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viernes, 25 de abril de 2025

Jorge Ibargüengoitia / Ropa usada

Jorge Ibargüengoitia

Jorge ibargüengoitia
ROPA USADA

Lunes. Vamos al tianguis de Celaya a comprar ropa usada. Los que la  venden, yo creo, la han de comprar por tonelada cerca de la frontera y luego, ya en el interior de la República, la ponen sobre el suelo en montones y venden camisas de Pierre Cardin en veinte pesos, pantalones Prince of Wales en catorce, y usan las corbatas para amarrar los toldos del puesto. Los que la compran son los más pobres de la región: gente que se levanta al alba, se pone camisa y pantalones que en su primera fase costaron unos cien dólares y se va a cargar el rastrojo para darles de almorzar a los bueyes. 

***

Jueves. Noche de conferencia. El Departamento de Literatura tiene una manera peculiar de hacer las cosas: anuncia la conferencia a las ocho y media, a mí me ofrecen recogerme a diez para las ocho. A las ocho y veinte, después de tomarme dos whiskies fingiendo estar en calma, salgo a la calle a buscar un taxi. Entre las ocho y media y las nueve llegan a mi casa tres encargados de recogerme y encuentran que ya me fui. Mientras tanto yo he llegado al museo Carrillo Gil, me he quitado la chamarra y, luciendo una de las camisas que compré en Celaya, he sido presentado al público por un joven que sabe mi nombre pero no los títulos de mis obras.

***

El salón, sin estar a reventar, está lleno; el público está compuesto en su gran mayoría por menores de 25 años o por mayores de 60. En la primera fila hay una señorita de 35 años con su mamá, en la cuarta, un señor verde limón, que evidentemente me aborrece, en la quinta, a la izquierda, un joven que cree que lo que voy a decir es tan chistoso que empieza a reírse antes de que yo me siente.


domingo, 27 de junio de 2021

El vuelo maldito de los escritores


Tareas de rescate de cuerpos de víctimas junto a los restos del Boeing de Avianca que se estrelló en Mejorada del Campo en 1983. 


El vuelo maldito de los escritores

Jorge Ibargüengoitia y otros literatos murieron en el accidente aéreo de Mejorada del Campo, hace ahora 35 años


Arturo Lezcano
20 de diciembre de 2018


Jorge Ibargüengoitia salió de su casa en París, abrió la puerta del taxi y miró hacia el balcón para despedirse de su esposa. El escritor mexicano iba a tomar un vuelo a Bogotá, con escalas en Madrid y Caracas. Era 26 de noviembre de 1983. A esa misma hora también partían hacia el aeropuerto Charles de Gaulle otros literatos latinoamericanos: el peruano Manuel Scorza, la argentina Marta Traba y su marido, el uruguayo Ángel Rama. A ellos se les sumaba la pianista catalana Rosa Sabater. Un mismo motivo los subía a ese avión rumbo a Colombia: el I Encuentro de la Cultura ­Hispanoamericana. Nunca llegarían. Tras hora y media de vuelo, en el descenso hacia Barajas, el vuelo 011 de Avianca, un Jumbo bautizado como Olafo, se precipitó sobre las lomas de Mejorada del Campo. Murieron 181 personas. Solo 11 sobrevivieron.

