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jueves, 3 de octubre de 2019

Jorge Fernández Díaz / Mamá ha muerto






El escritor argentino Jorge Fernández Díaz con su madre.
El escritor argentino Jorge Fernández Díaz con su madre.

Jorge Fernández Díaz

Mamá ha muerto

El escritor argentino Jorge Fernández Díaz despide a su madre, a la que dedicó un libro memorable


2 de octubre de 2019

Mi madre se despidió de su hijo seis o siete veces. Parecían despedidas rotundas, dolientes y en cierta medida lúcidas, abiertas como breves fogonazos conscientes en medio de la tiniebla de la desmemoria. Regresé llorando a casa cada vez, y anduve como sonámbulo por la vida, creyendo que se apagaría definitivamente en cualquier momento o que el Alzheimer la hundiría en la incomprensión definitiva y total, y en la oscuridad del ensimismamiento. Pero de pronto la visitaba y ella estaba allí, como siempre, en su cama, y resulta que no recordaba para nada nuestra desgarradora despedida. Esa maldita enfermedad de la mente hace que te despidas dolorosamente de tu madre en el andén, que la veas subir al tren que se la llevará para siempre, y que regreses a casa hecho pedazos, pero dispuesto a iniciar el duelo. Para luego volver al andén y ver que tu madre continúa sentada en un banco, que se bajó del tren y que ignora cuanto sucedió, y que parece dispuesta a despedirse como si no se hubiera despedido jamás, en una repetición perpetua del adiós. Fue así que el viernes pasado mi hermana Mary, que tan amorosamente veló sus últimos meses, me llamó por teléfono mientras yo pulía mi artículo dominical y me dijo con voz temblorosa que mamá había muerto. Tuve entonces un fuerte sentido de irrealidad, dejé todo y corrí hasta la residencia asturiana, donde permaneció internada el último año, al cuidado de un gerontólogo magnífico y de enfermeras maravillosas. Esta vez, contra mi propia incredulidad, mi madre había subido al tren, y este había partido: el andén y el banco estaban vacíos, y corría la suave brisa de una melancolía anticipada.

sábado, 2 de febrero de 2019

Jorge Fernàndez Díaz / Fragmento



Jorge Fernández Díaz

MAMÁ
Fragmento


A mi mamá le gustaba mucho el trago. No puedo decir que tomaba una barbaridad, pero, a veces, cuando a la noche se acercaba a darme un beso, yo podía percibir su aliento pesado por el alcohol.


Ella siempre me besaba antes de irse a dormir. Yo era chico, estoy hablando de cuando tenía 8 o 9 años. Ella se quedaba viendo televisión hasta tarde y, antes de ir a acostarse, venía y me daba un beso. Nunca dejaba de hacerlo.

Así comienza / Mamá, de Jorge Fernández Díaz



Jorge Fernández Díaz
MAMÁ

Mi madre ya no llora con esas cartas. Pero no acierta a recordar cuándo ni dónde las guardó, ni por qué será que prácticamente las da por perdidas. Son las cartas de Mimí. Y vienen de Ingeniero Lartigue, una aldea de treinta casas y cien labriegos, que alguien olvidó en Asturias, muy cerca y muy lejos de León, en un monte escarpado y silencioso que era zona de hambruna en la posguerra.







Jorge Fernández Díaz / Mamá / Reseña de Juan José Millás



Mamá

Ayer abrí las páginas de una novela que comenzaba así: “Mi madre ya no llora con esas cartas”, y salí volando del vagón del metro en el que viajaba


Juan José Millás
31 de enero de 2019


Un libro es un paisaje: el que contemplas con asombro a izquierda y derecha mientras progresas por las oraciones gramaticales que lo componen como por una senda abierta en el bosque. El proceso por el que la materialidad de la letra impresa se convierte en una sustancia mental, capaz de transformarse a su vez en imágenes que lo mismo nos llevan a la intimidad de una alcoba que a la cubierta de un ballenero, es un enigma semejante al del misterio eucarístico, pues si en la misa, mediante las palabras pronunciadas por el cura, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y en la sangre de Cristo, en la novela, gracias a un conjunto de sustantivos, adjetivos, etcétera, adecuadamente combinados, el lector abandona su identidad para transformarse en uno de los personajes de la peripecia narrativa, a veces en el mismísimo protagonista.

