«JilI Bioskop, periodista del futuro, envía con ayuda de un scriptwalker, (máquina de escribir transtemporal) despachos que van a parar a los telescriptores de LIBE RATION. Pero, poco a poco, su vida personal se va deshaciendo y pierde toda noción de realidad, deriva de Londres a Berlín, en medio de decorados de bunkers y hormigón, envuelta en algo que se parece terriblemente a una pesadilla.» LA MUJER TRAMPA fue la segunda parte de una trilogía que comenzó con LA FERIA DE LOS INMORTALES. Enki Bilal en este álbum incorporó nuevas experiencias gráficas, como la fotografía pintada, que utilizara anteriormente en su libro con Pierre Christin LOS ANGELES-L’étoile oubliée de Laurie Bloom.
Quentin Blake es uno de los mejores ilustradores infantiles y más reconocidos y queridos del mundo, especialmente por su colaboración con el autor británico Roald Dahl. Su estilo único, caracterizado por líneas sueltas y expresivas, ha dado vida a innumerables personajes que han cautivado a generaciones de lectores. Entre sus obras más icónicas se encuentra la ilustración de *Matilda*, una de las novelas más populares de Dahl. Este post explora la vida de Quentin Blake, su estilo de ilustración, y cómo sus ilustraciones para *Matilda* han dejado una huella imborrable en la literatura infantil.
Jon Klassen, el Ilustrador Infantil del Humor y Minimalismo
Estefanía Córdoba | Ilustración Infantil |
La ilustración infantil ha evolucionado a lo largo de los años, integrando diferentes estilos artísticos y enfoques narrativos para capturar la atención de los lectores más jóvenes. Entre los ilustradores contemporáneos que han redefinido este campo, Jon Klassen ocupa un lugar destacado. Su estilo minimalista y su humor seco han dado vida a una serie de obras que son tanto visualmente atractivas como narrativamente ingeniosas.
Alfredo Cáceres (nacido en 1983) es un prominente y exitoso ilustrador y autir chileno contemporáneo conocido por un estilo de arte oscuro, misterioso y narrativo arraigado en el misterio y el folclore.
Erik Satie, una vida musical para ser contada y dibujada
Pablo Gallo se adentra en un libro en la biografía y en la obra del compositor que renovó la música
Víctor Fernández
8 de diciembre de 2025
Nombrar a Erik Satie es hacer referencia a uno de los grandes compositores de todos los tiempos, alguien que hizo con la música lo que hizo, en ese mismo tiempo, Picasso con la pintura. Su vida fue tan fascinante como lo es el conjunto de su producción musical y merece ser conocida e, incluso, dibujada. Eso es lo que nos propone en un apasionante libro el artista y escritor Pablo Gallo con un título que es toda una declaración de intenciones: «Las mil caras de Erik Satie», editado por Sans Sleil Ediciones.
