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viernes, 26 de agosto de 2011

Hèctor Abad / El minimalismo barroco de Ruven Afanador

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Ruven Afanador
EL MINIMALISMO BARROCO
Por Héctor Abad Faciolince

Con este texto se presentó anoche,  jueves 25 de agosto  de 2011, la exposición de retratos “Yo seré tu espejo” en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Una mirada de escritor al arte del fotógrafo colombiano más reconocido a nivel internacional.




A la poesía barroca le gusta el oxímoron: la luz oscura, el hielo abrasador, el fuego helado. La fotografía de Ruven Afanador está impregnada de esa misma condición contradictoria: es, al mismo tiempo, barroca y minimalista, o mejor, barroca de mente y minimalista de cuerpo. Las víctimas de Afanador tienen que aceptar que se las suba al altar de los sacrificios y, una vez allí, repetir y actuar todos los rituales (posiciones, ropajes, gestualidad, ornamentos) necesarios para llevar a cabo la ceremonia del retrato. En el altar tradicional de los sacrificios se extraía el corazón; en el altar de Afanador te sacarán el alma. Si no te entregas, peor para ti, pues será más doloroso, y en tu gesto inauténtico saldrá a flote tu condición de no persona, es decir, de vacío animado, de autómata.
Ruven Afanador no busca el parecido ni pretende retratar la esencia de cada cual. La cara, tu máscara más cara, no podrá seguir siendo lo que suele ser: una barrera de defensa, un enigma, o —en el mejor de los casos— el resumen de tu paso por el mundo. Tampoco va detrás de la personalidad. Ésta, dependiendo de si el retratado es capaz de entregarse, puede aparecer o no, pero ni siquiera es esto lo que importa. Afanador, en sus altares barrocos y minimalistas, escenifica un drama, un drama irreal que rompe la rutina. Miren, por ejemplo, las muletas que le entrega a la actriz Emily Blunt, las cuales nos sorprenden con una forma de cuadrúpedo herido, dislocado. Todo es simple ahí, pero nos asombra y, aunque es minimalista, la presencia barroca se manifiesta en los pliegues de la tela que envuelve el torso de la modelo, casi como un retazo de la túnica de Santa Teresa (en el éxtasis de Bernini) que más que arropar insinúa y descubre las formas del cuerpo. Un doloroso éxtasis barroco; barroco y descargado, todo al mismo tiempo.
Los pocos elementos del escenario no deben engañarnos. Es simple, aparentemente, como un juego de mesa oriental, pero al jugarlo vemos que es más complejo de lo que pensábamos. Los personajes se tuercen, se retuercen, invitados al juego por el fotógrafo. Hay muchas maneras de lograrlo. Incluso si eres tieso (en general escritores, políticos, gente que se tensiona ante las cámaras) la misma tiesura del personaje se convierte en una especie de torsión congelada. Ahí quedas, como un cuerpo anestesiado, congelado, ya listo para una disección anatómica.
Afanador, durante el juego que propone, no se descuida nunca. Juega sin descuidarse. Está concentrado en las herramientas, en los artificios de su arte. Cuida puntillosamente todos los detalles. De ahí que, técnicamente, cada foto sea impecable. Todos los tonos de grises, la iluminación y los contrastes están logrados con una maestría y una aparente carencia de esfuerzo que parecen naturales (obsérvese la foto de Bill T. Jones para apreciar esta característica con todos sus matices). Y aunque parezca natural, el resultado es casi irreal, como brotado desde las inaccesibles regiones de lo onírico. En la nitidez visual van desfilando personajes raros. Como una persona extraña que viéramos pasar por las calles oscuras de un sueño.
Son personajes raros, aunque sean famosos, porque están sacados de su contexto, y son otros bajo la mirada de Afanador. El mundo de la moda o las celebridades se llevan la parte del león en esta muestra, pero quizá por ese aire de anonimato que adquieren en sus fotos incluso los más célebres, creo que donde mejor se destaca su técnica y su magia es en los personajes completamente anónimos: oscuros novilleros de provincia, alguna cantaora decadente, muchachos sin historia en una calle lejana.
Se dirá que estas fotos, cuyo origen es casi siempre el encargo comercial de una revista o un periódico, adolecen de este “pecado original” lucrativo. Este punto de vista ético, más que estético, deja traslucir una gran ignorancia de los extraños caminos que siempre ha recorrido el arte. Recuérdese que la gran mayoría de los mejores retratos de la historia del arte (Rafael, Rembrandt, Van Dyck, Velázquez, Goya, Ingres), y las más grandes composiciones musicales, y no pocas novelas, también fueron hechos por encargo, es decir, por motivos comerciales. Los artistas serios siempre han vivido de su arte. El virtuosismo y la factura final de un retrato no se los puede juzgar por el resorte inicial, sino por el resultado final.
Por muy encargado que sea un retrato, Afanador lleva a sus fotos todo el peso de su doble historia. La colombiana de la infancia, la norteamericana de su formación profesional. La escenografía es muchas veces autobiográfica y remite a un mundo que puede ser básico, campesino, pero muchas otras veces alude a los fastos de la religión católica: a sus procesiones, rituales, a las torturadas torsiones de las imágenes de los santos, desde sansebastianes hasta santateresas. Una modelo no va donde Ruven Afanador para que él la muestre como ella se quiere ver. El juego entre el fotógrafo y el modelo es de “tú me das para yo darte”, y cuando más te entregues más sacaré de ti.
El resultado es este desfile de personas y personajes que nos cuentan una historia compleja, una historia donde lo masculino y lo femenino llegan deliciosamente entremezclados, con las fronteras borradas, en un juego creativo en el que todos aprenden, por un rato, a descolocarse, a ser otros por los caminos barrocos de la exageración, y por el sereno camino del minimalismo. Por contradictorio que suene, este camino artístico ha producido resultados asombrosos, en estos ambientes irreales, teatrales, que hoy, como hace ya mucho tiempo, merecen estar colgados en las paredes de un museo de arte contemporáneo. Espectador, mira con cuidado, y déjate llevar por el extraño ensueño de estos retratos. Busca y encuentra “húmedos labios a besar mil veces… Líneas de lujuriantes morbideces. Vientos que desmelenan cabelleras. Piel de flores anémicas, bellamente vestidas. Cuerpos flexibles, místicos, carnales, del mundano placer perecedero”. Puro barroco, pero barroco no cargado: barroco minimalista.