Jorge Fernández Díaz publica «Mamá», la historia que su madre emigrante española le contó


Jorge Fernández Díaz

Jorge Fernández Díaz publica «Mamá», la historia que su madre emigrante española le contó

El escritor argentino redescubre su historia familiar en la nueva edición de su mejor libro

26 DE ENERO DE 2019

La historia de «Mamá» (Alfaguara) comienza hace veinte años. Jorge Fernández Díaz ha aceptado el reto que su gran amigo Arturo Pérez-Reverte le plantea: escribe una novela de aventuras. El argentino se arremanga, comienza a darle vueltas, pergeña algunas páginas... pero la prosa se desmaya. «Sentí que estaba escribiendo para un solo lector, para Arturo, y eso no tenía sentido para mí». Llegó la crisis creativa. Y se sumó la otra, la económica, la del corralito, la de 2001. Un desmayo vital y social que el reportero Fernández Díaz combatió saliendo de la ciudad y plantando su periodismo en mitad de la Pampa –«allí es un cuerpo a cuerpo, vienen a conocerte el narco con su madre y también el político sobre los que escribes».

jueves, 1 de febrero de 2018

Jorge Fernández Díaz / «Los periodistas solo podemos publicar el 20% de lo que conocemos»

Jorge Fernández Díaz


Jorge Fernández Díaz: «Los periodistas solo podemos publicar el 20% de lo que conocemos»

El escritor argentino presenta en España «La herida», un thriller que se desarrolla en un mundo de corrupción, mentiras y desapariciones

BRUNO PARDO PORTO
1 de febrero de 2018

En ese terreno de arenas movedizas que son las certezas incomprobables, uno puede hundirse escribiendo un reportaje o salvarse pariendo un libro e ir más allá de la realidad. Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960) escogió lo segundo. «Esa frontera siempre me pareció un aliciente importante para un escritor. Quería cruzarla con los elementos de la ficción», explica ahora el argentino. Así nació «La herida» (Destino), un thriller que se desarrolla en un mundo de corrupción, mentiras y desapariciones.
Entonces, esta novela es una suerte de desfogue.
Hace 35 años que soy periodista de trinchera y me di cuenta de que los periodistas solo podemos publicar el 20% de lo que conocemos. El resto no lo podemos probar, simplemente. Sé cómo es el entramado mafioso que hay dentro de la política, cómo se manipulan a los jueces, cómo hay una connivencia con el narcotráfico muy sofisticada... Todo esto que yo conozco como periodista, pero no puedo contarlo, me pareció siempre un material muy bueno.



