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martes, 3 de agosto de 2021

Lydia Davis / St. Martín

 

Ilustración de Nathan Miller


Lydia Davis
St. Martín
(“St. Martin”)

      Trabajamos como caseros la mayor parte de aquel año, desde principios del otoño al verano. Había que encargarse de una casa, de las tierras, de dos perros y dos gatos. Echábamos de comer a los gatos, uno blanco y otro color calicó, que vivían fuera y comían en el alféizar de la cocina, peleándose a la luz del sol mientras esperaban la comida, pero no teníamos la casa demasiado limpia, o las malas hierbas invadían el jardín, y nuestros patronos, gente agradable como eran, probablemente nunca nos perdonaron del todo lo que le pasó a uno de los perros.

Lydia Davis / Televisión

Lydia Davis

Televisión
(“Television”)

1

      Tenemos todos esos programas favoritos que dan por las noches. Prometen ser emocionantes y lo son siempre.
       Nos insinúan lo que nos van a ofrecer, nos lo ofrecen y es emocionante.
       Si los muertos se pasearan ante nuestras ventanas no nos parecerían más emocionantes.

viernes, 29 de mayo de 2015

Lydia Davis / La criada


Lydia Davis
La criada

Sé que guapa no soy. Llevo el pelo, negro, muy corto, y tengo tan poco que apenas si me oculta el cráneo. Mis pasos son atropellados y asimétricos, como si fuera coja de una pierna. Cuando me compré las gafas, creía que eran elegantes ─la montura es negra, en forma de alas de mariposa─, pero me he dado cuenta de que no me favorecen y no tengo más remedio que ponérmelas, porque no tengo dinero para comprarme unas nuevas. Tengo la piel color vientre de sapo y los labios finos. Pero no soy, ni por asomo, tan fea como mi madre, que es mucho más vieja. Tiene la cara pequeña y llena de arrugas, negra como una ciruela pasa, y la dentadura le baila en la boca. Apenas soporto sentarme frente a ella para cenar y me atrevo a decir por la expresión de su cara que a ella le pasa lo mismo conmigo.

