Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Patricia Highsmith. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Patricia Highsmith. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2025

Patricia Highsmith / El hombre que escribía cuentos en su cabeza

 


Patricia Highsmith

EL HOMBRE QUE ESCRIBÍA CUENTOS EN SU CABEZA

E. Taylor Cheever escribía libros en su cabeza, nunca en el papel. Para cuando murió, a los sesenta y dos años, había escrito catorce novelas y creado ciento veintisiete personajes, de los que al menos él recordaba a todos con claridad.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Patricia Highsmith / La absolutamente última actuación de "Corista"




Patricia Highsmith BIOGRAFÍA

La absolutamente última actuación de "Corista"

    Me llaman Corista, y en el aire se elevan gritos que dicen «¡Corista, Corista!», cuando balanceo la pierna izquierda, luego la derecha, etc., etc. Sin embargo, antes, y hace de ello diez o quizá veinte años, me llamaban Jumbo Junior, por lo general solamente Jumbo. Ahora, todos me llaman Corista. Seguramente mi nombre está escrito en la plancha de madera que hay fuera de mi jaula, juntamente con la palabra «África». La gente mira la tabla, a veces dice «África», y luego comienzan a gritarme: «¡Corista, hola Corista!» Y cuando balanceo las piernas se produce un leve alboroto de alegría.

Patricia Highsmith / La venganza de «Djemal»



Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA

La venganza de "Djemal"

    En las profundidades del desierto arábigo vivía Djemal con su amo Mahmet. Dormían en el desierto porque era más barato. De día iban los dos, Mahmet montado en Djemal, a la ciudad más próxima que era Elu-Bana, en donde Djemal paseaba a los turistas, mujeres que chillaban, con vestidos de verano, y nerviosos hombres con pantalones cortos. Éste era el único tiempo en que Mahmet iba a pie.

martes, 26 de agosto de 2025

Patricia Highsmith / Notas de una cucaracha respetable



Patricia Highsmith BIOGRAFÍA

Notas de una cucaracha respetable


    Me he mudado.
    Solía vivir en el hotel Duke, que se encuentra en una esquina de la plaza de Washington. Mi familia ha vivido allí durante generaciones, y con ello quiero decir dos o trescientas generaciones, por lo menos. Pero ese hotel ha dejado de gustarme. No es lugar para mí. El hotel ha ido muy a menos. Oí a mi tatara-tatara-tatara abuela —y pueden ascender cuanto quieran en el árbol genealógico, a pesar de que yo la conocí y hablé con ella— hablar de los viejos tiempos, los buenos tiempos, en que la gente llegaba al hotel en carruajes tirados por caballos, con maletas que olían a cuero, y que era gente que desayunaba en la cama, y dejaba caer en la alfombra algunas migajas para nosotras. No lo hacían adrede, desde luego, ya que nosotras sabíamos guardar distancias y mantenernos en nuestro sitio. Nuestro sitio era los rincones de los cuartos de baño y la cocina. Ahora, podemos pasearnos por las alfombras con relativa impunidad, debido a que los clientes del hotel Duke van tan drogados que ni siquiera nos ven, o bien carecen, por culpa de la droga, de las energías precisas para aplastarnos con el pie, o bien se limitan a reírse cuando nos ven.

Patricia Highsmith / La mayor presa de «Ming»


Ilustración de Beata Wilczewska

Patricia Highsmith BIOGRAFÍA

La mayor presa de "Ming"


    Ming descansaba cómodamente a los pies de la litera de su ama, cuando el hombre lo cogió por el pescuezo, lo sacó de allí, lo dejó sobre las planchas de la cubierta, y cerró la puerta de la cabina. A Ming se le dilataron los azules ojos de sorpresa y de un breve arrebato de ira. Luego casi los cerró a causa del esplendor del sol. No era la primera vez que echaban a Ming sin cortesía alguna de la cabina, y él sabía que el hombre lo hacía cuando su ama, Elaine, no lo veía.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Patricia Highsmith / Despacio, despacio, a merced del viento

