En 1999, tras la publicación de ‘El adversario’, el francés decidió convertirse, si no en otra persona, al menos en otro escritor. Su esfuerzo ha terminado en un irremediable —y fecundo— fracaso con ‘Yoga’: miente más que documenta
En 1999, tras la publicación de El adversario, Emmanuel Carrère decidió convertirse, si no en otra persona, al menos en otro escritor. Hasta entonces había publicado un puñado de buenas novelas —Bravura, Hors d’atteinte, El bigote y Una semana en la nieve— y fascinantes ensayos —El estrecho de Behring y su biografía de Philip K. Dick—, pero entonces anunció, a diestra y siniestra, que no volvería a escribir ficciones y se consagraría a ese género inasible y un tanto monstruoso, que tan bien concentra las tensiones de nuestro tiempo, al cual se suele llamar novela sin ficción y que él bautizó con el nombre, acaso más apropiado, de novela documental.
Maggie O’Farrell: “¡Cuánta misoginia contra la mujer de Shakespeare!”
La escritora irlandesa firma ‘Hamnet’, uno de los éxitos sorpresa de la primavera, donde expone la dolorosa historia familiar que inspiró la obra cumbre del autor fallecido el 23 de abril de 1616
En el instituto, Maggie O’Farrell (Coleraine, Irlanda del Norte, 48 años), tuvo un excelente profesor de Literatura. Dice que le encantaban sus clases porque hablaba de los autores como si fuesen misterios que podían resolverse leyendo sus libros. Un día le oyó decir que nada podía saberse de William Shakespeare leyendo sus obras y poemas, salvo en el caso de Hamlet. ¿Y por qué esa famosísima tragedia parecía decir algo que no estaba en el resto de su obra? Porque se sabía que Shakespeare había tenido un hijo que había muerto a los 11 años, y ese niño se llamaba Hamnet. “Allí, en aquella clase, cuando tenía 16 años, empezó mi obsesión por ese niño y lo que había provocado su muerte”, confiesa la escritora por videoconferencia desde su casa en Edimburgo, un frío día de primavera. “En el pupitre, mientras el profesor hablaba, tapaba la letra que diferenciaba su nombre del título de la obra y me decía que había encontrado un tesoro”.
Cuando O’Farrell empezó a publicar sus propios libros, y a descubrir cuántos enigmas de su propia vida podía resolver escribiendo, se dijo que era cuestión de tiempo que acabase recuperando la historia del hijo del bardo en una novela. Siguió buscando información, aunque había poca. “No se sabe apenas nada de Shakespeare. Más allá de que leyó a los griegos, no hay rastro de lo que había en su biblioteca, ni de sus cartas, que debieron ser muchas, porque vivía en Londres y su familia estaba a cuatro días de viaje, en Stratford. Se piensa que se perdieron, junto al resto de la documentación que podría habernos explicado quién fue, en el gran incendio de Londres”, dice sentada en una butaca aterciopelada.
O’Farrell finalmente decidió traer de vuelta al hijo de Shakespeare en su novela Hamnet (Libros del Asteroide/L’Altra Editorial, en catalán), uno de los libros de 2020, según la prensa anglosajona, que en marzo recibió el prestigioso National Book Critics Circle Award for Fiction en EE UU. En el libro, es el niño quien guía al lector por la historia de cómo su muerte acabó devorando un pedazo de su madre, otro de sus hermanas, y otro de su padre, que cuatro años después de que falleciera escribiría la única obra en la que no pudo esconderse: Hamlet.
Si la escritora ha tardado tantos años en llegar a contar esta historia es, explica, porque es un poco supersticiosa. “Yo tengo también dos niñas y un niño, tres hijos, como tuvieron Shakespeare y Anne Hathaway. No me vi capaz de escribir este libro hasta que mi hijo cumplió 12 años. Me aterrorizaba hablar de la muerte de aquel niño teniendo uno de la misma edad en casa”, recuerda. La novela cuenta la súbita enfermedad (supuestamente la peste bubónica) que atacó a Hamnet, pero también la firma en que Anne (Agnes en la historia) y William (Richard) se conocieron y se sintieron parte del mismo rompecabezas al instante. “Se han dicho muchas cosas de la pareja, incluso que Shakespeare se desentendió de la familia por el mero hecho de que su testamento está falto de afecto. ¡Pero si se estaba muriendo cuando lo redactó! Lo único que sabemos es que, siendo rico como era, vivió modestamente, pero construyó una mansión para su familia”, explica O’Farrell.