Exposición "Yo seré tu espejo"
Anoche, jueves 25 de agosto, el Museo de Arte Moderno de Bogotá inauguró la muestra “Yo seré tu espejo”, del fotógrafo colombiano Ruven Afanador.
Serán 80 retratos en blanco y negro, trabajos que escogió a lo largo de su carrera. La imagen más antigua data de 1989 y la más reciente tiene tan sólo dos meses.
Ruven Afanador donará al museo todas las fotografías y así dejará un importante legado a la institución y al país.
Para Afanador es muy importante y significativa esta muestra por el hecho de fortalecer ese cordón umbilical con su país de origen.
La exhibición no sólo incluye a celebridades internacionales, como Hillary Clinton, Mónica Belucci, Lenny Kravitz, Pedro Almódovar y Al Pacino, sino también a personalidades nacionales como Sofía Vergara, Gabriel García Márquez, Íngrid Betancourt, entre otros. De hecho, no todos son personajes públicos, también se encuentran personas menos conocidas.

Héctor Abad Faciolince
Especial para El Espectador
Bogotá, El Espectador, 20 de agosto de 2011 - 9:00 pm



 FOTOGRAFÍAS DE RUVEN AFANADOR

Monica Belucci

Quetin Tarantino y Al Pacino

Pedro Almodóvar

Gabriel García Márquez






lunes, 28 de junio de 2010

Ruven Afanador / Un adicto a New York



Ruven Afanador
UN ADICTO A NEW YORK
Por Pilar Calderón


El fotógrafo colombiano más cotizado en el mundo de la moda– habla en tono íntimo de la ciudad que ha visto transformarse y los personajes que ha conocido.

