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lunes, 30 de diciembre de 2024

Gary Oldman: “Hubo momentos en que preferí estar borracho a hacer cualquier otra cosa. Ya no soy ese tipo“

 


Paolo Sorrentino y Gary Oldman, en 'Parthenope'.
Paolo Sorrentino y Gary Oldman, en 'Parthenope'

Gary Oldman: “Hubo momentos en que preferí estar borracho a hacer cualquier otra cosa. Ya no soy ese tipo”

El actor británico encarna al escritor John Cheever como un hombre melancólico y alcoholizado en ‘Parthenope’, otro canto de amor de Paolo Sorrentino a Nápoles

sábado, 10 de agosto de 2024

Jenn Díaz / El final de Raymond Carver


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Raymond Carver. (DP)

El final de Raymond Carver

El relato sigue siendo, para el lector más perezoso, un género menor. Parece absurdo, porque el cuento, al ser más breve, debería ser más accesible… pero también es más exigente. Una novela no tiene más misterio: es una historia que cuenta el autor. Habrá más giros, más personajes y más incógnitas, pero son siempre los mismos y el contexto varía a medida que la novela avanza, de una manera progresiva, es decir, cómodamente. El libro te va acompañando. 

viernes, 1 de marzo de 2024

John Cheever / Siempre nos quedará Plabyboy

John Cheever. Foto: Getty.
John Cheever. Foto: Getty.

Siempre nos quedará Playboy

En cuarenta años de carrera, John Cheever (1912-1982) publicó ciento veintiún relatos en el New Yorker, alguno de los cuales se consideran obras maestras, como «La monstruosa radio», «La geometría del amor», «Tiempo de divorcio» o «El nadador». Harold Ross, fundador de la revista y hombre poco dado a romper la distancia que mantenía con los colaboradores, lo felicitó por escrito en varias ocasiones. Los logros literarios de Cheever fueron completos, pues no estuvieron, que se diga, exentos de frustraciones. No basta con triunfar para tener éxito, sino que además se requiere fracasar, y él supo hacerlo. Publicar ciento veintiún relatos obligó a los editores de ficción de la revista a rechazar muchos otros. Los rechazaron a lo largo de cuarenta años, cuando el autor aún estaba empezando, en la década de los treinta, y cuando ya era celebrado como uno de los mejores escritores de cuentos del siglo, en los setenta. El autor se sintió muchas veces maltratado por la revista, que imponía límites a los autores —sobre los temas, el lenguaje utilizado y la extensión de las obras— que en su opinión reducían su obra a «una pequeñez despreciable», observa en sus diarios.

viernes, 23 de febrero de 2024

Escritores borrachos / Qué resaca

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Fotografía: Mislav Marohnić (CC).

Qué resaca

Cuando despiertas sientes un funeral en la cabeza, como en aquel verso de Emily Dickinson. No hay nadie en ese velatorio, salvo tú, que eres el muerto, harapiento y náufrago, como en aquella novela de Juan Rulfo. Te palpas los bolsillos del pijama en busca de un grifo. Pagarías por que manase agua fría de la lámpara que hay en la mesilla de noche. La lengua te pesa dentro de la boca como un diccionario de sinónimos. Cuando consigues despegarla pesadamente, como si empujases un coche que no arranca, solo articulas una perogrullada. Chirría igual que una bisagra oxidada, pero aun así, es una rotunda y bella frase: «Uff, qué resaca». Hay que manejarla con cuidado. Es dinamita y puede explotar. En cierto sentido, la resaca no es sino una mina antipersona que acabas de pisar. Oyes el clic. Es un sonido inconfundible, como la Novena Sinfonía, ante el que te quedas quieto, para no precipitar tus cenizas. Pero tú sabes que el futuro ya pasó.

lunes, 9 de octubre de 2023

John Cheever / El marido rural

 


John Cheever
EL MARIDO RURAL

    Habrá que contar, para empezar por el principio, que el avión de Minneapolis en el que Francis Weed se dirigía hacia el este se encontró de pronto con graves problemas meteorológicos. El cielo había estado antes de un color azul brumoso, con nubes exclusivamente por debajo del avión, aunque tan juntas que no se veía la tierra. Luego empezó a formarse vaho en el exterior de las ventanillas, y penetraron en una nube blanca de tal densidad que reflejaba las llamas del escape de los motores. El color de la nube se oscureció hasta convertirse en gris, y el avión empezó a mecerse. Francis se había encontrado otras veces con fuertes perturbaciones atmosféricas, pero el balanceo no había sido nunca tan intenso. El hombre sentado junto a él sacó un frasco del bolsillo y echó un trago. Francis le sonrió, pero el otro apartó la vista; no estaba dispuesto a compartir con nadie su analgésico particular. El avión empezó a caer y a dar violentos tumbos. Un niño se puso a llorar. Hacía demasiado calor en la cabina, el aire estaba viciado, y a Francis se le durmió el pie izquierdo. Leyó unas líneas del libro de bolsillo que había comprado en el aeropuerto, pero la violencia de la tormenta distraía su atención. Por fuera de las ventanillas todo estaba negro. Las llamas del escape de los motores brillaban y lanzaban chispas en la oscuridad, y, dentro, las luces indirectas, la mala ventilación y las cortinas de las ventanillas daban a la cabina una atmósfera intensamente doméstica que estaba por completo fuera de lugar. Luego las luces parpadearon y se apagaron.

