cupo femenino como consecuencia de la corrección política que nuestro siglo ha erigido como el único dios ante el que hay que prosternarse, sino a que, como en todos los demás ámbitos, esas mujeres pueden ejercer su vocación sin pedir permiso ni disculpas y, sobre todo, a que están escribiendo (como sus colegas varones, sin que eso le llame la atención a nadie) buenos libros”.




Ilustración de Ana Juanampliar foto
Ilustración de Ana Juan


La calidad literaria es lo único que también interesa a Claudio López de Lamadrid, director editorial de Literatura del Grupo Penguin Random House, sin ocultar algunas sombras en el ecosistema del libro: “No distingo entre la literatura hecha por mujeres y aquella hecha por hombres, y sin embargo es un tema que me preocupa porque creo en las cuotas y procuro siempre incorporar voces femeninas a mis catálogos. Algunos de los escritores que edito cuya carrera más me interesa son mujeres. De todos modos, sí es cierto que la tendencia es a ningunear un poco a las autoras frente a los autores, y una tendencia es a olvidarse de ellas en balances, repasos y menciones”.
Ese olvido al que se refiere López de Lamadrid sucede más en el propio continente latinoamericano. “En México y en general en América Latina la narrativa escrita por mujeres se abrió camino a mediados de los años 50, con Elena Garro, seguida de Rosario Castellanos y un nutrido grupo de mujeres cultas y creadoras de grandes obras que padecieron (y lo siguen padeciendo después de muertas) el machismo exacerbado de los hombres que dominaban la vida intelectual”, explica Nubia Macías, directora del Grupo Planeta para México,Centroamérica y EEUU y exdirectora de la Feria del Libro de Guadalajara. “En nuestro continente”, añade Macías, “siempre se habla de los ‘grandes autores’ cómo si sólo fueran hombres. La historia sigue sin hacerles justicia a las mujeres escritoras, salvo por Sor Juana, a la que se le rinde culto... y sobre todo gracias al ensayo sobre ella escrito por Octavio Paz. Esta actitud no ha cambiado: Elena Poniatowska, la más reciente Premio Cervantes fue denostada por más de un intelectual latinoamericano justo cuando le dieron el galardón. Ahora hay un grupo muy amplio de mujeres que, a fuerza de talento y del reconocimiento de los lectores, ha ganado terreno, pero a quienes el establishment sigue escatimándoles el reconocimiento: Mayra Santos-Febres, Wendy Guerra, Mónica Lavín, Brenda Lozano, Liliana Blum, o Carmen Boullosa”.
…Luisa Valenzuela, Carla Guelfenbein, María Eugenia Ramos, Patricia de Souza, Fernanda García Lao, Yanitzia Canetti, Laura Esquivel, Ema Wolf, Alejandra Costamagna…
Un lastre histórico cuyo presente analiza Carolina Sanín, crítica literaria y autora colombiana de Los niños (Siruela), desde la esquina de la ironía y el pragmatismo: “Al sabernos relativamente excluidas de la tradición literaria de nuestra región, las escritoras latinoamericanas podemos sentirnos libres del imperativo de honrar las convenciones de esa tradición y ser ajenas a la aspiración de que se nos reconozca como sus representantes”. A veces, afirma Sanín, “en la emoción con la que se reciben las obras de estas escritoras no encuentro la celebración de un descubrimiento liberador, sino una mezcla de condescendencia y asombro. Otras veces, me parece que se percibe a la escritora como fraudulenta”. En la fantasía latinoamericana, añade Sanín, “quien escribe es un hombre; la mujer pretende ser escritora. Quizás se piensa que, al escribir, ella en realidad hace otra cosa: algo misterioso, una suerte de brujería amenazante, un sabotaje. Y tal vez así es”.




La escritora mexicana Guadalupe Nettel.ver fotogalería
La escritora mexicana Guadalupe Nettel.


