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viernes, 31 de enero de 2020

Cinco remedios para combatir la amebiasis



5 remedios beneficiosos para combatir la amebiasis

Daniela Echeverri Castro
27 noviembre, 2018
Aunque estos remedios pueden ser muy útiles para aliviar el malestar digestivo provocado por la amebiasis, si los síntomas no remiten deberemos acudir al especialista
Esta enfermedad puede contraerse a través del consumo de alimentos o agua contaminadas. También hay probabilidades de transmisión por el contacto directo con una persona infectada.
En muchos pacientes transcurre sin causar síntomas de cuidado, pero puede presentar algunas complicaciones cuando consigue diseminarse a través del torrente sanguíneo al hígado.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Jonathan Littell / “Me dan más miedo Estados Unidos y Europa que África”



Jonathan Littell

“Me dan más miedo Estados Unidos y Europa que África”

El autor de ‘Las benévolas’ salta al cine y dirige ‘Wrong Elements’, la historia de cuatro antiguos niños soldados de Uganda


Raúl Limón
Sevilla, 13 de noviembre de 2016


"Me da más miedo Estados Unidos, sobre todo, y Europa que África”. Es la reflexión del escritor francoamericano Jonathan Littell (Nueva York, 1967) tras conocer que su país de origen ha elegido a Donald Trump como presidente. Littell presentó en el recién concluido Festival de Cine Europeo de Sevilla su primera película, Wrong Elements, en la que recorre con cuatro jóvenes, antiguos niños de la guerra de Uganda, los lugares donde fueron “abducidos” y sumergidos en un mundo de violencia inimaginable, en nombre de Dios, por la guerrilla del Ejército de Resistencia del Señor.

Para estos “juegos de la memoria”, el autor de Las benévolas, la novela protagonizada por un alto mando de las SS con la que consiguió el premio Goncourt en 2006, ha recurrido por primera vez al cine, con el que ha intentado retratar cuatro experiencias vitales de supervivencia. Su conclusión es optimista, “esperanzadora”, aunque la obra deje un regusto agridulce ante la condición humana.

“África tiene más futuro que Europa. La población es más dinámica y tiene más energía para afrontar la vida. Luchan, pero en la buena dirección”, afirma tras su paso por Uganda, donde pudo proyectar su filme en Kampala, pero no en el norte para proteger a Geofrey, uno de los protagonistas, al que han intentado matar. “La venganza sigue viva en muchas partes”, advierte el autor.
Con Wrong Elements, Littell regresa a un escenario bélico —ha escrito sobre el conflicto de Chechenia— y concluye que, “desde el punto de vista antropológico, todas las guerras se parecen, aunque cada una tiene sus especificidades”. En esta ocasión, aborda el enfrentamiento a partir de las huellas que ha dejado en los cuatro jóvenes sin casi intervenir, con un afán de investigador, documentalista y periodista. Ellos relatan las torturas, asesinatos y violaciones en los lugares donde sufrieron los efectos de un conflicto que va más allá de África y que se puede extrapolar a cualquier niño crecido bajo un régimen de violencia.







El autor se enfrentó a la película sin prejuicios: “No presupongo finales; solo hago preguntas”. Y con esas premisas se entrega a planos cortos para huir de las postales kitsch de lo que denomina el modelo National Geographic y a un laborioso trabajo de investigación, documentación y posproducción, especialmente en el sonido.
Littell, quien ya había escrito artículos sobre Uganda, consideró que merecía la pena el asunto y analizó las técnicas de Claude Lanzmann, el realizador francés de Shoah, el magno documental sobre el Holocausto, para conseguir “evocar la memoria a través de los gestos y la emoción”, para “ir más allá de la expresión hablada y de los testimonios”. Esta parte ha resultado fundamental tanto al enfocar el trabajo cinematográfico del novelista desde el punto de vista de la memoria como al reflejar una violencia para la que no existen palabras.
También revisó S-21, la máquina de matar de los jemeres rojos, el documental sobre el centro de detención, tortura y extermino del régimen genocida camboyano (1975-1979) y The Act of Killing, el documental en el que Joshua Oppenheimer narra las matanzas de mediados de los sesenta en Indonesia.
Los protagonistas de Wrong Elements fueron escogidos tras un arduo trabajo de selección. Buscaba personajes masculinos y femeninos, de la ciudad y de un entorno rural, así como procedentes de la sociedad civil y del ejército. “Grabamos a muchos que al final no están en la película. Queríamos a personas dispuestas a llegar hasta el final, que nos enseñaran cómo y dónde ocurrió todo. Es más que una reconstrucción, hacerles volver al pasado”, detalla. Littell los dejó hablar, discutir e incluso volver a sonreír.







