Me atrevería a decir del escritor Juan Tallón que es un autor con cierta pinta de despistado pero muy concienzudo en su trabajo y con mucho humor. Esa retranca gallega que te hace dudar si está hablando en serio o no. Con cada novela nos sorprende, y Obramaestra(Anagrama, 2022) no deja de ser un relato sorprendente y verídico sobre la desaparición de una escultura de 38 toneladas de hierro del artista norteamericano Richard Serra, custodiada por una empresa que trabajaba para el Museo Reina Sofía. El grave suceso se descubrió en 2005 y Tallón narra con brillantez los hechos escogiendo ni más ni menos que 73 testimonios de personajes reales, como la fundadora del museo, periodistas, coleccionistas y el propio Serra. A través de todas esas declaraciones vamos reconstruyendo los hechos. Cada personaje aporta algún dato nuevo y, aunque ficción y realidad se entremezclan, la paciencia y el trabajo exhaustivo de documentación hacen que Obra maestra sea un libro genial, interesante y ameno, y que se lea como a cada lector le apetezca, como un hecho verdadero mezclado con literatura o como literatura creada con hechos reales. Que cada uno elija, pero el disfrute está asegurado.
Entre la habitación en la que J. D. Salinger escribía y su dormitorio, en la granja de Cornish (New Hampshire), había una misteriosa caja fuerte. Una de las personas que la vio fue Joyce Maynard, con quien el autor de El guardián entre el centeno mantuvo una relación cuando ella era apenas una muchacha de dieciocho años y él tenía cincuenta y tres. En 1972 Maynard había publicado un artículo sobre su generación en The New York Times, en el que hablaba, entre otras cosas, de lo que suponía estudiar en Yale y ser virgen, como era su caso, en un clima de apertura sexual como el que reinaba en aquella época. Salinger elogió su texto en una carta, a la que ella respondió, y a la que después siguieron otras, en las que acabarían por constatar que se amaban. Fascinada, Joyce plantó sus estudios para irse a vivir con él. Los detalles de aquella convivencia, que duró nueve meses y acabó mal, se recogen en At home in the World, traducido al español como Mi verdad, obra en la que Joyce cuenta que en 1972 lo escuchaba «escribir a máquina todos los días».
Pasaban los años yJ. D. Salinger, asediado por el éxito deEl guardián entre el centeno, no daba señales de vida;ni publicaba, ni se dejaba ver. En cambio, se sabía que escribía, y que el resultado lo metía en un cajón. Lo admitía en alguna de las pocas entrevistas que concedió a los periodistas que subieron a lo largo de los años a hablar con él a New Hampshire. «Lo único que importa es la escritura», le dijo aBetty Eppesen 1980, cuando aceptó hablar con ella después de que la periodista le dejase una nota explicándole que estaría dentro de un Pinto de color celeste aparcado al lado del puente cubierto que había al lado de su casa.
La literatura es boxeo. En la teoría de José Luis Alvite, literatura y boxeo solo son dos maneras distintas de escupir. No se trata, en el fondo, más que de un combate en situaciones adversas, en el que intentas mandar a la lona a tu rival y este te devuelve los golpes. Nunca reculas, boxeas con la cara. Porque la cara, o tu estilo, siempre revelan lo que eres. Esta es una verdad que no necesita demostración. La certidumbre de que la literatura es boxeo se impone con tanta fuerza que no solo ha permitido convertir el boxeo en un material literario de primera, con el que han experimentado los autores más grandes, sino que ha dado pie a la saga de los escritores boxeadores. No se trata de una tribu menor. Podría competir con cualquier otra saga, si exceptuamos tal vez la de los escritores suicidas y la de los alcohólicos. Probablemente, nadie lo vio tan claro como Budd Schulberg, que advirtió desde joven que escribir es proyectar golpes en la oscuridad que vienen de vuelta. Si acaso Rocky Marciano, que en los años en que su carrera ya declinaba, le propuso a Schulberg crear la organización «Fighthers and Writers». Nunca se materializó, pero la idea evidenciaba la afinidad entre púgiles y literatos.
Enoch Soames era un poeta que soñaba con ser un genio, un ídolo, al que el tiempo nunca pasase por encima, olvidándolo. Pero fracasó. El futuro lo engulló. Al cabo del tiempo solo resultó un ser ridículo, al que nadie recordaba, salvo apenas el narrador del cuento titulado «Enoch Soames», obra del escritor británico Max Beerbohm (1872-1956), y que Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares incluyeron en su Antología de la literatura fantástica.