 

Patricia Highsmith 

DESPACIO, DESPACIO,

A MERCED DEL VIENTO

Traducción de Helena Valenti

    Edward (Skip) Skipperton estaba casi constantemente furioso. Él era así. De niño había tenido el genio vivo, y de mayor se impacientaba ante la lentitud, la estupidez o la ineptitud de las personas. Skipperton tenía ya cincuenta y dos años. Su esposa le había dejado hacía dos años, incapaz de seguir soportando sus rabietas. Conoció a un pacífico profesor de la Universidad de Boston, se divorció de Skipperton aduciendo incompatibilidad de caracteres, y se casó con el profesor. Skipperton hizo todo lo posible para conseguir la custodia de su hija Margaret, que por entonces tenía quince años, y con el asesoramiento de hábiles abogados y el argumento de que su esposa lo había abandonado para marcharse con otro hombre, lo consiguió. A los pocos meses del divorcio, Skipperton tuvo un grave ataque cardíaco que le dejó medio paralítico, pero logró recuperarse milagrosamente a los seis meses. Sin embargo, los médicos le advirtieron muy en serio que debía tomar precauciones.

martes, 16 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / El día del ajuste de cuentas

 


Patricia Highsmith 

EL DÍA DEL AJUSTE 

DE CUENTAS

    John tomó un taxi en la estación, tal como su tío le había aconsejado que hiciera en el caso de que nadie fuera a recibirle a la llegada del tren. Hanshaw Chickens Inc., tal como ahora su tío Ernie Hanshaw denominaba a su granja aviar, se encontraba a menos de tres quilómetros. John conocía bien la blanca casa de dos plantas, pero el gris y alargado barracón era nuevo para él. Se trataba de un barracón grande que ocupaba por entero la zona antes destinada a las vacas y los cerdos.

jueves, 11 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / Acabar con todo

 


Patricia Highsmith 

ACABAR CON TODO 

Traducción de Maribel De Juan


    Los otros dos jóvenes solteros de la oficina consideraban afortunado a Harry Rowe, muy afortunado. Harry tenía dos chicas preciosas enamoradas de él. Algunas veces una de las dos chicas le recogía en su oficina en el centro de Manhattan, porque Harry tenía que quedarse a menudo media hora o más después de la hora normal de salida, las cinco o cinco y media, y una de las chicas, Connie, podía salir de su oficina a las cinco fácilmente. La otra chica, Lesley, era una modelo con horarios irregulares, pero había estado en la oficina algunas veces. Así era como los cinco hombres de la empresa sabían acerca de las chicas de Harry. De lo contrario, Harry habría mantenido la boca cerrada, no se las habría presentado a…, bueno, a nadie, porque alguno podía haberle chismorreado a una de ellas sobre la otra. A Harry no le importaba, sin embargo, que Dick Hanson conociera la situación. Dick era un hombre casado de treinta y cinco años, en cuya discreción se podía confiar, porque debía de haber tenido experiencias parecidas, e incluso ahora tenía una amiga, como sabía Harry. Dick era un socio fundador en la empresa de auditorías de Raymond y Hanson.

