Cadáveres de soldados rusos recogidos por las fuerzas ucranianas, en mayo de 2022.ANTOINE D'AGATA (MAGNUM PHOTOS / CONTACTO)
Jonathan Littell regresa al horror de Europa
El escritor francés y el fotógrafo Antoine d’Agata recorren en ‘Un lugar inconveniente’ el barranco de Babi Yar en Kiev y las calles de Bucha para investigar las matanzas nazis de 1941 y las de Putin en 2022
EDURNE PORTELA
06 SEPT 2024 - 22:30 COT
Podría ser un cuadro expresionista: el fondo es un rojo saturado con tonalidades de granate oscuro y una textura rugosa y densa; en el centro de la composición se abre un agujero negro que podría tragarte si te quedaras delante de él durante demasiado tiempo; al agujero lo rodea una masa de materia grisácea, metálica, que da la sensación de ojo de animal mitológico. Podría ser un bello experimento pictórico, pero se trata de la fotografía tomada porAntoine d’Agata del torso de un cadáver putrefacto, con herida de bala, en la morgue de Bucha, Ucrania, en mayo de 2022.
Cadáveres de soldados rusos recogidos por las fuerzas ucranianas, en mayo de 2022.
ANTOINE D'AGATA
Jonathan Littell regresa al horror de Europa
El escritor francés y el fotógrafo Antoine d’Agata recorren en ‘Un lugar inconveniente’ el barranco de Babi Yar en Kiev y las calles de Bucha para investigar las matanzas nazis de 1941 y las de Putin en 2022
EDURNE PORTELA
06 SEPT 2024 - 22:30 COT
Podría ser un cuadro expresionista: el fondo es un rojo saturado con tonalidades de granate oscuro y una textura rugosa y densa; en el centro de la composición se abre un agujero negro que podría tragarte si te quedaras delante de él durante demasiado tiempo; al agujero lo rodea una masa de materia grisácea, metálica, que da la sensación de ojo de animal mitológico. Podría ser un bello experimento pictórico, pero se trata de la fotografía tomada porAntoine d’Agata del torso de un cadáver putrefacto, con herida de bala, en la morgue de Bucha, Ucrania, en mayo de 2022.
Nací en un país pequeño (dos millones de habitantes) habitado por emigrantes europeos, víctimas de las hambrunas y de las guerras europeas: españoles, italianos, polacos, alemanes, checos, más turcos y armenios. A la izquierda de mi casa, vivía un zapatero remendón, judío alemán, escapado de un campo de concentración. A la derecha, un ex oficial nazi, al que le faltaban tres dedos. El judío pasaba el día leyendo versículos de la Biblia y soñaba con Israel; el oficial, extrañaba los cielos de Berlín y tocaba finamente la flauta travesera. No se saludaban.. Cuando le pregunté a mi madre por ese silencio, me contestó: “Ambos son alemanes, pero en Europa, uno hubiera matado al otro. En cambio, aquí, no se tratan, pero se respetan.”
El gran clásico del desarraigo 'Extraña para mí', de Eva Hoffman, concide en las librerías con 'En otras palabras', el libro en el que la estadounidense de origen bengalí Jumpa Lahiri explica por qué ha cambiado el inglés por el italiano como lengua literaria
MONIKA ZGUSTOVA
12 ENE 2019 - 10:03 COT
Jumpa Lahiri en su casa de Roma. LORENZO CASTORE
El totalitarismo, la guerra, el Holocausto, el exilio: he aquí cuatro fenómenos que definen el siglo XX. Y todos ellos generaron las mayores migraciones que ha vivido la humanidad. Migraciones que continúan entrado el siglo XXI, sea a causa de la guerra, como en Irak y Siria; por regímenes autoritarios, casos de Rusia y Turquía, o por motivos económicos, en muchos países del continente africano.
Para un exiliado uno de los problemas más graves es el de verse enfrentado a diario con una lengua que no es la suya. Si no poderse expresar adecuadamente ni hacerse entender es una de las cosas más angustiosas que le puede suceder a un ser humano, en el caso de los escritores esta angustia puede ocupar el centro de su existencia. La lengua ¿es o no es una seña de identidad? Ante este dilema, los escritores reaccionaron de maneras distintas, empezando por la cuestión esencial: seguir escribiendo en la lengua materna o cambiar a la lengua de acogida. Muchos han sido y son los que optaron por el difícil camino de cambiar de lengua de expresión, empezando por el caso clásico de Joseph Conrad. Entre otros, Irène Némirovsky, Milan Kundera, Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Jorge Semprún, Tahar Ben Jelloun, Cioran y Jonathan Littell ennoblecieron las letras francesas; Emine Sevgi Özdamar, las alemanas; Nabokov y Aleksandar Hemon, las americanas.