miércoles, 31 de agosto de 2022

John Cheever / La geometría del amor




John Cheever

LA GEOMETRÍA DEL AMOR


Era una de esas tardes lluviosas en las que el departamento de juguetes de Woolworth's, en la Quinta Avenida, está lleno de mujeres que parecen recién salidas de un lecho adúltero, y en ese momento compran un regalo para su hijo pequeño antes de regresar a casa. Aquella tarde concreta había unas ocho o diez, bonitas, fragantes y bien vestidas, pero con el aire cariacontecido de las mujeres a quienes poco antes ha desnudado un caradura cualquiera en una anónima habitación de hotel del centro de la ciudad cuando están a punto de volver al hogar, a recibir los abrazos de un niño cariñoso. Era Charlie Mallory, que acababa de comprar un destornillador en el departamento de ferretería, quien había llegado a dicha conclusión. No era un juicio de orden moral. Se le ocurrió generalizar principalmente para conferir algún interés y animación a la lasitud de una tarde de lluvia. Las cosas iban muy despacio en su oficina. Después del almuerzo, había empleado su tiempo en reparar un fichero. Para eso quería el destornillador. Una vez formulada esa conjetura, miró más de cerca los rostros de las mujeres y le pareció hallar en ellos alguna confirmación de su fantasía. ¿Qué otra cosa que no fueran las congestiones y los desengaños del adulterio podía prestarles un aire tan espiritual, tan lloroso? ¿Por qué suspiraban tan profundamente al tocar las cosas con que juega la inocencia? Una de las mujeres llevaba un abrigo de piel parecido al que Mallory había regalado en Navidad a su mujer, Mathilda. Observando con más atención, vio que no sólo era el abrigo de Mathilda, sino Mathilda en persona.

John Cheever / Miscelánea de personajes que no figurarán





John Cheever
MISCELÁNEA DE PERSONAJES
QUE NO FIGURARÁN
Traducción de Aníbal Leal

1. La bonita joven del encuentro de rugby Princeton-Darmouth. Va y viene detrás de la gente distribuida sobre el límite del campo. Aparentemente no tiene amigo, un compañero especial, pero todos la conocen. Todos decían su nombre (Florrie), todos la veían con agrado, y cuando ella se detuvo a hablar con unos amigos, un hombre apoyó la palma de la mano en la cintura de la joven, y al sentir el contacto (a pesar del buen tiempo y el verdor del campo de juego) en el rostro del hombre se dibujó una expresión sombría y pensativa, como si experimentara anhelos inmortales. Florrie tenía los cabellos de un hermoso oro oscuro, le caía un rizo sobre los ojos y miraba a su través. Tenía la nariz quizá demasiado fina, pero el efecto era sensual y aristocrático, los brazos y las piernas eran redondos y bien torneados, pero de ningún modo femeninos, y sus ojos violetas bizqueaban. Era la primera mitad del encuentro, aún no se habían anotado puntos y el equipo del Darmouth envió fuera la pelota. Fue un tiro desviado que apuntó directamente a los brazos de la joven. Recibió con elegancia la pelota; parecía haber sido elegida para eso, y permaneció así un segundo, sonriente, inclinada, observada por todos, antes de devolverla con un movimiento torpe y encantador. Se oyeron algunos aplausos. Después, todos desviaron los ojos de Florrie al campo, y un segundo después ella cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos, contraídas con violencia por la excitación. Parecía muy tímida. Alguien abrió una lata de cerveza y se la pasó, y ella se incorporó y volvió a recorrer el límite del campo, y salió de las páginas de mi novela porque nunca volví a verla.