Ruven Afanador_Mil besos
          
Su estudio es como él. Impecable, luminoso, vital. Blanco y negro, como sus fotografías y la ropa que usa. Lo encuentro sentado en el escritorio –una mesa ovalada de mármol diseñada por el finlandés Eeero Saarinen– en el que solo hay unos pocos objetos, los imprescindibles. Lo rodean sus personajes, aquellos que ha seducido y capturado a lo largo de una carrera de más de dos décadas, enmarcados en enormes fotografías en blanco y negro meticulosamente dispuestas en las paredes del amplio espacio, en el séptimo piso de uno de los renovados edificios de Chelsea en New York. La zona, antes industrial y de oficinas, es ahora una de las más apetecidas de la ciudad. En ella se congregan varios de los artistas más reconocidos y Ruven Afanador es —definitivamente— uno de ellos. Fotógrafo de modelos, artistas, músicos, jefes de Estado y celebridades, las imágenes capturadas por Afanador han sido portada de Vanity Fair, Vogue, The New Yorker, Rolling Stone, GQ, Elle y The New York Times Magazine.
            Su figura alta y delgada, la cabeza rapada y los pequeños lentes redondos me evocan de inmediato al Dalái Lama. Lo miro detenidamente y percibo también algo de su serenidad. Me acerco a él, algo prevenida. Me han dicho que es un poco vedette. Y también que es tímido. Soy consciente que depende de mí lograr escudriñar un poco en su alma y, sobre todo, en su espíritu neoyorquino. A pocos días de realizar en el Museo de Arte Moderno de Bogotá —MAMBO— una esplendorosa exposición retrospectiva de 80 de sus fotografías, Afanador y su visión sobre la New York que lo ha acogido serán el abreboca de nuestra edición especial sobre una ciudad que se reinventa permanentemente. Con su voz suave, sus maneras delicadas y su viva franqueza rápidamente va derrumbando la barrera imaginaria que suele levantarse entre entrevistado y entrevistador antes de empezar una sesión. Pienso que así debe hacer con sus personajes. Primero analizarlos cuidadosa y silenciosamente para después ir poco a poco cautivándolos hasta lograr la cercanía que los lleve a liberarse ante su lente.
           



           A New York llegó en 1990, después de estudiar fotografía tres años en Milán. La ciudad no le era desconocida. Había viajado a ella varias veces desde Michigan, adonde se mudó a los 14 años con su familia. Su papá, un reconocido relojero de Bucaramanga —donde nació Ruven— movido por el sueño inevitable de todo padre de lograr un destino mejor para sus hijos, decidió dejarlo todo y mudarse con sus cuatro hijos —Ruven y tres hermanas— a los Estados Unidos. —Fueron días difíciles. Estaba muy joven. Fue un desprendimiento muy grande que me dolió muchísimo. Cuando empecé a estudiar me aculturé y no quise volver a Colombia durante muchos años —recuerda todavía con asomo de angustia.         