Max Beebohm, 1908
Ese narrador conoció a Enoch Soames a finales del siglo XIX, en el Café Royal de Oxford. Supo entonces que era autor de un libro. Y pronto publicaría otro. «Mis poemas», precisó Soames, que no había pensado en darle título. Dudaba si era realmente necesario. «Si un libro es bueno…», empezó a formular, agitando el cigarrillo. «Por supuesto, llevará mi nombre en la tapa», aclaró.
Cuando al fin los poemas se publicaron, el narrador, que si no amigo se había hecho buen conocido de Enoch, tuvo la «vaga sospecha» de que eran buenos. Al buscar las críticas en los diarios, sin embargo, estas se dividían en dos clases, aquellas que decían muy poco, y las que no decían nada. En la siguiente ocasión que se cruzó con Soames, solo fue capaz de decirle, con cierta torpeza, que esperaba que el libro se vendiera bien. «Me miró sobre su vaso de ajenjo y me preguntó si había comprado un ejemplar. Su editor le dijo que había vendido tres», escribe el narrador. Para restar gravedad a la cifra, que a primera vista parecía exigua, Soames señaló que él no era un comerciante, sino un poeta. Los poetas no jugaban a los números. En ese extremo, el narrador se mostró de acuerdo, y coincidieron en que los artistas que dan al mundo cosas verdaderamente nuevas y grandes están condenados a una larga espera, antes de que se les reconozca su mérito. «El acto mismo de esperar es la recompensa del poeta», afirmó Soames.
Hubo un tercer libro. Nadie habló de él. El narrador tuvo la intención de comprarlo, pero se olvidó. Cuando vio a Soames, tuvo la sensación de que era un ser afantasmado, que sin embargo creía en la grandeza de su obra, aunque nadie hablase de ella. El fracaso, cuando era un fracaso total, llano y sin barniz, siempre tenía alguna dignidad, en su teoría. Y, de cualquier modo, «el hombre que no ha perdido su vanidad», y ese era el caso de Soames, «no fracasa totalmente».
Pero entonces, llegó la primera semana de junio de 1897. Ese día el narrador acudió a almorzar al restaurante Vingtième. Al entrar, encontró dos mesas ocupadas. En una había un hombre alto, vulgar, mefistofélico, que ya se había encontrado antes en el Café Royal, y en la otra, Soames. Se sentó junto a él. Hablaron del fracaso, de la posteridad. En ese contexto, Soames se preguntó qué sería de él dentro de cien años. Sin duda, estaría muerto. Pero. «¡Si entonces pudiera volver a la vida por unas pocas horas e ir a la sala de lectura del Museo Británico y leer! O mejor aún: si pudiera proyectarme, en este momento, a ese porvenir, a esa sala de lectura, esta misma tarde. Por eso me vendería al diablo, en cuerpo y alma. Piense en las páginas y páginas del catálogo: SOAMES, ENOCH, infinitamente, infinitas ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías…».
En ese instante en que Soames soñaba con leer su nombre en las enciclopedias y libros del futuro, alcanzando al fin la posteridad, el hombre misterioso que permanecía en la otra mesa del restaurante pidió permiso para meter cuchara. «Soy el Diablo», se presentó. Fue al grano. ¿Soames quería encontrarse en la sala de lectura del Museo Británico, tal como estará en el atardecer del 3 de junio de 1997? ¿Quería encontrarse en esa sala, junto a las puertas giratorias, en este mismo momento, y quedarse allí hasta que cerrasen? «Parfaitement. Yo lo proyecto, ¡paf!», aseguró el diablo. Soames aceptó. Dispondría de cinco horas para viajar al futuro, comprobar si las enciclopedias del futuro hablarán de él, y regresar, para rendir cuentas de su cuerpo y su alma. «Entonces vendré a recogerlo, Mr. Soames, y me lo llevaré a casa», dijo el Diablo, refiriéndose familiarmente al infierno.
El narrador nada pudo hacer por disuadir a Soames de hacer aquel viaje. Lo hizo. A su regreso, Enoch le contó al narrador que consultó el Diccionario biográfico y algunas enciclopedias. Preguntó cuál era el mejor libro moderno sobre la literatura de fines del siglo XIX. Se lo trajeron. «Mi nombre no figuraba en el índice…». Al poco, apareció el Diablo. «Deploro —dijo implacablemente— disolver esta amena reunión, pero…».