Solo que su hechizo creativo es el mismo de cualquier sexo. Un asomo a ese mundo más innovador y arriesgado lo ofrece la chilena Diamela Eltit, cuya última novela es Fuerzas especiales (Periférica): “Resulta fundamental la relación entre escritura y literatura. Es precisamente la escritura como gesta o como gesto la que puede ampliar lo que entendemos por literatura: remodelar sus bordes, ampliar sus fronteras, registrar en sus movimientos el estado y hasta el estallido de las técnicas. Se trata de ingresar en la letra como un territorio estético para provocar un tumulto de imágenes entre las que sin embargo se aloja el silencio. La unión entre el exceso y el silencio no deja de ser un desafío”. Eltit reconoce que le interesa mantener una política de escritura que “afronte el riesgo y hasta el abismo que puede producir el goce de la letra con la letra”. Las posibilidades son muchas, aunque ella prefiere transitar “por algo parecido a una literatura okupa, ocasional, en constante movimiento, aunque esté cerca de ser desalojada letra a letra o frase a frase, justo en medio de la calle”.
...Nona Fernández, Myriam Moscona, Natalia Berbelagua, Julia Álvarez, Damaris Calderón, Inés Mendoza, Daína Chaviano, Pilar Quintana, Gabriela Alemán…


“En los años cincuenta, las mujeres se abrieron camino ante el machismo de la vida intelectual”, sostiene Nubia Macías

La mexicana Brenda Lozano, autora de Cuaderno ideal, no cree que haya historias o frases ideales, "y pareciera que escribir, como leer, mucho tienen de cuaderno, más como un camino y sus desviaciones que un punto final. (¡Ese Apocalipsis!)". El pasado y el presente lo ve en Josefina Vicens, "que abrió puertas en México". Recuerda que "en tiempos en los que lo mexicano era el gran tema (pienso en Rulfo, Paz, el joven Carlos Fuentes), escribió El libro vacío, una bellísima novela más cercana a lo que se escribe hoy, mirando los temas de la vida cotidiana y la imposibilidad de escribir". No duda en afirmar que en México, Argentina, Chile o Colombia hay cosas muy buenas, y le interesa, sobre todo, lo que se escribe ahora.
Narrativas más tradicionales o más innovadoras, pareciera que la edición de libros creados por mujeres estuviera normalizada. Casi un centenar de ellas copan las librerías latinoamericanas y españolas. Pese a ello, surge, inevitable, el interrogante: "¿Es difícil publicar?", se pregunta la colombiana Marbel Sandoval Ordóñez, autora en su país de En el brazo del río, y contesta: "Mucho y más cuando se es mujer. La voz de las mujeres en la literatura colombiana sigue siendo marginal y lo digo como buena lectora, que siempre busca voces nuevas, y como escritora". Sandoval Ordóñez, que vive ahora en Madrid, cuenta que la industria editorial colombiana "ha abierto más espacios a la poesía escrita por mujeres, quizá porque la consideran femenina, que a la narrativa". Su experiencia en España no es muy diferente: "Aquí, una voz nueva tiene dificultad para abrirse camino, más si no se escribe, como en mi caso, lo que el mercado quiere. ¿Y que quiere el mercado?, le pregunté a un editor experimentado. Historias como las de la crisis, me respondió. Sin palabras. Para ese tipo de historias vuelvo al periodismo que es mi cuna".
…Lucía Puenzo, Lena Yau, Ana Nuño, Alia Trabucco, Ángela Becerra, Andrea Maturana, Brenda Lozano, Mónica Lavín, Fietta Jarque...
Escribir, escribir. No cesan en su empeño, como cualquier escritor. La ruta de la uruguaya Claudia Amengual, autora de Cartagena (Alfaguara), es la búsqueda de superar desafíos estéticos en cada nueva obra. Insiste en que su condición de mujer nada tiene que ver con la calidad de esas obras, “aunque sí con una textura distinta que enriquece el universo literario en el que aún predominan los escritores”. Admite que es posible intentar una definición de literatura femenina y de literatura masculina, “pero desde una teoría seria y no con meros clichés de género”. Así es que mientras el tema no se aborde con esa seriedad, Amengual prefiere hablar de la calidad literaria “sin pensar en otras etiquetas reductoras”. Tiene la convicción de que la única y mejor manera de reivindicar sus derechos como escritora es comprometiéndose con su trabajo y con sus lectores: “Es decir: escribiendo”. Como los hombres.
...Carmen Boullosa, Inés Bortagaray, Lilián Pallarés, Jacinta Escudos, Dorelia Barahona, Teresa Dovalpage, Carolina Sborovsky, Inés Fernández Moreno, Dolly Mallet, …