Un buen material para un thriller...
Es que yo quería hacer una novela de aventuras. La novela policial es en realidad una novela sobre la cacería. El detective como cazador. La presa y el depredador. Y ahí la descripción de la jungla de asfalto es muy importante. Por eso la novela policial es la gran novela sociológica y política del momento. Si quieres conocer cómo es Grecia tienes que leer a Márkaris. Yo quería hacer eso en Argentina.
Hace unos meses Sergio Ramírez nos contaba que la novela negra en Latinoamérica funciona con unos códigos propios, donde no hay policías honrados ni jueces rectos.
Ya no se trata de una pelea de buenos y malos: no aguantariamos esa ingenuidad. Es una pelea de malos y peores. Borges en 1933 observó que en la sociedad argentina poco afectaba la ley. Veía a la policía como una mafia. Con el tiempo mi país se volvió exactamente así: la policía se convirtió en una mafia. Salvo algunas excepciones, maneja el narcotráfico, es corrupta, violenta, etc.
Aquí no se salva ni Remil, el protagonista, un personaje que tiene bastante poco de heroico.
Porque el héroe del siglo XXI es un héroe políticamente incorrecto. Remil es un agente de inteligencia que nace en esas sombras que le decía. Es ese canalla simpático que todos llevamos dentro y que, afortunadamente, reprimimos.
De hecho, carece de toda esa elegancia de los espías.
Es un toque de verosimilitud. Esta no podría ser una novela de espías con drones y alta tecnología. Me parece muy poco literario eso. Aquí lo que funciona es el antihéroe, el 007 de los países emergentes. Y estos no espían a grandes potencias ni se meten en grandes cuestiones de terrorismo, sino que se meten a pinchar los teléfonos de los periodistas, a manipular cosas menores.
La historia transcurre en varios países, pero la Patagonia es el núcleo de todos esos males de los que habla.
Utilizo una provincia de la Patagonia como una especie de laboratorio político. Para salvar la vida política de un gobernador hacen todo lo que se hace en la parte de atrás de la política en todas las partes del mundo, creo yo. Se le crea un pasado heroico al gobernador, se manipula a los jueces, se penetra en los sindicatos, se compra a los escritores y actores para usarlos de escudos humanos… Todo esto se ve mejor en pequeño. Aquí se puede ver directamente lo que en estas sociedades más grandes y complejas te confunde.
Se palpa cierto pesimismo en el libro, como si la corrupción fuera inevitable.
La corrupción es inherente al poder y se puede combatir. Es como un herpes. Aparentemente se cura, desaparece, pero sigue ahí dentro y otra cosa puede reactivarlo. Hay que tener cuidado siempre y vigilarlo. La desigualdad y la corrupción son los dos grandes problemas del mejor sistema que se ha creado en la historia, que es el de la democracia representativa.
En un libro con este trasfondo real, ¿hay algo de usted en los personajes?
Yo siempre le traslado cosas personales a los personajes. En «El puñal», mi anterior novela de Remil, era la obsesión por una mujer resbalosa, depredadora, complicada. Una obsesión que he tenido. Eso se lo trasladé a Remil, por eso es tan humano.
Y en «La herida», ¿qué hay de usted?
Hay un personaje que dice que todos nosotros tenemos una herida fundamental, una herida que nos ocurrió en la infancia o la adolescencia y que muchas veces no la reconocemos ni ante nosotros mismos.
¿Cuál es su herida?
Mi padre. Cuando mi padre descubrió que yo, a los quince años, quería ser escritor, me dio por perdido. Creyó que la literatura era una forma de la vagancia, que yo quería ser vago. Estuvimos ocho o nueve años sin hablarnos. Yo sentía esa sombra maldita de ser dado por perdido. Cuando tenía 25 años me dejaron escribir una novela negra por entregas sobre la mafia del fútbol, que iba junto a las crónicas de sucesos. Empecé a escribir. Y un día suena el teléfono de mi escritorio. Y era mi padre. «¿Pasó algo?», le pregunté. Y me dijo «no, no… es que aquí los parroquianos quieren saber cómo sigue la novela mañana. Quieren saber si el protagonista va a recuperar el bolso». Y yo, tratando de disimular las lágrimas, le dije que sí. «¿Estás seguro?». «Sí». Y colgó. Y me fui al baño a llorar, porque la redacción era un lugar de machos.


lunes, 29 de enero de 2018

Jorge Fernández Díaz / "Francisco no aspiraba a ser Papa, él quería ser Perón"

Jorge Fernández Díaz: "Francisco no aspiraba a ser Papa, él quería ser Perón"

El escritor de novela negra más popular en Argentina publica 'La herida'



ELENA EVIA
29 de enero de 2018

No hay que confundir a Jorge Fernández Díaz, uno de los más respetado periodistas y escritores de novela negra argentinos, con su homónimo político. «Qué le vamos a hacer. Es como si a mi país llegara una escritora española que se llamara Cristina Kirchner», dice resignado.  Viejo amigo de Arturo Pérez-Reverte, acaba de publicar 'La herida' (Destino), un 'thriller' con suspense, espionaje e intrigas vaticanas que ha logrado desbancar en ventas a Dan Brown en Argentina. 

