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sábado, 21 de marzo de 2026

El último canto de Hubert Selby



El último canto de Hubert Selby Jr.

'El canto de la nieve silenciosa' es un Selby Jr. puro, indispensable para quien admire a uno de los mejores narradores estadounidenses del siglo XX

El canto de la nieve silenciosa
Hubert Selby Jr.
Traducción de José Luis Piquero. Hermida. Madrid, 2021. 224 páginas. 19 €. Ebook: 8 €

FRAN G. MATUTE
4 mayo, 2021


Quizás sea el momento de aceptar que el primer libro publicado por Hubert Selby Jr. (Nueva York, 1928- 2004), el célebre y polémico Última salida para Brooklyn, era en realidad un libro de relatos disfrazado de lo que los estudiosos llaman composite novel. Tener esto presente podría ser importante de cara a no caer en la tentación de pensar que El canto de la nieve silenciosa (1986) —su supuesta única colección de relatos— es una rara avis dentro de la bibliografía del escritor neoyorquino.

sábado, 3 de septiembre de 2022

Siete historias de Nueva York

Siete historias de Nueva York

De la ciudad elegante de 'El Gran Gatsby' a la esquizofrénica de 'American Psycho', novelas que nos descubren la Gran Manzana


Algunos escritores han contribuido decisivamente a crear el mito de Nueva York. Hay centenares, miles de novelas ambientadas en la metrópoli, historias que no siempre muestran una cara amable de la ciudad, o que nos transportan a una Nueva York que ya no existe, pero que en algunos casos resultan capitales para entender cómo es la Gran Manzana. De la ciudad elegante de El Gran Gatsby a la visión de un adolescente en El guardián entre el centeno o la esquizofrénica Nueva York de American psycho, novelas que nos descubren la ciudad en todos los sentidos.

martes, 16 de noviembre de 2021

Hubert Selby / Coda / Fin del mundo

Jean Michel Basquiat


Hubert Selby
Coda
Fin del mundo

    ¡Cuánto más a los que habitan estas casas de arcilla, ellas mismas hincadas en el polvo! Se les aplasta como a una polilla. De la noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie; se les arranca la cuerda de su tienda y mueren privados de sabiduría.
    Job, 4, 19-21.

