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lunes, 2 de enero de 2017

José Manuel Arango / Acerca del niño nacido en la casa de putas

Beautiful Nightmares
Nicoleta Ceccoli
José Manuel Arango
ACERCA DEL NIÑO NACIDO


Acerca del niño nacido
en la casa de putas

Y si en la casa de putas nace un niño

Y si los hombres
cuando acaban de desvestirse
para fornicar en la noche

lo oyen llorar al fondo de la casa
o de su corazón vacío



viernes, 20 de junio de 2014

Poetas invisibles de América Latina

Raúl Gómez Jattin
Poetas invisibles de Latinoamérica

La poesía en castellano al oeste del Atlántico es relativamente conocida en España.

Repasamos algunos poetas a tener en cuenta


Bogotá 16 ENE 2013 - 08:51 CET


Ilustración de la portada de 'Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea'.
Gracias a los premios y a la labor de algunas editoriales españolas, entre las que se destacan Visor, Renacimiento y Pre-Textos, la poesía escrita en castellano en la orilla occidental del océano Atlántico es más o menos conocida en España. Los principales nombres del canon actual, por lo menos, son familiares en la república poética. Es difícil que la poesía supere esos límites de difusión. Incluso la gente de la literatura, de la academia y de la prensa cultural se mueve con más familiaridad con los nombres de los narradores y hasta de los ensayistas que en el iniciático mundo de los poetas. Pero, hoy por hoy, poetas como Nicanor Parra (1914), Álvaro Mutis (1923), Fina García Marruz (1923), Ernesto Cardenal (1925), Tomás Segovia (1927-2011), Rafael Cadenas (1930), Juan Gelman (1930) y José Emilio Pacheco (1939), son conocidos gracias al Premio Reina Sofía, al Premio Cervantes y al Premio FIL de literatura.
Los que hay más allá es pura niebla. Nombres familiares en cada país e ignorados en el resto del vecindario, poetas secretos, de culto, individuos de todas las edades que, no obstante su valor, apenas son mencionados. A Fina García Marruz, por ejemplo, la saca del anonimato el Premio Reina Sofía; pero su esposo, otro grande poeta, Cintio Vitier (1921), permanece a la sombra. Y, sin salirme de Cuba, todavía más secreto es el simpar Rafael Alcides Pérez (1933). Entre la generación de los nacidos en el tercer decenio del siglo XX están las uruguayas Ida Vitale (1923) e Idea Vilariño (1920-2009), los peruanos Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), Blanca Varela (1926-2009) y Carlos Germán Belli (1927), los argentinos Perla Rotzait (1920) y Joaquín Giannuzzi (1924-2004) y los mexicanos Eduardo Lizalde (1929), Ramón Xirau (1924) y Rubén Bonifaz Nuño (1923).
Entre los nacidos después de 1930 hay algunos poetas que murieron sin alcanzar el cenit de reconocimiento que tanto merecían y que, ahora, son cada vez más leídos y admirados, como el venezolano Eugenio Montejo (1938-2008) y el colombiano José Manuel Arango (1937-2002). Entre los vivos de esta misma generación destaco, en México, a Gabriel Zaid (1934), de quien sus magistrales ensayos han opacado la excelente obra poética; están también los chilenos Oscar Hahn (1938) y Pedro Lastra (1932) y el colombiano Jaime Jaramillo Escobar (1932).