Le molesta especialmente, dice, la forma en que otros novelistas, “e incluso guionistas premiados con el Oscar”, han tratado a la mujer del dramaturgo. “Han dicho de ella que era fea y analfabeta, una campesina que lo cazó quedándose embarazada. ¡Qué absurdo, cuánta hostilidad, qué misoginia! Yo la imagino con una inteligencia complementaria a la del escritor, imagino una unión entre iguales muy distintos”, expone. Así, Agnes en el libro es una suerte de animal salvaje capaz de hacer ungüentos milagrosos y domesticar halcones, una feroz madre que es capaz de ver lo que vendrá, pero que no es capaz de ver (ni aceptar) la muerte de su hijo.
Una experiencia sensorial
Como toda novela de Maggie O’Farrrell, Hamnet es una experiencia sensorial. Todo lo que ella narra se siente, se toca, se huele. Y eso es así porque la autora experimenta todo lo que cuenta. “Planté hasta mi propio huerto isabelino, así que sé exactamente cómo huelen las hierbas que utiliza Agnes. Y también aprendí a hacer volar un cernícalo y descubrí que pesa mucho menos de lo que imaginaba. Y olí el cuero cuando se trabaja con él para saber a qué debían oler las manos del padre de Shakespeare, guantero, o de él mismo, que al principio se dedicó a vender guantes”, relata. Lo más difícil fue viajar, mentalmente, al siglo XVI, “y lo crudo de la vida entonces”. Especialmente, la de las mujeres: “Su vida era servir a un regimiento constantemente”.
La decisión de no nombrar a Shakespeare en ningún momento —y la de empequeñecer su vida al máximo, convirtiéndole en el padre que sale a trabajar y nunca regresa porque está lejos, cada vez más lejos— tiene que ver con su deseo de centrarse en el hijo y en la vida doméstica. “En realidad no se sabe nada de Hamnet. Solo se le menciona dos veces en la biografía de Shakespeare. Para los historiadores es apenas una nota al pie, pero para mí es central. Da forma al icono que no se tiene por nada más que un icono precisamente porque no se le presume humano”, asegura.
Maggie O’Farrell trasciende en ‘Hamnet’ el componente legendario de la biografía de los grandes escritores poniendo en primer plano a la esposa de Shakespeare
Son muchos los libros que recrean biografías de escritoras y escritores sobresalientes. Los suelen escribir otros escritores y escritoras que, redundando en el aura legendaria de Cervantes o Virginia Woolf, nos proporcionan claves sobre sus propios referentes, sus lecturas y su oficio de escribir. Hablar de nuestras genealogías culturales constituye una fórmula magistral para formarnos literaria y vitalmente, aunque confesar influencias, a menudo, apunta más hacia la expresión de un deseo que a una marca estilística reconocible. Lo maravilloso y muy meritorio de Hamnet es que Maggie O’Farrell vivifica a Shakespeare, el gran “monstruo de la naturaleza” del canon universal —siempre desde una perspectiva anglosajona—, colocando en primer plano la domesticidad y utilizando como foco narrativo prioritario la figura de su esposa, aquí llamada Agnes.