Mi obra explora las cualidades estructurales del color, utilizando la luz y el volumen para crear una atmósfera indeleble que mantiene al espectador en un estado constante de indagación. Las escenas que pinto son enigmáticas, a veces líricas, a veces inquietantes. Estas imágenes están hechas para plantear preguntas, no para responderlas. Mi objetivo es crear un diálogo con el espectador, un punto de partida para una aventura que cada uno experimenta de forma diferente. - Miles Hyman, 2024
Artista gráfico, cartelista, pintor. En 1952 comenzó a trabajar como artista en el cine Khudozhestvenny de Moscú. En 1954 ingresó en el departamento de arte del Instituto Estatal de Cinematografía y en 1955 comenzó en la editorial Reklamfilm. Autor de numerosos carteles de cine ("Somos niños prodigios" 1960, "El matrimonio de Balzaminov" 1965, "Dos camaradas servidos", "El becerro de oro" 1968), realizó varios carteles publicitarios comerciales ("Al comprador: ¡un alto nivel de servicio!" 1982). Creó carteles sobre temas políticos y sociales ("Nadie es olvidado, nada es olvidado", 1967), diseñó e ilustró libros. Uno de los éxitos creativos más significativos del artista fue su serie de carteles para la película de A. Zarkhi basada en la novela de León Tolstói "Anna Karenina" (1967). Trabajó en el taller de arte para la propaganda visual AGITPLAKAT, creando carteles sobre temas agrícolas y sociopolíticos. Los carteles de Yuri Valentinovich Zarev se encuentran en las colecciones de la Biblioteca Estatal Rusa, el Museo Estatal Central de Cine, el Museo Estatal de Historia Política de Rusia, el Museo Estatal de Historia de San Petersburgo, el Museo Regional de Costumbres Locales de Volgogrado (VOKM), el Museo Regional de Costumbres Locales de Voronezh, el Museo-Reserva Estatal Vladimir-Suzdal, el Museo Estatal de Historia y Costumbres Locales de Ivanovo que lleva el nombre de DG Burylin, el Museo-Reserva Unido de Vyborg, el Museo-Reserva Estatal de Stavropol, el Museo-Reserva Histórico-Arquitectónico y de Arte de Yaroslavl, el Museo Municipal de Costumbres Locales de Komsomolsk-on-Amur, el Complejo de Museos Históricos y de Arte de Nefteyugansk, y en colecciones privadas rusas.
Joan Mundet, el artista catalán, cumple 25 años ilustrando las novelas de Alatriste: «Arturo dice que le sorprendo»
Joan Mundet vuelve al universo del capitán con 'Misión en París', que se suma a sus tres nuevos cómics
El capitán Alatriste Ilustración de Joan Mundet
«No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente». Así arrancaba la primera entrega de Las aventuras del capitán Alatriste, un universo que el ilustrador y guionista Joan Mundet conoce muy bien. Desde el año 2000, este dibujante de Castellar del Vallès (Barcelona) es el responsable de ilustrar los lances y refriegas del célebre personaje creado por Arturo Pérez-Reverte.
Luego de casi 40 años de darle vida a Chigüiro, uno de los personajes más queridos de la literatura infantil latinoamericana, el ilustrador y escritor bogotano viajó a las sabanas inundables de Casanare para conocer por primera vez al animal que inspiró su obra.
María Camila Peña
15 de junio de 2024
La única referencia que Ivar da Coll tuvo al crear su personaje Chigüiro fue una pequeña fotografía de los Llanos, que encontró en el archivo de la Biblioteca Nacional de Bogotá. Era 1985, internet aun no existía y, como ahora, poco se sabía sobre la biodiversidad de las sabanas de la Orinoquia. Esta imagen, sin embargo, fue suficiente en la mente del ilustrador y autor bogotano —de padre italiano y madre colombo-sueca— para imaginarse todo un universo en el que este tierno y peludo animal les enseñara a los pequeños, mediante las imágenes y expresiones como principal recurso, un mundo en el que la solidaridad existe entre los seres vivos.
La semana pasada llegaron las pruebas de Querida Lucy, con las ilustraciones de Henry González, y murió Ramiro. El viernes las bajé a una memoria, con El burro de Juan, y fui donde Mary a sacar las copias. La impresora mía requiere mantenimiento y la relación con mi antigua secretaria, Alejandra, no anda muy bien. De modo que si necesito algo tengo que salir de casa.
Mientras Mary hacía su trabajo, en un nuevo local pero en la misma cuadra, fui a almorzar donde Darío. Salgo poco, como si continuáramos en la pandemia, y prefiero cocinar. Pero tenía las fotocopias pendientes y decidí matar dos pájaros de un tiro. No puedo trabajar en pantalla. No me siento cómodo. Nunca di del todo el salto del papel y la tinta a la pantalla. Unos ojos azules, muy bellos, me miraron con especial dedicación. Tal vez fue una mujer rubia el siglo pasado. Ahora su cabello resplandece de tan blanco. Usa bastón y está más cerca de los ochenta que de los setenta. Tal vez fue muy hermosa. Ahora es una mujer vieja, gorda y sola. Me pregunto si me vio de la misma manera, con los mismos adjetivos. La puta vejez, destino de los sobrevivientes. Me senté a comer. La mujer se fue con su almuerzo en la mano, pero tuvo la gentileza de despedirse.