John Cheever / Un caballero de Nueva Inglaterra




John Cheever

Un caballero de Nueva Inglaterra




Ignacio Martínez Pisón
11 de septiembre de 2011


En El nadador, la película de Frank Perry basada en el célebre relato homónimo de John Cheever, aparece éste haciendo un brevísimo cameo. La escena tiene lugar en un jardín en el que se está celebrando una fiesta junto a la piscina. El protagonista, el iluminado nadador interpretado por Burt Lancaster, saluda a varios de los invitados y se detiene apenas un segundo para estrechar la mano de un caballero de chaqueta blanca y sonrisa insegura que se presenta como John Nesville. El tal Nesville, por supuesto, no es otro que Cheever, quien en 1966, año en que esas imágenes fueron rodadas, atravesaba uno de los momentos más dulces de su trayectoria de escritor: había publicado ya sus dos mejores novelas (Crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot) y varias recopilaciones de magníficos relatos, seguía siendo uno de los colaboradores emblemáticos de The New Yorker y, acaso por primera vez en su vida, no le faltaban el dinero ni el reconocimiento. ¿Cómo sería la imagen que por entonces John Cheever tenía de sí mismo? Seguramente muy parecida a la que brevemente nos ofrece John Nesville: la imagen de un hombre próspero, mundano y distinguido que nunca ha tenido problemas de integración en su entorno, una pequeña comunidad de clase media-alta del noreste de Estados Unidos. Esa imagen podrían completarla algunos de los detalles iconográficos con los que el propio Cheever gustaba de aderezar sus entrevistas (la casa de nobles y antiguas paredes, la vieja mecedora al calor del hogar, el paseo con los perros perdigueros), y el resultado final se acercaría mucho al arquetipo tradicional del decente caballero de Nueva Inglaterra.

jueves, 28 de mayo de 2020

Diarios / La noche oscura de Cheever




Antonio Muñoz Molina

Noche oscura 

de Cheever



11 de septiembre de 2010


Hay diarios que es preciso leer con cautela para no intoxicarse con su desolación. En la lectura de un diario hay siempre una parte adictiva, quizás por contagio del hábito que fue dando lugar a su misma escritura. Cada día o cada pocos días el autor ha abierto un paréntesis peculiar de soledad para contarse a sí mismo el cuento casi siempre monótono de su propia vida. Cada día ha abierto el cuaderno que se va llenando poco a poco o el archivo del ordenador que es como el cajón con llave donde se guardan las intimidades, y es posible que esa costumbre se haya rodeado de otras no menos ineludibles: quizás una cierta hora del día o de la noche, un lugar preciso, quizás algo de tabaco o de alcohol, o alguna otra sustancia que haya ido formando parte tan indisolublemente del acto de escribir como la tinta o como el sonido de las teclas. Leemos ensayos o ficciones para dejarnos llevar por el impulso de un propósito, por un sentido de dirección que raras veces se percibe en el desorden natural de la experiencia. Lo que nos atrae de los diarios es precisamente que se parecen a la indeterminación de la vida. Cada entrada es una hoja de calendario que tiene su lugar en el orden de los días pero que también se abre y se cierra sobre sí misma, tan completa y separada de las otras como el arco de las veinticuatro horas o el del tiempo transcurrido entre el despertar y el regreso al sueño.

jueves, 21 de mayo de 2020

Cheever por sí mismo / Diario revela sus secretos y materiales


Cheever por sí mismo: diario revela sus secretos y materiales

En sus reeditados Diarios (Literatura Random House), de la mano de una prosa exquisita, siempre en distancias cortas, John Cheever se deshace de su imagen de señor de una antigua propiedad rural criando perros de caza para adentrarnos en sus materiales de trabajo y desempolvar una figura marcada por el alcoholismo, la culpa y los secretos.

Felipe Ojeda
22 de noviembre de 2018

John Cheever nunca terminó el colegio. Fue expulsado cuando lo sorprendieron fumando. Del incidente escribió un cuento ("Expelled") que vendió al periódico New Republic. Seguiría siendo su forma de ganarse la vida durante décadas junto con salir a recorrer los barrios y capturar los encantos y desilusiones de la clase media estadounidense. Luego de escribir, con una prosa corrosiva, enviaba sus ficciones a revistas como Atlantic y The New Yorker, que lo convirtió en un autor más de la casa. Por eso sería llamado "el Chéjov de los suburbios".

lunes, 25 de junio de 2018

John Cheever / El paraíso recuperado



John Cheever


John Cheever
EL PARAÍSO RECUPERADO
Por Rodrigo Fresán

Página 12
Suplemento Radar Libros
Domingo, 27 de Noviembre de 2005

Después de años de ser figurita difícil en librerías de viejo (quienes los tenían no los vendían, quienes los querían no los conseguían), los libros de John Cheever empiezan a ser reeditados por Emecé, con epílogos de Rodrigo Fresán. A continuación, reproducimos el que cierra Esto parece el paraíso, recientemente distribuido junto a Falconer, primera tanda de un plan que terminará devolviendo a las librerías argentinas hasta los cuentos y los diarios de uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX.

