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jueves, 31 de enero de 2019

Guillermo Arriaga / Eugenio Montejo en 21 gramos



Eugenio Montejo

Guillermo Arriaga

Eugenio Montejoen "21 gramos" 



Contaré aquí por qué elegí el poema de Eugenio Montejo en "21 Gramos" y cómo sucedió. Alguna vez, en casa de Jaime Aljure, mi editor, le dije que no encontraba poetas poderosos. Sacó un libro de Montejo y me leyó en voz alta un par de poemas.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Rafael Cadenas, Premio Reina Sofía de Poesía, profesor por cuatro dólares en Caracas



Rafael Cadenas, Premio Reina Sofía de Poesía, profesor por cuatro dólares en Caracas

El galardón está dotado con 42.000 euros
Cadenas: "Estoy en contra de todos los nacionalismos, 
son como las creencias religiosas"
"Un profesor con su sueldo no puede vivir, tiene que trabajar fuera. Yo fui profesor en segundo lugar y cobro cuatro dólares. Lo completo con el [retiro] de la vejez, el premio nacional... Reuniendo todo no nos alcanza para lo que necesitamos".

Lo dijo ayer Rafael Cadenas, uno de los poetas indiscutibles de la lengua española. Se refería a su vida en Caracas (Venezuela). Y tras sus palabras, silencio en la sala del Palacio Real, donde se presentaba una antología de sus versos (editada por la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional) pues hoy recibe el XXVII Reina Sofía de Poesía, dotado con 42.000 euros.
"El totalitarismo ha vuelto, ha sobrevivido, no hay que descuidarse. Hay que defender la democracia", dijo con una voz tenue, entre silencios, pero con un mensaje muy nítido. "Es muy importante la amistad entre España y Venezuela. Han desaparecido muchos periódicos, casi no hay espacio para la oposición...". Rafael Cadenas lanzaba un SOS tras otro al escaso auditorio. "La Universidad de Venezuela tiene casi 300 años y está en el suelo por la situación que vivimos", detalla.
Además de vivir (o malvivir) en Caracas, y de responder sobre ello, a Cadenas le persigue un poema desde que lo escribió cuando tenía 32 años (y ahora cuenta 88). Pasaba una época de depresión y surgió Derrota. No es que lo rechace de plano pero ya no se reconoce en él. Da igual. Donde va le preguntan por él. En América Latina es todo un himno:
"Yo que no he tenido nunca un oficio/ que ante todo competidor me he sentido débil/ que perdí los mejores títulos para la vida/ que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)...".
"No es que me sienta triunfante sino que difiero, además menciono las guerrillas favorablemente y es un gran error recurrir a ese medio. Y tampoco lo escribí como un poema, sino uniendo frases que iban en la misma dirección". En la antología no aparece el poema, pero sí Fracaso, que Cadenas lo considera el contrapunto a Derrota, y donde se incluye este verso: "Me has hecho humilde, silencioso y rebelde".
¿Y se siente así? "Si hay alguien que dice que es humilde, no lo es; es como darse un título. ¿Callado? Sí, un poco. ¿Rebelde? Más que rebelde trato de ser consciente".
Los dos primeros libros de Cadenas, Los cuadernos del destierro (1960) y Una isla (1958), reflejaron y no sólo su estancia en la cárcel (tres meses) y su exilio (cuatro años) en la isla de Trinidad. "Eran versos un tanto exhuberantes. Luego la poesía cambió, se acercó a la prosa, al habla. Y eso ha seguido hasta ahora". Osea, de libros como Memorial (1977), Amante (1983) y Gestiones (1992) a ese "ahora" que es En torno a Basho y otros asuntos (2016). Basho y sus haikus, sobre todo el que para Cadenas es el modelo: "Un viejo estanque:/ salta una rana,/ ruido de agua". Pues la poesía de Cadenas, como el haiku, intenta capturar el presente, lo que existe, pero sin olvidar el pasado. "Es lo que trato de escribir, presente y pasado. ¿El futuro? No lo conocemos, es una fantasía".
No lejos de los haikus están otras debilidades de Cadenas, como el Maestro Eckhart, san Juan de la Cruz ("de quien escribí un pequeño libro") y la corriente clásica de la India ("pero sólo como lector, no como practicante"). También leyó a la Generación del 98 y del 27 gracias a la Colección Austral pero no a las posteriores, no han llegado a Venezuela. Y recuerda que cuando era periodista de un diario deportivo un ciclista le confesó que se sabía de memoria La voz a ti debida de Pedro Salinas. Y lo dice como ejemplo de un país que ama la poesía y la música. Y luego calla.