martes, 27 de agosto de 2013

Lydia Davis / Los temores de la señora Orlando



Lydia Davis
Los temores de la señora Orlando

El mundo de la señora Orlando es oscuro. Conoce los peligros de su casa: la estufa de gas, las escaleras empinadas, la bañera resbaladiza y distintos cables eléctricos en mal estado. Fuera de su casa sabe de ciertos peligros, pero no de todos, y su propia ignorancia la asusta, ávida de información sobre crímenes y desastres.
Aunque tome las precauciones posibles, ninguna precaución será suficiente. Procura estar preparada para una hambruna imprevista, para el frío, el aburrimiento y las hemorragias. Jamás le falta un esparadrapo, un imperdible y una navaja. En el coche tiene, entre otras cosas, un trozo de cuerda y un silbato, además de una historia social de Inglaterra para leerla mientras espera a sus hijas, que suelen pasar mucho tiempo de compras.
En general, le gusta que los hombres la acompañen: ofrecen protección tanto por su gran envergadura como por su visión racional del mundo. La señora Orlando admira la prudencia y respeta al hombre que reserva una mesa por adelantado, y también al que duda antes de contestar alguna de sus preguntas. Confía en los abogados y se siente comodísima cuando habla con abogados, puesto que la ley respalda cada una de sus palabras. Pero, antes que ir sola, les pedirá a sus hijas o a alguna amiga que la acompañen al centro, cuando sale de compras.
Un hombre la asaltó en un ascensor, en el centro de la ciudad. Era de noche, el hombre era negro, y la señora Orlando no conocía la zona. Entonces era más joven. La habían molestado varias veces en autobuses llenos. En un restaurante una vez, después de una discusión, un camarero nervioso le derramó café en las manos.
En la ciudad teme subir a algún vagón de metro equivocado y perderse, pero jamás pedirá información a desconocidos de una clase inferior. Se cruza con muchos negros que planean toda clase de crímenes. Cualquiera podría robarle, incluso otra mujer.
En casa, habla con sus hijas por teléfono durante horas y sus palabras son siempre una premonición del desastre. No le gusta expresar satisfacción, porque teme arruinar su buena suerte. Si se ve obligada a decir que algo va bien, baja la voz para decirlo y toca madera, la mesa del teléfono. Las hijas le cuentan muy poco, pues saben que encontrará algo de mal agüero en lo que le cuenten. Y, ante lo poco que le cuentan, a señora Orlando teme que tengan algún problema de salud o matrimonial.
Un día les contó una historia por teléfono. Había ido sola al centro, de compras. Deja el coche y entra en una tienda de tejidos. Ve las telas y no compra nada aunque se lleva un par de muestras en el bolso. En la acera hay bastantes negros rondando y la ponen nerviosa. Se dirige a su coche. Cuando saca las llaves, desde debajo del coche una mano la agarra por el tobillo. Hay un hombre tumbado debajo del coche y ahora agarra con su mano negra el tobillo cubierto por la media y le dice con voz apagada que suelte el bolso y se aleje. Obedece, aunque apenas si se tiene en pie. Espera pegada a la pared del edificio y mira el bolso, pero el bolso no se mueve de donde está, en el bordillo. Alguna gente la observa. Entonces se acerca al coche, se arrodilla en la acera y mira debajo del vehículo. Ve la luz del sol en la calle, al otro lado, y algunos tubos de los bajos del coche: el hombre no está. Recoge el bolso y vuelve a casa.
Sus hijas no se creen la historia. Le preguntan por qué iba a hacer alguien una cosa tan rara, y a plena luz del día. Le hacen ver que es imposible que el hombre desapareciera de pronto, que se desvaneciera en el aire. Su incredulidad la irrita, y no le gusta la manera en que hablan de la luz del día y el aire.
Unos días después del ataque contra el tobillo, un segundo incidente la perturba. Al atardecer, va en el coche a un aparcamiento en la playa, como hace de vez en cuando para ver la puesta de sol a través del parabrisas. Esa tarde, sin embargo, mientras mira el agua más allá del paseo de tablas, no ve la playa desierta y en paz que ve habitualmente, sino un corrillo de gente alrededor de algo que, según parece, yace en la arena.
Inmediatamente siente curiosidad, pero también la tentación de alejarse sin contemplar la puesta de sol ni ir a ver qué hay en la arena. Intenta adivinar qué podría ser. Probablemente sea algún tipo de animal, porque la gente no se para tanto tiempo a mirar algo, a menos que esté vivo o haya estado vivo. Imagina un pez grande. Debe de ser grande porque un pez pequeño no tiene el menor interés, como tampoco lo tiene una medusa, por ejemplo, que también es pequeña. Imagina un delfín e imagina un tiburón. También podría ser una foca. Muy probablemente, muerta ya, aunque podría estar agonizando y el corrillo de gente quizá quiera ver cómo se muere.
Al final la señora Orlando va a descubrirlo por sí misma. Coge el bolso y se apea del coche, lo cierra con llave, salta un pequeño muro de cemento y se hunde en la arena. Mientras camina despacio, hundiendo los tacones altos, abriendo mucho las piernas, coge por la correa el bolso flamante, que se balancea de un modo insensato de acá para allá. La brisa marina le pega el vestido de flores a los muslos y el dobladillo aletea alegremente sobre sus rodillas, pero sus rizos plateados y bien peinados no se mueven, y la señora Orlando arruga la frente mientras prosigue su avance, hundiendo los tacones en la arena.
Se abre paso entre la gente y mira al suelo. Lo que yace en la arena no es un pez ni una foca, sino un muchacho. Yace muy derecho, con los pies juntos y los brazos a lo largo del cuerpo, y está muerto. Alguien lo ha cubierto con periódicos, pero la brisa levanta las hojas, que, una a una, se encrespan y acaban en la arena, enredándose en las piernas  de los curiosos. Por fin un hombre de piel oscura, que a la señora Orlando le parece mexicano, alarga el pie y lentamente echa a un lado la última hoja de periódico y ahora todo el mundo puede ver bien al muerto. Es guapo y delgado, de un color gris, y está empezando a ponerse amarillo por algunas zonas.
La señora Orlando lo mira absorta. Lanza una mirada a los demás y ve que también ellos se han olvidado de sí mismos. Un ahogado. Incluso podría tratarse de un suicidio.
Lucha con la arena para volver al coche. Cuando llega a casa, inmediatamente llama a sus hijas y les cuenta lo que ha visto. Empieza diciendo que ha visto a un muerto en la playa, un ahogado, y luego vuelve al principio y añade más detalles. A sus hijas no les gusta que se emocione tanto cada vez que cuenta la historia.
En los días que siguen, se queda en casa. Luego, de improviso, sale y va a casa de una amiga. Le cuenta a la amiga que ha recibido una llamada telefónica obscena, y se queda a pasar la noche. Cuando vuelve a su casa al día siguiente, cree que alguien ha entrado, porque faltan algunas cosas. Más tarde encuentra cada cosa en un sitio inusual, pero no puede quitarse la impresión de que ha entrado alguien.
Sentada en su casa, con miedo a los intrusos, vigila el menor incidente. De noche, sobre todo, oye a menudo ruidos extraños y los atribuye con total seguridad a merodeadores que acechan bajo al alféizar de las ventanas. Entonces tiene que salir y mirar la casa desde fuera. Da una vuelta a la casa, a oscuras, y no ve merodeadores y vuelve a entrar. Pero, después de pasar sentada media hora, tiene que volver a salir e inspeccionar la casa desde fuera.

