Un documental, ya imborrable, realizado a partir de material secreto grabado por orden directa de Fidel Castro, muestra la ‘confesión’ del poeta cuya detención estremeció a toda la izquierda intelectual de Occidente
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
02 JUN 2023 - 22:00 COT
Quien ha visto el sudor brillando en la cara y en el pelo y empapando poco a poco la camisa del poeta cubano Heberto Padilla ya no podrá olvidarlo nunca. Es el sudor de un salón lleno de gente en una noche del trópico; el de la temperatura que aumentan los focos excesivos de las cámaras de televisión; es el sudor de quien habla mucho y gesticula mucho, pasándose las palmas de las manos húmedas por el pelo negro y la cara carnosa. Parece que en algún momento el sudor le empaña los cristales de las gafas, y hace que se le escurran sobre la nariz. Heberto Padilla habla sin descanso, con amaneramientos retóricos, mirando fijo, casi siempre al vacío, otras veces hacia las personas calladas que lo escuchan: sudando también, agobiadas de calor, abanicándose con carpetas o con periódicos doblados, vencidas por el tedio de una reunión que no termina nunca, un encuentro en la sede de la asociación de escritores.
Celia Sánchez Manduley (primera de la derecha), una de las protagonistas de 'Nunca fui primera dama', junto a Fidel Castro y Antonio Núñez Jiménez, durante la revolución cubana.
De los regímenes militares al chavismo: la tradición de la novela sobre dictadores latinoamericanos se renueva
Nuevos textos inspirados en Chávez, Ortega, Milei y otros líderes políticos de la región describen la debilidad de las democracias nacidas tras la caída de los anteriores regímenes autocráticos
CAIO RUVENAL
Madrid - 13 SEPT 2024 - 22:40 COT
El escritor mexicano Carlos Fuentes cuenta en La gran novela latinoamericana un encuentro que tuvo con Mario Vargas Llosa en Londres en 1967. La reunión derivó en la idea de invitar a una docena de autores latinoamericanos para que escribieran sobre la inagotable galería de caudillos de la región y recopilar los textos en un solo volumen, Los padres de las patrias. El proyecto no prosperó, pero impulsó el lanzamiento en los setenta de varios libros protagonizados por presidentes históricos déspotas, un género que la crítica bautizó como la “novela del dictador”: Yo el supremo de Augusto Roa Bastos, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, El recurso del método de Alejo Carpentier, Oficio de difuntos de Arturo Uslar Pietri... Llegó el siglo XXI y las democracias nacidas tras la caída de los regímenes autoritarios resultaron endebles: los jefes de Estado cambiaron el uniforme militar por la camisa y la corbata, pero la naturaleza del poder autócrata permaneció intacta.
Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, en una cena con más amigos en 1970
Esplendor y sombra de las leyendas del 'boom'
Un libro gozoso, 'Las cartas del Boom', recoge las correspondencias de García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Cortázar
Juan Cruz
8 de junio de 2023
El Boom de la literatura latinoamericana, que tuvo al menos cuatro santos, rompió la naturaleza rabiosamente humana de su iglesia cuando se enemistaron para siempre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, que habían sido hasta 1976 pilares sólidos de la hazaña que puso sus escrituras al nivel en el que siguieron tras su ruptura como pareja que parecía hecha para siempre, aunque sus relaciones ya nunca pudieron rearmarse.
“El escritor sí tiene quien le escriba”: las cartas a García Márquez que se hallaron en una caja
Entre las cartas descubiertas por la familia hay firmas de personajes tan distintos como Robert Redford, Pablo Neruda, Woody Allen, Fidel Castro, Joaquín Sabina o Bill Clinton. Actualmente se exponen en la vivienda del escritor en Ciudad de México.
Lorena Ríos 20 de junio de 2022
Hace poco más de un mes los familiares deGabriel García Márquezencontraron unacaja blancaen un mueble con una inscripción en donde podía leerse “nietos”. Pensaron que dentro habría fotografías, pero, al abrirla, hallaron más de un centenar de cartas protegidas por sobres de plástico. La sorpresa fue aún mayor cuando descubrieron que los nombres de los remitentes no eran, precisamente, desconocidos:Robert Redford,Pablo Neruda,Fidel Castro,Bill Clinton,Woody Allen…. Su querido Gabo seguía reservándoles sorpresas. Luego, hicieron una selección de 50 de ellas y las ubicaron en el espacio de la vivienda de Gabriel que la familia ha destinado como sala de exposiciones. ¿El título? “El escritor sí tiene quien le escriba”.
