Harriet Andersson con Ingmar Bergman
21 de marzo de 1953
Ingmar Bergman
HARRIET ANDERSSON
Yo debía realizar inmediatamente dos películas, una detrás de otra: Tres mujeres con guión original mío y Un verano con Mónica, adaptación de una novela de Per Anders Fogelström. Para el papel de Mónica seeligió a una actriz joven que hacía revista con medias de malla y elocuentes escotes en el Teatro Scala. Tenía alguna experiencia cinematográfica y era novia formal de un actor. A finales de julio fuimos a filmar exteriores al archipiélago de Estocolmo.
Según la mitología griega, el término “musa” corresponde a las divinidades del Olimpo inspiradoras del arte. Dicha expresión subsistió a través de los tiempos para referirnos a aquellas doncellas (por lo general) que a través del enamoramiento, hacen que los artistas se dirijan hacia ellas como su “fuente de inspiración”, su iluminación. En cuanto al quehacer cinematográfico, en la historia han existido casos sonados de dicha estimulación artística, por ejemplo el de StevenSpielberg con su musa KateCapshaw, el de Kubrick con su esposa Christiane o hasta el de Hitchcock con sus coquetas rubias Kelly, Heddren o Leigh, sin embargo, nadie mejor para simular fuera del mito a la figura de Apolo, el representante y eterno acompañante de las musas, como el sueco IngmarBergman.
Título original: Sommaren med Monika. Año: 1953. Duración: 97 min. País: Suecia. Director: Ingmar Bergman. Guión: Ingmar Bergman, Per-Anders Fogelström (Novela: Per-Anders Fogelström). Música: Erik Nordgren. Fotografía: Gunnar Fischer (B&W). Reparto: Harriet Andersson, Lars Ekborg, John Harryson, Georg Skarstedt, Dagmar Ebbesen, Bengt Eklund, Åke Fridell. Productora: Svensk Filmindustri. Género: Drama. Romance | Drama romántico
Ingmar Bergman era prácticamente un desconocido cuando se estrenó Un verano con Mónica, film que llamó la atención de la crítica francesa, como Jean Luc Goddard antes de convertirse en director de cine. Llamó la atención el primer plano en que Harriet Andersson mira fijamente la cámara rompiendo una de las mayores reglas de la historia del cine aunque ya ha habido anteriormente planos semejantes pero en este caso dicha mirada supone un desafío a las convenciones y al espectador.
Quien piense en Bergman como en un director existencialista e invernal es que no ha visto Un verano con Mónica. Ingmar Bergman nació hace ahora 100 años, en verano, y murió en la misma estación 89 años más tarde; entre ambos veranos, dejó medio centenar de películas donde apostaba por los juegos y las sonrisas de verano, por las parejas de cómicos y de criados, las enfermeras, la juventud… y las ganas de vivir, incluso en las reflexiones más lúgubres de sus últimos años. Un verano con Mónica (1953) no posee esa carga reflexiva y existencialista que hizo célebre al director de Persona (1966) pero, más que empobrecerse por ello, muestra abiertamente el corazón de una obra que se fue cubriendo de nuevas capas y máscaras con las que conocerse mejor.
Un verano con Mónica es el retrato de una ciudad moderna, Estocolmo, y una reflexión sobre la madurez y el paso del tiempo, pero poco de eso importaría si no fuera, ante todo, la reconstrucción carnal y física de un encuentro de los que solo brotan en verano. Los protagonistas son la luminosa presencia erótica de Harriet Andersson como Monika y el joven y enamoradizo punto de vista de Lars Ekborg. Monika trabaja en una frutería, es pobre y alegre; él, tímido y de clase media, apenas sabe vivir. Ambos quedan perfectamente retratados en sendos planos detalles durante su primera cita, al cine a ver una romántica película americana: Monika, descalzada, se frota los pies de la emoción ante la pantalla –“algunos lo tienen todo”, suspirará a la salida-; ya en un banco, él se retuerce las manos hasta que Monika le pide un beso con las glamurosas palabras que ha visto en el cine.