Patricia Highsmith / Bajo la mirada de un ángel sombrío


Patricia Highsmith 

BAJO LA MIRADA 

DE UN ÁNGEL SOMBRÍO

Traducción de Maribel De Juan


    Ya estaba en la última parte del viaje, el trayecto en autobús desde el aeropuerto hasta Arlington Hills. Nadie le esperaría en la terminal del autobús, y a Lee no le importaba en lo más mínimo. En realidad, lo prefería. Podía andar, llevando su pequeña maleta, las cuatro o cinco manzanas que había hasta el Hotel Capitol (suponía que seguía abierto), registrarse allí, y luego telefonear a Winston Greeves para decirle que había llegado. Quizá podrían incluso liquidar el asunto con el abogado hoy mismo, porque no serían más de las cuatro de la tarde cuando Lee llamase a Winston. Era cuestión de firmar un papel en relación con la casa en la que había nacido Lee Mandeville. Era de su propiedad y ahora tenía que venderla, porque necesitaba el dinero. No le importaba, no tenía una actitud sentimental respecto a la casa blanca de dos pisos con una extensión de césped delante. ¿O sí? Lee creía sinceramente que no. Había pasado horas sórdidas y desagradables en ella, así como algunas felices; una infancia descalza, arrojando el balón en el césped con los amigos del barrio. También había perdido allí a Louisa.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / Lo que trajo el gato

 



Patricia Highsmith 

LO QUE TRAJO 

EL GATO 

Traducción de Maribel De Juan


    Los segundos de pensativo silencio en la partida de Intelect fueron interrumpidos por un crujido del plástico en la trampilla de la gatera: Portland Bill volvía a entrar. Nadie le hizo caso. Michael y Gladys Herbert iban en cabeza, Gladys un poco por delante de su marido. Los Herbert jugaban al Intelect a menudo y eran muy hábiles. El coronel Edward Phelps —vecino y buen amigo— avanzaba renqueando y su sobrina americana, Phyllis, de diecinueve años, lo estaba haciendo muy bien, pero había perdido interés en los últimos diez minutos. Pronto sería la hora del té. El coronel estaba amodorrado y se le notaba.

Patricia Highsmith / La cometa


Patricia Highsmith 

LA COMETA


Las voces de la madre y el padre de Walter llegaban por el pasillo, en murmullos entrecortados, hasta su habitación. ¿Sobre qué discutían ahora? Walter no los escuchaba. Pensó en cerrar la puerta de la habitación de un puntapié, pero no lo hizo. Podía cerrar los oídos con bastante facilidad. Walter estaba de rodillas en el suelo haciendo muescas en una vara de madera de balsa que medía unos dos metros setenta de largo. Hubiera medido exactamente dos metros setenta y cinco, pero él había hecho una muesca demasiado profunda, le había parecido, hacía unos minutos, y había tenido que cortar un pedacito y empezar de nuevo. La vara era el eje de la cometa que estaba construyendo. El travesaño sería de un metro ochenta, de manera que solo girando la cometa sería posible sacarla por la puerta.

martes, 9 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / Ancianos en casa

Yue Zhou


Patricia Highsmith 

ANCIANOS 

EN CASA

Old Folks at Home by Patricia Highsmith


    —Bueno —dijo Lois finalmente—, hagámoslo.
    Su expresión al mirar a su marido era seria, un poco preocupada, pero lo dijo con convicción.
    Iban a adoptar a un matrimonio mayor para que viviera con ellos. Más que «mayor», viejo, probablemente. No era una decisión precipitada por parte de los McIntyre. Llevaban varias semanas pensándolo. No tenían hijos y no los deseaban. Herbert era analista de estrategias en una institución subvencionada por el Gobierno llamada Bayswater, situada a unos seis kilómetros de donde vivían, y Lois era historiadora, especializada en historia europea de los siglos XVII y XVIII ; tenía treinta años y había publicado tres libros y una veintena de artículos. Herbert y ella podían permitirse el lujo de vivir en una bonita casa de dos plantas en Connecticut, con una habitación acristalada, que era el cuarto de trabajo de Herbert y también la biblioteca principal, con un hermoso jardín y un jardinero por horas durante todo el año para cuidar el césped, los árboles, los arbustos y las flores. Conocían gente en la urbanización, amigos y conocidos, que tenían hijos —niños o adolescentes— y los McIntyre se sentían algo culpables por no cumplir con su obligación en ese terreno; además de eso, habían visto de cerca lo que era una residencia de ancianos durante meses, hasta que Eustace Vickers, un inventor retirado que colaboraba con Bayswater, falleció. Los McIntyre, junto con algunos compañeros de Herbert, iban a visitarle a la residencia cada pocos días. Eustace había sido muy popular y activo hasta que sufrió una apoplejía.