John Cheever / El arte de la ficción / The Paris Review


John Cheever
EL ARTE DE LA FICCIÓN (1976)
The Paris Review
Por Annete Grant
Traducción de Martin Abadía


El primer encuentro con John Cheever tuvo lugar en la primavera de 1969, justo después de que se publicara su novela Bullet Park. Por lo general, Cheever abandona el país una vez terminado un nuevo libro, pero no fui así esta vez. En consecuencia, muchos entrevistadores de la Costa Este hicieron el viaje hasta Ossining, New York, donde el maestro del relato les ofrecía un agradable día en el campo –aunque muy poca conversación sobre su libro y el arte de escribir.
Cheever tiene cierta reputación de ser un entrevistado difícil. No presta atención a las reseñas, nunca lee ni sus libros ni sus relatos una vez publicados y a menudo es un poco vago con respecto a los detalles. Le disgusta hablar sobre su trabajo (especialmente hablarle a “una de esas máquinas”) ya que prefiere no mirar hacia atrás, sino hacia adonde está yendo.

jueves, 11 de enero de 2018

John Cheever / Una mujer sin país

Carla Blue
Estación de tren en Roma
Fotografía de Beñat Arginzoniz

John Cheever
UNA MUJER SIN PAÍS

La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra —el que lleva bigote—, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.

sábado, 30 de diciembre de 2017

John Cheever / Diarios



John Cheever
DIARIOS


Y pienso en el pasado: en lo ordenado, limpio y sensato que parece; y sobre todo, qué ligero. Sentado en un salón amarillo y bien iluminado, pienso en el pasado, pero en relación con él me parece estar sentado en la oscuridad. Recuerdo que mi padre se levantaba a las seis. Se baña y sale a hacer cuatro hoyos de golf antes del desayuno. El campo es ondulado y tiene una bella vista al mar. Se viste para trabajar y toma un desayuno generoso: pescado con huevos fritos y patatas, o bien un par de chuletas. El perro y yo le acompañamos a la estación, donde me entrega el bastón y la correa del perro y sube al tren entre amigos y vecinos. Sus negocios son sencillos y rentables. Al mediodía toma unos bizcochos con leche en el club. Vuelve en el tren de las cinco, subimos todos al Buick y nos vamos a la playa. Tenemos una casita, una construcción sencilla sobre pilotes de madera, azotada por los vientos del mar. Hay vestuarios para cambiarse y una chimenea para los días de lluvia. Nos cambiamos y nos bañamos en el mar verde, salitroso. Luego nos vestimos y cenamos juntos, impregnados de olor a sal, en el sombrío comedor. Terminada la cena, mi madre coge el teléfono. “Buenas noches, Althea”, dice a la operadora”. Por favor, ¿me pones con la heladería del señor Wagner?”. El señor Wagner recomienda el sorbete de limón y poco después nos trae medio kilo en una bicicleta que tintinea en el crepúsculo estival. Tomamos el helado en el patio trasero, leemos, jugamos al whist, deseamos al lucero que nos traiga un reloj de oro con cadena, nos damos las buenas noches y a dormir. Parecían los comienzos de un mundo, cada día era una mañana, y si hubo un incidente que pudiera considerarse un punto de inflexión diría que fue cuando mi padre, al salir hacia su golf matinal, halló a su querido amigo y socio ahorcado en un árbol, en la calle del tercer hoyo.

domingo, 26 de febrero de 2017

John Cheever / Siempre nos quedará Playboy



John Cheever

Siempre nos quedará Playboy

Publicado por 
John Cheever
Poster de T.A.

En cuarenta años de carrera, John Cheever (1912-1982) publicó ciento veintiún relatos en el New Yorker, alguno de los cuales se consideran obras maestras, como «La monstruosa radio», «La geometría del amor», «Tiempo de divorcio» o «El nadador». Harold Ross, fundador de la revista y hombre poco dado a romper la distancia que mantenía con los colaboradores, lo felicitó por escrito en varias ocasiones. Los logros literarios de Cheever fueron completos, pues no estuvieron, que se diga, exentos de frustraciones. No basta con triunfar para tener éxito, sino que además se requiere fracasar, y él supo hacerlo. Publicar ciento veintiún relatos obligó a los editores de ficción de la revista a rechazar muchos otros. Los rechazaron a lo largo de cuarenta años, cuando el autor aún estaba empezando, en la década de los treinta, y cuando ya era celebrado como uno de los mejores escritores de cuentos del siglo, en los setenta. El autor se sintió muchas veces maltratado por la revista, que imponía límites a los autores —sobre los temas, el lenguaje utilizado y la extensión de las obras— que en su opinión reducían su obra a «una pequeñez despreciable», observa en sus diarios.