Eugenio Montejo, en la Residencia de Estudiantes. / GORKA LEJARCEGI
Por obvias razones, conozco más el paisaje colombiano que el de otros países. El mío, ha sido un país autista, mediterráneo, volcado hacia adentro. El más interesante poeta colombiano del siglo XX, Aurelio Arturo (1906), muerto en 1974, es todavía de consumo interno. Algo parecido sucede con el nadaista que comenzó firmando como X-504 y después con su nombre propio –no es mi pariente- Jaime Jaramillo Escobar, un poeta veriscular, de una inusitada fuerza, de un humor único.
Ya las generaciones nacidas en el decenio de 1940 tienen sus propios mártires: los colombianos Raúl Gomez Jattin (1945-1997) y María Mercedes Carranza (1945-2003), los peruanos José Watanabe (1945-2007) y Antonio Cisneros (1942-2012). Y acaso sea en este segmento en donde haya más grandes poetas desconocidos o casi. Pienso, sobretodo en los mexicanos Francisco Hernández (1946), que acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura de México, y David Huerta (1949), en el boliviano Eduardo Mitre (1943), en el colombiano Juan Manuel Roca (1945), en los venezolanos Alejandro Oliveros (1948) y Armando Rojas Guardia (1949), en los argentinos Arturo Carrera (1948) y Daniel Samoilovich (1949).
A medida que avanzo en el recorrido se me aparece más reveladora la imagen de que recorro un camino lleno de neblina, donde los nombres son desconocidos y los textos son borrosos. Entre los nacidos en el decenio de 1950 destaco al colombiano Rómulo Bustos (1954), a los chilenos Diego Maquieira (1954) y Raúl Zurita (1950), a los venezolanos Yolanda Pantin (1954) y Gustavo Guerrero (1958) –además de poeta, autor de la más completa antología de poetas hispanoamericanos nacidos después de 1960, Cuerpo plural-, al argentino Alejandro Bekes (1959), al uruguayo Rafael Courtoisie (1958), a los mexicanos Coral Bracho (1951), Vicente Quirarte (1954), Jorge Esquinca (1957), José Luis Rivas (1950) y Fabio Morábito (1955)


El escritor colombiano Álvaro Mutis. /GORKA LEJARCEGI
A medida que avanzo hacia los más jóvenes, desde un principio, el enunciado tiende más a parecerse a una conjetura y la sensación del redactor es que puede estar omitiendo nombre que olvidó o que, simplemente, desconoce. No están todos los que son, pero los que están, son. Después de 1960 nacieron los mexicanos María Baranda (1962), Jorge Fernández Granados (1965), Julio Trujillo (1969), Luis Felipe Fabre (1974) y Hernán Bravo Varela (1979); el costarricense Luis Chaves (1969); los colombianos Ramón Cote (1963), John Galán (1973), Juan Felipe Robledo (1968) y Catalina González (1976); el salvadoreño Jorge Galán (1973), el peruano Eduardo Chirinos (1960), el cubano Antonio José Ponte (1964), los argentinos Edgardo Dobry (1962) y Fabián Casas (1965), los argentino-españoles Andrés Neuman (1977) y Mariano Peyrou (1971); el guatemalteco Alan Mills (1979); los venezolanos Luis Pérez Oramas (1960), Luis Moreno Villamediana (1966), Erika Reginato (1977) y Jorge Vessel (1979); el dominicano Frank Báez (1978)… Imposible abarcar todos los nombres que se insinúan como excelentes poetas y, por eso, este párrafo destaca a algunos y comete involuntarias injusticias.
Enunciada mi –incompleta- lista, la que aparece como primera y mejor conclusión, es la diversidad de voces y de tendencias. Hay de todo. Desde autores de sonetos hasta las más informales formas, con el mérito de que hay versos libres que, no por ser libres, dejan de ser versos. Hay poesía conversacional, narrativa, barroca, surrealista, en fin, un extenso y contradictorio menú. Y, en todos, talento; más visible, más comprobable con la obra consolidada de los mayores. Pienso que una poesía tan personal en todos sus registros, tan poseída de un lirismo hondo y claro a la vez, como la de Francisco Hernández, está en las vísperas de su consagración definitiva y de su más amplia divulgación, al que ha dado impulso un premio recién recibido en México. Y, aunque distinta, mis afirmaciones también caben para referirse a la poesía de David Huerta.
Entre los muy jóvenes no caben juicios tan nítidos como los que pueden hacerse alrededor de Hernández y de Huerta. Son más bien apuestas, intuiciones, acaso reflejos del gusto personal. En todo caso se distingue por su reconocimiento y por las ediciones en varios países –cuatro- de su libro Postales (premio nacional de su país), la voz desenfadada y lírica, imaginativa y lúdica del dominicano Frank Báez.

