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domingo, 20 de diciembre de 2020

Françoise Sagan / Buenos días, tristeza VI

 


Françoise Sagan 

Buenos días, tristeza

VI


 La mañana siguiente fue penosa, sin duda por los whiskies de la víspera. Me desperté atravesada en la cama, en la oscuridad, con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. A través de las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana. Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación, doliente y aturdida. El espejo me devolvía un inste reflejo, me apoyé en él: unos ojos dilatados, la boca hinchada, un rostro desconocido, el mío… ¿Serían esos labios, esas proporciones, esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada, ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente, tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome, odiando aquel rostro de lobo, hundido y arrugado por la disipación. Me puse a repetir esa palabra, sordamente, mirándome a los ojos, y de pronto me vi sonreír. Valiente disipación, en efecto: unas miserables copas, un bofetón y unos sollozos. Me cepillé los dientes y bajé.

Françoise Sagan / Buenos días, tristeza V

 



Françoise Sagan 

Buenos días, tristeza

V

Y un buen día todo terminó. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. Recuerdo la alegría de Elsa. En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. Contrariamente a mis previsiones, Anne no se opuso a tales mundanidades. Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. No sin inquietud, al concluir la cena, subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche, el único por lo demás que poseía. Lo había elegido mi padre; era una tela exótica, un poco demasiado exótica para mí, sin duda, pues mi padre, fuese por gusto o por costumbre, tendía a vestirme a lo mujer fatal. Me lo encontré abajo, deslumbrante con su esmoquin nuevo, y le eché los brazos al cuello.

Françoise Sagan / Buenos días, tristeza IV


 

Françoise Sagan 

Buenos días, tristeza

IV


L o que más me sorprendió, en los días siguientes, fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa. No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de esta, con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad, sin reparar en la habilidad que ello implicaba. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. Así, en cambio, le estaba agradecido y no sabía qué acer para demostrárselo. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. Le hablaba, desde luego, como a una mujer muy respetada, como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne, que la hacía un poco responsable de mí, con la intención de acercársela más, de vincularla más estrechamente a nosotros. Pero tenía con ella miradas, gestos, que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. En el placer, claro. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne, quien mostraba con mi padre una indiferencia, una serena amabilidad que me tranquilizaban. Llegué a creer que me había equivocado el primer día, pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. Sobre todo sus silencios…, esos silencios tan naturales, tan elegantes. Eran como la antítesis de la incesante cháchara de Elsa, como el sol y la sombra. Pobre Elsa…, no se daba cuenta de nada, seguía exuberante y agitada, con la cara ajada por el sol.

Françoise Sagan / Buenos días, tristeza III

 



Françoise Sagan 

Buenos días, tristeza

III


A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. En duermevela, intenté apartar de la cara, con la mano, aquel calor insistente, pero renuncié. Eran las diez. Bajé en pijama a la terraza y allí me encontré con Anne, que estaba hojeando los periódicos. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones. Como no me prestaba atención, me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca. Inmediatamente, un sorbo de café negro y ardiente, y de nuevo el frescor del fruto. El sol de la mañana me calentaba el pelo, borraba de mi rostro las huellas de la almohada. Pasados cinco minutos, iría a bañarme. Me sobresaltó la voz de Anne:
    —¿No comes, Cécile?
    —Por la mañana prefiero beber, porque…
    —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. Ve a buscar pan con mantequilla.

Françoise Sagan / Buenos días, tristeza II

 


Françoise Sagan 

Buenos días, tristeza

II

Anne tardaría todavía una semana en llegar. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones. Habíamos alquilado la casa por dos meses, pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible relajarse por completo. Ella confería a las cosas una dimensión, un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. Marcaba las normas del buen gusto, de la delicadeza, y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas, sus silencios ofendidos, sus expresiones. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso, humillante en definitiva, porque me daba cuenta de que ella tenía razón.