Sin embargo, en los escritores, no todos los exilios ni los cambios de lengua obedecen a razones exteriores. También los hay que responden a decisiones libres. Los escritores de expresión inglesa generaron una importante ola de exilio voluntario (James Joyce decía que el exilio es una de las armas del escritor). También las ciudades bilingües o multilingües (Praga, Trieste, Barcelona) crearon en sus escritores una sensación de identidad incierta y de desarraigo (Franz Kafka se sentía culpable por escribir en alemán en vez de en checo, lengua más pequeña, y Juan Goytisolo apuntaba: “Catalanes en Madrid y castellanos en Barcelona, nuestra ubicación es ambigua y contradictoria, amenazada de ostracismo por ambos lados”).
Al ejemplo clásico de Joseph Conrad se suman Nabokov, Beckett, Kundera o Ionesco
Estos días se han traducido al español dos libros que analizan lo que significa cambiar de lengua para quien tiene la escritura como su razón de ser. Se trata de dos mujeres, Eva Hoffman y Jhumpa Lahiri, la primera exiliada por razones políticas, la segunda se enfrenta al cambio de lengua como un debate existencial.
Cambiar por obligación
El libro autobiográfico de Eva Hoffman, Extraña para mí, empieza así: “Abril de 1959. Estoy junto a la barandilla de la cubierta superior del Batory y siento que mi vida se acaba. Observo a la multitud reunida en la orilla para despedir al barco que zarpa de Gdynia —una multitud que de repente está irrevocablemente al otro lado— y quiero huir, regresar, precipitarme hacia la excitación familiar. No podemos abandonar todo esto, pero lo hacemos. Tengo trece años y emigramos. Es una noción tan demoledora, tan definitiva que podría muy bien significar el fin del mundo”. Así, con esta “expulsión”, comienza la primera parte, ‘Paraíso’, del libro publicado originalmente en 1989. Un texto que se ha convertido con los años en un ensayo clásico sobre el exilio y la vida en una nueva lengua, como lo es también ‘Reflexiones sobre el exilio’, de Edward Said, publicado en 1984 en la revista Granta.
Eva Hoffman nació en Cracovia en 1945, justo al acabar la guerra, hija mayor de supervivientes judíos polacos. En Cracovia, Eva aprendió a tocar el piano con virtuosismo y experimentó su primer amor infantil. Sin embargo, más que por el totalitarismo comunista fue a causa del antisemitismo polaco que la autora describe con todo lujo de detalles que la familia se vio obligada a abandonar su país. De entre dos opciones, los padres prefirieron el boscoso Canadá al desértico Israel, no en vano durante la guerra el bosque se había convertido en su refugio y salvación.
En el segundo capítulo, ‘Exilio’, Eva y los suyos llegan a Vancouver, donde empiezan una vida en una nueva lengua y en un ámbito desconocido. La autora describe las percepciones que evoca en ella la sociedad canadiense de finales de los cincuenta. Si no fuera porque carecía de un hogar al que volver, la familia podría vivir el traslado como una aventura; pero la pérdida irrevocable del país natal convierte su experiencia en trágica. Los padres son demasiado mayores para cambiar su escala de valores, Eva y su hermana han perdido sus puntos de referencia y se sienten extraviadas en la nueva sociedad, tan competitiva y exigente.
Sin embargo, no queda otro remedio que adaptarse: Eva devora hamburguesas en coches descapotables llenos de adolescentes alborotadores, sale con chicos que la encuentran incomprensiblemente sofisticada y cuenta chistes que no resultan graciosos a nadie: los jóvenes canadienses no comprenden el humor de la Europa del Este. Además, Eva nota que sus compañeros apáticos desestiman su faceta de virtuosa del piano, pero aun así la conserva como parte de su identidad.
