![]() |
| José Antonio Ramos Sucre |
Tomás Eloy Martinez
EL CÓNSUL
Ahora el insomnio se había instalado en su cuerpo con un sentido de la propiedad tan vigoroso que ya el Cónsul no sabía reconocer las cosas sino a través de aquel intruso. Cada vez que abría un libro, el insomnio estaba allí, adelantándose a las letras y llevándolas a un horizonte donde él, José Antonio Ramos Sucre, nunca podía leerlas.
Se asomó a las ventanas del Consulado, en la rue du Rhône, y humedeció con la lengua, distraído, el sobre de la última carta que había escrito. A la señorita Dolores Emilia Madriz —su prima—, en Cumaná, Venezuela: “Todavía me afeito diariamente. Apenas leo: descubro en mí un cambio radical en el carácter. Pasado mañana cumplo cuarenta años y hace dos que no escribo una línea”.