martes, 2 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / La pajarera vacía

 


Patricia Highsmith 

LA PAJARERA VACÍA

(The Empty Birdcage)


La primera vez que Edith lo vio, se rió. No podía creer lo que veía.
    Se apartó a un lado y volvió a mirar. Estaba todavía allí, pero algo menos preciso. Un rostro como de ardilla —pero diabólico por su intensidad— la miraba por el agujero redondo de la pajarera. Una ilusión, desde luego, algo que tenía que ver con las sombras, o un nudo de la madera del fondo de la pajarera. El sol caía de lleno sobre la pajarera de quince por veintitrés centímetros, situada en el ángulo que formaban el cobertizo de las herramientas y la pared de ladrillos del jardín. Edith se acercó, hasta quedar a tres metros de distancia. El rostro desapareció.
    Era curioso, pensó, mientras volvía a la casa. Por la noche tendría que contárselo a Charles.

Patricia Highsmith / Los bárbaros

 


Patricia Highsmith 

LOS BÁRBAROS 
  (The Barbarians)


Stanley Hubbell pintaba los domingos, único día en que podía hacerlo. Los sábados ayudaba a su padre en su ferretería de Brooklyn. Los demás días de la semana se dedicaba a trabajos de investigación en una editorial especializada en publicaciones sobre industrias. Stanley no se tomaba muy en serio su pintura; era una especie de terapéutica para los nervios, recomendada por su médico. Al cabo de seis meses, no pintaba del todo mal.
    Un domingo, a comienzos de junio, Stanley estaba terminando un autorretrato en camisa blanca sobre un fondo verde. Era mayor y mucho mejor que su primer autorretrato. Había captado el fruncimiento preocupado de su ceja izquierda. Los ojos ya estaban castaño claro, algo tristes, intensos, esperanzados. ¿Esperanzas de qué? Stanley no lo sabía. Pero los ojos en la tela eran tan sus propios ojos que, al mirarlos, sonreía complacido. Quedaba por poner un toque de luz en la larga nariz, algo ganchuda, y luego oscurecer el fondo.
    Habría estado trabajando unos veinte minutos, tiempo apenas suficiente para humedecer los pinceles y preparar los colores en la paleta, cuando los oyó correr ruidosamente por el callejón contiguo a su edificio. Vaciló, mientras todavía imaginaba el efecto de la luz, aún no pintada, a lo largo de la nariz, y al mismo tiempo escuchaba para adivinar cuántos serían aquella tarde.

Patricia Highsmith / Otro puente por cruzar


Patricia Highsmith 

OTRO PUENTE 
POR CRUZAR 

    (Another Bridge to Cross)

El auto llevaba la capota bajada y Merrick vio al hombre en el puente desde más de un kilómetro de distancia. El coche en el cual iba Merrick rodaba velozmente hacia él, y Merrick pensó: «Es como en una película de Bergman. El hombre tiene una pistola en la mano, y cuando el auto esté tan cerca del puente que no pueda fallar el blanco, disparará contra mí, me dará en el pecho y probablemente más valdría así». Merrick seguía mirando a la figura encorvada —puesto que el hombre descansaba sobre sus brazos apoyados en el pretil del puente—, tanto porque esperaba una catástrofe cuanto porque el hombre era la única figura humana en el paisaje a la que pudiera mirar. Estaban en Italia, en la Riviera meridional. El sereno azul del Mediterráneo quedaba a su izquierda y a la derecha había polvorientos campos de olivares que parecían sedientos y que subían por las colinas hasta que los detenían las rocosas laderas de la montaña. El puente cruzaba por encima de la carretera, por él pasaba otro camino y tenía una altura de por lo menos tres pisos.