"Todas las guerras se parecen, aunque cada una tiene sus especificidades"

La película, que su director concibió como algo “empírico”, ha satisfecho a Littell, quien se ha quedado con ganas de rodar más, “pero el cine es cuestión de dinero”.
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Jonathan Littell

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sábado, 1 de octubre de 2016

Nada es lo que parece en el cine de Paul Verhoeven



Nada es lo que parece en el cine de Paul Verhoeven

Diez años después de 'El libro negro', el maestro holandés vuelve a las alas españolas con 'Elle', protagonizada por Isabelle Huppert.


Gregorio Belinchón
Madrid, 1 de octubre de 2016

Convengamos que la mayor parte de la sociedad actual, y por extensión, el cine que produce, malvive entre la depredación y la supervivencia ensimismada. Millán Astray estaría contento con el éxito de su "Muera la inteligencia". Uno se imagina a Paul Verhoeven (Ámsterdam, 1939) paseando por Los Ángeles, donde vive desde hace tres décadas, riendo ante lo que ve en las aceras, en las pantallas, en la vida. “El modelo dominante siempre me ha parecido aburrido. Si algo es dominante, ¿para qué tomarse la molestia? Solo cuando las cosas son distintas se vuelven más interesantes”, decía hace unos meses, justo antes de la presentación en Cannes de Elle, la película con la que ayer volvió a las carteleras españolas una década después de El libro negro (entre medias filmó la inédita en España Steeksepel). Así ha hecho su carrera, un recorrido que arrancó con un documental donde puso a hablar a un nazi holandés en la televisión por primera vez. A los tabúes Verhoeven los machaca a patadas. O los saca a pasear para carcajearse posteriormente en su cara. Con el holandés nunca lo que uno cree que está viendo es realmente lo que está viendo. O leyendo, porque su biografía sobre Jesús de Nazaret, fruto de dos décadas de colaboración desde 1985 con Jesús Seminar, un colectivo de teólogos y estudiosos de la Biblia, defiende que Jesús era un activista político radical, un hombre que hacía exorcismos y que estaba seguro que el reino de los cielos se encontraba en la Tierra. "En realidad, ya hice mi película sobre Jesús: RoboCop".
Con su cine, la primera lectura es que sus películas basan sus cimientos en la violencia: “El universo es violento por definición, y el sexo forma parte de él. El animal que seguimos siendo se comporta de manera violenta: agrediendo, matando y practicando la dominación sexual”. Un declaración que esconde un profundo mensaje antibelicista. Porque, ¿qué es si no Starship Troopers, en la que decide mostrar un mundo tan homogeneizado que nada diferencia a un bonaerense de un neoyorquino, en el que el ejército de chavales pluscuamperfectos rezuma aroma a juventudes hitlerianas, en el que la carne de cañón, aunque cincelada en los cánones clásicos de la belleza, sigue siendo carne de cañón? A todos aquellos que pensaron que Showgirls (1995) era una película sobre bailarinas de strip tease en Las Vegas se les pasó que en realidad hablaba de la adicción al dinero, como remarcó en un curioso guiño La gran apuesta(2015): aquellas expertas en lap dance acumulaban hasta cinco hipotecas basura y eran la primera señal de advertencia ante el advenimiento de la crisis financiera. Pues eso ya lo había apuntado Verhoeven.