sábado, 5 de julio de 2014

John Cheever / El nadador


El nadador
Quito, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas
John Cheever

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.

domingo, 16 de marzo de 2014

Antonio Muñoz Molina / En el manantial de los Ecos

Raymond Carver

Antonio Muñoz Molina

En el manantial de los Ecos

Laing sigue el rastro de seis vidas de escritores alcohólicos marcadas por el talento y el desastre


EL PAÍS


John Cheever, en un retrato de 1979. / THE NEW YORK TIMES
Cada escritor sigue inclinaciones poderosas que se repiten transformándose de un libro a otro. Olivia Laing tiende a escribir sobre los itinerarios geográficos de vidas con finales desastrosos. Su primer libro, To the River, cuenta un viaje a lo largo del río Ouse, donde se dejó morir ahogada Virginia Woolf, adentrándose en él con los bolsillos llenos de piedras. El segundo traza un itinerario mucho más largo, no a través de Reino Unido, sino de toda la amplitud de Estados Unidos. En The Trip to Echo Spring, Olivia Laing viaja de Nueva York a Nueva Orleans, de Nueva Orleans a Key West en Florida, de Florida hacia el Norte, hasta Saint Paul, en Minnesota, y de Saint Paul hacia Port Angeles, en la costa noroeste del Pacífico, donde Raymond Carver murió en 1988 de cáncer de pulmón, después de veinte años de alcoholismo y espanto, y diez años breves de serena felicidad. En avión, en coches alquilados, pero sobre todo en trenes, en los trenes destartalados y eternos de América, que cruzan el país en viajes tan largos como los de sus ríos mayores, Olivia Laing sigue el rastro de seis vidas de escritores alcohólicos, las seis marcadas por el talento y el desastre, solo dos de ellas concluidas en la curación. En Nueva York se aloja en el hotel Elysée, en la zona agitada y turística de la proximidad de los grandes teatros, donde Tennessee Williams murió una noche de junio de 1983, devastado por el alcohol y los barbitúricos, solo como un perro, atragantándose con el tapón de plástico de un bote de colirio para los ojos, rodeado de frascos de medicinas, drogas legales e ilegales, ceniceros llenos de colillas, ropa sucia, papeles desordenados, botellas de vino a medio beber. En esa época Tennessee Williams llevaba más de dos años sin estrenar y todas sus últimas obras habían sido fracasos de público y recibido críticas crueles. En el vestíbulo del hotel, en los restaurantes cercanos, en los bares de chulos que frecuentaba, Williams era un espectro familiar y patético. Tuvo que morirse para que los mismos críticos que se habían ensañado tan sin misericordia en sus obras tardías accedieran a celebrar el mérito indeleble de las mejores que había escrito, las que treinta años después de su muerte perviven con la misma belleza que cuando se estrenaron, con su desmesura y su poesía. En una de ellas,La gata sobre el tejado de cinc caliente, un personaje tullido y borracho dice que va a hacer un pequeño viaje a Echo Spring, el manantial de los Ecos. Es un viaje hasta el mueble bar, y ese nombre que suena a refugio arcádico es una marca de bourbon.

martes, 29 de diciembre de 2009

Burt Lancaster / John Cheever / El nadador



Burt Lancaster / John Cheever
EL NADADOR
Por Daniel Dominguez
20 de octubre de 2009

Debía tener unos catorce años cuando vi El nadador (1968) de Frank Perry un mes de agosto en el cine Yut (de Tui, claro). En la calificación moral que colgaban en la iglesia de San Francisco la señalaban como "gravemente peligrosa". Como casi nadie iba al cine en esas fechas y ejercía de portero un vecino de la parroquia, pude entrar a pesar de que era para mayores de 18. Fue toda una experiencia. Era una película diferente por lo que contaba y por el modo de contarla, en fin, contaba algo completamente distinto a las películas que yo había visto. Fue una experiencia perturbadora, pero no por las razones que yo imaginaba antes de entrar en el cine.


Janet Landgard (Julie Ann) y
Burt Lancaster (Ned Merryl) en 
El nadador

Yo esperaba sexo y lo que me encontré fue una de las odiseas mas desoladoras que se hayan contado nunca en el cine. Aquella travesía de Burt Lancaster de piscina en piscina representaba un purgatorio de los sueños, un despeñadero de la inocencia y un viaje al corazón de las tinieblas. Una jornada que cifraba la epifanía de toda una vida. Nunca olvidaré el cuerpo aterido ¡de Burt Lancaster! bajo la lluvia, junto las puertas de su hogar abandonado tras haber remontado el río (de piscinas) para alcanzar las ruinas de la inocencia.