La democracia trasciende lo político

Rafael Cadenas tiene un sentido del humor que saca a ráfagas, de vez en cuando, como para suavizar el silencio tenso de la sala cuando habla de la situación política en su país. "Estoy muy sordo. Los aparatos que uso desafortunadamente se dañaron ayer, me bañé con ellos, fue un accidente, no es que no quiera oír". Cadenas se ayuda de su hija Paula que le hace las veces de traductora. Y pasa a hablar de la poesía: "Hoy cabe de todo en ella, sobre todo desde la revolución de Walt Whitman, que amplió el lenguaje, rompió con la poesía un tanto romántica. La revolucionó en forma y contenido. Y escandalizó. Hoy Walt Whitman es símbolo de la democracia".
Y ahí une política y poesía, sus preocupaciones: "En Venezuela hubo práctica democrática durante 40 años, aunque hubo corrupción. Pero no hubo educación democrática. La democracia trasciende lo político, es muy interior. Demócrata no es sólo el que vota sino el que lo es en todas partes, en la casa, en la calle, en el trabajo. Está más allá de la política".
Y sigue: "Soy un cosmopolita. Estoy en contra de todos los nacionalismos, son como las creencias religiosas".
- ¿Y escribe?
- Hace meses que no escribo. Pero reviso poemas antiguos, de otras épocas. Tengo como para tres libros.
- ¿Y cómo fue el cambio de una poesía más narrativa a una más espiritual?
- La poesía cambió, se acercó mucho a la prosa, el lenguaje fue más cercano al habla -dice en tercera persona-. Llegó la poesía más breve. Pero no porque yo lo decidiera sino que simplemente ocurrió.
- ¿Suscribe estas palabras de Czeslaw Mislosz, citadas por Octavio Paz, que aparecen en el umbral de su libro Una isla: "Infeliz bajo la tiranía,/ infeliz bajo la república,/ en una suspirábamos por la libertad,/ en otra por el fin de la corrupción"?
- Ahí parece que en la tiranía no hay corrupción, y también la hay.
Rafael Cadenas, en su Ars poetica, dice claramente: "Que cada palabra lleve lo que dice (...) estamos aquí para decir verdad".
Y parece que no se ha movido del primer texto que aparece en esta antología: "Soy desmañado, camino lentamente y balanceándome por los hombros (...) sobrevivo en la indecisión". Y en 2017, el pasado año, escribió este poema que tituló Poesía y que también aparece en esta antología que él mismo ha preparado junto a Juan Pablo Gómez Cova:
"Siempre a la mano/ para ti,/ disponible./ Soy apenas/ un mandadero/ que disfruta/ el trayecto, día/ tras día/ hasta que tú/ quieras/ amiga/ y las palabras/ lleguen".





Rafael Cadenas / Nuevo mundo
Rafael Cadenas / Disyuntiva
Rafael Cadenas / Sin título
Rafael Cadenas / La poesía es poderosa e insignificante
Rafael Cadenas / Dichos
Rafael Cadenas / Derrota
Rafael Cadenas / Deseo
Rafael Cadenas / De Intemperie
Rafael Cadenas / Las paces
Rafael Cadenas / La poesía debe agitar
Rafael Cadenas / Dónde queda Venezuela
Rafael Cadenas / Una isla
Rafael Cadenas / Se creyó dueño
Rafael Cadenas / XII Premio de Poesía García Lorca
Rafael Cadenas / Este premio va dedicado a Venezuela, que está sufriendo con el actual régimen
La poesía sigilosa de Rafael Cadenas ganas el Premio Sofía
Rafael Cadenas / El país que vuelve
Rafael Cadenas / Premio Reina Sofía, profesor por cuatro dólares en Caracas



jueves, 4 de octubre de 2018

Miyó Vestrini / Dolor

Georgia May Jagger
Foto de Daniel_Sanwald

Miyó Vestrini
EL DOLOR


Doblé con cuidado sus camisas
y vacié la gaveta de la mesa de noche.
Dada la magnitud de mi dolor,
leí a Marguerite Duras,
hostil y dulzona ella,
tejiendo un chal para su amado.
Al quinto día
abrí las cortinas.
La luz cayó sobre el cubrecamas manchado de grasa,
el piso lleno de desechos,
el marco de la puerta descascarado.
Tanto dolor,
por cosas tan feas.
Miré una vez más su cara de ratón
y tiré  todo por bajante de la basura.
La vecina,
alarmada por semejante volumen de basura,
me preguntó si me sentía bien.
Duele, le dije.
En mi buzón colocaron un anónimo:
"el que tenga un amor
que lo cuide
que lo cuide
y que no ensucie el bajante de la basura de la comunidad".