¿Feminista? El que más. Sus mujeres lidian contra los deseos machistas de la sociedad, luchan contra el aburrimiento y el aburguesamiento que sí suelen llevarse por delante a sus coprotagonistas, una línea que entronca Instinto básicocon Elle. Ellas controlan, como en El libro negro, las riendas de su vida. Y ese mensaje abofetea con demasiada contundencia a los agentes y a los ejecutivos de Hollywood, asustados ante la nueva moral. Verhoeven lleva años queriendo sacar adelante Elle, basada en Oh..., la novela del francés Philippe Djian (Betty Blue, El amor es un crimen perfecto), con una actriz de las grandes del cine hollywoodiense, y por tanto en inglés y en EE UU. Ninguna se atrevió, y solo el paso adelante de Isabelle Huppert desatascó el proyecto... y lo devolvió a Francia, que la ha elegido como su candidata al Oscar.
Con su patina de socarronería (“La ironía es una elección artística. Si nos tomamos demasiado en serio las cosas, la única solución es el suicidio”), con su asombrosa visión premonitoria —de ahí que incluya un paseo por el mundo de los videojuegos, el ocio que más libertad otorga a las pulsiones del ser humano—, al final resulta que el hijo listo, tan sutil como macarra, de Luis Buñuel y Claude Chabrol es Paul Verhoeven, mesías de la inteligencia.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Vargas Llosa / Venezuela libre

Venezuela libre

Si el Ejército mantiene la neutralidad, el desmontaje del chavismo puede ser pacífico. Lo peor ha pasado, pero los zarpazos del régimen moribundo pueden hacer aún mucho daño


Venezuela libre
FERNANDO VICENTE
El chavismo y su arrogante etiqueta ideológica, “el socialismo del siglo XXI”, han comenzado a desmoronarse luego de las elecciones del domingo pasado y la aplastante victoria de las fuerzas de oposición agrupadas en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Un viento de libertad corre ahora por la tierra venezolana, devastada por 17 años de estatismo, colectivismo, represión política, demagogia y corrupción que han llevado a la ruina y al caos a uno de los países potencialmente más ricos del mundo.
La oposición al Gobierno de Maduro cuenta con 112 diputados, dos tercios de la Asamblea Nacional, lo que en teoría le permite desmontar toda la maquinaria económica y política del chavismo, aprobar una ley de amnistía para los presos políticos e, incluso, convocar un plebiscito revocatorio del jefe de Estado. Pero es probable que, tal como ha propuesto Henrique Capriles, el más moderado de los líderes de la oposición, ésta proceda con cautela, consciente de que el problema más urgente para el pueblo venezolano es el del hambre, el desabastecimiento y la carestía de un país que tiene la inflación más alta del mundo y las mayores tasas de criminalidad (luego de Honduras) en América Latina.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Vargas Llosa / El fracaso de Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

El fracaso de Ortega y Gasset

El filósofo quiso democratizar España, volverla europea mediante la persuasión; en eso consistía su liberalismo. Pero la desilusión con la República y la sublevacion fascista enterraron su proyecto


