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jueves, 4 de septiembre de 2025

Leonardo Padura / Los maestros y la gratitud

 



Mario Vargas Llosa

Leonardo Padura
LOS MAESTROS Y LA GRATITUD

El País, 31 de agosto de 2025

Alguna vez he contado cómo ocurrió mi primer encuentro personal con Mario Vargas Llosa. Fue hace no sé cuántos años (15, quizás 20) en un tránsito por el aeropuerto de Barajas. En ese ambiente tan poco propicio, en el cual todo el mundo parece tener prisa (aunque no la tenga), descubrí al escritor y, contra mis costumbres, me atreví a abordarlo. Y apenas me le presenté, le solté una confesión: “Maestro, soy un escritor cubano. Y solo quería decirle que cada vez que comienzo a escribir una novela, me vuelvo a leer Conversación en La Catedral… a veces otra vez completa”, le dije y su rostro, hasta ese momento pétreo, se suavizó con una sonrisa y por eso pude agregar: “Con usted siempre aprendo algo sobre las estructuras”, y, sin añadir palabra, el Maestro me tendió la mano y se sumergió en el gentío apresurado.

martes, 25 de julio de 2023

Raymond Chandler / Las minas de sal


Raymond Chandler
LAS MINAS DE SAL
Por Daniel Domínguez

Aprendió el oficio de escritor a los cuarenta y cinco años, y el de guionista a los cincuenta y cinco. Creó un personaje literario memorable y colaboró en la escritura de una película clásica. La literatura lo rescató del alcoholismo y recayó con el cine. Pero renació para escribir su mejor novela antes de morir. Dicho así parece una historia casi inverosímil. Pero es la pura verdad. Estoy hablando de Raymond Chandler.

Raymond Chandler / El buen soldado


Raymond Chandler


El buen soldado

  • Raymond Chandler
Chandler dictaba a un magnetofón cartas mientras bebía ginebra. Este volumen recoge esos escritos y ensayos que irradian carácter, sentido del humor y observaciones literarias.


Fue un personaje Raymond Chandler (1888-1959), inventor del detective privado Philip Marlowe e inventor de sí mismo en estas cartas a editores, colegas, directores de publicaciones y admiradores, pertenecientes todos a la sociedad de la literatura, aunque la profesión de escritor sea solitaria, según Chandler, que dictaba sus cartas a un magnetofón, de noche, mientras bebía solo. Bebió bastante, durmió poco, dictó miles de cartas, y luego quemó muchas de las que guardaba en sus archivos, y hubo además incendios fortuitos en archivos ajenos, y aun así muchas cartas de Chandler perduraron y son publicadas de vez en cuando en diversas recopilaciones (para ésta, la editorial española ha rectificado el título de un famoso ensayo de Chandler: El simple arte de matar). Despedido del negocio petrolífero en los años treinta, escritor entonces de cuentos policiacos para revistas baratas, fue con Dashiell Hammett el gran maestro del crimen imaginario a la americana, y Hammett es el único autor por el que Chandler muestra una admiración sin fisuras notables.

Guillermo Mayr / Raymond Chandler, un maestro






RAYMOND CHANDLER
UN MAESTRO
Por Guillermo Mayr

A lo largo de toda su vida, Raymond Thornton Chandler publicó veintitrés cuentos. A pesar de lo limitado de esta producción, sólo quince de ellos son habitualmente conocidos por el público lector: "Blackmailers don't shoot" (1933), "Smart aleck kill" (1934), "Finger man"(1934), "Nevada gas" (1935), "Spanish blood" (1935), "Guns at Cyrano's" (1936), "Goldfish" (1936), "Pickup on Noon Street" (1936), "The king in yellow" (1938), "Red wind" (1938), "Pearls are a nuisance" (1939), "Trouble is my business" (1939), "I'll be waiting" (1939), "The bronze door" (1939) y "Professor Bingo's snuff" (1951). Durante un cuarto de siglo, los ocho restantes permanecieron sepultados en las oscuras páginas de algunas viejas revistas, hasta que fueron publicados póstumamente. 