Juan Liscano / El reino de tu cuerpo y otros poemas


Juan Liscano
EL REINO
DE TU CUERPO
Y OTROS POEMAS

El reino de tu cuerpo
Mi cuerpo en tu cuerpo.
Sol en Trópico de Cáncer.
Días del invierno abrasado
de los candentes alisios y las lunas del trueno.
Entre jardines colgantes reluce la lluvia:
anillos, cristales y relámpagos.
Mi cuerpo en tu cuerpo abre sus plumajes
agita sus alas, canta, vuela
llama las aguas fértiles
pájaro del verano, pájaro heraldo.
Mi cuerpo en tu cuerpo se arraiga
pone sus huevos, echa semillas, se soterra,
sangra su amarga miel, su dulcedumbre que huele a humus.
Mi cuerpo en tu cuerpo de aguas madres
sol en Acuario, luna de Cáncer
cangrejo azul entre tus ríos nobles
crecidos bajo las tormentas equinocciales.
Han vuelto los tiempos del Diluvio.
En el llano inundado miro las islas de soledad
tierras recién salidas de las aguas
sobre las que aún no se ha posado la paloma de Noé.
Estamos solos en medio de la lluvia
en medio de los vuelos, en medio de la fuga de los días,
solos y dobles, habitados el uno por el otro
reflejados uno en otro
cuerpo exacto que junta la imagen con su objeto
y atraviesa, cantando, los espejos del tiempo.
Estamos solos en medio del invierno tórrido
aquí en el Trópico, aquí entre nieves
en todas partes, en ninguna parte
caídos uno en otro, entrando uno en otro
mientras nos rodean el círculo de las tempestades
las voces de la muchedumbre
el resplandor de las ciudades
las inocentes parejas del Arca
la noche pródiga, los soles rumorosos.
El zodíaco gira sobre nosotros
mezclando los meses y los signos.
Cáncer navega en Acuario
Julio es un río en el que tú te bañas
Agosto sacude su melena de llamas
y te envuelve en un rugiente clima de estío
Septiembre derrama un vino crepuscular
Octubre suelta su jauría de monteros
Noviembre tiene el gusto de tus labios
tu olor a enredadera y a tierra recién mojada
Diciembre sale de tu cabellera
sale de tus ojos, sale de tu risa
lleno de balcones soleados donde besarnos
y abre un abanico de caminos verdes
para que nos fuguemos hacia Enero
hacia sus montes de hielo o de sequía
hacia su sol de montaña pascual
hacia el Año Nuevo de rostro doble
Enero de dos filos, Enero de dos cuerpos
arco de escarcha o de lumbre
que hemos cruzado tomados de la mano
pasándonos el alma de boca en boca
zozobrados en nosotros mismos
como peces en celo, frenéticos peces que desovan
en los mares nupciales de Febrero
hasta varar su furia de espumas y de dientes
en los puertos de Marzo, playas del equinoccio
donde la Primavera y nuestra despedida
confundieron en una misma promesa de renuevos
sus nombres, sus memorias, sus pasos, sus adioses.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Para que el canto permanezca / Orientación cósmica y paisaje en la poesía de Eugenio Montejo




Eugenio Montejo, poeta venezolano. Foto: Arturo Gutiérrez Plaza.

Para que el canto permanezca: orientación cósmica y paisaje en la poesía de Eugenio Montejo

So the Song Remains / Cosmic Orientation and Landscape in the Poetry of Eugenio Montejo

Luis Enrique Belmonte
Agosto de 2018


El carácter civilizatorio de la poesía de Eugenio Montejo, su afán constructivo y vinculante, tienen una estrecha relación con su visión cósmica del paisaje.
Cualquier territorio habitado deviene en cosmos. Darle orientación cósmica a un territorio es cosmizarlo. No es posible civilizar un territorio, imprimirle una significación realmente humana, si no ha sido consagrado mediante su orientación cósmica. Como dice Mircea Eliade: “importa comprender bien que la cosmización de territorios desconocidos es siempre una consagración: al organizar un espacio, se reitera la obra ejemplar de los dioses”. 

jueves, 27 de septiembre de 2018

Eugenio Montejo / Manoa


Eugenio Montejo
Manoa

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.