lunes, 9 de enero de 2012

José Manuel Arango / Aurelio Arturo y la poesía esencial


José Manuel Arango
AURELIO ARTURO Y LA POESÍA ESENCIAL
BIOGRAFÍA
Palabras preliminares

LA POESÍA ha sido pensada, por un pensamiento muy lúcido y que se funda en metáfora honda, como la construcción de una casa, de una habitación para el hombre. La palabra sería, en esencia, Morada. Aurelio Arturo construyó en sus poemas tal habitación humana. “Morada al sur” es el título de su único libro.
El lugar de su poética es un lugar mágico. Un soplo de encantamiento lo ha fijado y anima cada uno de sus momentos y todos sus enseres: árboles, bellos animales paradisíacos. Se trata, en suma, solamente de eso, de aquel soplo animista:

“He escrito un viento, un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado
el viento; sólo un poco de viento”.

Un lugar que es el ámbito de la niñez:

“Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia”.

La "casa grande" de las vivencias del niño, la casa grande de los sueños y las fábulas. Una nodriza negra —una figura legendaria, como enmascarada, los ojos húmedos le brillan en la sombra como estrellas de plata—trae en "su saliva melodiosa" los cuentos y los mitos.
Y en torno de la casa el bosque, "un bosque extasiado que existe / sólo para el oído", porque está hecho de murmullos, de palabras, de música. Arturo insiste en su calidad de espacio audible: en el viento, la brisa, las hojas. Millares de hojas que el viento mueve, cada una como una lengua y una voz. Y también como un párpado o la sombra de un párpado que se cierra para el sueño.
Tal vez el verdadero poeta—es necesario volver sobre este tema baudelairiano—sea el adolescente. La niñez es, ciertamente, la época del descubrimiento asombrado del mundo. El niño vive en un presente eterno, vertido en el afuera, fuera de sí. La novedad y la riqueza de las cosas lo atrapan, los ojos se le prenden de ellas. Él es el que ve, el evidente natural. El que puede advertir "el duendecillo de luz en toda línea" y hacer verdadero un verso como éste:

}“Hace siglos la luz es siempre nueva”.

La luz, la iluminación. La búsqueda del instante no es quizá otra cosa que el afán de recuperar la riqueza y la nitidez de la visión infantil.
Pero al niño le falta la consciencia de sí. Que está hecha, qué duda cabe, del conocimiento de la muerte. De la muerte propia, en primer término. El niño no cree en la muerte, inventa fábulas para explicarla y desconocerla, los muertos serían impostores que juegan la farsa de su muerte para dedicarse a vivir una vida clandestina, por ejemplo, o para irse a otras tierras.
El adolescente, en cambio, sabe de su muerte y, con este saber, sabe también de sí. Cierto que es imposible imaginar o pensar la propia muerte, porque el yo que trata de pensarla sigue ahí presente. Pero ello no implica que no podamos experimentar nuestra muerte de un modo más decisivo que el del mero pensamiento. El púber asiste a su propia muerte. O, más que asistir a ella, la vive. Es la muerte del niño que fue devorado poco a poco por ese otro que se alimenta de él y se va afirmando dentro. En el cuerpo mismo del púber, cuerpo todavía sin equidad y que se siente ajeno, parece producirse el desdoblamiento que permite la reflexión. Muerte del niño que fue: la adolescencia es, en uno de sus fondos, un largo duelo.
Después el adulto olvida, se olvida. A la forma de desconocimiento de sí que es propia del Alma Bella, podría quizá anteponerse otro modo más radical de desconocimiento, el propio del Alma Dormida. El Alma Dormida sería la que olvida su muerte y de este modo se olvida de sí misma. Un adulto "normal" es un Alma Dormida. A la que hay que llamar y despertar. Hacer que recuerde, que avive el seso. Quizá una de las tareas de la poesía sea la de avivarle el seso al dormido. Y el poeta alguien que quiere mantener viva su adolescencia, estar despierto, recordar. Sería una especie de retrasado, alguien que no alcanza a llegar del todo a la madurez, que se mantiene en una como adolescencia tardía.
La obra de Arturo es, en lo esencial, la celebración de una infancia. Si la adolescencia es la expulsión del paraíso, el poeta quiere, no obstante, hablar sólo del paraíso perdido; tal su constante ocupación:

“Desde el lecho por la mañana soñando despierto,
a través de las horas del día, oro o niebla,
errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo,
¿a dónde mis pensamientos en reverente
curva?”