Un viaje casi alucinatorio hasta las nacientes de la condición humana. La derrota de una demolición. Pasé días candentes de aquel agosto dándole vueltas a lo que había visto y me vi cuarenta años después, o sea, ahora, en la piel de Burt Lancaster, temblando entre sueños rotos, solo, abandonado por todos. A la intemperie.

Y por primera vez sentí miedo del futuro. Yo, que tanto deseaba ser mayor, me asusté de lo que me esperaba si... En ese si se encerraban tantas preguntas y tantas posibilidades que empecé a sudar... frío, en pleno agosto. Y escribí y escribí en una libreta para conjurar las tinieblas, para iluminar la oscuridad, para detener la máquina del tiempo. Esa libreta desapareció. Y sólo hace unos años, aquí, durante un paseo con Ángeles le confesé el desasosiego con que El nadador me había colmado aquel verano.


John Cheever en El nadador de Frank Perry

Cuando leí El nadador de John Cheever, el relato -apenas 17 páginas. traducido por José Luis López Muñoz y editado por Magisterio Español en 1967- del que se nutre la película y que adaptó Eleanor Perry -la mujer del director-, tenía dieciocho años, no sabía quién era John Cheever y había comprado el libro por el título (porque era el de aquella película imborrable), y la experiencia de la película se multiplicó, se expandió y se enriqueció. El relato hacía vibrar otras cuerdas, encontraba otras resonancias, asomaban por las rendijas otras visiones que perdían la cualidad alucinatoria de la película, pero cobraban una dimensión fronteriza con la desesperación y Ned Merryl la orfandad de un niño desvalido que ya nunca podrá regresar a casa. Y sobre todo, Cheever me descubría una manera de escribir que yo no había conocido hasta ese momento. Cheever no se parecía a nada de lo que hubiera leído. Sólo se parecía al desasosiego que yo había vivido aquel agosto de 1970. Había publicado El nadador el 18 de julio (vaya fecha) de 1964 en The New Yorker, justo cuando aquí se celebraban los infaustos 25 años de paz (un eufemismo de cunetas, paredones, exilio, miedo y silencio, o sea, de dictadura).


John Cheever

Durante muchos años, El nadador se quedó ahí, en algún rincón íntimo y recóndito. Nunca volví a hablar de la película. Nunca volví a verla. Un día, creo que fue Cheché Carmona, cuando trabajábamos juntos escribiendo una serie, quien me dijo que le había gustado El nadador. Entonces me atreví a verla otra vez. Y ahí estaba Burt Lancaster encarnando a Ned Merryl, atrapado en un delirio de pureza, encastillado en algún confín perdido de su memoria, bajando la colina de piscina en piscina bajo las cuales corre un río subterráneo de alcohol y fracaso; y Janice Rule -a la que Merryl arruinó la vida- que le pone delante el espejo donde cobran vida los fantasmas de los que no sabía que huía, cuando llega el crepúsculo y se enturbian las aguas del pasado. Casi resulta irónico a la luz de El nadadorque Janice Rule acabe estudiando psicoanálisis y abra consulta en Nueva York. ¿Cómo no recordar aquello que había dicho Orson Welles a propósito de la izquierda de Hollywood que había traicionado sus ideales durante la caza de brujas por conservar las piscinas? ¿O aquello de Scott Fitgerald: no hay segundos actos en las vidas americanas? ¿Y cómo no ver ese río de piscinas como una ciénaga moral? Una película que, aun con ciertos lastres simbólicos y oníricos sesenteros, se mantiene viva gracias a la creación de Burt Lancaster encarnando al nadador y al poderío germinal de la historia (y de la metáfora) de Cheever sobre la expulsión del paraíso y el exilio irremediable.


Burt Lancaster y Janice Rule (Shirley)
en El nadador

¿Por qué le hablé a Ángeles de la experiencia que había vivido con El nadador? Porque ese día, 29 de mayo de 2004, un sábado, había leído en el Babelia un texto de Ray Loriga del que apunté este fragmento en una libreta que hoy, rebuscando entre cuadernos de notas, he vuelto a leer:

John Cheever se levantaba todas las mañanas muy temprano, se ponía un traje de tres piezas, cogía un maletín y llevaba a sus hijos a la parada del autobús en el Upper West Side de Manhattan. Después de despedir a los críos con la mano, volvía a entrar en su edificio, pero en lugar de subir a su piso, bajaba hasta un pequeño cuarto junto a las calderas en el que había puesto una mesita y, sobre ésta, su máquina de escribir. Una vez allí, se quitaba el traje y escribía en calzoncillos, el calor de las calderas así lo exigía, hasta que los niños volvían del colegio. Entonces se vestía de nuevo, agarraba su maletín vacío e iba a la parada del autobús a recogerlos. Día tras día, Cheever fingía tener un empleo y una oficina y una posición que no tenía. Le avergonzaba confesarles a sus hijos que en realidad no era más que un escritor.