Hoffman acaba resultando una extraña tanto para sus propios padres como para los polacos de su generación
Solo tras años de exposición al inglés, ya en Nueva York tras sus estudios en Vancouver, Dallas y Boston, Eva decide renunciar al piano y con él a su vieja identidad. Lo cuenta en el tercer y último capítulo, ‘El Nuevo Mundo’. Siente entonces que se ha convertido en una criatura híbrida cuyas dos terceras partes “proceden de materiales americanos”; es “una especie de extranjera residente”. A veces piensa en las palabras de Theodor Adorno, exiliado de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que avisó a los inmigrantes que si pierden su condición de extranjeros perderán su alma. Eva se propone lo contrario: formar parte del ambiente intelectual de Nueva York como ensayista en inglés y dejar de ser extranjera sin perderse a sí misma. Cuando finalmente logra transformarse en una intelectual neoyorquina, acaba resultando una extraña tanto para sus propios padres, aferrados a los valores de antaño, como para los polacos de su propia generación.
Este libro ingenioso y perspicaz, escrito con vivacidad e ironía, captura en términos profundamente humanos lo que es la esencia de la experiencia del exilio. Millones de personas se sintieron como la autora a lo largo del último siglo y en las dos décadas de este. Eva Hoffman acaba su ensayo concluyendo que, una vez perdido todo, al emigrante se le hace difícil caer en brazos de cualquier fe, sea religiosa o política. De manera que se convierte en aquel que no es de nadie ni de ningún lugar, en el único ser “realmente irreligioso”.
Cambiar por elección
También Jhumpa Lahiri escribe sobre el cambio de lengua en su ensayo En otras palabras, un texto tan sincero que se lee casi como una confesión. La escritora estadounidense de origen bengalí siempre ha tratado en sus novelas y cuentos los temas de la nacionalidad y la ausencia de identidad, el sentido de pertenencia, la asimilación y la pérdida voluntaria de la tradición. En este su primer libro de ensayo, la escritora comparte con el lector los motivos que la han llevado a cambiar de lengua de expresión literaria, del inglés al italiano. Y es que de eso se trata: Jhumpa confiesa que su paso al italiano es irreversible.
Si para tantos escritores el cambio de lengua es doloroso, ¿por qué Lahiri, autora que escribe en la lengua más hablada del mundo, decidió dar este paso? En su libro confiesa que, a diferencia de su madre, que durante 50 años en el extranjero cultivó sus raíces indias, la rebelión de la hija consistió en asimilarse en América. Lahiri considera Estados Unidos su país, su inglés es perfecto, y su esfuerzo por conseguir su propósito de una asimilación completa fue enorme. ¿Por qué entonces ha decidido abandonarlo?
Jhumpa Lahiri huye del inglés a pesar de que entró en él por la puerta grande ganando el Pulitzer
Lahiri huye del inglés. Huye de él a pesar de que su italiano no resulta, hoy por hoy, tan brillante. Y no solo huye del idioma, sino de todo lo que esta lengua y cultura han simbolizado para ella. Durante casi toda su vida el inglés y lo que encarna fue una lucha extenuante, “un conflicto pasional, un continuo sentimiento de fracaso del que deriva casi toda mi angustia. El inglés representa una cultura que debía superar, interpretar. Temía que representara una ruptura entre mis padres y yo”.
No obstante, fue en inglés que Lahiri entró en las letras internacionales por la puerta grande: el Premio Pulitzer a su ópera prima, El intérprete del dolor. Sin embargo, su éxito le parece inmerecido, conseguido demasiado pronto y con excesiva facilidad. Por eso, con el cambio de lengua, la escritora desea recuperar la oportunidad de sentirse una aprendiza.
Al igual que todos los autores que han cambiado de país y de lengua, Jhumpa Lahiri podría firmar lo que proclama Eva Hoffman: “Porque he aprendido la relatividad de los significados culturales en mi propia piel, no puedo considerar definitivo un único conjunto de significados. En mi vida pública, social, me situaré siempre en los intersticios entre culturas y subculturas. Encuentro en esta posición un punto de apoyo digno de Arquímedes para contemplar el mundo”.
‘Extraña para mí’. Eva Hoffman. Traducción de Sergio Sánchez. Báltica, 2018. 338 páginas. 20,95 euros.
‘En otras palabras’. Jumpa Lahiri. Traducc8ión de Marilena De Chiara Salamandra, 2019. 160 páginas. 15 euros.