Juan García Ponce / Jorge Ibargüengoitia





Jorge Ibargüengoitia
Por Juan García Ponce

      Jorge Ibargüengoitia fue mi jefe cuando lo conocí. Para explicar esto, hay que hacer un poco de su historia personal en la que yo no participo. Él y Manuel Felguérez, amigos desde siempre, habían estudiado en el Colegio México con los hermanos maristas y la preparatoria en el que entonces se llamaba Colegio Francés Morales y que después fue el Centro Universitario México. Tiempos legendarios de la amistad de Jorge y Manuel. Jorge lo ha narrado muy sabrosamente en una entrevista a Manuel en la Revista Mexicana de Literatura, dirigida en aquel entonces por Carlos Fuentes, Emmanuel Carballo y Tomás Segovia, y en varios de sus cuentos. Jorge y Manuel eran boy scouts en el no menos legendario GrupoIII. Sin soñar en que algún día lo conocería personalmente, había visto en la revista Escultismo una fotografía de Manuel con uniforme de boy scout y el título “Scout Especialista en Especialidades”. Las especialidades eran unos triangulitos honoríficos de distintos colores, según el tema al que se refirieran, e iban desde ser especialistas en nudos, hasta en pistas o enfermería. Se ponían en la manga del uniforme y Manuel tenía trece de esas especialidades. Como boy scout en la lejana Mérida, pasó a ser uno de mis ídolos. ¡Eso sí que era saber! Después, mi familia y yo nos vinimos a México. Me inscribieron, claro está, en el Instituto México. En tanto, Jorge y Manuel se habían peleado con el jefe del GrupoIII con motivo de un Jamboree en Europa y se habían ido por su cuenta. Viajaron por gran parte de Europa ya no como scouts sino como turistas, pero utilizando tramposamente todas las ventajas que podía proporcionarles el hecho de presentarse como boy scouts. Pero el espíritu scout no se había perdido en ellos. Ya tenían edad suficiente para ser roberts. Formaron lo que se podía considerar un grupo disidente. Yo había seguido siendo scout en el grupo del Instituto México, pero éste tenia poco espíritu scout y no me gustaba. Me adherí inmediatamente al grupo de Jorge y Manuel, sobre el que me contó un amigo. ¡Ellos sí que conocían el placer de ser boy scouts! Y al mismo tiempo, Manuel era más atrevido en sus costumbres que Jorge, también más serio y menos irónico ­según dice en la entrevista. Nuestro primer campamento fue al Valle de las Monjas. En él, sin que Jorge y Manuel tomaran partido, nuestra patrulla se dividió, dirimiendo sus dificultades a golpes. ¡Era en serio un grupo independiente! Ser rudo, para Jorge y Manuel, era saber ser scouts; por lo demás, eran muy estrictos en las disciplinas propias del escultismo. ¡Cómo sabían de bien poner pistas, por ejemplo! ¡Con qué enormes fogatas preparadas por ellos nos protegíamos del frío! Jorge era delgado y serio hasta parecer triste, aunque no lograba disimular siempre su espíritu burlón, sobre todo para rebajar cualquier pretensión. Con nuestro grupo disidente emprendíamos actividades tan opuestas como ir al Ajusco o a Chachalacas, o sea, a las heladas montañas y al mar tropical. Luego, dejé de ver tanto a Jorge como a Manuel durante mucho tiempo.

Juan Villoro / Jorge Ibargüengoitia / Instrucciones para vivir en México

Jorge Ibarguengoitia
Universidad de Iowa en 1976.

Viaje literario por el México de Jorge Ibargüengoitia

Juan Villoro abre con un libro de su compatriotra esta serie en la que cada día un escritor mexicano recomienda una obra para conocer mejor su país


La Feria virtual de EL PAÍS en la Feria de Guadalajara empieza hoy la serie Viaje literario por México. Cada día un escritor mexicano recomendará un libro de un compatriota suyo que nos permita conocer mejor su país. Participarán Juan Villoro, Cristina Rivera Garza, Jorge Volpi, Guadalupe Nettel, Xavier Velasco...
Empezamos este Viaje literario por México con la recomendación de Juan Villoro:
En Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia logró el mejor manual de supervivencia para un país que suele ser un misterio (especialmente para los mexicanos). El libro recoge una selección de las columnas que publicaba dos veces a la semana y escribía a toda prisa el lunes para confirmar que tenía el mejor trabajo del mundo: de martes a domingo estaba libre. Armado de un excepcional sentido del humor, el cronista y novelista se adentró en los enigmas de la vida diaria y el cambiante drama de la identidad (¡que trabajo nos cuesta parecernos a nosotros mismos!). Convencido de que nacer bajo el signo de Acuario, determinó que tendría goteras de por vida, Ibargüengoitia vio los desastres cotidianos con una ironía que casi los volvía entrañables. La añeja y exótica sabiduría de sus tías, las profecías de las sirvientas, las frases escuchadas en el barrio de Coyoacán y las tertulias de cantina entraron a sus páginas como el coro griego de un moderno Aristófanes.Sin ser un sibarita de la catástrofe, descubrió que el caos divierte, encontró festivos anticuerpos contra el mal y dejó una guía de cómo sobrevivir a las molestias de los vecinos, los engaños del gobierno, la solemnidad de los intelectuales y, algo casi imposible de lograr, la música de las estudiantinas.