Maggie O'Farrell Ilustración de Alan Vest
Hamnet aborda muchos asuntos de “arte mayor”: azar y destino, la omnipresencia y asiduidad de la muerte en la vida, la validez de las premoniciones y la imposible empresa de saber quién va a morir primero, el límite que separa brujas y médicas, las pantuflas del héroe literario, la conexión entre la máscara de las ficciones y las realidades, la eficacia de una literatura de duelo que no siempre es literal, el hecho de que las cosas nunca son iguales cuando muere un ser amado, ni siquiera cuando se posee la herramienta artística como expiación, consolación, estrategia de disimulo y de un pudor que podría confundirse con exhibicionismo. Cuando los seres amados mueren, la vida sigue: en un momento de la trama, las idas y venidas del pasado hacia el presente hacen coincidir el parto de Agnes con la muerte de uno de sus descendientes futuros. Cuando los seres amados mueren, la vida sigue, pero nada es igual ni a una escala microscópica, familiar, ni a la escala macroscópica de una pandemia que aquí aparece en forma de alarde constructivo: la llegada de la peste a Stratford desde tierras lejanísimas, a lomos de caballos, gatos, pulgas, marineros, se cuenta con la inexorabilidad de un efecto mariposa subrayando esa urdimbre entre azar y destino, que a su vez se entreteje con la urdimbre entre leyenda y realidad. Los componentes legendarios de la vida y la vitalidad del arte se relacionan con la textura autobiográfica de las ficciones y con la deformación/modificación de lo experimentado por las cargas, calambres, corrientes míticas de la cultura y las culturas que atañen incluso a la sensibilidad de una mujer semianalfabeta y excepcional.
Pese a estos temas universales de elevado peso atómico, lo más importante en esta preciosa narración discurre en los espacios interiores, cocinas y alcobas, o en los exteriores del trabajo, huertos medicinales y emplazamientos de las colmenas. Lugares donde se vive, se copula, se come, se enferma, se sana o se muere. O’Farrell lleva a cabo una impresionante labor de documentación que sustenta la sensorialidad de su registro estilístico y su combinación sabia del realismo truculento —no escatima la textura de la muerte que es cadáver— con un realismo de premoniciones y casi conjuros que, a ratos, evoca el realismo mágico. Agnes, la esposa de ese escritor al que nunca se cita por su nombre —importa menos la fama que la cotidianidad, el canon que los alimentos—, es el contrapunto fantástico del hombre que escribe dramas y tragedias, y se va a vivir a un Londres insalubre. Agnes me ha hecho recordar la Blimunda del Memorial del convento, una Blimunda menos infalible, más vulnerable y contemporánea.
O’Farrell escribe sobre los puntos sobrenaturales de las casas, pero en la preciosa escena final también escribe sobre los procesos alquímicos de la literatura que amalgaman aprendizajes grecolatinos y experiencias vitales. Vida y cultura se amasan dentro del mismo pan, y una novela que correría el riesgo de convertirse en un aparato de exaltación culturalista, en exaltación de tópicos en torno a las vidas literarias, es en realidad un magnífico texto sobre el amor de una pareja disímil que, en su superación del duelo y en la metamorfosis de la existencia que comporta la muerte intempestiva, toma en apariencia caminos divergentes. Sin la carga de esa humanidad no existirían ni genios ni genias capaces de apresar la vida en un libro que se nos meta dentro para siempre. Las ideas de similitud, confluencia y dualidad vertebran el relato y encuentran su metáfora no solo en el amor entre Agnes y el escritor, sino también en los gemelos Hamnet y Judith, así como en ese otro tipo de relación gemelar, especular, que vincula al niño Hamnet con Hamlet, príncipe de Dinamarca. Los gemelos se miran: en el solapamiento de “una sola persona dividida por la mitad”, de dos cuerpos, sexos y géneros —ellos aprenden a leer, ellas no—, culmina el mito del andrógino. La superación de la dualidad genérica llega con la muerte —también con el oficio de escribir— y se contrapone al artificioso disfraz de esos personajes femeninos de la escena renacentista y barroca interpretados por hombres: el autor encarga a su padre, guantero, guantes de mujer con tamaño de manos masculinas…
O’Farrell trasciende el mito del andrógino y vence las dificultades del arte para regalarnos una novela preciosa centrada en la figura de una mujer que no fue ni sombra ni pequeña pese a la estatura que el tiempo le ha concedido a su monumental esposo. Algunos oficios buenos —la farmacopea, la literatura—, practicados con rigor y honestidad, sirven para salvarnos la vida.