Cuando volví donde Mary solo estaba lista la fotocopia de Querida Lucy y, mientras esperaba la otra, llegó Juana a imprimir unos documentos para sus alumnos. Hacía años que no nos veíamos. Desde que me abandonó. Era estudiante en ese entonces. Fue un encuentro plácido, lleno de bromas. Trabaja en Cúcuta, Pamplona y Bucara. Le va bien. La semana pasada, buscando la clave de uno de mis correos o de otro sitio virtual, encontré su número y le escribí. Me respondió pero no quedamos en nada. Tampoco ahora, pero ha sido un placer vernos.
Tengo la rutina de leer tres veces, con lapicero en mano, tanto las pruebas como cada versión impresa de todos mis textos. Esta vez exagero con cinco. La lectura del sábado me conmovió. Vi Querida Lucy de otra manera y hasta pensé que se trata de uno de los mejores libros que he escrito. Qué herida Lucy. Y el dolor de la ausencia. Han sido muy acertados los cambios de estos dos o tres años. La presencia de Ana Ochoa le restó peso al libro con su humor y sus vacas. No se dice en el libro, pero a Lucy le hacía falta una amiga. No encontré una sola errata.
Así que he dedicado cinco días a la revisión de las cien páginas de Querida Lucy, y aún falta escribir el informe. Hice cinco lentas y minuciosas revisiones con lápiz en mano, es decir, leí quinientas páginas, desde la madrugada hasta casi el mediodía. Más o menos. ¿Y todo para qué? El paginaje sigue tal cual. Como se trata de las últimas pruebas debía mantener la diagramación intacta. Sólo modifiqué tres oraciones y añadí otras tres en tres de las nueve historias que conforman el libro. Seis oraciones en cinco días de trabajo. Madre mía, estoy peor que Flaubert.
Ya no tengo la lucidez suficiente debido al cansancio de la jornada y debo dejar el informe para mañana en la madrugada. Nunca decido nada importante en las tardes. Ha sido un día de trabajo muy bueno: subí entradas a los blogs de madrugada y, después de revisar las pruebas una vez más, pagué en el banco los derechos de la edición de Caperucita y otras historias perversas que hizo para SM María Fernanda Paz-Castillo, ahora dueña y señora de la premiada Cataplum, y que tan sabiamente ilustró Mateo Pivano. Me encanta esta edición. Es la misma que ya se está vendiendo en México, y que pienso negociar para Colombia en la Filbo que comienza en unos días.
Querida Lucy es producto de tres etapas. Cuatro historias son de los noventa, cuando andaba con la Lucy de carne y hueso precisamente, y otras cuatro del 2000. Y la última, “Edipo y yo”, de hace dos o tres años. En la pandemia escribí para Cataplum un libro sobre el burro de Esopo, y otro sobre la zorra. El impulso alcanzó para otro cuento, un enfrentamiento más cercano con este personaje extraordinario. Tal vez lo retome en una historia más larga y detallada. En Querida Lucy, Edipo es un vividor que lee la mano y se aprovecha de la fascinación ajena. No ha escrito un solo libro pero todos se mueren por oír sus historias.
El burro de Juan está en una etapa anterior. Henry González, que también y tan bien ilustró este libro, dice que quiere trabajarlo un poco más. Creo que debo acortar algunos diálogos. Como voy a la Filbo, aprovecharemos para rematarlo juntos. Este “rematar” nos hace ver como un par de sicarios. Imagino a Henry riéndose. Es mejor decir “para dar por terminado” o “para concluir”, que me parecen soluciones sin fuerza pero evitan el equívoco. El lenguaje, un territorio de cuchillos, sobre todo en estos tiempos.