           Cuando desembarcó en la gran ciudad tenía 31 años y el firme propósito de ser un gran fotógrafo de moda. El contacto con una ciudad como Milán, donde la moda es una actitud que se respira y se transpira, había despertado en él una inquietud estética ligada muy fuertemente a la seducción en lo femenino y a lo clásico en lo masculino. “New York era un destino indispensable”, afirma. “Era muy joven, quería estar cerca de mi familia, que vive en el área de Washington, y New York era la base apropiada para ser fotógrafo de moda. Muchas de las revistas importantes tienen oficinas allí”. Como a muchos otros artistas en busca de identidad y oportunidades, la inmensidad de New York le habría de resultar fascinante pero también desbordante.
             “El impacto fue increíble. Me demoré muchos años en sentir que vivía en NY, y que no era un extranjero”. Sentir estremecerse la ciudad el 11 de septiembre y derrumbarse ante sus ojos dos de sus grandes íconos lo sacó de su enajenamiento. “Ver desde mi ventana ese hueco enorme en la torre del norte fue como pasar a otro universo. La vida cambió en ese momento. Entendí cuánto soy parte de la ciudad, que es mi casa, mi vida, y cuánto la quiero”.
             Como a muchos otros artistas en busca de identidad y oportunidades, a Ruven la inmensidad de New York le resultó fascinante pero también desbordante
             Durante semanas no tuvo valor para volver a mirar por la ventana. “Las Torres eran parte de la vista, un punto de referencia en mi vida. Cuando miraba por la ventana o iba en esa dirección, no podía definir dónde estaba. Sin darme cuenta las buscaba. Habían desaparecido pero seguían estando allí de alguna manera”. Y tampoco quiso trabajar. Algunos fotógrafos corrieron a trabajar en la zona, otros se ofrecieron como voluntarios. Pero Ruven se quedó petrificado, inmóvil. “No quería salir de mi apartamento. Sólo quería estar pegado al televisor y vivirlo de esa manera. Quería estar en mi casa y mi ciudad”.
            —¿Podría uno pensar que la transformación que está viviendo la ciudad tiene que ver con ese momento?
            —En New York han pasado muchas cosas, pero nunca se vivió una tragedia como esa, que yo creo tuvo mucho que ver con la enorme inocencia que reinaba en la ciudad. Ha sido esa inocencia precisamente la que ha ayudado a que se revitalice de la manera como lo ha hecho. Se han demorado mucho en la reconstrucción de la zona y ha habido muchos problemas, pero por fin este año se empezó a sentir que estamos saliendo de ese hoyo.
             Desde el gimnasio al que asiste, en el Pier 59 a pocas cuadras de su estudio, Ruven ha seguido día tras día el avance de la construcción del Freedom Tower, que ocupará el lugar del World Trade Center. “A veces estoy ahí por una hora y veo cuántas piezas enormes de hierro instalan y cuando regreso uno o dos días después, me subo en la misma máquina y puedo ver cuánto han avanzado. Tengo una marca en la ventana”, me confiesa. “Eso me inspira muchísimo. Ver renacer mi ciudad me parece algo extraordinario”.




            

           De ser una ciudad de todos, pero de ninguno, New York se convirtió en el centro de las miradas de propios y ajenos, y hacerla resurgir, en un propósito común. –Es paradójico ver cómo evoluciona la historia de una ciudad. Durante mucho tiempo trataron de que el área de las Torres fuera atractiva para los neoyorquinos y nunca realmente se logró. Ahora, con todas estas transformaciones, seguramente se convertirá en una zona muy deseada–.
           —¿Qué cambió en su manera de ver las cosas a través del lente?
           —Uno siempre cambia por las cosas que lo afectan. El año pasado murió mi papá. Fue la primera vez que alguien de mi familia moría, que tenía esa experiencia y eso también me cambió. No es que uno pueda definir su fotografía por todo lo que sucede a su alrededor, pero uno sí mira las cosas de otra manera.
           Cuando empezó, entre sus ambiciones no figuraba hacer retratos de personajes. Su foco estaba puesto en la moda. –Después de algunos trabajos me di cuenta de que mientras las actrices querían ser modelos, las modelos querían ser actrices y que en el fondo, todas querían ser celebridades–. Ese paso le ha permitido conocer mucha gente. Por su lente han pasado personajes como Sarah Jessica Parker, Al Pacino, Tina Fey, Michael Jordan, Salma Hayek, Jeniffer López, Céline Dion, Robert De Niro, Antonio Banderas, Lenny Kravitz y Diane von Furstenberg, entre muchos otros. Hace poco fotografió a la familia presidencial de Gabón y a la Duquesa de Alba. “Es un personaje por el que siempre he sentido fascinación y finalmente pude hacerle un retrato”, cuenta con el entusiasmo propio de quien logra una meta largamente buscada.
          