Entra y sale, y al día siguiente también entra y sale. Luego se queda dentro y sólo habla por teléfono, vigilando sin tregua puertas y ventanas, atenta a las sombras extrañas, y luego, durante cierto tiempo, deja de salir, salvo de madrugada, para examinar el suelo en busca de huellas.


Lydia Davis
Cuentos completos de Lydia Davis


jueves, 22 de agosto de 2013

Lydia Davis / Historia

Fotografía de Triunfo Arciniegas
Lydia Davis
Historia

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en la casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas del garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en la casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, peor ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»
Intento aclararme la situación.
Fueron a cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera por cerveza.

El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si no que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto, si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no, cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.

Lydia Davis
Cuentos completos de Lydia Davis
Seix Barral, Barcelona, 2011, pp. 3-6





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FICCIONES
MESTER DE BREVERÍA

DRAGON







domingo, 7 de julio de 2013

Lydia Davis / Variedad de malestares


Lydia Davis

Variedad de malestares




He estado escuchando lo que dice mi madre por más de 40 años y he estado escuchando lo que dice mi esposo durante tan solo 5 años, y habitualmente he pensado que ella estaba en lo cierto y que él no, pero ahora con frecuencia creo que él tiene razón, especialmente en un día como hoy, cuando acabo de tener una larga conversación por teléfono con mi madre sobre mi hermano y mi padre, y después una más breve conversación por teléfono con mi esposo acerca de la conversación que tuve con mi madre.

Mi madre estaba preocupada después de haber herido los sentimientos de mi hermano cuando él le dijo por teléfono que quería usar parte de sus vacaciones para ir a ayudarlos, dado que mi madre acaba de salir del hospital. Ella le contestó, aunque no estuviera diciendo la verdad, que él no podía ir porque no se sentía capaz de recibir a nadie en la casa sin ponerse en la obligación de preparar comidas, por ejemplo, y que ya tenía bastantes dificultades con sus muletas. Él replicó muy airado diciendo que ese no era el punto, que estaba fuera de toda lógica, y ahora su teléfono no responde. Ella tiene miedo de que le haya pasado algo, pero yo le digo que no creo que la haya pasado nada. Probablemente se ha tomado el tiempo de vacaciones que había apartado para estar con ellos y viajó a algún lado por su cuenta. Ella olvida que es un hombre cercano a los cincuenta años, pero me duele que hayan lastimado sus sentimientos de ese modo. Al rato que ella cuelga llamo a mi marido y le repito todo esto.

Alegando sentimientos propios para proteger sentimientos particulares de mi padre, mi madre hirió los de mi hermano, y dado que para mí era difícil rechazar los sentimientos particulares de mi padre, que me resultan bien conocidos, también me fue difícil dejar de pensar que no había habido otra forma de hacer las cosas de modo que la oferta de ayuda de mi hermano no fuera rechazada y él no resultara lastimado.