***
Hace tres días murió Ramiro, mi hermano, la oveja negra. Nos tratábamos cuando era niño. Su vida delictiva comenzó pronto. En una de sus salidas de la cárcel fue hasta el lejano barrio donde vivíamos y le pegó un tiro al hijo del dueño de la casa. Tuvimos que trastearnos de inmediato. Un tipo muy peligroso. En la cárcel le decían el Cacique. Una vez que llegué a la casa de mi madre lo encontré golpeando a una de mis hermanas. Fue un momento muy tenso. Donde diga o haga algo me hubiera caído encima y tal vez no estaría vivo. Lo vi con un cuchillo en la mano. Parece que me lo hubiera inventado, pero el detalle del cuchillo es la parte más nítida. No puedo recordar la casa ni el vestido de mi hermana, pero sí la mano que empuñaba el cuchillo. No lo usó contra mi hermana pero en su cara se veía que conmigo lo haría. Me retiré con el rabo entre las piernas, sin decir una sola palabra.
Fuimos amigos de niños. Entre su nacimiento y el mío hay cuatro mujeres. ¿O cinco? Alguna vez fuimos a recorrer el monte y nos extraviamos en el bosque. Decidimos pasar la noche de cualquier manera pero nos espantó el frío. Apenas continuamos me desboqué a un abismo. Di un giro completo y caí sobre el morral asegurado en mi espalda. Lo terrible es que en el morral llevaba una piedra grande que me había parecido muy bonita y que por poco me mata. Me quedé sin aire. Fui al más allá, no me gustó y regresé. Ramiro bajó como pudo y me acompañó hasta que tuve fuerzas para levantarme. Seguimos avanzando en la oscuridad, siguiendo la grieta donde tal vez estuvo un río, hasta que vimos un resplandor al otro lado de la montaña, y hacia allá nos dirigimos. Eran las luces de Pamplona.
Alguna vez me escribió desde la cárcel porque se había reconocido en un libro mío. Y no se equivocó. Él es el hermano malvado de mis ficciones. El mismo que galopa caballos ajenos en los potreros de la noche. Dejé sin respuesta su mensaje.
Luego del funeral de mi madre quiso acercarse, pero no me pareció. Estábamos todos en el atrio de la iglesia del Señor de la Humildad cuando hizo el gesto, reforzado por la frase de una sobrina. Respondí con otro gesto y una de mis hermanas, seguramente Nelly, me apoyó. Si yo no quería ninguna reconciliación, estaba bien. Todos los demás lo perdonaron, pero siguió en las andadas. Darío y Jaime le hicieron un sitio en el taller de herrería y terminó robándoles la herramienta. Nadie lo vio en el acto, pero todas las sospechas recayeron sobre él. Luego se fue y hasta mi padre se mostró aliviado. Su compañía solo representaba problemas. En alguna ocasión estuvo tratando de convencer a Álvaro para que lo acompañara en una de sus fechorías. Su papel era manejar un camión. Mi hermano tuvo el buen juicio de rechazar el ofrecimiento. Por eso entonces estuvo implicado en un secuestro que no prosperó. No sé si pagó cárcel por eso. Lo único que supe es que se le cayó la vuelta.
En fin, una vida desperdiciada y uno de los mayores dolores de mi madre. Jaime dice que nuestro padre no lo reprendió. Que se hizo el de la vista gorda cuando empezó a aparecer con cosas robadas. Mi padre era el único que lo visitaba en la cárcel.
Tenía otra versión. “¿Cuándo les llegué con una panela robada?”, nos dijo una vez nuestro padre, borracho, acosado por los remordimientos. Le respondimos que la culpa no era suya, por supuesto.
Fue René quien me dijo hace un par de semanas que Ramiro estaba muy enfermo. Que, al parecer, no la libraba. Llamé a Jaime a Milán para preguntarle qué sabía pero no tenía ni idea. Ni él ni Darío ni yo teníamos trato alguno con Ramiro. Y fue Jaime quien me escribió, ahora desde las Islas Canarias, para contarme que Ramiro había muerto.