Mike Kelly le dijo a su mujer vete a hacer puñetas y se dio la vuelta tapándose la cabeza con la manta. Venga, levántate. No tenemos leche ni pan. Él no dijo nada. Venga, Mike, voy a llegar tarde al trabajo. Siguió callado. Por favor, Mike, levántate. Y se sentó en el borde de la cama empujándole suavemente por el hombro. ¿Por qué no vas a la tienda mientras yo me visto? Venga, hombre. Mike se dio la vuelta, quitándose bruscamente del hombro la mano de su mujer, y se apoyó en un codo. Mira, lárgate de una vez y no me fastidies más, ¿entendido? —se dio nuevamente la vuelta y se dejó caer en la cama, echándose la ropa por encima de la cabeza—. Irene se levantó de un salto y se dirigió a la silla haciendo mucho ruido, agarró la ropa y se puso a vestirse. Eres un hijoputa, Mike, ¿me oyes bien? Un hijoputa. Y se dejó caer en la silla para ponerse las medias. Será mejor que desaparezcas, so puta. Si no te voy a partir la cara. Irene continuó murmurando mientras se vestía. Luego fue al cuarto de baño y cerró dando un fuerte portazo. Será mejor que dejes de hacer todo ese jodido ruido, Irene, o esto va a terminar muy mal. Ella se volvió hacia la puerta cerrada y le sacó la lengua. Luego abrió los dos grifos y el agua salpicó fuera del lavabo. Puso el tapón, todavía insultando a Mike (el hijoputa), cerró los dos grifos y metió la esponja en el lavabo. Estaba frotándose la cara, todavía insultando a Mike, cuando Helen, su hijita de tres años, llamó a la puerta. Irene le abrió bruscamente. ¿Qué es lo que quieres? Helen se metió el pulgar en la boca y la miró. Helen entró en el cuarto de baño e Irene la subió al retrete, y luego se secó la cara. Voy a llegar tarde. Se puso a peinarse y Arthur, de casi dieciocho meses de edad, empezó a llorar. MECAGOendios. Tiró el peine a la bañera (Helen seguía chupándose el dedo y esperó a que Irene saliera del cuarto de baño para bajarse de la taza, tirar de la cadena y correr al cuarto de estar) y entró en el dormitorio hecha una fiera. Al menos podías ocuparte del niño. Mike se irguió bruscamente y le gritó que se fuera a hacer puñetas y le dejase en paz. Ocúpate de él y déjame en paz. Tú eres su madre, ocúpate de él y déjame en paz. Irene dio una patada al suelo y se puso roja de furia. Si trabajases podría ocuparme yo de él. Mike volvió a taparse la cabeza con las mantas. No me sigas jodiendo. Eres un hijoputa. Irene arrancó una chaqueta del colgador, Arthur seguía llorando a la espera de su biberón. Helen, sentada en un rincón del cuarto de estar, esperaba el final de la riña. Irene introdujo los brazos en las mangas de la chaqueta. Dame dinero para comprar algo de comer. Mike se quitó las mantas de encima, cogió el pantalón y sacó un billete de dólar de la cartera. Toma. Y ahora vete al infierno y no me toques más los cojones. Irene le arrancó el billete de la mano y salió de la casa dando un portazo. A ver si Arthur llora todavía más fuerte y obliga a levantarse al hijoputa de Mike. Cada mañana es lo mismo. Nunca me echa una mano. Ni siquiera le prepara el biberón al niño. Vuelvo a casa del trabajo y tengo que preparar la cena y fregar los platos y ocuparme de los niños. ¡¡¡Jodido hijoputa!!! Y corrió a la tienda. Entró, ignorando el buenos días, Irene, de los dependientes, y cogió una docena de huevos. Después los dejó y cogió media docena, pues necesitaba pitillos, un litro de leche y dos panecillos. Sacó los pitillos de la bolsa y se los metió en el bolsillo del vestido para no olvidarlos y dejárselos a Mike (el muy hijoputa). Cuando volvió a casa abrió la puerta de una patada y la cerró de un portazo. Arthur seguía llorando, Helen le acunaba hablando con él y Mike le gritó que hiciese callar al niño. ¿Por qué no te ocupas de los niños antes de ir de compras?, dijo Mike enfadado de verdad por el modo en que trataba a los niños. Si tanto te importan, ¿por qué no te levantas tú y te ocupas de ellos, hijoputa de mierda? Mike se sentó en la cama y se volvió en dirección a la puerta abierta. Será mejor que tengas cuidado con lo que dices o te voy a partir la cara de un puñetazo, y Mike se dejó caer de nuevo en la cama y se tapó la cabeza con la manta. Irene temblaba de ira pero lo único que hizo fue dar una patada al suelo, aún con la bolsa de la compra en la mano, y OH OH OH OH OH OH OH OH OH OH… Luego se dio cuenta de la hora que era y dejó la bolsa en la mesa, puso a calentar un cazo con agua, corrió a la habitación de los niños y cogió el biberón de Arthur, lo llenó de leche y lo calentó lo justo para que no estuviera helada; echó unos copos de cereales y leche en una taza mientras se calentaba el biberón, corrió a la cuna con el biberón, Arthur lo agarró y dejó de llorar (Mike gruñó, gracias a Dios); luego Irene llamó a Helen para que tomara los copos y la leche y se preparó una taza de café instantáneo, cogió uno de los panecillos, lo mojó en el café, lo comió y corrió al dormitorio. Dame algo más de dinero. Por el amor de dios, ¿todavía andas por aquí? Date prisa, Mike, o llegaré tarde. Mike le tiró medio dólar. ¿Qué ha sido del otro dólar? No era bastante (por lo menos podía quedarse con diez centavos y tenía el paquete de pitillos). Irene terminó el café de un trago y salió a toda prisa. Corrió hasta la parada del autobús esperando no tener que aguardar demasiado y sin dejar de insultar a Mike, el muy hijoputa. Si hoy no limpia la casa dejaré el empleo. Eso haré. Que consiga un trabajo él. Vio venir un autobús y apresuró el paso, llegando justo a tiempo de cogerlo. El hijoputa.

Hubert Selby / Huelga

 

 


Hubert Selby
Huelga

    Pasé junto a la heredad del hombre perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento;
    Y he aquí que por toda ella habían ya crecido espinas, y ortigas habían ya cubierto su haz, y su cerca de piedra estaba ya destruida.
    Proverbios, 24, 30-31.