martes, 19 de noviembre de 2019

Raymond Chandler / El lápiz


Raymond Chandler

EL LÁPIZ
Este es el primer relato de Marlowe después de veinte años y fue escrito especialmente para Inglaterra. Me he negado con persistencia a escribir cuentos cortos porque creo que los libros son mi elemento natural, pero me convencieron para hacerlo personas que tengo en gran estima. Además, siempre he querido escribir un cuento sobre la técnica de los asesinatos del Sindicato.Raymond Chandler (1959)



1


Era un hombre algo rechoncho con una sonrisa deshonesta que estiraba las comisuras de sus labios un centímetro hacia los lados, cerrando mucho la boca y dando a los ojos una expresión triste. Para un hombre tirando a grueso, tenía un andar perezoso. La mayoría de hombres gruesos caminan con rapidez y ligereza. Llevaba un traje gris de punto de espina y una corbata pintada a mano en la que se veía parte de una chica en plena zambullida. la camisa era limpia, lo cual me animó, y sus mocasines marrones, tan poco indicados como la corbata para el traje que lucía, estaban recién lustrados.
Pasó por delante de mí mientras yo mantenía abierta la puerta que separa la sala de espera de mi sala de meditación. Una vez dentro, echó una rápida mirada a su alrededor. Yo habría dicho que era un mafioso de segunda categoría, si alguien me lo hubiera preguntado. Por una vez, no me equivoqué. Si iba armado, debía llevar el arma en los pantalones. La chaqueta era demasiado ajustada para ocultar el bulto de una pistolera de hombro.
Se sentó con cuidado, yo tomé asiento frente a él y los dos nos miramos. Su rostro tenía la viveza de un zorro. Sudaba ligeramente. La expresión de mi rostro estaba programada para expresar interés, pero no curiosidad. Cogí una pipa y el humidificador de piel en que guardaba mi tabaco Pearce. Le ofrecí cigarrillos.

martes, 3 de octubre de 2017

Raymond Chandler / El largo adiós




'El largo adiós', de Raymond Chandler


Junto con Dashiell Hammett es el escritor de novelas negras de mayor prestigio y, probablemente, popularidad. Los dos, aunque primero Hammett, dignificaron un género que hasta entonces era, básicamente, pasto de los lectores de las revistas y las ediciones baratas de usar y tirar. Chandler tenía una formación más rigurosa y académica de lo habitual, pues pese a nacer en Chicago se educó en Londres y completó su formación académica en Francia y Alemania. Regresó a Estados Unidos y trabajó en diversos oficios hasta que en 1932, con 44 años de edad, y tras ser expulsado de la empresa petrolera en la que era ejecutivo, decidió dedicarse exclusivamente a la literatura. En 1954 publicó su novela más afamada y respetada, El largo adiós, que mañana podrá comprar el lector de EL PAÍS por tres euros, y en la que el protagonista volvería a ser su detective Philip Marlowe, un héroe romántico, hombre de honor y caballero escéptico, personaje central de toda su producción novelística. Esta obra, como la gran mayoría de las suyas, fue adaptada al cine, en este caso por Robert Altman, en 1973. Chandler fue uno de los escritores más vinculados a la industria de Hollywood y no sólo porque sus novelas se llevaron a la pantalla, sino porque él mismo trabajó para el cine en calidad de guionista. A él se deben, entre otras, las adaptaciones de Perdición, de Billy Wilder (1944), sobre la novela de James M. Cain, o Extraños en un tren, novela de Patricia Highsmith que llevó al cine Alfred Hitchcock en 1951.

Raymond Chandler / Gatsby en negro


Raymond Chandler

Gatsby en negro


Una fascinación, una especie de enamoramiento, es lo que cuenta El largo adiós (The Long Goodbye, 1953) de Raymond Chandler: la atracción leal que siente el detective privado Philip Marlowe hacia Terry Lennox, desde la primera vez que lo ve, en los aparcamientos de un club nocturno. Lennox ha perdido la conciencia en un Rolls-Royce, va con una pelirroja envuelta en visón, está borracho. Es un joven que tiene el pelo blanco y media cara acartonada, cosida por la cirugía plástica. Luego conoceremos su acento inglés, sus modales impecables. Le brilla el pelo a la luz del Hollywood Boulevard y desaparece en la bruma. Otro día Marlowe lo rescata de la indigencia y la policía, abandonado por su mujer millonaria, siempre borracho. Luego, algunas tardes, Marlowe y Lennox beben juntos. Y por fin Lennox se presenta con una pistola y el cuello del abrigo levantado, palidez y cicatrices, gánster de una película vieja, cuenta Marlowe, narrador paródico. Así oímos la historia de otra cara borrada: a la mujer de Lennox le han aplastado la cabeza con un mono de bronce, y el marido, único sospechoso, quiere que Marlowe lo lleve a Tijuana.