Dicen que no hay muerto malo, pero no lo creo. Ramiro fue una mala persona y la muerte no cambia nada. No borra los hechos. Lo que pasa es que no es muy elegante hablar mal del difunto. Deja un montón de hijos de distintas mujeres. Nunca respondió por ninguno.
Pregunté a Jaime por el funeral y me contó que decidieron cremarlo. Creo que desde la pandemia hay un protocolo con las enfermedades respiratorias. ¿Qué van a hacer con las cenizas? Nadie me ha dicho nada. Jaime precisó que ingresó al hospital por una neumonía y René supo que si salía con vida tendría que valerse de una bala de oxígeno. Entonces le descubrieron el cáncer en el pulmón y se acabó el cuento de mi hermano en esta tierra de nadie.
Me encanta de Jean-Jacques Sempé su línea, esa manera de dibujar tan fácil, en apariencia. Uno piensa, viendo su trabajo, que dibujar es natural como respirar. Me encanta su color, tan simple y eficaz. Y me encanta su humor, por supuesto.No hay duda de que Sempé trabaja rápido y mucho tiempo. Dibuja multitudes, muchedumbres, dibuja estadios, edificios, ciudades. Sus personajes, pequeños y frágiles, se ven extraviados en semejantes paisajes urbanos, superados por una aplastante realidad. Nada es fácil, todo se complica. Sempé nació en Burdeos en 1932. Estos son sus títulos: El pequeño Nicolás (junto con Goscinny, 1960), Nada es sencillo (1962), Todo se complica (1962), La ascensión del señor Lambert (1974) y De madrugada (1983)
El ilustrador francés Jean-Jacques Sempé, crítico afilado del mundo en el que vive, regresa a las librerías españolas con 'Marcelín'
Alex Vicente 16 de mayo de 2016
La suya es una silueta oronda e impecablemente vestida que inhala con vehemencia su cigarrillo electrónico: tuvo que dejar de fumar hace algunos meses por los achaques de la edad. A punto de cumplir 84 años, Sempé aparece sentado en un rincón del pequeño espacio que su galerista tiene en Saint-Germain, el barrio parisiense donde ha transcurrido buena parte de su existencia, donde cuenta con Catherine Deneuve y Patrick Modiano como vecinos más ilustres. Gran figura del dibujo del último siglo, autor de centenares de viñetas entrañables pero increíblemente afiladas, Sempé obtuvo la fama en los sesenta ilustrando El pequeño Nicolás, de René Goscinny.
Desde entonces, se ha pasado media vida diseccionando las ridículas costumbres del tiempo que le ha tocado vivir, trazando a oficinistas deprimidos, esforzados ciclistas, músicos sin la partitura aprendida, astronautas polígamos y otros hombrecillos con diversas inquietudes metafísicas (además de numerosos gatos, en un gesto de inaudita modernidad). Responsable de una treintena de álbumes y de un centenar de codiciadas portadas de The New Yorker, Sempé regresa a las librerías españolas con Marcelín, uno de sus volúmenes de los sesenta, que ahora recupera Blackie Books.
PREGUNTA. Su biografía empieza con una recompensa: ganó un premio al bebé más guapo de Burdeos, su ciudad natal.
RESPUESTA. Vaya a saber qué quería decir eso en aquella época. Debía ser el bebé más gordo, porque entonces un bebé tenía que rebosar por todas partes…
P. ¿A qué se dedicaban sus padres?
R. Tuvieron vidas difíciles. Hicieron lo que pudieron. Mi padre adoptivo, Monsieur Sempé, era representante comercial. Vendía latas de conserva. Mi madre cosía y limpiaba. No tenían nada, lo que comportaba muchas peleas, entre ellos y contra mí.
P. Usted fue hijo ilegítimo. ¿Nunca supo nada de su padre biológico?
R. Nunca quise saber. No quería poner a nadie en aprietos. No deseaba presentarme en casa de una familia bien asentada y preguntar: “¿Vive aquí mi padre?”. No, nunca lo fui a buscar. Hubiera sido un jaleo.