Harry miró a su hijo que estaba tumbado en la mesa jugando con un pañal. Se tapaba la cabeza con él y reía. Durante unos segundos Harry observó cómo movía el pañal. Miró el pene de su hijo. Lo contempló fijamente y luego lo tocó. Se preguntó si un niño de ocho meses sentiría algo especial allí. A lo mejor sentía lo mismo sin importar el sitio donde le tocaras. Se le ponía duro a veces, cuando tenía que hacer pis, pero no creía que eso significara nada. Todavía tocaba con la mano el pene de su hijo cuando oyó que su mujer entraba en la habitación. Retiró la mano. Se apartó un poco. Mary cogió el pañal limpio de la mano del bebé y le besó el estómago. Harry observó cómo frotaba su mejilla contra el estómago del niño. Ocasionalmente rozaba su cuello contra el pene. Parecía como si se lo fuera a meter en la boca. Apartó la vista. Tenía un nudo en el estómago y sintió una ligera náusea. Se dirigió al cuarto de estar. Mary vistió al niño y lo puso en la cuna. Harry la oyó acunarle. También oyó que el niño chupaba el biberón. Los músculos y nervios de Harry se crisparon y tembló. Deseó poder ser capaz de coger aquellos ruidos y metérselos a ella por el culo. Coger al jodido niño y refrotárselo en el coño. Miró la programación de TV, luego su reloj, recorrió con el dedo la columna de números, dos veces, y luego encendió el aparato. A los pocos minutos su mujer entró en la habitación, se quedó de pie junto a Harry y le acarició la nuca. ¿Qué estás viendo? No lo sé, y apartó la cabeza. Ella se dirigió a la mesa baja, cogió un pitillo del paquete que había encima y se sentó en el sofá. Cuando Harry apartó la cabeza se había sentido decepcionada durante unos segundos, pero ya se le había pasado. Lo entendía. Harry a veces era bastante raro. Probablemente andaba preocupado con su trabajo, y por el asunto de la huelga y todo lo demás. Probablemente se trataba de eso.

Hubert Selby / Tralala

Retrato de chica rubia, 2019
Teresa Casas

 Hubert Selby

Tralala


    Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas buscaré al amor de mi alma. Busqué y no le hallé. Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda de la ciudad. Díjeles: «¿Habéis visto al amor de mi alma?».
    El cantar de los cantares 3, 2-3.

Hubert Selby / Y con el niño, tres

 

Hubert Selby
Y con el niño, tres

    Sabrás que tu descendencia es numerosa,
   tus vástagos como la hierba de la tierra.
    Job, 5, 25.


Al niño lo bautizaron cuatro horas después de la boda. Bueno, qué coño, de todos modos se casaron antes. Pero lo que yo te digo, tío, ¡hubo un baile! Después, quiero decir. Su viejo organizó un festejo tremendo. Y Spook con su jodida manía de la moto. Tommy tenía una Indian 76. Es el que se casó. Tenía esa Indian…, tú ya me entiendes, una de las más cojonudas. No de las de sólo un cilindro. Ninguno de los chicos querría una de esas. Corren bastante y todo eso, pero son demasiado pequeñas. Uno quiere algo que se pueda preparar. Tú ya me entiendes, que quede de alucine…, tubos de escape y cosas así y un asiento lleno de cromados. Tío, las chavalas se te ponen en pelota viva sólo con verla. ¡Algo increíble! Total, que tenía esa 76 y Tommy es alto y algo flaco y parecía como si la moto le creciera entre las patas; como si tuviera una moto entre las piernas en lugar de una polla. Y cuando pisaba el pedal de arranque y se sentaba era como si se pusiera a descansar o algo así y luego apretaba el acelerador y BrROOOOM. Todos los otros chicos trataban de arrancar la moto una y otra vez y las jodidas motos tosiendo y tirándose pedos y Tommy sentado en la suya con el motor haciendo un ruido tremendo y luego se ponía a dar vueltas en redondo, despacio, y esperaba a que les arrancaran las motos.

Hubert Selby / La reina ha muerto


Hubert Selby
La reina ha muerto


    Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios le creó; varón y hembra los creó.
    Génesis, 1, 27.