lunes, 3 de julio de 2017

Raymond Chandler / James Cain / Luz negra


Perdición

Raymond Chandler / James Cain

Luz negra


Aunque dos de sus más enigmáticas novelas, tan concisas que estallan entre las manos, El cartero siempre llama dos veces y Doble indemnización, dieron lugar a tres de los más secos puñetazos a los ojos que ha dado Hollywood, James Cain odiaba con toda su alma el cine. Trabajaba para él, a veces vivía de él, pero lo despreciaba, aunque escribiese maravillas como Western Union, aquella galopante pesadilla filmada por Fritz Lang sobre el pellejo del viejo Oeste. Si Cain odiaba el cine, a Raymond Chandler le gustaba mucho, pero odiaba a quienes lo hacían. Los consideraba unos incorregibles palurdos, una panda de rebuznadores y de feriantes sin talento y con dinero, que sobornaban a escritores aristócratas como él para meter algo de nobleza dentro de sus latas de feo y plebeyo celuloide impregnado con la cáscara de las novelas que compraban para filmarlas y luego, filmándolas, convertirlas en papel de retrete.

miércoles, 6 de julio de 2016

John Banville resucita al Philip Marlowe de Raymond Chandler




John Banville resucita al Philip Marlowe de Raymond Chandler


Alfaguara publica en febrero de este año, de forma simultánea con el Reino Unido, Estados Unidos e Italia, 'La rubia de ojos negros', una novela escrita por Benjamin Black -el 'alter ego' policial de Banville- para traer de nuevo a la vida al detective privado Philip Marlowe, creado por el estadounidense Raymond Chandler en 1934.

Karina Sainz Borgo
10.01.2014

Esta resurrección promete. El próximo 26 de febrero llegará a las librerías una nueva entrega del mítico detective Philip Marlowe. Será en La rubia de ojos negros, la novela que ha escrito Benjamin Black (alias de John Banville para la novela negra) por encargo de los mismísimos herederos de Raymond Chandler y que Alfaguara publica en febrero de este año, de forma simultánea con el Reino Unido, Estados Unidos e Italia.


La historia está ambientada en década de los cincuenta. Philip Marlowe se siente tan inquieto y solo como siempre y el negocio vive sus horas bajas, cuando irrumpe en su despacho una nueva clienta: joven, rubia, hermosa y elegantemente vestida, pretende que Marlowe encuentre a un antiguo amante, un hombre llamado Nico Peterson. 



Tras ponerse manos a la obra, Marolowe pronto descubre que la desaparición de Peterson no es más que el primero de una serie de sucesos desconcertantes. Antes de que se dé cuenta, Marlowe se verá enredado con una de las familias más ricas de Bay City y podrá comprobar lo lejos que están dispuestos a llegar con tal de proteger su fortuna… Sólo Benjamin Black, un maestro moderno del género, era capaz de escribir una nueva aventura de Philip Marlowe.


Ha sido justamente el alter-ego literario de Banville el encargado de resucitar a uno de los personajes más complejos de la novela detectivesca. Marlowe, el detective privado ficticio creado por Raymond Chandler, protagoniza una larga serie en la que se incluyen las novelas El sueño eterno y El largo adiós. Marlowe apareció inicialmente en una historia corta, llamada Finger Man (El confidente), publicada en 1934. No es casualidad que su resurrección ocurra 80 años más tarde.

