
Lionel Davidson
BAJO LOS MONTES
DE KOLIMA
Prólogo
¡Cuánto tiempo, querido amigo, cuánto tiempo! ¡Te espero
con gran ilusión! Han ocurrido tantas cosas —tantas que
no se me pueden olvidar— que aprovecho este rato para
realizar un recuento. Y para hacerte una advertencia. Todo
lo que sigue te va a parecer muy extraño. Te insto a que
recuerdes nuestras conversaciones y a que, por encima de
todo, tengas en cuenta dos cosas.
Cada vez que te tropieces con una dificultad a lo largo
de este relato, ten por seguro que también me la he encontrado yo. Donde tú dudes, también yo habré dudado. Lo
que aquí se narra no son suposiciones.
No son suposiciones.
Pero tampoco lo he buscado. Ha sido
cuestión de suerte. Pero ¿de suerte «ciega»? Ya lo verás.
Poco después de nuestro último encuentro, volví a casa y
me tomé unas breves vacaciones con mi mujer en Pitsunda,
junto al mar Negro. Allí tuvimos un accidente de tráfico.
Ella falleció y yo sufrí heridas graves. Pasé varias semanas
en el hospital y otra temporada más en un sanatorio, víctima de una profunda depresión. Mis amigos, mis colegas,
todos me instaron a que volviera al trabajo. Y lo hice, pero
me resultaba imposible trabajar. Mi instituto ya no significaba nada para mí, mis antiguos intereses habían dejado de
interesarme.