Nicole KidmanEyes Wide Shut (1999), de Stanley Kubrick
Nada debajo del vestido
Juan Tallón
2 de noviembre de 2018
Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención.Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». TambiénAzorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.
En cuarenta años de carrera, John Cheever (1912-1982) publicó ciento veintiún relatos en el New Yorker, alguno de los cuales se consideran obras maestras, como «La monstruosa radio», «La geometría del amor», «Tiempo de divorcio» o «El nadador». Harold Ross, fundador de la revista y hombre poco dado a romper la distancia que mantenía con los colaboradores, lo felicitó por escrito en varias ocasiones. Los logros literarios de Cheever fueron completos, pues no estuvieron, que se diga, exentos de frustraciones. No basta con triunfar para tener éxito, sino que además se requiere fracasar, y él supo hacerlo. Publicar ciento veintiún relatos obligó a los editores de ficción de la revista a rechazar muchos otros. Los rechazaron a lo largo de cuarenta años, cuando el autor aún estaba empezando, en la década de los treinta, y cuando ya era celebrado como uno de los mejores escritores de cuentos del siglo, en los setenta. El autor se sintió muchas veces maltratado por la revista, que imponía límites a los autores —sobre los temas, el lenguaje utilizado y la extensión de las obras— que en su opinión reducían su obra a «una pequeñez despreciable», observa en sus diarios.
Escena de la adaptación cinematográfica de El gran Gatsby de 1974.
¿Es «El gran Gatsby» un mal título?
Juan Tallón
6 de febrero de 2016
En mayo de 1924, un año antes de que El gran Gatsby viese la luz, Francis Scott Fitzgerald trabajaba febrilmente en el libro, renunciando a leer nada que no fuese Homero y literatura homérica e historia desde el año 540 al 1200. «Y ruego a Dios no ver un alma durante seis meses; mi novela es cada vez más extraordinaria; me siento completamente dueño de mí mismo y por fin podré satisfacer mi deseo de soledad», le escribía al novelista Thomas Boyd desde Francia, donde acababa de recalar con diecisiete maletas, y esperando encontrar una villa con mayordomo y cocinero para él, su mujer y su hija. La exaltación lo embargaba, y en agosto de ese año le confiesa a Maxwell Perkins, director editorial de Scribner’s, que «mi novela es más o menos la mejor novela estadounidense jamás escrita». Nunca siente un autor tanto entusiasmo por su obra como cuando no está terminada. Después de todo, estás haciendo algo, y ese instante es más placentero emocionalmente que el momento en el que, acabada la novela, ya no tienes nada que hacer, salvo ser juzgado por ella.
Escribo esto en 2021, pero ¿en qué época estamos? No es lo mismo una fecha, pongamos junio o julio de 2021, que una época. Las fechas influyen en tu agenda, en tus planes, pero las épocas intervienen directamente en tu ser, en la clase de persona que eres, quizá en la que quieres llegar a ser. En esta época que nos ha tocado vivir, ¿qué sería lo más destacado, lo primero? El yo, obviamente. Nada hay más importante que uno mismo. En un escenario hipernarcisista, tiene sentido que el mundo consista en una suma de egos mezclados, el tuyo primero, lógicamente. Es difícil encontrar un momento en el que lata tanta pasión por la personalidad. Dedicarse a uno mismo, crecer en tu vida profesional, volver interesante, vertiginoso, placentero cada minuto libre de tu vida personal: he ahí el plan del individuo occidental.
Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: «Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme». La investigación posterior corroboró que, en efecto, antes de suicidarse con sulfato de amonio para fertilizar las vides, Andrés (63 años, soltero, sin familia directa) había llevado a cabo todos los propósitos que recogía la lista, incluyendo una estancia de media hora con una de las chicas de El Francés y el ahorcamiento de su setter inglés. Sobre cada tarea, por así decir, la víctima había trazado sucesivamente una tachadura, a modo de «resuelto».