Me conmovió. En sus Diarios -otra experiencia abrasiva, ese agujero negro de rara hermosura, según Rodrigo Fresán-, Cheever da cuenta de la génesis de El nadador, pero en otro lugar explicó que había empleado 150 páginas de apuntes para 15 páginas de cuento y tardó dos meses en ponerle punto y final. Representó una experiencia terrible y tardó mucho tiempo en volver a escribir otro cuento. Eso también me conmovió. Cheever estaba convencido de que en el momento exacto de la muerte, uno se cuenta a sí mismo un cuento y no una novela. Un cuento como El nadador, por ejemplo.


John Cheever

Unos meses antes de morir, en 1982, John Cheever recibió la National Medal for Literature en el Carnegie Hall de Nueva York. Estaba muy enfermo y calvo por el tratamiento contra el cáncer, y se apoyaba en un bastón. Y habló, aún con voz clara y fuerte:

Una página de buena prosa es aquella donde uno puede oír la lluvia. Una página de buena prosa es aquella donde escuchamos el rugido de una batalla. Una página de buena prosa tiene el poder de hacernos reír. Una página de buena prosa me parece a mí el diálogo más serio que pueden llegar a tener las personas bien informadas e inteligentes a la hora de mantener ardiendo pacíficamente los fuegos de este planeta.

Y acabó con la definición de literatura que un día había formulado Jean Cocteau: La literatura es una forma de la memoria que no recordamos. 

Siempre me pregunté si alguna vez, después de todo, John Cheever habría conocido la redención de la vergüenza. O si fue más fuerte que él. La vergüenza.









viernes, 20 de marzo de 2009

John Cheever / Islas momentáneas de felicidad

John Cheever

John Cheever

Islas momentáneas de felicidad


Antonio Muñoz Molina
20 de marzo de 2009

Uno quisiera ser capaz de escribir alguna vez un cuento a la manera de John Cheever. Un cuento no muy largo, entre diez y quince páginas, sin un argumento muy preciso aunque con personajes que dieran en seguida una impresión a la vez de rareza y de familiaridad, con una voz narradora cercana a ellos pero también poseedora de secretos que ellos ignoran y que los lectores no llegarán a conocer del todo, una voz que mantendrá el mismo tono cálido en la tercera que en la primera persona. El punto de partida no será muy llamativo; la superficie de la historia se mantendrá tersa hasta el final; habrá observaciones agudas sobre los gestos y los sentimientos de las personas, instantáneas sobre un paisaje o sobre la luz de una ciudad que tendrá una precisión trémula de polaroids; y poco a poco, según avance el relato, lo que parecía una observación realista de hechos comunes se habrá convertido en una fábula ligeramente siniestra o del todo pavorosa, o fantástica, y la claridad primera de los propósitos y de las vidas habrá derivado de manera más o menos visible hacia un abismo de ruina. En esas diez o quince páginas cabrá el arco entero de un destino; habrán sido la crónica de unos personajes suspendidos desde ahora en un recuerdo sin tiempo y sin embargo servirán como testimonio de una época recién pasada y ya remota.


Updike, que fue amigo suyo, cuenta que Cheever sentía que su vida era una equivocación, un pecado

John Cheever murió en 1982, pero su literatura pertenece a unos años que se han quedado mucho más lejos, los cincuenta, sobre todo, que ahora, gracias al cine, se han vuelto modernos; los años cincuenta en Estados Unidos, no la torva prolongación de la posguerra en la que algunos de nosotros nacimos. Cada época parece elegir la revisión visual de un pasado, la nostalgia de un periodo particular cuyos pormenores se vuelven poco a poco familiares en las películas y acaban filtrándose en parte a la vida cotidiana: después de The hours y Far from heaven los cincuenta han regresado plenamente a la imaginación contemporánea con el éxito de Revolutionary Road; y junto a las faldas de vuelo de campana, los cócteles y los cigarrillos, los coches de carrocerías fantasiosas, las amas de casa perfectamente peinadas y frustradas, vuelve también una parte de la literatura americana de entonces, al mismo tiempo que aquellos muebles y lámparas que ya nos parecían antiguos en los tebeos de nuestra infancia. Richard Yates, que murió pobre, olvidado y alcohólico en 1992, ha regresado a los anaqueles de novedades de las librerías gracias a la celebridad cinematográfica de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. Cuando John Cheever murió estaba en la plenitud de su prestigio, y si con los años su figura se había desdibujado un poco, su vuelta tiene en los últimos tiempos el vigor de una resurrección, de un ingreso perdurable en las historias de la literatura.