EL PAÍS



MÉXICO LINDO Y QUERIDO
Triunfo Arciniegas / Muchacha / Playa Bruja
Idalia Candelas / En México es difícil ser soltera y vivir sola a los cuarenta
Vargas Llosa / El muro y el flaco
Monumento al compositor del Danzón Zacatlán, Pedro Escobedo
Héctor Aguilar Camín / Lamento mexicano
Asesinos / Un último interrogante en el caso de Pilar Garrido
Relato de un día de pánico en la zona cero del terremoto de México
Lecciones de gastronomía / El pan que nos une
Festival José Alfredo Jiménez / Recorrido de cantinas
La volcánica vida de Chavela Vargas / Olvido, sexo, alcohol y balazos
Así espiaba la policía política del PRI a Octavio Paz
La misteriosa vida de Miguel Bosé en México
Elmer Mendoza / Los lectores de novela negra se comportan como escritores
Alfonso Cuarón / En México existe un profundo racismo, pero las cosas están cambiando
Vargas Llosa / El populismo mexicano
México lindo y qué herido / ¿Narcocementerio? No, los policías también lo usaban.
Un domingo violento completa un sangriento fin de semana con casi ochenta muertos
México atraviesa la época más sangrienta de su historia
La maldición del aguacate
Todo el horror de México se concentra en una calle de Michoacán


martes, 17 de abril de 2018

Joy Laville / Una maravillosa mujer inglesa

Joy Laville y Jorge F. Hernández
Foto de BRENDA RAZO
Joy Laville
BIOGRAFÍA

UNA MARAVILLOSA MUJER INGLESA

Helene Joy Laville nació en Inglaterra y se volvió mexicana en el instante en que decidió que su vida sería proyectada en pinturas de acrílico o acuarelas de ensueño


Jorge F. Hernández
13 de abril de 2018

Durante muchos martes que se fueron haciendo años se me concedió enamorarme de una maravillosa mujer inglesa. Ella pintaba y evocaba conciertos de Haydn donde se atrevió a tocar el chelo y me contaba historias de Jorge, el escritor al que debe aspirar todo aquel que escriba como quien narra y narra como quien cuenta y cuenta como pinta la vida misma, sin más chiste que el humor inteligente y la chispa del sarcasmo y la ironía que embonaban perfectamente con esa mujer inglesa que se llamaba Helene Joy Laville y que hoy me deja bañado en lágrimas bajo un cielo azul pastel donde todos los colores parecen tenues y tiernos. H. Joy Laville nació en Inglaterra en 1923 y se volvió mexicana en el instante en que decidió que su vida sería proyectada en pinturas de acrílico o acuarelas de ensueño como retratos de una mujer al filo de una ventana siempre abierta, sentada en silencio o recostada sobre los instantes entrañables de la más íntima y callada serenidad.
Joy Laville
Girl Standing Wearing a Green Dress
2008

En algún martes que se alargaba sin tiempo por la confianza y porque nos dio por la tristeza— Joy se puso a hablar de cuando se fue Jorge, del avión que tomó en París y que no llegó a Madrid, ni a Bogotá donde lo esperaban otros muchos escritores. Hablamos del vacío y del dolor sordo; hablamos del silencio y en realidad, de la Nada, pero hablamos también de los libros de Jorge que nos habían reunido como por agua de azar y de las portadas de sus libros ya totalmente identificables por las pinturas de ella misma y entonces, se nos ocurrió imaginar a dos voces que la muerte es en realidad un viaje. Un viaje misterioso que lamentable y dolorosamente no se puede compartir con nadie vivo, donde quien se va decide rondar libremente por el mundo, por los paisajes que decida o las calles por donde siempre anduvo, en diferentes épocas que se eligen por placer y para cada día de la eternidad que queda por delante.

Hablamos mucho durante años que lograron convertir domingos en martes y jueves en martes y martes todas las llamadas telefónicas que se alargaban con referencias compartidas. Siempre de Jorge y de la rara sincronía con nuestras familias: la madre que vive con su hermana, mi padre y mis tíos que iban a la escuela con él hasta que se cambió al colegio donde se cruzó con Manuel Felgueres; las tías homónimas, los tíos afeminados, las comidas de domingo, el callejón del Salto del Mono allá por el Pípila, la casa de la Presa y una calle estrecha en París, los cuadros de El Prado y las novelas de detectives, una escuela de niñas en la Rue Saint Didier y la siesta que Jorge anunciaba diciéndose a sí mismo: “Soy un chingón” y la roja máquina de escribir y los soldaditos de plomo y las pinturas de Joy.