Ella lastimó los sentimientos de mi hermano mientras protegía a mi padre de ciertos sentimientos de malestar, anticipados por él si mi hermano llegaba a ir a su casa, mostrando, mi madre, ante mi hermano ciertos sentimientos de molestia propios, ligeramente diferentes. Ahora, mi hermano, al no contestar el teléfono ha causado nuevos sentimientos de malestar en mi madre y también en mi padre, sentimientos que son iguales o casi iguales en ambos, pero diferentes tanto a los sentimientos de malestar anunciados por mi padre como a aquellos aducidos por mi madre ante mi hermano. Y ahora, en su malestar me ha llamado mi madre para contarme sobre los sentimientos de mi padre, y los suyos, de malestar respecto de mi hermano, y haciendo esto ella ha provocado sentimientos de malestar en mí también, si bien un tanto más débiles y diferentes de los sentimientos ahora experimentados por mi padre y mi madre y de aquellos anticipados por mi padre y falsamente esgrimidos por mi madre.

Cuando le describo esta conversación a mi esposo, provoco sentimientos de malestar también en él, más fuertes que los míos y de diferente tipo que los de mi madre y mi padre, esgrimidos y anunciados por ellos oportuna y respectivamente. Mi esposo está molesto por el rechazo de mi madre a la ayuda de mi hermano, a quien le produjo así un obvio malestar, y por el relato que ella me hizo de su propio malestar, causando en mí un malestar más grande, según él me dice, de lo que alcanzo a darme cuenta, pero también en general está molesto por el malestar en general causado por ella, no solo en mi hermano sino también en mí, más denso de lo que imagino y más frecuente de lo que advierto, y cuando él dice todo esto causa en mí otro malestar, distinto en grado e intensidad de aquel causado en mí por lo que mi madre me contó, por ello el malestar es no sólo por mí y por mi hermano, y no sólo por mi padre y su anticipado y su actual malestar, sino también y sobre todo por mi madre misma, que ahora ha causado, como lo hace generalmente, demasiado malestar como mi esposo tiene razón en decir, aunque ella misma esté afectada por una pequeña parte de esto.

Lydia Davis 
“Varieties of Disturbance” en Varieties of Disturbance
Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2007, p. 83

Lea, además
BIOGRAFÍA DE LYDIA DAVIS


viernes, 30 de octubre de 2009

Lydia Davis / Prioridades





Lydia Davis

PRIORIDADES

Debería ser muy sencillo: haces lo que puedes mientras está despierto y cuando se duerma haces lo que sólo puedes hacer cuando está dormido, empezando por lo más importante. Pero no es tan sencillo. Te preguntas qué es lo más importante. Debería ser fácil decidir qué es lo que tiene prioridad y entonces ir y hacerlo. Sin embargo, no hay solamente una cosa que tenga prioridad, ni dos ni tres. Cuando varias cosas tienen prioridad, ¿a cuál de ellas se le da prioridad? En las horas en que puedes hacer algo, mientras él está dormido, puedes escribir una carta que corre mucha prisa porque de ella dependen muchas cosas. Sin embargo, si te pones con la carta, las plantas se quedan sin regar, con el calor que hace. Ya las has sacado al balcón esperando que se rieguen con la lluvia, pero este verano no llueve casi nunca. Ya las has metido dentro de casa con la esperanza de que, si no les da el viento, no habrá que regarlas tan a menudo, pero así y todo hay que regarlas.

   Y sin embargo, si riegas las plantas, no escribes la carta, de la que dependen tantas cosas. Ni tampoco recoges la cocina, ni el salón, y luego estarás confundida y de mal humor por culpa del desorden. La encimera está llena de listas de la compra y del juego de cristalería que tu marido compró en una liquidación. Guardar la cristalería debería ser de lo más sencillo, pero no puedes guardarla hasta que no la laves, no puedes lavarla hasta que no saques los platos sucios del fregadero y no puedes lavar los platos mientras no vacíes el escurreplatos. Si empiezas por vaciar el escurreplatos, quizá no te dé tiempo, antes de que él se despierte, más que a lavar los platos.
   Tal vez decidas que las plantas tienen prioridad, pues al fin y al cabo son seres vivos. En tal caso, también puedes decidir, dado que necesitas organizar tus prioridades de acuerdo a algún criterio, que todos los objetos vivientes de la casa tienen prioridad, empezando por el más pequeño y más joven de los seres humanos. Eso debería estar mas que claro. Sin embargo, pese a saber perfectamente cómo ocuparte del hámster, del gato y de las plantas, lo que ya no está tan claro es cómo dar prioridad al bebé, a tu hijo mayor, a ti misma y a tu marido. La verdad es que cuanto mayor y más viejo es un ser vivo, más difícil resulta saber cómo ocuparse de él.