lunes, 1 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / La heroína



Ilustración de Viktor Sheleg

Patricia Highsmith 

LA HEROÍNA
Traducción de P. Elías


La muchacha estaba tan segura de que le darían el empleo, que se fue con desenvoltura a Westchester llevando ya su maleta. La invitaron a sentarse en un cómodo sillón del salón de los Christiansen. Con su abrigo y boina azul marino, parecía aún más joven que sus veintiún años y contestaba con toda seriedad a las preguntas.
—¿Ha trabajado usted antes como niñera? —inquirió el señor Christiansen.
Estaba sentado en el sofá, al lado de su esposa, con los codos apoyados en las rodillas enfundadas en pantalones de franela gris, y con las manos apretadas una contra la otra.
—Quiero decir, ¿tiene usted referencias?
—Durante los últimos siete meses fui doncella en casa de la señora Howell, en Nueva York.

Patricia Highsmith / Señora Afton, entre tus verdes laderas

 


Patricia Highsmith 
Señora Afton, entre tus verdes laderas
(Mrs. Afton, Among Thy Green Braes)


Para el doctor Félix Bauer, mientras miraba por la ventana de su despacho de los bajos de un edificio de la avenida Lexington, en Nueva York, la tarde era como un río perezoso que ha perdido su corriente o que fluye lo mismo hacia abajo que hacia arriba. El tránsito había aumentado, pero bajo el sol en fusión los coches sólo avanzaban unos palmos detrás de las luces rojas de los que les precedían, con sus adornos cromados centelleando como metal calentado al blanco. El despacho del doctor Bauer estaba climatizado, era agradablemente fresco, pero algo, su lógica o su sangre, le decía que hacía calor y esto le deprimía.

Patricia Highsmith / Gritos de amor

 

Two Old Women, 1920
Adolphe W. Blondheim
Smithsonian American Art Museum

Patricia Highsmith 
Gritos de amor
(The Cries of Love)

Hattie tiró de la cadenita de la lámpara de mesa, estiró la sábana hacia sus hombros y permaneció tendida, tensa, esperando que se calmaran la tos y los resuellos de Alice.

    —Alice —murmuró.

    No hubo respuesta. Sí, ya estaba durmiendo, aunque siempre afirmaba que no cerraba el ojo antes de que el reloj del cuarto diera las once.

domingo, 31 de enero de 2021

Patricia Highsmith / En busca de «Tal o cual Claveringi»

 

Patricia Highsmith 
En busca de «Tal o cual Claveringi»
    (The Quest for «Blank Claveringi»)

Avery Clavering, profesor de zoología en una universidad de California, se enteró de la existencia de los caracoles gigantes de Kuwa por una nota de pie de página en un libro sobre moluscos. Faltaban tres meses para sus vacaciones sabáticas cuando leyó estas pocas líneas:
    «Los indígenas de las islas Matusas dicen que existen caracoles aún mayores que éstos en la isla deshabitada de Kuwa, que dista cuarenta kilómetros de las Matusas. Los matusanos afirman que esos caracoles tienen una concha de seis metros de diámetro y devoran a los hombres. El doctor Wm. J. Stead, residente ahora en las Matusas, visitó Kuwa en 1949 y no encontró ningún caracol, pero la leyenda persiste».

Patricia Highsmith / Cuando la escuadra llegó a Mobile


Patricia Highsmith 
Cuando la escuadra llegó a Mobile
    (When the Fleet was in at Mobile)

Con la botella de cloroformo en la mano, Geraldine miraba al hombre dormido en el porche de atrás. Lo oía respirar con profundas inspiraciones y breves expiraciones silbando a través de su bigote, como solía respirar cuando no iba a despertar hasta pasado el mediodía. Había estado dormido desde que llegó al amanecer, y nunca supo de nada que pudiera despertarlo a media mañana cuando había bebido toda la noche. Ahora era el momento.