Banville, uno de los grandes talentos de la lengua inglesa y Premio Booker 2005, comenzó su incursión en el género negro con el pseudónimo Benjamin Black en 2006, cuando apareció El secreto de Christine, a la que siguieron cuatro novelas protagonizadas por Quirke, el patólogo forense que muchos consideran un heredero taciturno de la estirpe detectivesca anglosajona. 
Sobre su experimento literario -ser Banville, Black y Chandler a la vez-,dijo el irlandés a Vozpópuli: "Ha sido muy divertido, más fácil que los libros de Quirke, porque es una narrativa en primera persona y Marlowe es además un personaje muy interesante. Creo que la gente no se ha dado cuenta de que lo esencial de Marlowe es su profunda soledad. En el libro se ve en una escena: entra una mujer en su casa. Él dice algo como 'la vi mirando los cuadros y la alfombra, el tablero de ajedrez para un solo jugador. Nunca sabes qué tan estrecho es un espacio hasta que alguien de afuera entra en él'".

John Banville / Antigua luz / Muerte en verano
John Banville / Antigua luz / Reseña

martes, 4 de marzo de 2014

Miqui Otero / Qué fue de los chicos malos de la literatura

Raymond Chandler

¿Qué fue de los chicos malos de la literatura?

Donde antes la norma eran escritores dipsómanos, juerguistas y rebeldes, ahora lo son profesores universitarios de aficiones raras



El boxeador y escritor Chester Himes junto con el francés Jean Giono: genior, copazos y figura en París en 1958 / CORDON PRESS
¿Qué sucede? ¿Nadie escribe ya en las servilletas de los bares ni emplea el culo del vaso como catalejo lírico? ¿No hay escritor que encuentre su futuro literario en el remolino líquido de la taza del wáter de un after-hours cuando rompe el alba? ¿No existen ya escritores que miran con ojos de lobo de Tex Avery ni que deslizan notas a las camareras y teclean con el cuello almidonado de la camisa lleno de rastros de carmín? ¿No hay literato vivo que busque bronca en los pubs ni que guarde una botella de escocés en el cajón del escritorio o que invite a los peores expresidiarios a la barbacoa de su cumple?
¿Dónde, en definitiva, están los chicos malos de las letras? ¿Los malditos de la narrativa contemporánea?

Recientemente incluso Ray Loriga –el vampiro de las letras ibéricas– admitía estar “harto de ser Ray Loriga”
Es una pregunta que se van haciendo varias plataformas, deThe New York Times para abajo. Es cierto que uno no imagina a Jeffrey Eugenides, el correctísimo autor de Las vírgenes suicidas, con la corbata en la cabeza y lanzando billetes a una stripper. Es verdad que la pasión por la ornitología de Jonathan Franzen no inspira la visión del autor agotando líneas de chupitos de tequila tamaño Gran Pirámide de Cholula. Son, en defintiva, malos tiempos para el malditismo. Malos tiempos para los chicos malos de la literatura.

Quizás la cosa tenga que ver con el prestigio actual de un escritor, cuya época de esplendor quedó muy atrás, “en la época del vapor"
Que la gran mayoría de escritores siguen teniendo esa sempiterna sed que parece ser el rasgo común del gremio, que aún beben en cuanto tienen una excusa, es evidente. Sin embargo, recientemente incluso Ray Loriga –por el altísimo, el vampiro de las letras ibéricas– admitía que estaba “harto de ser Ray Loriga”. Cualquiera que se ponga demasiado estupendo con esto de ser un escritor maldito será automáticamente motivo de chanza entre sus compañeros. No es que hayan dejado de beber, no, es que lo hacen en sus ratos libres, entre entrega y entrega de artículos, después de recoger a los nenes de la guarde y, sobre todo, hacerlo no les parece ya un motivo de orgullo (al margen de, quizás, los estibadores de antaño, ¿quién querría alardear de algo que todo el mundo puede hacer con el suficiente tiempo libre: emborracharse?).
Quizás, como dijo el estadounidense bebedor ocasional y escritor Kurt Vonnegut, la cosa tenga que ver con el prestigio actual de un escritor, cuya época de esplendor quedó muy atrás, “en la época del vapor”. Si cualquier persona hiciera un cálculo aproximado (monetario y sentimental) sobre el glamour de la literatura cerraría su portátil y juraría no poner jamás las manos sobre un teclado.