GRANDES OBRAS EN OTRAS PALABRAS
Irène Nemirovsky, Suite francesa
La autora nació y vivió su infancia y adolescencia entre ciudades ucranianas y rusas. A raíz de la revolución rusa la familia huyó a Francia a través de Finlandia. Suite francesa es la novela más conocida de la autora. En ella Nemirovsky retrata el sobresalto que representó la invasión nazi de Francia en 1940 y el éxodo que la siguió. Como si se tratara de un documental cinematográfico filmado en directo, Suite francesa dibuja el comportamiento de la gente que de repente se encuentra en una circunstancia sin precedentes, una situación límite. Es entonces cuando se revela lo más recóndito del carácter de cada uno de los personajes. Solo un exiliado podía escribir un libro como este sobre el desplazamiento físico pero también emocional, sobre la espera de la huida y el éxodo en sí.
Nabokov, Pnin
El protagonista de la novela, Timofey Pnin, es una especie de doble de Nabokov. Ante todo, Pnin es el personaje más auténtico y entrañable de toda la obra nabokoviana. En su condición de exiliado ruso en Estados Unidos, que había pasado por Europa, al igual que el novelista, Pnin se esfuerza por mantenerse leal a sí mismo. Es un personaje donquijotesco: hace lo que desde su punto de vista debe hacer, es firme y constante en sus ideales. Ese soñador intenta luchar –a su manera, con un libro en la mano– contra los excesos del pragmatismo americano, al igual que Don Quijote se batía contra los molinos de viento.
Kundera, La ignorancia
No hay retorno del exilio: este es el mensaje de La ignorancia, novela de pensamiento del autor de origen checo que hace un cuarto de siglo decidió empezar a escribir en francés. Durante la ausencia del exiliado, cuenta la novela a través de los personajes de Josef e Irena, la vida y las circunstancias han cambiado tanto en su país de origen, y su lengua materna ha sufrido una metamorfosis tan grande que el fugitivo que regresa a su patria no la reconoce como su casa. Por el otro lado, el exiliado también ha cambiado. Durante su estancia en el país de adopción ha adquirido nuevos puntos de referencia y un nuevo sistema de valores y en su país de origen resulta un desconocido, un extranjero. El exiliado nunca más pertenecerá a ningún lugar concreto. Su identidad está en el desarraigo.
Jonathan Littell, Las benévolas
Littell es un estadounidense que estudió en Francia, reside en Barcelona y que usa el francés como lengua literaria. La novela está escrita en forma de memorias de un antiguo alto mando de las SS en las que este personaje ficcional narra sus actividades durante el Tercer Reich. La obra pone al lector en el corazón del horror nazi, más que cualquier otro libro que se haya escrito sobre el tema. En su novela, cuyas intenciones y alcance hacen pensar en Guerra y paz de Tolstoi, el autor se introduce en la conciendia de un individuo cualquiera que se convierte en un asesino de masas.
Llega a Temporada Alta la versión teatral de 'Las benévolas', de Jonathan Littell
JACINTO ANTÓN
Barcelona 17 NOV 2016 - 09:57 COT
El mismísimo Max Aue en persona, explica, mirándote a los ojos, los crímenes perpetrados por él y sus colegas de las SS durante el exterminio de los judíos en la Segunda Guerra Mundial: las ejecuciones de los Eisantzgruppen en los barrancos ucranianos entre el fuego y los schnapps, la organización de los trenes a los campos, el gaseado en Auschwitz. "No me arrepiento de nada, hacía mi trabajo y basta". Ese es el núcleo de la versión teatral de Las benévolas (RBA, 2007), la famosa y controvertida novela con la que Jonathan Littell ganó el Goncourt y que ahora ha puesto en escena el director belga flamenco Guy Cassiers con su compañía Toneelhuis aliada con la holandesa Tooneelgroep Amsterdam. El montaje (De welwillenden,en neerlandés sobretitulado en catalán), llega a Temporada Alta este fin de semana (sábado y domingo, Teatre Municipal de Girona) como una de las citas más importantes del festival.
Jonathan Littell se inspiró en el belga Léon Degrelle para el protagonista de 'Las benévolas'
OCTAVI MARTI
20 ABR 2008
La documentación utilizada por Jonathan Littell para escribir Las benévolas -sensación literaria del año pasado en Francia y premio Goncourt- fue enorme. Eso no es ningún secreto. Sí lo eran algunos de los recursos narrativos de los que se sirvió para hacer creíble a su extraordinario protagonista, Max Aue. Ahora, Littell ha publicado, en francés y en la editorial Gallimard, un ensayo, Le sec et l'humide, en el que explica cómo se sirvió de La campaña en Rusia, del fascista belga Léon Degrelle, para encontrar el tono del lenguaje de Aue.