Es como si el adolescente tardío se obstinara en el duelo por el niño, como si siguiera velando su cadáver. El poema Morada al sur es el sueño de un niño. (Está muerto, ¿su sueño es el de la muerte?)

“Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su
follaje negro”.

Y en una canción de su segunda época, “Canción del niño que soñaba”, llega a nombrar "el pequeño cadáver". Y el umbral, en fin, que da acceso al secreto mundo de la niñez, está marcado por la muerte:

“Y aquí principia, en este torso de árbol,
en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
La casa grande entre sus frescos ramos”.

Hay dos ciclos en la poesía de Arturo. El primero, el de “Morada al sur, está concluso”. Son sus poemas tempranos. Los del segundo ciclo, diferentes por sus ritmos, dan la impresión de una tentativa. Ahora el poeta maduro quisiera cantar la noche de la ciudad, reflexiona sobre la palabra. No obstante, el tema de la casa, del país infantil se impone, vuelve obsesivamente. “Yerba”, “Tambores”, “Lluvias” son poemas que regresan, aun desde la circunstancia de la ciudad, al mundo elemental de la aldea y a las voces de la niñez.
Y quizá todas aquellas voces sean una sola voz, el solo soplo esencial:

“Te hablo...
entre millares de hojas inquietas, de una sola
hoja
..................................................................
te hablo de una voz que me es brisa constante”

¿No hay en la raíz del animismo de Arturo una suerte de panteísmo gozoso, más sentimiento y visión que concepto, como conviene a un poeta? Si de día en cada hoja está el brillo del sol, de noche las hojas iluminadas son como estrellas murmurantes. El paraíso es también un mundo donde todo se cambia en todo, donde todo se disuelve en sus elementos. Es la naturaleza elemental, en cuyo seno se producen las oscuras transformaciones. Un ''profundo río de mantos suntuosos", que es también el padre, "sube por los arbustos, por las lianas". Las mujeres crecen en la penumbra, se oyen engrosar sus brazos "cuando la sombra es el crecer desmesurado de los árboles". Y en los árboles, sepultados en ellos, creciendo con ellos hay reyes y reinas fabulosas:

“Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura”.

Hay un poema, de los últimos que escribió, que es como una delicada amenaza. La “Yerba” (así, con ye, el título), más silenciosa sin embargo que la jocunda hierba whitmanía, avanza y lo cubre todo

“como diez mil diminutas serpientes”.

Así, con esa finura, repta una amenaza delicada pero mortal. Porque la yerba invade

“y ocupa las ciudades
traspasa la montaña
y silva su aguja de crótalo”.

Hay que oírla, ya que no perdona "el desdén/ el abandono", y si no es oída

“levanta
sus mil cabezas diminutas”

y persigue la planta humana que la deja.

Pero el poeta, ¿como un encantador de serpientes?, puede con ella. Y así la yerba, "que ama ser hechizada/ como una serpiente", se trueca en una "dócil serpiente melódica”

“bajo la mano
bajo la caricia
que la aplaca”

Por eso, porque el mundo que canta Arturo es el de una fertilidad a la vez creadora y destructora, hay esa dureza, ese recio júbilo en su poesía. Y, aunque haya nostalgia por la niñez perdida, no hay nunca queja o elegía, o si las hay están transfiguradas por el gozo. Garcilaso enunció el tono de su poesía al acuñar la feliz expresión que habla de un "dolorido sentir". Arturo no enuncia menos felizmente el tono de la suya cuando nos dice de su "gemido gozoso". No es, pues, la queja, sino el gozoso gemido del amante.
El mundo mágico y encantado de Arturo no es sin embargo irreal. Es el que conoció de niño en el sur, tan de aquí, tan nuestro. Tropical y medio salvaje, con nodrizas negras y tambores que suenan "a lo lejos", "en la noche de lentos párpados morados", y cuyo sonido llega "atravesando valles y valles de silencio",

“y nadie sabe quién los toca
ni dónde
pero todos los oyen
y comprenden su mensaje
y se llenan de júbilo o se espantan
dónde suenan
quién los toca
manos que se han deshecho
o que están cayendo en polvo”.