Hamnet Autora: Maggie O’Farrell. Traductora: Concha Cardeñoso. Editorial: Libros del Asteroide, 2021. Formato: Tapa blanda. 350 páginas. 23,95 euros.
“¿Dónde coño está el bien, eso que uno ha buscado toda la vida?”
Los diarios de Chirbes viajan desde el sufrimiento del amante lacerado de las primeras páginas hasta la angustia del creador que se siente perdido y sin salida
“Dónde coño está el bien, eso que uno ha buscado toda la vida, y de lo que algunos cuerpos parecen enviar señales”. En 2004, el escritor Rafael Chirbes tiene 53 años y está muy lejos de aquella esperanzada creencia emersoniana de que la virtud iría penetrando, imparable, en el universo entero. Por el contrario, el autor de La buena letra se enfrenta a una sensación de fracaso sobre su vida —ni es la primera, ni será la última—, un fracaso que le parece disuelto en una larga pesadilla, al final de la cual no hay más que soledad, muchos malestares físicos y la conciencia de que su íntima carrera hacia el ideal, la búsqueda de aquellos “pálidos camaradas” que iban a llegar y a redimirle, definitivamente no han acudido a su llamada. Nadie va a socorrerle, está solo, y la virtud, en la Valencia del cambio de siglo, dista mucho de rodear al escritor, de modo que no le cabe más que dar la cara a la oscuridad y al desasosiego.
Rafael Chirbes, en una imagen de 2016.SCHIFFER-FUCHS/ULLSTEIN BILD
Chirbes contra Chirbes (y contra todos)
Los diarios póstumos del autor de ‘Crematorio’ son un repaso despiadado a su propia figura y a la de sus contemporáneos. Publicamos una selección con reflexiones íntimas y opiniones sobre escritores como Arturo Pérez-Reverte, Belén Gopegui, Antonio Muñoz Molina, Philip Roth o John Le Carré
18 de enero de 1992. Como me derrumbo y empiezo a pensar una vez más que esa idea de que puedo llegar a ser escritor es una fantasía de ególatra, vuelvo a la modestia de estos cuadernos, que no son para nadie, que no compiten con nadie. Ni están al albur del juicio de nadie. Ellos con ellos mismos, y yo a solas conmigo. Es de noche. Ordeno perezosamente ―sin prisa pero sin pausa― los libros en unas estanterías que me han hecho recientemente. Me aplasta el peso de todos los libros leídos o a medio leer. Con qué poco provecho, pienso. Desde hace algún tiempo, me encuentro cansado, enfermo (una vez más). Hay que ver qué agonía más larga nos muestra usted, joven: pasan decenios y todo sigue por el estilo, sin un clavo al que agarrarse, en su perpetua mala salud, y preparándose para unos novísimos que se acercan: silencio y osario. Y mucha dosis de oscuridad.
En una esquina de la Riviera veracruzana, en México, existe un lugar imaginario, lluvioso y claustrofóbico, llamado Paradise: un conjunto de casas residenciales de lujo donde trabaja Polo, un jardinero pobre y adolescente que no soporta la opulencia de sus empleadores y que le coquetea a la ilegalidad con la esperanza de liberarse de un trabajo miserable. “Todo fue culpa del gordo”, piensa Poloen la primera líneadePáradais, la nueva novela de la escritora mexicana Fernanda Melchor, en la que este jardinero se junta con un joven rico y obeso obstinado en abusar de una mujer adinerada. “Todo fue culpa de Franco Andrade y su obsesión con la señora Marián... a Polo le constaba que hacía semanas que el bato ya no hablaba de otra cosa que no fuera cogérsela, hacerla suya a como diera lugar”.