Cuando cerré ayer la última página de esta ingente novela, convertida en libro del año en Europa, creo que sentí alivio. No es esta una buena señal para mí como lectora. Cuando termino libros que me apasionan siento tristeza, nunca alivio. Pero en el caso de Las benévolas es imposible no sentirlo, dada la carga de dolor, de violencia, de aberración que esconde en sus casi mil páginas. La novela, bien es sabido, narra la historia de un nazi de las SS, el oficial Aue, cultísimo y con grandes ideales al inicio de su trayectoria. Ya desde el maravilloso prólogo Maximiliam Aue nos deja clarísimo que no busca redención. Mira al lector a los ojos y le pregunta directamente si cree que él hubiese sido diferente a esos cientos de miles de alemanes que mataron, o a esos millones que cerraron los ojos. Primer toque de atención. Nos creemos moral y éticamente superiores a cualquier asesino, a cualquier bárbaro. Aue nos asegura que no lo somos, que, simplemente, hemos nacido en otro espacio físico y temporal. Y lo cierto es que, a medida que avanzaba en la lectura de esta novela, comprendía que quizá Aue tenga razón. Sólo así puede uno comprender cómo tales cotas de barbarie pudieron llegar a darse en tan corto período de tiempo. Bastan estas cifras que aporta el propio autor en el prólogo:
El tratamiento del exterminio en obras de creación ha despertado enormes polémicas desde la serie Holocausto hasta La vida es bella y Las benévolas.
Elie Wiesel, superviviente de Auschwitz, premio Nobel de la Paz y autor de impresionantes testimonios -como La noche- que arrastran al lector a los confines del mal y de la muerte, escribió sobre la Shoah: "Todavía no hemos conseguido abordar ese tema. Se queda fuera de todo entendimiento, de toda percepción. Podemos comunicar algunos retazos, algunos fragmentos; pero no la experiencia. Lo que hemos vivido nadie lo conocerá, nadie lo comprenderá". Wiesel, como muchos otros supervivientes, ha dicho muchas veces que la ficción no podía ni siquiera acercarse a la esencia de la catástrofe de los judíos de Europa, como la definió Raul Hilberg.
Sobre la memoria histórica -que es plural, egoísta y, sobre todo, personal- es muy difícil legislar. Conviene hacerlo sobre las consecuencias indeseables de la memoria sectaria del poder, pero, en lo que toca a las memorias personales o grupales, lo que procede es que se confronten, se rebatan y se repiensen. La novela contribuye poderosamente a ello porque es la manera más fértil de reducir la Historia a conciencia crítica del pasado. Y por eso, la narrativa prospera a favor de los periodos de transición, de las jornadas inciertas, cuando se está en el límite mismo de los olvidos. ¿Nos extrañará que todas las novelas británicas de los ochenta hablen en el fondo de la cercana catástrofe Thatcher? ¿O que muchas grandes novelas francesas recientes resuciten la lejana II Guerra Mundial, ya sea con la piedad crítica de Patrick Modiano, la sabiduría simbólica de Michel Tournier o la memoria en carne viva de Irène Némirovski (en la feliz recuperación de Suite francesa)?
Las benévolas
Jonathan Littell
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia RBA. Barcelona, 2007
992 páginas. 25 euros
las benignas
Jonathan Littell
Traducción de Pau Joan Hernández
Acantilado. Barcelona, 2007
1202 páginas. 27 euros
Para confirmarlo, Jonathan Littell un escritor jovencísimo (nacido en 1967), norteamericano, ha escrito en un francés -peculiar pero espléndido- Les bienveillantes (Las benévolas), un relato de más de setecientas páginas que le granjeó los premios Goncourt (y de la Academia) de 2006 y la nacionalidad francesa. Gracias a la traductora María Teresa Gallego Urrutia, los lectores españoles tienen ahora la posibilidad de zambullirse en esta larga pesadilla que no ha brotado de la memoria, sino de la bibliografía, y que, a modo de rapsodia, enlaza ficciones e ideas previas acerca del mundo del nazismo. Me explico: la convicción del autor acerca de la "banalidad del mal" procede de Hannah Arendt (y le ha inspirado inolvidables perfiles novelescos de Eichmann y Himmler), pero Littell también ha visto El ocaso de los dioses, de Luchino Visconti, que asoció incesto, tragedia y suntuosidad al recuerdo del nazismo, igual que ha leído a Vassili Grossmann para evocar los días de Stalingrado y conoce muy bien las letras colaboracionistas de los olvidados Lucien Rebatet y Robert Brasillach, a los que ha hecho amigos de su protagonista.
