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lunes, 16 de marzo de 2026

Haroldo Conti / La balada del álamo Carolina





Haroldo Conti
LA BALADA DEL ÁLAMO CAROLINA


A mi madre, doña Petrolina Lombardi de Conti,
y a la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.
Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,
la primavera siempre volverá.
Tú, florece. 
(Anónimo japonés)

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.

Haroldo Conti / Un místico comprometido

Haroldo Conti

Haroldo Conti

UN MÍSTICO COMPROMETIDO

30 de mayo de 2010

Por Mario Goloboff


Nacido en los suburbios del pueblo pampeano bonaerense de Chacabuco, a los doce años Haroldo Conti ingresó al Colegio Don Bosco de Ramos Mejía y a los catorce al Seminario de los padres salesianos, del cual se fue y reingresó dos veces. En 1944 pasó al Seminario Metropolitano Conciliar y empezó a escribir una novela misional, Luz en Oriente, se formó en filosofía y comenzó a leer al padre Leonardo Castellani. Terminó sus estudios en 1954 en la UBA y desde 1956 ejerció como profesor de escuela secundaria en Santos Lugares. Sobre un suelo místico y existencialista, fueron asentándose en él lecturas de Stevenson, Melville, Conrad, Gorki y, en otra vertiente, Faulkner, Pavese, Dylan Thomas, muy probablemente los personajes de Horacio Quiroga y los del uruguayo Juan José Morosoli.

García Márquez / La última y mala noticia sobre Haroldo Conti


Haroldo Conti



Gabriel García Márquez
LA ÚLTIMA Y MALA NOTICIA SOBRE HAROLDO CONTI

21 de abril de 1981


    A Haroldo Conti, que era un escritor argentino de los grandes, le advirtieron en octubre de 1975 que las fuerzas armadas lo tenían en una lista de agentes subversivos. La advertencia se repitió por distintos conductos en las semanas siguientes y, a principios de 1976, era ya de dominio público en Buenos Aires. Por esos días me escribió una carta a Bogotá, en la cual era evidente su estado de tensión. «Martha y yo vivimos prácticamente como bandoleros», decía, «ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave». Y terminaba: «Abajo va mi dirección, por si sigo vivo». Esa dirección era la de su casa alquilada en el número 1205 de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo, donde siguió viviendo sin precauciones de ninguna clase hasta que un comando de seis hombres armados la asaltó a medianoche, nueve meses después de la primera advertencia, y se lo llevaron vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron desaparecer para siempre.