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sábado, 17 de octubre de 2015

Orhan Pamuk / Amor a Estambul


Orhan Pamuk

Orhan Pamuk, amor a Estambul

El autor turco envuelve de épica las historias cotidianas de su ciudad en su nueva novela

El País, 19 SEP 2015 - 00:02 CEST
Orhan Pamuk (Estambul, 1952) ha escrito otra novela monumental, Una sensación extraña (Literatura Random House), después de El museo de la inocencia, publicada en 2009 en la misma editorial. Con una minuciosidad inteligente y emocionante, el Nobel turco relata 40 años de la vida de un hombre humilde que vende boza y yogures por las calles de Estambul. Es un libro sobre la felicidad (o su ausencia) y sobre el tiempo. Es imposible, mientras lo lees, no sentir que Mevlut es el propio Estambul que describe, y de hecho, cuando vas a Estambul y escuchas su algarabía, parece evidente que ese personaje que Pamuk ha puesto en pie para la ficción es cualquiera de esos habitantes que cruzan sus calles viejas. Hablamos en la casa que habita Pamuk en Buyukada, la bella isla a la que lo llevaron sus padres desde que nació. Ahí sigue pasando los veranos y escribiendo en una paz que sólo interrumpe “el suave paso del tiempo” que van marcando las sombras que proyecta el sol ante su balcón desnudo. Antes de hablar nos ofreció fruta, sobre todo sandía y melocotones. Se le ve feliz, como si se hubiera enamorado, y no sólo de la literatura.
PREGUNTA.Dice que tenemos que creer en la novela cuando la leemos. ¿Por qué es tan importante creer en lo que estás leyendo?
RESPUESTA. Porque la literatura, fantástica o rea­lista, funciona con lo que Coleridge llamó “suspensión de la incredulidad”. Es decir, si eres una persona escéptica, si no crees en la fortaleza de la literatura, entonces mejor abstente de leer libros. Una novela no puede leerse como lees un blog o una noticia de Internet, aunque es cierto que, además de información, se transmite mucha humanidad a través de Internet. Pero ¿por qué leemos novelas? Porque creemos en el poder de la literatura. No nos acercamos al libro con escepticismo, apartamos todas nuestras suspicacias cuando tenemos un libro en la mano. La literatura funciona con lectores bienintencionados. Ellos dicen: “Voy a dedicar 10 horas de mi vida a sumergirme en la vida de este vendedor ambulante de Estambul”. Entonces dejas de ser sarcástico. Te acercas a los personajes y das la palabra del escritor por sentado. Debes darla por sentado, no debes cuestionarla, al menos, al comienzo.

martes, 24 de marzo de 2015

Orhan Pamuk / Una mirada a mis fuentes de inspiración

Orhan Pamuk

Una mirada a mis fuentes de inspiración

Espoleado por la lista de figuras literarias que leyó de Hemingway, 

el Nobel de Literatura Orhan Pamuk elabora la suya 

con las que alentaron su proyecto

 'El museo de la inocencia'



Orhan Pamuk, durante la presentación del Museo de la Inocencia en Estambul, en abril de 2012. / OSMAN ORSAL (REUTERS)

En un famoso artículo publicado en Paris Review, Hemingway elaboró una lista de las figuras literarias que habían influido en él o le habían enseñado algo importante. Cuando tenía 23 años y decidí abandonar la pintura y dedicarme a escribir, me cautivó leer la lista de Hemingway y ver en ella a músicos como Bach y Mozart y artistas como Brueghel y Cézanne al lado de escritores como Flaubert, Stendhal, Tolstói y Dostoievski. Me propuse que en el futuro, un día, haría una lista así.
Treinta y cinco años después, al terminar El museo de la inocencia, decidí que había llegado el momento. De todos los libros que había escrito, esta novela era la que más claramente suscitaba preguntas como: “¿Cuándo se le ocurrió esta idea?”, “¿Qué le inspiró para escribir esta novela?”, “¿De dónde se sacó esto?”, y así sucesivamente.
Como El museo de la inocencia no es solo una novela, sino también un museo en Estambul que costó muchos años establecer, las preguntas se han vuelto cada vez más frecuentes. Por eso he decidido presentar aquí una lista de influencias, sacadas de la vida, la literatura y el arte.

viernes, 16 de mayo de 2014

Un pirata en Estambul






El estrecho del Bósforo, en Estambul.Ampliar foto
El estrecho del Bósforo, en Estambul. SANTI BURGOS


Un pirata en Estambul

Ruta literaria por la ciudad turca, de Espronceda a Agatha Christie. Y una parada en el Museo de la Inocencia creado por el Nobel Orhan Pamuk