A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.


Poemas
Eugenio / Los árboles
Eugenio Montejo / Hotel antiguo
Eugenio Montejo / Papiro amoroso
Eugenio Montejo / Amantes
Eugenio Montejo / Letra profunda
Eugenio Montejo / Escritura
Eugenio Montejo / La poesía
Eugenio Montejo / La terredad de un pájaro es su canto
Eugenio Montejo / Pájaros
Eugenio Montejo / Regreso
Eugenio Montejo / Un año
Eugenio Montejo / Setiembre


Eugenio Montejo / Canción




Eugenio Montejo
BIOGRAFÍA
Canción

Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.

Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.



Eugenio Montejo / El taller blanco



En la casa de Eugenio Montejo. Foto: Martha Viaña.

Eugenio Montejo
BIOGRAFÍA
El taller blanco
Eugenio Montejo / The White Workshop
Agosto de 2018
Quienes en nuestros días se sienten atraídos por el aprendizaje de la escritura poética, pese a tantos impedimentos que procuran disuadirlos, no sabemos si para bien o para mal, pueden al fin y al cabo encaminar su vocación a través de un taller de poesía. El experimento es novedoso entre nosotros, pero cuenta, como en muchas otras partes, con un manifiesto número de defensores y detractores. La tentativa, sin embargo, aunque opera de forma más o menos idéntica, esto es, congregando a un guía y a una seleccionada docena de participantes, puede proporcionar resultados tan dispares como los mismos grupos que la integran. Depende en mucho de la formación y sensibilidad de los concurrentes, y sobre todo del clima fraterno y cordial que a través de la práctica llegue a establecerse. Lograr desde el inicio que cada uno distinga su voz en el coro, que no perciba en el guía más que a un persuasivo interlocutor, en vez de un conductor hegemónico, constituye sin duda un buen punto de partida. El hábito de la discusión fecunda, los estímulos al trabajo, el respeto mutuo y todo lo que, para usar una expresión de Matthew Arnold, podríamos llamar “la urbanidad literaria”, se seguirá naturalmente de ello solo.
No desestimo, por mi parte, la conveniencia de los talleres, aunque me sienta secretamente escéptico respecto de sus alcances. Alimento el prejuicio, algo romántico, es verdad, de que la poesía como todo arte es una pasión solitaria. Una multitud, como advierte sagazmente Simonne Weil, no puede ni siquiera sumar; el hombre precisa abstraerse en soledad para ejecutar esta simple operación. Por esto quizás el título puesto por Shömberg a sus Memorias se me antoja uno de los más apropiados para resumir las peripecias de una vida consagrada al arte, a cualquier arte: Cómo volverse solitario. Sólo en la soledad alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es intransferible, y acaso ésta sea la única que paradójicamente merece comunicarse a los otros.
Sé que muchos replicarán que en poesía, amén de los dioses innatos, cuenta un lado artesanal, propiamente técnico, común también a las demás artes tanto como a las modestas labores de orfebres. Son los llamados secretos del oficio, cuyo dominio es en cierta medida comunicable. No faltará, por otra parte, quien me recuerde el conocido apotegma de Lautrémont: la poesía debe ser hecha por todos. El acervo del folklore parece confirmar el triunfo de esta contribución múltiple y anónima; según ella, las palabras se van puliendo al rodar entre los hombres, como las piedras de un río, y las que perviven resultan a la postre las más estimadas por el alma colectiva. Todo ello es verdad, con tal que no olvidemos que en cada instante de este proceso ha existido un hombre real, que nunca fueron varios, por innombrado que lo creamos. Sí, la poesía debe ser hecha por todos, pero fatalmente escrita por uno solo.
En cambio, cuanto corresponde a los procedimientos artesanales, a los secretos de hechura, a toda esa vasta zona que con sumo ingenio analiza R. G. Collingwood en su libro Los principios del arte, me parece que es éste el campo verdaderamente propicio al cual la gente del taller puede consagrarse. Puesto que escribimos en nuestra lengua, es en ella principalmente, vale decir en las creaciones que conforman su tradición, donde averiguaremos el cómo de su íntimo gobierno; del qué y del cuándo bien podremos aprender no sólo en la nuestra, sino en cuantas lleguemos a conocer.
La palabra taller tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, una concreta y otra figurada. La primera se refiere al lugar en que se trabaja una obra de manos. La segunda habla de la escuela o seminario de ciencias donde concurren muchos a la común enseñanza. El taller de poesía tiene de una y de otra. Lo es en sentido real y figurado a la vez. Hay obra de mano como también participación en el común aprendizaje. Tal como existen hoy por hoy, yo y quienes cuentan más o menos mi edad no los conocimos. No tuvimos la dicha o desdicha de reunirnos para iniciarnos en el mester de poesía. ¿Dónde, pues, fuimos a aprenderlo? Otros responderán de acuerdo con sus personales derivaciones. En cuanto a mí, he dicho que no asistí a ningún lugar donde ganarme la experiencia del oficio. Así al menos, porque lo creía, lo he repetido. Quiero rectificar ahora este vano aserto pues no había reparado en que, siendo niño, asistí intensamente a uno. Estuve mucho tiempo en el taller blanco.