P. ¿Cómo llegó al dibujo?
R. Era más fácil encontrar un folio y un lápiz que un avión o un piano Steinway, por citar mis demás pasiones. En realidad, estaba loco por la música. Especialmente por el jazz, que ha sido la música del siglo XX. Hubiera hecho cualquier trabajo, pero todo el mundo me rechazó.
P. ¿Cuál fue su primer dibujo publicado?
R. No quiero hablar de él. Lo publiqué a los 18 años en Sud-Ouest, el diario de Burdeos. Era una catástrofe. Si me lo publicaron fue por pura amabilidad, tal vez esperando que algún día lograra hacer algo digno.
P. Se le suele tratar de nostálgico. ¿Qué hay de cierto?
R. Es verdad. Hay varias cosas que echo de menos. El papel, las plumas y la tinta que ya casi no se fabrican. O la Francia de otro tiempo, un país agradable y campechano que ha desaparecido. Ahora ya no hay sentimientos…
“La amistad es algo maravilloso, pero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos. A excepción de la barbarie”
P. ¿En qué sentido?
R. La vida se ha vuelto muy dura. Solo consiste en trabajar y consumir. Todo va a una gran velocidad. Los pueblos se expanden y los países se entremezclan. Es una sociedad violenta, en la que cuesta hacerse un lugar. Los fuertes aplastan a los débiles y ya casi no existe la piedad. Lo llevo mal, porque esa brutalidad no me gusta.
P. Siempre ha sido un gran defensor de la bondad.
R. Pienso lo mismo que Vasili Grossman, el autor de Vida y destino. Tuvo una existencia infernal, pero al final de su libro afirma: “Solo creo en la bondad”. Yo diría lo mismo.
P. En Francia se le suele tildar de moralista. ¿Se lo toma como un insulto?
R. No sé qué querrán decir con eso…
P. Tal vez que sigue creyendo en el bien y en el mal.
R. Es así, por desgracia. Ya no está muy de moda ser así. Es como de otro tiempo.
P. ¿Es conservador?
R. No entiendo cuál es la relación. A uno le puede gustar la música clásica o la arquitectura del siglo XVII sin ser un retrógrado, ¿verdad? Pues con este tema sucede lo mismo…
P. ¿Usted vota?
R. Claro, pero no le voy a decir por quién. De eso no hablo.
P. ¿Qué es para usted dibujar?
R. Es un oficio que parece sencillo, pero no lo es. Es como cuando veo a los trapecistas de un circo. Me digo que lo que hacen es muy fácil, pero si decidiera subirme al trapecio me daría un tortazo importante. Con el dibujo sucede exactamente lo mismo.
P. ¿Cree en la inspiración?
R. Solo cuando llega. Cuando no llega, dejo de creer en ella.
P. ¿Qué hace cuando no llega?
R. En realidad, solo cuenta el trabajo, por mucho que me fastidie. La inspiración hay que ir a buscarla.
P. ¿Le ayuda observar la vida de sus semejantes?
R. Darme un paseo por mi barrio me ayuda a vivir y, por consiguiente, a dibujar. Pero no existe una relación directa. Nunca me he nutrido de mi biografía. En realidad, no puedo contarle cómo funciona, porque no tengo la menor idea. Es un misterio bastante desesperante. Si alguien le da la receta, dígale que me llame.
P. ¿Qué ha aprendido en estos 50 años largos de carrera?
R. Que soy más tonto de lo que creía. Que soy torpe, perezoso y desordenado. Que soy un hombre aturdido.
P. ¿Sigue dibujando?
R. Sí, pero ya no todos los días. Me resulta extraño, porque antes lo hacía sin parar. Ahora soy un hombre viejo. Me siento cansado. Ya ni puedo ir en bicicleta, una de mis grandes pasiones, porque se me estropeó una pierna tras un accidente vascular…
“La caricatura política no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco”
P. ¿Por qué no le gusta la palabra obra?
R. Resulta demasiado pretenciosa. En el fondo, usted y yo no dejamos de ser personas corrientes. Cuando veo a un tipo que habla de su obra como si fuera La Gioconda, me entra la risa.