Georgette era una loca muy moderna. Ella (él) no intentaba disimularlo mediante el matrimonio o hablando como un hombre, satisfacía su homosexualidad coleccionando a escondidas fotos de sus actores o atletas masculinos favoritos recortadas de los periódicos, o contemplando las actividades de los jóvenes, o acudiendo a los baños turcos, o metiéndose en los vestuarios de hombres y mirando de reojo mientras buscaba protección detrás de una fachada de virilidad cuidadosamente defendida (temiendo ese momento en que, en una fiesta o un bar, esa fachada comenzase a derrumbarse por culpa del alcohol para acabar completamente deshecha al tratar de besar o meter mano a un jovencito atractivo y ser despedida de un puñetazo —jodido maricón— seguido de la histeria y las excusas incoherentes y la huida del lugar), y estaba orgullosa de ser homosexual al sentirse intelectual y estéticamente superior a aquellos (especialmente mujeres) que no eran gays (¡fijaos en todos los grandes artistas que eran mariquitas!); y llevaba bragas, los labios y los ojos pintados (lo que ocasionalmente incluía sombras doradas y plateadas en los párpados), pelo muy largo y cuidado, uñas pintadas, ropa de mujer, completada por un sostén con relleno, tacones altos y peluca (una de las cosas que más le excitaban era ir a BOP CITY vestida en plan de rubia espectacular [medía 1,85] en compañía de un negro [un negro cabrón enorme muy guapo, y cuando entraba todos los pasados del local le miraban y los estrechos se estremecían. Estuvimos en una fiesta tremenda antes de venir y estábamos tan pirados que no nos enterábamos de nada, como te lo cuento, cariño]), y a veces llevaba una compresa.

Hubert Selby / Un dólar al día

 


Hubert Selby
Un dólar al día

    Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra, y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad.
    Eclesiastés, 3, 19.


Se repantigaron por la barra y en las sillas. Otra noche. Otro coñazo de noche en El Griego, un miserable restaurante abierto toda la noche cerca del cuartel de Brooklyn. De vez en cuando entraba un sorchi o un marinero por una hamburguesa y ponía el jukebox. Pero normalmente ponían jodidos discos de country de lo más rústico. Trataban de convencer al Griego de que quitase esos discos, pero él siempre les decía que no. Ellos son los que se gastan la pasta. Vosotros os pasáis toda la noche aquí y no tomáis nada. ¿Estás quedándote con nosotros, Alex? Con el dinero que nos dejamos aquí te podrías jubilar. Eso dices tú. No me llega ni para el autobús…

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Hubert Selby / Última salida para Brooklyn / Reseña



Herbert Selby
UNA SALIDA PARA BROOKLYN


Ultima salida para Brooklyn , uno de los libros más míticos de la literatura norteamericana de los últimos decenios, es a la vez una original obra narrativa y un documento atroz de la vida en la zona más salvaje de la jungla neoyorquina. Pocos libros suscitaron opiniones tan extremas como éste cuando se publicó por primera vez, en 1964, desde la más rendida admiración (se le llamó «un Viaje al fin de la noche americana, despojado de grasa»), hasta el furor ciego.

Hubert Selby / The Room



Hubert Selby jr.
THE ROOM
Por Francesco Spinoglio

Hace unos días acabé de leer The room, una novela del escritor americano Hubert Selby jr., fallecido en 2004. Algunos lo conocerán por su libro más famoso y criticado: Last exit to Brooklyn, publicado en 1964 y traducido al castellano con el título Última salida para Brooklyn (publica Anagrama). Después de la gran impresión que me causó dicha novela, fui a buscar más obras de Selby y me tuve que contentar con leer versiones más o menos antiguas en italiano (mi lengua materna), la mayoría publicadas en los años setenta/ochenta, y por tanto difíciles de conseguir.

Hubert Selby / La habitación / Reseña

 

Hubert Selby


La habitación

Hubert Selby Jr.