Françoise Sagan / Buenos días, tristeza I



Françoise Sagan 

Buenos días, tristeza

I

 A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan sólo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás.
    Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. Los «demás» eran mi padre y Elsa, su amante. Antes que nada quiero explicar esa situación, que puede parecer falsa. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. Era un hombre todavía joven, lleno de vitalidad, de posibilidades, y, al salir yo del internado, dos años antes, no me costó entender que viviese con una mujer. Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto, esa vida novedosa y fácil, y mi propia predisposición me hicieron adaptarme. Era un hombre despreocupado, hábil en los negocios, siempre curioso y enseguida cansado, que gustaba a las mujeres. Lo quise de inmediato, y de todo corazón, porque era bueno, generoso, alegre y cariñosísimo conmigo. No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa, su amante de turno, me importunaría durante las vacaciones. No pude por menos de animarle, pues sabía que necesitaba a las mujeres y que, por otra parte, Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. Era una chica alta y pelirroja, entre galante y mundana, que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. Era simpática, bastante simple y no tenía pretensiones serias. Además, demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. Mi padre había alquilado, en el Mediterráneo, una gran casa con jardín, blanca, apartada, preciosa, con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. Se alzaba sobre un promontorio, dominando el mar, rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera. Un sendero descendía hasta una cala dorada, bordeada de rocas rojizas, donde se mecía el mar.

sábado, 19 de diciembre de 2020

François Sagan / Jean Paul Sartre



François Sagan
JEAN PAUL-SARTRE

Escribí esta carta en 1980 y la publiqué en L'égoïste, el bonito y caprichoso diario de Nicole Wiesnieck. Por supuesto que primero pedí permiso a Sartre, a través de otra persona, porque no nos habíamos visto desde hacía veinte años y, para entonces habíamos compartido algunas comidas con Simone de Beauvoir y mi primer marido, comidas algo forzadas; algunos encuentros divertidos en agradables lugares de perdición, por la tarde, en los que Sartre y yo fingíamos no vernos; y en un almuerzo con un encantador industrial algo entusiasmado por mi persona, que le propuso dirigir una revista de izquierda que él mismo financiaría con sumo placer, pero cuando el industrial, entre el queso y el café fue a cambiar el tiket de aparcamiento, Sartre se sintió desanimado y con ganas de reírse; en todo caso, de Gaulle ya iba llegando y aquel irrealizable proyecto, naufragó definitivamente.

Autora exitosa a los 18, millones perdidos en la ruleta y adicción a los opiáceos / La atribulada vida de la brillante Françoise Sagan

Francoise Sagan | Getty Images Gallery

Autora exitosa a los 18, millones perdidos en la ruleta y adicción a los opiáceos: la atribulada vida de la brillante Françoise Sagan

La escritora francesa fue un mito de la 'Gauche Divine' y murió arruinada a causa de sus deudas con Hacienda en 2014. Este 2020 hubiera cumplido 85 años.

 | 17 AGO 2020 18:09
Empezó su existencia en una cuna de comodidades burguesas en 1935 y la terminó endeudada hasta las orejas en 2004. Los últimos ingresos de la escritora Françoise Sagan (Cajarc, 1935-Honfleur, 2004) llegaron de la mano de los amigos que conservaba. Algo trágico que, en realidad, habla bien de ella: después de todos los excesos y los líos en los que se metió, que todavía tuviese a gente a su alrededor dispuesta a ayudarla resulta bastante asombroso. Quizás todavía le debían dinero de las copas a las que les invitó en aquellas juergas interminables que lideró en su juventud.

Querido señor / Carta de Françoise Sagan a Jean-Paul Sartre

Françoise Sagan

Françoise Sagan
CARTA A JEAN-PAUL SARTRE

Querido Señor:

Digo Querido Señor pensando en la interpretación infantil de la palabra, según el diccionario: “Un hombre, cualquiera que sea [la definición]”. No voy a decirle “Querido Jean–Paul Sartre” porque es demasiado periodístico, “Querido Maestro”, porque sé que lo detesta, ni “Querido Colega” porque pesa demasiado.