Los escritores de la era Mac



Jonathan Franzen y su sonrisa dan una conferencia en el círculo Rosamond Gifford /CORDON PRESS
Sí existen autores que persisten en la manía de coquetear con la imagen de malotes como Houllebecq o que no provienen de círculos académicos como Donald Ray Pollock, pero los tiempos de Lord Byron parecen remotos. Los autores con cierta repercusión son los que se presentan como realmente constantes y metódicos. El epítome del autor que anota al final de su novela el modelo de Mac con el que la escribió y los caffè macchiato de Starbucks que consumió durante su escritura encontraría su epítome en Franzen, el autor de Libertad. No es el único: el modelo de escritor gafitas que da clases de posgrado y que se permite algún hobby algo excéntrico, como de novela de Chesterton, es el predominante. De hecho, este perfil hegemónico ha dado lugar a cuentas paródicas como @emperorfranzen, una falsa cuenta de Twitter (aunque el que la gestiona dice que el que es un fake es el Franzen real), en el que se presenta una especie némesis arisca, diabólica y cascarrabias del responsable de Las correcciones.
Otro autor, Howard Jacobson, iba algo más allá en el diario The Guardian. Allí planteaba que nadie editaría ahora a Kafka, tanto por el carácter de su autor como porque sus historias carecían de redención. Jacobson, de hecho, brinda una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que alguien intentó atracarte en el metro con la novela Middlemarch bajo el brazo? Leer es un acto civilizado y que requiere cierto sosiego, eso es cierto. Pero lo que se debate ahora es dónde están los escritores callejeros sin doctorado ni tesina.
Algunos se encuentran en nuevas escenas literarias como la Alt Lit: escritores mayoritariamente anglosajones y jovencísimos que escriben sobre alcohol, drogas y relaciones en internet –¿de qué iban a escribir?–. Firmas que no parecen preocuparse demasiado por la gloria literaria, como Tao Lin o Ben Brooks. Que viven, según han anotado algunos suplementos especializados, “una vida literaria” y que escriben sobre ella desde un enfoque autobiográfico.

La extinción de los bárbaros

Raymond Chandler era un perro callejero para Agatha Cristie pero un mindundi para el exdelincuente, y de paso autor de novela negra, Chester Himes. Jacobson, por ejemplo, cita a Philip Roth como “chico malo”. El autor judío, a su vez, afirmaba el año pasado que “la literatura no es un concurso de belleza” y que siempre se ha alineado más con el Céline polémico y trotamundos que con Proust. Bien, pues Roth será un enfant terrible en algunos círculos académicos (terriblemente talentoso, faltón y escatológico, especialmente en su primera etapa, es cierto), pero en su día fue tomado a broma por algunos ases del Nuevo Periodismo. Tom Wolfe afirmaba en el prólogo de su famosa antología: “Philip Roth y sus amigos están ahora repasando las historias de la literatura y sudan tinta, preguntándose dónde han ido a parar. Malditos sean todos, han llegado los Bárbaros…”.
Esos tales Bárbaros eran los exponentes del Nuevo Periodismo, que James Parker distingue en otro artículo en The New York Timescomo los últimos malditos. En los años sesenta, según él, los novelistas quedaban ridículos si querían competir a malotes con las estrellas del rock, con la excepción de gamberros como Hunter S. Thompson –en su libro de cartas El escritor gonzo se puede constatar cuán maldito era, aunque su editor comente en el prólogo que fue precisamente esa imagen lo que acabó con su genio narrativo– y de borrachuzos audaces y tardíamente provocadores como Norman Mailer –su idea de malditismo es insultar a los poetas famosos en Los ejércitos de la noche–. Actualmente la idea de malditismo en un periodista con vocación literaria pasa por darse de baja de autónomos en meses alternos para poder pagar el alquiler. El contexto es todo.
Rivka Galchen, en otra pieza que aborda este tema en The New York Times, rebate que no por ponerte un traje blanco todos los días, como el de Tom Wolfe, cambia uno la historia del periodismo creativo. Es decir, que el hábito no hace al monje. Que no por decir que te bebes el Nilo en vodka escribirás mejor. Algo así decía Kipling sobre un principiante en su relato El cuento más bonito del mundo: “Llegó envuelto en citas ajenas, tal como un mendigo se hubiera investido con la púrpura de los emperadores”. O como cantaban The Go Betweens: “Por qué la gente que lee a Dostoievski, se viste como Dostoievski?” (igual de mal, quería decir). Y esto tiene que ver, también, con algunos mitos de la escritura. Nadie escribe borracho (o si lo hace, borra y edita sin piedad con resaca).
Sin embargo, el escritor israelí Nir Baram insistía hace poco, al hilo de su novela Las buenas personas: “No sé de dónde viene esta manía de los escritores actuales por parecer monos, por ser asequibles y gustar”. Quizás los enfants terribles de la literatura no estén en las estanterías, sino en los clubes de monólogos. Louis C.K., responsable de la exitosa serie cómica Louie, parece con su humor libre de lo políticamente correcto parafrasear a Malcolm X cuando decía: “No os diré lo que queréis oír. Lo digo así porque soy uno de vosotros. Y uno de los peores de vosotros”.
Los autores de éxito de la narrativa actual, más allá del que insulta a otro escritor en una conferencia universitaria o del que falta a una entrevista promocional por la resaca fermentada durante la noche anterior, como mucho validan aquel verso de una canción de las Shangri-las: “Él es bueno-malo, pero no es diabólico”.