Dos tomos de sus historias y novelas acaban de aparecer en la formidable Library of America, lo cual equivale a una cierta canonización. Un volumen suculento de sus diarios que ya se había publicado en los años noventa vuelve a editarse en bolsillo. Y la última novedad es una biografía de casi ochocientas páginas escrita por Blake Bailey, que también, por cierto, es el biógrafo de Richard Yates. La cultura literaria en Estados Unidos adquiere un aire cada vez más crepuscular, según van debilitándose la palabra escrita y el hábito de la lectura, y los fantasmas tienen una presencia más poderosa que los vivos: en The New Yorker de esta semana la reseña de la biografía de Cheever viene firmada por John Updike, que debió de enviarla muy poco antes de morir.

Dice Updike: "Sus protagonistas errantes se mueven, en sus frágiles simulacros suburbanos del Paraíso, de una isla de momentánea de felicidad amenazada a otra". En la vida americana los simulacros de paraíso, suburbanos o no, tienen una vehemencia más exagerada que en ninguna otra parte, y uno no sabe qué le asombra más, si la distancia entre el simulacro y la realidad o el fervor con que las personas que lo practican se empeñan en creérselo, o al menos en fingir que no se dan cuenta de su inverosimilitud. Hay una perfección americana de las apariencias que ya es en sí misma una forma íntimamente exasperada de sinceridad; una impostura sostenida tan de corazón que parecería miserable desconfiar de ella. Uno la reconocería en las fotos familiares de John Cheever aunque no supiera nada de los horrores negros de su vida, aunque no hubiera leído el testimonio extraordinario de su hija Susan -Home before dark- o explorado esas páginas de los diarios en las que uno siente que está vulnerando secretos demasiado tristes y sórdidos, respirando el aire tóxico de un pozo. En algunas fotos la familia Cheever exhibe una normalidad tan perfecta, tan luminosa, que sólo puede ser una falsificación: el padre maduro y gallardo, con jerséis ligeros, con pantalones claros de lona; la madre sonriente, bien conservada, atractiva; los tres hijos de estaturas escalonadas, nacidos con los intervalos adecuados, con camisas de cuellos anchos y melenas de prudente modernidad de los años sesenta; y al fondo, al final de la ondulación del césped, entre los árboles, la casa noble pero no ostentosa del siglo XVIII, tan lejos de Nueva York como para asegurar una vida saludable en el campo, tan cerca como para encontrarse en la vibración de la ciudad tras un viaje confortable en coche o en tren.

Dice Ben Cheever que su padre era como un espía en su propio mundo. Acataba aquella normalidad con la fe que sólo sienten los grandes impostores y al mismo tiempo que se sentía encarcelado por ella vivía con el miedo de perderla si lo desenmascaraban. La casa no era del siglo XVIII, sino una imitación hecha en los años veinte; era verdad, según le gustaba recordar, que su familia se remontaba a los primeros colonizadores, e incluía clérigos eruditos y capitanes de veleros mercantes, pero también que su bisabuelo, su abuelo y su padre habían sido borrachos fracasados; amaba sinceramente la vida familiar, patinaba con gracia y ligereza y se enorgullecía de su destreza cortando el césped, pero al mismo tiempo era un borracho y un adúltero; cultivaba una austera elegancia de varón mujeriego y en sus diarios confesaba sus aventuras homosexuales. Updike, que fue amigo suyo, cuenta que Cheever sentía que su vida era una equivocación, un pecado. Según su hija Susan, la mesa del comedor familiar parecía un tanque de tiburones.

Pero en su vida, como en sus cuentos, el espanto no es la única verdad, y si la negrura nos afecta en ellos como una desgracia personal es porque siempre sucede en la cercanía de instantes de felicidad o belleza, o de posibilidades tan hermosas que no pierden su brillo aunque no lleguen a cumplirse. En El nadador un hombre ve en el cielo una montaña de cúmulos y piensa que parecen una ciudad vista desde lejos, a la que se llega en un barco, y piensa un nombre, Lisboa. Quien escribe unas líneas así es que ha conocido el paraíso

156 páginas. John Cheever: Complete novels: The Wapshot Chronicle / The Wapshot Scandal / Bullet Park / Falconer / Oh What a Paradise It Seems. Library of America. 960 páginas. The stories of John Cheever. Vintage. 704 páginas. Cheever: A life. Blake Bailey. Knopf. 784 páginas.

John Cheever : Collected stories and other writings. J. Cheever. Library of America.


* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 20 de marzo de 2009.




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