Era éste un taller de verdad, como es verdad el pan nuestro de cada día. Mi padre había aprendido de muchacho el oficio de panadero. Se inició, como cualquier aprendiz, barriendo y cargando canastos, y llegó a ser con los años maestro de cuadra, hasta poseer más tarde su propia panadería, el taller que cobijó buena parte de mi infancia. No sé cómo pude antes olvidar lo que debo para mi arte y para mi vida a aquella cuadra, a aquellos hombres que, noche a noche, ritualmente, se congregaban ante los largos mesones a hacer el pan. Hablo de una vieja panadería, como ya no existen, de una amplia casa lo bastante grande para amontonar leña, almacenar cientos de sacos de harina y disponer los rectos tablones donde la masa toma cuerpo lentamente durante la noche antes del horneo. Son los seculares procedimientos casi medievales, más lentos y complicados que los actuales, pero más llenos de presencias míticas. El sentido del progreso redujo ese taller a un pequeño cubículo de aparatos eléctricos en que la tarea se simplifica mediante empleos mecanizados. Ya no son necesarias las carretadas de leña con su envolvente fragancia resinosa, ni la harina se apila en numerosos cuartos de almacenaje. ¿Para qué? El horno, en vez de una abovedada cámara de rojizos ladrillos, es ahora un cuadrado metálico de alto voltaje. Me pregunto, ¿podrá un muchacho de hoy aprender algo para su poesía en este enmurado cuchitril? No sé. En el taller blanco tal vez quedó fijado para mí uno de esos ámbitos míticos que Bachelard ha recreado al analizar la poética del espacio. La harina es la sustancia esencial que en mi memoria resguarda aquellos años. Su blancura lo contagiaba todo: las pestañas, las manos, el pelo, pero también las cosas, los gestos, las palabras. Nuestra casa se erguía como un iglú, la morada esquimal, bajo densas nevadas. Por eso, cuando años más tarde contemplé por vez primera en París la apacible nieve que caía, no mostré el asombro de un hombre de los trópicos. A esa vieja amiga ya la conocía. Sentí apenas una vaga curiosidad por verificar al tacto su suave presencia.
Hablo de un aprendizaje poético real, de técnicas que aún empleo en mis noches de trabajo, pues no deseo metaforizar adrede un simple recuerdo. Esto mismo que digo, mis noches, vienen de allí. Nocturna era la faena de los panaderos como nocturna es la mía, habituado desde siempre a las altas horas sosegadas que nos recompensan del bochorno de la canícula. Como ellos me he acostumbrado a la extrañeza de la afanosa vigilia mientras a nuestro redor todas las gentes duermen. Y en lo profundo de la noche lo blanco es doblemente blanco. No falta la luna en los muros, sobre la leña, las mesas, las gorras de los operarios. ¡Los doctos y sabios operarios! Hay algo de quirófano, de silencio en las pisadas y de celeridad en los movimientos. Es nada menos que el pan lo que silenciosamente se fabrica, el pan que reclamarán al alba para llevarlo a los hospitales, los colegios, los cuarteles, las casas. ¿Qué labor comparte tanta responsabilidad? ¿No es la misma preocupación de la poesía?
El horno, que todo lo apura, rojea en su fragua espoleando a quienes trabajan. Los panes, una vez amasados, son cubiertos con un lienzo y dispuestos en largos estantes como peces dormidos, hasta que alcanzan el punto en que deben hornearse. ¿Cuántas veces, al guardar el primer borrador de un poema para revisarlo después, no he sentido que lo cubro yo mismo con un lienzo para decidir más tarde su suerte? Y nada he dicho de aquellos jornaleros, serenos y graves, encallecidos, con su mitología de arrabal, de aguardiente pobre. ¿Debo buscar lo sagrado más lejos en mi vida, pintar la humana pureza con otro rostro? Cristo podía convertir las piedras en peces, por eso estuvo más cerca de la carpintería, ese hermoso taller de distinto color. Para estos hombres, que no me hablaron nunca de religión, acaso porque eran demasiado religiosos, Cristo estaba en la humildad de la harina y en la rojez del fuego que a medianoche comenzaba a arder.
Del taller blanco me traje el sentido de devoción a la existencia que tantas veces comprobé en esos maestros de la nocturnidad. La atención responsable a la hechura de las cosas, la fraternidad que contagiaba un destino común, en fin, la búsqueda de una sabiduría cordial que no nos induzca a mentirnos demasiado. ¿Cuántas veces, mirando los libros alineados a mi frente, no he evocado la hilera de tablones llenos de pan? ¿Puede una palabra llegar a la página con mayor cuidado, con más íntima atención que la puesta por ellos en sus productos? Daría cualquier cosa por aproximarme alguna vez a la perfecta ejecutoria de sus faenas nocturnas. Al taller blanco debo éstas y muchas otras enseñanzas de que me valgo cuando encaro la escritura de un texto.
El pan y las palabras se juntan en mi imaginación sacralizados por una misma persistencia. De noche, al acodarme ante la página, percibo en mi lámpara un halo de aquella antigua blancura que jamás me abandona. Ya no veo, es verdad, a los panaderos ni oigo de cerca sus pláticas fraternas; en vez de leños ardidos me rodean centellantes líneas de neón; el canto de los gallos se ha trocado en ululantes sirenas y ruidos de taxis. La furia de la ciudad nueva aventó lejos las cosas y el tiempo del taller blanco. Y sin embargo, en mí pervive el ritual de sus noches. En cada palabra que escribo compruebo la prolongación del desvelo que congregaba a aquellos humildes artesanos.
Tal vez, de no haber asistido a sus cotidianas veladas, de no inmiscuirse en las hondas ceremonias de sus labores, habría de todos modos buscado cauce a mi afán de poesía. El grito de Merlín me habría tentado siempre a seguir su rastro en el bosque. Sin embargo, no puedo imaginar dónde, si no allí, habría aprendido mi palabra a reconocerse en la devoción sagrada de la vida. Anoto esta última línea y escucho el crepitar de la leña, veo la humareda que se propaga, los icónicos rostros que van y vienen por la cuadra, la harina que minuciosamente recubre la memoria del taller blanco.   