La mujer recostada sobre un diván en medio de un mar de sueño, las tres divas que están por entrar a una selva de verdes insinuados, el hombre que se para junto a un perro para mirar el atardecer en una duna, los muchos floreros que se abren lentamente en pétalos como lágrimas…. Y un avión en silueta que cruza el lienzo sin tiempo y sin escalas.
Joy Laville, la viuda de Ibargüengoitia y la máquina de éste.
Foto de Jorge f. Hernández.

Con estas líneas intento abrazar a Trevor su hijo que ya es para mí, hermano; a Chabelita y Gloria, Juan Pablo y todos quienes cuidaron de Joy en su rinconcito alineado de cuadros y recuadros y recuerdos; a Enrique y Lupita que la procuraron tantos años y no caben todos los nombres que quisiera abrazar en tinta para que conste que me quedo profundamente enamorado de una mujer que me llenó de vida con su memoria en flor, sus recuerdos en ramo, sus cuadros en movimiento y su sonrisa imborrable.
Jorge Ibargüengoitia se fue de viaje en noviembre de 1983 y vive desde entonces en todos sus libros que nos son indispensables y entrañables. Ha recorrido cada callejón de Guanajuato y largas avenidas de París sin que lo reconozcan sus lectores o confundido con otros arcángeles de Cuévano y alrededores que de pronto se detienen en una esquina para comprar unas flores pintadas con pinceles viejos, en colores que le dan varios tonos al azul sobre un leve fondo verde. Por la calle como una playa ocre viene caminando descalza la mujer que se llamó Joy por júbilo y por esa sonrisa.
De lejos, veo que Joy y Jorge se vuelven a abrazar y se dan el mismo primer beso que se dieron en San Miguel de Allende hace medio siglo y es la misma niña que se vistió de uniforme durante la Segunda Guerra Mundial y la valiente mujer que viajó con su hijo Trevor desde Canadá para empezar una nueva vida en México en la década psicodélica y volverse con el tiempo en la pintora de sueños, la pareja de Jorge, la musa de los martes, la maravilla de un milagro que se me concedió abrazar incluso desde lejos, por teléfono trasatlántico, con tantas palabras que nos unen, tanto libro y tantas imágenes que parecen diluirse por una ligera llovizna de agua salada en los ojos. Veo que se van caminando, que se aman como ejemplo y se me pierden ya en la memoria en un andén de neblinas donde una niña inglesa se esconde entre baúles y maletas, carretillas con cajas para el vagón-comedor y exclama al aire su nombre como si fuera un verbo de bienvenida y a mí se me atraganta tanta tristeza por agradecerle cada trazo de su feliz y maravillosa vida.


Muere la pintora Joy Laville a los 94 años


Joy Laville pinta un cuadro en Cuernavaca

Muere la pintora Joy Laville a los 94 años

La pintora y exesposa del escritor Jorge Ibargüengoitia falleció en el Estado de Morelos por un derrame cerebral

L. P. B.
México 13 ABR 2018 - 20:59 COT

Joy Laville falleció en Jiutepec, Morelos, a los 94 años. La pintora con una extensa obra y pareja del escritor Jorge Ibargüengoitia murió en su casa a consecuencia de un derrame cerebral. La artista es conocida por sus coloridas obras de tonalidades pastel con figuras estilizadas y celebró diversas exposiciones en México, además de Nueva York, París, Londres y Barcelona. El fallecimiento fue confirmado por Graco Ramírez, el gobernador del Estado.
Laville nació en 1923 en la isla de Wright, en Gran Bretaña. En 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, cruzó el Atlántico para radicar por varios años en Canadá. En el norte del continente conoció la obra de Diego Rivera y el muralismo mexicano. Esto despertó su curiosidad y viajó a México cuando tenía 33 años. Se asentó en San Miguel de Allende, en el Estado de Guanajuato. Allí comenzó a hacer obra en el reputado Instituto Allende, una escuela de estudios superiores de arte. Allí coincidió con Roger von Guten, un suizo que se naturalizó mexicano en 1980. Algunos críticos consideran a Van Guten uno de los maestros de Laville, aunque la opinión no es indiscutible porque él llegó al instituto un año después que ella. No obstante, la pintura de los dos quedó hermanada desde aquellos días en San Miguel. 
Laville conoció a Jorge Ibargüengotia en 1965. Iniciaron una relación de amistad hasta que en 1973 ambos se casaron en segundas nupcias. En 1967, con motivo de una exposición en la Ciudad de México, el escritor describió el trabajo de su futura esposa en un catálogo para la muestra. “Joy Laville sabe ver, sabe recordar, sabe poner colores sobre una superficie plana y tiene la rara virtud de poder participar en el pequeño mundo que la rodea”, escribió el autor de Dos crímenes. Ambos se mudaron a París en 1979.