         De sus retratos pocos son realmente neoyorquinos. Los actores y modelos, que son el corazón de su trabajo, no tienen hogar. Sarah Jessica Parker es quizás uno de los más neoyorquinos y de los que más ha fotografiado. “Se parece a su personaje en la serie, pero su intelecto es mucho más interesante, posee un lenguaje bellísimo”. Courtney Love, Al Pacino y Diane von Furstenberg se suman a la lista de habitantes de esta ciudad cautivados por la mirada aguda e irreverente de Ruven, quien con los años ha logrado penetrar en el mundillo de los habitantes de esta gran ciudad, a veces tan cercana y otras tan huraña. “El neoyorquino es muy curioso y está en permanente contacto con la gente. En esta ciudad, por más que quieras vivir en un mundo privado, no hay forma de evitar el contacto con los demás”, señala con gran seguridad.
           —De tantos personajes que han pasado por su lente, ¿cuáles le han dejado huella?
           —Patti Smith, una artista increíble —cantante, escritora y fotógrafa— con un look muy masculino. Tiene la esencia de downtown New York. Y Oprah Winfrey. De ella aprendí la importancia de dejar un legado. Me inspiró para volver a Colombia el año pasado y enseñar durante una semana en la UNAB de Bucaramanga algo de lo que he aprendido. Fue una experiencia muy especial. Entendí la satisfacción de pasar a otras personas lo que sabes.
             “En NY, si puedes hacer lo que te gusta y vivir de eso te vuelves adicto a la ciudad. No paras de sacarle todo lo que te puede dar”
              Durante muchos años Ruven no quiso volver a su país natal. Pero su llegada a New York le marcó el camino de regreso. Al año de mudarse hizo su primera portada para la revista Time. El editor mencionó que era colombiano y al día siguiente lo llamaron de una cadena de televisión de Colombia a hacerle una entrevista. “Esa llamada me impresionó mucho. Despertó algo que estaba dormido y tres meses después regresé. Ahora voy generalmente dos veces al año. Me encanta ir, pero cuando estoy allá siento que ya no pertenezco a ese lugar”.
            La New York que vive ahora, tampoco es la misma. Recién llegado caminaba la ciudad de arriba abajo mil veces, con la emoción de descubrirlo todo. Iba a fiestas, desfiles, museos… Los afanes de su carrera, sin embargo, han cambiado su relación con la ciudad. “Lo que me gusta ahora es irme con mi pareja a Central Park en los fines de semana y ver pasar a la gente, relajada y sin afanes. No salir, ni siquiera a restaurantes. Y de vez en cuando ir a cine al Lincoln Plaza. La vida de uno en estas ciudades cambia mucho con el tiempo. A New York la gente viene buscando poder hacer lo que le apasiona, y si puedes hacer lo que te gusta y vivir de eso, te vuelves adicto a la ciudad. No paras de sacarle todo lo que te puede dar”.



Vanessa Paradis
Foto de Ruven Afanador

           Sensible y de lágrima fácil como su padre, que murió el año pasado, Ruven es un hombre de familia que visita a su madre Isabel, de 85 años, con frecuencia. “Trato de ir dos veces al mes”, asegura. Le dedicó el libro de Mil besos —para él representa la fuerza de la mujer— y le tomó para la publicación una foto que significó una experiencia sublime. “Tenerla en mi estudio al otro lado de mi lente fue algo tan especial… Me afectó a mí más que a ella”, dice con voz entrecortada mientras observa una pequeña fotografía de su padre que tiene frente a sí en el escritorio. “Una amiga me dijo que tener algo de él cerca, me ayudaba a desprenderme”, agrega.
            Entre los momentos más gratificantes que le ha dado New York está, sin duda alguna, la presentación de su último libro —Mil besos— en el otoño de 2009. La obra, que celebra a las mujeres del flamenco en provocativas fotografías, es un incitador reto a las definiciones de género y belleza. “Para el opening traje de Sevilla a algunos de mis personajes y vinieron muchas personas importantes entre clientes, diseñadores, artistas, familia y amigos. ¡Fue una fiesta total! Después nos fuimos a El Faro, el restaurante español más antiguo de Manhattan, donde un amigo hizo una original decoración con papel de hojas del libro y las cantaoras bailaron y cantaron con una maravillosa mujer de color que suele estar en el metro. La mezcla, la fuerza creadora y la conexión entre estas mujeres generó un momento bellísimo y sublime... ¡Algo que solo podía suceder acá!”.