P. Es por modestia, entonces.
R. No, más bien por un deseo de ser preciso respecto a lo que pienso de mi trabajo. Llamarlo trabajo, oficio o incluso curro me parece bien. Cualificarlo de obra, no.
P. ¿Firmar su primera portada para The New Yorker fue uno de los grandes orgullos de su vida?
R. Fue un enorme placer, se lo confieso. Pero no me haga describírsela; mejor se la enseño… [abre un libro que contiene el dibujo: un oficinista con cuerpo de pájaro que duda en salir volando por la ventana]. Este buen hombre podría escapar, porque lo tiene todo para poder hacerlo, pero no se decide. Esa es la condición de muchos seres humanos.
P. ¿Todos somos prisioneros?
R. Eso parece. Tanto si hemos elegido nuestra vida como si no. Pero no me haga hablar de estas cosas. Mejor pregúnteselo a Nietzsche o a Pascal.
P. Ya, pero están muertos.
R. Ah. Por eso nunca responden cuando los llamo.
P. ¿Diría que la amistad ha sido su tema principal?
R. Nunca fui consciente de ello. A fuerza de escucharlo, un día me puse a mirar mis dibujos y me di cuenta de que era verdad. Me parece un elemento muy importante en la vida. La amistad es algo maravilloso, a la vez que extraordinariamente difícil…
P. ¿La considera efímera?
R. No, la considero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos, a excepción de la barbarie.
P. ¿La amistad sustituyó a los afectos que no tuvo de niño?
R. Sí, sin lugar a dudas. Le contaré otra anécdota: mi músico favorito, Duke Ellington, que es un hombre que logró todas las recompensas y sedujo a todas las mujeres que uno pueda imaginar, solía decir, al final de su vida, que lo que había contado más era encontrarse en los brazos de su madre cuando era pequeño…
P. ¿Por qué nunca le interesó la caricatura política, tan de moda en la Francia de los sesenta y setenta?
R. Porque no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco, y en la caricatura política solo suele haber buenos y malos. La realidad es más complicada, a no ser que aparezcan Hitler, Stalin o Mao. A mí me gustaban esos estadounidenses de origen judío centroeuropeo, como Chas Adams o Saul Steinberg, que practicaban el arte de la lítote, esa figura retórica que consiste en decir poco y expresar mucho.
P. ¿Qué relación mantuvo con sus compañeros de revistas satíricas como Le Canard Enchaîné o Charlie Hebdo?
R. Éramos colegas. Debutamos a la vez, pero nunca nos llevamos bien. Éramos demasiado distintos…
P. ¿Ideológicamente?
R. No, yo diría que más bien biológicamente [risas].
P. ¿Cómo fue trabajar con René Goscinny, con quien creó El pequeño Nicolás?
R. Lo conocí a los 20 años. No le puedo explicar por qué nos caímos tan bien. Sería como detener a una pareja por la calle y preguntarles: “¿Por qué se aman? ¿Qué le encuentra usted a este tipo?”. Es imposible describirlo…
Sempé se ríe con sutileza de cierta masculinidad en este libro ilustrado para adultos publicado en Francia en 1965
TEREIXA CONSTENLA
Pocos como Jean-Jacques Sempé (Burdeos, 1932) redondean una atmósfera con trazos inacabados. El señor Lambert, que se publicó originalmente en Francia en 1965, había permanecido inédito en España hasta ahora que la editorial Blackie Books está recuperando los trabajos para adultos del dibujante de El pequeño Nicolás. Con las minúsculas herramientas de un lápiz, un esbozo y una cháchara, Sempé logra que El señor Lambert ofrezca un retrato costumbrista del bistró económico, un apunte sociológico de la masculinidad del francés medio de los años sesenta y una minitragicomedia. Su ironía afilada e ingenua nada tienen que ver con la sal gruesa del espíritu de Charlie Hebdo. Sempé saca punta al mundo con un deje melancólico.