Fernanda Melchor vuelve a encontrar en ‘Páradais’ el equilibrio perfecto entre fondo y forma. La historia del jardinero de una urbanización de lujo en Veracruz le sirve esta vez para retratar la violencia de un mundo desigual
Desde 2013, año en que publicó su primera novela, Falsa liebre, y el magistral libro de crónicas Aquí no es Miami,Fernanda Melchor(Veracruz, 1982) viene hilando una difícil mezcla de escritura ambiciosa (de “gran estilo”) con el inteligentísimo análisis de la sociedad mexicana, de sus violencias y vulnerabilidades. Y puede decirse que con Temporada de huracanes (2017), novela finalista del Premio Booker, Melchor ya alcanzó el equilibrio de ambas formas, encontró esa distancia que le permitía ser, a la vez, una narradora con una prosa que posee la potencia connotativa de la poesía sin que esto supusiera “aplastar” la materia compleja de sus libros, el rigor del análisis de una sociedad a partir, en este caso, de un feminicidio explicado por esa misma sociedad en clave de culpa de la víctima.
Usa tenis de lona, playeras de Los Ramones y chamarras de cuero negro. Y todos los días se arremanga y, con una pluma más acerada que un escalpelo, disecciona los rincones más sombríos de la sociedad mexicana. Su novela Temporada de huracanes es uno de los libros básicos sobre las violencias que azotan a nuestro país y, a la vez, un logro estilístico mayor. Por eso es que Fernanda Melchor (Veracruz, 1982) es una de las voces emergentes de mayor relevancia en las letras iberoamericanas. Ahora, luego de publicar una colección de crónicas llamada Aquí no es Miami, y obtener premios como el Anna Seghers y el Internacional de Literatura de la Casa de las Culturas de Berlín y estar nominada al Man Booker International (aún por fallarse), presenta una nueva novela, Páradais, en la que ahonda sus búsquedas.
El primer acierto de Los abismos, reciente premio Alfaguara de novela, es la perspectiva sutil, casi asordinada, con que refleja la fuerte violencia estructural de una sociedad machista. Frente al imperativo, tan de época, de que la literatura señale claramente sus intenciones, Pilar Quintana (Cali, 1972) apuesta por un tono amable, casi naíf, que no obstante arrincona y carga de dolor la mirada de la narradora, Claudia, una niña de ocho años. Nos encontramos a comienzos de los ochenta en un hogar de clase media del Pacífico colombiano. Acaban de morir Natalie Wood, la cantante Karen Carpenter y Grace Kelly. Y la madre de la narradora, o su “tocaya”, como prefiere definirse esta mujer casada a los 16 años con un hombre mucho mayor que ella, se identifica con sus figuras trágicas y los misterios de sus muertes.
La primera entrega de los diarios íntimos de Rafael Chirbes encabeza una votación de 75 expertos. La novelista Sara Mesa analiza su cruda forma de acercarse a la vida y a la literatura. Además, siete autores latinoamericanos recomiendan un libro de estos 12 meses
BABELIA 10 DIC 2021 - 14:31
Actualizado:11 DIC 2021 - 14:32 COT
“Como me derrumbo y empiezo a pensar una vez más que esa idea de que puedo llegar a ser escritor es una fantasía de ególatra, vuelvo a la modestia de estos cuadernos, que no son para nadie, que no compiten con nadie. Ni están al albur del juicio de nadie. Ellos con ellos mismos, y yo a solas conmigo. Es de noche”. Esta nota de los diarios de Rafael Chirbes ―elegido libro del año de Babelia por un jurado de 75 expertos― podría servir como resumen literario de 2021: en un mundo que parece deshacerse cada noche y reconstruirse cada mañana abundan la primera persona, la sensación de cataclismo inminente (político y ecológico) y una mirada muy crítica al pasado.Al autoanálisis practicado sin paños calientes por Antonio Muñoz Molina, Emmanuel Carrère, Ida Vitale, Luis Landero, Fernando Aramburu o el propio Chirbes se le suma la revisión que autores como Javier Marías, Juan Gabriel Vásquez, Gabriela Wiener, Maggie O’Farrell o Leila Slimani hacen de la historia de España y América Latina y del papel de las mujeres en una tradición que durante siglos las ha considerado mudas o musas, es decir, invisibles.