WASAP A UNA JOVEN BLOGUERA


LAURA RESTREPO
A Laura Quinceno, que en su blog me pregunta cómo pinta hoy el panorama para las mujeres escritoras.
Creo que bien, tocaya, siempre y cuando no incurras en uno de estos tres noes:
1. No pretender volverte rica con las letras. Ganarte el pan, sí, eso es otra cosa y es tu derecho elemental, como lo es para cualquier carpintero, dentista o astronauta.
2. No dejarte apabullar por el carrusel de los prestigios. La cultura que no tiene qué comer se alimenta de vanidad. Y del reciclaje de antiguos prestigios: tú, mi amigo, tú eres como Kafka. Gracias, gracias, pero ¿tú? Tú, en cambio, eres como Joyce. Y este que ahora publicamos, este es de la altura de Faulkner. ¡Y miren este nuevo Proust en el cielo de los suplementos culturales! Y así va pasando la pelota, como en el fútbol de las grandes ligas: entre varones.
3. No apostar a los premios, que hoy por hoy no significan mucho. Han proliferado tanto, que los entregan más fácilmente que las tarjetas de crédito. A estas alturas hay más premios literarios que escritores, y lo que es más grave, parece haber más escritores que lectores.
Laura Restrepo es escritora colombiana, autora de Hot Sur (Planeta) y Delirio (Alfaguara).
EL PAÍS

martes, 14 de septiembre de 2010

Juan Fernando Merino / Laura Restrepo o la indagación permanente

Laura Restrepo
o la indagación permanente
Por Juan Fernando Merino


La escritora colombiana Laura Restrepo (Bogotá, 1950), ganadora entre muchos otros galardones de los premios Sor Juana Inés de la Cruz en México y del Prix France Culture que concede la crítica francesa a la mejor novela extranjera, es sin duda una de las voces narrativas más importantes en el actual panorama de las letras latinoamericanas y una de las conciencias más lúcidas e informadas a la hora de examinar la encrucijada  que atraviesa Colombia y el continente.
Después de estudiar Filosofía y Letras y de obtener un postgrado en Ciencias Políticas, Restrepo fue profesora en la Universidad Nacional de Colombia, periodista, editora de un semanario e integrante de la Comisión de Paz nombrada por el presidente Belisario Betancur, antes de volcarse con entusiasmo y pasión a la literatura, en cuyo ejercicio, por cierto, nunca ha dejado de lado su bagaje periodístico, su visión política y su conciencia crítica.
La autora, cuya novela más reciente, La multitud errante, acaba de aparecer en inglés bajo el título "The wandering crowd", visitó recientemente Nueva York para ofrecer una charla en Barnard College, ocasión que aprovechamos para conversar de nuevo con ella, indagar algunos momentos de su trayectoria y repasar brevemente sus principales obras.


Periodista, novelista, viajera, política... ¿Podríamos empezar por cualificar brevemente los términos para tener una mejor idea de quién es Laura Restrepo?

"Periodista... Sí, durante años lo ejercí en los medios y ahora lo sigo ejerciendo en mis novelas, porque lo que estoy escribiendo ahora es ficción pero se apoya en reportajes y en un tipo de trabajo similar: una primera etapa periodística y una segunda parte de elaboración literaria".

 ¿Escritora?

"Bueno, considero la ficción como una manera de complementar la realidad. Una primera aproximación a través de los hechos que recojo con el periodismo y una segunda versión ya complementada y pasada por la interioridad y la subjetividad, por los sueños, por los deseos, lo cual es la ficción".

¿Viajera?

"Por placer, por vocación... pero a veces también por obligación. A los colombianos a veces nos toca hacerlo forzosamente".

Y participante activa  en la política colombiana...

"Fui miembro de la comisión de Paz, una comisión negociadora que por primera vez en Latinoamérica intentó una salida pacífica al conflicto armado entre las fuerzas insurgentes y el gobierno colombiano. Esto fue del 82 al 86. Y hablar de paz, hablar de salida negociada era algo prácticamente innombrable en América Latina. Un poco lo que está sucediendo ahora aquí. La negociación era un término sospechoso y entonces eso me significó el exilio, persecución política y otras cosas. Pero  lo que yo siempre propugné fue  una salida negociada al conflicto armado. Detesto las armas, de cualquier lado, vengan de donde vengan".

