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jueves, 7 de mayo de 2020

Alma Guillermoprieto / La pandemia en Latinoamérica




La pandemia en Latinoamérica

Desde las maras de El Salvador que castigan a quienes se saltan la cuarentena hasta el apagón cultural en Argentina. Desde los médicos del exilio cubano en la frontera de México con EE UU hasta la odisea de los vendedores ambulantes en el DF, los confinados sin combustible en Venezuela, las protestas sociales silenciadas en Chile, las víctimas invisibles en Colombia y los estragos negacionistas en Nicaragua y Brasil.

Alma Guillermoprieto
1 de mayo de 2020


Lo que da rabia es tanto esfuerzo perdido. Ocupamos un continente y medio, desde el desierto que abraza a Ciudad Juárez en la frontera con Estados Unidos hasta la neblinosa Ushuaia, que de todo el mundo es el poblado más próximo a la Antártida. Somos un universo multicolor de más de 600 millones de seres humanos, hechos al esfuerzo, con hambre de progreso, dotados la mayoría de una incomprensible disposición al buen ánimo. Sobrevivimos a unas economías que trepan lentamente y vuelven a caer en el pozo de la inequidad y la inflación. Llevamos un siglo y otro poco de lucha por la igualdad y la democracia —dictaduras vienen, dictaduras van, pero nunca se ha dejado de empujar el cambio. Se cuentan por millones las familias que suman jornadas de trabajo y hacen cuentas, y sacan del ahorro de hormiguita para el enganche de un apartamento o la matrícula de la primera integrante de la familia que ha de llegar hasta la universidad. Y todos esos años y luchas las desaparece en cuestión de semanas, como quien borra un pizarrón, la fuerza ciega de un virus. Porque, muy aparte de la pérdida de vidas humanas que nos espera en los meses por venir, está el colapso de industrias, comercios y economías familiares de una región que ya se encontraba en un difícil declive económico, de no-tan-bien a bastante peor, cuando llegó la plaga.

viernes, 25 de abril de 2014

García Márquez / Entre la disciplina y la parranda

abriel García Márquez junto a Alma Guillermoprieto, Jaime Abello Banfi, Gustavo Bell, José Salgar, Javier Darío Restrepo y Sergio Ramírez en la sede de la FNPI en Cartagena, 2006. /ARCHIVO FNPI

Gabriel García Márquez


Entre la disciplina y la parranda


La autora recuerda su relación a través de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano




ALMA GUILLERMOPRIETO 20 ABR 2014 - 00:55 CET


Mucha gente que nunca lo conoció y a quien nunca le hizo daño hablaba pestes de él. Que si era presumido, déspota, demasiado arrimado al poder. En cambio, no notaban que a él le hipnotizaban igualmente el poder y los poderosos, el periodismo y los periodistas, o cualquier otro oficio que se ejerciera con esfuerzo y maestría; que se la pasaba inventando proyectos para usufructo de otros, y que en el círculo de sus verdaderas amistades él y Mercedes mantuvieron por igual a los viejos amigos de los tiempos duros y a los refulgentes protagonistas de encabezados.
Yo lo conocí trabajando—me llamó un día para que participara en la construcción de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano — y desde esa primera tarde me asombró no solo la generosidad de la llamada sino la energía que lo llevó a crear una y otra vez proyectos deslumbrantemente ambiciosos. No pongo aquí la palabra 'soñadores,’ porque nunca me pareció que soñara mucho. Si se entusiasmaba, hacía.
Ciertamente era vanidoso; su trabajo le había costado acumular los logros para justificarlo. Egoísta era, como todo artista que vive defendiendo la muralla que protege su creatividad del acosante mundo. ¿Que si arrimado al poder? Ahí sí, ni hablar: hipnotizado, más bien, por el poder, indiscutible e incomprensiblemente, y de frente. Todo formaba parte de su voraz curiosidad y su hambre de mundo, sus ganas de todo: de triunfar, de admirar, de saber, de fiestear. En esto último daba cátedra a pesar de la edad y los achaques: en las reuniones de la Fundación daban la una, las dos, las tres de la mañana, venga trago, rumba viene, rumba va, iban cayendo uno tras otro los concelebrantes, y él y Mercedes, incólumes.