Y se ha inventado, sobre todo, un diabólico personaje y narrador: Maximilien Aue es el hijo de una alsaciana y de un alemán, que combatió en las crueles tropas especiales en la Guerra Europea de 1914. También es homosexual, o mejor todavía, una suerte de hermafrodita que prefiere ser penetrado para no perderse el goce femenino. Es incestuoso, como ya he apuntado. Y es un criminal inaccesible a la idea de culpabilidad, aunque también es un joven cultísimo. Eligió ser alemán y, huyendo de una redada de la policía en medios homosexuales de Berlín, ha sido reclutado por las SS, donde llega a ser teniente coronel. Durante la guerra, vive sucesivamente la experiencia de la liquidación de judíos y comunistas en Ucrania, las pintorescas especulaciones étnicas de los científicos nazis en el Cáucaso, el espanto de Stalingrado, los lager de Polonia, y llega a dirigir el uso de mano de obra hebrea en Hungría, para concluir en el Berlín del hundimiento final. Y se ha salvado para poder contarnos -con una mezcla de probidad de funcionario, egoísmo de adolescente caprichoso y sentido poético- esta historia siniestra que esconde unos cuantos asesinatos a sangre fría. ¿Y la culpa? ¿Y el horror? En esta novela, la culpa y el horror se expelen. La repugnancia de Max por algunas servidumbres de su trabajo le lleva a padecer diarrea permanente, y esa dolencia se repite durante su idilio berlinés, aunque la complacencia en lo fecal también preside la caracterización de su mentor inválido, el pestilente Mandelbrod. Sangre y mierda: en pocas novelas se hacen tan físicamente evidentes estas dos respuestas y signos de la vida humana. Y porque está muy familiarizado con ambas, Aue puede reducir su testimonio a un estremecedor, meticuloso e imparcial relato, tocado de finos detalles de paisaje. Y puede justificarse, él y todos, gracias al venenoso concepto de Weltaschuung,visión personal del mundo. Precisamente por ella debe salvarse: porque sabe que todo ha debido ser así y hasta osa llamarnos "hermanos" a sus lectores.
Lo somos, por supuesto. No me parece casual que este Fausto perverso sea un refinado músico y helenista. Los largos capítulos del relato se titulan como las partes de un concierto barroco, su armonía predilecta: allemande, courante, sarabande, gigue... El título original, Les bienveillantes, traduce -como sabe cualquier lector francés de Esquilo- el nombre de las Euménides, los seres protectores y benévolos cuyo coro dio nombre a la última tragedia de La Orestíada, toda ella dedicada al horror y la venganza; pero las Euménides habían sido previamente las Erinias, el coro que hostigó a los personajes hacia el espanto. Y Aue ha sobrevivido indemne, para contárnoslo, bajo tan ambigua protección.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de octubre de 2007
El autor neoyorquino Jonathan Littell (1967), afincado en Barcelona y que escribe en francés, ha concedido su primera entrevista tras el éxito de su novela Les bienveillantes. Los cientos de miles de ejemplares del libro vendidos en Francia lo han catapultado a la fama internacional desde finales de verano, antes de ser traducido (en España lo publicará RBA en 2008). Su celebridad ha sido confirmada con la obtención de los premios Goncourt y de la Academia Francesa.
Hace sólo tres meses, Jonathan Littell no existía. Por lo menos, para el público. El éxito fulgurante de su novela Les bienveillantes ha convertido a ese desconocido en un personaje público. A ese Jonathan Littell, objeto de la curiosidad de los medios de comunicación, al que se puede atribuir el mérito de no haber hecho nada por organizar su mediatización, incluso el de haberle dado la espalda, le han prestado varias vidas y varias identidades. Sobre él han circulado los rumores más infundados: supuestamente, Richard Millet, su editor en Gallimard, habría escrito Les bienveillantes, a no ser que fuera el novelista Robert Littell, padre del autor... En Barcelona, donde reside, Jonathan Littell ha hablado sobre su novela con Le Monde des Livres.