domingo, 13 de mayo de 2018

Rafael Cadenas / El país que vuelve



El poeta venezolano Rafael Cadenas.
Rafael Cadenas
 EFE

Cadenas: el país que vuelve

Este Premio Reina Sofía será una manera de reconocer que la cultura venezolana sigue a flote

Poco se entiende que una persona que apele a las palabras para discernir la realidad las use tan poco a la hora de hablar. Podría ser el caso del poeta venezolano Rafael Cadenas, quien prefiere los silencios entre versos o los espacios entre estrofas antes que pronunciar un sustantivo o paladear un adjetivo. Las palabras, en su poesía, han sido siempre ejercicios de aproximación para un horizonte mayor, inaprensible, que el poeta entiende como la realidad misma, o como el milagro de la existencia. Su poética es la de la derrota, la del fracaso, pero no entendidos como hazañas humanas no alcanzadas, sino como impulsos de antemano fallidos, pues la palabra, aunque noble, siempre morirá en el umbral de la significación.

sábado, 12 de mayo de 2018

La poesía sigilosa de Rafael Cadenas gana el premio Reina Sofía


Rafael Cadenas


La poesía sigilosa de Rafael Cadenas gana el premio Reina Sofía

El poeta venezolano sucede a Claribel Alegría en la XXVII edición del galardón


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Madrid 11 MAY 2018 - 13:57 COT

“Humilde, silencioso y rebelde”, así se autorretrató en un poema el venezolano Rafael Cadenas, que acaba de obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Convocado por Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca, el galardón se ha convertido en el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa. Cadenas toma el relevo este año de la nicaragüense Claribel Alegría, que lo obtuvo el año pasado, meses antes de fallecer.