El mundo, en suma, de los antepasados. No sólo ya el de la infancia individual sino el de la infancia mítica de todos los hombres. Un paraíso al sur, situado con todo en una geografía precisa, cerca al Pacífico, donde "esas lluvias inmemoriales", "lluvias que vienen del fondo de los milenios", "pueblan la tierra de hojas grandes/ lujosas". Arturo nombra una y otra vez esas hojas grandes, tan semejantes a las de los cuadros del aduanero y a la vez tan reales:

“Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo”.

Porque está arraigado en su tierra, en el país y los países de Colombia, puede decir:

“Por mi canción conocerás mi valle”.

“Palabra” es un poema fundamental de la madurez. Una escueta—pero no por eso menos rica meditación sobre la poesía:

“en ella nos miramos
para saber quiénes somos”.

La palabra, "fina o tosca" debe ser en todo caso forjada "con el fuego de la sangre y la suavidad de la piel de nuestras amadas". Y está

“con nosotros desde el alba
o aun antes
en el agua oscura del sueño
o en la edad de la que apenas salvamos
retazos de recuerdos
de espantos
de terribles ternuras”

Y es "moneda de sol". Y refleja "nuestro yo/ nuestra tribu". (¿El yo es pues un yo de la tribu según ese “profundo espejo”?) Y es "monólogo mudo" pero también diálogo. Y es

“la que acuñamos
para el amor la queja”.

La música es el meollo de la poesía de Arturo. Hubo una secta, el simbolismo, cuyos adeptos sostenían que la poesía es esencialmente música y buscaban "la música ante toda cosa". Arturo viene de ellos, quizá pertenece a la secta secretamente. Su bosque de rumores y aromas y alas es "sólo para el oído". Y la mujer, que es la belleza, la fecundidad, la madre, es para él acaso la misma música:

“Mas, quién era esa alta, trémula mujer en el salón
profundo?,
¿quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra
sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?
O acaso, acaso esa mujer era la misma música,
la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo, por el oscuro salón como en
un sueño”.

Arturo trabaja la palabra musicalmente—su textura, su ritmo— para modular el hálito, el hechizado "soplo vivo del viento". Pocos poetas entre nosotros habrán cuidado como él, en esto tan cercano de Silva, la línea melódica y el paso del verso. No es gratuito que parte en sus poemas, en la mayoría de ellos, del alejandrino simbolista, que se constituye en pie de apoyo desde el que—saltando, bailando—teje su verso. Un verso lleno de descoyuntamientos y fracturas, de elisiones o alargamientos detrás de los cuales es difícil a veces reconocer el metro original, al que no obstante vuelve de tanto en tanto. Un verso que generalmente prescinde de la rima o deja sólo una asordinada y variable rima asonante, pero que halla otras sonoridades más diluidas, suaves insistencias y aliteraciones (“reinas blancas, blandas", "la habla pulposa, casi palpable").
El resultado es una línea dócil y tersa, que parece ir del predominio de la melodía al de cierto ritmo de percusión. El piano que había en su casa ("el grande, oscuro piano") está allí, como están las "violas, arpas, laúdes" que oye en el bosque. Pero están también los tambores, que destacan más en los poemas de su segundo ciclo, hechos de versos cortados y saltarines, los tambores que suenan

“transmitiendo en la tierra hasta muy lejos
la palabra humana
la palabra del hombre y que es el hombre”.