viernes, 24 de diciembre de 2010

Hemingway / Raymond Chandler / Cocteles para bebedores de leyenda


Ernest Hemingway con su esposa Mary y Spencer Tracy
Barra del Floridita
La Habana, Cuba

Cócteles para bebedores de leyenda

Pasiones de barra con un daiquiri, un 'gimlet' y un 'bourbon' combinado



En La Habana, California o Detroit, reflejos de alcohol en la noche. Ernest Hemingway, Raymond Chandler y John Lee Hooker ejercen de gurús.

1 DAIQUIRI

Cuando Ernest Hemingway vivía en Cuba, pasaba mucho tiempo a bordo de su bote, y otro tanto acodado en la barra de El Floridita, ese célebre bar que está en La Habana y que ha inmortalizado el punto exacto donde el escritor logró sus grandes éxitos con el daiquiri, que no eran otros que beberse una cantidad inconcebible de papa's special, un cóctel diseñado especialmente para él, que en la isla gozaba del cariñoso sobrenombre de Papá. El sitio exacto es un banco, al final de la barra, que está hoy aislado por una cadena y coronado por un busto en bronce del escritor. Don Gregorio Fuentes, otra fuente de inspiración paralela al daiquiri, contaba la rutina que seguía con Hemingway todas las mañanas, una rutina productiva cuyo resultado más notable fue la novela El viejo y el mar. El escritor y Gregorio Fuentes, que, además de ser su amigo y su fuente, era el capitán del bote, salían cada madrugada a bordo de El Pilar, tal era su nombre, a navegar mar adentro hasta el atardecer. Hemingway, según explicaba Gregorio, tiraba su caña al mar y se acomodaba en su silla a leer y a beber ron con coca-cola, o sin ella, según el clima, el humor del mar o la intensidad de la resaca que acompañara a este legendario escritor que interrumpía su lectura exclusivamente para sacar del agua un pez o para apuntar ideas en tarjetas que iba echando en una caja de madera. El rumbo deEl Pilar seguía las coordenadas, infalibles y sumamente personales, que Hemingway interpretaba con las cifras que le iban dando sus botellas: "Una de Fundador al norte y una de Bacardí al este", y justamente ahí aparecía un pez espada. Un día se encontraron con un viejo que había pescado un marlin tan grande y tan fuerte que iba remolcando, a buena velocidad, su lancha de remos. Hemingway quitó los ojos del libro que iba leyendo para ponerlos en ese acontecimiento digno de escribirse. Gregorio contaba que el escritor le pidió que se acercara a la lancha para ofrecerle ayuda. El viejo que iba siendo remolcado por el marlin se enfureció y les gritó que se largaran, que ese marlin era de él. En una entrevista que le hizo Milt Machlin en 1958, Hemingway confiesa los números de su récord personal en la categoría de daiquiri papa's special, ese que bebía como un campeón acodado en la barra de El Floridita, cuyos ingredientes son: chorrito de zumo de lima, chorrito de zumo de uva, un poco de hielo y 110 mililitros de ron. El entrevistador quedó fuera de combate con cuatro, nada que ver con los números de Hemingway, que ingirió, en una esforzada jornada, de las 10.00 a las 19.00, 15 papa's special, y al terminar, como si nada, se fue a su casa a escribir algunas de sus páginas de premio Nobel. "¿Y cuál es el truco?", preguntó el entrevistador el día en que regresó al combate: "Beber de pie", respondió el escritor.