Lydia Davs
Samuel Johnson está indignado
Emecé, Barcelona, 2004, 212 páginas.


jueves, 29 de octubre de 2009

Lydia Devis / Cuestiones gramaticales


Lydia Davis
CUESTIONES GRAMATICALES

Ahora que se está muriendo, ¿puedo decir: «Aquí es donde vive»?
Si alguien me pregunta: «¿Dónde vive?», ¿puedo contestar: «Bueno, no es exactamente que esté viviendo, se está muriendo»?
Si alguien me pregunta: «¿Dónde vive?», ¿digo «Vive en Vernon Hall», o debería decir: «Se está muriendo en Vernon Hall»?
Cuando esté muerto, podré decir, en pasado, «Vivió en Vernon Hall». También podré decir: «Murió en Vernon Hall.»
Cuando esté muerto, todo lo que le afecte estará en pasado. Aunque la frase «Está muerto» estará en presente, así como preguntas del tipo: «¿Dónde lo han llevado?» o «¿Dónde está ahora?»
Pero entonces no sabré si palabras como él y otros pronombres personales de la tercera persona son correctos en presente. Si él, una vez que esté muerto, seguirá siendo «él», y por cuánto tiempo.
Quizá la gente diga «el cadáver» y le llame «eso». Yo seré incapaz de decir «el cadáver» para referirme a él, porque para mí sigue siendo algo a lo que no podemos llamar «el cadáver».
Quizá la gente diga «su cadáver», pero tampoco me parece bien. No es «su» cadáver porque ya no es suyo, una vez que ya no tiene fuerza ni capacidad para poseer nada. No sé si existe un «él», aunque la gente diga: «Está muerto.» Parece correcto, sin embargo, decirlo. Quizá sea la última vez que él aún sea «él» en presente. O quizá no sea la última vez, puesto que diré: «Yace en su ataúd.» No diré, ni lo dirá nadie: «Ahí yace eso en su ataúd.»
Seguiré diciendo «mi padre» para referirme a él, después de su muerte, pero ¿lo diré sólo en pasado? ¿Lo diré también en presente?
Lo pondrán en una caja, no en un ataúd. Cuando esté en la caja, ¿diré «Lo que está en la caja es mi padre» o «Lo que está en la caja era mi padre»? ¿O diré «Eso que hay en la caja era mi padre»?
Seguiré diciendo «mi padre», pero quizá siga diciéndolo sólo mientras se parezca a mi padre, por lo menos aproximadamente. Luego, cuando se convierta en cenizas, ¿señalaré a las cenizas y diré: «Eso es mi padre» o «Esas cenizas fueron mi padre?» O «Esas cenizas son lo que fue mi padre?».
Cuando más tarde visite el cementerio, ¿diré: «Ahí está enterrado mi padre» o «Las cenizas de mi padre están enterradas ahí»? Pero las cenizas no pertenecen a mi padre, no son propiedad de mi padre. Serán «las cenizas que fueron mi padre».
En la oración «él se está muriendo», las palabras él se está más el gerundio sugieren que él participa activamente en algo. Pero él no se está muriendo activamente. Lo único que sigue haciendo activamente es respirar. Parece como si se concentrara en respirar, porque en respirar pone todo su empeño, arrugando un poco la frente. Se empeña en respirar, aunque seguramente no le quepa otra elección. A veces, por un instante, el pliegue entre ceja y ceja se hace más hondo, como si le doliera algo, o como si se esforzara más en concentrarse. Aunque pienso que arruga la frente por algún dolor interno o por algún otro cambio, parece, sin embargo, que se sintiera perplejo, o a disgusto, como si hubiera descubierto algo reprobable. He visto muchas veces en mi vida esa expresión, aunque jamás combinada con esos ojos entrecerrados y esa boca abierta.
«Se está muriendo» sugiere más actividad que «No le falta mucho para ser un cadáver». Quizá se deba a la palabra ser: podemos «ser» algo lo elijamos o no. Le guste o no, pronto «tendrá que ser» un cadáver. Ya no come.
«Ya no come» también sugiere actividad. Pero no depende de su elección. No es consciente de que no come. No es consciente de nada. Pero «no come» parece más correcto para referirse a él que «se está muriendo», por la negación. «No come» parece más correcto en este momento porque es como si él todavía rechazara algo y por eso arrugara la frente.