Era yo tan solo una bebita en los brazos de mi madre miliciana, apenas un trozo de "hombre nuevo" sin modelar, cuando aquella primavera de 1977 Fidel Castro viajó a Libia. El coronel Muamar el Gadafi lo recibió con todos los honores y le otorgó la Condecoración al Valor, una distinción que se le confería por primera vez a una personalidad extranjera. Frente a las cámaras, el comandante en jefe retribuyó con un apretón de manos al recién nombrado como guía de la revolución. Se miraron y se reconocieron en sus similitudes. Más tarde pasaron al encuentro no televisado, a esa reunión a puerta cerrada donde se fortalecieron los pilares de lo que sería una alianza que duró por más de 30 años.
Desde 1977 Castro y Gadafi han sido aliados. Se miraron y se reconocieron en sus similitudes
Cuba y Libia habían emprendido senderos que discurrían en paralelo y que se juntarían en más de una ocasión. El punto de mayor coincidencia se centraba en sus líderes, en la simpatía que se profesaban ambos caudillos. De ahí que en 1980, cuando nuestra isla había sido sacudida por la escapada en masa de más de 100.000 cubanos, Gadafi le volvió a extender oficialmente su mano solidaria. Con un mensaje cargado de loas, felicitaba a Fidel Castro por haber sido reelecto como primer secretario del Comité Central en el II Congreso del Partido Comunista. El militar de academia llevaba por ese entonces más de una década al mando de aquel vasto territorio al norte de África, mientras nosotros superábamos aquí los 20 años escuchando los interminables discursos del máximo líder. Ambos basaban parte de su retórica de autovalidación en la constante referencia a los servicios sociales gratuitos que habían ofrecido a sus pueblos. Era la manera en que nos recordaban -día tras día- el alpiste, pero sin mencionar jamás la jaula.
La yamahiriya se constituyó en el sistema político promulgado por Gadafi en 1977, una especie de república en manos de todos, muy similar a la consigna "el poder del pueblo, ese sí es poder" que nos repetían a nosotros del lado de acá del Atlántico. Si las cosas no funcionaban en Libia, la culpa la tenían los propios ciudadanos que no sabían conducir su nación, si el descalabro económico se apoderaba de Cuba era porque la vagancia y el despilfarro de los individuos le agrietaban el rostro a la utopía. Tanto un líder como el otro sacudían frente a los ojos de sus súbditos el fantasma de la invasión extranjera y el regreso a la dependencia política como la peor de las claudicaciones. El anticolonialismo se constituyó en el lobo feroz que recordaba el excéntrico dirigente de origen bereber, a la par que el guía caribeño escarbaba en los resortes del antiimperialismo, convirtiendo la metáfora de David y Goliat en una perenne referencia a Cuba y Estados Unidos.
Los años noventa los encontraron a ambos quemándose en la hoguera que habían levantado con su terquedad y su actitud beligerante. Gadafi necesitaba limpiar su imagen hacia Occidente, mientras a Fidel Castro le urgía recaudar las divisas que le permitieran mantener el poder después del desplome del bloque socialista. El excéntrico presidente libio pagó indemnizaciones, se abrió tímidamente a la inversión extranjera, renegó -al menos públicamente- del terrorismo y hasta fue invitado por Barack Obama a la cumbre del G-8. El comandante de verde olivo fue más cauteloso, comenzó un proceso de reformas económicas que después trató de controlar con un retorno al centralismo, matizó su discurso belicoso con frases que aludían al daño ecológico que sufre el planeta y al concluir la primera década de este milenio se presentaba ya como un anciano sabio que publica reflexiones iluminadoras.
La prensa oficial cubana deslizó las primeras críticas a la actuación del hermano guía de la gran revolución libia. Le cuestionaba aquella reforma radical del régimen socialista que según él podría conducir a un "capitalismo popular". Tal parecía que los caminos que se habían entrecruzado una y otra vez, comenzaban a desplazarse en derroteros totalmente diferentes.