Todo lector de Ibargüengoitia es también conocedor de la obra de Laville. En el comedor de la casa de la pareja colgaba un cuadro con una mujer desnuda con los brazos abiertos. La imagen pintada por Laville estaba inspirada en las fotografías de Diane Arbus sobre la gente del circo. A Ibargüengoitia le gustó tanto la pintura que llamó a Joaquín Mortiz para que esa fuera la portada de Las muertas, su novela basada en Las Poquianchis, un caso de nota roja que escandalizó a la sociedad mexicana. Desde entonces, alrededor de 1977, todos los escritos de Jorge quedaron ilustrados por Joy.
Ibargüengoitia falleció en un accidente aéreo en noviembre de 1983. Laville vivía en París y después de un año decidió volver a México. Se instaló en Jiutepec, un apacible municipio colindante a Cuernavaca, la capital de un estado conocido por su buen clima y su vida pausada. En 2012 recibió la medalla de Bellas Artes por su trayectoria. Entonces le preguntaron qué influyó de México en su obra. “El paisaje, los colores, y muchas cosas, pero especialmente el paisaje”, dijo al diario La Jornada.
“Las pinturas de Joy Laville son espacios de tranquilidad, de solaz, también de soledad. Son en extremo atractivos, cualquiera desearía poseer esa Reina de la noche flanqueada por un gato enorme y por un ramillete de flores; sus formas estilizadas, sino decantadas están entregadas en su expresión mínima, sin balbuceo alguno. Es una maestra intimista de los espacios abiertos, que puede también cerrarse sobre sí mismos”, escribió la crítica Teresa del Conde en 2006.
La muerte de Laville sacude por segundo día consecutivo la comunidad cultural mexicana. Este jueves murió en Veracruz el escritor Sergio Pitol a los 85 años. María Cristina García Cepeda, la secretaria de Cultura mexicana, lamentó la muerte de la artista y dijo que lega toda una “obra llena de color sutil y sugestiva que tuvo su origen en los mares ingleses y su destino en la cultura mexicana”.