Ortega y Gasset según Fernando Vicente
 Me hubiera gustado escuchar una conferencia de Ortega y Gasset, o, mejor todavía, seguir alguno de sus cursos. Todos quienes lo oyeron dicen que hablaba con la misma elegancia e inteligencia que escribía, en un español rico y fluido, muy seguro de sí mismo, con ciertos desplantes vanidosos que no ofendían a nadie por la enorme cultura que exhibía y la claridad con que era capaz de desarrollar los temas más complejos. La doctora Margot Arce, que fue su alumna, me contaba en Puerto Rico, medio siglo después de haberlo oído, el silencio reverencial y extático que su palabra imponía a su auditorio. Me lo imagino muy bien; incluso cuando uno lo lee —y yo lo he leído bastante, siempre con placer— tiene la sensación de estarlo oyendo, porque en su prosa clara y frondosa hay siempre algo de oral.
La biografía que acaba de publicar Jordi Gracia (Taurus), muestra un Ortega y Gasset mucho menos recio y firme en sus ideas y convicciones de lo que se creía, un intelectual que de tanto en tanto experimenta crisis profundas de desánimo que paralizan esa energía que, en otras épocas, parece inagotable, y lo lleva a escribir, estudiar y meditar sin tregua, durante semanas y meses, produciendo artículos, ensayos, una correspondencia ingente, dando clases y conferencias y desarrollando al mismo tiempo una labor editorial que dejaba una huella importante en la cultura de su tiempo. Muestra, también, que ese trabajador infatigable era, como un Isaiah Berlin, prácticamente incapaz de planear y terminar un libro orgánico, pese a tener la intuición premonitoria de tantos, que nunca llegaría a escribir, porque la dispersión lo ganaba. Por eso fue, sobre todo, un escritor de artículos y pequeños ensayos, y, sus libros, todos ellos con excepción del primero —las Meditaciones del Quijote— recopilaciones o inconclusos. Nada de eso empobrece ni resta originalidad a su pensamiento; por el contrario, como ocurre con los textos casi siempre breves de Isaiah Berlin, los artículos de Ortega son generalmente algo mucho más rico y profundo que lo que suele ser un artículo periodístico, planteamientos, exposiciones o críticas que a menudo abordan temas de muy alto nivel intelectual y cargados de sugestiones a veces deslumbrantes y, sin embargo, siempre asequibles al lector no especializado.

La impotencia lo condujo al silencio, pero nunca traicionó su propio ideal de coexistencia ilustrada
Por eso ha hecho muy bien Jordi Gracia rastreando como un sabueso toda la trayectoria de los artículos de Ortega y Gasset ; es la más segura manera de acercarse a su intimidad de pensador y de escritor, de averiguar cómo discurría en él su vocación de filósofo y de literato. Todo comenzaba por una idea o una intuición que volcaba en un artículo (a veces en varios). De allí, ese embrión pasaba la prueba de una clase o una charla pública y, enriquecido, cuajaba en un ensayo. Aunque muchas veces tenía la idea de prolongarlo en un libro, por lo general no pasaba de allí, porque otra intuición, hallazgo o invención genial lo desviaba a otro artículo, que, luego, siguiendo el mismo itinerario, terminaba desembocando en uno de esos ensayos —con frecuencia excelentes y a menudo soberbios— que son la columna vertebral de su obra y que ocuparon gran parte de su vida.
Jordi Gracia muestra también que la vocación política fue tan importante en Ortega como la intelectual. En su juventud, en su temprana y media madurez, ambas vocaciones se fundían en una sola ; quería ser un gran pensador y un gran escritor para cambiar a España de raíz, volverla europea, modernizarla, democratizarla, lo que para él —como para los intelectuales que atrajo a la Agrupación al Servicio de la República— significaba llevar a gobernar el país a sus hijos más cultos, inteligentes y decentes, en vez de esa clase política que desprecia por mediocre, falta de ideas y de creatividad, acomodaticia y cínica. A tratar de formar un movimiento que materialice ese proyecto dedica buena parte de su tiempo, pues él está convencido que se trata de una acción cultural, de diseminación de ideas nuevas y fértiles, y eso explica que se vuelque de ese modo a una tarea periodística, en diarios y revistas, convencido de que esa es la mejor manera de cambiar la política en uso, contagiando entusiasmo por unas ideas y unos valores que deben llegar al gran público de la misma manera que llegaban a sus estudiantes: a través de la persuasión. En eso consistía lo que él llamaba su “liberalismo”, aunque, muchas veces, le añadiera la palabra socialismo, para indicar que aquella revolución cultural de la vida política no estaría exenta de un fuerte contenido social. La República le pareció que era el régimen más propicio para aquella transformación política de España.
Sin embargo, aquellos no eran tiempos para la sana controversia de las ideas como quería Ortega, sino la de los fanatismos encontrados en la que los insultos y las pistolas reemplazaban rápidamente los debates y los diálogos entre los adversarios. Este será el gran fracaso de Ortega, la absoluta inoperancia de aquella pacífica revolución cultural que proponía y que, primero la violenta experiencia republicana y luego la sublevación fascista y la guerra enterrarían por más de medio siglo.