¿Una combatiente sólo con la palabra?

"No sólo con la palabra. También con la movilización, con la política. Me encantan la política como expresión de la conquista de un futuro y de una vida digna y mejor por parte de la gente, pero sí creo que tiene que ser por la vía democrática, por la vía política".

Rastreando un poco la historia familiar, encontré referencias a aquel abuelo autodidacta...

"Ah, sí. Se llamaba don Enrique Restrepo. No fue a colegio. Desde los 12, 13 años ya estaba ganándose la vida, y sosteniendo a sus hermanos, y aprendió inglés, francés, italiano, alemán, latín, griego... y tenía una biblioteca que cada día crecía... todavía se conserva en la casa de mi mamá, con tomos y tomos, por ejemplo de los metafísicos  franceses... ¡Una cosa extraordinaria! No se imagina uno cómo era la mente de esta gente, esa avidez de conocimiento que los llevaba del analfabetismo a una compenetración grande con los idiomas, con la cultura universal. Un personaje apasionante: fue escritor, fotógrafo, hacía perfumes... Tenía una vocación de universalidad que estaba tan vigente en esa generación de los abuelos".

En muchos escritos tuyos he encontrado menciones de tu  padre...

"Sí, era un personaje encantador, con una vitalidad muy grande, muy heterodoxo, muy desapegado a las instituciones, muy inclinado a vivir la vida con mucha libertad, pero siempre teniendo la familia como punto de referencia importante. Para él la felicidad estaba allí, en su mujer, en sus dos hijas... Tuve una infancia dichosa, conocí la felicidad durante la infancia."

En cambio pocas menciones de la madre...

"Éramos las tres tan fascinadas con mi padre... y él murió hace más de veinte años. Pero ahí está la presencia extraordinaria de mi madre, que me está acompañando aquí en Nueva York, que me ha acompañado en muchos de estos viajes que hay que hacer para esto de los libros. Los libros te llevan a muchos lados, y mi mamá me acompaña y es una viajera encantadora, muy vital, muy divertida. ¡No!, ¡qué tal yo viajando sin ella!

Y seguramente por la herencia paterna también una educación muy ecléctica...

"Sí, mucho, porque mi papá no creía en los colegios. Le parecía que era la mejor manera de hacer que los niños perdieran el tiempo... Además se movía mucho porque era comerciante, por muchos países. Y un hombre que creía mucho en lo de aprender por cuenta propia. Él también era un gran lector y nos hacía leer a mi hermana y a mí, nos llevaba a teatro, nos llevaba a conciertos, a conocer ruinas, ciudades, volcanes... Él creía mucho más en eso que en la rutina de un colegio y pienso que no le faltaba razón".

Otra experiencia importante debió ser la de profesora en un barrio humilde de Bogotá...

"Fue algo crucial. Entré muy jovencita a la universidad, a los quince años, precisamente por esto, porque terminé presentando todos los exámenes en el Ministerio.  Y a los 16 era profesora de una escuela pública en Bogotá, una escuela para varones. Los alumnos eran por lo general mayores que yo, sabían mucho más, habían leído más, entonces yo corría a tomar mis clases en la Universidad y lo que me enseñaban allá volaba al colegio y lo repetía. Y si me preguntaban algo en el colegio, les decía 'mañana les digo' y entonces les preguntaba a mis profesores en la universidad. Lo que les dije a mis alumnos desde un principio  fue: 'no sé tanto como ustedes' pero nos leímos un  montón de libros y los discutimos. Ellos me enseñaron mucho a mí. Fueron unos años extraordinarios".

Y supongo que también fue importante el hecho de salir del propio entorno...

"En las ciudades nuestras, como es bien sabido, las diferencias entre ricos y pobres son insondables. Hay tal vez mayor cercanía entre Nueva York y París que en una misma ciudad entre los sectores ricos y los sectores pobres, algo que es casi imposible de atravesar. De modo que la posibilidad de trabajar tan joven en una escuela pública con muchachos de otra clase social era como descubrir un mundo, algo que en esa época me resultaba fascinante. Mucho más duro, más difícil, pero también más rico en contenido. El mundo que yo había vivido era el mundo de los afectos, el mundo de la felicidad y el de la cultura, pero ese de allá me parecía que de pronto sí era el mundo real".