Hace años que quería escribirle esta carta, casi treinta. De hecho, desde que empecé a leerle, y sobre todo, desde hace diez o doce años, cuando la admiración, a fuerza de sentirme ridícula se volvió suficientemente rara, como para felicitarme, casi, por esa misma ridiculez. Quizás yo misma he envejecido, o he rejuvenecido lo suficiente, como para reírme hoy de aquel sentido del ridículo del que usted, ni ahora ni nunca, se ha preocupado.

Françoise Sagan / Entre recuerdos

Françoise Sagan

Françoise Sagan, entre recuerdos

  • La escritora francesa recorre las grandes pasiones de su vida en una recopilación de textos publicada por la editorial El Cobre · Orson Welles, Jean-Paul Sartre y Billie Holiday, entre otros, desfilan por sus páginas

Alfredo Asensi
26 de enero de 2009

Vivió deprisa, con riesgo, literariamente. Una vida de excesos, libros, divorcios, viajes, alcohol e irreverencia. De sobredosis, contradicciones, fraudes fiscales. Era lúcida, burguesa, vertiginosa, distinta. Françoise Sagan, una de las más pasionales y brillantes escritoras francesas del siglo XX, regresa a la actualidad literaria con la publicación de Desde el recuerdo (El Cobre Ediciones), una recopilación de estampas autobiográficas por primera vez traducidas al español. Sagan, fallecida hace cinco años, relata en la obra sus encuentros con grandes mitos del siglo XX como Orson Welles, Billie Holiday o Jean-Paul Sartre. Con desprendimiento y cinismo, con sinceridad y entusiasmo, la autora de Buenos días, tristeza repasa algunas de las aficiones y adicciones a las que se entregó sin reservas, entre ellas el juego, la velocidad y la lectura.

Françoise Sagan / Pequeño monstruo inmoral

Françoise Sagan


Sagan, pequeño monstruo inmoral


Patricia de Souza
8 de octubre de 2004

Al "pequeño monstruo" desaparecido que todo el mundo celebra, sin disidencias ni mezquindad política, tanto la derecha como la izquierda, se le puede convertir en el símbolo de una generación, de una forma de mujer libre, de una cierta particularidad francesa. Pero una mujer que aprieta el acelerador de su coche deportivo como un tigre que ruge bajos sus pies desnudos, que dice lo que piensa cuando lo desea, que vive como quiere y donde se le antoja, me gusta más, gusta a todos, sobre todo si sabemos que esa mujer es Françoise Sagan, la escritora fenómeno que publicó a los 19 años Buenos días, Tristeza, uno de los primeros best sellers después de la Segunda Guerra Mundial. Junto con el Radiguet del Diablo en el cuerpo, muerto a los 18 años, Sagan fue una de las primeras mujeres en disfrutar de una celebridad precoz, una vida intensa y rápida como los autos que le gustaba conducir. Difícil no sentir simpatía por esta especie de Humphrey Bogart femenino, de cigarrillo colgante en su boca delgadísima, bebedora de whiskies y de martinis, medio tímida y dueña de un rostro retratado cientos de veces... Y de esta introducción remarcable: "Sobre ese sentimiento desconocido cuyo aburrimiento y dulzura me obsesionan, dudo si poner el nombre, el bello y grave nombre de tristeza". 

viernes, 24 de septiembre de 2004

Muere a los 69 años la escritora francesa Françoise Sagan


Françoise Sagan


Muere a los 69 años la escritora francesa Françoise Sagan

La autora de 'Buenos días tristeza' ha fallecido a causa de una embolia pulmonar


París, 24 de septiembre de 2004
La escritora francesa Françoise Sagan, autora del clásico Buenos días tristeza, ha muerto hoy a la edad de 69 años en el hospital de Honfleur, al noroeste de Francia, a causa de una embolia pulmonar, según han informado fuentes de su entorno. Su estilo narrativo, personalísimo y en el que mezclaba erotismo y cínica ironía, no conocía prejuicios. Sagan deja más de 40 libros, entre ellos varias obras de teatro, además de guiones de cine y letras de canciones. 