La suerte es redonda. Cada uno coincidirá o disentirá según sus propios criterios. Yo lo demuestro siempre con un simple paquete de Lucky Strike y la acción estelar de mi amigo Rafa, de Pontevedra. Lucky Strike es esa famosa marca de cigarrillos representada por un logotipo en forma de diana con cuatro circunferencias concéntricas, y Rafa un fumador riguroso, terco, dispuesto a dar la vuelta al mundo si no tiene tabaco, cosa que todavía no ha sido necesaria. Hace algunos años, se quedó sin cigarros en mitad de la madrugada, en un día de entre semana, mientras jugaba a la Play, sin visos de sueño, y entonces emprendió uno de los desplazamientos —precisamente en círculo— más disparatados y desesperados que pueden hacerse solo por conseguir una cajetilla de Lucky. ¿Por qué Lucky? Porque sí. Por caprichos del comportamiento humano. «Yo antes era de Marlboro, de hecho, pero vi Mad Men y a Don Draper fumar de maravilla aquellos cigarros cortos de Lucky, y me cambié», confiesa.
Mario Vargas Llosa, Patricia Llosa, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti,
Aquellos sí eran puticlubs
Juan Tallón
21 de abril de 2013
Hay muchos puticlubs, pero ninguno es el de Junta Larsen. Ni el de don Anselmo. La literatura está plagada de prostíbulos que solo son eso, prostíbulos, hombres, mujeres, mala música, olor a desinfectante. En cambio, las «casas» de Junta y don Anselmo representan complejos símbolos, además de burdeles. En realidad, son utopías, hasta que un día se desmoronan, como todo lo bello. Si solo fuesen prostíbulos, tal vez siguiesen abiertos, como todo lo atroz. Cuando Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa publican en los años 60 Juntacadáveres y La casa verde, respectivamente, están en algún sentido fundando algo parecido a una «literatura de prostíbulo», que, como el nombre indica, no tiene demasiado que ver con los prostíbulos —que hacía mucho tiempo que aparecían en la literatura universal— pero sí con su metáfora. La modernidad y grosería del capitalismo había producido, para aquellos años, una época grotesca de gloria y desgracia, placer e inmundicia, esplendor y ocaso, simultáneamente. Y los burdeles de Vargas Llosa y Onetti reflejaban ese escenario, tratado por el particular estilo de cada autor. Hay una variante de la modernidad en estos libros, imposible de desligar de la decadencia, que crece sobre una voz que escucha en su cabeza el protagonista, a menudo un individuo enigmático, oscuro, sin pasado, o en todo caso con un oscuro pasado. Esa voz dice: «¡Funda un prostíbulo, che!».
A veces crees que tus desgracias empiezan tan atrás, que te cambias de nombre en un intento desesperado por sortear la adversidad, como el día que Philippus Theophrastus Bombast von Hohenheim previó que haría mejor carrera como Paracelso. En la vida conviene saber cuándo tu nombre se vuelve una losa, para deshacerte de él, como si fuese el calzoncillo de ayer. Bastantes obstáculos encuentras hasta que te llega la muerte, como para tener que remontar también tu nombre y apellidos. En último término, un nombre tiene que ser un salvoconducto, una llave maestra, una versión mejorada, a poder ser, de ti mismo, y no una mera señal para que te des la vuelta cuando te llaman.
En este país, durante años, solo hubo una partida. La partida de cartas. La Partida. Y era sagrada en millones de casas, como el brasero o como la copita del desayuno. La echaba tu padre, la echaba tu abuelo, y si sabías lo que es bueno, un día la echabas tú. Podías licenciarte en Derecho jugando una partida tras otra en la cafetería de la facultad. Solo tenías que levantarte de vez en cuando para fotocopiar apuntes. En realidad, aquello no era tanto una partida de cartas como una misa. O una orgía. O el acogedor infierno. No faltabas a la cita por una enfermedad, ni por una celebración familiar, ni porque naciese tu hijo. En Vilardevós (Ourense), hablamos recurrentemente de aquella partida en la que a Indalecio Yáñez le llegaron, en mitad de un subastado, con la nueva de que había nacido su cuarto hijo. «Arrastro», dijo sin levantar los ojos del tapete, metiendo un triunfo en la mesa, para allanar el horizonte. El bar aguantó la respiración y el tiempo palpitó en la atmósfera. Cuando Indalecio recogió la baza y contó los puntos de cabeza, se volvió y preguntó, apartando un segundo el palillo de la boca: «¿Niño o niña?». Y, naturalmente, continuó la partida. A eso me refiero cuando digo «sagrada».