El verso de Arturo se quiebra en balbuceos, abunda en iteraciones y reiteraciones que le dan un talante que parece obsesivo, acorde con su obsesivo ocuparse de un solo tema. ¿O tiene en él la reiteración más bien un carácter incantatorio?
Porque no se trata de mera prosodia, de un avaro contarse los dedos. Si uno lee y relee estos versos, si se los dice a uno mismo y los oye y los saborea, es porque encuentra en ellos, y cada vez son más los hallazgos, una compleja y delicada estructura musical.
La poesía puede hoy derivar hacia otros ritmos más ásperos y estar inserta en otros rituales. Esto es decir que tal vez el baile sea otro. Al fin y al cabo nuestra vida de hoy acaece en estas ciudades violentas. Y acaso muchos jóvenes sean propensos a buscar, en vez del gozoso animismo de nuestro poeta, una suerte de pandemonismo. Hay otros credos y otras sectas. Pero los poemas de Arturo, creo, son de los que vinieron para quedarse, de los que siguen diciendo. Son poesía esencial porque lograron la música.
Y porque son luminosos, solares. No sólo está ahí para mostrarlo su canto al sol (que baja a la aldea a repartir la alegría entre todos, que hace de oro las aves puede beberse en el jugo de las frutas rojas y puede reirse), sino que tenemos este verso, feliz en más de un sentido, que resume su obra cuando celebra

“La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles”.

Del libro "A propósito de Aurelio Arturo y su obra"
Grupo Editorial Norma, Colección Cara y Cruz
Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1992


domingo, 8 de enero de 2012

José Manuel Arango / Los que tienen por oficio lavar las calles


José Manuel Arango
LOS QUE TIENEN POR OFICIO

Los que tienen por oficio lavar las calles
(madrugan, Dios les ayuda)
encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre

Y la lavan también: es su oficio
Aprisa
no sea que los primeros transeúntes la pisen


José Manuel Arango
Cantiga
Medellín, Universidad de Antioquia, 1987



sábado, 7 de enero de 2012

José Manuel Arango / Cinco poemas


José Manuel Arango
CINCO POEMAS

Ella

De qué manera silenciosa
trabaja.
Sin dejarse oír, como si fuera
-lo mismo que una bailarina-
en puntas de pies.
Sin dejarse ver,
como si no fuera.

Ella,
la que poco a poco lo ensordece,
la que imperceptiblemente lo ciega,
la que, delicadamente,
le tuerce los huesos.

Ah y es de nuevo la mañana

Ah y es de nuevo la mañana
tibia y azul
El que está señalado
(en la lista hay una cruz después de su nombre)
liviano todavía
va por las calles

Trae la calavera llena de sueños
Limpio recién peinado
va a sus negocios

Cuando el asunto se despache un nombre
se tachará

Por ahora va por las calles

IX

mientras la ciudad oscurece
y contra la sombra azulada de los mangos
el día ruidoso se apaga

adivinando sus gemidos entre el recio viento del anochecer
iríamos por el linde del bosque donde se acarician los
     enamorados
y su fuego nos encendería

con los ojos ariscos del venado
que atisba por entre ramas oscuras
un dios fugaz podría aparecer de pronto

y sería la fiebre de su mano en la mía
y en el peso del corazón el llamado de la tierra
        
Cantiga de enamorados

O como dos que hablan después del amor
todavía desnudos
tendidos de espaldas
fumando

y hablan de silencio en silencio
y la voz es sosegada después del amor
y ya sin premura

y entonces ella se incorpora
y pone el codo en la almohada
y pone la mejilla en la palma

y él ve su risa rápida y tranquila
su risa
y el temblor de sus pechos

Abril

Ocre y verde: montañas
y montañas detrás de montañas
detrás de montañas.

Es abril. Los rocosos declives han florecido,
la hierba abunda en flores diminutas.

Caminos de azafrán, espigas y espartos.
Abril es todo vuelos, todo gorjeos.
En abril la montaña se aduenda, se aniña,
en abril nos sorprende su apariencia ligera.

Una lagartija cruza -rayo, arco iris-
por la base del muro:
una lagartija de papada azul
y fino dorso rayado.

El gavilán vino de lo alto del cerro,
otea desde la copa del noro.

Ocre y verde.
                       Montañas
y más allá montañas: una fuga de formas.

Y por sobre ellas la luz,
azul y dorada.



viernes, 6 de enero de 2012

José Manuel Arango / Hölderlin


José Manuel Arango

quizá la locura
es el castigo

para el que viola un recinto secreto
y mira los ojos de un animal
terrible

José Manuel Arango
Este lugar de la noche
Medellín, Edición de autor, 1973