Una experiencia que llevaste casi a un extremo durante el tiempo que viviste en las comunas de Medellín.

"Eso fue sólo un mes... De todos modos fue una ventana insospechada. La oportunidad de salir de tu propio terreno, decidirte a entrar en los terrenos de los demás... y no sólo en términos geográficos sino también en términos morales, políticos, en términos de entender por qué los demás hacen lo que hacen... tal vez el ejercicio mental más difícil que puede hacerse. Y el más apasionante".

Que ha influido, supongo, en tu rechazo a  la injusticia, la explotación...

"Sí, claro; es que la experiencia de ver sufrir a la gente te marca para siempre. Y te hace consciente de que los países latinoamericanos tenemos que ponerle fin a la desigualdad en la cual vivimos. Y ahora también la desigualdad entre Norte y Sur, algo que no veo justificado".

Colombia sigue sumergida en una guerra intestina... como si no pudiera salir del pasado...

"Pero yo creo que la guerra en Colombia también tiene mucho que ver con el futuro. Nuestro país es escenario de guerras futuras. No sólo la nuestra. Muchas de las cosas que están pasando en nuestro país tienen que ver con nuestro atraso, pero también en gran parte con la globalización. Hay que tener en cuenta que todas estas guerras del narcotráfico están moviendo millones de dólares que no sólo están en Colombia sino  también en los bancos suizos, en la economía norteamericana. Colombia es un escenario donde se está dirimiendo una batalla mundial. Desde luego es mucho lo que está en juego."

Abandonando el terreno político... o mejor, trasladándonos a la conjunción política, periodismo y literatura hablemos de tus obras. Empezando por la primera de largo aliento, Historia de un entusiasmo...

”Es una especie de crónica del primer intento de negociación como solución del conflicto armado que se daba en América Latina. Y que ocurrió en Colombia".




En tu primera novela, La isla de la pasión, permanece un elemento periodístico...

"Es una novela histórica. Unos capítulos que corresponden a la investigación propiamente dicha, bien en los archivos o personalmente, y otros capítulos que ya son de recreación literaria, o sea que ya empezaba a verse la mezcla que después retomaría en todas las novelas, de elementos ficticios y elementos reales, de literatura y de periodismo, como en un juego permanente con el lector, un juego del gato y el ratón, de tratar de discernir dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción, que yo pienso que es un juego lícito y que además es divertido. Y que si el lector está dispuesto a jugarlo se  presta para pasar un buen rato con un libro".


La investigación también está muy presente en Leopardo al sol. ¿Nos puedes contar un poco del génesis de esta obra?
Leopardo al sol, sobre los orígenes de la mafia en Colombia, es un tema que empecé a investigar inicialmente como reportera de televisión, después fue un artículo para una revista, a raíz de eso una programadora de televisión me llamó y me dijo que quería hacer una miniserie. Entonces empezamos a trabajar en los libretos, pero ya en ese punto, los personajes reales de quienes estaba contando la historia se negaron. Me mandaron decir que ellos no querían que sus historias aparecieran por televisión y que pondrían una bomba en la programadora. Y un abogado de ellos me dijo que televisión nada, porque sus mujeres y sus hijas veían televisión. Propuse entonces escribir una novela, y contestaron: "Sí, si es libro escriba lo que quiera que ellas no leen".



En la siguiente novela, Dulce Compañía, aunque la protagonista es una periodista, ya no está comprometida con la investigación política, sino con algo mucho más íntimo.

"Sí, claro, es más interior, de todas maneras se mantiene esa forma de ficción de una narradora que es periodista. En mis libros siempre hay una figura que es periodista o que investiga por alguna razón. El elemento común es una persona que llega a un lugar sin saber cómo son las características y que empieza a preguntar. Siempre hay alguien que empieza a indagar. En Dulce compañía se hace la misma investigación pero es la historia de una periodista que ha llegado a los 40  al margen de la fe religiosa y que tiene un reencuentro con esa fe de su infancia cuando la mandan a un barrio a investigar la aparición de un ángel".


En la novela siguiente, La novia oscura, se mezcla la parte de la intimidad de las personas con la parte política, económica...