¿Cree que habría podido escribir una novela negra como esta, y como la anterior, 'El puñal', si no se hubiera dedicado al periodismo? 
Durante muchos años he mantenido paralelas mis dos dedicaciones, el periodismo y la ficción. Siempre tuve la sensación de que el periodismo solo me permitía publicar el 20% o 30% de lo que sabía, porque no de todo tenía pruebas fehacientes. Así que ese saber lo he volcado en estas historias protagonizadas por Remil. 
Remil, ese es el apodo de su héroe. ¿Cómo se llama de verdad?  En la novela no aparece. 
No se sabe, ni nunca se sabrá. Él se ganó ese apodo por 'hijo de remil putas', una expresión muy argentina. 


No es precisamente un angelito. 
Es primo hermano del Falcó de Pérez-Reverte, aunque yo lo creé antes. Un canalla del que se enamoran las mujeres y con el que los hombres quieren irse a beber. Un excombatiente de las Malvinas al que el servicio de inteligencia rescató del psiquiátrico. Es un héroe del siglo XXI, cuando las guerras ya no son entre buenos y malos, sino entre malos y peores. Y además le he trasladado mis inquietudes más perturbadoras. 
¿Como cuáles? 
Bueno, todos arrastramos una herida que nos inflingieron en la infancia o en la adolescencia. 
Se pone usted muy psicoanalítico.  
Soy argentino, qué quiere. En fin yo dejé de hablar prácticamente con mi padre cuando le anuncié que iba a ser periodista y escritor y él no me lo perdonó. A los 25 años, escribí una novela negra por entregas. Un día en el que había puesto a mi héroe en una situación delicada, mi padre me llamó a la redacción, algo insólito porque estábamos distanciados, y  me preguntó sin saludar: «¿Va a recuperar la cartera?». Ahí sentí que la literatura que nos había separado, también nos había unido. Trabajé muy duro para demostrarle a mi padre que mi vida no iba a acabar en la ruina como me predijo. Y he trasladado esa herida a Remil.


El punto de partida de la novela es la búsqueda de una monja desaparecida. ¿Tiene un sustrato real? 
Es una monja a semejanza de los curas villeros, los que operan en las Villas Miseria, las favelas argentinas. Son verdaderos gladiadores creados por Bergoglio contra la pobreza y los narcos.  
Y, sin embargo, creo que es usted crítico con el papa Francisco.  
Sobre sus actividades religiosas o espirituales no tengo nada que objetar, lo que ha hecho por acercarse al mundo de la pobreza es impresionante. Pero no me gusta que siga operando en la política argentina. Lo hacía antes y lo sigue haciendo ahora. Yo siempre digo que él no aspiraba a ser Papa, sino a ser Perón.  
¿Qué es lo que cuenta esta novela de la Argentina actual? 
Si nos ponemos estupendos, podríamos decir que va sobre la herida de la corrupción, que junto con la desigualdad social es uno de nuestros grandes males, y claro, no solo en Argentina. Pero eso es solo un telón de fondo. En realidad se trata de una novela de aventuras, de acción y cacería, con sorpresas y vueltas de tuerca. Ahora bien, algunos lectores me han dicho que a media novela sentían que aquello era algo más, que aquello era el mundo. 
Creo que se prepara una adaptación cinematográfica de ''El puñal'. 
Sí, me compraron los derechos, se la dieron a varios guionistas y al final me pidieron que yo escribiera la adaptación.
¿Y con qué rostro imagina a Remil? 
A nivel internacional, quizá Vincent Cassel, Benicio del Toro o Bardem. Si fuera argentino no quedaría otra que Darín. Él ha dicho que le gustaría. A ver qué ocurre.