Cuando despiertas sientes un funeral en la cabeza, como en aquel verso de Emily Dickinson. No hay nadie en ese velatorio, salvo tú, que eres el muerto, harapiento y náufrago, como en aquella novela de Juan Rulfo. Te palpas los bolsillos del pijama en busca de un grifo. Pagarías por que manase agua fría de la lámpara que hay en la mesilla de noche. La lengua te pesa dentro de la boca como un diccionario de sinónimos. Cuando consigues despegarla pesadamente, como si empujases un coche que no arranca, solo articulas una perogrullada. Chirría igual que una bisagra oxidada, pero aun así, es una rotunda y bella frase: «Uff, qué resaca». Hay que manejarla con cuidado. Es dinamita y puede explotar. En cierto sentido, la resaca no es sino una mina antipersona que acabas de pisar. Oyes el clic. Es un sonido inconfundible, como la Novena Sinfonía, ante el que te quedas quieto, para no precipitar tus cenizas. Pero tú sabes que el futuro ya pasó.
El cartero siempre llama dos veces. Imagen: Paramount Pictures.
Acabar pronto
Escrito por Juan Tallón
15 de noviembre de 2021
Algunas cosas solo salen bien a cambio de que se hagan rápido y mal. No importa de qué se trate. Todo puede ser acometido inopinada y vertiginosamente, como en esa escena de El cartero siempre llama dos veces entre Jessica Lange y Jack Nicholson, donde el sexo se improvisa entre sartenes y cacerolas, en el caos reinante de la cocina. Las cosas mal hechas, cuando buscan la avidez y la velocidad, a menudo se arreglan solas y destellan. No digamos si estás empalmado. En algunas circunstancias concretas las premuras son buenas, y dejan tras de sí esa estela apuesta y lenta que permite la moviola. Incluso Dios, según algunas fuentes, zanjó el mundo como si tuviese prisa, de una sentada, loco por finalizar e inventar el domingo.
Era la primera semana de agosto y yo no tenía donde caerme muerto, así que me fui al Reina Sofía, como otras veces. Me acomodé de pie ante el Guernica, vagamente interesado en el cuadro. Me gustaba tenerlo como banda sonora, acunando mis pensamientos mientras atendía al entorno. En este cuadro es muy importante precisamente el entorno, la atmósfera de que se rodea, los murmullos, las moscas, si las hay. Ese día, a última hora de la tarde, sucedió algo poco habitual, y durante unos minutos nos quedamos a solas con la pintura cuatro visitantes. Fue un instante mágico, de una soledad confortable y fresca. Todos estudiaban los secretos de la obra menos yo, que me fijé sin querer en uno de los vigilantes, en cuya frente se había detenido una mosca. Cuando la perdí de vista, desganado, advertí con fascinación que el vigilante estaba empalmado. No supe reprimir la risa, que apagué como pude con una mano. Hostia santísima, me dije, mientras comprobaba si las otras tres personas seguían mirando con obstinación la pintura. Lo hacían. En el siguiente minuto la erección siguió allí. El vigilante, curiosamente, parecía ignorarla, impertérrito, tal vez demasiado ocupado en tareas de vigilancia. En fin. Cuento esto porque ese instante fue la última constatación brutal de qué importantes son los detalles insignificantes.
Todos huimos. Hasta las ratas huyen. La vida va de eso. Incluso la muerte. Hay infinitas formas de hacerlo. Ni siquiera tiene que existir una razón. La huida posee una cara absurda que la libera de ese requisito. A la mierda. Cualquier momento es bueno para largarse. Ni siquiera hay que ir lejos. Eso te exime de hacer una maleta y meter una muda. Huir, a veces, solo es dar media vuelta en mitad de la calle, con el mismo calzoncillo. O abandonar un libro en la página 17. O entrar en Zara con 20 euros. John Fante contaba que su primera huida seria fue, en realidad, una carrera desesperada de 200 metros, cuando solo tenía diez años. Ese día caminaba por las calles de su Denver natal y decrépito, de regreso del colegio, cuando vio salir a una mujer de la parte de atrás de la casa del Padre Stevens. Ella parecía feliz, y el pequeño John se quedó estudiando fijamente su gesto. Tal vez le extrañó, aunque sin tener claro por qué le extrañaba, aquella presencia femenina en la casa del pastor. En verdad, no tenía aún edad para distinguir a una prostituta a lo lejos, mirando de reojo. El descaro de su mirada fija incomodó a la mujer, que cuando estuvo a su altura emborronó la sonrisa y le espetó: «Qué coño miras, mocoso. ¿Quieres que te la chupe?» El muchacho salió corriendo, aterrorizado por la presencia del verbo chupar. Normal. Solo con el tiempo aprendes que no se huye de la mamada, sino que se va hacia ella.