Las mismas fuentes han explicado que Sagan, gran amante de la velocidad, el juego, y los excesos, tuvo que ser ingresada hace "algunos días" en el hospital de esta pequeña localidad, donde ha fallecido hoy tras sufrir "una descompensación cardiorrespiratoria". La escritora, que estaba enferma desde hace varios años, había sido hospitalizada en repetidas ocasiones a lo largo de los últimos meses y vivía retirada de la vida pública en su propiedad próxima de Honfleur. 

En realidad, su verdadero nombre era Françoise Quoirez pero escogió este pseudónimo de una novela de Marcel Proust para su debut literario. Nacida en el seno de una familia acomodada el 21 de junio de 1935 en Cajarc, al suroeste de Francia, irrumpió en la literatura francesa a los 19 años con Bonjour tristesse (1954), en la que aborda el deseo sexual de una adolescente. La obra, que fue llevada al cine por Otto Premminger en 1957, la hizo hizo famosa y por ella obtuvo el codiciado Premio de la Crítica. 

Una vida de excesos 

Con su segunda obra, Un certain sourire (1956), la joven novelista confirmaba las esperanzas que había suscitado su debú y a los 21 años gozaba de una fama que ningún novelista había alcanzado a tan temprana edad. Al relatar la historia de una joven que se enamora de un caballero casado y que le dobla la edad, dio muestras, por segunda vez, de una maestría literaria asombrosa. 

Su estilo narrativo, personalísimo, no conoce prejuicios. A estas obras se añadieron Dans un mois, dans un an (1957), Aimez-vous Brahms (1959), Les merveilleux nuages (1961), La chamade (1965), Des bleus à l'âme (1972), Le lit défait (1977) y Il fait beau jour et nuit (1979), todas ellas novelas. También escribió las obras teatrales Château en Suède (1960), Les violons parfois (1961), Le cheval évanoui (1966), Un piano dans l'herbe (1970) y Le chien couchant (1980). En 1993 publicó sus memorias, Con toda mi simpatía

Sus novelas, que evocan personajes de la clase media alta aburridos y amorales, ha sido traducidas a muchos idiomas. Pero no sólo las obras de Sagan dieron lugar a la polémica, sino también su estilo de vida, aficionada al alcohol, las noches en blanco, los casinos y los coches.



martes, 26 de febrero de 2002

Françoise Sagan, condenada

Françoise Sagan



FRANÇOISE SAGAN, CONDENADA


París, 26 de febrero de 2002

La escritora francesa Françoise Sagan, de 66 años, fue condenada ayer a un año de prisión con libertad condicional por fraude en el impuesto sobre la renta en 1994. El fiscal había pedido una pena de cárcel no determinada y una multa de 50.000 euros. La escritora, cuyo proceso había sido aplazado en varias ocasiones por motivos de salud, no estaba presente cuando se hizo pública la sentencia ni tampoco acudió al juicio. Estaba acusada de haber ocultado al fisco unos ingresos de 838.469 euros, que utilizó para los arreglos de su casa de Barneville, arrasada por un incendio en 1991.

EL PAÍS



martes, 29 de enero de 2002

Se equivocó Françoise Sagan


Françoise Sagan


SE EQUIVOCÓ FRANÇOISE SAGAN



París, 29 de enero de 2002


La escritora Françoise Sagan, de 66 años, podría ser condenada por el Tribunal Correccional de París a una pena de prisión por no haber declarado al fisco francés 838.469 euros en 1994. El fiscal estimó imposible 'no condenar a una pena de cárcel' a Sagan, pero pidió que, dado su estado de salud, no tuviese que cumplirla. El Tribunal dictará su sentencia el próximo día 26 de febrero. El fisco francés persigue desde 1999 a Sagan porque no declaró cuatro millones de francos (615.000 euros) ingresados en la Compagnie Internationale de Développement (CID) por el empresario André Guelfi, uno de los principales protagonistas del caso Elf. La escritora tampoco incluyó en su declaración un millón y medio de francos (230.000 euros) recibidos de unos amigos en un momento en que atravesaba una situación financiera 'difícil', según su abogado, quien asegura que Sagan 'jamás intentó disimular el dinero al fisco, sino que, simplemente, se equivocó con sus cuentas'.

EL PAÍS