La caza espiritual, de Miluska Benavides. Hipatia Ediciones
La mejor publicación que leí este 2021 es la reedición del libro de cuentos La caza espiritual de la escritora peruana Miluska Benavides. Se trata de un texto que superpone experiencias íntimas y genealogías con disímiles eventos históricos no expresamente vinculados. El libro es un ensamble de geografías, cuerpos y subjetividades lejanas; se constituye por formas diversas como la oralidad, el relato científico, la historia colonial genocida y la descripción de perturbadores sueños. Los cuentos poseen una cadencia unitaria; sin embargo, su discontinua sintaxis, temporalidad y erótica en las que sus materiales se intersectan se desvían radicalmente de la tradición estética occidental de la que se alimentan. Lo sublime kantiano otorgado a lo inconmensurable de la naturaleza se instala, más bien, dentro de lo siniestro freudiano; así, lo cotidiano se desplaza hacia un atroz malestar. En La caza espiritual, la reconstrucción de la trágica memoria colectiva cohabita con la fatal amenaza de su borramiento.
Hay un momento en que todos, incluso los que mejor saben capear los temporales, se fatigan y dejan caer los brazos. El libro de Anne Applebaum ‘El ocaso de la democracia’ refleja ese estado de ánimo
10 de julio de 2021
FERNANDO VICENTE
El ocaso de la democracia, el último libro de Anne Applebaum, que acaba de salir, es más bien pesimista, pues augura tanto a Europa como al resto del mundo un aumento del autoritarismo, que, a la manera de Polonia y Hungría, países que conoce bien pues está casada con un político polaco, irán pasando de un deterioro de la democracia a un sistema de control de la información y manipulación de las masas que vaya estableciendo poco a poco un régimen que se parece como una gota de agua a las dictaduras, aunque gane las elecciones y tenga mayoría en los parlamentos. El libro es un eco demorado de La trahison des clercs, de Julien Benda, aparecido en Francia en el año 1927, en el que ella encuentra reminiscencias de nuestra época, sobre todo en la actitud de los “clercs” o intelectuales y el crecimiento de los nacionalismos que pueden hacer fracasar intentos de integración como la Unión Europea, lo que, con mucha razón, dictamina sería una verdadera catástrofe para Europa.
A lo largo de la historia, las pandemias siempre han implicado una expansión del poder del Estado: en los momentos en que la gente teme a la muerte, acepta medidas que —con razón o sin ella— cree que pueden salvarla, aunque ello entrañe una pérdida de libertad. En esta ocasión, en Gran Bretaña, Italia, Alemania, Francia, Estados Unidos y muchos otros países se impuso la opinión de que la gente debía quedarse en casa, de que era necesario hacer cumplir las cuarentenas y la policía tenía que desempeñar un papel excepcional. Pero en algunos lugares, el miedo a las enfermedades se convirtió, junto con otros aspectos inquietantes de la modernidad, en una fuente de inspiración para toda una nueva generación de nacionalistas autoritarios. Nigel Farage, Laura Ingraham, Mária Schmidt y Jacek Kurski, junto con los troles que trabajan para Vox en España o la derecha alternativa en Estados Unidos, ya habían abonado el terreno intelectual para que se produjera un cambio de esa naturaleza, así que pasó lo que tenía que pasar. A finales de marzo, el primer ministro húngaro Viktor Orbán promulgó una ley que le autorizaba a gobernar por decreto y permitía a su Gobierno detener y encarcelar durante cinco años a cualquier periodista que criticara las iniciativas oficiales para combatir el virus. No había ninguna necesidad de adoptar tales medidas, y tampoco ayudaban en nada a los hospitales húngaros que, como en Polonia, también se veían desbordados por la falta de inversión y la emigración. Pero el objetivo era utilizarlas como excusa para zanjar el debate. Los políticos de la oposición que protestaron fueron escarnecidos por los medios públicos, que los tildaron de ser «provirus».