Su relación tiene lugar en una ciudad moderna de escaparates y cafés, pero también portuaria y fluvial, y cuando llega el verano ambos abandonan sus trabajos, familias, condicionamientos sociales y responsabilidades para huir en barca por el río hacia la costa. La cámara se deja fascinar por el rostro y el cuerpo de Monika, que sonríe al despertar por la mañana, y por la felicidad compartida en pareja y las ganas de vivir de ambos, que encuentran en el verano y en el amor una forma de rebeldía y de liberación, y también una aventura y un paraíso artificial del que deberán volver con el invierno (y con un niño en camino).
La profundidad en la mirada de Bergman no necesita de grandes temas porque, incluso en la filosófica e intelectual Como en un espejo, lo que más le importa es el cuerpo y el rostro de sus intérpretes; y a nadie filmó como a Harriet Andersson, de Un verano con Mónica a Gritos y susurros (1972). Al capturar el verano con Monika, Bergman es consciente tanto del carácter perecedero del verano como de su actriz como objeto de fascinación y deseo. Una sabiduría que da lugar a dos de los momentos más hermosos de su cine: dos miradas a cámara.
El momento en que Monika va a ser infiel al protagonista comienza con un movimiento de cámara desde una gramola -suena un jazz festivo- a la actriz, a quien un acompañante enciende un cigarro. Al otro no le vemos porque solo importa la decisión y los actos a comprender de Monika, hasta que en un acercamiento seductor ella se ofrece para que él encienda su cigarro en el suyo. Entonces Monika se recuesta en la silla y gira su mirada directamente hacia la cámara -aquella mirada a cámara con que Godard inauguraba el cine moderno-, que se acerca mientras se oscurece el fondo. Solo queda su mirada frontal, vulnerable y desafiando al juicio del espectador.
La siguiente mirada a cámara es la de él y cierra la película. Ya padre soltero, el protagonista pasea con su niña y se mira en un espejo (el mismo en que se contemplaba Monika antes de conocerle al comienzo de la historia). La cámara se acerca, el fondo se oscurece y el protagonista acaba mirando a cámara y dando inicio a unos fundidos encadenados sobre su rostro que rememoran su idilio con Monika. Finalmente, él abandona el plano, va a trabajar, y el espejo se queda reflejando aquella ciudad en donde suceden día a día estas historias.
Aquí se encuentra quizás la clave más importante del cine de Ingmar Bergman. Es desde la luz del verano, la estación de las fresas, que sus films cobran sentido. Porque Bergman sabe -e insistió más en ello con los años- que tras la juventud llega la vejez y la muerte; tras el romance, las crisis y discusiones en pareja; y tras el verano, siempre el invierno, pero es mejor sufrir cuando llega el frío de las estaciones que vivir en los hielos del dogma y el racionalismo de quien es impermeable a ellas. Y cuando la luz se apague, siempre podemos proyectar los recuerdos del verano.
El genio sueco Ingmar Bergman dirigió en 1953 una película que le supuso su reconocimiento internacional como director en este que fue su 12º largometraje basado en la novela del escritor también sueco Per Anders Fogelström, del mismo título que la película, Un verano con Mónica.
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El argumento trata sobre el enamoramiento de dos jóvenes que viven una "aventura de liberación". Harry tiene 19 años y trabaja en un almacén de vidrio y porcelana en el que no se encuentra a gusto. En un local próximo, un almacén de vegetales, trabaja Mónica también una joven de 17 años alegre y soñadora que está a disgusto en su trabajo y en su casa. Ambos comienzan una relación en un café, se enamoran y deciden dejar sus empleos, en los que son hostigados y abandonan la ciudad, Estocolmo, en la pequeña lancha del padre Harry dirigiéndose al archipiélago, próximo a la isla de Örno, para pasar unas semanas a solas, rompiendo cualquier atadura social o familiar. Pero todo cambia poco a poco hasta presentar su más fea cara.
Harriet Andersson
Un verano con Mónica
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Bergman rompió, además, un tabú con esta cinta que presentaba un desnudo de su actriz protagonista, Harriet Andersson, que hacía su primer trabajo con el director sueco con este largometraje que la consagró como una actriz de mérito.
Rodada en blanco y negro, Un verano con Mónica es de una belleza y una luminosidad fuera de lo común, pero es además una triste reflexión sobre asuntos trascendentes de la vida, la madurez, la responsabilidad, la fidelidad, el amor, el serio planteamiento del futuro, la vacuidad de la vida...