2 'GIMLET

'Raymond Chandler, ese extraordinario escritor de novelas policiacas, era famoso por su metodología cuando se trataba de ejecutar el oficio que más detestaba: el de guionista en Hollywood. La lista de requerimientos que imponía al estudio cinematográfico que lo contratara era concisa e innegociable: una habitación con instrumentos para la escritura, una caja de whisky (que pretendía liquidar en cuanto pusiera el punto final), una enfermera (para que le suministrara suero cada vez que el escritor flaqueara o se quedara traspuesto) y una ambulancia (por si flaqueaba el suero de la enfermera y la trasposición del escritor pasaba a mayores).
Su célebre personaje, el detective Philip Marlowe, es, desde luego, un gran bebedor, un talento que también Hemingway, arropado por esa verdad del palo tal que produce tal astilla, ponía en sus personajes. Aunque Marlowe, como su autor, casi siempre toma whisky, en la novelaEl largo adiós cambia de orientación, se deja llevar por su cliente Terry Lennox hasta una mesa minúscula en el bar Víctor, un oscuro local en una ciudad de California. Lennox ordena una ronda de gimlets y lanza su teoría sobre la bebida en general: "El alcohol es como el amor, el primer beso es mágico, el segundo es íntimo, el tercero es rutina". Antes, el adinerado personaje que ha solicitado los servicios de este detective de novela ha dicho esta línea de sabiduría opinable: "Soy rico, ¿a quién demonios le importa ser feliz?". Cuando el camarero pone losgimlets en la mesa, Lennox le explica a Marlowe la naturaleza de ese cóctel: "El verdadero gimlet está hecho mitad de ginebra, mitad de jugo de lima, y nada más. Mucho mejor que el martini".

3 El cóctel deconstruido

El músico John Lee Hooker cuenta en una canción de su álbum Chill outsu método para olvidar a una mujer que lo hacía sufrir, un método que es un cóctel de choque que no incluye concesiones como la lima o el zumo de uva, y que en cambio sí tiende a alcanzar el increíble milimetraje que manejaba Hemingway: este personaje de canción entra en el bar Apex, en Detroit, una cueva donde, desde hace décadas, se refugian los músicos de blues. El Apex está a media luz, medio vacío, y el hombre que acaba de entrar le pide al barman su remedio infalible para olvidar un amor: un bourbon, un escocés y una cerveza. Cuando este personaje, que puede ser el mismo John Lee Hooker, pide por tercera vez este cóctel deconstruido, el barman le hace ver que su estado empieza a ser inconveniente. "No te preocupes", le dice el músico a medio hablar, dentro de esa media luz que alumbra el bar medio vacío, "sólo tráeme un bourbon, un escocés y una cerveza". La historia termina como todas las historias de amor que quieren resolverse en un bar: John Lee Hooker y su personaje, ahogados en la barra, pensando con insistencia en esa mujer que ni con ese remedio infalible han podido olvidar.
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Jordi Soler es autor de Los rojos de ultramar (Alfaguara)





lunes, 26 de julio de 2010

Raymond Chandler / Marlowe como Chandler


Bogart como Marlowe

Marlowe como Chandler


En 1932, a los 44 años, Raymond Chandler es un completo fracasado. No ha conseguido nada con sus intentos de dedicarse a la literatura. Su matrimonio con Cissy Pascal, por culpa de los dieciocho años que ella le lleva, funciona a un nivel maternal, pero no erótico. Sus excesos en la bebida y sus complicaciones con secretarias hacen que sea despedido de su único empleo importante.Este fracaso le hace abandonar su vida anterior y por tercera vez intentar dedicarse a escribir. Ahora abandona sus altos vuelos literarios y comienza a colaborar en revistas baratas, de gran tirada, especializadas en la publicación de narraciones policíacas. Toma como modelo a Dashiell Hammett y el nuevo estilo policíaco creado por él, y comienza a escribir y a publicar regularmente.

