Vida de un buen escritor
En la autobiografía de Dawkins importan menos las especies o ecuaciones que la narrativa
¿A quién le importa la vida de un científico? Bueno, depende del científico, desde luego. Si se trata de Einstein, uno puede querer saber de dónde demonios salieron aquellas ideas que reinventaron la física y el mundo, rompedoras y certeras como una cascada de luz. En la autobiografía de Darwin se puede buscar además una novela de aventuras victorianas, y en la de Feynman, el ritmo mestizo de la samba en una playa brasileña. Ninguno de estos, sin embargo, es el caso de Richard Dawkins, zoólogo anacrónico en la era de la biología molecular, látigo de herejes en materia evolutiva, divulgador afamado y ateo militante que no ha hecho aportaciones primarias a la ciencia, sino solo a su popularización. ¿Qué ha llevado entonces a Dawkins a contar su vida? Seguramente la mejor de las razones: que es un gran escritor, y lo sabe. Esto es justo lo que le ha convertido en uno de los divulgadores científicos más leídos del mundo, y también lo que convierte ahora su vida en una obra literaria.