Sin embargo, con mis 23 años cumplidos, asistí al apretón cariñoso que se volvieron a dar ambos caudillos. A diferencia de aquel marzo de 1977, ya mi madre no quería ni oír hablar de su uniforme de miliciana y el líder libio era difícil de reconocer bajo el maquillaje, las telas y las gafas de sol. En 1998, cuando Fidel Castro participó en la Conferencia del Movimiento de los No Alineados, fue agasajado con el Premio Muamar el Gadafi a los Derechos Humanos que incluía la friolera de 250.000 dólares. Quedaba claro que el intercambio de galardones se constituía, junto a la colaboración económica y militar, las declaraciones de solidaridad y la ausencia de condena, en otra forma de apoyarse mutuamente, en una de las maneras elegidas por ambos para mover esos molinos que empujan -una y otra vez- las aguas del poder sobre sí mismos.
Su devoción por la palabra. Su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo. Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar.
El matemático cubano a quien Fidel Castro expropió su escuela, su casa y trató de encarcelar.
3 de marzo de 2020
Aurelio Ángel Baldor de la Vega nacio en Cuba el 22 de octubre de 1906, fue matemático, profesor, escritor y abogado, es el autor del libro “Álgebra de Baldor”, publicado en 1941.
En la década de 1940 fundó en La Habana el Colegio Baldor, del que fue director, ubicado en la zona residencial El Vedado, en las calles 13 y Línea; tenía 3.500 alumnos.
Al parecer, en el gobierno están temiendo una nueva revolución, una revolución virtual.
Un amigo me escribe un mensaje en WhatsApp: “¿Dónde estás? Necesito verte”. Media hora después, nos encontramos en una cafetería céntrica del barrio del Vedado, La Habana. Ha roto con su pareja tras una relación de casi cinco años. “Si vemos una película, está pendiente del teléfono. Si vamos a comer a un restaurante, no es capaz de dejar el teléfono boca abajo. Su vida es en el teléfono, tal parece que yo no existo y me cansé”, me cuenta, y yo no sé qué decir al respecto.
La televisión de los obispos italianos, TV 2000, emitió una entrevista a una amante de Fidel Castro. Anna María Traglia, de 69 años, aseguró que «Fidel Castro murió confortado por la religión» tras relatar su historia con el difunto dictador cubano.
Anna María conoció a Fidel a los 27 años y mantuvo con él un “grandísimo amor” que duró muchos años. Reside en Roma y se confiesa católica practicante y durante la entrevista con dicha cadena italiana reveló que sus amigos sacerdotes en Cuba le “aseguraron: quédate tranquila porque Fidel murió cristianamente”.
Supuestamente los encuentros entre Fidel Castro y Anna María Traglia sucedían en La Casa de las Flores, la mansión que el “Comandante” regaló a su amante
7 de agosto de 2020
Durante el tiempo, para muchos excesivo, en que Fidel Castro se hizo cargo de los destinos de Cuba, los habitantes de la isla ni de primera dama podían presumir. Las mujeres del “Comandante en Jefe”, las oficiales y las que no, sobrevivían en la clandestinidad. Un reciente libro de la periodista Paola Sorge habla de la mansión que Castro dio en La Habana a su amante italiana, Anna María Traglia, y que bautizó como La Casa de las Flores.
En enero del 80, la familia Peña Guerrero envía a Adalberto, el menor de los hijos, a estudiar Derecho en la Universidad Libre de Bogotá, una universidad de mucho prestigio para los costeños, ya que allí varios coterráneos brillan por su sabiduría y son dignos de imitar. En ese momento, la marimba es la forma más rápida y fácil de conseguir plata. Es entonces cuando al joven universitario le proponen ganarse unos pesos, y sin dudarlo da un sí irreversible: “¿Qué tengo que hacer?”, les pregunta Adalberto a los amigos samarios que le plantean la propuesta. “Pues, muy fácil, sólo tienes que ir a Santa Marta y allí te vas en un barco nuestro, full de marihuana, para los Yunay”. Adalberto emprende la travesía.