Jorge Ibargüengoitia / Cuento de los hermanos Pinzones


Jorge Ibargüengoitia
CUENTO DE LOS HERMANOS PINZONES

Pinturas de Joy Lavalle
BIOGRAFÍA

Cuando nació el mayor de los hermanos Pinzones se agrió la leche en la olla y se cayó el primer chayote de la enredadera. La tía Socorrito, a quien le gustaba hacer profecías, aprovechó el momento para decir:
–La leche agria y el chayote indican que este niño que acaba de nacer va a tener un carácter agrio y espinoso. Es decir, va a ser insoportable.
Se equivocaba. El niño nunca dio guerra y no lloró ni cuando le echaron el agua del bautismo. Le pusieron Manuel y en adelante todos los que lo conocieron le dijeron Meme Pinzón.
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Cuando nació el menor de los hermanos Pinzones cantaron los pajaritos y el campo se llenó de flores. La tía Socorrito profetizó:
–Este niño va a ser precioso y tan simpático que la gente se va a pelear por estar con él.
Los que la oyeron decir esto voltearon a donde estaba la cuna y en ella vieron al niño amoratado, abriendo la bocota y berreando.
Le pusieron Guillermo y le dijeron Memo.
Memo Pinzón lloraba de hambre y le daban de comer, lloraba de miedo y venían a consolarlo y lloraba de envidia cada vez que le tocaba a su hermano la naranja más grande o el bizcocho más bueno. Lloró y lloró, pero creció grande y fuerte, aunque sintiéndose desdichado.
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Mientras Memo lloraba y crecía, Meme aprendió a leer sin que nadie le enseñara. Esto se descubrió el día en que la tía Socorrito entró en el cuarto y encontró al niño en la bacinica, leyendo el periódico.
–Este niño –profetizó la tía Socorrito al ver este espectáculo– va ser licenciado.
Se equivocaba otra vez. Meme era tan bueno, tan dócil y todos lo querían tanto en su casa, que no se quisieron separar de él y nunca lo mandaron a la escuela. En vez de estudiar, entró de aprendiz en la zapatería de su padre y allí se quedó. Fue zapatero toda su vida. Memo, en cambio, daba tanta lata, que apenas estuvo en edad de ser admitido, fue a la escuela.
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Desde el primer día de clases se hizo famoso. La maestra le ordenó a un niño que pasara al pizarrón. Memo empezó a llorar.
– ¿Por qué lloras, niño Pinzón?
–Porque usted pasó a ese niño al pizarrón y a mí no.
La maestra hizo que el otro niño regresara a su lugar y le dijo a Memo que pasara al pizarrón.
Cuando Memo llegó junto al pizarrón, volvió a llorar.
– ¿Por qué lloras ahora, niño Pinzón? –preguntó la maestra.
–Porque me pasa a mí al pizarrón y a los demás niños no.
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Sus compañeros le pusieron “Guillermina Lagrimotas”, y así le dijeron hasta que Memo creció y fue el alumno más alto y más fuerte de la clase y empezó a golpearlos a ellos y a hacerlos llorar. Dejaron de decirle Guillermina Lagrimotas y empezaron a decirle el Feroz.
Los alumnos le temían y los profesores lo detestaban y unos y otros esperaban con ansia el momento de no tener que volver a ver al Feroz Memo Pinzón.
En esos días hubo un concurso de composiciones sobre los Niños Héroes en el que podían participar todos los alumnos de primaria de cualquier escuela de la República.
El primer premio se llamaba “La Vuelta al Mundo de un Estudiante”, y consistía en estudiar durante tres años en las mejores escuelas de Japón, de Francia y de la India.
–Si este premio lo ganara el Feroz Memo Pinzón, no volveríamos a verlo en tres años –dijo el mejor alumno de la clase y el más chiquito, que era una de las principales víctimas de Memo.
Propuso que entre toda la clase se hiciera una composición y la mandaran al concurso a nombre de Memo Pinzón, con la esperanza de librarse así de él. Sus compañeros aprobaron la idea y todos, niños y niñas, se reunieron varias tardes para trabajar en la composición sobre los Niños Héroes.
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Ninguno escatimó esfuerzos y la composición salió tan bien, que fue premiada.
Toda la escuela, maestros y alumnos, fueron al aeropuerto a despedir a Memo Pinzón, y nunca se ha oído cantar Las Golondrinas con tanta alegría. Memo le dio la vuelta al mundo y regresó a México igual de feroz, igual de abusivo y sintiéndose desgraciado, pero famoso por haber sido el niño ganador del premio “La Vuelta al Mundo de un Estudiante”.
Gracias a esta fama hizo una gran carrera y llegó a ser millonario y director de varias empresas. El día que juntó 100 millones, salió en la televisión y el entrevistante le preguntó si estaba satisfecho con ésos o si todavía quería más. Memo Pinzón contestó:
–Ni me basta con lo que tengo, ni quiero más. Yo lo que hubiera querido ser toda mi vida es zapatero, como mi hermano.
Jorge Ibargüengoitia (Guanajato, 1928 – Madrid, 1983) Escritor mexicano. Empezó la carrera de Ingeniería, pero la abandonó para dedicarse a la escritura, donde destacó tanto como dramaturgo (El atentado, Clotilde en su casa), novelista (Esas ruinas que vesLos relámpagos de agostoDos crímenes) o cronista periodístico en sus columnas en el diario Excelsior. Este cuento está extraido de Piezas y cuentos para niños, que además recoge tres breves obras teatrales y otros seis cuentos. Murió en un accidente aéreo.
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Joy Laville (Isla de Wright, Inglaterra, 1923) Pintora y escultora inglesa nacionalizada mexicana. Incluida dentro de la “Generación de la ruptura”, junto a Vicente Rojo o Rufino Tamayo, realizó exposiciones individuales en Nueva York, Toronto o París. Museos de Washington, Dallas o México DF albergan obras suyas. Se casó con Jorge Ibargüengoitia. Todas las portadas de sus libros en la Editorial Joaquín Mortiz están ilustradas con sus pinturas.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Juan Pablo Villalobos gana el Herralde de novela




El humor negro de Juan Pablo Villalobos gana el Herralde de novela

El escritor mexicano obtiene el galardón que convoca Anagrama con 'No voy a pedirle a nadie que me crea'