EDICIONES ESCALERA

Tras publicarse en castellano Última salida para Brooklyn y Requiem por un Sueño, llega la que para muchos entendidos es la verdadera obra maestra de Hubert Selby Jr. Sin duda estamos ante la novela más dura que jamás hayamos publicado, con una traducción interrumpida en ocasiones para ir a vomitar, un auténtico descenso a los infiernos al que ni siquiera el propio autor pudo enfrentarse hasta pasados veinte años de su publicación. Una narración que reinventa a Joyce, a Dante, a Kafka, un terror que nos remite en ocasiones a los pasajes más siniestros de la Biblia, un libro altamente desaconsejado a todo aspirante a funcionario corrupto, una antecesora buena del American Psicho. Un espejo para Luis Miguel Rabanal, Chuck Palaniuck o Michel Houellebecq. En resumen y en palabras de Allen Ginsberg «Un libro que refleja mejor que ningún otro la angustia de América,», una angustia que por desgracia, hemos hecho nuestra. ¿Y de qué va el libro?: De la frustrada sed de venganza de un pobre diablo encerrado en una celda. A partir de ahí, el horror y la genialidad a partes iguales.

Hubert Selby / El canto de la nieve silenciosa o la voz de los demonios interiores / Reseña

 


Hubert Selby

EL CANTO DE LA NIEVE SILENCIOSA

O LA VOZ DE LOS DEMONIOS INTERIORES



Alfredo Urdaci
14 de mayo de 2021

El canto de la nieve silenciosaHubert Selby Jr. Traducción de José Luis Piquero. Hermida editores.

En los cuentos de Hubert Selby Jr. los personajes se suelen llamar Harry, son seres solitarios, y perciben el mundo como si habitaran en el fondo de una laguna del bosque: contemplan las cosas en claroscuros, y escuchan siempre una voz interior que es la que suele arruinar sus destellos de felicidad. El canto de la nieve silenciosa es una colección de cuentos y relatos breves marcados por esa luz que parece anticipar la dicha. Es tan solo un instante. A veces, como en el relato que da título al volumen, la luz es la tentación de la nada, de dejarse llevar, de anularse en una ataraxia indolora y dulce. Pero a pesar de sus fracasos, los Harrys que habitan en los cuentos de Selby tienen un apego a la vida. A veces una adhesión absurda, infantil. Pero de una fortaleza y una convicción que mueve la piedad del lector, la identificación con todos los pretextos y certezas que componen la idea de la vida buena.

Hubert Selby / Réquiem por un sueño


Hubert Selby Jr. 
RÉQUIEM POR UN SUEÑO
Por Francesco Spinoglio


“Evidentemente, yo creo que perseguir el sueño Americano no es sólo fútil sino autodestructivo, porque en último término destruye a todo y a todos los que participan en él. Por definición tiene que serlo, porque lo cultiva todo excepto esas cosas que son importantes: integridad, ética, verdad, nuestro auténtico corazón y alma. ¿Por qué? El motivo es sencillo: porque Vida/vida es dar, no conseguir”.

Hubert Selby / El demonio



HUBERT SELBY 
EL DEMONIO
Por Francesco Spinoglio

Leer a Selby significa algo más que leer un simple libro. Significa adentrarse en la mente endemoniada de los protagonistas de sus novelas y saborear hasta el fondo la angustia y la locura que mana de una escritura única y originalísima. Quizá no sea este su mejor libro, lo reconozco, pero sigue siendo superior por fuerza narrativa y calidad literaria a la mayoría de obras contemporáneas. Para un lector que no esté familiarizado con la escritura delirante del autor puede que la historia a veces resulte plúmbea y amazacotada, pero el análisis del ser humano que se lleva a cabo es absolutamente magistral. La historia, como ocurre con otras obras de Selby, es muy sencilla: tenemos a un tal Harry White (imposible escoger un nombre y un apellido más comunes), un hombre lleno de vitalidad y con una brillante carrera de ejecutivo por delante. El tipo vive con los padres y trabaja en el centro de Nueva York y se lo pasa pipa acostándose con mujeres casadas siempre que le dé la gana. Vive por encima del matrimonio y los hijos y la familia y todos esos valores prefabricados que en la mayoría de los casos acaban pesando como lastres en la vida de la gente. Cadenas que te joden la vida. En definitiva: nuestro Harry vive de putísima madre. Pero en su cabeza hay algo que lo inquieta, una ansiedad creciente, un afán por ir más allá, lo que los románticos alemanes denominaban "streben", una insatisfacción que lo devora por dentro. Entonces empieza la caída libre: acaba casándose para poder dar una buena imagen social y así ir ascendiendo dentro de la empresa, tiene dos hijos y se compra una casa a las afueras. Todo mierdavillosamente guapo, pero pronto empieza a salir con otras mujeres y el demonio quiere más y entonces las aventuras amorosas se trasladan a los arrabales de la gran urbe y luego el demonio vuelve a la carga.. Más aventura y emoción para darle un sentido a la existencia. Una vez más... una vez más... y Harry empieza a cometer pequeños hurtos en la oficina y una vez más... una vez más... y luego necesita matar a alguien para sentirse bien...una vez más... una vez más... en una lucha a muerte con el demonio que alberga su mente:

martes, 9 de noviembre de 2021

Vuelve Hubert Selby Jr., maldito entre los malditos

Hubert Selby


 

Vuelve Hubert Selby Jr., maldito entre los malditos

Se publican por primera vez en español los relatos inéditos del autor de ‘Réquiem por un sueño’, el escritor que intentó “humanizar lo aparentemente inhumano”


Laura Fernández
Barcelona, 22 de marzo de 2021

Hubert Selby Jr. (Nueva York, 1928-Los Ángeles, 2004) tenía 15 años cuando dejó el colegio y se unió a la marina mercante, y 19 cuando una tuberculosis lo devolvió a tierra firme, le postró en una cama, lo dejó sin algunas costillas y le hizo perder parte de un pulmón. Su temprana adicción a la heroína fue consecuencia de un desvío médico de la época: por entonces se tenía por un poderoso calmante. El escritor encadenó todo tipo de trabajos mientras se volcaba en la literatura. Fue vendedor de seguros, redactor publicitario, empleado en una gasolinera. Luego se casó, tuvo una hija, y cuidó de ella mientras su mujer trabajaba, porque no había demasiado que él pudiera hacer con aquella afección pulmonar que solo le exigía consumir, y que, a su vez, lo consumía.

Hubert Selby / El eterno desahuciado

Hubert Selby



Hubert Selby
El eterno desahuciado

“Última salida para Brooklyn” (1964) lo consagró como el Céline estadounidense. Anagrama la publicó a finales de los 1980 y nunca más se supo. Pero el “boom” de las pequeñas editoriales independientes ha propiciado la recuperación de las tres siguientes novelas de este “outsider” de las letras americanas. La última en ser rescatada ha sido “El demonio” (Huacanamo). 

PHILIPP ENGEL

A los 15 años, Hubert Selby Jr. dejó el colegio para seguir la estela de su padre y se alistó en la marina mercante. El bravo muchachote siempre había soñado con hacerse a la mar, pero no tardaron en devolverlo a tierra con un diagnóstico, tuberculosis, y la garantía de que no llegaría a finales de año. Pero a los 20 todavía estaba agonizando en una cama de hospital, incluso llegaron administrarle la extremaunción en varias ocasiones. Y, contra todo pronóstico, logró salir adelante, no tanto milagrosamente como gracias a numerosas operaciones quirúrgicas y a innovadores tratamientos con drogas experimentales que arruinaron a su familia. Tampoco es que saliera ileso. Le dieron el alta con diez costillas menos, un pulmón y parte del otro totalmente irrecuperables, la vista y el oído seriamente dañados y una adicción galopante a las pastillas y a la morfina, más tarde heroína, de la que no consiguió zafarse hasta que, en 1967, le encerraron por posesión.

Hubert Selby / El legado del último de los hipster

 

Hubert Selby


Hubert Selby
El legado del último de los hipster

Vicente Ulive-Schnell 
3 de junio de 2011


El 26 de abril de este año (2004) dejó de respirar Hubert Selby Jr., uno de los genios más menospreciados de la literatura americana. Probablemente sea Selby también el último de los verdaderos Beats, aquella generación pintada por Jack Kerouac a través de Dean Moriarty en “On the Road”: un grupo de jóvenes implorando su libertad, en búsqueda de lo beatífico, paradójicamente condenados a una vida casi siempre horrorosa y nada envidiable. Jack Kerouac, muerto a los cuarenta y siete años de cirrosis, William Burroughs, adicto veinte años a la heroína y Hubert Selby Jr., condenado a morir desde los diez y ocho años.

domingo, 2 de mayo de 2004

Hubert Selby, escritor

 

Hubert Selby


Hubert Selby, escritor

2 DE MAYO DE 2004


Hubert Selby, el ex marino mercante nacido en Brooklyn que se dio a las drogas y la literatura tras burlar a la muerte y creó una visión duradera del infierno urbano en su novela Última salida a Brooklyn, falleció ayer en su hogar de Los Ángeles. Tenía 75 años. La causa de la muerte fue enfermedad pulmonar crónica, según informó su hijo, Bill Selby, que añadió que la muerte de su padre era la consecuencia a largo plazo de la tuberculosis que había contraído en el mar durante la Segunda Guerra Mundial.