Lo que sucede en Caracas se vive en La Habana en carne propia. Momentos críticos ha habido muchos pero ninguno como este
Mauricio Vicent 17 de febrero de 2019
Hugo Chávez y Fidel Castro en Cuba en 2006.ADALBERTO ROQUEAFP/ GETTY
Cuba se enfrenta de nuevo a un momento crucial 60 años después del triunfo de la revolución de Fidel Castro. La crisis en Venezuela y la ofensiva desbocada de EE UU para acabar con el Gobierno de Nicolás Maduro han puesto a La Habana en guardia otra vez. “Primero Venezuela, después Cuba” es el mantra que late hoy en el discurso de viejos halcones de la Guerra Fría rescatados por la Administración de Trump junto a congresistas y políticos cubanoamericanos como Marco Rubio y Mauricio Claver-Carone, en quienes el presidente ha delegado la responsabilidad de implementar en la región su lema de “Hacer América grande otra vez”.
Ya no es el “eje del mal” de Bush, es la “troika de la tiranía”, según la definió el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca John Bolton, para añadir que “cada esquina de ella [Caracas, La Habana y Managua] debe caer”. La advertencia está ahí. Pero el Gobierno cubano tiene seis décadas de experiencia en resistir.
No hay que olvidarlo: Cuba salía de la pesadilla del Periodo Especial cuando, en febrero de 1999, Hugo Chávez llegó a la presidencia de Venezuela. Y se hizo la luz. Entre 1991 y 1994, luego de la desintegración de la Unión Soviética, el PIB cubano había caído un 35%. Con Moscú la isla realizaba el 70% de sus intercambios comerciales y de allí procedía, subvencionado, todo el petróleo. A Cuba —literalmente— se le hizo de noche. Y EE UU aumentó la presión. Para desincentivar las inversiones extranjeras, Washington aprobó las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), y grupos del exilio violento pusieron bombas en hoteles de La Habana para espantar a los turistas. Cuba emprendió un controlado proceso de reformas para sobrevivir: legalizó el dólar, inició una apertura al sector privado y apostó por el turismo y las empresas mixtas, y, aunque por el camino se quebró la sociedad igualitarista que había sido bandera de la revolución, las medidas ayudaron a superar el colapso y a que mejorasen las cifras macroeconómicas. Pero la situación no se consolidó hasta la llegada de la revolución bolivariana.
Con Maduro las relaciones privilegiadas se mantuvieron, pero los suministros y los intercambios fueron menguando
Poco antes de la muerte de Chávez (2013), Venezuela llegó a concentrar el 44% del volumen total del comercio externo de la isla. Caracas compraba anualmente servicios profesionales cubanos —de médicos, enfermeras, maestros— por más de 5.000 millones de dólares, 40.000 colaboradores trabajaban en el país sudamericano y la isla recibía 105.000 barriles diarios, que cubrían el 60% de sus necesidades de petróleo, a precios preferenciales. Con Maduro las relaciones privilegiadas se mantuvieron, pero los suministros y los intercambios fueron menguando debido a la crisis interna venezolana. Hoy a La Habana llegan unos 50.000 barriles diarios de petróleo y el número de médicos y colaboradores cubanos en Venezuela ronda los 20.000. Aun así, Caracas sigue siendo el primer socio económico de La Habana, con un intercambio comercial superior a los 2.000 millones de dólares, cerca del 12% del PIB de la isla, pero lejos del 20% que llegó a representar años atrás.
Obviamente, lo que sucede en Venezuela se vive en Cuba en carne propia: el golpe de Estado a Chávez en 2002, los comicios que ganó la oposición a Maduro en 2015; momentos críticos ha habido muchos, pero para Cuba quizá ninguno como este. No se trata solo de las repercusiones que un cambio en Venezuela puedan tener en la isla. En caso de suspenderse abruptamente los intercambios, la caída del PIB cubano podría ser del 10%, según cálculos de economistas como Carmelo Mesa-Lago y Pavel Vidal. Pero más allá del mazazo económico, La Habana contempla con inquietud el escenario en el que esta desestabilización se produce: con una abierta derechización en el continente y una Administración de Trump en manos de viejos halcones y de anticastristas furibundos como Rubio y Claver-Carone. “Que nadie se equivoque, el verdadero objetivo de esta gente somos nosotros”, admiten en Cuba.