Adiós, muñeca

Raymond Chandler. Barral Editores. Barcelona, 1977.
Transcurridos cinco años y con una gran experiencia en el género, empieza a planear su primera novela. Sitúa la acción en Los Angeles, parte de materiales de sus primeros cuentos, escribe la historia a través de un narrador, y utiliza como protagonista al mejor personaje de sus cuentos, el detective privado Philip Marlowe. Al mismo tiempo consigue apartarse de la tradición del género y hacer que la novela policíaca no sea un fin, sino el medio de expresar su particular concepción del mundo. Y gracias a su especial sentido del humor consigue que el aburrimiento y el fracaso de su vida se transformen en unas divertidas y chispeantes narraciones con unos peculiares diálogos que definen la personalidad de ese Marlowe, que es algo así como su contrario, su opuesto «alter ego», el personaje que hubiese querido ser, pero al que nunca consiguió parecerse.
Después de tres meses de arduo pero provechoso trabajo, en 1939 termina su primera novela, El sueño eterno. Una dinámica y compleja intriga en la cual brilla la personalidad de su característico personaje, el enamoradizo y cínico, pero moralista y rígido, Philip Marlowe. La obra no tarda en alcanzar un gran éxito y rápidamente Chandler se convierte en un autor comercial y en un personaje conocido.
Poco después comienza a escribir Adiós, muñeca, partiendo de sus cuentos Try the Girl y Mandarin's Jade, pero tropieza con unas dificultades que nunca le abandonaron. La facilidad y rapidez con que ha redactado su primera, novela no se vuelven a repetir. Debido a su poca imaginación, a su gran dificultad para escribir y a emplear cuentos preexistentes como punto de partida, la escritura de sus novelas le supone un grandísimo esfuerzo.
Desesperado abandona Adiósmuñeca y, partiendo de un cuento homónimo, empieza a escribir La dama del lago, pero se encuentra con los mismos problemas. Finalmente, consigue terminar Adiós, muñeca en 1940. Aunque tiene menos interés que la primera, también obtiene un gran éxito, dado que vuelve a brillar la personalidad de su magistral personaje, y le abre las puertas del cine que con sus adaptaciones le proporciona importantes ingresos durante el resto de su vida.
Con su característico estilo, en Adiós, muñeca cuenta cómo Philip Marlowe, al intentar ayudar desinteresadamente a un gigantón ex presidiario -a quien llaman Iniciativas Malloy- en la búsqueda de su antigua novia -una pelirroja llamada Velma-, se ve envuelto en una complicadísima historia en la que se entrecruzan un robo de joyas, unos consumidores de marihuana y diversos personajes femeninos que fascinan y engañan al protagonista con gran facilidad.
Salvo en El largo adiós (1953), tal vez la mejor de sus novelas, y aquella en que tras la habitual complejidad de la intriga y la deslumbrante personalidad de Marlowe se esconde una interesante amistad, las novelas de Raymond Chandler se caracterizan por una confusa anécdota que el lector puede ir descifrando, pero que le cuesta gran trabajo sintetizar.
En 1946, el gran director Howard, Haws hace una excelente versión cinematográfica de Esueño eterno sobre un guión de William Faulkner. Durante el rodaje Haws discute con Humphrey Bogart -que encarna con perfección a Marlowe- sobre quién ha matado a uno de los personajes y envían un telegrama a Chandler para que les aclare la duda. Chandler, a quien gusta el guión y está completamente de acuerdo con la película, reflexiona, repasa la novela y en otro telegrama contesta que lo ignora. Lo que demuestra que las dificultades para desenredar la madeja son uno de sus máximos valores y sus principales características.
Tanto sus cuatro primeras novelas, escritas con una cierta precipitación entre 1939 y 1943, como las tres últimas, escritas con gran calma entre 1949 y 1958, muestran esa misma complejidad argumental.
Cuando en 1959, cinco años después que su mujer, Chandler muere, tras un período enloquecido de viajes entre Estados Unidos e Inglaterra, de mujeres y de alcohol, sigue creyéndose un fracasado.
De forma que, a lo largo de sus casi cuarenta años de vida literaria, tanto en su primera aparición como en la última, Marlowe continúa siendo el mismo fantástico, enamoradizo, desinteresado, eficiente, fanfarrón y buen chico de siempre, personaje principal de siete obras maestras del género policíaco, que se encuentran entre la más destacada literatura norteamericana del siglo XX.