Selby no tuvo una educación oficial y desdeñaba el orden formal de la puntuación y la trama. Su escritura era parca y directa. Pero lo que más caracterizaba su obra era la absoluta desesperación y soledad que describía en unos términos tan impactantes que durante un tiempo parte de su obra estuvo prohibida en Estados Unidos, y posteriormente en Inglaterra, por ser calificada de obscena.


Selby aseguraba que no entendía a qué venía tanta historia. "Los acontecimientos que se suceden son como la gente", dijo en una entrevista al diario The New York Times en 1988, describiendo las violaciones en grupo, las brutales palizas e innumerables perversiones descritas en Última salida a Brooklyn. "No son personajes literarios; son personas reales. Yo he conocido a esta gente. ¿Cómo es posible que alguien mire en su interior y se sorprenda del odio y la violencia del mundo? Está dentro de todos".


Tralara, una de las historias que componen el libro, fue objeto de un juicio por obscenidad que afectó a The Provincetown Review, que la publicó en 1961. Y cuando Última salida a Brooklyn -que se compone además de otras cinco historias ligeramente relacionadas- fue publicado en Inglaterra en 1966, un jurado lo declaró obsceno y multó a la editorial. La novela describe la zona más vulnerable y sórdida del barrio costero de Red Hook, en el Brooklyn de los años cincuenta, que se representa como una tierra baldía poblada por bandas mafiosas, prostitutas y travestidos. Cuando Grove Press la publicó en 1964, su fuerte lenguaje e incendiarias imágenes hicieron de la novela algo difícil de aceptar o rechazar.


"Es una obra brutal: impactante, agotadora, depresiva", escribió Eliot Fremont-Smith en la primera crítica del libro en The New York Times. Pero, a pesar de ello, reconoció que era un libro que no se podía ignorar fácilmente. "La profunda depresión que produce cuando uno empieza a leerlo da una idea del auténtico poder que comunica más allá del rechazo", escribió. "Otra cuestión es a quién debería pedirse que viva esta experiencia".


Hubert Selby nació el 27 de julio de 1928 en Brooklyn. Durante la Segunda Guerra Mundial, se enroló en la marina mercante, aunque era menor de edad. Enfermó gravemente de tuberculosis en el mar. Tras someterse a un proceso de cirugía radical y más de un año de hospitalización con tratamientos experimentales no se le dio ninguna posibilidad de recuperación.


Pero sí se recuperó, aunque se enganchó a la morfina que le habían dado durante su hospitalización. Empezó a beber. Sin más perspectivas, decidió intentar escribir, aunque una vez comentó que nunca había leído nada hasta que fue adulto.


Mientras escribió las historias de Última salida a Brooklyn estuvo un tiempo trabajando como analista de seguros en Manhattan. Antes de que se publicara el libro en 1964, Selby había ganado menos de 100 dólares con lo que había escrito.


A pesar de su crudeza, el mensaje de redención a través de la autodestrucción que se oculta tras el libro arraigó en Estados Unidos en los años sesenta. Selby superó sus adicciones y se trasladó a la Costa Oeste, donde escribió otras muchas obras, incluyendo The Room (1971), The Demon (1976) y The Willow Tree (1998). En 1989, el director alemán Uli Edel llevó Last Exit to Brooklyn al cine.


Su hijo Bill Selby afirmó que también estaba trabajando en una novela y un guión.


Por otra parte, el director del departamento de Literatura de la Universidad de California del Sur, Jim Regan, en la que Selby daba clases, consideró que el escritor pertenecía a "una generación de escritores de la talla de William Burroughs y Henry Miller. Era uno de los últimos de esta generación que ha dado los mejores escritores de este país".-


EL PAÍS