En caso de suspenderse abruptamente los intercambios, la caída del PIB cubano podría ser del 10%
La estrategia de Washington con Venezuela está clara. Con Cuba en vísperas de celebrar un referéndum —previsto el próximo domingo 24 de febrero— para aprobar una reforma constitucional que ha provocado una discusión inédita y con la economía en estado de extrema tensión, empieza a esbozarse una idea: que la isla quede incluida de nuevo en la lista de países patrocinadores del terrorismo —de la que la había sacado Obama en 2015— y activar el título III de la ley Helms-Burton, que permitiría a los cubanoamericanos demandar a individuos y compañías extranjeras por propiedades confiscadas por el Gobierno de Cuba. Una vuelta de tuerca más a la presión y al miedo, para propiciar el aislamiento.
El miércoles, el embajador español en La Habana, Juan Fernández Trigo, declaraba que ni España ni Europa aceptarían medidas extraterritoriales. Ese mismo día Trump anunciaba que tenía un plan B, C, D, E y F para Venezuela, y el jueves el canciller cubano, Bruno Rodríguez, advertía de movimientos de tropas norteamericanas en la región como preludio de una invasión.
“Los tiempos de la Guerra Fría han vuelto”. Lo decía un importante socio extranjero de La Habana, tras señalar que hoy la economía cubana está más preparada que antes para asumir el impacto de un cambio abrupto en Venezuela, aunque el golpe sería muy duro. “Sesenta años después del triunfo de la revolución, Cuba ha demostrado que tiene un máster en supervivencia, pero la situación es inédita”.
Es cierto. Ya no está Chávez. Ni Fidel. Ni Obama.
Y la sociedad cubana está cambiando. Y habrá que ver ahora qué llama alumbra.
Graham Greene ha hecho en La Habana una escala de veinte horas, a la cual le han dado toda clase de interpretaciones los corresponsales locales de la Prensa extranjera. No era para menos: llegó en un avión ejecutivo del Gobierno de Nicaragua acompañado por José de Jesús Martínez, un poeta y profesor de matemáticas panameño que fue uno de los hombres más cercanos al general Omar Torrijos, y fueron recibidos en el aeropuerto por funcionarios del protocolo dentro de la mayor discreción, de modo que ningún periodista se enteró de esa visita sino después de que había terminado. Fueron conducidos a una casa de visitantes distinguidos reservada, en general, para los jefes de Estado de países amigos, y pusieron a su disposición un solemne Mercedes Benz negro de los que sólo se usaron durante la sexta reunión cumbre de los países no alineados, hace cuatro años. No lo necesitaban, en realidad, pues no salieron de la casa, donde los visitaron algunos viejos amigos cubanos, que se enteraron de la noticia porque el mismo escritor la hizo saber. El pintor René Portacerrero, que es su amigo desde los tiempos en que Graham Greene pasó por aquí para estudiar el ambiente de Nuestro hombre en La Habana, recibió el recado demasiado tarde y cuando llegó a la visita el escritor ya se había marchado por donde vino. Apenas si comió una vez en aquellas veinte horas, picando un poco de todo como un pajarito mojado, pero se tomó en la mesa una botella de buen vino tinto español y durante su estancia fugaz se consumieron en la casa seis botellas de whisky.Cuando se fue, nos dejó la rara impresión de que ni él mismo supo a qué vino, como sólo podría ocurrirle a uno de esos personajes de sus novelas, atormentados por la incertidumbre de Dios.Pasé por su casa dos horas después de la llegada, porque me hizo llamar por teléfono tan pronto como supo que estaba en la ciudad, y esto me produjo una muy grande alegría, no sólo por la antigua e inagotable admiración que le tengo como escritor y como ser humano, sino porque habían pasado muchos años desde la última vez en que nos vimos. Había sido -como él mismo lo recordaba- cuando ambos viajamos a Washington en la delegación panameña a la firma de, los tratados del canal. Algunos periódicos especularon entonces que la invitación había sido una maniobra de Torrijos para adornar su delegación con los nombres de dos escritores famosos que nada tenían que ver con aquella fiesta. En realidad, ambos habíamos tenido que ver con las negociaciones del tratado mucho más de lo que suponía la Prensa, pero no fue ni por aquello ni por esto por lo que el general Torrijos nos invitó a acompañarlo a Washington, sino porque no pudo resistir a la tentación de hacerle