CARLES GELI
Barcelona 7 NOV 2016 - 07:55 COT



Quizá sea la única manera de afrontar estos tiempos tragicómicos: con un humor cáustico, tirando a negro, e impasible el ademán, como si se contara la cosa más normal y seria del mundo por más extravagante e hilarante que pueda ser. O que es. Y esa actitud es la que ha ido destilando la obra del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos, acrecentada si cabe en No voy a pedirle a nadie que me crea, titulo con el que ha obtenido el 34º premio Herralde de novela que convoca la editorial Anagrama y los 18.000 euros de su dotación. A este periplo loco de un estudiante mexicano en Barcelona arrastrado a “un negocio de alto nivel” como lo define su embaucador amigo la acompañó en el podio como finalista otra historia también pespunteada por la fábula y lo cómico: Amores enanos, del argentino Federico Jeanmaire, sobre una pareja de enanos que construyen un barrio solo para gente como ellos.

martes, 17 de noviembre de 2015

El friso interminable de Joy Laville

'Desnudo reclinado con vista de montaña' (1970), óleo de Joy Laville.
'Desnudo reclinado con vista de montaña' (1970), óleo de Joy Laville.

El friso interminable de Joy Laville

Una exposición en Cuernavaca recorre la obra de la artista inglesa, afincada en México desde mediados de los cincuenta.


MARÍA MINERA
17 NOV 2015 - 18:08 COT

La exquisitez de los libros de Jorge Ibargüengoitia empieza por las portadas mismas, siempre acompañadas por escenas donde mujeres lilas o azules aparecen tendidas en divanes o sentadas a la orilla del mar, tal vez solas o charlando una o dos, con alguna planta exuberante dejada por ahí y las montañas o el mar de fondo.
Esos paisajes apacibles, que no son, diría el propio Ibargüengoitia, "ni simbólicos ni alegóricos ni realistas", pero sí "misteriosamente familiares", pertenecen al mundo interior de Joy Laville, una pintora que, no cabe la menor duda, "está en buenas relaciones con la naturaleza".





Campos de color que remiten vagamente a una geografía cálida, solo interrumpida por figuras humanas que merodean o reposan

Nacida en el sur de Inglaterra en 1923, Joy Laville pasó sus primeros treinta y tres años alejada por completo de la pintura, a pesar de que la idea se paseó siempre por su cabeza. Se casó joven con un canadiense al que siguió fuera de Europa durante la guerra ("la segunda, por supuesto"), pero del cual se separó al poco tiempo. Sin dinero y con un hijo pequeño decidió viajar a México en 1956. Y fue entonces que comenzó a pintar y que, muy pronto, llegó al tipo de figuración diluida que caracteriza su trabajo. También fue entonces que conoció a Ibargüengoitia, su segundo marido, con quien se mudó a vivir a París.










'Al faro' (2013), obra de Joy Laville.
'Al faro' (2013), obra de Joy Laville.


Después de la trágica muerte del escritor en 1983, Laville volvió a México y se instaló definitivamente en Cuernavaca, la llamada "ciudad de la eterna primavera". Y ahí, en el cuarto de su casa que funciona como estudio, pinta todas las mañanas, incluso en domingo, durante por lo menos tres horas. Lo hace en parte por disciplina, dada su idea de que se trata de una labor como cualquier otra, pero también por no renunciar a su mayor fuente de dicha. Y es claro que su pintura es producto de ese deleite, pues el mundo que representan no es, como decía Ibargüengoitia, "ni angustiado, ni angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico" y hasta "un poco cómico".
Si la pintura de Laville guarda algún parentesco es con el trabajo del que ella considera su maestro, Roger von Gunten, un artista también centrado en el paisaje, pero desde la acumulación. Ahí donde la obra de Von Gunten aparece recargada de elementos, la de Joy Laville se aligera, es puro aire. Campos de color que remiten vagamente a una geografía cálida, solo interrumpida por figuras humanas que merodean o reposan.
La pintura de Laville no concluye en cada cuadro, continúa de uno a otro, como si se tratara de un friso interminable, donde ese mundo de cosas leves, de mañanas soleadas, puede desplegarse a sus anchas. Y por ello la exposición retrospectiva organizada por el Centro Cultural Jardín Borda de Cuernavaca se presenta como una ocasión inmejorable para acercarse a ese universo fabuloso que Laville viene construyendo desde hace casi medio siglo.