Fue un gran error de su parte volver en plena dictadura creyendo que el régimen se abriría
El libro de Jordi Gracia da cuenta pormenorizada y con admirable objetividad de la traumática experiencia que significó para Ortega el desmoronamiento de todos sus anhelos políticos. Primero, la desilusión que tuvo con la República que no se parecía en nada a aquella ilustrada coexistencia en la diversidad que había previsto, y, luego, la sublevación militar y la Guerra Civil. La impotencia lo condujo al silencio. Pero nunca traicionó su propio ideal, aunque admitiera que, en esa circunstancia, era simplemente impracticable, desprovisto de toda realidad. El silencio que guardó en tantos años de exilio, en Francia, en Portugal, en Argentina, desprestigió a Ortega a los ojos de muchos. Yo creo que fue un acto de gran coraje tratar de mantenerse al margen, sin tomar partido, por dos opciones que le parecían igualmente inaceptables: el fascismo y una república muy poco democrática, dominada por los extremismos sectarios.
Creo que fue un gran error de su parte volver a España en plena dictadura, creyendo ingenuamente que con la posguerra el régimen se abriría; y la verdad es que lo pagó caro, pues, como muestra con lujo de detalles Jordi Gracia, a la vez que seguía siendo atacado (y silenciado) con ferocidad por el nacional catolicismo, ciertos sectores falangistas trataban de apropiárselo, sembrando la confusión en torno de él, al extremo de que seguidores suyos tan fieles como María Zambrano llegaran a creer que había traicionado sus viejos ideales. Nunca los traicionó; hasta el fin de sus días fue laico y ateo y defensor de una democracia liberal signada por la tolerancia. Al mismo tiempo, pese a la incomodidad política permanente en la que pasó sus últimos años, su vitalidad intelectual nunca cesó de manifestarse, en ensayos y artículos que recobraban a veces el vigor expresivo y la riqueza creativa de antaño. El reconocimiento que tuvo en los últimos años fue en el extranjero, en Alemania sobre todo, pero también en Inglaterra y en Estados Unidos. En España, en cambio, y hasta hoy día, nunca se le ha reivindicado del todo, porque, para unos, es una figura ambigua y reticente, que mantuvo durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra un silencio cobarde que constituía una discreta complicidad con los fascistas, o un conservador de viejo cuño, inadaptado e irremisiblemente enemistado con la modernidad.
Uno de los grandes méritos del libro de Jordi Gracia es que, sin excusarle ninguna de sus equivocaciones y errores políticos, ni dejar de señalar cómo a veces la vanidad lo cegaba y lo llevaba a exagerar sus exabruptos, hecho el balance, Ortega y Gasset es uno de los grandes pensadores de nuestra época, y que, precisamente en el tiempo en que vivimos —no en el que él vivió— sus ideas políticas han sido en buena medida confirmadas por la realidad. Leerlo ahora no es un quehacer arqueológico, sino una inmersión en un pensamiento candente, muy provechoso para encarar la problemática actual, a la vez que disfrutar del placer exquisito que produce un escritor que pensaba con gran libertad y originalidad y expresaba sus ideas con la belleza y la precisión de los mejores prosistas de nuestra lengua.