una burla cordial a su amigo el presidente Jimmy Carter. El caso es que a Graham Greene y a mí -como a tantos otros escritores y artistas de este mundo- se nos tiene prohibida la entrada a Estados Unidos desde hace muchos años por razones que ni los propios presidentes han podido explicar nunca, y el general Torrijos se había empeñado en resolvernos el problema. Les planteó el asunto a muchos de los funcionarios de alto rango que lo visitaron por aquellos tiempos, y por último lo llevó hasta el propio presidente Carter, quien le manifestó su sorpresa y prometió resolverlo a la mayor brevedad, pero se le acabó el tiempo de su poder antes de dar una respuesta. Cuando estaba integrando la delegación para ir a Washington, a Torrijos se le ocurrió la idea de meternos de contrabando en Estados Unidos a Graham, Greene y a mí. Era una obsesión: poco antes, le había propuesto, a Greene que se disfrazara de coronel de la Guardia Nacional, fuera a Washingyton en misión especial ante el presidente Carter, sólo por hacerle a éste una de sus bromas habituales. Pero Graham Greene, que es más serio de lo que pudiera parecer por algunos de sus libros, no quiso prestar su cuerpo glorioso para un episodio que, sin duda, hubiera sido uno de los más divertidos para sus memorias. Sin embargo, cuando el general Torrijos nos propuso asistir a la ceremonia de los tratados con nuestras identidades propias pero con pasaportes oficiales panameños e integrados a la delegación de ese país, ambos aceptamos con un cierto regocijo infantil. De modo que llegamos juntos a la base militar Andrews. Ambos con pantalones de vaqueros y camisas de mezclilla en medio de una delegación de caribes vestidos de negro y aturdidos por el estampido de veintiún cañonazos de júbilo y las notas marciales del himno norteamericano, que parecían formar parte de la burla. Consciente de la carga literaria del momento, Graham Greene me dijo al oído cuando bajábamos por la escalerilla del avión: "Dios mío, qué cosas las que le suceden a Estados Unidos", el propio Carter no pudo menos que reír con sus dientes luminosos de anuncio de televisión cuando el general Torrijos le contó su travesura.
En la isla hubo un intento, una esperanza y una pretensión que no deben olvidarse. Pero el sueño que encarnó la llegada de Fidel Castro al poder hace 60 años agoniza sin remedio
Muchos extranjeros han comprado propiedades a nombre de cubanos en los últimos años en La Habana porque aún no está permitido que lo hagan por sí mismos. Los precios se han multiplicado. En el barrio del Vedado abundan las mansiones y departamentos en restauración. En la zona de Miramar existen pubs donde los únicos negros que hay adentro son los guardias de seguridad: tipos grandes y macizos como los que custodian las discotecas neoyorquinas o parisienses. Meses atrás fui a uno de esos —el Mio & Tuyo—, y cuando quise llegar al área donde se encontraban las mujeres más admirables, uno de esos porteros me detuvo poniendo su brazo en mi hombro: “De aquí para allá es vip”, me dijo. “Para pasar debes comprar una botella de whisky Chivas Regal o ser socio del club”, agregó. Y yo pensé: terminó la revolución.
Un ensayo sobre la isla constata que aquella utopía de una sociedad sin clases donde los ciudadanos produzcan lo que puedan y reciban lo que necesitan quedó archivada
El 8 de enero de 1959 Fidel Castro entró en La Habana; a medianoche dio un discurso ante miles de personas y en medio del éxtasis general una paloma blanca revoloteó en torno a su cabeza y se posó en su hombro derecho. “El Espíritu Santo iniciaba una epifanía posándose sobre Fidel”, diría después el sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal. Seis décadas después, la magia ha desaparecido de Cuba y la mayor parte de los ciudadanos de la isla caribeña asume que aquella revolución ha muerto, aunque se resistan a enterrarla.
Moisés Naím es hoy uno de los más rigurosos e influyentes analistas venezolanos. Sus columnas semanales son publicadas por un gran número de diarios de todo el mundo. En ellas interpreta la realidad. Sin embargo, para él, como para la mayoría de sus compatriotas, la situación de su país se salió de toda lógica, tanto que lo llevó a un intento tan inédito como sorprendente: explicarla a través de la ficción. Por eso vino a la XIV edición del Hay Festival en Cartagena para presentar su novela Dos espías en Caracas.