"En esta novela yo quería que la investigación se diera desde la intimidad de la alcoba y por eso también era interesante unas protagonistas como las prostitutas que tienen una relación tan particular con sus propias almas y sus propios cuerpos. Está ese elemento, está la investigación del mundo del petróleo, de la explotación de las compañías extranjeras, los particulares códigos de la relación entre hombre y mujer que pasa por lados muy distintos a los que la moral ha decidido. Y la dimensión política de todo esto, que es la lucha antiimperialista en los países nuestros en los años 40 y 50, vinculado con la situación política actual. Yo quería ir desde lo más íntimo de la alcoba hasta una especia de visión panorámica".


La novela más reciente, La multitud errante, retoma otro de nuestros grandes dramas....

"Es una novela corta sobre el desplazamiento. En Colombia hoy en día tenemos internamente más de dos millones de desplazados huyendo de un lugar a otro, tratando de encontrar un lugar dónde asentar la vida. Y ese, yo creo, es el gran drama del mundo contemporáneo... las hordas que andan buscando la tierra prometida. Es también una historia de amor, un hombre que anda buscando a una  mujer que se ha refundido en el tráfago de la guerra y como trasfondo, todo el drama humano del desplazamiento".

¿Qué ocupa ahora tu escritorio?

"Estaba en Madrid hasta hace un par de días, y fui testigo, participé en movilizaciones enormes en contra de la invasión y la ocupación de Irak. En este momento, contemplando lo que el gobierno de este país está haciendo, en Irak, aquí,  en muchas partes, no logro concentrarme en la escritura. Es muy difícil escribir en medio de la barbarie".

Cronopios   

cronopios@cable.net.co







jueves, 16 de septiembre de 2004

Henning Mankell / Laura Restrepo / "Las cosas no son como son, sino como se contaron"

Henning Mankell
Henning Mankell / Laura Restrepo

"Las cosas no son como son, sino como se contaron"


MIGUEL MORA
Barcelona 

15 SEP 2004
La colombiana Laura Restrepo y el sueco Henning Mankell se parecen como un huevo a una castaña. Ella es guapa y él no, ella escribe como un torrente caliente y él es un témpano que derrite despacio las intrigas. Pero los dos son narradores estupendos y ayer tarde se pusieron a hablar de literatura y vida y de repente parecían hermanos. O novios.
Mankell y Restrepo defendieron la imaginación como la herramienta más poderosa de la mente humana. Desde ángulos distintos, pero con la misma pasión.
"Somos contadores de cuentos, el homo narrans, y en eso todos somos artistas: es lo que sobre todo nos distingue de los animales", dijo el creador del inolvidable y sufridor Wallander, que recomendó a los padres que lleven a los hijos al teatro en vivo. "El conocimiento emocional es tan importante al menos como los nombres de los ríos que se aprenden en la escuela", dijo. Y preguntó: "¿Una sociedad sin teatros ni librerías puede llamarse sociedad?".
Mankell acabó contando tres o cuatro pequeñas y deliciosas historias africanas. Una terminaba con la frase de un sabio sentado a la sombra del trópico: "No es bueno morirse antes de haber terminado de contar la historia". O traducido al sueco: "Necesitamos la amalgama imaginativa para hacer avanzar la sociedad".

Las respuestas

Restrepo dejó el aire lleno de frases luminosas en esa sesión de tarde, marcada por la ausencia de Jorge Semprún, que no acudió al Fórum por problemas (leves) de salud. "En la calle y la literatura se encuentran las respuestas", dijo la autora colombiana. "La literatura es espejo profundo, refleja y genera, se mueve entre la luz y las tinieblas y las contiene a ambas, y su visión oblicua permite mirar cerca y lejos, a lo universal y a lo íntimo, al pasado y al futuro".
"Porque la literatura alcanza lo sutil, lo leve, lo ligero, antes de que caiga al suelo. Y a la vez que nos entrega lo venidero anida en el inicio de la vida y se precipita hacia el momento final, la muerte", añadió la ganadora del último Premio Alfaguara. "La literatura juega a la confusión y es un monstruo de dos cabezas: la palabra y la realidad, la literatura que se mezcla con lo real. La literatura se pega a lo real como su piel. Las cosas no son como son, sino como se contaron".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de septiembre de 2004