Martin Casariego
16 de mayo de 2014

Una ciudad es muchas ciudades a la vez, y Estambul, capital de tres imperios que hoy ni siquiera lo es de un país, carente de perros y sobrada de gatos (hasta dentro de Santa Sofía los vi), con un pie en Asia y otro en Europa, cumple esa máxima ejemplarmente. No en vano ha tenido tres nombres, Constantinopla, Bizancio, Estambul. Yo soñaba con visitarla desde hace cuarenta años, pero no lo he sabido hasta después de planear ir allí.
Rastreé el origen de ese sueño, el Imperio romano, Bizancio, los mosaicos, los iconoclastas, el Bósforo, las cruzadas, la toma por los turcos en 1453, para acabar descubriendo que nació en una clase de lengua, con una profesora recitando apasionadamente La canción del pirata de Espronceda. “Y ve el capitán pirata, / cantando alegre en la popa…”.
Embarco en uno de los muelles de Eminönü y penetro en el Bósforo y sus aguas de un gris verdoso. Me voy alejando del mar de Mármara, de la Mezquita Azul y del palacio de Topkapi en dirección al mar Negro, al que no llegaré. En ambas orillas se suceden los palacios, las villas, las mezquitas, las casas apiñadas. Antes de dar la vuelta el barco alcanza el segundo puente, cerca de la fortaleza de Europa, construida por Mehmed II para estrangular Constantinopla. Es el punto más estrecho del Bósforo, por el que hizo su puente de barcas Darío I para saltar a Europa. Regreso entre gaviotas, cormoranes y barcos. Y por un brevísimo instante, en la proa, “Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Estambul”, dejo de ser un turista y me convierto en el pirata del poema.


Vistas a la Mezquita Azul desde la terraza de un restaurante de Estambul.ampliar foto
Vistas a la Mezquita Azul desde la terraza de un restaurante de Estambul. ANNA SERRANO


Para ver Estambul es imprescindible recorrer también el Cuerno de Oro, ese apéndice del Bósforo que divide la parte europea. Tomo otro barco, ahora hacia Eyüp. Una ciudad también debe verse desde las alturas, y me dirijo al café Pierre Loti, frecuentado por este militar y escritor que publicó Aziyadéen 1879. Ambientada en Constantinopla, cuenta la historia de amor de un oficial francés con una mujer de un harén, sin menoscabo de su amistad con Samuel, un criado español. En sus aguas, no lejos del puente Gálata, coinciden un hidroavión y un submarino, y pienso en Tintín en Estambul, un álbum que Hergé jamás dibujó. El teleférico que sube al café sale de cerca de la mezquita de Eyüp, uno de los lugares de peregrinación del islam. Salva un cementerio erizado de lápidas de piedra, y siento por un momento el vértigo de precipitarme hacia la muerte. Bajo al lado del café, dividido en pequeñas salas con muebles modestos antiguos y paredes llenas de viejas fotografías. La vista desde las mesitas de su terraza justifica el esfuerzo de llegar allí. A mis pies está el Cuerno de Oro, con sus pequeños islotes como manchas oscuras, y los puentes iluminados, las casas, los faros de los coches, el latido de una ciudad en la que el turista agradece sentirse seguro y no verse importunado por sus habitantes. De hecho, en un largo paseo de hora y media por la poco turística Fevzi Pasa, la calle de los vestidos de novias, nada ni nadie me molestó.

Fotografías y cucharas

En el Museo Arqueológico, junto a Topkapi, se conservan, entre otros textos, el veredicto por un asesinato y un poema de amor, con una antigüedad de más de 4.000 años. Y al entrar en el Museo de la Inocencia, el panel con 4.213 colillas me recuerda la escritura cuneiforme. Supuestamente abandonadas por Füsun y recogidas por Kemal, los protagonistas de la maravillosa novela de Orhan Pamuk El Museo de la Inocencia, la historia de un amor enfermo en el Estambul de los setenta y ochenta, esas colillas se unen a otros cientos de objetos cotidianos, desde saleros hasta figuritas de porcelana, fotografías o cucharas. “Füsun se quitó los pendientes, uno de los cuales expongo como primera pieza de nuestro museo, y los dejó cuidadosamente en la mesilla”.


Un pirata en Estambul
JAVIER BELLOSO


La novela del Nobel turco y su museo son un interesante experimento en el que la ficción y la realidad se confunden de una forma original y profunda. Reconozco que me emocioné bastante tontamente cuando me sellaron el libro, lo cual, por otra parte, me permitió ahorrarme la entrada.
Salgo del museo, muy recomendable si se ha disfrutado del libro, y camino por la Çukurcuma Cadessi, una bonita calle llena de anticuarios que parece una prolongación al aire libre del museo de Pamuk. Me dirijo al cercano Pera Palas, el mítico hotel inaugurado en 1892 para los viajeros del Orient Express, en el que se alojaron, entre otras, Mata-Hari y Greta Garbo. Se cita en El tren de Estambul, de Graham Greene, donde pese a su prometedor título apenas aparece la ciudad. Y en La máscara de Dimitrios, la novela de intriga de Eric Ambler, el coronel Haki, durante una comida en el Pera Palas, hablará del criminal Dimitrios a Latimer, el protagonista, a quien ha conocido en una villa del Bósforo.
Entro con estos pensamientos en el bar del Pera, un gran y lujoso salón de techos altísimos, lámparas de araña, tapicería carmesí, alfombra y piano de cola. Tomo una cerveza, intentando sin mucho éxito imaginar que soy un rico viajero del XIX. Me enseñan la habitación de Agatha Christie, en la que escribió Asesinato en el Orient Express. La cama con una colcha granate, una alfombra, elegantes muebles de madera, fotografías de la reina del crimen.
Ceno en el 360, un moderno restaurante con una espectacular terraza en un edificio de la peatonal y bulliciosa Istiklal Caddesi, que baja desde Taksim. Contemplo, desde el siglo XXI, milenios de historia. Me viene a la cabeza la habitación de Agatha Christie, con una vieja Underwood negra y, encima, una pantalla de plasma. Y pienso que esa podría ser la síntesis de Estambul, tan antigua y tan moderna a la vez.
» Martín Casariego es autor de la novela Un amigo así (Espasa).